Carta del Prelado del Opus Dei (noviembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos “recorrido” el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, som
etiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz
[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros…[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

                                                               vuestro Padre

                                                               + Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, No
tas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23.

Carta del Prelado (octubre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al recorrer los días de este mes, volverán a nuestra memoria tantos aniversarios, tantos hitos de la historia del Opus Dei, que —como escribió muchas veces san Josemaría— es verdaderamente la historia de las misericordias de Dios, que ahora nos toca hacer a nosotros.

Desde aquel 2 de octubre de 1928, la Obra dio todos sus pasos guiada por la mano providente de Dios Padre nuestro, con el impulso del Espíritu Santo, amparada bajo el manto de la Santísima Virgen. Ahora, cada una y cada uno de sus hijos, con el empeño diario de convertir nuestra existencia en un canto de alabanza a la Trinidad, nos sentimos movidos a clamar, en unión con san Josemaría: Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Queremos manifestarlo con la mente, con el corazón, con los labios y con las obras, a lo largo de nuestro paso por la tierra. Ciertamente, hay fechas —como la que se cumple mañana— en las que esta necesidad se vuelve más perentoria; pero, como decía nuestro Fundador en la víspera de sus bodas de oro sacerdotales, dirigiéndose al Señor: no es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana; no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano[1].

Han transcurrido ochenta y cuatro años desde ese mirábilis dies, desde ese día maravilloso; y lo que nuestro Padre vio en la quietud de la habitación donde se hallaba recogido en oración, después de haber celebrado la Santa Misa, se contempla ya como una realidad universal, una luminaria que guía a innumerables personas del mundo entero, enseñándoles a convertir todas las tareas honradas —las de cada jornada— en caminos que conducen derechamente a la santidad; caminos que el mismo Dios ofrece a mujeres y a los hombres.

Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Damos gracias a Dios de todo corazón por su bondad inmensa, y también por la heroica fidelidad de nuestro Padre. «Su vida y su mensaje —proclamó el beato Juan Pablo II hace diez años— han enseñado a una inmensa multitud de fieles —sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones— a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio al prójimo y en camino de santidad». Por eso, añadía este gran Pontífice, «con razón se le puede definir como “el santo de la vida ordinaria”»[2].

Esta solemne declaración del Vicario de Cristo era el broche final de la Iglesia a la fama de santidad que rodeaba a nuestro amadísimo Padre ya en vida. Lo había hecho notar el Papa Pío XII a unos obispos australianos, hablándoles de nuestro Padre: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestra época»[3]. También Pablo VI lo consideraba un sacerdote santo, como refirió don Álvaro —con la autorización del Papa— tras una audiencia con el Romano Pontífice en 1976. En aquella ocasión, Pablo VI afirmó que nuestro Fundador había sido «uno de los hombres que en la historia de la Iglesia había recibido más carismas y había correspondido a esos dones de Dios con mayor generosidad»[4].

Un mes antes de ser elevado a la cátedra de Pedro con el nombre de Juan Pablo I, el Cardenal de Venecia, glosando una frase de san Josemaría en Conversaciones, había escrito: «Las “realidades más vulgares” son el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que la alcancemos no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes. El modo de ejercitar esas acciones es lo que no debe ser común»[5].

Recojo sólo unas pinceladas que enmarcan la figura de san Josemaría, un santo que —como afirmó también Pablo VI— ya no pertenece a la Obra en exclusiva, sino que es propiedad de la Iglesia universal. ¡Con qué alegría vemos extenderse la devoción a nuestro Padre en el mundo entero, entre personas de todas las razas y condiciones! En verdad ha llegado «a constituir en muchos países un auténtico fenómeno de piedad popular»[6]. Pero no podemos olvidar que, con nuestra conducta cotidiana, nos toca recordar qué es el Opus Dei, y cómo se ha de intentar servir más y más a la Iglesia, a las almas.

Toda nuestra gratitud a Dios —con sentimientos y hechos— adquiere más intensidad al conmemorar el décimo aniversario de la canonización. Muchas veces os he impulsado a mantener muy vivos en la memoria y en el corazón los acontecimientos del 6 de octubre de 2002, redescubriendo su constante actualidad. Esta fecha —que tanto surco ha dejado en millones de personas, y no exagero— resulta especialmente adecuada para meditar con profundidad la vocación a la santidad en las circunstancias ordinarias de la existencia, que todas y todos hemos recibido, pidiendo luces al Señor por intercesión de san Josemaría para responder fielmente a esa llamada.

