Carta del Prelado del Opus Dei (nov 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Hoy recordamos a los bienaventurados que gozan de Dios en el Cielo.Apareció una gran multitud —relata San Juan en una de sus visiones en el Apocalipsis— que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![1]. Continuar leyendo “Carta del Prelado del Opus Dei (nov 2010)”

Carta del Prelado del Opus Dei (oct 2010)

El Prelado del Opus Dei habla en esta carta sobre los ángeles custodios, a quienes la Iglesia festeja el 2 de octubre, día en el que también se recuerda la fundación del Opus Dei.
02 de octubre de 2010

PDF: Carta del Prelado (octubre 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Estalla el alma en alegría al imaginar el gozo de nuestro Padre el 2 de octubre de 1928. Unámonos a aquella oración que, de rodillas, salió de su alma ante la confianza que le mostraba el Cielo y demos vueltas —muchas, en cada jornada— a la realidad de que también nosotros estábamos comprendidos en esa manifestación de Dios a San Josemaría.
Ángeles del Señor, bendecid al Señor; alabadlo y glorificadlo eternamente[1]. Con estas palabras de la Sagrada Escritura comienza la Misa de mañana, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, que han de tener un eco muy fuerte en las mujeres y en los hombres del Opus Dei. Nos pueden servir de cauce para alzar nuestro agradecimiento a Dios en este nuevo aniversario de la fundación, pues —como afirmaba nuestro Padre—no es casualidad que Dios haya inspirado su Obra el día en que la Iglesia les hace fiesta (…). Les debemos mucho más de lo que pensáis[2]. Me da alegría recordaros que muchas veces —y concretamente en Argentina, en La Chacra— San Josemaría nos sugirió que, al entrar en el oratorio, manifestásemos nuestra gratitud a los ángeles por la perpetua corte que hacen al Señor en la Eucaristía.
Pensad que la devoción a los ángeles tiene honda raigambre en la Iglesia. Podría decirse que casi no hay página de la Escritura Santa —tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento— en la que no aparezcan estas criaturas puramente espirituales, que gozan de la visión beatífica y están al servicio de los designios divinos[3]. En una de sus catequesis, Juan Pablo II hacía notar que negar su existencia obligaría a revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y, con ella, toda la historia de la salvación[4], incurriendo en el más craso error.
La fiesta de mañana nos ofrece la ocasión de tratar más a estos seres celestiales, considerando ante todo que son criaturas de Dios y que sóloJesucristo es el centro del mundo angélico y del entero cosmos. La primacía de Cristo, Verbo encarnado, sobre la creación, es uno de los fundamentos de la fe católica. En Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por Él y para Él[5].
«¿Qué es un ángel?», se preguntaba el Papa Benedicto XVI. Y respondía: «La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos. Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada a Dios con todo su ser. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra “El”, que significa “Dios”. Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en Él y para Él»[6].
Estas afirmaciones ponen de relieve que la misión más importante de los ángeles se concreta en adorar a la Santísima Trinidad, en elevar constantemente un canto de acción de gracias al Creador y Señor de todas las cosas, las visibles y las invisibles. Tanto los ángeles como los hombres hemos sido creados para el mismo fin. Ellos ya lo han alcanzado, nosotros estamos de camino. Por eso, resulta muy conveniente contar con su auxilio para que nos enseñen a recorrer la senda que conduce al Cielo.Yo rezo e invoco todos los días a los ángeles —comentaba nuestro Padre en una ocasión— y acudo a la intercesión de los Custodios de mis hijos, para que todos sepamos hacer la corte a nuestro Dios. Así seremos celosos, almas decididas a llevar el consuelo de la doctrina de Dios a las criaturas[7].
San Josemaría impulsó a invocar a los ángeles al comenzar cada día la meditación, después de haber pedido la intercesión de la Madre de Dios y de San José. ¿Con qué devoción acudimos a ellos? ¿Con qué seguridad de ser oídos? Y especialmente a propósito de la celebración eucarística, comentaba nuestro Padre: yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difíci
l, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad
[8]. También cuando visitamos a Jesús presente en el tabernáculo, y quizá no sabemos cómo saludarle ni cómo manifestarle nuestro agradecimiento o nuestra adoración, podemos imitar el ejemplo de San Josemaría. Cuando entro en el oratorio —nos confiaba— no me da ningún reparo decir al Señor: Jesús, te amo. Y alabo al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo (…). Y me acuerdo de saludar a los ángeles, que custodian el Sagrario en una vigilia de amor, de adoración, de reparación, haciendo la corte al Señor Sacramentado. Les agradezco que estén allí todo el día y toda la noche, porque yo no puedo hacerlo más que con el corazón: ¡gracias, Santos Ángeles, que hacéis la corte y acompañáis siempre a Jesús en la Sagrada Eucaristía![9]. Os sugiero que, jornada tras jornada, queráis uniros a la oración de nuestro Fundador, el día 2 de octubre de 1928: que no decaiga en nosotros el diálogo de gratitud y de responsabilidad con que respondió nuestro Padre.
