Un santo entre nosotros

Los santos no son una especie de personas extrañas e inalcanzables. Son como nosotros y viven entre nosotros. Lo extraordinario en ellas es el amor de Dios y del prójimo, la identificación con Jesucristo; porque la santidad no es ni ser, ni hacer nada raro, sino –sencillamente– cumplir lo que Dios quiere: lo cual, con su ayuda, es asequible a todos. Un amor semejante, forjado en la lucha diaria y cuajado en obras, es a los ojos de Dios lo verdaderamente grande y heroico. Un bello ejemplo actual de ello lo constituye la vida de San Josemaría Escrivá, especialmente ahora, cuando acabamos de recordar su tránsito a la casa del Padre, aquel 26 de junio de 1975.

Sí. Los santos no están ‘hechos de otra pasta’; pero se toman a Dios y su propia vida en serio. El mismo San Josemaría (en su libro de homilías ‘Es Cristo que pasa’) nos advertía ante cualquier posible confusión: «No nos engañemos: en la vida nuestra, si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares. ¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha».

Pero esa lucha es una lucha de amor, llena de gozo, optimismo y esperanza, porque sabemos que Dios nos quiere y lucha con nosotros; y si El está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Es el propio Espíritu Santo, si le dejamos, Quien nos va cristificando, haciéndonos mejores hijos de Dios. Como decía San Josemaría: «Que estén tristes los que no quieran ser hijos de Dios!»; añadiendo: «los hijos de Dios, ¿porqué vamos a estar tristes? La tristeza es la escoria del egoísmo». Desde esta perspectiva se comprenderá muy bien la alegría de celebrar la memoria, imitar el ejemplo y pedir la intercesión de los santos y –en el presente caso– de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, que predicó, incansablemente y con su atractivo buen humor, la llamada universal ala santidad de hombres y mujeres, de jóvenes y mayores, de solteros y casados, de sanos y enfermos, de una u otra honrada profesión…, porque de ninguno se ha olvidado Dios: tampoco de ti, ni de mí.

ANDRÉS BOTELLA JIMÉNEZ




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