En las conversaciones de nuestro Padre con los Custodes, afloraba muchas veces su confianza en sus hijas y en sus hijos, de entonces y de todos los tiempos futuros. A la vez, añadía que no cesaba de insistir al Señor que cundiera entre ellos una idea madre, de modo que fuese una constante en el alma de cada mujer y de cada hombre del Opus Dei: que no estamos haciendo una tarea buena, de mayor o menor categoría, sino que Dios nos ha metido en un designio divino de entero servicio a la Iglesia, a las almas, a la humanidad. Nos remarcaba que es preciso que día tras día hilemos fino en nuestro mirar a Cristo, porque cuanto más intensamente lo hagamos, más nos acercaremos a nuestros iguales, despertando en todos los ambientes la grande e incomparable alegría de vivir de fe. Se detenía nuestro Fundador en los deseos apostólicos que le consumían en los primeros años, y siempre; porque al contemplar tantos lugares en los que la gente se desentendía de la fe, pedía al Cielo que supiésemos llevar a los sitios más diversos la amistad de Dios con la humanidad, persona a persona.

Para apuntalar esa idea madre, nos pueden servir unas palabras del Cardenal Ratzinger el día de la canonización, en las que subrayaba la docilidad de san Josemaría a la Voluntad divina. El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hacía unas incisivas consideraciones sobre la figura de nuestro Padre, a quien aplicaba una frase de la Sagrada Escritura en la que se afirma que Moisés hablaba con Dios cara a cara, como un amigo habla con un amigo[7]: «Me parece que, aunque el velo de la discreción nos oculte tantos detalles (…), se puede aplicar perfectamente a Josemaría Escrivá este “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformarlo todo»[8].

El 6 de octubre es también otro aniversario de la historia del Opus Dei, pues en 1932, durante un curso de retiro espiritual, nuestro Padre comenzó a invocar como patronos de la Obra a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y a los Apóstoles Pedro, Pablo y Juan, considerándolos desde entonces como patronos de las diversas direcciones del apostolado del Opus Dei. Me causó y me causa mucha alegría la coincidencia de ese aniversario con el día de la canonización de nuestro Padre; parece como si el Señor haya querido señalarnos, una vez más, que hemos de avanzar siempre por las sendas que
abrió nuestro Fundador con plena fidelidad al querer divino, sin apartarnos en nada del camino que nos marcó con sus enseñanzas y su vida santa. Hoy podemos preguntarnos cómo es nuestro seguimiento de Cristo en esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei. ¿Nos esforzamos a diario por seguir las huellas de san Josemaría? ¿Recurrimos con frecuencia a nuestro santos patronos y a los Ángeles Custodios? ¿Acudimos con fe a su intercesión al sacar adelante las diversas iniciativas apostólicas?

Al día siguiente de esta fecha, el 7 de octubre, se inaugura una nueva Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, en torno al tema de la nueva evangelización. Apoyad sus tareas con oración y sacrificio, con el ofrecimiento del trabajo, con una especial cercanía al Santo Padre y a los Pastores en comunión con él.

Poco antes, el día 4, el Papa tiene previsto hacer una peregrinación al santuario de Loreto. Acompañémosle pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen por los frutos de esa Asamblea y del Año de la fe, que se inaugurará el 11 de octubre. Os he enviado, hace pocos días, una larga carta sugiriendo modos concretos de participar en este Año; por eso, no me detengo más en este punto. Sólo os insisto en que recorramos estos meses muy cerca de nuestra Madre la Virgen, cobijados bajo su manto. No olvidemos que precisamente el 11 de octubre de 1943, fiesta entonces de la Maternidad divina de María, fue cuando la Obra recibió el nihil obstat, la primera aprobación de la Santa Sede.

Antes de concluir el mes de septiembre, he ido a Zürich, y desde allí me he desplazado a Einsiedeln, lugar mariano al que nuestro Padre y el queridísimo don Álvaro acudieron en tantas ocasiones. Allá tuvo lugar, en 1956, un Congreso General en el que se decidió el traslado del Consejo a Roma. A Santa María hemos invocado para que guíe los pasos de toda la Obra.

