Carta del Prelado (noviembre 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de pocas semanas termina el Año de la fe: el Santo Padre lo clausurará el próximo día 24, en la solemnidad de Cristo Rey. En esta circunstancia os invito a releer unas palabras que escribió nuestro Padre en una de sus homilías: al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios?[1].

La solemnidad de Todos los Santos, que celebramos hoy, y la conmemoración de los fieles difuntos, mañana, constituyen una invitación a tener presente nuestro destino eterno. Estas fiestas litúrgicas reflejan los últimos artículos de fe. En efecto, «el Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna»[2].

En pocas palabras, el Credo resume los novísimos o postrimerías, las cosas últimas —a nivel individual y a nivel colectivo— que acaecerán a cada persona y al universo entero. Ya la recta razón es capaz de intuir que, tras la vida terrena, hay un más allá en el que se restablecerá plenamente la justicia, tantas veces violada aquí abajo. Pero sólo a la luz de la revelación divina —y, especialmente, con la claridad de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo— estas verdades adquieren contornos nítidos, aunque continúen envueltas en un velo de misterio.

Gracias a las enseñanzas de Nuestro Señor, las realidades últimas pierden el sentido tétrico y fatalista que muchos hombres y mujeres han tenido y tienen a lo largo de la historia. La muerte corporal es un hecho evidente a todos, pero en Cristo adquiere un sentido nuevo. No es sólo una consecuencia de ser criaturas materiales, con un cuerpo físico que naturalmente tiende a la disgregación, y no se queda tan sólo —como ya revelaba el Antiguo Testamento— en un castigo del pecado. Escribe san Pablo: para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia. Y en otro momento añade: podéis estar seguros: si morimos con Él, también viviremos con Él[3]. «La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor»[4].

La Iglesia es Madre en todo momento. Nos regeneró en las aguas del Bautismo comunicándonos la vida de Cristo y, al mismo tiempo, la promesa de la inmortalidad futura; luego, mediante los demás sacramentos —especialmente la Confesión y la Eucaristía— se ocupó de que ese “estar” y “caminar” en Cristo se desarrollara en nuestras almas; después, cuando llega la enfermedad grave y, sobre todo, en el trance de la muerte, se inclina de nuevo sobre sus hijas e hijos y nos fortalece mediante la Unción de los enfermos y la Comunión a manera de viático: nos provee de todo lo necesario para afrontar llenos de esperanza y de paz gozosa ese último viaje que terminará, con la gracia de Dios, en los brazos de nuestro Padre celestial. Se explica así que san Josemaría, como tantos santos antes y después de él, hablando de la muerte cristiana, haya escrito unas palabras claras y optimistas: no tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte![5].

Me viene el pensamiento de tantas personas —mujeres y hombres del Opus Dei, y parientes suyos, amigos y cooperadores— que en estos momentos están a punto de rendir el alma a Dios. Para todas y para todos pido la gracia de un tránsito santo, lleno de paz, en estrecha identificación con Jesucristo. El Señor resucitado es la esperanza que nunca decae, que no defrauda (cfr. Rm 5, 5) (…). Cuántas veces en nuestra vida las esperanzas se desvanecen, cuántas veces las expectativas que llevamos en el corazón no se realizan. Nuestra esperanza de cristianos es fuerte, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel[6].

Os propongo que, a lo largo de este mes dedicado a los fieles difuntos, releáis y meditéis los párrafos que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a los novísimos. Sacaréis motivos de esperanza y de optimismo sobrenatural, y un impulso nuevo en la pelea espiritual de cada jornada. Incluso las visitas a los cementerios, que en estas semanas se repiten como una tradición piadosa en muchos lugares, pueden convertirse en ocasiones para que quienes tratamos apostólicamente consideren las verdades eternas, y busquen más y más a este Dios nuestro que nos sigue y nos llama con ternuras de Padre.

Con la muerte concluye el tiempo de realizar buenas obras y de merecer ante Dios, e inmediatamente tiene lugar el juicio personal de cada uno. En efecto, forma parte de la fe de la Iglesia que «cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre»[7].

La materia principal de este juicio versará sobre el amor a Dios y al prójimo, manifestado en el cumplimiento fiel de los mandamientos y de los deberes de estado. Hoy día, mucha gente elude considerar esta realidad, como si así pudieran evitar el justo juicio de Dios, que siempre está impregnado de misericordia. Los hijos de Dios no debemos tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, como se expresaba san Josemaría. Si estamos firmemente anclados en nuestra fe; si acudimos al Señor, contritos, en el sacramento de la Penitencia, después de haberle ofendido o para purificar nuestras imperfecciones; si recibimos con frecuencia el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, no habrá lugar para temer ese momento. Consideremos lo que escribió nuestro Padre hace muchos años: “Me hizo gracia que hable usted de la «cuenta» que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo[8].

Además —y es para llenarse de mayor gozo—, tampoco después de la muerte la Iglesia abandona a sus hijos: en cada Misa intercede, como buena Madre, por las almas de los fieles difuntos, para que sean admitidas en la gloria. Especialmente en noviembre, su solicitud le impulsa a intensificar los sufragios. En la Obra —partecica de la Iglesia— hacemos amplio eco a ese deseo, cumpliendo con cariño y agradecimiento las recomendaciones de san Josemaría para estas semanas, ofreciendo con generosidad el Santo Sacrificio y la Sagrada Comunión por los fieles del O
pus Dei, por nuestros parientes y cooperadores difuntos, y por todas las almas del Purgatorio. ¿Veis cómo la consideración de los novísimos no tiene nada de triste, sino que es fuente de gozo sobrenatural? Con plena confianza aguardamos la llamada definitiva de Dios y la consumación del mundo en el último día, cuando Cristo vendrá acompañado de todos los ángeles a tomar posesión de su reino. Entonces tendrá lugar la resurrección de todos los hombres y de todas las mujeres que han poblado la tierra, desde el primero hasta el último.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que éste «ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana»[9]. Por eso, desde el principio, encontró incomprensiones y oposiciones. Ocurre que «se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?»[10]. Y realmente así sucederá al final de los tiempos, por la omnipotencia de Dios, como afirma explícitamente el Símbolo Atanasiano: «Todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuenta de sus propios hechos. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno»[11].

