Santidad en nueva evangelización

LA RELIGION, CARACAS, 24 DE JULIO DE 1992, Venezuela

Homilía de Mons. Ovidio Pérez Morales, en la solemne concelebración en honor del beato Josemaría Escrivá (en Caracas, el pasado 9 de julio, en el marco de la LVIII Asamblea de la C.E.V.)

Eminentísimo Señor Cardenal José Ali Lebrún, obispo de esta Iglesia particular de Caracas. Ciudadano Ministro de Justicia. Ciudadano Presidente de la Cámara de diputados. Hermanos todos, ciudadanos del pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia:

El pasado 17 de mayo, Juan Pablo II, en multitudinaria asambleas eucarística celebrada en la Plaza Romana de San Pedro, inscribió en el número de beatos a dos venerables siervos de Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, fundador del Opus Dei y Josefina Bakhita. virgen. sudanesa, esclava y después hija de la caridad, canosiana. Dos hermosas expresiones de una misma santidad, que tiene su fuente en el tres veces Santo, el Dios que es Amor.

El Episcopado Venezolano, junto con hermanos presbíteros; religiosos, religiosas y numerosos laicos, miembros o amigos del Opus Dei, estamos congregados en la presente Eucaristía, para festejar la beatificación de quien pocos meses antes de marchar a la Casa del Padre celestial, revistió, en andanza apostólica, nuestro país.

Esta asamblea es celebración de toda nuestra Iglesia. En efecto, quien es elevado al honor de los altares, más allá de peculiares referencias a Instituciones o ámbitos eclesiales, pertenece al pueblo de Dios en todo su conjunto.

El Beato cuya memoria nos congrega hoy, nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902, fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925; fundó el Opus Dei el 2 de octubre de 1928 en Madrid; y terminó santamente su peregrinación terrena en Roma, el 26 de junio de 1975. Su biografía parece que él mismo la hubiese sintetizado en el primer número de este vademécum de

santidad para nuestro tiempo que se llama Camino y cuyas páginas recorrí en la más temprana juventud: “Que tu vida no sea una vida estéril. Se útil.. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor… enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Pocos días después de su muerte, un Obispo que dejo honda huella pastoral en su patria y más allá de ésta, Mons. Oscar A. Romero, escribió a Juan Pablo II desde la Iglesia de Santiago de María. ¿Objetivo de la comunicación? pedir al Papa la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de Monseñor Escrivá. En la carta de este pastor salvadoreño encontramos lo siguiente: “Tuve la dicha de conocer a monseñor Escrivá Balaguer personalmente y recibir de él el aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María”. Y agrega una significativa semblanza: “…supo unir en su vida un diálogo continuo con el Señor y una gran humanidad: se notaba que era un hombre de Dios y su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor”. La carta tiene fecha: 12 de julio de 1975.

Ahora bien, quisiera subrayar un aspecto resaltante de la vida apostólica del beato Josemaría, y que constituye un hermoso legado, no sólo para el Opus Dei sino para toda la Iglesia. Pudiera definirse así: evangelización de la cultura desde la perspectiva del llamado universal a la santidad, o también: Santificación desde el ángulo de una inculturación del evangelio.

Sobre este aspecto Juan Pablo II el día de la beatificación expresó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incasablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana, por ello el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado, cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y de toda la creación (cf. Dominum et Vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. “Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios” (Carta del 19 de marzo de 1945)”.

El 28 de enero, de 1985, Juan Pablo II hablando directamente a los laicos en la Catedral de Caracas, les exhortó así: “Desde ese crecimiento en el Señor y desde la pujanza del laicado venezolano, haced presente a la Iglesia, con nueva coherencia y originalidad, en vuestras sociedad, en el progreso espiritual, económico y cultural de vuestra nación. Es mi consigna y tarea vuestra. Y añadió el Santo Padre estas desafiantes preguntas “¿No es vocación primordial de los laicos impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico?. ¿No les aguarda el mundo de la cultura, de la familia, de la dirección política, económica y social?

En momentos de grave crisis en nuestro país y de serios retos a una América latina enfrentada a profundos cambios culturales (en el sentido más amplio del término), estas palabras del Papa cobran relieve y urgencia especiales. De allí el tema de la Conferencia del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, que se tendrá el próximo mes de octubre.

Se trata de hacer del evangelio luz y sal, fermento y sentido de la convivencia humana, para la edificación de una nueva sociedad que sea civilización del amor, cultura del trabajo, de la solidaridad, de la vida. Se trata de vencer una esquizofrenia muy corriente entre cristianos, a saber, la interpretación de la fe y lo religioso como algo de consumo sólo privado para la propia intimidad. el hogar o el templo, pero sin Implicaciones en la vida económica, política, cultural, sin incidencias en el diseño de la educación, la organización de la convivencia social y la marcha de la sociedad en su globalidad. De este modo, lo que debería ser armonía se queda en yuxtaposición o montaje. No transforma lo cultural desde dentro, lo alcanza apenas en la epidermis. Es el barniz superficial del que habla Pablo VI en Evangelii nuntiandi al abordar el tema de la evangelización de la cultura (cf Nro. 20).

“La teología de la creación y la teología de la redención -ha escrito el sucesor del beato Josemaría en la dirección de su obra- se entrecruzan en la concreta vida cotidiana, orientada a Dios y al servicio de los hombres; todo trabajo humano, honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible; con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres) Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la creación del inundo, se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se. convierte en obra de dios (Una vida para Dios, Ed. Rialp, Madrid 1992, Pág. 91s).

Renovador en tiempos que precedieron el Concilio Vaticano II, las orientaciones de Josemaría Escrivá se manifiestan fecundamente actuales, años de nueva evangelización. Vocación de todos a la santidad y realización de la santidad en lo cotidiano, en lo mundano, dignidad, y misión peculiar del laico, valor cristiano y función santificadora del trabajo, dinámica articulación entre los órdenes de la creación y redención. Estos y otros temas caracterizan el pensamiento y la espiritualidad, la teoría y la vida que el beato Josemaría supo desarrollar en una Iglesia que se abría a los nuevos tiempos, no abaratando la identidad del pueblo de Dios, sino afirmándola en genuina renovación. No marginando la oración y la cruz sino sumiéndolas como base del edificio y sabiduría conductora del peregrinar.

Como presbítero, apreció y promovió el ministerio sacerdotal, la vida consagrada de religiosos y religiosas le mereció honda estima y real colaboración. Pero privilegió a quienes forman la casi totalidad de la Iglesia y constituyen un potencial riquísimo de santidad y apostolado transformador: el laicado. Este laicado, su santificación a través del quehacer ordinario -llamado a ser “extraordinario”- fue la gran debilidad del fundador del Opus Dei. El último número de Camino continúa una palabra clave. Clave no sólo para la perseverancia cristiana, sino para entender lo que es Dios y lo que Dios quiere. Lo que es Jesús y lo que es la Iglesia de Jesús. Aquello que explica la creación, la redención, el mandamiento nuevo del Señor. Es el amor. Ese mismo amor que constituyó el sentido fundamental de la existencia del nuevo beato y que ha de ser también el alma, el ardor de la nueva evangelización en este fin de siglo y cruce de milenios. Dios Uno y Trino sea bendecido y alabado por los siglos de los siglos. Amén.

Ovidio Pérez Morales, Presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, La Religión (Caracas), 24.7.92

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