De cara al nuevo año de la historia del Opus Dei, os encarezco que renovéis el afán apostólico en cada jornada. Lancémonos con optimismo a sembrar la doctrina de Cristo a nuestro alrededor, entre las personas con quienes tratamos más o menos directamente; y en todo el mundo, con ansias de difundir la fe católica y el espíritu de la Obra por todas partes, mediante la oración y el trabajo santificante y santificado. ¡Cuántas personas nos esperan, en los lugares donde ya trabajamos establemente y en muchos otros!

La convocatoria del Papa con la Carta apostólica Porta fídei, ha de traducirse en un tiempo especial que informe la vida de todos los hijos de Dios, por el robustecimiento de nuestros deseos de santidad y por la expansión apostólica que el Señor desea que se lleve a cabo. Os sugiero que encomendéis estas intenciones a la intercesión del beato Juan Pablo II, cuya memoria litúrgica se celebra el próximo día 22.

Con todo cariño, os bendice

                                                                                      vuestro Padre

                                                                                       + Javier

 

Roma, 1 de octubre de 2012.

[1] San Josemaría, Notas de la oración personal, 27-III-1975.

[2] Beato Juan Pablo II, Lítteræ decretáles para la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, 6-X-2002.

[3] Testimonio de Mons. Thomas Muldoon, Obispo Auxiliar de Sidney, 21-X-1975 (cfr. Flavio Capucci, “Josemaría Escrivá, santo”, Ed. Rialp. Madrid 2009, p. 52).

[4] Testimonio del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, 5-III-1976/19-VI-1978 (cfr. cit., p. 53).

[5] Cardenal Albino Luciani, artículo en “Il Gazzettino”, Venecia, 25-VII-1978 (cfr. cit., pp. 48-49).

[6] Congregación para las Causas de los Santos, Decreto sobre las virtudes heroicas, 9-IV-1990 (cfr. cit., p. 83).

[7] Ex 33, 11.

[8] Cardenal Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, artículo publicado en “L’Osservatore Romano”, 6-X-2002 (cfr. cit., p. 154).

Carta del Prelado (septiembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos “recorrido” el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, sometiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros…[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23.

Carta del Prelado (agosto 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, que la Iglesia celebra el 15 de agosto, atrae en este mes nuestro corazón y nuestra mirada. Al contemplar la belleza de nuestra Madre, asunta por Dios en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, nuestro amor filial se enciende aún más ante una figura tan excelsa; y, conscientes de nuestra indigencia y de nuestra pequeñez, le suplicamos con la Iglesia: da manum lapsis, fer opem cadúcis[1], auxilia a los caídos, socorre a los que somos caducos y limitados. Y después, con gratitud de hijas e hijos, repitamos con hondura, meditando el contenido, como san Josemaría: ¡Madre!, ¡Madre nuestra!, ¡Madre mía!

La primera lectura de la Misa nos propone aquella escena que san Juan describe en el Apocalipsis: se abrió el templo de Dios en el cielo y en él apareció el arca de su alianza (…). Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas[2]. Comentando este pasaje de la Sagrada Escritura, Benedicto XVI —recemos más por su Persona y sus intenciones— se pregunta: ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece? Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble. Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús, nuestro Señor y Salvador[3].

En Ella, por la encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, se cumplen de modo pleno las promesas divinas al antiguo pueblo de Israel. Dios ha establecido un pacto nuevo y definitivo no ya con una nación, sino con la humanidad entera; no en el monte Sinaí, sino en el seno inmaculado de María, donde el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Demos gracias a Nuestra Señora por haber secundado perfectísimamente el designio divino con su humildad, su obediencia y su pureza. Roguémosle que sus hijas y sus hijos —los hombres y las mujeres de todos los tiempos— sigamos su ejemplo, esforzándonos por cultivar, con la ayuda divina, las virtudes que brillan en nuestra Madre.

Con ocasión de esta solemnidad, os invito a meditar y a poner en práctica —siguiendo las enseñanzas del Santo Padre y a la luz del ejemplo de san Josemaría— algunas consecuencias que podemos descubrir al contemplar esta escena.