La condescendencia amorosa de nuestro Padre Dios causa maravilla. Nos creó como seres compuestos de alma y cuerpo, de espíritu y materia, y es su designio que así volvamos a Él, para gozar eternamente de su bondad, de su belleza, de su sabiduría, en la vida futura. Una criatura nos ha precedido en esta resurrección gloriosa, por singular designio del Señor: la Santísima Virgen, Madre de Jesús y Madre nuestra, asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo. ¡Otro motivo más de esperanza y de confiado optimismo!

Tengamos muy presentes estas promesas divinas, que no pueden fallar, sobre todo en los momentos de dolor, de cansancio, de sufrimiento… Fijaos cómo se expresaba san Josemaría, predicando en una ocasión sobre los novísimos: Señor, creo que resucitaré; creo que mi cuerpo volverá a unirse con mi alma, para reinar eternamente contigo: por tus méritos infinitos, por la intercesión de tu Madre, por la predilección que has tenido conmigo[12]. Deseo que no penséis que esta carta es, en el menor grado, pesimista; al contrario, nos trae a la memoria que nos aguarda el abrazo de Dios, si somos fieles.

Después de la resurrección de los muertos tendrá lugar el juicio final. Nada cambiará respecto a lo que ya fue decidido en el juicio particular, pero entonces «nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final —concluye el Catecismo de la Iglesia Católica— revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte»[13].

Naturalmente, nadie sabe cuándo ni cómo sobrevendrá este último acontecimiento de la historia, ni la renovación del mundo material que lo acompañará: es algo que Dios tiene reservado en su providencia. A nosotros nos corresponde velar, porque —como muchas veces anunció el Señor— no sabéis el día ni la hora[14].

En una de las catequesis sobre el Credo, el Papa Francisco exhorta a que la meditación del juicio jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor[15]. La meditación de las verdades eternas se hace más sobrenatural en nosotros por el santo temor de Dios, don del Espíritu Santo que nos impulsa —como comentaba san Josemaría— a aborrecer el pecado en todas sus formas, pues es lo único que puede alejarnos de los planes misericordiosos de nuestro Padre Dios.

Hijas e hijos míos, consideremos a fondo estas verdades últimas. Aumentará así nuestra esperanza, nos llenaremos de optimismo ante las dificultades, nos levantaremos una y otra vez de nuestras pequeñas o no tan pequeñas caídas —Dios no nos niega su gracia—, ante el pensamiento de la bienaventuranza eterna que Jesucristo nos ha prometido, si le somos fieles. «Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha»[16].

El cielo: “ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman”.

¿No te empujan a luchar esas revelaciones del apóstol?[17].

Me atrevo a añadir: ¿piensas con frecuencia en el cielo? ¿Eres persona llena de esperanza, pues el Señor te ama con su infinitud? Elevemos el corazón a la Santísima Trinidad, que no deja ni dejará jamás de acompañarnos.

Recibisteis la noticia de que el 18 de octubre el Santo Padre me recibió en audiencia. ¡Qué bien se está con el Papa! Manifestó su afecto y su agradecimiento a la Prelatura por la labor apostólica que realiza en todo el mundo. Un motivo más, hijas e hijos míos, para que no aflojemos en la oración por su persona, sus intenciones, sus colaboradores. Hace pocos días leíamos en una de las lecturas de la Misa cómo Aarón y Jur sostuvieron los brazos de Moisés desde la mañana hasta la noche, para que el guía de Israel pudiera interceder sin cansancio por su pueblo[18]. Es tarea nuestra y de todos los cristianos sostener al Romano Pontífice, con nuestra oración y con nuestras mortificaciones, en el cumplimiento de la misión que Jesucristo le ha encomendado en la Iglesia.

El próximo día 22 se cumple un nuevo aniversario de cuando san Josemaría, durante la travesía de los Pirineos en 1937, encontró la rosa de Rialp. Ocurrió en la jornada siguiente a la fiesta de la Presentación de Nuestra Señora, y nuestro Padre interpretó aquel hallazgo como una señal de que el Cielo quería que continuase su camino, para seguir desarrollando libremente su ministerio sacerdotal en lugares donde se respetaba la libertad religiosa: otra invitación de la Virgen a que la tratemos más.

Seguid rezando por mis intenciones. En estos días, encomendad especialmente a los hermanos vuestros que el día 9 recibirán el diaconado. Preparémonos para la solemnidad de Cristo Rey con la esperanza y el optimismo que la meditación de las verdades eternas hace crecer en nuestros corazones. Y demos gracias a Nuestro Señor por el nuevo aniversario de la erección pontificia de la Prelatura del Opus Dei, el próximo día 28.

Con todo cariño, os bendice

                                                                          vuestro Padre
                                                                          + Javier

Roma, 1 de noviembre de 2013.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 129.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 988.

[3] Flp 1, 21 y 2 Tm 2, 11.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1010.

[5] San Josemaría, Camino, n. 739.

[6] Papa Francisco, Discurso en la audiencia general, 10-IV-2013.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022,

[8] San Josemaría, Camino, n. 168.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 991.

[10] Ibid., n. 996.

[11] Símbolo Quicúmque o Atanasiano, 38-39.

[12] San Josemaría, Notas de una meditación, 13-XII-1948.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1040.

[14] Mt 25, 13.

[15] Papa Francisco, Discurso en la audiencia general, 24-IV-2013.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1024.

[17] San Josemaría, Camino, n. 751.

[18] Cfr. Ex 17, 10-13.

Carta del Prelado (marzo 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estoy conmovido al fechar esta carta el 1 de marzo, primer día de sede vacante en la Iglesia tras la renuncia de Benedicto XVI al Supremo Pontificado. Desde que anunció esta decisión, el pasado 11 de febrero, han acudido a mi mente con frecuencia las palabras del profeta: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (…). Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos[1].

Lo estamos experimentando una vez más en los momentos actuales, como para dejar claro —si fuera necesario— que el Paráclito es quien guía a la Iglesia. Nuestro Señor necesita —lo ha querido así— instrumentos humanos que le hagan visible ante la comunidad de los creyentes; pero es siempre Él, Jesús, el Pastor supremo, quien cuida a los pastores y a los fieles: los fortalece en la fe, los defiende de los peligros, los ilustra con sus luces, les suministra el alimento oportuno para que no desfallezcan en el curso de su peregrinación hacia la patria del Cielo.

