Carta del Prelado (octubre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al recorrer los días de este mes, volverán a nuestra memoria tantos aniversarios, tantos hitos de la historia del Opus Dei, que —como escribió muchas veces san Josemaría— es verdaderamente la historia de las misericordias de Dios, que ahora nos toca hacer a nosotros.

Desde aquel 2 de octubre de 1928, la Obra dio todos sus pasos guiada por la mano providente de Dios Padre nuestro, con el impulso del Espíritu Santo, amparada bajo el manto de la Santísima Virgen. Ahora, cada una y cada uno de sus hijos, con el empeño diario de convertir nuestra existencia en un canto de alabanza a la Trinidad, nos sentimos movidos a clamar, en unión con san Josemaría: Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Queremos manifestarlo con la mente, con el corazón, con los labios y con las obras, a lo largo de nuestro paso por la tierra. Ciertamente, hay fechas —como la que se cumple mañana— en las que esta necesidad se vuelve más perentoria; pero, como decía nuestro Fundador en la víspera de sus bodas de oro sacerdotales, dirigiéndose al Señor: no es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana; no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano[1].

Han transcurrido ochenta y cuatro años desde ese mirábilis dies, desde ese día maravilloso; y lo que nuestro Padre vio en la quietud de la habitación donde se hallaba recogido en oración, después de haber celebrado la Santa Misa, se contempla ya como una realidad universal, una luminaria que guía a innumerables personas del mundo entero, enseñándoles a convertir todas las tareas honradas —las de cada jornada— en caminos que conducen derechamente a la santidad; caminos que el mismo Dios ofrece a mujeres y a los hombres.

Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Damos gracias a Dios de todo corazón por su bondad inmensa, y también por la heroica fidelidad de nuestro Padre. «Su vida y su mensaje —proclamó el beato Juan Pablo II hace diez años— han enseñado a una inmensa multitud de fieles —sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones— a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio al prójimo y en camino de santidad». Por eso, añadía este gran Pontífice, «con razón se le puede definir como “el santo de la vida ordinaria”»[2].

Esta solemne declaración del Vicario de Cristo era el broche final de la Iglesia a la fama de santidad que rodeaba a nuestro amadísimo Padre ya en vida. Lo había hecho notar el Papa Pío XII a unos obispos australianos, hablándoles de nuestro Padre: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestra época»[3]. También Pablo VI lo consideraba un sacerdote santo, como refirió don Álvaro —con la autorización del Papa— tras una audiencia con el Romano Pontífice en 1976. En aquella ocasión, Pablo VI afirmó que nuestro Fundador había sido «uno de los hombres que en la historia de la Iglesia había recibido más carismas y había correspondido a esos dones de Dios con mayor generosidad»[4].

Un mes antes de ser elevado a la cátedra de Pedro con el nombre de Juan Pablo I, el Cardenal de Venecia, glosando una frase de san Josemaría en Conversaciones, había escrito: «Las “realidades más vulgares” son el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que la alcancemos no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes. El modo de ejercitar esas acciones es lo que no debe ser común»[5].

Recojo sólo unas pinceladas que enmarcan la figura de san Josemaría, un santo que —como afirmó también Pablo VI— ya no pertenece a la Obra en exclusiva, sino que es propiedad de la Iglesia universal. ¡Con qué alegría vemos extenderse la devoción a nuestro Padre en el mundo entero, entre personas de todas las razas y condiciones! En verdad ha llegado «a constituir en muchos países un auténtico fenómeno de piedad popular»[6]. Pero no podemos olvidar que, con nuestra conducta cotidiana, nos toca recordar qué es el Opus Dei, y cómo se ha de intentar servir más y más a la Iglesia, a las almas.

Toda nuestra gratitud a Dios —con sentimientos y hechos— adquiere más intensidad al conmemorar el décimo aniversario de la canonización. Muchas veces os he impulsado a mantener muy vivos en la memoria y en el corazón los acontecimientos del 6 de octubre de 2002, redescubriendo su constante actualidad. Esta fecha —que tanto surco ha dejado en millones de personas, y no exagero— resulta especialmente adecuada para meditar con profundidad la vocación a la santidad en las circunstancias ordinarias de la existencia, que todas y todos hemos recibido, pidiendo luces al Señor por intercesión de san Josemaría para responder fielmente a esa llamada.

En las conversaciones de nuestro Padre con los Custodes, afloraba muchas veces su confianza en sus hijas y en sus hijos, de entonces y de todos los tiempos futuros. A la vez, añadía que no cesaba de insistir al Señor que cundiera entre ellos una idea madre, de modo que fuese una constante en el alma de cada mujer y de cada hombre del Opus Dei: que no estamos haciendo una tarea buena, de mayor o menor categoría, sino que Dios nos ha metido en un designio divino de entero servicio a la Iglesia, a las almas, a la humanidad. Nos remarcaba que es preciso que día tras día hilemos fino en nuestro mirar a Cristo, porque cuanto más intensamente lo hagamos, más nos acercaremos a nuestros iguales, despertando en todos los ambientes la grande e incomparable alegría de vivir de fe. Se detenía nuestro Fundador en los deseos apostólicos que le consumían en los primeros años, y siempre; porque al contemplar tantos lugares en los que la gente se desentendía de la fe, pedía al Cielo que supiésemos llevar a los sitios más diversos la amistad de Dios con la humanidad, persona a persona.

Para apuntalar esa idea madre, nos pueden servir unas palabras del Cardenal Ratzinger el día de la canonización, en las que subrayaba la docilidad de san Josemaría a la Voluntad divina. El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hacía unas incisivas consideraciones sobre la figura de nuestro Padre, a quien aplicaba una frase de la Sagrada Escritura en la que se afirma que Moisés hablaba con Dios cara a cara, como un amigo habla con un amigo[7]: «Me parece que, aunque el velo de la discreción nos oculte tantos detalles (…), se puede aplicar perfectamente a Josemaría Escrivá este “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformarlo todo»[8].

El 6 de octubre es también otro aniversario de la historia del Opus Dei, pues en 1932, durante un curso de retiro espiritual, nuestro Padre comenzó a invocar como patronos de la Obra a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y a los Apóstoles Pedro, Pablo y Juan, considerándolos desde entonces como patronos de las diversas direcciones del apostolado del Opus Dei. Me causó y me causa mucha alegría la coincidencia de ese aniversario con el día de la canonización de nuestro Padre; parece como si el Señor haya querido señalarnos, una vez más, que hemos de avanzar siempre por las sendas que
abrió nuestro Fundador con plena fidelidad al querer divino, sin apartarnos en nada del camino que nos marcó con sus enseñanzas y su vida santa. Hoy podemos preguntarnos cómo es nuestro seguimiento de Cristo en esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei. ¿Nos esforzamos a diario por seguir las huellas de san Josemaría? ¿Recurrimos con frecuencia a nuestro santos patronos y a los Ángeles Custodios? ¿Acudimos con fe a su intercesión al sacar adelante las diversas iniciativas apostólicas?

Al día siguiente de esta fecha, el 7 de octubre, se inaugura una nueva Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, en torno al tema de la nueva evangelización. Apoyad sus tareas con oración y sacrificio, con el ofrecimiento del trabajo, con una especial cercanía al Santo Padre y a los Pastores en comunión con él.