Por ser grandes adoradores de la Trinidad Santísima, pueden cumplir a la perfección «el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre»[10]. Nos lo reveló Jesucristocuando, hablando del amor de Dios Padre por los niños y por los que se hacen como niños, señaló: guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos[11].
Fundada en éste y en otros textos inspirados, la Iglesia enseña que «desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión»[12]. Y hace suya una afirmación frecuente en los escritos de los Padres de la Iglesia: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida»[13]. De entre los espíritus celestiales, los ángeles custodios han sido colocados por Dios al lado de cada hombre y de cada mujer. Son nuestros cercanos amigos y aliados en la pelea que nos enfrenta —como afirma la Escritura— a las insidias del diablo. Porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires[14]. Nuestro Padre se hace eco de esta enseñanza de modo lapidario: acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones[15].
Un escritor cristiano del siglo II ofrece algunas señales para reconocer las insinuaciones de los ángeles buenos y cómo distinguirlas de las de los ángeles malos. «El ángel de la justicia —escribe— es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. Así pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras»[16].
La lucha entre el bien y el mal —triste herencia del pecado de origen— es una constante en la existencia humana sobre la tierra. Resulta lógico, por eso —como reza una antigua oración—, que acudamos a los ángeles de la guarda: Sancti Angeli Custodes nostri, defendite nos in prœlio ut non pereamus in tremendo iudicio; Santos Ángeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en el tremendo juicio.
Desde muy joven, nuestro Fundador cultivó una honda devoción a los ángeles, y especialmente a su propio ángel de la guarda. Luego, a partir del momento de la fundación del Opus Dei, su biografía rebosa de detalles en los que se manifiesta una piedad recia y confiada a esos adoradores de Dios, buenos acompañantes en el camino del Cielo. También en sus escritos hay abundantes referencias al ministerio de los ángeles en favor de los hombres, porque —como señala la Escritura— ¿acaso no son todos ellos espíritus destinados al servicio, enviados para asistir a los que tienen que heredar la salvación?[17]. Tan grande era su fe en la intervención de los ángeles, que enseñó a considerarlos como aliados importantes en la labor apostólica. Gánate al Ángel Custodio de aquel a quien quieras traer a tu apostolado. —Es siempre un gran “cómplice”[18], escribió enCamino. Y en otro lugar, al considerar que muchas veces el ambiente en el que uno debe desenvolverse por motivos profesionales, sociales, etc., se halla muy lejos de Dios, aseguraba: ¿Que hay en ese ambiente muchas ocasiones de torcerse? —Bueno. Pero, ¿acaso no hay también Custodios?[19].
El repicar de las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que no se apagó nunca en los oídos de nuestro Padre, debe resonar en los nuestros, como un recuerdo de que toda nuestra existencia ha de ser un adorar a Dios con la Santísima Virgen, con los ángeles y con toda la Iglesia triunfante.
También cultivaba nuestro Padre un trato de amistad con el arcángel que —según algunos Padres de la Iglesia— asiste a cada sacerdote en las labores propias del ministerio. Es muy probable —decía en cierta ocasión— la opinión de que los sacerdotes tienen un ángel especialmente encargado de atenderles. Pero hace muchos, muchísimos años, leí que cada sacerdote tiene un Arcángel ministerial, y me conmoví. Me he hecho una especie de aleluya como jaculatoria, y se la repito al mío, por la mañana y por la noche. A veces he pensado que no puedo tener esta fe porque sí, porque lo haya escrito un Padre de la Iglesia cuyo nombre ni siquiera recuerdo. Entonces considero la bondad de mi Padre Dios y estoy seguro de que, rezando a mi Arcángel ministerial, aunque no lo tuviera, el Señor me lo concederá, para que mi oración y mi devoción tengan fundamento[20].
Detengámonos frecuentemente en estas y otras enseñanzas sobre los santos ángeles y esforcémonos para ponerlas en práctica, cada uno a su modo. Acudamos a su auxilio con intimidad y confianza. Dificultades internas que parezcan insuperables, obstáculos exteriores que se asemejen a auténticos muros, se superarán con la asistencia de estos amigos tan poderosos a cuya custodia nos ha confiado el Señor. Pero se necesita, como enseñaba nuestro Fundador bebiendo en las fuentes de la tradición espiritual de la Iglesia, que se consolide una auténtica amistad con nuestro ángel custodio y con los de las demás personas a las que nos dirigimos apostólicamente. Porque el Ángel Custodio es un Príncipe del Cielo que el Señor nos ha puesto a nuestro lado para que nos vigile y ayude, para que nos anime en nuestras angustias, para que nos sonría en nuestras penas, para que nos empuje si vamos a caer, y nos sostenga[21].
Consuela muchísimo esta otra reflexión, que San Josemaría dejó escrita en Surcoel Ángel Custodio nos acompaña siempre como testigo de mayor excepción. Él será quien, en tu juicio particular, recordará las delicadezas que hayas tenido con Nuestro Señor, a lo largo de tu vida. Más: cuando te sientas perdido por las terribles acusaciones del enemigo, tu Ángel presentará aquellas corazonadas íntimas —quizá olvidadas por ti mismo—, aquellas muestras de amor que hayas dedicado a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo.
Por eso, n

