Sobre el Fundador del Opus Dei: un Escritor

La Nueva Provincia, Bahía Blanca, Argentina, 19.V.1992

“In Domino Josemaría”

Por JUAN LUIS GALLARDO

El escritorio en que estoy trabajando enfrenta una pared llena de cosas: una estantería con libros, trofeos deportivos, pequeños objetos comprados en remotos lugares del mundo.

Hay un silbato naval, una gárgola de estaño, un sable de abordaje. Un muñequito siciliano con yelmo y coraza de lata. Un loro fabricado con calabazas pintadas de azul, al que he bautizado “Stevenson” recordando “La isla del Tesoro”. Varias locomotoras en miniatura, un cencerro diminuto, caracoles recogidos en cierto archipiélago del Caribe… Y una tarjeta enmarcada, que empieza a ponerse amarilla y está fechada en Roma el 30 de junio de 1969. De ella quiero ocuparme en esta nota.

Dice en esa tarjeta, escrito a máquina: “Muy querido Juan Luis: me ha dado mucha alegría recibir la publicación que has tenido la amabilidad de enviarme. Te felicito y te encomiendo a Dios Nuestro Señor, para que continúes trabajando en su servicio cada vez con más eficacia, y tu tarea profesional sea instrumento de tu santificación y de la de muchas almas. Con un fuerte abrazo, os bendice -a ti y a todos los tuyos- cariñosamente…”. Debajo del texto, manuscrito con tinta ya color sepia, se lee: “in Domino Josemaría”.

Dado que tal nombre, expresado así, todo junto, ha sido repetido muchas veces en estos días, quizá no haga falta aclarar que el firmante de la tarjeta fue Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, declarado beato por la Iglesia Católica el pasado domingo, 17 de mayo, en una ceremonia imponente realizada en la plaza de San Pedro y presidida por el Papa Juan Pablo II. Por lo tanto, la tarjeta de que estamos hablando se trata ya de una reliquia. O sea de un objeto vinculado con alguien que ha sido elevado a la dignidad de los altares, a quien se ha de rendir culto público y que la Iglesia propone como modelo por haber vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. Ni más ni menos.

Dos de nuestras hijas viajaron para asistir a la ceremonia. Los demás de la familia no pudimos hacerlo por una razón u otra, entre ellas las económicas. Sin embargo, creo estar en condiciones de volcar en estas líneas algunos recuerdos y reflexiones que el suceso ha puesto de actualidad.

¿Por qué me escribía monseñor Escrivá de Balaguer en 1969? Porque, según se desprende de esas líneas, yo le había mandado un trabajo publicado por mí poco antes. ¿Y por qué le envié ese trabajo? Porque, siguiendo el consejo de un cuñado mío que volvía de España, tomé contacto con el Opus Dei en 1961. Y, al principio con recelo, pues conocía las calumnias divulgadas a su respecto, me fui enterando del mensaje que difundía, fui conociendo a sus sacerdotes -rezadores e ilustrados-, fui trabando amistad con algunos de sus miembros laicos (que son amplia mayoría), alegres, trabajadores, simpáticos… y apostólicos.

Lo de apostólicos viene a cuento porque, gracias a esa característica de la gente que vive el espíritu de la Obra, asistí a charlas sucesivas, hice algún retiro espiritual organizado por ella, mandamos nuestros hijos a excursiones y campamentos de los que volvieron más piadosos, más ordenados, más obedientes, más estudiosos. Resultó natural por lo tanto que, al publicar un libro, se lo remitiera dedicado a quien había sido causa indudable de la mejoría espiritual registrada en toda una familia, que era la nuestra, quien esto escribe inclusive.

En junio de 1974 conocimos a monseñor Escrivá de Balaguer. Llegó a estas playas el 7 de ese mes, permaneciendo hasta el día 28. Venía cumpliendo un extenso periplo que, por llamarlo de algún modo, cabría calificar como catequístico. Ya que, efectivamente, en momentos de confusión doctrinal, se lanzó por el mundo para recordar -en tono confidencial o a grito pelado- las viejas verdades de la Fe. Una de ellas olvidada desde siglos atrás: que todos los cristianos, por el solo hecho de estar bautizados, deben buscar la santidad, encontrándose ésta a su alcance en los lugares que ya ocupan dentro de la sociedad. ¿Y cómo lograrla? Trabajando lo mejor posible y ofreciendo el trabajo a Dios: santificando el trabajo, santificándose en el trabajo, santificando con el trabajo.

La cantidad de gente que quiso ver y oír al viajero excedió todos los cálculos, no dando abasto los espacios inicialmente reservados para aquellos encuentros. Así que hubo que arrendar teatros y salones de actos. Con mi familia concurrimos a varias de las que monseñor Escrivá denominaba “tertulias”. Y lo vimos moverse vivamente por el proscenio, contestar preguntas con respuestas llenas de profundidad y sencillez, bromear con algunos de los presentes, emplear un castellano rico, sonoro.

¿De qué hablaba el fundador del Opus Dei? Hablaba siempre de Dios. Pero como Dios se manifiesta de múltiples maneras, hablaba de muchas cosas. De la vida y de la muerte, de la amistad y el sacrificio, de alegría, de lealtad, de la bendición del cielo que son los hijos, del amor conyugal y del amor al Papa, del trato con Santa María y San José, de la necesidad de confesarse y de llevar a la confesión a amigos y conocidos, de la Argentina…

Habló en efecto de la Argentina y de los argentinos. Se refirió a todo lo que se estaba haciendo y todo lo que se haría en la Argentina y desde la Argentina. Elogió a sus gentes y a sus llanuras. Exhortó a que nos quisiéramos, dejando de lado divisiones y enconos, invitó a no derribar las viejas casas de Buenos Aires. Y visitó la Virgen de Luján, manifestando que dejaba el corazón a sus pies.

Tuvimos finalmente el privilegio de ser recibidos por él en una reunión restringida a unos cuantos miembros de la familia. Durante ella nos mostró un entrañable afecto, nos impulsó a mejorar, recordó que nos hallábamos en un solar que había sido de mi bisabuelo (“La Chacra”, una quinta de Bella Vista que es hoy casa de retiros), se preocupó por la salud de un sobrino mío que nos acompañaba, quien era muy chico por entonces y vive aún pese a la grave enfermedad congénita que padece. Nos dio por último la bendición. La bendición de un santo.

Pese al desorden de estos pantallazos, espero sirvan para ilustrar al lector respecto al motivo por el cual, a partir del domingo 17 de mayo de 1992, me produce una emoción peculiar alzar los ojos de la máquina de escribir y observar, escrita con letra amplia, en tinta ya color sepia, una frase que dice: “in Domino Josemaría”.

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