Poco antes, el día 4, el Papa tiene previsto hacer una peregrinación al santuario de Loreto. Acompañémosle pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen por los frutos de esa Asamblea y del Año de la fe, que se inaugurará el 11 de octubre. Os he enviado, hace pocos días, una larga carta sugiriendo modos concretos de participar en este Año; por eso, no me detengo más en este punto. Sólo os insisto en que recorramos estos meses muy cerca de nuestra Madre la Virgen, cobijados bajo su manto. No olvidemos que precisamente el 11 de octubre de 1943, fiesta entonces de la Maternidad divina de María, fue cuando la Obra recibió el nihil obstat, la primera aprobación de la Santa Sede.

Antes de concluir el mes de septiembre, he ido a Zürich, y desde allí me he desplazado a Einsiedeln, lugar mariano al que nuestro Padre y el queridísimo don Álvaro acudieron en tantas ocasiones. Allá tuvo lugar, en 1956, un Congreso General en el que se decidió el traslado del Consejo a Roma. A Santa María hemos invocado para que guíe los pasos de toda la Obra.

De cara al nuevo año de la historia del Opus Dei, os encarezco que renovéis el afán apostólico en cada jornada. Lancémonos con optimismo a sembrar la doctrina de Cristo a nuestro alrededor, entre las personas con quienes tratamos más o menos directamente; y en todo el mundo, con ansias de difundir la fe católica y el espíritu de la Obra por todas partes, mediante la oración y el trabajo santificante y santificado. ¡Cuántas personas nos esperan, en los lugares donde ya trabajamos establemente y en muchos otros!

La convocatoria del Papa con la Carta apostólica Porta fídei, ha de traducirse en un tiempo especial que informe la vida de todos los hijos de Dios, por el robustecimiento de nuestros deseos de santidad y por la expansión apostólica que el Señor desea que se lleve a cabo. Os sugiero que encomendéis estas intenciones a la intercesión del beato Juan Pablo II, cuya memoria litúrgica se celebra el próximo día 22.

Con todo cariño, os bendice

                                                                                      vuestro Padre

                                                                                       + Javier

 

Roma, 1 de octubre de 2012.

[1] San Josemaría, Notas de la oración personal, 27-III-1975.

[2] Beato Juan Pablo II, Lítteræ decretáles para la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, 6-X-2002.

[3] Testimonio de Mons. Thomas Muldoon, Obispo Auxiliar de Sidney, 21-X-1975 (cfr. Flavio Capucci, “Josemaría Escrivá, santo”, Ed. Rialp. Madrid 2009, p. 52).

[4] Testimonio del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, 5-III-1976/19-VI-1978 (cfr. cit., p. 53).

[5] Cardenal Albino Luciani, artículo en “Il Gazzettino”, Venecia, 25-VII-1978 (cfr. cit., pp. 48-49).

[6] Congregación para las Causas de los Santos, Decreto sobre las virtudes heroicas, 9-IV-1990 (cfr. cit., p. 83).

[7] Ex 33, 11.

[8] Cardenal Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, artículo publicado en “L’Osservatore Romano”, 6-X-2002 (cfr. cit., p. 154).

Carta del Prelado (agosto 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, que la Iglesia celebra el 15 de agosto, atrae en este mes nuestro corazón y nuestra mirada. Al contemplar la belleza de nuestra Madre, asunta por Dios en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, nuestro amor filial se enciende aún más ante una figura tan excelsa; y, conscientes de nuestra indigencia y de nuestra pequeñez, le suplicamos con la Iglesia: da manum lapsis, fer opem cadúcis[1], auxilia a los caídos, socorre a los que somos caducos y limitados. Y después, con gratitud de hijas e hijos, repitamos con hondura, meditando el contenido, como san Josemaría: ¡Madre!, ¡Madre nuestra!, ¡Madre mía!

La primera lectura de la Misa nos propone aquella escena que san Juan describe en el Apocalipsis: se abrió el templo de Dios en el cielo y en él apareció el arca de su alianza (…). Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas[2]. Comentando este pasaje de la Sagrada Escritura, Benedicto XVI —recemos más por su Persona y sus intenciones— se pregunta: ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece? Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble. Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús, nuestro Señor y Salvador[3].

En Ella, por la encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, se cumplen de modo pleno las promesas divinas al antiguo pueblo de Israel. Dios ha establecido un pacto nuevo y definitivo no ya con una nación, sino con la humanidad entera; no en el monte Sinaí, sino en el seno inmaculado de María, donde el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Demos gracias a Nuestra Señora por haber secundado perfectísimamente el designio divino con su humildad, su obediencia y su pureza. Roguémosle que sus hijas y sus hijos —los hombres y las mujeres de todos los tiempos— sigamos su ejemplo, esforzándonos por cultivar, con la ayuda divina, las virtudes que brillan en nuestra Madre.

Con ocasión de esta solemnidad, os invito a meditar y a poner en práctica —siguiendo las enseñanzas del Santo Padre y a la luz del ejemplo de san Josemaría— algunas consecuencias que podemos descubrir al contemplar esta escena.

El autor de la epístola a los Hebreos recuerda que la estancia más importante del antiguo templo de Jerusalén, el Santo de los Santos, contenía el altar de oro para el incienso y el arca de la alianza totalmente recubierta de oro, en la que estaban la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que había retoñado y las tablas de la alianza[4]. Detengámonos en la figura del arca, símbolo de María. El hecho de que se encontrara en el lugar más sagrado del templo nos habla ya de la especial cercanía e intimidad de la Virgen con Dios: ¡más que Tú, sólo Dios![5], exclamamos gozosamente y sintiendo esa necesidad, unidos a san Josemaría. Las tablas de la Ley, que Dios entregó a Moisés, manifestaban la voluntad divina de mantener la alianza con su pueblo, si éste permanecía fiel a su pacto. La Sagrada Escritura narra cómo, a pesar de todos los cuidados del Señor, Israel fue repetidamente infiel. No así la Santísima Virgen, pues —como recalca el Papa— María es el arca de la alianza, porque acogió en sí a Jesús; acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María[6].

Aquí descubrimos una primera lección de nuestra Madre, que deseamos asimilar más profundamente, para practicarla: la invitación a buscar a diario la unión más plena posible con la Voluntad santa de Dios, en los momentos agradables y especialmente en aquellos otros que resultan molestos y exigen sacrificio. La fidelidad al querer divino en las circunstancias costosas será la prueba más clara de la rectitud de nuestras intenciones y de la firmeza de nuestros deseos de seguir de cerca a Jesús. ¿No os vienen a la memoria aquellas palabras de san Josemaría en una oración al Espíritu Santo?: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…[7].

Y, de otra manera, insiste en la misma decisión de fidelidad, cuando escribe: habrás pensado alguna vez, con santa envidia, en el Apóstol adolescente, Juan, «quem diligebat Iesus» —al que amaba Jesús.

—¿No te gustaría merecer que te llamaran “el que ama la Voluntad de Dios”? Pon los medios, día a día[8].

Esta aspiración se convertirá en realidad si buscamos decididamente la identificación con el Señor en todos los acontecimientos de la jornada, comenzando por los más nimios. Para el que ama —predicaba nuestro Fundador, no hay detalles sin importancia. De tal manera el amor engrandece nuestros actos, que lo más menudo puede alcanzar categoría de heroísmo. La fidelidad en esos puntos, las pequeñas mortificaciones constantes, ¡qué agradables resultan a los ojos de Dios! ¡Cómo transforman la voluntad! ¡Cómo engrandecen tu alma! ¡Y de qué manera contribuyes, con tu fidelidad en esos deberes mínimos, a hacer más grata la vida de los demás![9].