Por eso, también inmediatamente han venido a mi corazón aquellas palabras de Jesús, dirigidas a los Apóstoles y a los discípulos de todos los tiempos, cuando se acercaba el momento de ausentarse visiblemente de la tierra: nos os dejaré huérfanos (…). Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre[2]. El Señor no nos quiere huérfanos. Al subir el Maestro a la diestra del Padre, confió a Pedro el timón de su barca, y esa concatenación no se pierde, porque después de un pontificado viene otro, según la promesa de Cristo a Simón: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3]. La palabra de Cristo no puede fallar. Pero —con todos los católicos— hemos de rezar, rezar y rezar, como sugerí a vuestros hermanos nada más conocer esta noticia. Dios cuenta con nuestra plegaria por el cónclave que se reunirá dentro de pocos días y por el nuevo Romano Pontífice que el Señor, en su providencia, haya preparado.

Os transcribo lo que decía nuestro Padre en momentos de sede vacante, en 1958: quería hablaros una vez más de la próxima elección del Santo Padre. Conocéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, amamos con todas las veras de nuestra alma al Papa, quienquiera que sea. Por eso, al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda la vida.

Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso ofrecemos a Nuestro Señor por el Papa que viene, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración[4].

Mientras esperamos llenos de fe el resultado del cónclave, agradezcamos a la Santísima Trinidad los ocho años de pontificado de Benedicto XVI, en los que ha ilustrado de modo admirable, con su magisterio, a la Iglesia y al mundo. No me detengo a describir los variados campos en los que lo ha ejercido; destacaré sólo cómo ha invitado a todos —a creyentes y no creyentes, con fuerza nueva y gran claridad— a redescubrir a Dios, Creador y Redentor del mundo, que es sobre todo Amor, y a valorar a la criatura humana en cuanto creada a imagen de Dios y, por tanto, digna de todo respeto. Ha puesto de relieve cómo la fe y la razón, lejos de oponerse una a otra, pueden cooperar juntas a un mayor conocimiento de Dios y a una más profunda comprensión del hombre. Ha mostrado cómo es posible caminar hacia la amistad divina, destacando el sentido profundo de la adoración a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ha impulsado con decisión el ecumenismo, con la mirada puesta en la anhelada unión de los cristianos. Ha indicado las vías para la verdadera renovación de la Iglesia, siguiendo las líneas trazadas por el Concilio Vaticano II en continuidad fiel con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por esto, y por muchos otros servicios que no es posible mencionar ahora, los cristianos —también los demás hombres y mujeres de buena voluntad— hemos adquirido una deuda de gratitud con Benedicto XVI; un débito que sólo es posible pagar rezando por su persona e intenciones, correspondiendo a lo que él ha asegurado que hará por nosotros. Pienso que, en estos momentos, nos hacemos cargo de que le hemos amado mucho y deseamos continuar así: porque sólo con amor se paga la paternidad fiel con que nos ha cuidado. Aprovechemos estas circunstancias para preguntarnos: ¿vivo a diario la jaculatoria omnes cum Petro ad Iesum per Maríam? ¿Con qué fuerza y atención rezo la oración de las Preces por el Papa?

Al hilo de las sugerencias de la Carta apostólica Porta fídei, avancemos en la consideración de los artículos del Credo en este Año de la fe. Os invito a profundizar en otra de las verdades que confesamos cada domingo. Después de manifestar nuestra fe en la Encarnación, se nos impulsa a recordar la Pasión, Muerte y Sepultura de Nuestro Señor Jesús: hechos históricos realmente sucedidos en un lugar y en un tiempo determinados, como certifican no sólo los evangelios, sino muchas otras fuentes. A la vez, estos auténticos acontecimientos, por su significado y sus efectos, sobrepasan las meras coordenadas históricas, pues se trata de eventos salvíficos, es decir, portadores de la salvación operada por el Redentor.

La Pasión y Muerte del Señor, así como su Resurrección, profetizadas en el Antiguo Testamento, encierran una finalidad y un sentido sobrenatural únicos. No fue un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo encarnado, quien se inmoló en la Cruz por todos, en expiación de nuestros pecados. Y ese único sacrificio de reconciliación se hace presente en nuestros altares, de modo sacramental, cada vez que se celebra la Santa Misa: ¡con qué piedad diaria hemos de celebrar o participar en el Santo Sacrificio!

Meditemos con calma el Credo. El llamado “Símbolo de los Apóstoles”, que se puede rezar especialmente durante la Cuaresma, afirma que Nuestro Señor Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos[5]. Lo mismo —con ligeras variantes— enseña el símbolo de fe que habitualmente se reza en la Misa, siguiendo la formulación de los primeros Concilios ecuménicos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo atestigua san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23)»[6].

Lo había advertido antes el mismo Jesús: por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre[7]. De este modo, el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres (…). Este fuego, este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén. A lo largo de los tres años que con Él convivieron los discípulos, le oyen repetir incansablemente que su alimento es hacer la voluntad de Aquel que le envía (cfr. Jn 4, 34). Hasta que, a media tarde del primer Viernes Santo, se concluyó su inmolación. Inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Jn 19, 30). Con estas palabras nos describe el apóstol San Juan la muerte de Cristo: Jesús, bajo el peso de la Cruz con todas las culpas de los hombres, muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados[8].

¡Qué agradecimiento debemos tener a Nuestro Señor, por el amor inconmensurable que nos ha demostrado! Libremente y por amor ha ofrecido el sacrificio de su vida, no sólo por la humanidad tomada en su conjunto, sino por cada una, por cada uno de nosotros, como expone san Pablo: diléxit me et trádidit seípsum pro me[9], me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí. Más aún. Con expresión fuerte, el mismo Apóstol apunta el colmo del amor redentor de Jesucristo, al afirmar: a Él, que no conoció pecado, [Dios Padre] lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en Él justicia de Dios[10].

A este propósito, decía Benedicto XVI en una audiencia: ¡qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio! Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo y signo de distancia con respecto a nosotros. Al contrario, “se despojó de su rango”, asumiendo la miserable y débil condición humana[11].

