Beata Guadalupe: Vivió en el mundo llena de Dios

«Guadalupe nos descubre la fuerza que tiene la vida cuando se realiza desde lo que yo llamo cristianismo en explicitud. ¿Qué quiero decir con esta expresión? Que se vive la adhesión a Jesucristo como acción y pasión total de la vida. Ella lo hizo con total testimonio; subordinó todo a esta pasión»

Hoy será beatificada en Madrid Guadalupe Ortiz de Landázuri, la primera mujer y la primera persona laica del Opus Dei que llega a los altares. María Guadalupe nació en Madrid en 1916 y entregó su vida a Dios en 1975. Estudió Ciencias Químicas en la Universidad Complutense en tiempos en los que la presencia de la mujer en la universidad era muy minoritaria. Terminada su carrera, impartió clases en colegios e institutos, realizando la tesis doctoral en su especialidad.

En 1944 conoció al fundador del Opus Dei, quien le encomendó diversos encargos tanto en España como en México y Roma. Supo compatibilizar su carrera profesional y estas tareas con un espíritu de servicio y disponibilidad. Fueron muchas personas las que se acercaron a su vida; en todas, y así dan testimonio muchas de ellas, dejó una impronta fuerte de la presencia de Dios. Con su espíritu de alegría, de entrega incondicional, de amor desinteresado, contagiaba tal presencia de Dios que ayudó a muchos a acercarse a Él.

Fue en México donde Guadalupe Ortiz de Landázuri comenzó la labor apostólica del Opus Dei con mujeres. La llamada universal a la santidad que san Josemaría retoma del Evangelio para pregonarla en nuestro tiempo, con esa fuerza siempre nueva que tiene y que nunca se agota, se hizo inteligible, asequible y acogida con todas las consecuencias, como una propuesta clara, que tomó cuerpo en la persona de Guadalupe. Son muy numerosos los testimonios de su entrega a todos los que se encontraba y, de un modo especial, a los más desfavorecidos. Su entrega por Jesucristo la llevó a vivir la creatividad de la caridad, impulsando un centro de promoción humana y profesional para campesinas, así como creando residencias universitarias donde las jóvenes recibían una formación integral.

Guadalupe tenía muy claro que el Señor nos elige, nos llama e incorpora a la Iglesia para hacer verdad esas palabras del apóstol san Pablo: «Para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). Por otra parte, en los procesos de beatificación, como es el caso de esta mujer excepcional, los signos de heroicidad en el ejercicio de las virtudes, el ofrecimiento de la propia vida hasta la muerte, son tenidos muy en cuenta. A mí me gusta ver la santidad en esta mujer paciente en la que se ve su buen humor mantenido constantemente, una alegría que transmitía y que brotaba de un manantial que es el mismo Jesucristo, la absoluta confianza en Él en todas las circunstancias, una vocación cristiana vivida con fuerza en el camino que ella encontró en el Opus Dei…

¡Qué belleza tienen algunos pasajes de las cartas que dirige a san Josemaría! Ahí podemos constatar la personalidad de esta mujer recia y sencilla, que transmitía confianza y seguridad, se conocía bien a sí misma y asumió con humildad y con un profundo agradecimiento a Dios lo que en verdad era y vivía, tomando siempre una decisión de absoluta entrega a Dios y al prójimo que pasaba por su vida, en todas las situaciones. En su santidad, ella refleja ese genio femenino de una mujer normal, de su tiempo, con los pies en la tierra, trabajadora incansable y exigente, con muchas ilusiones profesionales y humanas siempre encaminadas al servicio de los otros. Ella representa a esos «santos de la puerta de al lado» de los que nos habla el Papa Francisco y que el Espíritu Santo suscita en todos los tiempos. Guadalupe, en lo más profundo de su persona, con su manera de ser y de vivir, siempre provocó fascinación: todos se encontraban a gusto con ella porque su alegría nacía de una fuente inagotable y siempre era renovada, aunque cualquier dificultad llegase a su vida.

Guadalupe tenía muy claro que para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad. Nos hizo ver que esa misión que somos todos los cristianos tiene su sentido pleno en Cristo y solamente se entiende desde Él. Por eso ella vivió en unión con los misterios de la vida de Cristo, se asoció de una manera única al Señor, de tal modo que incluso reprodujo en su propia existencia algunos aspectos de la vida de Señor. Su vida estuvo llena de sentido humano y divino. Rebosaba de humanidad y, al tiempo, de vida divina, que la hacía más humana y más cercana a todos los que encontró en su vida.

