Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

Adolfo Rodríguez Vidal, obispo de Los Ángeles (Chile), La Época (Santiago de Chile), 17.5.92; El Sur (Concepción, Chile), 17.5.92

Mons. Adolfo Rodríguez, Obispo de Los Ángeles

Por Isabel Larraín C.

Es indudable que tiene un tesoro dentro. Y que no le gusta nada mostrarlo. Porque después de más de 5 años de servir a Dios en el Opus Dei, sigue siendo igual de reservado y austero que el primer día en que conoció a monseñor Escrivá de Balaguer en el Madrid de 1940.

– Fue un sábado, y de esa entrevista con monseñor Escrivá recuerdo que es, tuvo muy cariñoso, pero no pasó -ese día- nada especial, fue la típica conversación de toma de contacto. Días después asistí por primera vez a la Bendición con el Santísimo que impartió monseñor Escrivá a un grupo de universitarios; fue algo para mí muy impresionante. Me impactó enorme mente cómo tomaba la custodia, cómo hacía con ella la señal de la cruz, sus genuflexiones… Yo había asistido a otras bendiciones en mi tiempo de colegial, pero nunca había visto la de un santo: me impresionó su piedad, que le salía por los poros.

En ese entonces, D. Adolfo Rodríguez Vidal, actual obispo de Los Angeles, no sabía nada del Opus Dei ni del camino que Dios le tenía reservado, el que ha recorrido sin pausa, fiel al encargo de su fundador de traer la obra a Chile. Aquellos que lo conocen desde hace ya muchos años destacan por sobre todo su humildad y su reciedumbre, que lo llevan a ni siquiera querer hablar de lo que ha sido su vida. Un poco incómodo, pero siempre sonriente, acepta contar algo de todos esos recuerdos que lleva en el interior.

– ¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿Qué fue lo que más le atrajo, teniendo en cuenta que estaba recién comenzando y había poco que ver, lo que hacía más difícil entenderlo?

– Al término de la guerra civil española, en el año 39, las universidades que habían estado cerradas volvieron a abrirse y yo me fui a Madrid a preparar mi ingreso a la Escuela de Ingeniería Naval. Durante ese período, uno de mis compañeros me invitó a ir una tarde a la única residencia universitaria del Opus Dei que existía y me presentó al Padre: así llamábamos a monseñor Escrivá. Ya he dicho cómo me impactó la piedad de su liturgia. Volví con frecuencia, a estudiar a su biblioteca y a conversar con otros universitarios, y un día, el mismo que me había invitado me invitó a pasear y me explicó la posibilidad de una entrega definitiva en la Obra. Yo lo pensé durante unas semanas, recé, medité y el día en que cumplí los 20 años -fue una casualidad, no algo buscado- hablé con el Padre, le pedí que me admitiera y él me aceptó: Era el 20 de julio de 1940. Aunque entonces éramos todavía muy pocos, el trato con el Padre nos hacía darnos cuenta de que aquello era algo muy serio, muy importante, que suponía un compromiso para siempre. Yo vi que el Señor quería eso y yo estaba dispuesto.

– Entre los primeros de la Obra surgió la costumbre de llamar al fundador “Padre”: ¿Usted veía en él a un verdadero Padre?

– Yo no soy “de los primeros de la Obra”. Cuando llegué a ella entendí por qué mis amigos que me precedieron me hablaban siempre de “El Padre”. Y por supuesto no me costó nada llamarle así porque en verdad lo era (como lo es ahora, y lo será siempre, quien haga cabeza en el Opus Dei). Cuando comencé a estudiar mi carrera de ingeniería y me fui a vivir a un Centro de la Obra, el Padre vivía ahí, con nosotros. Estábamos muy cerca de él. No había todavía sacerdotes del Opus Dei y el Padre se volcaba de cariño con nosotros: estábamos muy cerca de él. Cuando estaba en Madrid -viajaba mucho entonces por España, sembrando-, solía subir a acompañarnos en ratos de descanso y vida de familia, y se palpaba la entrega que tenía, las alegrías y también las preocupaciones por nosotros y por la Iglesia. Esos dos años en “Diego de León” -así se llamaba la calle y así llamábamos a la casa- fueron muy importantes para nosotros por la presencia del Padre.

