Un nuevo beato para la Iglesia

Fuente: EL MERCURIO, Chile, Valparaíso, domingo 17 de mayo de 1992

Por Francisco de Borja Valenzuela Ríos, Arzobispo de Valparaíso

Hoy 17 de mayo, domingo quinto de Pascua, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. En varias oportunidades, he tenido la alegría de presidir la Eucaristía que cada año, el día 26 de junio, se ha celebrado en su memoria y en la que hemos rogado por su pronta beatificación. Considero, pues, un verdadero regalo pascual para la Iglesia esta nueva luz que se enciende en el firmamento de los bienaventurados.

Dios, en su infinita caridad y misericordia para con los hombres, nos ofrece en la persona de este hijo suyo que llega a los altares, un modelo de santidad sacerdotal y un camino de santificación, de actualidad, a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

Para quienes hemos recibido el precioso don de la vocación sacerdotal, el ejemplo del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, nos impulsa a reavivar la gracia que un día recibimos por la imposición de las manos episcopales.

Nos recordaba el Santo Padre Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes, con ocasión del Jueves Santo de 1986: “el sacerdocio ministerial, que es nuestra heredad, es también nuestra vocación y nuestra gracia. Marca toda nuestra vida con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. A ello nos sentimos arrastrados por el ejemplo de tantos sacerdotes que nos han precedido”.

Monseñor, Escrivá de Balaguer, sin duda, se inscribe en ese numeroso grupo de “sacerdotes qué nos han precedido”, y que con su ejemplo nos induce a servir a la Iglesia de Cristo con una entrega sin reservas, en santidad de vida. El ministerio sacerdotal del padre Josemaría fue muy fecundo para la Iglesia y el mundo. Basta considerar que, sólo en el curso de su vida, el Señor lo hizo instrumento valioso para que cerca de mil hijos suyos, provenientes de diversas nacionalidades y culturas, llegaran al ministerio sacerdotal, y le permitió conducir a miles de seglares, solteros y casados, por caminos de auténtica vida cristiana en medio de los afanes de este mundo.

La figura de este nuevo beato nos da mucho que pensar. Es inmenso el bien, grande la fuerza espiritual, profunda la renovación de los corazones, que un sacerdote santo puede suscitar con y por la gracia de Dios. Por este motivo, me siento inclinado a encomendar a su intercesión la santidad de los sacerdotes, por la que él tanto trabajó, y que lo convierte, como se lee en el decreto sobre la heroicidad dé sus virtudes, “en un luminoso ejemplo de celo por la formación sacerdotal”.

La beatificación del fundador del Opus Dei también encierra una significación eclesial que quisiera señalar brevemente. Monseñor Escrivá de Balaguer será el primer beato que llegue a los altares, fallecido con posterioridad al Concilio Vaticano II. Podría verse en este hecho una providencial coincidencia, ya que su predicación fue un valioso precedente de lo que el Papa Paulo VI denominó el elemento más característico de todo el magisterio conciliar: la invitación a la santidad a todos los fieles. Así lo hacía notar, en 1981, el Cardenal Ugo Poletti en el decreto de introducción de la causa de beatificación y canonización del Padre Escrivá: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde qué fundó el Opus Dei en 1928, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, ha !ido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia”.

El nuevo beato, a través de sus escritos, entrega con nitidez y renovado acento, lo que entraña el trabajo profesional o laboral, en la vida ordinaria del cristiano, para su santificación. Me parece que es como el carisma de este sacerdote: iluminar lo que significa para un laico su paso por la tierra.

Con sinceridad enseñaba la libertad en materia política:

“Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensa en política: ¡no me interesa…! No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la consecuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más límites que los que marca el Magisterio de la Iglesia”. Y en otro lugar señalaba:

“Me produce una pena muy grande enterarme de que un católico -un hijo de Dios que, por el Bautismo, está llamado a ser otro Cristo- tranquiliza su conciencia con una simple piedad formularla, con una religiosidad que le empuja a rezar de vez en cuando ¡sólo si piensa que le conviene…! Y luego, con desfachatez o con escándalo, utiliza para subir la etiqueta de cristiano”.

Quisiera mencionar un hecho que honra también a nuestra amada diócesis de Valparaíso y que he conocido recientemente. Cuando Monseñor Escrivá visitó nuestro país, en 1974, dentro de las actividades programadas para esos días, realizó una romería al Santuario de la Purísima de Lo Vásquez. Allí, de rodillas en el presbiterio, rezó el santo rosario acompañado de un grupo numeroso de fieles. Con anterioridad, había dicho que pediría a la Virgen tener la fe de los chilenos; que nos supiésemos amar con un corazón grande, sin excluir a nadie; que encomendaría a todos los sacerdotes, especialmente a los sacerdotes de Chile. Con el emotivo recuerdo de esta peregrinación a Lo Vásquez, Monseñor Escrivá dejó nuestro país, no sin antes haber comentado: “voy a decir por ahí, que los chilenos saben rezar”.

Deseo, finalmente, en estas líneas, con motivo de la beatificación del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, agradecer al Opus Dei los valiosos servicios que presta a nuestra diócesis, de manera particular, la colaboración que generosamente ofrece a nuestro Seminario Pontificio.




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