o olvides nunca a tu Custodio, y ese Príncipe del Cielo no te abandonará ahora, ni en el momento decisivo[22].
En nuestra pelea espiritual y en el apostolado, contamos siempre con el interés y la protección de la Reina de los Ángeles. En este mes se celebra una fiesta suya bajo la advocación del Rosario. Esta devoción mariana esarma poderosa[23] en todas las batallas por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Ojalá crezca, con especial cariño, el rezo piadoso de esta plegaria durante las próximas semanas, con la convicción de que nuestra Madre del cielo, a lo largo del año mariano que recorremos, se lucirá y nos obtendrá de su Hijo gracias abundantísimas.
Para concluir, os recuerdo que el próximo día 6 es el aniversario de la canonización de nuestro Padre. Pidamos al Señor, por su intercesión, que el gozo sobrenatural que nos inundó en aquella fecha, y el impulso hacia la santidad que entonces recibimos, se mantengan vivos y pujantes en sus hijas y en sus hijos del Opus Dei, y en todas las personas que se acercan a la Obra. Os confieso que cotidianamente me dirijo a San Josemaría para que se haga muy presente en cada uno de nosotros aquella exclamación —«el santo de la vida ordinaria»— con que le designó el Siervo de Dios Juan Pablo II[24]. Cabe aplicarla también así: San Josemaría es el santo que nos asiste en todas las circunstancias de cada jornada. Aprovechemos más esa “ocupación” de nuestro Padre, que nos quiere mucho, mucho, pero que nos quiere santos.
Realmente, cada mes hay muchas fiestas de la Iglesia y efemérides de la historia de la Obra: repasadlas, para que nuestro serviam! cotidiano sea muy generoso.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier
Roma, 1 de octubre de 2010.
[1] Dn 3, 59.
[2] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 24-XII-1963.
[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 331-333.
[4] Cfr. Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 9-VII-1986.
[5] Col 1, 16.
[6] Benedicto XVI, Homilía, 29-IX-2007.
[7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, octubre de 1972.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.
[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 6-I-1972.
[10] Benedicto XVI, Homilía, 29-IX-2007.
[11] Mt 18, 10.
[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 336.
[13] San Basilio, Contra Eunomio 3, 1 (PG 29, 656B).
[14] Ef 6, 12.
[15] San Josemaría, Camino, n. 567.
[16] Hermas, El Pastor, Mandamiento VI, n. 2.
[17] Hb 1, 14.
[18] San Josemaría, Camino, n. 563.
[19] Ibid., n. 566.
[20] San Josemaría, Notas de una meditación, 26-XI-1967.
[21] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 16-VI-1974.
[22] San Josemaría, Surco, n. 693.
[23] San Josemaría, Santo Rosario, prólogo.
[24] Cfr. Juan Pablo II, Litteras Decretales para la canonización de nuestro Padre, 6-X-2002.

Carta del Prelado (sept 2010)

Las numerosas celebraciones litúrgicas de este mes de septiembre sirven de guía a la carta que el Prelado del Opus Dei dirige a los fieles de la Obra.

04 de septiembre de 2010

PDF: Carta del Prelado (septiembre 2010) 

