El Fundador del Opus Dei – Testimonio de Ángel Galíndez

El Correo Español-El Pueblo Vasco, Bilbao, 26.VI.92

Viví con un hombre santo

ÁNGEL GALÍNDEZ

No hace mucho tiempo, y con motivo de la beatificación de José María Escrivá de Balaguer, caí en la cuenta de que, a causa de los criterios que hasta ahora han servido para la proclamación de la santidad en la Iglesia Católica, ha sido casi imposible que una persona haya visto en los altares al santo que conoció y trató.

Me parece que hoy seguimos vivos menos de diez personas de quienes, en el curso académico 1935-36, convivimos estrechamente con el hoy beato José María, -el Padre, como le llamábamos nosotros con tanto cariño. Después de 1940 muy pocos tuvieron la oportunidad de convivir con el Padre y todos fueron miembros del Opus Dei, lo que no es mi caso. Por eso, el decimoséptimo aniversario de su tránsito al cielo me sirve, entre otras cosas para caer. en la cuenta de la singularidad histórica de mi experiencia. Y eso es lo que deseo señalar con estas líneas.

He tenido siempre una opinión positiva del Opus Dei, por ser obra del Padre, por la evidente presencia del Señor en su génesis y desarrollo y, también, por el influjo que ha tenido en la vida espiritual de la Iglesia a partir de la segunda mitad de nuestro siglo. Creo que sería imposible entender su evolución y su extensión actual según el patrón normal de un simple desarrollo religioso o humano, precisamente en un tiempo, el nuestro, que aparentemente es agresivo para las cuestiones del espíritu.

Realmente quedé impresionado por le que vi en la beatificación del Padre, en la plaza de San Pedro los días 17 y 18 de mayo pasados. Aquella reunión de centenares de miles de personas, más su talante individual y económico me sorprendieron. En plena plaza del Vaticano estábamos rodeados de una abigarrada multitud compuesta por gentes de Nueva Zelanda, Irlanda, África, América central y del sur. Un sacerdote diocesano de Centro América, al enterarse de que yo había vivido en Ferraz, la primera residencia de la Obra, en el curso 1935-36, me llamó reliquia viviente.

Unos días antes leí una entrevista en la que monseñor Alvaro del Portillo recordaba la vida del Padre. Me emocionó lo que contaba del día de su muerte. Aquella mañana del 26 de junio -venía a decir- fue a una de nuestras residencias, cercana a Roma, y allí no se sintió bien. Regresó en silencio a nuestra casa y en su despacho falleció repentinamente.

Quedé impresionado. Los silencios del Padre… Yo los conocía bien. Al regresar de las clases de la academia de agrónomos, en el lejano invierno de 1940, yo pasaba un momento por el oratorio de la residencia de Jenner, en la que vivía. Algunas veces encontraba allí al Padre rezando, en silencio, en un rincón. ¡No he visto nunca a nadie orar tan intensamente!

La intensidad de la oración es la expresión de la fe de cada uno, y aquello que yo veía era la manifestación, en su más alto grado, de la fe y la oración de un hombre. Ya entonces me daba cuenta de que aquel hombre, como ninguna otra persona a quien haya conocido, estaba en estrecho contacto con el Señor. Era tan impresionante y emocionante la escena, que solía permanecer allí contemplándole, sin que se diera cuenta, un buen rato.

Por eso estoy totalmente seguro del significado del silencio del Padre en aquel último regreso a su casa terrenal. Hablaba con Dios y sabía que ira la última vez que lo haría en este mundo.

Yo viví con el Padre en Ferraz el curso 1935-36 y, después de la guerra, en Jenner, algunos meses del curso 1939-40. El se ofreció para lo que quisiéramos de su ministerio sacerdotal y fue, de hecho, nuestro director espiritual. Nos impartía a los que queríamos escucharle -que éramos todos los que vivíamos en aquella residencia- unos llamados cursos de formación a última hora de la jornada, un día por semana.

Allí el Padre hablaba del sentido de la vida, del espíritu cristiano, de la santificación del trabajo cotidiano en medio del mundo, de la preocupación por los demás, de la libertad, de la rectitud, del cuidado y del cultivo de la propia conciencia, de la oración, de la vida sencilla y austera, del sacrificio y del valor de cada cosa en cada momento. Es imposible repetir lo que allí oímos y, además, expresado en aquel fuerte tono aragonés y con la profunda convicción con que lo decía.

Yo he tenido mucho cariño al Padre. Era entrañable, afectuoso, pero también recio y enérgico. Sin duda el Señor había puesto en él cualidades de líder. Era además como un vendaval. Había fuego en sus palabras. Su actividad era agotadora al tiempo que transmitía serenidad y tranquilidad. “Todo está en manos de Dios”, repetía con frecuencia.

Esto es lo que yo percibí en él y lo que hoy, muchos años después y con la serenidad del paso del tiempo y del cambio de circunstancias, opino sobre el Padre y sobre la influencia que ha tenido en mi vida y en otras de mi generación.

Ángel Galíndez es ingeniero y fue presidente del Banco de Vizcaya




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