El Venerable Escrivá y el Sacerdote Diocesano

Fremiot Torres Oliver, obispo de Ponce (Puerto Rico)

Fuente: El Visitante, San Juan, Puerto Rico, 18.IV.1992

Tengo El convencimiento de que el Venerable Josemarla Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, es, por su vida y sus escritos, como esa “lámpara encendida” (Mt 5,15) puesta por Dios para que muchas almas de hoy y del mañana encuentren el camino de la felicidad. Me he sentido afianzado en mi pensar, al saber que el próximo día 17 de mayo Su Santidad el Papa Juan Pablo II, como Pastor y Maestro de la Iglesia Universal, declarará como Beato al Fundador del Opus Dei, es decir, lo propondrá a todos los miembros del Pueblo de Dios como nuevo Modelo e Intercesor en el camino de imitar a Cristo.

Al conocer su vida -en cualquiera de las biografías, que de él se han publicado- me impresiona de manera particular su amor a los sacerdotes diocesanos; amor que en tantas ocasiones llegó hasta el heroísmo. Escribe, por ejemplo, la Doctora Ana Sastre: “En el intervalo que media entre 1939 y 1946, el Padre viaja constantemente a diversas ciudades españolas porque los Obispos siguen reclamando su colaboración para llevar la palabra de Dios a las gentes (…) En ocasiones se desplaza con fiebre, enfermo y agotado (…). Dirige retiros espirituales; ayuda a todos los que quieren acercarse a su ministerio. Le escuchan sacerdotes y religiosos, (…) Los Obispos de las Diócesis españolas le invitan continuamente a predicar, en la certeza de que su amor por el sacerdocio podrá entusiasmar a los seminaristas para seguir con renovado fervor el camino elegido y consolidar su vocación llevándoles a una vida espiritual más intensa. (Cfr. Ana Sastre, Tiempo de caminar, págs. 249-250).

Heroico fue, sin duda, Monseñor Escrivá de Balaguer, cuando en el mes de abril de 1941 deja en Madrid a su madre gravemente enferma, para cumplir con el compromiso, hace tiempo adquirido, de predicar unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Precisamente en esos días, mientras predicaba a esos sacerdotes, murió doña Dolores Albás. Desde entonces, el Fundador del Opus Dei siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. (Cfr. Tiempo de caminar, págs. 279-280).

Y heroica tuvo que ser -sólo Dios sabe hasta qué grado- su decisión de dejar la Obra y pensar en una nueva fundación exclusiva para los sacerdotes diocesanos. Él mismo lo dijo así en cierta ocasión: “He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (…) Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (…), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 298).

Creo que comprendo bien -y agradezco, como Obispo- la profunda alegría del Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando en los primeros meses del año 1950 ve, con la claridad de una impetuosa moción de Dios en su alma, que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Lleno de humildad -que es la verdad- reconocerá la especialísima Providencia de Dios sobre él, con estas palabras: “La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías; providencia ordinaria de Dios”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 289).

Pero el Fundador del Opus Dei supo y quiso ser instrumento fidelísimo de esa Providencia ordinaria de Dios. Y dejándose guiar, tanto por el inmenso cariño que Dios le puso en el corazón a los sacerdotes diocesanos, como por su exquisito sentido de la justicia, acertó a plasmar en los Estatutos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz el respeto más delicado para la autoridad jerárquica de cada Obispo sobre los sacerdotes de sus respectivas Diócesis.

Cualquiera puede leer dichos Estatutos, que aparecen publicados en libros de fácil adquisición. Puedo, además, testimoniar como Obispo que soy, que el Prelado del Opus Dei, Excmo. y Rvdmo. Mons. Alvaro del Portillo, nos los hizo llegar a todos los Obispos en cuyas diócesis trabaja el Opus Dei.

Abundan en lo dicho estas palabras: “El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesiten en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 299).

El Concilio Vaticano II nos enseña “que la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes” (Optatam Totius, Proemio). Considero, por eso, que es un buen motivo de alegría para todos los católicos y de agradecimiento al Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, el que nuestros sacerdotes puedan libremente disponer de un medio nuevo más, que les ayude eficazmente a ser fieles a su vocación.




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