«En su designio de salvación —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica—, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Cor 15, 3), sino también que “gustase la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó»[12]. Así se puso de manifiesto, con mayor evidencia aún, la realidad de la muerte de Jesús y la extensión de la buena nueva de la salvación a las almas que se hallaban en el “sheol” o “infierno”; así denomina la Escritura al estado en que se encontraban todos los difuntos, privados de la visión de Dios porque aún no se había llevado a cabo la Redención. Pero ese “descenso” de Cristo tuvo efectos desiguales: «Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido»[13]: una muestra más de la justicia y la misericordia de Dios, que hemos de valorar y agradecer.

Se acerca la Semana Santa; busquemos sacar aplicaciones personales de las escenas que la liturgia nos mueve a considerar. Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro[14], invitaba san Josemaría. Detengámonos sin prisa en los últimos momentos del paso de Nuestro Señor por la tierra. Porque en la tragedia de la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera historia humana. La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[15].

Preparémonos ya para asistir con honda devoción a la liturgia del Triduo pascual. Cada uno, además, puede fijarse otros modos concretos para aprovechar mejor esas jornadas. Junto a las numerosas manifestaciones existentes de religiosidad popular, como las procesiones, los ritos penitenciales, no olvidemos que hay un ejercicio de piedad, el “vía crucis”, que durante todo el año nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la Cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con Él[16].

Revivamos con piedad el vía crucis durante la Cuaresma, cada uno del modo que más le ayude: lo importante se centra en meditar con amor y agradecimiento la Pasión del Señor. Desde la oración en Getsemaní hasta la muerte y sepultura, los evangelios nos ofrecen abundante materia para la oración personal. También nos pueden servir las consideraciones de los santos y de muchos autores espirituales. Escuchemos la sugerencia de san Josemaría: Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate[17]. Atrevámonos a decir: Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertátem glóriæ filiórum Dei, en la libertad y la gloria de los hijos de Dios[18].

De este modo abriremos más y más el alma para recibir con fruto las gracias que Jesús nos ha traído con su gloriosa Resurrección y prepararemos el pontificado del próximo Papa. Apoyemos con nuestras oraciones y sacrificios la tarea de los cardenales reunidos en el cónclave para elegir al sucesor de san Pedro, a quien ya amamos con toda el alma: esta intención puede ser clave para nuestra presencia de Dios en el tiempo de sede vacante.

Necesito añadir, para terminar, que días atrás realicé un rápido viaje a Vilnius, capital de Lituania, donde además de reunirme con los fieles de la Prelatura y con otras personas, recé —en dos ocasiones físicamente y con constancia durante la jornada— ante la imagen de la Virgen de la Puerta de la Aurora, a la que con tanta devoción veneran en aquellas tierras. Encomendé especialmente el momento actual de la Iglesia; también vosotras y vosotros estuvisteis muy presentes en mi oración. De regreso a Roma, comencé, como todos los años, el curso de retiro espiritual en la primera semana de Cuaresma. También durante esos días me acordé de todos y de cada uno, encomendando vuestras necesidades espirituales y materiales, especialmente a las enfermas y a los enfermos. Amad mucho —cuidadla— la unidad de la Obra, acudiendo a la protección de san José.

En unión de oraciones y de sacrificios, apoyados en los de Benedicto XVI, con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2013

© Prælatura Sanctæ Crucis et Operis Dei

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[1] Is 55, 8-9.

[2] Jn 14, 18 y 16.

[3] Mt 16, 18.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-X-1958.

[5] Misal Romano, Símbolo apostólico.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 599.

[7] Jn 10, 17-18.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[9] Gal 2, 20.

[10] 2 Cor 5, 21.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624.

[13] Ibid., n. 633.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[15] Ibid., n. 96.

[16] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 4-IV-2007.

[17] San Josemaría, Vía Crucis, prólogo.

[18] Ibid.

Carta Pastoral (febrero 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al considerar el inmenso amor de Dios a los hombres, que se manifiesta sobre todo en el misterio de la Encarnación, nos quedamos removidos: así comienza nuestro Padre su homilía “Hacia la santidad”[1], y pienso que también nosotros deseamos asumir esa disposición interior al recitar el Credo. ¡Con qué gratitud lo confesamos, al afirmar que el Verbo eterno de Dios tomó carne en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre! Al compás de estas palabras nos inclinamos profundamente —en dos ocasiones al año, nos arrodillamos—, porque el velo que escondía a Dios, por decirlo así, se abre y su misterio insondable e inaccesible nos toca: Dios se convierte en el Emmanuel, “Dios con nosotros”. Cuando escuchamos las Misas compuestas por los grandes maestros de música sacra —decía el Santo Padre en una reciente audiencia— (…) notamos inmediatamente cómo se detienen de modo especial en esta frase, casi queriendo expresar con el lenguaje universal de la música aquello que las palabras no pueden manifestar: el misterio grande de Dios que se encarna, que se hace hombre[2].

En las semanas anteriores, hemos seguido los pasos de Jesús en la tierra ayudados por la liturgia: primero en el taller de Nazaret y luego por los caminos de Judea y Galilea. Os sugiero que ahora, al meditar en este gran misterio del Dios hecho hombre, nos detengamos en los diversos momentos de la vida terrena del Señor. Porque Jesús no sólo tuvo un verdadero nacimiento humano en Belén, sino que anduvo entre nosotros durante más de treinta años, conduciendo una existencia plenamente humana. San Josemaría nos movía a agradecerle que haya tomado nuestra carne, asumirla con todas sus consecuencias; e insistía: Dios no se ha vestido de hombre: se ha encarnado[3]. El Concilio Vaticano II nos recuerda que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[4].

Mientras pensamos en la vida del Señor, es muy importante recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cfr. 1 Jn 1, 1-4)[5]. Ahondemos, pues, con el auxilio de la gracia, en las consecuencias de ese hacerse Dios hombre perfecto: Jesús nos da ejemplo de cómo comportarnos en todo momento —de acuerdo con la dignidad que nos ha alcanzado— como verdaderos hijos de Dios. Durante el año litúrgico, rememoraremos nuevamente, con un sentido nuevo, sus principales enseñanzas. Tratemos de asimilarlas personalmente, procurando reproducirlas en nuestra existencia cotidiana: éste es el camino seguro —no hay otro— para alcanzar la santidad a la que el Señor llama a todos los cristianos. Él mismo señaló en el Evangelio: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…); nadie va al Padre si no es a través de mí[6].