Quisiera expresar con estas pinceladas una vida que se pone ante la nuestra, para llenarnos de esperanza y de deseos de recorrer el camino de Cristo:

Guadalupe nos descubre la fuerza que tiene la vida cuando se realiza desde lo que yo llamo cristianismo en explicitud. ¿Qué quiero decir con esta expresión? Que se vive la adhesión a Jesucristo como acción y pasión total de la vida. Ella lo hizo con total testimonio; subordinó todo a esta pasión.

Ante tantas melodías que hay en este mundo con las que los hombres quieren acompañar su ser, hacer y quehacer, Guadalupe supo mantener de fondo la de Jesucristo, que ha de ser soporte de toda la vida y de todas las cosas. Para ella fue centro de atracción y de todos los caminos que emprendía.

Guadalupe nos invita a vivir la vida ante la persona de Jesucristo y oferta esta Persona a los demás con su vida, desde su libertad, apertura y comunicación. Sabía que para abrirse a los demás es necesario aprenderlo de quien se abrió a todos y dio todo. Un día oyó «ven y sígueme» y no esperó más.

Guadalupe ofreció a Jesucristo lo que era; una bendita osadía y nos hace benditos a nosotros cuando encontramos personas así, que no se conforman con dar cosas, sino que acogen esas palabras de la Virgen María desde la que formulan su vida: «Hágase en mi según tu Palabra».

Los criterios de su vida no fueron la eficacia, la rentabilidad y la producción, sino que encontró tiempo para contemplar a Jesucristo en el trabajo diario, teniendo como centro y culmen la Santa Misa, queriendo desde esa comunión con Cristo, mostrar su rostro, aportando al mundo oxígeno, luz, fuerza interior, razones para vivir, sentido de la vida y esperanza. Con su vida entregó la belleza de Dios a este mundo.

Carlos Osoro, cardenal arzobispo de Madrid (ABC)

AudioLibro: La Alegría Del Amor – 056 – 066 – Cap2

56. Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo»[45]. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar»[46]. Por otra parte, «la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, convirtiéndolo en independiente de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se han convertido en realidades componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas»[47]. Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada.

57. Doy gracias a Dios porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino. A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante «collage» formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños. Las realidades que nos preocupan son desafíos. No caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar una creatividad misionera. En todas las situaciones, «la Iglesia siente la necesidad de decir una palabra de verdad y de esperanza […] Los grandes valores del matrimonio y de la familia cristiana corresponden a la búsqueda que impregna la existencia humana»[48]. Si constatamos muchas dificultades, ellas son —como dijeron los Obispos de Colombia— un llamado a «liberar en nosotros las energías de la esperanza traduciéndolas en sueños proféticos, acciones transformadoras e imaginación de la caridad»[49].

Capítulo tercero
LA MIRADA PUESTA EN JESÚS: VOCACIÓN DE LA FAMILIA

58. Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a resonar siempre el primer anuncio, que es «lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario»[50], y «debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora»[51]. Es el anuncio principal, «ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra»[52]. Porque «nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio» y «toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma»[53].

59. Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y de transfigurarse a la luz de este anuncio de amor y de ternura, para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida. Porque tampoco el misterio de la familia cristiana puede entenderse plenamente si no es a la luz del infinito amor del Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó hasta el fin y vive entre nosotros. Por eso, quiero contemplar a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo.

60. Dentro de ese marco, este breve capítulo recoge una síntesis de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. También aquí citaré varios aportes presentados por los Padres sinodales en sus consideraciones sobre la luz que nos ofrece la fe. Ellos partieron de la mirada de Jesús e indicaron que él «miró a las mujeres y a los hombres con los que se encontró con amor y ternura, acompañando sus pasos con verdad, paciencia y misericordia, al anunciar las exigencias del Reino de Dios»[54]. Así también, el Señor nos acompaña hoy en nuestro interés por vivir y transmitir el Evangelio de la familia.