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Como todos los años, a mediados de este mes celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que nos mueve a contemplar llenos de agradecimiento la maravilla de que tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[1].
El Verbo de Dios se hizo hombre y tomó la condición de siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz[2], para salvarnos. Por eso, «al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida»[3].
Para los hijos de Dios en el Opus Dei, esta fiesta guarda un significado especial, desde que el Señor ilustró a nuestro Padre para que comprendiera más profundamente que estamos llamados a alzar la Cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas nobles. «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura»[4]. Y, para colaborar en la aplicación de la Redención a todas las almas, el Señor nos ha ofrecido también el trabajo profesional, que, con su gracia, hemos de realizar con perfección humana, con espíritu de servicio y rectitud de intención, tratando de convertirlo en oración.
Del sacrificio de Cristo brotan todas las gracias que Dios dispensa a los hombres. Por eso, no cabe poseer la vida sobrenatural, participar en la misión redentora de Jesús, si no nos unimos afectiva y efectivamente a la Santa Cruz: en primer lugar, viviendo lo mejor posible la Misa, donde nos encontramos de modo sacramental, pero realmente, ante el divino Sacrificio del Calvario; que, además, nos impulsa a recibir con alegría las contrariedades y penas de nuestro caminar terreno; más aún, a buscar activamente la mortificación y la penitencia voluntarias, en las pequeñas cosas de cada jornada. «¡Qué dicha tener la Cruz! —exclamaba un Padre de la Iglesia—. Quien posee la Cruz posee un tesoro»[5]. Pero constituiría un error serio confundir la Cruz con la tristeza, con la resignación, con un panorama lúgubre, porque es todo lo contrario: nos trae y nos lleva a la felicidad que está en Cristo, y en Cristo crucificado[6].
San Josemaría supo mucho de sacrificio desde que el Señor se metió tempranamente en su alma, preparándole para la misión que había de confiarle: la fundación del Opus Dei. Siempre aceptó los diferentes trances penosos con ánimo agradecido, aunque a veces no los entendiera. Impulsado por el Espíritu Santo, pronto percibió con hondura que la Cruz anuncia —y anunciará siempre— la garantía de la eficacia sobrenatural en la misión apostólica.
«Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres»[7].
La fecundidad gozosa de la Cruz se pone nuevamente de manifiesto en la conmemoración litúrgica de los Dolores de la Virgen, el día 15. La Iglesia nos invita a contemplar a María junto a su Hijo, que —cosido al Madero por amor— muere por nuestros pecados. La Providencia divina había previsto su presencia en el Gólgota en esa hora, también para que Jesús confiara los hombres a los cuidados de su Madre: Mujer, aquí tienes a tu hijo[8], le dice. Y Ella, en medio de un grandísimo dolor, nos acoge realmente, pues también escucha: aquí tienes a tu Madre[9], cuando el Señor se dirige a Juan. Mientras Jesús moría, nosotros nacíamos a la vida de la gracia, a la existencia nueva de unión con Dios, con la cooperación activa de Nuestra Señora.
Muchos santos y escritores espirituales han puesto de relieve que, si en el nacimiento de Jesús en Belén le fueron ahorrados a Nuestra Señora los dolores de la maternidad física, no sucedió así en el momento de nuestro nacimiento espiritual. «La maternidad universal de María, la “Mujer” de las bodas de Caná y del Calvario, recuerda a Eva, “madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Sin embargo, mientras ésta había contribuido al ingreso del pecado en el mundo, la nueva Eva, María, coopera en el acontecimiento salvífico de la Redención (…).
»Con miras a esa misión —explicaba el Papa Juan Pablo II—, a la Madre se le pide el sacrificio, para Ella muy doloroso, de aceptar la muerte de su Unigénito (…). Su “sí” a ese proyecto constituye, por consiguiente, una aceptación del sacrificio de Cristo, que Ella generosamente acoge, adhiriéndose a la Voluntad divina. Aunque en el designio de Dios la maternidad de María estaba destinada desde el inicio a extenderse a toda la humanidad, sólo en el Calvario, en virtud del sacrificio de Cristo, se manifiesta en su dimensión universal»[10].
Hijas e hijos míos, nuestra labor de almas dará fruto abundante si —con ánimo sereno y también dichoso— estamos bien unidos a Jesucristo en la Cruz, muy cerca de la Virgen Dolorosa. «La Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la vergüenza y en la gloria de la Cruz,escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor 1, 23), por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de Jesucristo, y no sentirse enviado, como Él, peccatores salvos facere (1 Tm 1, 15), para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo Jesucristo, y Él se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tm 2, 6)»[11].
Éste es el camino que han seguido los discípulos de Jesús desde el comienzo mismo del cristianismo. Apoyados en la fortaleza de la Cruz, dieron a conocer el mensaje de Cristo a las personas con las que se relacionaban, que muchas veces se hallaban muy apartadas de Dios. Así, con la gracia del Señor y con la perseverancia de aquellos primeros, se obró el prodigio de la conversión del mundo pagano.
El día 21 conmemoramos a San Mateo, uno de los primeros Doce, que según la tradición, después de escribir el Evangelio que lleva su nombre, sufrió martirio en Persia. Él mismo había sido destinatario directo del afán de almas del Redentor, que le llamó a seguirle siendo publicano; circunstancia que —para la mayor parte de los israelitas— era sinónimo de pecador público. «Ante estas referencias —comenta Benedicto XVI—, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, justamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2, 17). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador»[12].
El ejemplo de Cristo será siempre un acicate para el afán apostólico de todos sus discípulos. También nosotros nos desenvolvemos en el seno de una sociedad en la que, desgraciadamente —lo digo sin tragedia—, muchas personas no saben nada de Dios. Otras caminan por la tierra como s