Desde muy joven, a quienes se acercaban a su labor pastoral —y a los que él mismo buscaba para llevarlos al Señor, porque no caben pausas en el apostolado—, san Josemaría les mostraba la senda para seguir a Cristo en la vida ordinaria. Dios le concedió una luz especial para descubrir el contenido salvífico de la existencia de Cristo en Nazaret, que —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana»[7]. Lo afirmó expresamente Benedicto XVI al reconocer que en la conducta y en los escritos de nuestro Fundador brilla con fuerza particular un rayo de la luz divina contenida en el Evangelio, precisamente por haber enseñado que la santidad puede y debe alcanzarse en las circunstancias normales de la existencia cristiana[8], compuesta de horas de trabajo, de dedicación a la familia, de relaciones profesionales y sociales…

En efecto, Dios puso en el corazón de san Josemaría el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana[9]. Y le iluminó para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[10]. Su espíritu es una guía segura para quienes desean encontrar a Cristo, ir tras de Él y amarle en medio de los afanes terrenos, en todas las encrucijadas de la tierra.

El misterio de la Encarnación nos habla de la entrega de Dios a toda la humanidad. El Verbo divino, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros (…), asumió nuestra humanidad para darnos su divinidad. Éste es el gran don. También en nuestro donar —explica el Santo Padre— no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra dar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de la entrega de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha dado a sí mismo en su Hijo unigénito[11]. Y lo mismo espera de cada una, de cada uno.

A mediados de mes comienza la Cuaresma, un tiempo especialmente adecuado para revisar nuestro comportamiento y mirar si estamos siendo generosos con Dios y con los demás por Dios. En la segunda lectura del Miércoles de Ceniza, el Apóstol de las gentes nos dice de parte del Señor: en el tiempo favorable te escuché. Y en el día de la salvación te ayudé. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación[12]. Más adelante, en la misma epístola, nos impulsa a servir a Dios en todo momento: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; (…) en fatigas, desvelos y ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con bondad, en el Espíritu Santo, con caridad sincera[13].

Estas palabras del Apóstol —escribió san Josemaría— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.

Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.

El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios[14].

Antes de proseguir, me parece necesario que nos detengamos a pensar: ¿me preparo para vivir esas semanas de modo penitente? ¿Deseo adentrarme en el holocausto de Jesucristo? ¿Rechazo todo miedo a la mortificación?

Enfocar de este modo cristiano —como acabo de mencionar, citando a nuestro Padre— las vicisitudes de la existencia, en las que muchas veces se manifiestan el sufrimiento y los límites de la criatura, es el único modo de entender a fondo la realidad de la condición humana. Para encontrar sentido a las preocupaciones e incluso angustias que puedan producir las penalidades de la vida —el dolor, la falta de trabajo, la enfermedad, la muerte…—, se necesita una fe sincera en el amor infinito de Dios. Sólo a la luz del Verbo encarnado, todo encuentra sentido. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que da la respuesta completa a la pregunta: “¿Quién es el hombre?”. Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano[15].

Lo expresó con claridad el último Concilio ecuménico: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[16].

Hijas e hijos míos, insisto una vez más: pongamos empeño para sacar mucho provecho de la lectura del Evangelio; y, para eso, meditemos a fondo los episodios de la vida de Nuestro Señor. San Josemaría nos pidió siempre que no leyéramos esos pasajes como si fueran ajenos a nosotros, sino entrando en las escenas como un personaje más, con nuestras flaquezas y nuestros deseos de mejora, llenándonos de asombro ante la Humanidad Santísima de Jesucristo y apoyándonos en su fortaleza divina.

Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo[17].

En las primeras semanas del Tiempo ordinario, y luego en la Cuaresma, la Iglesia nos presenta escenas en las que resaltan tanto la divinidad como la humanidad del Señor. Junto a los grandes milagros que ponen de manifiesto su naturaleza divina, somos también testigos de la realidad de su naturaleza humana: pasaba hambre y sed, se agotaba físicamente en las largas caminatas de un lugar a otro, se llenaba de alegría al encontrar corazones que se abrían a la gracia y se colmaba de pena cuando otros se resistían. Comentando uno de esos momentos, por ejemplo, san Josemaría exclamaba: tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perféctus Deus, perféctus homo (Símbolo Quicúmque), perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo[18].

Si perseveramos en este camino, desde Nazaret hasta la Cruz, se abrirán para nosotros las puertas de la vida divina en toda su amplitud. Porque tratando a Cristo hombre, aprendemos a tratar a Cristo Dios y, en Él y por Él, al Padre y al Espíritu Santo: al Dios uno y trino. Aseguraba nuestro Fundador que, en la senda de la santidad, llega un momento en el que el corazón precisa distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! 19].

Y añade san Josemaría: ¿Ascética? ¿Mística? No me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor —lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo— es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta[20].

A mediados de este mes, casi coincidiendo con el comienzo de la Cuaresma, es el aniversario de aquellas dos intervenciones de Dios en el camino de la Obra, el 14 de febrero de 1930 y de 1943: ¡setenta años de esta cercanía del Cielo al Opus Dei! En esa jornada de acción de gracias, deseamos que nuestra oración llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen, nuestra Madre, a la que veneramos especialmente con el título de Mater Pulchræ Dilectiónis, Madre del Amor Hermoso, con el que le honra la Iglesia y que tanto agradaba a nuestro Padre.

Pocos días después, el 19, el queridísimo don Álvaro celebraba su santo. Apoyándonos en que la Iglesia ha reconocido que practicó de modo heroico todas las virtudes, acudamos a su intercesión, pidiendo a Dios que también nosotros sepamos recorrer fielmente la senda de nuestra vocación cristiana, buscando, encontrando y amando a Jesucristo en las circunstancias que entretejen cada una de nuestras jornadas. Gracias a Dios, la historia de la Obra también tiene otros aniversarios, que —estoy seguro— viviréis con la actualidad de cuando ocurrieron: no permitamos, como nos avisaba nuestro Padre, que se queden en simples recuerdos, como si se tratara de sucesos antiguos, ya consignados a la historia.

Con todo cariño, os bendice y os pide oraciones

vuestro Padre

+ Javier

 

Roma, 1 de febrero de 2013.

