Materializó la vida espiritual

Testimonio sobre san Josemaría, fundador del Opus Dei

Publicado en EL TIEMPO, Santa Fe de Bogotá, SÁBADO 16 DE MAYO DE 1992
Por María H. URIBE DE ESTRADA

No es extraño que lo vayan a beatificar. Que 500 mil personas, con el ánimo de los primeros cristianos, viajen a Roma al estilo del siglo XX, no en carretas, no a pie, no a caballo, sino con el cuerpo a cien, doscientos, novecientos kilómetros por hora, y el pensamiento estático, en la eternidad. Nueva forma de ‘romería’ para la beatificación del siglo. Y es lógico, porque en este siglo todo es grandioso, monumental, rápido.
Muchedumbres de todos los países y colores se han vuelto una sola aldea enamorada, por el espíritu que las congrega y los medios de comunicación que transportan y transmiten. Muchos de ellos irán a la ceremonia y regresarán enseguida a sus lugares para seguir trabajando en la Obra de Dios. No hay tiempo para el turismo cuando todo está por hacer en la viña del Señor, dicen.

La televisión hará posible que en cualquier rincón del mundo se vea el momento en que el Vaticano avala esa nueva espiritualidad, “antigua como el Evangelio y como el Evangelio nueva”, que Josemaría Escrivá de Balaguer desenterró de los archivos empolvados en el fondo de cada corazón cristiano. “Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”. Lo dijo Jesucristo para todos. Y monseñor Escrivá proclamó que también era posible para el hombre de la calle. Abrió al mundo los caminos divinos de la tierra, afirmando que cualquiera puede ser perfecto hijo de Dios entre la basura que recoge; y con el sacudidor en la mano, y el aceite de los talleres, y el dolor que mitiga en los hospitales, y los microbios que identifica en los laboratorios, y el tráfico que dirige en las encrucijadas, y las leyes que protege en lo más alto del gobierno, si se tiene la mirada fija en el Omnipresente.

Se necesitaba un milagro para dar el paso definitivo. No hubo uno, sino muchos. Pero el mayor de todos es esta cantidad de hombres y mujeres, en el mundo entero, que siguen sus pasos en busca de su camino de paz, en absoluta entrega al querer de la voluntad de Dios, a pesar de las vicisitudes del tiempo y los vaivenes del siglo, como niños confiados entre los brazos del Padre Celestial.

Cuando yo era pequeña y oía hablar de santos y virtudes y milagros, me parecía imposible conocer a uno de carne y hueso, que respirara el aire mío, mirara el mismo atardecer, se mojara con la misma lluvia. En mi infancia eran cosa del pasado los que se encerraban a meditar entre cuatro paredes y un claustro silencioso, o salían por los campos haciendo maravillas que la gente perseguía para saciarse de portentos más que de la palabra y del espíritu.

Lo conocí tres años antes de su muerte, cuando salió por el mundo, a propagar su doctrina de espiritualidad. Nos reuníamos en espacios para multitudes. Lo vi entrar con el semblante pleno de alegría y oí cómo le salían las palabras con naturalidad, casi del inconsciente, a borbotones, como brota el agua de un recipiente colmado. No sé de qué altura era; de 70 años ya, pero la agilidad de un joven. Cuando los cumplió, dijo que tenía siete años. Un niño enamorado de Dios, con talla de gigante. Alma simple, con la profundidad de una sabiduría milenaria.

Predicaba una espiritualidad distinta. Amar al mundo apasionadamente

Utilizar todo lo que Dios puso a nuestro alcance para divinizar el mundo, para servirlo, sin que nadie huya del sitio que le tocó en la vida con la disculpa de querer ser santo. Y esto tampoco es nuevo. Está en el Evangelio: ‘No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal’, oró Jesucristo. La Iglesia capta los signos de los tiempos y exalta las nuevas formas de santidad que se van presentando. Pero el mundo se niega a aceptarlas y lanza gemidos de agonía e improperios, que también se transmiten con la velocidad de la luz.




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