i no lo conocieran, lejos de sus mandamientos y de sus enseñanzas. A todos hemos de dirigirnos para acercarlos al Señor. Recuerdo la alegría con que nuestro Fundador acogió las enseñanzas del Concilio Vaticano II, al ver que «tomaba cuerpo con renovada intensidad esa preocupación por llevar la Verdad a los que andan apartados del único Camino, del de Jesús, pues —escribía— me consume el hambre de que se salve la humanidad entera»[13]. Bien podemos afirmar que, en las circunstancias actuales, las fronteras del apostolado ad fidem, tan amado por San Josemaría, se han dilatado extraordinariamente.
En el trato con nuestros compañeros de trabajo, no nos dejaremos arrastrar por ninguna acepción de personas. Como repetía incansablemente San Josemaría, no hay un alma que quede excluida de nuestra caridad. Más aún, hemos de dispensar un trato lleno de cariño a quienes se encuentren más alejados de Dios. «Los enemigos de Cristo —comentaba nuestro Padre en una ocasión— le echan en cara que sea amigo de los pecadores. ¡Claro! ¡Y tú también! Si no, ¿cómo los vamos a convertir?, ¿cómo los vamos a acercar al Médico divino?
»¡Naturalmente que somos amigos de los pecadores! Tú puedes hacer esa labor en tanto en cuanto la amistad con esos hombres no sea un peligro para tu vida interior; siempre que tengas la suficiente temperatura espiritual para levantar la de aquellas personas sin perder la tuya.
»¡Sí!, amigos de los pecadores, amigos de verdad: con vuestra oración, con vuestro trato agradable y sincero, noble, pero evitando que aquello sea un peligro para vuestra alma»[14].
Cada persona con la que coincidimos, por el motivo que sea, ha de suscitar en nosotros verdaderas hambres de apostolado, deseos de ayudar a que se acerque más a Jesucristo. Sobre nosotros grava el deber de contagiar a todos el fuego de amor de Dios que ha de consumirnos. Por eso, al entrar en contacto con alguien, enseguida hemos de preguntarnos: ¿cómo animarle a situarse más cerca de Dios? ¿Qué le puedo sugerir? ¿Qué tema de conversación sé sacar, que le sirva para conocer mejor la doctrina cristiana?
Es lógico este modo de proceder. El Papa Benedicto XVI explica que «quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla»[15]. Así se han comportado los seguidores fieles del Señor en todas las épocas. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —predicaba San Gregorio Magno—, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos»[16].
Ya os conté cómo he revivido los días que nuestro Padre pasó en Ecuador, gastándose y gastándose, sin quejarse al no contar con las fuerzas físicas; en Perú, donde trató mucho a Jesús Sacramentado, acudiendo a María y a José; en Brasil, admirando la abigarrada multitud de personas que allí vivían, y que son una esperanza de cosecha para Dios.
Hace unos días, invitado por el Obispo de Torun, en Polonia, he asistido a la intitulación a San Josemaría de una iglesia de aquel lugar y a la colocación de una reliquia de nuestro Padre. Causa mucha alegría ver cómo se extiende por el mundo la devoción a nuestro Fundador, despertando en innumerables almas el deseo de santificarse en la vida ordinaria. Acompañadme en mi acción de gracias.
Y rezad por los hermanos vuestros Agregados a los que impartiré la ordenación presbiteral, en Torreciudad, el próximo día 5 de septiembre. Seguid pidiendo cada día, bien unidos a mis intenciones, por el Papa, por los Obispos y los sacerdotes del mundo entero.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier
Solingen, 1 de septiembre de 2010. 
[1] Jn 3, 16.
[2] Cfr. Flp 2, 8.
[3] Benedicto XVI, Homilía, 14-IX-2008.
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.
[5] San Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz(PG 97, 1020).
[6] Cfr. 1 Cor 1, 23.
[7] San Josemaría. Es Cristo que pasa, n. 168.
[8] Jn 19, 26.
[9] Ibid., 27.
[10] Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 23-IV-1997.
[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 121.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 30-VIII-2006.
[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.
[14] San Josemaría, Notas de una meditación, 15-IV-1954.
[15] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.
[16] San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios 6, 6 (PL 76, 1098).

El Prelado del Opus Dei habla sobre los sacerdotes

PARA SER TESTIGOS DEL EVANGELIO EN EL MUNDO
EL FUTURO DEL AÑO SACERDOTAL



El Año sacerdotal concluyó el pasado 16 de junio. Nos separa un lapso tan breve, que cabe afirmar su actualidad. Por esto, más que proceder a una valoración, miremos las reacciones personales ante lo que la Iglesia ha promovido. ¿Qué ha ocurrido en este Año sacerdotal? ¿Qué impacto ha producido en nosotros, sacerdotes, convocados por el Romano Pontífice a recorrerlo ayudados por la figura de ese ejemplar hermano, san Juan María Vianney?
Estas preguntas reclaman respuestas que cada uno puede darse a sí mismo ante Dios, en la intimidad de su oración. Sin llegar a ese nivel, que trasciende los límites de un artículo, vayamos por un camino menos personalizado, no menos exigente: evocar los objetivos señalados por Benedicto XVI y, desde ahí, sacando consecuencias, orientar el pensamiento hacia el futuro.
“Este año -escribía el Papa en la carta de convocación- desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Citaba también unas palabras que repetía con frecuencia el Cura de Ars y que elCatecismo de la Iglesia ha acogido: “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Para comprenderse a sí mismo, el sacerdote no ha de limitarse a considerar su tarea pastoral; ha de ir mucho más allá, hasta llegar a Cristo, en cuya humanidad reverbera todo el vivir trinitario y en quien ese vivir trinitario se abre a los hombres.
Desde ahí se comprende la hondura de otras palabras de san Juan María Vianney, citadas por el Romano Pontífice: el sacerdote “no se entenderá a sí mismo sino en el cielo”. Sólo en el cielo, al advertir el don infinito e inefable de la entrega de Dios al hombre, el sacerdote saboreará su propia y plena realidad. Dios no sólo ha querido comunicarse a los hombres; ha tomado nuestra misma naturaleza en Cristo Jesús; ha instituido la Iglesia y llamado a hombres determinados a quienes, con el sacramento del orden, convierte en sus ministros e instrumentos. La “audacia de Dios”, que “aún conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y de presentarse en su lugar”, que confía en nosotros hasta “abandonarse en nuestras manos”, esa audacia es “la grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio»” (Benedicto XVI, homilía en la clausura del Año sacerdotal).
Con homilías, cartas y alocuciones pontificias, celebraciones, congresos y reuniones de reflexión, jornadas de oración, se han reiterado por el orbe esas grandes verdades, convocando a todos y especialmente a los sacerdotes a una nueva, profunda y gozosa conversión. Porque no se saborea ese exceso de amor divino propio del sacerdocio, sin sentirse personalmente comprometidos a ser –como solía decir san Josemaría Escrivá de Balaguer- “sacerdotes cien por cien” (homilía Sacerdote para la eternidad,13-4-1973).