[1] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 294.

[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2013.

[3] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

[4] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[6] Jn 14, 6.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 533.

[8] Cfr. Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

[10] Oración a san Josemaría.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[12] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Segunda lectura (2 Cor 6, 2).

[13] 2 Cor 6, 4-6.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 60.

[15] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[16] Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, n. 22.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 50.

[19] Ibid., n. 306.

[20] Ibid., n. 308.

Del Prelado del Opus Dei, carta enero 2013

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

A lo largo de las santas fiestas de la Navidad, nos hemos acercado muchas veces a la gruta de Belén para contemplar a Jesús en brazos de su Madre. Hemos ido para adorarle, movidos también por el deseo de representar de algún modo a la humanidad entera. Y hoy, al comenzar el nuevo año, leemos con emoción en la segunda lectura de la Misa unas palabras de san Pablo: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos[1].

En nuestras almas crece el afán de comunicar a todo el mundo esta buena nueva, como repetía, ¡con novedad!, nuestro Padre, al llegar estas fiestas del nacimiento del Señor. Querríamos que le trataran muy bien en todos los rincones, que le recibieran con cariño en el mundo entero. Y habremos procurado cubrir el silencio indiferente de los que no le conocen o no le aman, entonando villancicos, esas canciones populares que cantan pequeños y grandes en todos los países de vieja tradición cristiana. ¿Os habéis fijado que siempre hablan de ir a ver, a contemplar, al Niño Dios? Como los pastores, aquella noche venturosa: vinieron a toda prisa, y hallaron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre (Lc 2, 16)[2].

Llenos de asombro, hemos contemplado en los días pasados esta gran manifestación de la benevolencia divina. ¡No cesemos de asombrarnos! Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido[3]. Por eso, además de imitar a los pastores que acudieron con prontitud a la gruta, podemos fijarnos en el ejemplo de los Magos, a quienes recordaremos en la próxima solemnidad de la Epifanía. Gracias a su fe humilde, aquellos hombres superaron las dificultades que encontraron en su prolongado viaje. Dios iluminó sus corazones para que, en la luz de una estrella, descubrieran el anuncio del nacimiento del Mesías. Fueron dóciles, y esa disponibilidad les condujo hasta Belén. Allí, entrando en el lugar donde se alojaba la Sagrada Familia, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra[4].

Seamos también nosotros dóciles a las mociones de la gracia, que nos llega por medio de los sacramentos; también en la oración personal, al meditar las escenas del evangelio, y al aceptar de buen grado los consejos de la dirección espiritual, tratando de ponerlos en práctica. Resulta totalmente lógica la exhortación de santo Tomás de Aquino: «Debido a la debilidad de la mente humana, y del mismo modo que necesita ser conducida al conocimiento de las cosas divinas, así requiere también ser conducida al amor como de la mano, por medio de algunas cosas sensibles que nos resultan fácilmente conocidas. Y entre éstas, la principal es la Humanidad de Jesucristo, según lo que decimos en el Prefacio de Navidad: “Para que conociendo a Dios visiblemente, seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles”»[5].

El Credo de la Misa expone con suma sencillez el misterio de la Encarnación redentora, al confesar que el Hijo de Dios, por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre[6]. En estas pocas palabras, que pronunciamos o cantamos acompañadas de una inclinación profunda, se narra el acontecimiento central de la historia, que nos ha abierto las puertas del Cielo. En ese texto, como en una filigrana, se escucha el eco de las tres narraciones de la Encarnación que nos transmiten los evangelios. San Mateo, al relatar la anunciación del misterio a san José, pone en boca del ángel los mismos términos referentes al Hijo de la Virgen María: le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados[7]. La encarnación y el nacimiento de Jesús manifiestan la infinita bondad divina: como no podíamos volver a Dios por nuestras propias fuerzas, a causa del pecado —el original y los personales—, Él salió a nuestro encuentro: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[8]. Os recuerdo aquella consideración de nuestro Padre, con la que nos urgía a vivir una fe actual, profunda: se termina perdiendo la fe, si no nos quedamos pasmados ante los misterios de Dios[9]. ¿Cuidamos con delicadeza el trato con Jesús? ¿Agradecemos esa omnipotencia del Señor que reclama nuestra sumisión, como prueba de amor?

Verbum caro factum est[10]. El Verbo de Dios no sólo se ha acercado para hablarnos, como antes en el Antiguo Testamento, sino que se ha hecho uno de nosotros, descendiente de Adán y Eva, al tomar carne y sangre de la Virgen María; igual en todo a nosotros excepto en el pecado[11]. Ha querido venir al mundo para enseñarnos que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas[12], y nos insta a que los recorramos santamente, con perfección sobrenatural y humana. ¡Qué infinita y maravillosamente se nos acerca el Dios con nosotros!

San Lucas, al narrar la anunciación a Nuestra Señora, recoge la conversación del Arcángel Gabriel con María, explicándole el designio de Dios: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios[13]. En Santa María converge la mirada amorosa de las tres Personas divinas, que la habían elegido desde la eternidad para ser la auténtica arca de la alianza, el refugio de los pecadores, porque en su seno purísimo iba a tomar carne humana el Hijo de Dios. Su respuesta inmediata y decidida —fiat mihi secúndum verbum tuum[14], hágase en mí según tu palabra— abrió paso a este gran y consolador misterio. Cada día, al recitar el Ángelus, conmemoramos ese momento singular de la historia de la salvación. ¿Con qué devoción surge nuestro rezo? ¿Damos gracias a Nuestra Señora desde el fondo del alma, por su entrega total al cumplimiento del designio divino? Saboreemos más y más la consideración de san Josemaría: ¡oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas![15].

Todas estas razones, y muchas más que cabría enumerar, se pueden resumir en una sola: «El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo, y recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”»[16].

Jesucristo es realmente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo del eterno Padre que ha asumido verdaderamente nuestra naturaleza humana, sin dejar de se
r Dios. Jesús no es un ser en parte divino y en parte humano, como una mezcla imposible de la divinidad y la humanidad. Es perféctus Deus, perféctus homo, como proclamamos en el Quicúmque o Símbolo Atanasiano. Esforcémonos por adentrarnos a fondo en esta verdad; pidamos al Paráclito que nos ilumine para captarla con más hondura, convirtiéndola en vida de nuestra vida, y para comunicarla con santo entusiasmo a los demás. No olvidemos que hemos de manifestar en todo momento, en cualquier circunstancia, el orgullo santo de ser hermanos de Jesús, hijos de Dios Padre en Cristo.