Así procedió siempre Nuestra Señora, y lo vemos de modo bien concreto en el momento de la encarnación y cuando se hallaba al pie de la Cruz, al mirar cómo sufría y cómo moría su Hijo. Igualmente la amó, con idéntica pasión, en las demás circunstancias de su vida: al ocuparse de las tareas domésticas en el hogar de Nazaret; acogiendo a las personas que acudían a Ella en busca de un consejo o de una palabra de consuelo; en los diálogos con Jesús y con sus parientes sobre los temas más diversos: en todo momento. También entonces, la plenitud de gracia de la que María estuvo dotada desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, fue creciendo sin cesar, a la medida de la totalidad de su respuesta a las mociones del Espíritu Santo.

El arca de la alianza, además de contener las tablas de la ley, encerraba una porción del maná con el que Dios había nutrido al pueblo durante su peregrinar por el desierto. Ese alimento —lo enseñó el mismo Jesús en el discurso del Pan de Vida, en Cafarnaún[10]— era signo de la Eucaristía, verdadero cuerpo y sangre de Cristo que, bajo el velo del sacramento, reservamos en nuestros tabernáculos para adorar al Señor y para alimentarnos de ese gran Tesoro. Él se ha hecho nuevo maná para quienes vamos de camino hacia la morada eterna.

Fijémonos en que la Santísima Virgen es modelo de comportamiento para nosotros. ¿Quién trató a Jesús en la tierra con más delicadeza y cariño que Ella? ¿Quién estuvo más pendiente de Él en los largos años de vida oculta y en la vida pública? ¿Quién lo recibió con mayor devoción en la Sagrada Comunión, después de que el Señor se marchó al Cielo tras haber dejado el don inigualable de su Sacrificio y de su Presencia sacramental en manos de los Apóstoles y de sus sucesores en el sacerdocio? Verdaderamente, como afirmaba el beato Juan Pablo II, María es la Mujer eucarística por excelencia.

Deteneos en otra lección que podemos aprender, al contemplar a Santa María, fœderis arca, verdadera arca de la alianza, como nos sugiere la liturgia de esta fiesta. Aprendamos de Ella a cuidar más y mejor el trato con Jesucristo en la Palabra y en la Eucaristía, en la lectura y meditación de la Escritura, en la asistencia o celebración de la Misa y en la Sagrada Comunión. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios”, dijo el Señor. —¡Pan y palabra!: Hostia y oración.

Si no, no vivirás vida sobrenatural[11].

La solemnidad del 15 de agosto nos trae, a las hijas y a los hijos de Dios en su Obra, el recuerdo de esa fecha en 1951, cuando san Josemaría, movido por una inquietud sobrenatural que Dios puso en su alma, acudió a la Santa Casa de Loreto para consagrar el Opus Dei al Corazón dulcísimo e inmaculado de María.

Muchas veces se refirió nuestro Padre a aquellas circunstancias, en las que las delicadezas maternales de Nuestra Señora se hicieron especialmente presentes. Rememoraba, entre otras cosas, la profunda impresión que le causó la inscripción colocada sobre el altar —hic Verbum caro factum est, aquí el Verbo se hizo carne—, y, a la vez, la seguridad de ser escuchado por Dios, que esas palabras dejaron en su corazón. Lo mencionaba con viveza años después: aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en una pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios (…). Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver a Loreto. Me voy allí con el deseo, para revivir los años de la infancia de Jesús, al repetir y considerar ese Hic Verbum caro factum est[12].

Siempre había sido grande su devoción a la Virgen, pero cabe pensar que desde entonces experimentó un fuerte incremento que no dejaría de desarrollarse hasta su marcha a la casa del Cielo. Ahora deseo traer a vuestra consideración otra manifestación de ese crecimiento de la piedad filial de nuestro Fundador a la Virgen, bajo la guía del Espíritu Santo. Me refiero a las palabras que escuchó en el fondo del alma el 23 de agosto de 1971, al día siguiente de la fiesta del Corazón Inmaculado de María, que entonces se celebraba el día 22: adeámus cum fidúcia ad Thronum glóriæ, ut misericórdiam consequámur.

Se encontraba nuestro Padre en una localidad del norte de Italia, trabajando y descansando. Eran años en los que su oración por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por todas las almas, se elevaba con especial intensidad al Cielo. Antes no pedía, nos había confiado en abril de 1970. Vivía de este modo porque entendía que era mejor abandonarse confiadamente en Dios. Esto, en aquellos primeros momentos era bueno, porque así se veía que era todo de Él. Ahora pienso, sin embargo, que debo pedir, y comprendo mejor toda la fuerza de esas palabras del Señor: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). Estoy persuadido de que hay que rezar mucho, y quiero poner mi oración en las manos mil veces benditas de la Virgen[13].

Pocas semanas después, el 6 de agosto de 1970, el Señor le confirmó en ese pensamiento, urgiéndole a una plegaria incesante: Clama, ne cesses!, resonó en el alma de san Josemaría, como eco de unas palabras del profeta Isaías[14]. Y tras esa locución divina dio comienzo a una serie de visitas a diversos santuarios marianos de Europa y de América. Como os acabo de escribir, el 23 de agosto de 1971 recibió la confirmación de que, para que su oración fuera escuchada, era y es preciso acudir a María.

Ese mismo día, abriendo su alma con don Álvaro y conmigo, como hacía siempre, nos comentó: esta mañana, mientras desayunaba, el Señor me ha puesto en la cabeza estas palabras. Son como una respuesta a ese clamor colectivo que ayer, fiesta del Corazón Inmaculado de María, habrá subido al Cielo, porque todos habrán rezado mucho. Hemos de pedir, acogiéndonos a la Misericordia del Señor, ¡no podemos pedir por justicia! Si pudiéramos vislumbrar la Justicia de Dios, nos quedaríamos aplanados, sin poder levantar la cabeza: ¡tal es su infinita perfección! Debemos acudir a su Misericordia, a su Amor. El pobre corazón del hombre enseguida pide como si tuviese un derecho, ¡y no tenemos derecho a nada!, pero podemos llenarnos de su confianza con la intercesión de María, porque la Misericordia suya es tan infinita, que no puede dejar de escuchar a sus hijos, si acuden además a través de su Madre[15].

Os he transcrito estas confidencias de nuestro Padre con el deseo de que las hagamos muy nuestras. Os hablo mucho de oración —lo habréis notado— porque es el modo seguro de conseguir todas las gracias que necesitan la Iglesia, el Papa, la Obra, las almas, cada una y cada uno de nosotros. Esforcémonos mañana y tarde, no sólo en hacer lo mejor posible los tiempos de meditación, sino en la oración de petición por tantas intenciones: con fe, con humildad, con perseverancia; con paz y alegría continuas, pues somos hijos de Dios e hijos de Santa María y nos llamaremos siempre vencedores.

El pasado día 11 he podido ir a Fátima, a la capelinha, con todas y con todos. Hemos rezado muy unidos a vuestras intenciones, pidiendo por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por la Obra, por toda la humanidad; y ha sido fácil pensar en las veces que nuestro Padre fue —como decía— a ese “refugio”, para acompañar a cada una de sus hijas y a cada uno de sus hijos de entonces y de los tiempos futuros: ¡qué bien se está con la Virgen!