¿Qué supone esta invitación? Responder a esta pregunta requeriría una larga exposición sobre la teología y la espiritualidad del sacerdocio, pero no resulta aventurado detenerse en tres consideraciones fundamentales:
a) reclama ser conscientes de la dignidad del sacerdocio, del valor y la riqueza que implica esa condición, para que esa realidad impregne la totalidad de la conducta; dote de autenticidad los momentos de la existencia, con la certeza de que, a pesar de nuestra pequeñez, Cristo quiere utilizarnos para comunicar al género humano los frutos de su obra redentora;
b) pide al presbítero identificarse con Cristo, alimentar sus “mismos sentimientos” (cfr. Flp 2, 5), morir a sí mismo para que Él habite en nosotros (cfr. Gal 2, 20): sentirse urgido a ser hombre de Eucaristía, vivir la Santa Misa con la fe de que en cada celebración se perpetúa el sacrificio de Cristo, muerto y resucitado, que viene al encuentro de su Iglesia y del sacerdote, para atraerlos hacía Sí y conducirlos con el Espíritu hasta la intimidad filial con Dios Padre;
c) entraña el afán de servir, cum gaudio en Cristo y por Cristo, a la propia grey, a la Iglesia y a la humanidad, de modo que en su ser, como en el de Jesús, no se dé cabida al egoísmo o a la indiferencia ante las necesidades de los demás. Implica dedicarse con empeño, aunque cueste, a cuanto contribuye al bien de las almas, con una efectiva caridad, en la predicación de la Palabra de Dios y en el sacramento de la reconciliación donde, en nombre y con la autoridad de Cristo, el sacerdote otorga el don divino del perdón.
El Año sacerdotal nos ha situado, en el tiempo y desde el tiempo, ante lo eterno, ante un amor de Dios que no pasa, que no cesa, sino que es siempre joven y activo; con la realidad –feliz, sorprendente, y hondamente verdadera- de que ese amor, visible en Cristo Jesús, trasciende a través de la Iglesia, de cada cristiano y de cada sacerdote. El Año sacerdotal está llamado, sin duda, a producir muchos y variados frutos en la predicación, en la catequesis, en la atención a la liturgia, en los diversos campos de la pastoral, y básicamente en la renovación interior de cada sacerdote, también con el aumento de seminaristas en las diócesis. La “audacia de Dios” de la que habló Benedicto XVI en su homilía del 11 de junio, nos convoca a todos –como señalaba el Romano Pontífice- “esperando nuestro sí”.

+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei
de opusdei.es

Carta del Prelado del Opus Dei (agosto 2010)