El autor de la epístola a los Hebreos recuerda que la estancia más importante del antiguo templo de Jerusalén, el Santo de los Santos, contenía el altar de oro para el incienso y el arca de la alianza totalmente recubierta de oro, en la que estaban la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que había retoñado y las tablas de la alianza[4]. Detengámonos en la figura del arca, símbolo de María. El hecho de que se encontrara en el lugar más sagrado del templo nos habla ya de la especial cercanía e intimidad de la Virgen con Dios: ¡más que Tú, sólo Dios![5], exclamamos gozosamente y sintiendo esa necesidad, unidos a san Josemaría. Las tablas de la Ley, que Dios entregó a Moisés, manifestaban la voluntad divina de mantener la alianza con su pueblo, si éste permanecía fiel a su pacto. La Sagrada Escritura narra cómo, a pesar de todos los cuidados del Señor, Israel fue repetidamente infiel. No así la Santísima Virgen, pues —como recalca el Papa— María es el arca de la alianza, porque acogió en sí a Jesús; acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María[6].

Aquí descubrimos una primera lección de nuestra Madre, que deseamos asimilar más profundamente, para practicarla: la invitación a buscar a diario la unión más plena posible con la Voluntad santa de Dios, en los momentos agradables y especialmente en aquellos otros que resultan molestos y exigen sacrificio. La fidelidad al querer divino en las circunstancias costosas será la prueba más clara de la rectitud de nuestras intenciones y de la firmeza de nuestros deseos de seguir de cerca a Jesús. ¿No os vienen a la memoria aquellas palabras de san Josemaría en una oración al Espíritu Santo?: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…[7].

Y, de otra manera, insiste en la misma decisión de fidelidad, cuando escribe: habrás pensado alguna vez, con santa envidia, en el Apóstol adolescente, Juan, «quem diligebat Iesus» —al que amaba Jesús.

—¿No te gustaría merecer que te llamaran “el que ama la Voluntad de Dios”? Pon los medios, día a día[8].

Esta aspiración se convertirá en realidad si buscamos decididamente la identificación con el Señor en todos los acontecimientos de la jornada, comenzando por los más nimios. Para el que ama —predicaba nuestro Fundador, no hay detalles sin importancia. De tal manera el amor engrandece nuestros actos, que lo más menudo puede alcanzar categoría de heroísmo. La fidelidad en esos puntos, las pequeñas mortificaciones constantes, ¡qué agradables resultan a los ojos de Dios! ¡Cómo transforman la voluntad! ¡Cómo engrandecen tu alma! ¡Y de qué manera contribuyes, con tu fidelidad en esos deberes mínimos, a hacer más grata la vida de los demás![9].

Así procedió siempre Nuestra Señora, y lo vemos de modo bien concreto en el momento de la encarnación y cuando se hallaba al pie de la Cruz, al mirar cómo sufría y cómo moría su Hijo. Igualmente la amó, con idéntica pasión, en las demás circunstancias de su vida: al ocuparse de las tareas domésticas en el hogar de Nazaret; acogiendo a las personas que acudían a Ella en busca de un consejo o de una palabra de consuelo; en los diálogos con Jesús y con sus parientes sobre los temas más diversos: en todo momento. También entonces, la plenitud de gracia de la que María estuvo dotada desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, fue creciendo sin cesar, a la medida de la totalidad de su respuesta a las mociones del Espíritu Santo.

El arca de la alianza, además de contener las tablas de la ley, encerraba una porción del maná con el que Dios había nutrido al pueblo durante su peregrinar por el desierto. Ese alimento —lo enseñó el mismo Jesús en el discurso del Pan de Vida, en Cafarnaún[10]— era signo de la Eucaristía, verdadero cuerpo y sangre de Cristo que, bajo el velo del sacramento, reservamos en nuestros tabernáculos para adorar al Señor y para alimentarnos de ese gran Tesoro. Él se ha hecho nuevo maná para quienes vamos de camino hacia la morada eterna.

Fijémonos en que la Santísima Virgen es modelo de comportamiento para nosotros. ¿Quién trató a Jesús en la tierra con más delicadeza y cariño que Ella? ¿Quién estuvo más pendiente de Él en los largos años de vida oculta y en la vida pública? ¿Quién lo recibió con mayor devoción en la Sagrada Comunión, después de que el Señor se marchó al Cielo tras haber dejado el don inigualable de su Sacrificio y de su Presencia sacramental en manos de los Apóstoles y de sus sucesores en el sacerdocio? Verdaderamente, como afirmaba el beato Juan Pablo II, María es la Mujer eucarística por excelencia.

Deteneos en otra lección que podemos aprender, al contemplar a Santa María, fœderis arca, verdadera arca de la alianza, como nos sugiere la liturgia de esta fiesta. Aprendamos de Ella a cuidar más y mejor el trato con Jesucristo en la Palabra y en la Eucaristía, en la lectura y meditación de la Escritura, en la asistencia o celebración de la Misa y en la Sagrada Comunión. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios”, dijo el Señor. —¡Pan y palabra!: Hostia y oración.