Muchas tareas tengo entre manos, también en estos días de agosto: ayudadme a sacar adelante, con vuestra unión constante, mis ocupaciones. Os sugiero que releáis y meditéis lo que nuestro Padre escribió a propósito de su alzar la Hostia Santa en la Misa, el 7 de agosto de 1931[16], porque, entre esos hombres y esas mujeres que han de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, estás tú, hija mía, hijo mío: mira despacio cómo lo cumples.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2012.

[1] Liturgia de las Horas, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Himno de las Primeras Vísperas.

[2] Misal Romano, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Primera lectura (Ap 11, 19-12, 1).

[3] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[4] Hb 9, 4.

[5] San Josemaría, Camino, n. 496.

[6] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[7] San Josemaría, Manuscrito autógrafo, abril de 1934.

[8] San Josemaría, Forja, n. 422.

[9] San Josemaría, Notas de una meditación predicada en 1945.

[10] Cfr. Jn 6, 26-59.

[11] San Josemaría, Camino, n. 87.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 12-13.

[13] San Josemaría, Notas de una romería a Fátima, 14-IV-1970.

[14] Cfr. Is 58, 1 (Vg).

[15] Cit. en Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, p. 185.

[16] Cfr. San Josemaría, Apuntes íntimos, 7-VIII-1931, n. 217 (vid. A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei”, vol. I, pp. 380-381).

Carta del Prelado [mayo 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La llegada del mes de mayo trae siempre a nuestras almas una particular alegría. Al júbilo pascual se une el comienzo de unas semanas dedicadas especialmente a la Virgen, en gran número de países. ¿Y cómo no van a llenarse de gozo los hijos al notar de forma especial y con más cercanía la presencia de la madre? Resulta muy lógico que suceda así. Como aseguraba un antiguo escritor eclesiástico, la Virgen, durante la visita a santa Isabel, «con su lengua (…) hizo brotar para su prima, como de una fuente, un río de dones divinos. En efecto, allí donde llega la llena de gracia, todo queda colmado de alegría»[1].

Hoy desearía repasar una vez más con vosotros algunos de los motivos de júbilo y de agradecimiento que nos trae este quinto mes del año. Ya el primer día, la fiesta de san José Artesano, hoy conmemorada, constituye un momento de auténtico gaudium para las mujeres y los hombres que, como nosotros, han de buscar la santificación personal y ejercer el apostolado en el trabajo profesional y por medio del quehacer cotidiano. Recuerdo la alegría de nuestro Padre cuando se comenzó a celebrar esta memoria litúrgica, pues —como escribió en una de sus homilías— esa fiesta, que es una canonización del valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra[2].

La fiesta de san José Artesano nos invita a no olvidar el valor trascendente de una tarea profesional honrada, bien cumplida, como la que el santo Patriarca desarrolló durante muchos años. Como condición imprescindible, se requiere realizarla con perfección sobrenatural y humana, es decir, con el deseo de dar gloria a Dios y de servir al prójimo, independientemente de la consideración social que se le atribuya. ¡Cuántas veces escuché comentar a san Josemaría que el valor divino del trabajo humano depende del amor a Dios con que se lleva a cabo, del espíritu de servicio con que se empieza y se termina!

Aprovecho esta carta para pediros oraciones por los 35 diáconos de la Prelatura, a los que administraré la ordenación presbiteral dentro de cuatro días. En años anteriores, cada uno de estos hombres procuraba santificarse y moverse apostólicamente en el ámbito de su profesión civil. En adelante, la labor sacerdotal se convertirá para ellos —por expresarlo de algún modo— en su profesión, a la que dedicarán todas las horas de la jornada, con el inmenso gozo de saberse instrumentos del Señor en la aplicación de la redención a las almas. Recemos para que vivan como sacerdotes santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural, pues así lo deseaba san Josemaría: sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien[3].

Otro motivo de alegría para mí ha sido el viaje pastoral que realicé a Camerún en la semana de Pascua; un país que tantas esperanzas ofrece a la Iglesia en África y en todo el mundo. Y, más recientemente, los días que he pasado en Pamplona con motivo de los cincuenta años del comienzo de la Clínica Universidad de Navarra. En los diez lustros transcurridos, innumerables personas —médicos, enfermeras, personal administrativo— se han dedicado a atender con espíritu cristiano a los enfermos; y millares de pacientes han recuperado la salud, han aprendido a ofrecer a Dios sus sufrimientos, y algunos incluso la muerte, en estrecha unión con Jesucristo en la Cruz. Doy gracias a Dios con toda el alma —acompañadme también vosotros—, porque la solicitud de san Josemaría por los enfermos, puesta de manifiesto desde los comienzos de la Obra y aun antes, encontró cauce en este gran proyecto que nuestro Fundador impulsó personalmente, así como en tantas otras iniciativas similares que han ido surgiendo a lo largo de los años en diversos países.

Pero, hijas e hijos míos, el mes de mayo nos habla, sobre todo, de la continua presencia de la Santísima Virgen en el camino de la Iglesia y de cada cristiano. Nada más lógico, pues, que tratemos de obtener el mayor fruto espiritual y apostólico de las próximas semanas.

En primer lugar, me detengo en esa costumbre mariana muy querida: la romería de mayo. Mañana, día 2, se cumple otro aniversario de la que san Josemaría realizó, acudiendo al santuario de Nuestra Señora de Sonsoles en 1935, en compañía de dos hijos suyos, y abriendo el paso a esta costumbre mariana en la Obra. Desde entonces, ¡a cuántos millares de ermitas y santuarios de la Virgen se ha ido piadosamente en el mundo entero, siguiendo las huellas de nuestro Padre! Pidámosle que caminemos en la romería con su mismo recogimiento y confianza en nuestra Madre, con su mismo espíritu apostólico; y, con este fin, invitemos también a algún amigo, colega o pariente, para que nos acompañe en esa muestra filial de cariño a Nuestra Señora.

Hacia la mitad del mes, celebraremos tanto la fiesta de la Virgen de Fátima como el aniversario de la novena de san Josemaría a Nuestra Señora de Guadalupe, en 1970: dos recuerdos que nos han de impulsar a cuidar con esmero los ratos de oración mental y las oraciones vocales, especialmente el Rosario, tan recomendado por Nuestra Señora a los tres pastorcillos. Seamos santamente ambiciosos en nuestras intenciones apostólicas, suplicando a María por la Iglesia y el Papa; por los frutos del Año de la fe para el que nos estamos preparando; por la renovación de la vida cristiana en todo el mundo.

El día 17, que este año coincide con la solemnidad de la Ascensión del Señor, es el vigésimo aniversario de la beatificación de nuestro Padre. ¡Qué memoria de las maravillas de la gracia nos trae esta fecha, compartida con el beato Juan Pablo II y con el queridísimo don Álvaro! ¡Qué ocasión tan buena para aumentar nuestra gratitud a Dios y nuestros afanes de seguir el ejemplo del instrumento fiel que escogió el Cielo para fundar el Opus Dei!

En las fechas siguientes del mes, podemos acompañar de cerca a Nuestra Señora en la preparación de la fiesta de Pentecostés, que este año se celebra el domingo 27. San Josemaría nos impulsaba a detenernos en esos días —o en los siguientes—, de modo personal, en la consideración del decenario al Espíritu Santo. Asume una importancia capital que nos mantengamos muy cerca de la Virgen en esas jornadas, aprendiendo de Ella a tener más intimidad con el Santificador de nuestras almas.