Considerémoslo una vez más: «La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios, engendrado de la misma sustancia del Padre antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre Santísima en el tiempo. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. Y, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona»[17].

Evidentemente nos encontramos ante un misterio tan esplendoroso que la razón queda deslumbrada al considerarlo. Sucede —y la analogía se queda muy pobre— como cuando alguien intenta mirar directamente al sol y debe apartar los ojos porque no cabe resistir a tanta luz. Ante el misterio de la Encarnación, no hay más alternativa que la que señalaba nuestro Padre: hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres[18].

Precisamente en la gruta de Belén se manifiesta no sólo la infinita caridad de Dios a sus criaturas, sino también su insondable humildad. Ese Niño que emite sus primeros vagidos, que tiene frío, que está necesitado del calor de María y de José, es el Dios todopoderoso y eterno, que, sin abandonar el Cielo para venir a la tierra, quiso despojarse de la gloria de su divinidad: siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres[19]. Ante tan maravillosa realidad, se entiende que nuestro Padre exclamara con frecuencia: ¿por qué me quieres tanto, Señor?

La paradoja cristiana —comenta Benedicto XVI— consiste precisamente en la identificación de la Sabiduría divina, es decir, el Logos eterno, con el hombre Jesús de Nazaret y con su historia. No hay solución a esta paradoja, si no es en la palabra “Amor”, que en este caso naturalmente se debe escribir con “A” mayúscula, pues se trata de un Amor que supera infinitamente las dimensiones humanas e históricas[20].

Para que quedase claro que la humildad resulta imprescindible para recibir la luz de la Encarnación, la Escritura nos cuenta que los primeros testigos del anonadamiento divino —aparte de María y de José— fueron unos pobres pastores que velaban sus rebaños en los alrededores de Belén; gente llana y poco considerada por los demás. El Señor se fijó en ellos porque «lo que atrae la benevolencia de Dios es sobre todo la humildad del corazón»[21]. El mismo Jesús, años más tarde, dará gracias a su Padre celestial: porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien[22].

También los Magos reconocieron al Mesías porque fueron sencillos, generosamente atentos al signo divino. Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios[23].

Recuerdo con emoción las veces que san Josemaría ponía ante nuestros ojos la escena del nacimiento del Señor. Hablaba de la cátedra de Belén, donde Jesús Niño nos imparte muchas lecciones; entre otras, y especialmente, la de la humildad, para que aprendamos a rendir nuestro orgullo y nuestra soberbia, contemplando al divino Infante. Admiremos además que, al fijarse en la Virgen María para hacerla Madre suya, le atrajo —hablando a lo humano— especialmente su humildad, su bajeza: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones[24].

Esta disposición, que hemos de pedir al Señor, no excluye la aspiración a lograr más eficacia en la tarea que nos ocupa a cada uno, poniendo todos los medios humanos a nuestro alcance para mejorar, para honrar a Dios con nuestro quehacer. Al contrario, como expone el Santo Padre, se trata de estudiar, de profundizar en los conocimientos manteniendo un espíritu de “pequeños”, un espíritu humilde y sencillo, como el de María, la “Sede de la Sabiduría”. ¡Cuántas veces hemos tenido miedo de acercarnos a la cueva de Belén porque estábamos preocupados de que pudiera ser obstáculo para nuestro espíritu crítico y para nuestra “modernidad”! En cambio, en esa cueva cada uno de nosotros puede descubrir la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, sobre sí mismo. En ese Niño, nacido de la Virgen, ambas verdades se han encontrado: el anhelo de la vida eterna por parte del hombre enterneció el corazón de Dios, que no se avergonzó de asumir la condición humana[25].

En esta batalla santa para que sólo Dios brille en nosotros, en nuestro trabajo, en nuestro apostolado, acudamos a la intercesión de nuestro Padre, especialmente el día 9, aniversario de su nacimiento, y el 13, aniversario de su bautismo, rogándole que nos obtenga más luces del cielo. No ceséis de rezar por la Iglesia y por el Papa, por los apostolados de la Obra, bien unidos a mis intenciones y conscientes de que necesitamos de la oración de nuestros hermanos los cristianos.

Gracias a Dios, la labor va creciendo en todas partes, pero hemos de llegar a más personas, a más ambientes, a nuevos lugares: Jesús nos lo reclama desde las pajas de Belén, porque desea que colaboremos con Él en la misión de la Iglesia de llevar la redención a todas las almas. He experimentado las hambres de Dios de tantas y tantas personas, también en mi reciente viaje a Verona —¡qué estupendamente bien se está con vosotros, con los demás!—, a mediados del mes pasado, y las “veo” en las noticias que recibo desde todas las partes del mundo.

Al comenzar el nuevo año, en esta solemnidad de la maternidad divina de María, y en las diferentes fechas que en este mes jalonan la historia de la Obra, invoco —acudiendo a nuestra Madre— la bendición del Señor sobre cada uno de vosotros y vuestras familias, sobre vuestros trabajos y vuestras labores de apostolado. Con todo cariño, os bendice

                                      
                                                vuestro Padre

                                                                                      + Javier

 

Roma, 1 de enero de 2013. 

Notas

[1] Misal Romano, Solemnidad de Santa María Madre de Dios, Segunda lectura (Gal 4, 4-5).

[2] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1973.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[4] Mt 2, 11.

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 82, a. 3 ad 2.

[6] Misal Romano, Ordinario de la Misa, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[7] Mt 1, 21.

[8] Jn 3, 16.

[9] San Josemaría, Notas de una conversación, 25-X-1973.

[10] Jn 1, 14.

[11] Cfr. Hb 4, 15.

[12] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[13] Lc 1, 35.

[14] Lc 1, 38.

[15] San Josemaría, Camino, n. 512.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica. n. 460. La cita proviene de san Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 3, 19, 1 (PG VII/1, 939).

[17] Símbolo Quicúmque 30-36 (Denz. 76).

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[19] Flp 2, 6-7.

[20] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

[21] Beato Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 6-XI-1996.