– El hecho de haber conocido a monseñor Escrivá y haber vivido junto a él, ¿de qué manera influyó en su vida espiritual?

-En todo, ¡absolutamente en todo! Yo y todos tratábamos de ser buenos cristianos, pero cuando le oíamos predicar -porque ocasionalmente nos enseñaba a meditar, nos predicaba un retiro, nos hablaba familiarmente de Dios, de la Virgen, de la Iglesia…- yo. y todos quedábamos con un entusiasmo muy grande y con muchas ganas de no hacer tonteras ni perder el tiempo en el estudio y en el apostolado. Doy muchas gracias a Dios por haberlo conocido en esa época. Oírlo predicar era impactante y comprometedor.

– ¿Porqué motivo la Causa de Beatificación de monseñor Escrivá ha ido tan rápido? ¿Se debe, acaso, a algún tipo de influencia que el Opus Dei pueda tener dentro de la Iglesia?

La lentitud con que antes se tramitaban los procesos de beatificación fue corregida, ya en el Concilio, por el Papa Pablo VI, quien simplificó mucho algunos trámites. La idea ha sido consecuencia, por una parte, de los medios más rápidos para las informaciones y procesos, por ejemplo, los legajos no están escritos a mano sino en computadoras, etc. Pero sobre todo se trata de presentar modelos de santidad “actuales”, ya que los santos no son solamente intercesores sino también ejemplos. Y cuanto más cercano sea el ejemplo, mayor será su eficacia. De hecho hay ahora en tramitación muy avanzada la beatificación de una madre religiosa venezolana fallecida en los años ’80 de este siglo. En Chile, Teresa de Los Andes fue beatificada en un tiempo que, para los santos de otras épocas ¡sería muy corta!, y la beatificación del P. Hurtado, si tuvo un comienzo lento (murió antes del Concilio, es decir su proceso se inició con los trámites más lentos) ahora está ya próxima a una decisión positiva. El papa Juan Pablo II ha impulsado esta “política” de un trámite más rápido aunque siempre con la seriedad que exige algo tan importante para la Iglesia.

– ¿Qué significa para la Iglesia Universal la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Qué supone para el Opus Dei?

“La Iglesia beatifica y santifica a los santos, no para que ellos se alegren en el Cielo sino para que nos ayuden a quienes todavía estamos muy lejos de ese Cielo, pero aspiramos a llegar a él. Los santos nos ayudan de dos maneras: intercediendo por nosotros ante el Señor y sirviéndonos a nosotros de ejemplo: al beatificar a monseñor Escrivá la Iglesia nos está diciendo que es un intercesor y un modelo. Para el Opus Dei, obviamente, eso es de extraordinaria importancia. Con esa beatificación queda claro que la santificación se puede lograr a través de una vida de trabajo y que la vida “corriente” de unos esposos, de unos trabajadores, de cualquier cristiano “normal”, es un camino de santificación. ¡Esa fue la enseñanza de monseñor Escrivá!

Chile y el Opus Dei

D. Adolfo Rodríguez era un sacerdote recién ordenado el año 1950, cuando recibió un llamado del Consiliario del Opus Dei en España pidiéndole que fuera a verlo a Madrid. Una vez reunidos, éste le entregó una carta de monseñor Escrivá de Balaguer, desde Roma: “Era breve -recuerda D. Adolfo- y en ella me preguntaba si estaba dispuesto a irme a Chile y, al final -se ríe al recordarlo- decía: “El. viaje será muy pronto Tan sólo un mes después partió, llegando a nuestro país el 4 de marzo, solo y sin ningún medio material.

– ¿Qué pensó Ud. cuando monseñor Escrivá le pidió que viniera a Chile?