Hace pocas semanas, considerando la presencia de Nuestra Señora en el Cenáculo de Jerusalén, con los Apóstoles y las santas mujeres, en espera de la venida del Paráclito, Benedicto XVI hacía notar que con María comienza la vida terrena de Jesús y con María inician también los primeros pasos de la Iglesia[4]. Dios quiso que su Hijo se encarnara en las entrañas purísimas de la Virgen, y el mismo Señor nos la dio por Madre junto a la Cruz. Por eso, cuando los primeros discípulos se congregaron en el Cenáculo a la espera del Consolador prometido, la Virgen Santa se encontraba entre ellos, pidiendo «con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra»[5].

Advierte el Papa que la presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más precioso que tiene: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: conservar la memoria de Jesús y así conservar su presencia[6].

No es difícil imaginar que, en el tiempo entre la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo, los discípulos, teniendo a su lado a la Madre de Jesús, escucharían de su viva voz y con gran piedad tantos recuerdos como Ella conservaba en su corazón: desde el anuncio de la Encarnación al nacimiento en Belén; desde los azarosos meses que siguieron a la persecución de Herodes hasta los años de trabajo y la estancia en Nazaret; desde los tiempos felices de la predicación y milagros del Señor durante la vida pública, hasta las horas tristes de su pasión, muerte y sepultura; y luego la alegría de la resurrección, las apariciones en Judea y Galilea, las últimas instrucciones del Maestro… Al compás de las fuertes vivencias de María, el Espíritu Santo iba preparando a los Apóstoles y a los otros discípulos para la plenitud de Pentecostés.

¡Qué buena escuela, hijas e hijos míos, es el Cenáculo! Escuela de oración, en la que Santa María resalta como maestra inigualable. Maestra de oración[7], decía nuestro Padre; y también Maestra del sacrificio escondido y silencioso[8]. Allí la Virgen permanece a la escucha de las inspiraciones del Paráclito y enseña a los primeros a oír a Dios en el recogimiento de la oración. Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, aprender de Ella a ser comunidad que ora: ésta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 2, 42). Con frecuencia se recurre a la oración por situaciones de dificultad, por problemas personales que impulsan a dirigirse al Señor para obtener luz, consuelo y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para pedir por sí mismos, sino también de modo unánime, perseverante y fiel, con “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,  32)[9].

Es una misión que la Virgen confía a quienes desean ser fieles hijos suyos: enseñar a otras personas a dirigirse a Dios en todo momento, no sólo en las necesidades perentorias o en las situaciones difíciles. Para algunos, todo esto quizá resulta familiar; para otros, nuevo; para todos, arduo. Pero yo —escribió san Josemaría— (…) no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios[10].

De este modo se comportó siempre la Virgen Santísima. En el Calvario, junto al patíbulo, reza. No es una actitud nueva de María. Así se ha conducido siempre, cumpliendo sus deberes, ocupándose de su hogar. Mientras estaba en las cosas de la tierra, permanecía pendiente de Dios. Cristo (…) quiso que también su Madre, la criatura más excelsa, la llena de gracia, nos confirmase en ese afán de elevar siempre la mirada al amor divino[11].

Ahora, desde el Cielo, donde vive glorificada en cuerpo y alma, la Santísima Virgen sigue muy de cerca a cada uno, cumpliendo a la letra el encargo que le hizo Jesús en la persona de san Juan: mujer, aquí tienes a tu hijo[12]. Encomendémosle todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial —recomienda Benedicto XVI—, entre ellas la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo, podemos salir de “nuestra casa”, de nosotros mismos, con valentía, para llegar hasta los confines del mundo y anunciar por doquier al Señor Jesús, Salvador del mundo[13].

¿Rezamos el Dominus tecum del avemaría con la piedad diaria con que lo repetía nuestro Padre? ¿Cómo insistimos a la Virgen para que nos ayude a aprovechar los dones y los frutos del Espíritu Santo?

Seguid muy unidos a mis intenciones, que se resumen en una oración intensa por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes y religiosos, por la santidad de todo el pueblo cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, recurriendo a la intercesión de la Virgen, que suscite en todos, pastores y fieles, el anhelo de cumplir en todo momento la santa Voluntad de Dios.

Y acompañadme en el viaje que pienso realizar a Eslovaquia dentro de pocos días; para que también allí el espíritu del Opus Dei se difunda más y más, sembrando en todos los ambientes el amor a la Iglesia y el deseo de santificarse y santificar en medio de las tareas ordinarias. No imagináis con qué piedad insistente pidió nuestro Padre por esa tierra, en 1968, cuando hubo un conato de liberarse del yugo del marxismo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2012

[1] Pseudo Gregorio Taumaturgo, Homilía II sobre la Anunciación.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 52.

[3] San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 59.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[7] San Josemaría, Camino, n. 502.

[8] Ibid., n. 509.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 247.

[11] Ibid., n. 241.

[12] Jn 19, 26.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

Carta del Prelado [abril 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os escribo al comienzo de la Semana Santa. Desde la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, que celebramos hoy, hasta su resurrección en la mañana de Pascua, la Iglesia revive en la liturgia —a la que nos unimos todos— los grandes misterios de nuestra redención. Comencemos, pues, con una profunda acción de gracias a Dios por las grandes maravillas que ha realizado en favor de los hombres. Y dispongámonos con creciente intensidad a acompañar a Nuestro Señor en el Triduo sacro, acercándonos a Él en esas horas dolorosas de su entrega por nosotros, para asistir también a su exaltación gloriosa.

Pensar en la muerte de Cristo —advierte san Josemaría— se traduce en una invitación a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres[1]. La participación activa, consciente y llena de amor, en los oficios litúrgicos de estos días, se nos ofrece como el mejor modo de estar con Jesús en sus largos momentos de angustia y de sufrimiento. Así la Semana Santa no se reducirá a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas[2].

Sintámonos en profunda comunión con toda la Iglesia, que de una parte a otra del orbe celebra con piedad y recogimiento estos divinos misterios. Recemos especialmente por quienes recibirán el Bautismo en la Vigilia pascual, y por todos los demás, para que, movidos por la gracia del Espíritu Santo, nos aproximemos más y más a Dios en estas fechas, con la decisión de seguir a Cristo con plenitud de entrega. Dejémonos de consideraciones superficiales —exhortaba san Josemaría—, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad[3].

Jesús comenzó el Triduo sacro reuniéndose con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum, antequam patiar[4]; ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión. Con estas palabras se expresa san Lucas, al escribir el relato de la última Cena. Se entrevé en cada una el infinito amor del Corazón de Cristo por los hombres, la viva conciencia de que ya había llegado su hora, el momento de la salvación del género humano, tan largamente esperado. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora, explica Benedicto XVI. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así lo que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 19)[5].