Si no, no vivirás vida sobrenatural[11].

La solemnidad del 15 de agosto nos trae, a las hijas y a los hijos de Dios en su Obra, el recuerdo de esa fecha en 1951, cuando san Josemaría, movido por una inquietud sobrenatural que Dios puso en su alma, acudió a la Santa Casa de Loreto para consagrar el Opus Dei al Corazón dulcísimo e inmaculado de María.

Muchas veces se refirió nuestro Padre a aquellas circunstancias, en las que las delicadezas maternales de Nuestra Señora se hicieron especialmente presentes. Rememoraba, entre otras cosas, la profunda impresión que le causó la inscripción colocada sobre el altar —hic Verbum caro factum est, aquí el Verbo se hizo carne—, y, a la vez, la seguridad de ser escuchado por Dios, que esas palabras dejaron en su corazón. Lo mencionaba con viveza años después: aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en una pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios (…). Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver a Loreto. Me voy allí con el deseo, para revivir los años de la infancia de Jesús, al repetir y considerar ese Hic Verbum caro factum est[12].

Siempre había sido grande su devoción a la Virgen, pero cabe pensar que desde entonces experimentó un fuerte incremento que no dejaría de desarrollarse hasta su marcha a la casa del Cielo. Ahora deseo traer a vuestra consideración otra manifestación de ese crecimiento de la piedad filial de nuestro Fundador a la Virgen, bajo la guía del Espíritu Santo. Me refiero a las palabras que escuchó en el fondo del alma el 23 de agosto de 1971, al día siguiente de la fiesta del Corazón Inmaculado de María, que entonces se celebraba el día 22: adeámus cum fidúcia ad Thronum glóriæ, ut misericórdiam consequámur.

Se encontraba nuestro Padre en una localidad del norte de Italia, trabajando y descansando. Eran años en los que su oración por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por todas las almas, se elevaba con especial intensidad al Cielo. Antes no pedía, nos había confiado en abril de 1970. Vivía de este modo porque entendía que era mejor abandonarse confiadamente en Dios. Esto, en aquellos primeros momentos era bueno, porque así se veía que era todo de Él. Ahora pienso, sin embargo, que debo pedir, y comprendo mejor toda la fuerza de esas palabras del Señor: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). Estoy persuadido de que hay que rezar mucho, y quiero poner mi oración en las manos mil veces benditas de la Virgen[13].

Pocas semanas después, el 6 de agosto de 1970, el Señor le confirmó en ese pensamiento, urgiéndole a una plegaria incesante: Clama, ne cesses!, resonó en el alma de san Josemaría, como eco de unas palabras del profeta Isaías[14]. Y tras esa locución divina dio comienzo a una serie de visitas a diversos santuarios marianos de Europa y de América. Como os acabo de escribir, el 23 de agosto de 1971 recibió la confirmación de que, para que su oración fuera escuchada, era y es preciso acudir a María.

Ese mismo día, abriendo su alma con don Álvaro y conmigo, como hacía siempre, nos comentó: esta mañana, mientras desayunaba, el Señor me ha puesto en la cabeza estas palabras. Son como una respuesta a ese clamor colectivo que ayer, fiesta del Corazón Inmaculado de María, habrá subido al Cielo, porque todos habrán rezado mucho. Hemos de pedir, acogiéndonos a la Misericordia del Señor, ¡no podemos pedir por justicia! Si pudiéramos vislumbrar la Justicia de Dios, nos quedaríamos aplanados, sin poder levantar la cabeza: ¡tal es su infinita perfección! Debemos acudir a su Misericordia, a su Amor. El pobre corazón del hombre enseguida pide como si tuviese un derecho, ¡y no tenemos derecho a nada!, pero podemos llenarnos de su confianza con la intercesión de María, porque la Misericordia suya es tan infinita, que no puede dejar de escuchar a sus hijos, si acuden además a través de su Madre[15].

Os he transcrito estas confidencias de nuestro Padre con el deseo de que las hagamos muy nuestras. Os hablo mucho de oración —lo habréis notado— porque es el modo seguro de conseguir todas las gracias que necesitan la Iglesia, el Papa, la Obra, las almas, cada una y cada uno de nosotros. Esforcémonos mañana y tarde, no sólo en hacer lo mejor posible los tiempos de meditación, sino en la oración de petición por tantas intenciones: con fe, con humildad, con perseverancia; con paz y alegría continuas, pues somos hijos de Dios e hijos de Santa María y nos llamaremos siempre vencedores.