Jesús recupera y lleva a su plenitud el proyecto divino

61. Frente a quienes prohibían el matrimonio, el Nuevo Testamento enseña que «todo lo que Dios ha creado es bueno; no hay que desechar nada» (1 Tt 4,4). El matrimonio es un «don» del Señor (cf. 1 Co 7,7). Al mismo tiempo, por esa valoración positiva, se pone un fuerte énfasis en cuidar este don divino: «Respeten el matrimonio, el lecho nupcial» (Hb 13,4). Ese regalo de Dios incluye la sexualidad: «No os privéis uno del otro» (1 Co 7,5).

62. Los Padres sinodales recordaron que Jesús «refiriéndose al designio primigenio sobre el hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble entre ellos, si bien diciendo que “por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así” (Mt 19,8). La indisolubilidad del matrimonio —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt19,6)— no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio […] La condescendencia divina acompaña siempre el camino humano, sana y transforma el corazón endurecido con su gracia, orientándolo hacia su principio, a través del camino de la cruz. De los Evangelios emerge claramente el ejemplo de Jesús, que […] anunció el mensaje concerniente al significado del matrimonio como plenitud de la revelación que recupera el proyecto originario de Dios (cf. Mt 19,3)»[55].

63. «Jesús, que reconcilió cada cosa en sí misma, volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original (cf. Mc 10,1-12). La familia y el matrimonio fueron redimidos por Cristo (cf. Ef 5,21-32), restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que brota todo amor verdadero. La alianza esponsal, inaugurada en la creación y revelada en la historia de la salvación, recibe la plena revelación de su significado en Cristo y en su Iglesia. De Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el amor de Dios y vivir la vida de comunión. El Evangelio de la familia atraviesa la historia del mundo, desde la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) hasta el cumplimiento del misterio de la Alianza en Cristo al final de los siglos con las bodas del Cordero (cf. Ap 19,9)»[56].

64. «El ejemplo de Jesús es un paradigma para la Iglesia […] Él inició su vida pública con el milagro en la fiesta nupcial en Caná (cf. Jn 2,1-11) […] Compartió momentos cotidianos de amistad con la familia de Lázaro y sus hermanas (cf. Lc 10,38) y con la familia de Pedro (cf. Mt 8,14). Escuchó el llanto de los padres por sus hijos, devolviéndoles la vida (cf. Mc 5,41; Lc 7,14-15), y mostrando así el verdadero sentido de la misericordia, la cual implica el restablecimiento de la Alianza (cf. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 4). Esto aparece claramente en los encuentros con la mujer samaritana (cf. Jn 4,1-30) y con la adúltera (cf. Jn 8,1-11), en los que la percepción del pecado se despierta de frente al amor gratuito de Jesús»[57].

65. La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa espera de Zacarías y en la alegría que acompaña el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la admiración de los doctores de la ley escuchando la sabiduría de Jesús adolescente. Y luego, penetrar en los treinta largos años donde Jesús se ganaba el pan trabajando con sus manos, susurrando la oración y la tradición creyente de su pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta hacerla fructificar en el misterio del Reino. Este es el misterio de la Navidad y el secreto de Nazaret, lleno de perfume a familia. Es el misterio que tanto fascinó a Francisco de Asís, a Teresa del Niño Jesús y a Carlos de Foucauld, del cual beben también las familias cristianas para renovar su esperanza y su alegría.

66. «La alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo. “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología” (Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5 enero 1964)»[58].

AudioLibro: La Alegría Del Amor – 050 – 055 – Cap2

Algunos desafíos

50. Las respuestas recibidas a las dos consultas efectuadas durante el camino sinodal, mencionaron las más diversas situaciones que plantean nuevos desafíos. Además de las ya indicadas, muchos se han referido a la función educativa, que se ve dificultada, entre otras causas, porque los padres llegan a su casa cansados y sin ganas de conversar, en muchas familias ya ni siquiera existe el hábito de comer juntos, y crece una gran variedad de ofertas de distracción además de la adicción a la televisión. Esto dificulta la transmisión de la fe de padres a hijos. Otros indicaron que las familias suelen estar enfermas por una enorme ansiedad. Parece haber más preocupación por prevenir problemas futuros que por compartir el presente. Esto, que es una cuestión cultural, se agrava debido a un futuro profesional incierto, a la inseguridad económica, o al temor por el porvenir de los hijos.