¿Cómo no pensar también en los deseos de ser correspondido, que embargaban a Nuestro Señor? Sin embargo, los que le rodeaban no eran conscientes de la trascendencia de aquel acontecimiento, como lo manifiesta el hecho de que precisamente entonces se suscitaron entre ellos disputas sobre quién sería considerado el mayor[6]. Aunque indudablemente se sentirían íntimamente conmovidos por las palabras y las acciones de Jesús —y así lo sugiere san Juan al relatar con detalle el discurso de despedida del Señor, al final de aquella reunión familiar—, todavía no comprendían del todo el significado de lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Esa misión estaba reservada al Espíritu Santo, que sería enviado en Pentecostés. ¿Qué nos dice, hijas e hijos míos, la Pasión de Cristo? ¿Con qué devoción miramos la Cruz?

Nosotros, cristianos del siglo XXI, con una historia bimilenaria de fe y de piedad eucarística, que hemos recibido al Paráclito en el Bautismo, no estamos en las mismas condiciones que aquellos primeros. Sabemos que, en la última Cena, Jesucristo anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cfr. Jn 6, 31-33). Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús[7].

Debería resultar fácil llenarnos de asombro y de gratitud ante el anonadamiento de Dios en la Eucaristía. Y muchas veces no sucede así. ¿Por qué ese desamor, ante el amor de Cristo? ¿Por qué esa frialdad de nuestro corazón, ante las llamas que abrasan el Corazón del Maestro? Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de Él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con Él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?[8].

Son preguntas que el Vicario de Cristo dirige a los católicos; preguntas que esperan una respuesta personal, comprometida, de parte de cada una y de cada uno de nosotros. Roguemos sinceramente al Espíritu Santo que suscite esa respuesta en el fondo de nuestras almas y que sepamos acoger su gracia generosamente, con la entrega total de nosotros mismos a Nuestro Señor: amor con amor se paga.

Precisamente dentro de tres semanas, el 23 de abril, conmemoraremos el centenario de la primera Comunión de san Josemaría; y esta fecha supone un acicate para que sus hijas y sus hijos en el Opus Dei cuidemos con más piedad la participación en la Santa Misa y, de modo especial, la Sagrada Comunión.

Resulta imposible enumerar los consejos que nuestro amadísimo Padre nos mencionaba para recibir con más provecho al Señor cada día. Los que tuvimos la fortuna de contemplar de cerca cómo se preparaba para el Santo Sacrificio, cómo lo celebraba, cómo recibía la Comunión y daba gracias después, no encontramos palabras para expresar el amor que, sin manifestaciones llamativas, le embargaba en esos instantes. Me limitaré, pues, a trazar unas pinceladas que nos ayuden a ahondar en algún aspecto de la piedad eucarística de nuestro santo Fundador y mejorar así nuestro trato personal con Jesús en el Santísimo Sacramento.

El 23 de abril de 1963, nos decía: para mí hoy es una fiesta muy grande. Nos sugería que le ayudásemos a dar gracias a Dios por aquella bondad del Cielo: porque quiso venir a hacerse el dueño de mi corazón[9]. Estaba muy agradecido al Sa
nto Pontífice Pío X, que en los primeros años del siglo XX había emanado nuevas normas sobre la primera Comunión, fijando las condiciones mínimas requeridas para permitir que los niños pudieran acercarse a la Sagrada Mesa[10]. Siempre recordaba que recibió por primera vez al Señor a los diez años. En aquella época —comentaba—, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la Primera Comunión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes. Y me preparaba un viejo escolapio, hombre piadoso, sencillo y bueno. Él me enseñó la oración de la comunión espiritual[11].

Aquel primer encuentro con Jesús en la Eucaristía marcó profundamente su existencia. Cada año se preparaba con tiempo para esa fecha tan querida. En muchas otras ocasiones, volvía a esos instantes con un recuerdo lleno de gratitud, admirando la bondad de Dios, que tan cerca desea estar de sus criaturas.

Pero no se comportaba así sólo de mayor, aunque es lógico que, con el paso de los años, tras haber considerado una y mil veces estos favores del Señor, sus manifestaciones de agradecimiento fueran afinándose más y más. Varias veces comentó algo que no deja de causar impresión, si consideramos que se trata de unas reflexiones que comenzó a hacerse en edad temprana. Desde pequeño —decía— he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos. Es el sentimiento de la madre por su hijo: te comería a besos, le dice. Te comería: te transformaría en mi propio ser[12].

Sólo el amor de Cristo por cada uno, más grande que el que todos los padres y madres pueden mostrar a sus hijos, se alza con fuerza como el modo supremo de realizar esa aspiración a la unión definitiva entre personas que se aman. El Señor nos ha dicho eso también: ¡toma, cómeme! Más humano no puede ser. Pero no humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es Él quien nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas, nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados. Me sobran razones: aquí está la explicación de mi vivir[13].

Hijas e hijos míos, preparémonos lo mejor posible para recibir la Comunión. Siempre será poco lo que hagamos, pero esto no ha de causar en nosotros ni el más pequeño regusto de amargura. Realmente no somos dignos de acoger al Señor en nuestra alma y en nuestro cuerpo, pero Él ha dicho que no precisan de médico los sanos, sino los enfermos[14]. Él, con su venida frecuente —diaria, si es posible—, nos va convirtiendo a cada una, a cada uno, en dignos de su amor. Por eso, cuando el alma está en gracia —y es un alma enamorada de Dios— no se debe pensar que falta preparación para comulgar; porque mientras estamos trabajando, abriendo otros frentes de esta guerra de paz y de bien en el mundo, nos estamos preparando maravillosamente[15].

A principios de año os sugerí que, si os parece, recitéis con frecuencia la jaculatoria que nuestro Padre tomó del Evangelio, de labios del apóstol santo Tomás, y que diariamente repetía con el corazón en la Santa Misa: Dominus meus et Deus meus![16], ¡Señor mío y Dios mío! Nos asombra este maravilloso acto de fe en la presencia real de Jesucristo bajo las especies sacramentales, que nos impulsará a prepararnos mejor para comulgar. Hemos de amar mucho al Señor, ser muy piadosos, tratarle lo mejor posible en el altar y en el tabernáculo, amarle también por los que no le aman, desagraviarle por los que le ofenden. Dios Nuestro Señor necesita que le repitáis, al recibirlo cada mañana: ¡Señor, creo que eres Tú, creo que estás realmente oculto en las especies sacramentales! ¡Te adoro, te amo! Y, cuando le hagáis una visita en el oratorio, repetídselo nuevamente: ¡Señor, creo que estás realmente presente!, ¡te adoro, te amo! Eso es tener cariño al Señor. Así le querremos más cada día.

Luego, continuad amándolo durante la jornada, pensando y viviendo esta consideración: voy a acabar bien las cosas por amor a Jesucristo que nos preside desde el Tabernáculo. Amad muchísimo a Jesús Sacramentado, y procurad que muchas almas le amen: sólo si metéis esta preocupación en vuestras almas, sabréis enseñarla a los demás, porque daréis lo que viváis, lo que tengáis, lo que seáis[17].

También ese día es aniversario de la Confirmación de nuestro Padre. La recibió en 1902, a los pocos meses de su nacimiento: no era infrecuente en España, por entonces, que los Obispos impartiesen este sacramento en sus visitas pastorales a las parroquias, tanto a los niños como a los adultos que no lo hubieran recibido. De este modo, desde muy pronto, el Espíritu Santo fue realizando su labor en el alma de nuestro Padre con mayor intensidad, preparándole para acoger con mucho fruto las gracias que había de concederle más adelante.