El pasado día 11 he podido ir a Fátima, a la capelinha, con todas y con todos. Hemos rezado muy unidos a vuestras intenciones, pidiendo por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por la Obra, por toda la humanidad; y ha sido fácil pensar en las veces que nuestro Padre fue —como decía— a ese “refugio”, para acompañar a cada una de sus hijas y a cada uno de sus hijos de entonces y de los tiempos futuros: ¡qué bien se está con la Virgen!

Muchas tareas tengo entre manos, también en estos días de agosto: ayudadme a sacar adelante, con vuestra unión constante, mis ocupaciones. Os sugiero que releáis y meditéis lo que nuestro Padre escribió a propósito de su alzar la Hostia Santa en la Misa, el 7 de agosto de 1931[16], porque, entre esos hombres y esas mujeres que han de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, estás tú, hija mía, hijo mío: mira despacio cómo lo cumples.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2012.

[1] Liturgia de las Horas, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Himno de las Primeras Vísperas.

[2] Misal Romano, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Primera lectura (Ap 11, 19-12, 1).

[3] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[4] Hb 9, 4.

[5] San Josemaría, Camino, n. 496.

[6] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[7] San Josemaría, Manuscrito autógrafo, abril de 1934.

[8] San Josemaría, Forja, n. 422.

[9] San Josemaría, Notas de una meditación predicada en 1945.

[10] Cfr. Jn 6, 26-59.

[11] San Josemaría, Camino, n. 87.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 12-13.

[13] San Josemaría, Notas de una romería a Fátima, 14-IV-1970.

[14] Cfr. Is 58, 1 (Vg).

[15] Cit. en Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, p. 185.

[16] Cfr. San Josemaría, Apuntes íntimos, 7-VIII-1931, n. 217 (vid. A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei”, vol. I, pp. 380-381).

Carta del Prelado [mayo 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La llegada del mes de mayo trae siempre a nuestras almas una particular alegría. Al júbilo pascual se une el comienzo de unas semanas dedicadas especialmente a la Virgen, en gran número de países. ¿Y cómo no van a llenarse de gozo los hijos al notar de forma especial y con más cercanía la presencia de la madre? Resulta muy lógico que suceda así. Como aseguraba un antiguo escritor eclesiástico, la Virgen, durante la visita a santa Isabel, «con su lengua (…) hizo brotar para su prima, como de una fuente, un río de dones divinos. En efecto, allí donde llega la llena de gracia, todo queda colmado de alegría»[1].

Hoy desearía repasar una vez más con vosotros algunos de los motivos de júbilo y de agradecimiento que nos trae este quinto mes del año. Ya el primer día, la fiesta de san José Artesano, hoy conmemorada, constituye un momento de auténtico gaudium para las mujeres y los hombres que, como nosotros, han de buscar la santificación personal y ejercer el apostolado en el trabajo profesional y por medio del quehacer cotidiano. Recuerdo la alegría de nuestro Padre cuando se comenzó a celebrar esta memoria litúrgica, pues —como escribió en una de sus homilías— esa fiesta, que es una canonización del valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra[2].

La fiesta de san José Artesano nos invita a no olvidar el valor trascendente de una tarea profesional honrada, bien cumplida, como la que el santo Patriarca desarrolló durante muchos años. Como condición imprescindible, se requiere realizarla con perfección sobrenatural y humana, es decir, con el deseo de dar gloria a Dios y de servir al prójimo, independientemente de la consideración social que se le atribuya. ¡Cuántas veces escuché comentar a san Josemaría que el valor divino del trabajo humano depende del amor a Dios con que se lleva a cabo, del espíritu de servicio con que se empieza y se termina!

Aprovecho esta carta para pediros oraciones por los 35 diáconos de la Prelatura, a los que administraré la ordenación presbiteral dentro de cuatro días. En años anteriores, cada uno de estos hombres procuraba santificarse y moverse apostólicamente en el ámbito de su profesión civil. En adelante, la labor sacerdotal se convertirá para ellos —por expresarlo de algún modo— en su profesión, a la que dedicarán todas las horas de la jornada, con el inmenso gozo de saberse instrumentos del Señor en la aplicación de la redención a las almas. Recemos para que vivan como sacerdotes santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural, pues así lo deseaba san Josemaría: sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien[3].