51. También se mencionó la drogodependencia como una de las plagas de nuestra época, que hace sufrir a muchas familias, y no pocas veces termina destruyéndolas. Algo semejante ocurre con el alcoholismo, el juego y otras adicciones. La familia podría ser el lugar de la prevención y de la contención, pero la sociedad y la política no terminan de percatarse de que una familia en riesgo «pierde la capacidad de reacción para ayudar a sus miembros […] Notamos las graves consecuencias de esta ruptura en familias destrozadas, hijos desarraigados, ancianos abandonados, niños huérfanos de padres vivos, adolescentes y jóvenes desorientados y sin reglas»[38]. Como indicaron los Obispos de México, hay tristes situaciones de violencia familiar que son caldo de cultivo para nuevas formas de agresividad social, porque «las relaciones familiares también explican la predisposición a una personalidad violenta. Las familias que influyen para ello son las que tienen una comunicación deficiente; en las que predominan actitudes defensivas y sus miembros no se apoyan entre sí; en las que no hay actividades familiares que propicien la participación; en las que las relaciones de los padres suelen ser conflictivas y violentas, y en las que las relaciones paterno-filiales se caracterizan por actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es escuela de resentimiento y odio en las relaciones humanas básicas»[39].

52. Nadie puede pensar que debilitar a la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio es algo que favorece a la sociedad. Ocurre lo contrario: perjudica la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos. Ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad. Debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad, pero las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo, por ejemplo, no pueden equipararse sin más al matrimonio. Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la sociedad. Pero ¿quiénes se ocupan hoy de fortalecer los matrimonios, de ayudarles a superar los riesgos que los amenazan, de acompañarlos en su rol educativo, de estimular la estabilidad de la unión conyugal?

53. «En algunas sociedades todavía está en vigor la práctica de la poligamia; en otros contextos permanece la práctica de los matrimonios combinados […] En numerosos contextos, y no sólo occidentales, se está ampliamente difundiendo la praxis de la convivencia que precede al matrimonio, así como convivencias no orientadas a asumir la forma de un vínculo institucional»[40]. En varios países, la legislación facilita el avance de una multiplicidad de alternativas, de manera que un matrimonio con notas de exclusividad, indisolubilidad y apertura a la vida termina apareciendo como una oferta anticuada entre muchas otras. Avanza en muchos países una deconstrucción jurídica de la familia que tiende a adoptar formas basadas casi exclusivamente en el paradigma de la autonomía de la voluntad. Si bien es legítimo y justo que se rechacen viejas formas de familia «tradicional», caracterizadas por el autoritarismo e incluso por la violencia, esto no debería llevar al desprecio del matrimonio sino al redescubrimiento de su verdadero sentido y a su renovación. La fuerza de la familia «reside esencialmente en su capacidad de amar y enseñar a amar. Por muy herida que pueda estar una familia, esta puede crecer gracias al amor»[41].

54. En esta breve mirada a la realidad, deseo resaltar que, aunque hubo notables mejoras en el reconocimiento de los derechos de la mujer y en su participación en el espacio público, todavía hay mucho que avanzar en algunos países. No se terminan de erradicar costumbres inaceptables. Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación. La violencia verbal, física y sexual que se ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios contradice la naturaleza misma de la unión conyugal. Pienso en la grave mutilación genital de la mujer en algunas culturas, pero también en la desigualdad del acceso a puestos de trabajo dignos y a los lugares donde se toman las decisiones. La historia lleva las huellas de los excesos de las culturas patriarcales, donde la mujer era considerada de segunda clase, pero recordemos también el alquiler de vientres o «la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática»[42]. Hay quienes consideran que muchos problemas actuales han ocurrido a partir de la emancipación de la mujer. Pero este argumento no es válido, «es una falsedad, no es verdad. Es una forma de machismo»[43]. La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos.

55. El varón «juega un papel igualmente decisivo en la vida familiar, especialmente en la protección y el sostenimiento de la esposa y los hijos […] Muchos hombres son conscientes de la importancia de su papel en la familia y lo viven con el carácter propio de la naturaleza masculina. La ausencia del padre marca severamente la vida familiar, la educación de los hijos y su integración en la sociedad. Su ausencia puede ser física, afectiva, cognitiva y espiritual. Esta carencia priva a los niños de un modelo apropiado de conducta paterna»[44].