En una de sus reuniones con personas de toda condición, preguntaron a san Josemaría sobre la diferencia entre recibir a Cristo en la Comunión y la presencia del Espíritu Santo en el alma por la gracia. Inmediatamente, como quien lo tiene muy asimilado, dio la siguiente respuesta: esa diferencia la verás enseguida, si consideras que en la Sagrada Eucaristía (…) está realmente presente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se ha hecho Hombre por nosotros: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Lo recibimos así, pero nuestra naturaleza destruye enseguida las especies sacramentales y, desde este momento, desaparece esa presencia eucarística de Jesús Sacramentado.

Aun entonces Dios permanece con nosotros, si no lo echamos por el pecado mortal. Por medio de la gracia, el Espíritu Santo hace su morada dentro de nosotros y, por tanto, la Trinidad entera, porque no hay más que un solo Dios en tres Personas distintas. Donde está una Persona actuando, está presente la Trinidad Beatísima, único Dios[18].

Esmerémonos durante la jornada, hijas e hijos míos, en no perder la conciencia de esa inhabitación de Dios; más aún, podemos incrementarla constantemente con actos de fe y de amor, con comuniones espirituales e invocaciones a la Virgen, que nos servirán para dar gracias a Jesús por haber venido sacramentalmente a nuestra alma e ir preparando la Comunión del día siguiente.

No dejemos de rezar por el Papa, especialmente el día 19, séptimo aniversario de su elección, y también el 16, fecha en la que cumplirá 85 años. Repitamos con fe la plegaria de las Preces, que nuestro Fundador tomó del acervo litúrgico de la Iglesia: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius[19].

Me encomiendo también yo a vuestras oraciones, especialmente en el nuevo aniversario de mi elección y nombramiento como Prelado, el día 20. Así nos mantendremos consummati in unum[20], en unión de corazones y de intenciones con san Josemaría, que nos bendice a todos desde el Cielo. Y rezad por el viaje a Camerún que me propongo realizar en la semana de Pascua.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2012

[1] San Josemaría, Es Cristo
que pasa,
n. 97.

[2] Ibid., n. 96.

[3] Ibid., n. 76.

[4] Lc 22, 15.

[5] Benedicto XVI, Homilía en la Misa in cena Domini, 21-IV-2011.

[6] Cfr. Lc 22, 24.

[7] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 13.

[8] Benedicto XVI, Homilía en la Misa in cena Domini, 21-IV-2011.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1963.

[10] Cfr. san Pío X, decr. Quam singulari, 8-VIII-1910, norma I.

[11] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, año 1966.

[12] San Josemaría, Notas de una meditación, 14-IV-1960.

[13] Ibid.

[14] Cfr. Mt 9, 12.

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 28-V-1964.

[16] Jn 20, 28.

[17] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 4-IV-1970.

[18] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 13-IV-1972.

[19] Cfr. Sal 40 (41) 3.

[20] Jn 17, 23.

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Carta del Prelado [marzo 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos entrado en la Cuaresma, tiempo litúrgico con el que conmemoramos los cuarenta días de oración y ayuno de Jesucristo en el desierto, antes de comenzar su ministerio público. Y así como el Maestro empezó su predicación con una llamada apremiante a la conversión —el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio, así la Iglesia nos exhorta a aprovechar las grandes gracias de este tiempo litúrgico fuerte, para dar un paso decidido en nuestro acercamiento a Dios.

Siendo una necesidad de cada jornada, la llamada a la conversión resuena de modo más apremiante en las semanas que acabamos de comenzar. En la senda que conduce a la vida eterna, de modo casi insensible podemos desviarnos personalmente algo del rumbo. Por eso la Iglesia, Madre buena y sabia, nos pone delante de los ojos la necesidad de rectificar, sirviéndose también de las oraciones y lecturas de la Misa, enseñando a cada fiel a convertirse un día y otro en puntos concretos. Si los hijos de Dios nos esforzamos por sacar partido a esos textos, llevándolos a la meditación personal, en estos cuarenta días que nos conducirán a la Pascua de Resurrección, podemos encontrar nuevo valor para aceptar con paciencia y con fe todas las situaciones de dificultad, de aflicción y de prueba, conscientes de que el Señor hará surgir de las tinieblas el nuevo día.

La liturgia de la Cuaresma nos ofrece una gracia especial que nos empuja a la mudanza del corazón, de la que nacerán necesariamente las buenas obras. Releamos una consideración de nuestro Padre: la conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo. ¿Cómo hemos comenzado desde el Miércoles de Ceniza? ¿Qué nos hemos propuesto? ¿Vivimos cada jornada con la alegría de una penitencia que nos acerque más a Jesucristo?

Como lema del mensaje de este año, el Santo Padre toma un párrafo de la epístola a los Hebreos y nos invita a ponderarlo: estemos pendientes unos de otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras. A continuación señala que estas palabras se inscriben en un contexto más amplio: la necesidad de acoger a Cristo mediante la práctica de las virtudes teologales. Se trata de acercarse al Señor “con corazón sincero y lleno de fe” (v. 22), de mantenernos firmes “en la esperanza que profesamos” (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos “la caridad y las buenas obras” (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25).

Como en años anteriores, Benedicto XVI se centra nuevamente en las obras de caridad, que constituyen —junto con la oración y el ayuno— las típicas prácticas penitenciales de la Cuaresma. En otras ocasiones, os he animado a esmeraros en los ratos dedicados a la oración personal, y así a renovar el espíritu de penitencia, cuidando con más empeño las mortificaciones que dan sabor a la existencia cristiana, y ayudando al prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Ahora, además de exhortaros a vivir esas manifestaciones del espíritu cristiano, deseo centrarme en una de las tradicionales obras de misericordia espiritual, que san Josemaría nos enseñó a valorar y a la que el Santo Padre otorga un relieve especial: la práctica de la corrección fraterna, que Jesucristo mismo recomendó a sus discípulos: si tu hermano peca (…), vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Esta manifestación de caridad no se queda en una enseñanza aislada. Ya en el Antiguo Testamento se recoge repetidas veces y, por ejemplo, se aconsejaba: reprende al sabio, y te cobrará amor; da consejos al sabio, y se hará más sabio; enseña al justo, y aumentará su formación. Y en otro lugar: quien guarda la instrucción camina hacia la vida; mas quien abandona la corrección, anda perdido. En el Nuevo Testamento, siguiendo la predicación del Maestro, se concreta aún más cómo ha de ser esta urgencia de fina fraternidad, que sostiene a los demás para caminar derechamente hacia Dios. San Pablo advierte que ha de ejercitarse con espíritu de mansedumbre; viendo en la otra persona, no a un enemigo, sino a un hermano. Hace notar también la Escritura que toda corrección, al momento, no parece agradable sino penosa, pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan. Y el apóstol Santiago concluye: hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados. No cabe olvidar que san Josemaría, al llegar a un Centro, después de preguntar si había algún enfermo, añadía: ¿estáis contentos?, ¿se vive la corrección fraterna?

Desgraciadamente, a pesar de tanta insistencia por parte del Señor, sirviéndose también de los Apóstoles, de muchos santos, de nuestro Padre, esta obra de caridad espiritual es ignorada por bastantes cristianos. El Papa se lamenta de este hecho. Deseo recordar —escribe— un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último.