El año mariano que recorre el Opus Dei y las fiestas dedicadas a la Virgen son una ocasión para hablar de la Madre de Dios en la carta que Mons. Echevarría dirige este mes a los fieles de la Obra.
04 de agosto de 2010
PDF: Carta del Prelado (agosto 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Os escribo al regreso del viaje que he realizado a algunos países de América del Sur. En Ecuador, Perú y Brasil, además de tener la alegría de reunirme con un buen número de hermanas y hermanos vuestros, y con muchas otras personas, he rezado ante diversas advocaciones de la Virgen. Apoyándome en cada una y en cada uno, he tratado de revivir la piedad con que San Josemaría rezaba ante las imágenes de la Santísima Virgen, y he agradecido a nuestra Madre su constante oración por la Iglesia y por la Obra, pidiéndole que nos siga bendiciendo abundantemente. Sí, he contado con vuestra oración mariana, porque llevo muy grabada en el alma una exclamación de nuestro Padre, en el Santuario de Aparecida, que luego repitió en São Paulo: «le he dicho a la Virgen que quería rezar con mucha fe». Antes, primero en Ecuador, he considerado la estupenda lección de San Josemaría, pues le afectó el mal de altura, el “soroche”, y tuvo que reducir casi completamente su actividad de catequesis, mientras seguía creciendo en su vida personal la devoción a San José y la infancia espiritual: allí estuvo “activamente inactivo” quince días. En Perú, han pasado por mi mente muchísimos recuerdos; entre otros, su alegría inmensa al ver representada una escena que llevaba muy metida en el corazón: la Virgen y San José en adoración a Jesucristo escondido en el Sagrario: ¡con qué cariño se detuvo ante el altar!
Intensifiquemos nuestras muestras de amor a la Virgen, en los meses que aún nos restan para la conclusión de este año mariano. Precisamente el próximo día 15, solemnidad de la Asunción, comenzaremos a recorrer la segunda parte. Procuremos hacerlo con un renovado espíritu filial, al compás de la vida mariana de San Josemaría. «Si en algo quiero que me imitéis —nos dijo innumerables veces—, es en el amor que tengo a la Virgen». Y, en otras ocasiones, nos señalaba: «imitad a Jesucristo, que es el Modelo de todo, también en el amor a su Madre»[1].
El hecho de llegar a la mitad de los meses del tiempo que, con motivo del 80º aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres, hemos puesto en manos de la Virgen, nos ofrece la oportunidad de hacer un balance de las semanas transcurridas, para impulsarnos a proseguir la andadura a buen ritmo. Especialmente «en las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad»[2].
La solemnidad del día 15 nos invita a poner en práctica con esmero este consejo de nuestro Padre. La grandiosa elección que de Ella hizo Dios desde la eternidad, para que fuera Madre del Verbo encarnado, llega a su culmen cuando es recibida gloriosamente, en cuerpo y alma, en el Cielo. La Asunción de María, que cierra la parábola iniciada con su Inmaculada Concepción, nos incita vivamente a fijarnos con mayor detenimiento en nuestra Madre, a meditar con mayor hondura cómo recorrió Ella su peregrinación diaria en este mundo, hasta llegar a la morada celestial.
En el evangelio de la Misa de esa fiesta, la Iglesia nos propone el pasaje de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. Los Padres y los escritores eclesiásticos han comentado siempre ese episodio como una imagen gráfica de lo que caracterizó la entera existencia de Santa María, definida por su obediencia pronta y alegre a lo que el Señor le indicaba. Desde el fiat que pronunció en la Anunciación hasta ese otro fiat, manifestado sin palabras, al pie de la Cruz, toda la vida de María se resume en una fidelidad completa, sin fisuras de ningún tipo, a la Voluntad amabilísima de Dios.
San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de María, relata con detalle esa visita de la Virgen a Santa Isabel: una escena bien impresa en nuestra memoria —como tantas otras del Evangelio—, porque cada día la contemplamos al meditar los misterios del Rosario. Volvamos a saborearla ahora.
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel
el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada Tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”
[3].
A estas palabras de Isabel, la Virgen, inspirada también por el Espíritu Santo, respondió con ese canto de agradecimiento y de alegría incontenible: el Magnificat. No nos podemos detener en todas sus riquezas; sólo deseo resaltar algunos detalles de esta escena, sobre la que San Josemaría meditó profundamente.
San Gabriel comunicó a María que Isabel esperaba un hijo, como prueba de la omnipotencia de Dios; no le pidió, ni sugirió, que fuera a visitarla. Sin embargo, la Virgen piensa que su prima necesita de su auxilio y descubre también en eso una voluntad de Dios. Inmediatamente se dirigió al pueblecito donde residía su anciana prima. Llama la atención ese cum festinatione, con prisa, que San Lucas subraya oportunamente. El motivo salta a la vista, como explicó ya San Ambrosio: «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud»[4]. El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo a ese Doctor de la Iglesia, comenta que «el evangelista, al decir esto, quiere destacar que para María, seguir su vocación, dócil al Espíritu de Dios, que ha realizado en Ella la Encarnación del Verbo, significa recorrer una nueva senda y emprender enseguida un camino fuera de su casa, dejándose conducir solamente por Dios»[5].
El Evangelio nos ofrece la primera lección que aprendemos de nuestra Madre, constante en su conducta: cuando el amor de Dios se nos manifiesta al alma, el deber nuestro que de ahí deriva se concreta en corresponder a su gracia con urgencia, con generosidad plena a esas inspiraciones divinas, sin entretenerse en lo que pudiera significar un retraso o una tardanza. Cuando Dios pasa a nuestro lado —y a todos nos ha llamado y nos llama por nuestro nombre, para que le sigamos muy de cerca—, hay que dejar de lado todo lo que pudiera dificultar ese ir tras de Él, con Él. La existencia entera ha de estar rubricada por esa sagrada prisaque —como afirma el Papa— se requiere en quien sabe «que Dios es siempre la prioridad y ninguna otra cosa debe crear prisa en nuestra existencia»[6].
Recuerdo algunos sucedidos de la vida de nuestro Padre, que nos ilustran cómo nuestro Fundador alimentaba sus prisas para amar más y más a Dios y a la Virgen.
Desde los primeros años de la Obra, a medida que iba prendiendo con mayor fuerza en su alma el cariño a nuestra Madre, sus biógrafos relatan cómo se esmeraba en saludar a Santa María en las imágenes que encontraba en sus recorridos por las calles de Madrid. En una ocasión, anotó en sus apuntes personales el siguiente suceso: «esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño»[7].
Hacia el final de su vida, cuando ya se encontraba más débil, pasaba un día delante de un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño, en Villa Tevere. Quiso besar a la imagen y, como delante había un banco, no resultaba fácil. Se empeñó en cumplir ese gesto. Luego nos invitó a pensar: aunque esto sea una nadería —se refería al esfuerzo que había debido realizar—, vamos a preguntarnos qué manifestaciones de cariño ponemos, con denuedo, para corresponder al amor de Dios y de la Santísima Virgen, ante la gran manifestación de amor que se encierra en la Encarnación. Os traslado la pregunta. ¿Qué esfuerzo concreto estamos decididos a poner en los meses que faltan del año mariano, para corresponder a la predilección que el Señor y su Santísima Madre nos demuestran constantemente? ¿Queremos quererla —no es una redundancia— más? ¿La buscamos con el afán de que nos lleve a su Hijo?
Repasemos un segundo detalle de la escena de la Visitación. Cuando María exclama su Magnificat de alabanza a Dios, la primera consideración que sale después de su boca —como antes, en la Anunciación— es el reconocimiento de su humildad, en el sentido de proclamar su nada de