Otro motivo de alegría para mí ha sido el viaje pastoral que realicé a Camerún en la semana de Pascua; un país que tantas esperanzas ofrece a la Iglesia en África y en todo el mundo. Y, más recientemente, los días que he pasado en Pamplona con motivo de los cincuenta años del comienzo de la Clínica Universidad de Navarra. En los diez lustros transcurridos, innumerables personas —médicos, enfermeras, personal administrativo— se han dedicado a atender con espíritu cristiano a los enfermos; y millares de pacientes han recuperado la salud, han aprendido a ofrecer a Dios sus sufrimientos, y algunos incluso la muerte, en estrecha unión con Jesucristo en la Cruz. Doy gracias a Dios con toda el alma —acompañadme también vosotros—, porque la solicitud de san Josemaría por los enfermos, puesta de manifiesto desde los comienzos de la Obra y aun antes, encontró cauce en este gran proyecto que nuestro Fundador impulsó personalmente, así como en tantas otras iniciativas similares que han ido surgiendo a lo largo de los años en diversos países.

Pero, hijas e hijos míos, el mes de mayo nos habla, sobre todo, de la continua presencia de la Santísima Virgen en el camino de la Iglesia y de cada cristiano. Nada más lógico, pues, que tratemos de obtener el mayor fruto espiritual y apostólico de las próximas semanas.

En primer lugar, me detengo en esa costumbre mariana muy querida: la romería de mayo. Mañana, día 2, se cumple otro aniversario de la que san Josemaría realizó, acudiendo al santuario de Nuestra Señora de Sonsoles en 1935, en compañía de dos hijos suyos, y abriendo el paso a esta costumbre mariana en la Obra. Desde entonces, ¡a cuántos millares de ermitas y santuarios de la Virgen se ha ido piadosamente en el mundo entero, siguiendo las huellas de nuestro Padre! Pidámosle que caminemos en la romería con su mismo recogimiento y confianza en nuestra Madre, con su mismo espíritu apostólico; y, con este fin, invitemos también a algún amigo, colega o pariente, para que nos acompañe en esa muestra filial de cariño a Nuestra Señora.

Hacia la mitad del mes, celebraremos tanto la fiesta de la Virgen de Fátima como el aniversario de la novena de san Josemaría a Nuestra Señora de Guadalupe, en 1970: dos recuerdos que nos han de impulsar a cuidar con esmero los ratos de oración mental y las oraciones vocales, especialmente el Rosario, tan recomendado por Nuestra Señora a los tres pastorcillos. Seamos santamente ambiciosos en nuestras intenciones apostólicas, suplicando a María por la Iglesia y el Papa; por los frutos del Año de la fe para el que nos estamos preparando; por la renovación de la vida cristiana en todo el mundo.

El día 17, que este año coincide con la solemnidad de la Ascensión del Señor, es el vigésimo aniversario de la beatificación de nuestro Padre. ¡Qué memoria de las maravillas de la gracia nos trae esta fecha, compartida con el beato Juan Pablo II y con el queridísimo don Álvaro! ¡Qué ocasión tan buena para aumentar nuestra gratitud a Dios y nuestros afanes de seguir el ejemplo del instrumento fiel que escogió el Cielo para fundar el Opus Dei!

En las fechas siguientes del mes, podemos acompañar de cerca a Nuestra Señora en la preparación de la fiesta de Pentecostés, que este año se celebra el domingo 27. San Josemaría nos impulsaba a detenernos en esos días —o en los siguientes—, de modo personal, en la consideración del decenario al Espíritu Santo. Asume una importancia capital que nos mantengamos muy cerca de la Virgen en esas jornadas, aprendiendo de Ella a tener más intimidad con el Santificador de nuestras almas.

Hace pocas semanas, considerando la presencia de Nuestra Señora en el Cenáculo de Jerusalén, con los Apóstoles y las santas mujeres, en espera de la venida del Paráclito, Benedicto XVI hacía notar que con María comienza la vida terrena de Jesús y con María inician también los primeros pasos de la Iglesia[4]. Dios quiso que su Hijo se encarnara en las entrañas purísimas de la Virgen, y el mismo Señor nos la dio por Madre junto a la Cruz. Por eso, cuando los primeros discípulos se congregaron en el Cenáculo a la espera del Consolador prometido, la Virgen Santa se encontraba entre ellos, pidiendo «con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra»[5].