Gracias a Dios, en esta porción de la Iglesia que es la Prelatura del Opus Dei —no porque nos consideremos mejores— se ama y se vive esta práctica tan evangélica. Con una luz especial de Dios, que le llevaba a profundizar en algunas enseñanzas de la Sagrada Escritura, nuestro Fundador la practicó personalmente y la enseñó a otros desde los comienzos. Afirmaba que tiene entraña evangélica; y añadía que es siempre una prueba de sobrenatural cariño y de confianza, que además hace paladear el regusto de la primitiva cristiandad.

Tanto valoraba san Josemaría esta costumbre evangélica, que no cejó hasta conseguir que la Santa Sede —al aprobar definitivamente el espíritu de la Obra en 1950— aceptara que también el Fundador —y sus sucesores en el gobierno del Opus Dei— pudieran beneficiarse de este medio de santificación, del que se sirve el Espíritu Santo para mejorar a las almas. Lo contaba a sus hijos, con enorme sencillez: cuando presenté en la Santa Sede nuestros Estatutos (…), al hablar de la corrección fraterna al Padre, siempre me pusieron una dificultad: ¿cómo va a ser corregido el que hace cabeza? ¡No se le puede decir nada! Yo no me conformaba; y les explicaba: ¿cómo van a dejarme a mí, que soy un pobre hombre, y a los que me sigan, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, sin gozar de este medio de santidad? Al practicar esta Costumbre, hondamente cristiana, los que hacen la corrección fraterna —aunque les cueste y tengan que vencerse— y los que la reciben —aunque les duela y tengan que ser humildes— poseen un medio de santidad maravilloso, que arranca del Evangelio. Este razonamiento les convenció.

Nuestro Fundador dejó muy claro el modo de hacer y recibir la corrección fraterna. Nos hablaba de las normas de prudencia y caridad con que es preciso obrar en todo momento, de modo que verdaderamente sea un instrumento de santificación propia y ajena. En primer lugar, siempre ha de ser expresión clara de caridad sobrenatural y de cariño humano, de interés por la santidad propia y la de los demás. San Josemaría era diáfano: la corrección fraterna —afirmaba— (…) ha de estar llena de delicadeza —¡de caridad!— en la forma y en el fondo, pues en aquel momento eres instrumento de Dios. Porque, como explica el Papa en su mensaje, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia.

Con este claro principio, en la Obra, antes de advertir a alguno con una corrección fraterna, se consulta su oportunidad. Además de cerciorarse de la rectitud de intención que mueve a hablar a ese hermano, podrán sugerirnos la manera de llevarla a cabo, teniendo en cuenta las circunstancias concretas de cada caso, de modo que efectivamente sirva de ayuda a quien la recibe. Se asegura así que este medio de servir a los demás sea en todo momento una muestra neta de prudencia y delicadeza, de respeto a los otros. Me conmueve el pensamiento de la rectitud con que procedía nuestro Padre, en todos los ambientes. Si alguna persona se quejaba de otra, o de algún comportamiento, siempre preguntaba: ¿ha hablado usted con el interesado? Hágalo, añadía, que así le impulsará a cambiar, si es preciso.

Recordemos a todos los cristianos que estamos llamados a poner en práctica esta recomendación de Nuestro Señor; sin olvidar, como el Santo Padre apunta en su mensaje, que se trata de algo muy desconocido en los momentos actuales. Por desgracia, con frecuencia, la gente habla mal de otros a sus espaldas, sin atreverse a manifestar cara a cara, con sentido sobrenatural, las faltas o defectos que deberían corregir. Y así, el vicio de la murmuración causa estragos en la convivencia familiar y en la sociedad.

Empeñémonos en redescubrir —por parte de todos— la importancia de la lealtad, virtud humana fundamental en las relaciones de unos con otros, en la vida social, profesional, etc. En este sentido, la práctica de la corrección fraterna —con las necesarias medidas de prudencia y caridad— resulta particularmente necesaria. San Josemaría, con realismo sobrenatural, afirmaba que todos estamos llenos de defectos, que cada uno de nosotros ve, contra los que procuramos luchar; pero hay otros muchos defectos que no vemos (…), y de esos nos indican algunos en la corrección fraterna (…). Y lo hacen porque nos quieren, porque la nuestra es una convivencia de familia cristiana, llena de cariño.

Convivir con todos: y convivir quiere decir quererse, comprender, disculpar. Pero hay cosas que —aun disculpándolas— no debemos pasarlas por alto; ésas son las que debemos manifestar en la corrección fraterna a cada uno.

Esta recomendación de raíz evangélica reviste particular importancia cuando está en juego la fidelidad a Dios. Por eso, escribe el Papa, es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecuan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Ciertamente, ayudar a los demás en esos puntos resulta siempre difícil. Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero, hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos. Y, en otro momento, añadía nuestro Padre: cuesta; más cómodo es inhibirse; ¡más cómodo!, pero no es sobrenatural. —Y de estas omisiones darás cuenta a Dios.

Cuando recibáis estas líneas estaré haciendo el curso de retiro espiritual. Os pido que encomendéis sus frutos: que me convierta al Señor una vez más, para mejor servir a la Iglesia, a la Obra, a mis hijas y a mis hijos, y a todas las almas; uníos —insisto— a mis intenciones. Por estas mismas fechas también en la Curia Romana se tienen los ejercicios espirituales, a los que asiste el Papa con sus más próximos colaboradores: otro buen momento para que redoblemos la petición por su Persona y sus intenciones, que con tanta frecuencia os reitero. Encomendadle al Señor especialmente durante su viaje pastoral a México y a Cuba, del 23 al 29 de marzo, para que los frutos apostólicos sean muy abundantes.

Aunque de modo sumario, no quiero dejar de recordaros las fiestas y aniversarios de familia de las próximas semanas. El día 11 es el aniversario el nacimiento del queridísimo don Álvaro, y el 23 el de su dies natalis, su marcha a la casa del cielo. El 19 la solemnidad de san José, patrono de la Iglesia y de la Obra. Luego viene la Anunciación de Nuestra Señora, que este año se celebra litúrgicamente el 26 de marzo. Y el día 28 recordaremos un nuevo aniversario de la ordenación sacerdotal de san Josemaría. Con la intercesión de nuestra Madre, si recorremos estas fechas con afanes sinceros de mejora, las gracias de conversión propias de la Cuaresma alcanzarán más fácilmente su objetivo.

Os confieso que a diario me consume una impaciencia: querría ir a todos los sitios donde trabajáis. Y me acuerdo de aquel comentario de san Josemaría: ¿y por qué se queda en Roma?, podría preguntar alguno. Porque debo hacerlo, concluía. Y añado yo: ¡qué cerca estaba de todas y de todos!

Con estos deseos de profunda renovación interior y de un acrecentado afán apostólico, os bendice

vuestro Padre
+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2012.

Misal Romano, Domingo I de Cuaresma, Evangelio (B) (Mc 1, 15).
Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 22-II-2012.
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 58.
Hb 10, 24.
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012, 3-XI-2011.
Mt 18, 15.
Prv 9, 8-9.
Prv 10, 17.
Gal 6, 1.
Cfr. 2 Ts 3, 15.
Hb 12, 11.
St 5, 19-20.
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012, 3-XI-2011.
San Josemaría, Forja, n. 566.
San Josemaría, noviembre de 1964.
San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-XI-1958.
San Josemaría, Forja, n. 147.
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012, 3-XI-2011.
San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-XII-1962.
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012, 3-XI-2011.
San Josemaría, Forja, n. 641.
Ibid., n. 146.