lante de Dios; un reconocimiento que es parte esencial de esta virtud.«¡Qué grande es el valor de la humildad! —“Quia respexit humilitatem…”Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”»[8].
Señalaba San Agustín que «la morada de la caridad es la humildad»[9]. Sólo sobre una base de profunda humildad se abona el terreno para que crezca una caridad sincera. La extraordinaria humildad de la Virgen, que en todo momento quiso que Dios obrara en su alma, sin apropiarse méritos de ninguna clase, alcanzó que el Señor se inclinase hacia Ella cada vez con más amor, conduciéndola de plenitud en plenitud hasta recibirla en la gloria.
Hijas e hijos míos, aprendamos de esta Madre buena a comportarnos de igual modo en las más diversas circunstancias. Hasta el último momento, tendremos que luchar contra los enemigos de nuestra santificación; especialmente contra el amor propio, que define el principal obstáculo que se opone a nuestra unión con Dios. Pero escuchemos de nuevo a San Josemaría. En una ocasión, respondiendo a quien le preguntaba cómo luchar en este punto de la vida espiritual, insistía: «es bueno que tengas deseos de ir contra la soberbia; pero yo, sin ser profeta, te digo que tendrás inclinaciones de soberbia hasta la última hora de tu vida. Pídele al Señor que te haga humilde (…): quia respexit humilitatem ancillæ suæ(Lc 1, 48). Dios Nuestro Señor la miró porque vio la humildad de su Sierva. Por lo tanto, tú procura servir a Nuestro Señor e imitar a la Virgen en la humildad. En el Evangelio, no la encontramos a la hora de los grandes triunfos de su Hijo: la encontramos al pie de la Cruz. Pero también la encontramos ante el primer milagro: lo hace el Señor, porque se lo pide la Virgen Santísima. Pídele el milagro de que te haga humilde a ti y de que me haga humilde a mí»[10].
La meditación de los grandes privilegios de Santa María nos llena ciertamente de pasmo: ¡es tan maravillosa nuestra Madre del Cielo! La contemplamos, en la escena del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de estrellas[11]. Sin embargo, «todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca»[12]. Desde el Cielo, en efecto, nos sigue a cada una, a cada uno, como si fuéramos su único hijo, su única hija, y no cesa en sus desvelos por nosotros, para que un día lleguemos a gozar, en unión con su Hijo y con todos los ángeles y santos, de la eterna bienaventuranza.
Se lo recordaremos una vez más, el próximo 15 de agosto, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón dulcísimo e inmaculado. Fomentemos ese día la comunión de intenciones con todos los fieles de Prelatura —los que estamos en la tierra y los que ya han rendido su alma a Dios—, y de modo especial con nuestro Padre, bien unidos a la consagración que realizó en Loreto el año 1951 y a la que yo personalmente renovaré, en nombre de todos, en este año mariano. Confiemos nuestras ilusiones y nuestros proyectos a los cuidados de nuestra Madre, que —según una acertada expresión de Santo Tomás de Aquino— es «totius Trinitatis nobilis triclinium»[13], el lugar donde la Trinidad encuentra su reposo; porque —como afirma el Papa en una reciente audiencia— «con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres Personas divinas inhabitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda»[14].
Se lo volveremos a repetir el 22 de este mismo mes, fiesta de Santa María Reina, y al día siguiente, aniversario de aquella locución divina que dejó en nuestro Padre «sabores de panal y de miel», en momentos en que lo necesitaba especialmente: adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur!
Que sea muy intensa nuestra oración por el Santo Padre, por su Augusta Persona —también por su reposo en estos meses—, por sus intenciones, por todos los proyectos que, para bien de las almas, lleva en el corazón.
Y, al compás de todo esto, ayudadme en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2010

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-IV-1974.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 291.
[3] Lc 1, 39-45.
[4] San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19 (PL 15, 1560).
[5] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2009.
[6] Ibid.
[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 446 (3-XII-1931). Cit. en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 341.
[8] San Josemaría, Camino, n. 598.
[9] San Agustín, La santa virginidad, 51.
[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-X-1972.
[11] Cfr. Ap 12, 1.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2008.
[13] Santo Tomás de Aquino, Exposición sobre el Avemaría, cap. 1.
[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 23-VI-2010.