Advierte el Papa que la presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más precioso que tiene: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: conservar la memoria de Jesús y así conservar su presencia[6].

No es difícil imaginar que, en el tiempo entre la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo, los discípulos, teniendo a su lado a la Madre de Jesús, escucharían de su viva voz y con gran piedad tantos recuerdos como Ella conservaba en su corazón: desde el anuncio de la Encarnación al nacimiento en Belén; desde los azarosos meses que siguieron a la persecución de Herodes hasta los años de trabajo y la estancia en Nazaret; desde los tiempos felices de la predicación y milagros del Señor durante la vida pública, hasta las horas tristes de su pasión, muerte y sepultura; y luego la alegría de la resurrección, las apariciones en Judea y Galilea, las últimas instrucciones del Maestro… Al compás de las fuertes vivencias de María, el Espíritu Santo iba preparando a los Apóstoles y a los otros discípulos para la plenitud de Pentecostés.

¡Qué buena escuela, hijas e hijos míos, es el Cenáculo! Escuela de oración, en la que Santa María resalta como maestra inigualable. Maestra de oración[7], decía nuestro Padre; y también Maestra del sacrificio escondido y silencioso[8]. Allí la Virgen permanece a la escucha de las inspiraciones del Paráclito y enseña a los primeros a oír a Dios en el recogimiento de la oración. Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, aprender de Ella a ser comunidad que ora: ésta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 2, 42). Con frecuencia se recurre a la oración por situaciones de dificultad, por problemas personales que impulsan a dirigirse al Señor para obtener luz, consuelo y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para pedir por sí mismos, sino también de modo unánime, perseverante y fiel, con “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,  32)[9].

Es una misión que la Virgen confía a quienes desean ser fieles hijos suyos: enseñar a otras personas a dirigirse a Dios en todo momento, no sólo en las necesidades perentorias o en las situaciones difíciles. Para algunos, todo esto quizá resulta familiar; para otros, nuevo; para todos, arduo. Pero yo —escribió san Josemaría— (…) no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios[10].

De este modo se comportó siempre la Virgen Santísima. En el Calvario, junto al patíbulo, reza. No es una actitud nueva de María. Así se ha conducido siempre, cumpliendo sus deberes, ocupándose de su hogar. Mientras estaba en las cosas de la tierra, permanecía pendiente de Dios. Cristo (…) quiso que también su Madre, la criatura más excelsa, la llena de gracia, nos confirmase en ese afán de elevar siempre la mirada al amor divino[11].

Ahora, desde el Cielo, donde vive glorificada en cuerpo y alma, la Santísima Virgen sigue muy de cerca a cada uno, cumpliendo a la letra el encargo que le hizo Jesús en la persona de san Juan: mujer, aquí tienes a tu hijo[12]. Encomendémosle todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial —recomienda Benedicto XVI—, entre ellas la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo, podemos salir de “nuestra casa”, de nosotros mismos, con valentía, para llegar hasta los confines del mundo y anunciar por doquier al Señor Jesús, Salvador del mundo[13].

¿Rezamos el Dominus tecum del avemaría con la piedad diaria con que lo repetía nuestro Padre? ¿Cómo insistimos a la Virgen para que nos ayude a aprovechar los dones y los frutos del Espíritu Santo?

Seguid muy unidos a mis intenciones, que se resumen en una oración intensa por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes y religiosos, por la santidad de todo el pueblo cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, recurriendo a la intercesión de la Virgen, que suscite en todos, pastores y fieles, el anhelo de cumplir en todo momento la santa Voluntad de Dios.

Y acompañadme en el viaje que pienso realizar a Eslovaquia dentro de pocos días; para que también allí el espíritu del Opus Dei se difunda más y más, sembrando en todos los ambientes el amor a la Iglesia y el deseo de santificarse y santificar en medio de las tareas ordinarias. No imagináis con qué piedad insistente pidió nuestro Padre por esa tierra, en 1968, cuando hubo un conato de liberarse del yugo del marxismo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2012

[1] Pseudo Gregorio Taumaturgo, Homilía II sobre la Anunciación.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 52.

[3] San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 59.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[7] San Josemaría, Camino, n. 502.

[8] Ibid., n. 509.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 247.

[11] Ibid., n. 241.

[12] Jn 19, 26.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.