Nunca había pensado en partir a otro país, pero estaba dispuesto. El Opus Dei no tenía medios para ayudarme, pero el padre no sólo era audaz, también era prudente. Unos meses antes había enviado a D. Pedro Casciaro con dos o tres miembros más de la obra, a hacer un recorrido por toda América. En Santiago se contactaron con mucha gente y, cuando me tocó partir de España, me entregaron una lista de personas que podrían ayudarme.

– ¿Cómo comenzó el trabajo del Opus Del en nuestro país?

El entonces Arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, había almorzado hacía algún tiempo con el padre en Roma, y ahí habían hablado de la posibilidad de iniciar la labor en Chile. Monseñor Caro se ofreció entonces para alojar en su casa al primer sacerdote que llegara. Yo viví el primer mes con él -en Mac-Iver, frente a La Merced- y el Arzobispo de Santiago fue una enorme ayuda para mí. Organizó, incluso, diversas reuniones en las que pude conocer a muchas personas. Me presentó a D. Carlos Casanueva, entonces rector de la Universidad Católica, y a través de él a hacer clases de Mecánica Racional en la Escuela de Ingeniería de esa universidad; hice otras clases en la U. de Chile y pude conocer a muchos jóvenes. También me pidió que ayudara a confesar a los alumnos de colegios de la Iglesia en la Fundación de Santo Tomás de Aquino. Todo ello fue muy útil para mi rápida y hermosa identificación con mi nuevo país. Guardo una inmensa gratitud para las muchas familias y personas que me ayudaron en aquellos primeros meses y más tarde, haciendo posible la labor que el padre esperaba de Chile.

En aquella época D. Adolfo necesitaba de toda la ayuda posible. Quienes lo conocieron por aquel entonces sabían que vivía momentos económicamente muy difíciles, pero recuerdan que no se le notaba. Su casa estaba siempre bien, limpia y acogedora. El primer año lo pasó solo -sin otros miembros de la obra- pero en un departamento en la Alameda que había arrendado y que convirtió en la primera Residencia Universitaria del Opus Dei en Chile. Según D. Adolfo, la casa era “pésima” y había mucho que hacer para mantenerla.

-¿Es verdad que Ud. hacía hasta las camas en esa primera residencia?

Las camas precisamente no… pero sí muchas cosas. Quien tuvo que hacer las camas de los residentes fue -en la primera residencia del Opus Dei nuestro padre, en Madrid.

-¿Cómo fue su relación con monseñor Escrivá durante los comienzos en Chile?

“El Padre me escribía con cierta frecuencia y en alguna carta me ayudaba a corregir algunas cosas, se preocupaba mucho de mí. Estaba pendiente de mí, no cabe duda. Era precisamente en la época en que él con D. Alvaro y el consejo estaban con mucho trabajo por la expansión de la obra, en Roma y en otros países, de modo que es de mucho agradecer esa preocupación”.

-Varios años después monseñor Escrivá viajó a Chile, concretamente en junio de 1974. Usted estuvo muy cerca de él durante la visita. ¿Qué opinión se formó de Chile y de los chilenos?

Él ya conocía a bastantes chilenos, hijos suyos que habían ido a estudiar a Roma. En su estadía en Santiago estaba muy contento y no lo ocultaba. Hizo una visita a las Carmelitas de Pedro de Valdivia, respondiendo a una carta que me escribieron pidiéndome que el padre las visitara. Estuvo hablando con ellas en su locutorio durante mucho rato y con especial fuerza y calor animándolas a ser fieles a su carisma carmelitano. Recuerdo que a la salida nos encontramos en un pasillo bastante oscuro con el que era entonces Obispo de Osorno, Mons. Valdés Subercaseaux, ya fallecido. Este se acercó a nosotros, se abrazaron con gran cariño y muy emocionado le dijo -revelando que había estado escuchando la charla del padre con las religiosas-: “Ahora no se usa hablar así de santidad…”

-¿Qué piensa Ud. cuando mira para atrás y ve sus años de trabajo y la expansión que la obra ha tenido aquí en Chile?

(Sonríe como para adentro)… Estoy muy contento.




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