[22] Mt 11, 25-26.

[23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.

[24] Lc 1, 48.

[25] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

Carta del Prelado del Opus Dei (diciembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En la víspera de mi viaje al Principado de Andorra, dejé preparada esta carta para que se os enviara el primero de diciembre. He venido a esta tierra, invitado por el Arzobispo, para participar en la celebración del 75º aniversario de la llegada de san Josemaría a este país, tras haberse evadido -con una clara protección de Dios- de la triste persecución religiosa, durante la guerra civil española. Llegó a Sant Julià de Lòria, primera población en suelo andorrano, en la mañana del 2 de diciembre de 1937; allí, con los que le acompañaban, hizo la Visita al Santísimo en la iglesia del pueblo (no pudo celebrar Misa, porque las normas litúrgicas entonces vigentes prescribían el ayuno eucarístico desde la medianoche anterior). Sólo al día siguiente, 3 de diciembre, celebró el Santo Sacrificio revestido con los ornamentos sacerdotales, que no había podido utilizar durante muchos meses. Esta primera Misa en Andorra tuvo lugar en la iglesia de Les Escaldes, población situada en las cercanías de la capital, donde habían hallado alojamiento.

Deseo comenzar la carta con estos recuerdos, para que demos muchas gracias a Dios que, por intercesión de la Virgen Santísima, cuidó de san Josemaría con una providencia especial en aquellos difíciles meses. Sigamos nosotros el ejemplo de fidelidad de nuestro Fundador, abandonándonos siempre con total confianza en las manos de Dios, especialmente cuando las circunstancias resulten más costosas. Buena lección nos han dejado también aquellos primeros, que llegaron en los años 30, cuando ya la Obra “caminaba”, por la fe grande que tuvieron en Dios y en san Josemaría, cuando no había “nada más” que la fe de nuestro Padre: ojalá seamos todas y todos instrumentos leales.

El mes pasado os invité a considerar el primer artículo del Credo, fundamento de todo nuestro creer. “Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de las cosas visibles -como es este mundo en el que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros que llamamos también ángeles- y también creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal”[1]. Así comenzaba Pablo VI el Credo del Pueblo de Dios en 1968, al concluir el año de la fe que había convocado para conmemorar el XIX centenario del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Consciente de la riqueza inagotable contenida en la revelación, y asistida constantemente por el divino Paráclito, la Iglesia ha ido profundizando con la razón en el misterio de la Trinidad. Gracias al esfuerzo de generaciones de santos -Padres y Doctores de la Iglesia-, ha logrado iluminar de algún modo este gran misterio de nuestra fe, ante el que -como decía nuestro Padre- “nos pasmamos” a diario, al tiempo que deseamos aumentar nuestro trato con cada una de las tres Personas divinas.

“Dios es único pero no solitario”[2], afirma un antiquísimo símbolo de la fe. Al comentarlo, el Catecismo de la Iglesia Católica explica que esto es así porque “”Padre”, “Hijo”, “Espíritu Santo” no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo””[3]. No imagináis qué gozo experimentó nuestro Fundador, en Marsella, al ver en un dibujo, sobre una piedra tallada, la referencia a la Trinidad, que quiso colocar en la Cripta de la Iglesia prelaticia.

Continúo ahora con el segundo artículo del Credo. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho[4].

En Dios, la generación es absolutamente espiritual. Por eso, “por analogía con el proceso gnoseológico de la mente humana, por el que el hombre, conociéndose a sí mismo, produce una imagen de sí mismo, una idea, un “concepto” (…), que del latín verbum es llamada con frecuencia verbo interior, nosotros nos atrevemos a pensar en la generación del Hijo o “concepto” eterno y Verbo interior de Dios. Dios, conociéndose a Sí mismo, engendra al Verbo-Hijo, que es Dios como el Padre. En esta generación, Dios es -al mismo tiempo- Padre, como el que engendra, e Hijo, como el que es engendrado, en la suprema identidad de la Divinidad, que excluye una pluralidad de “dioses”. El Verbo es el Hijo de la misma naturaleza del Padre y es con Él el Dios único de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento”[5]. No me detengo ahora en la Persona del Espíritu Santo, único Dios con el Padre y con el Hijo.

Ciertamente no resulta posible eliminar la oscuridad que encuentra nuestra mente, al pensar en Aquel que habita en una luz inaccesible[6]. Ni la inteligencia de los hombres, ni la de los ángeles, ni la de cualquier otra criatura, es capaz de comprender la inagotable Esencia divina: si lo comprendes, no es Dios, expresa un conocido aforismo. Sin embargo, nuestras almas, creadas por Dios y para Dios, tienen ansias de conocer mejor a su Creador y Padre, para amarle y glorificarle más; de ver a la Trinidad y gozar de su presencia eterna.

A este propósito, Benedicto XVI nos anima a los creyentes a no conformarnos nunca con el conocimiento de Dios que hayamos podido alcanzar. Las alegrías más verdaderas -decía en una reciente audiencia- son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes -querer un bien más alto, más profundo- y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado[7].

San Ireneo de Lyon, uno de los primeros Padres que se esforzó por penetrar en el misterio de la acción creadora de la Trinidad, explicaba que “sólo existe un Dios (…): es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría, “por el Hijo y el Espíritu””[8]. Y, acudiendo a un modo gráfico, metafórico, de expresarse -pues no cabe ninguna desigualdad entre las Personas divinas-, añadía que el Hijo y el Paráclito son como las “manos” del Padre en la creación. Así lo recoge el Catecismo de la Iglesia Católica, que concluye: “La creación es obra común de la Santísima Trinidad”[9]. En esta absoluta unidad de acción, la obra creadora se atribuye a cada Persona divina según lo propio de cada una. Y así se dice que corresponde al Padre como Principio último del ser, al Hijo como Modelo supremo, y al Espíritu Santo como Amor que impulsa a comunicar bienes a las criaturas.

Meditemos, hijas e hijos míos, con actitud de profunda adoración, estas grandes verdades. Y os insisto en que roguemos a Dios, como aconsejaba san Josemaría, que tengamos necesidad de tratar a cada una de las Personas divinas, distinguiéndolas.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (…). Todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho[10]. En Dios Hijo, con el Padre y el Espíritu Santo, en la omnipotencia, sabiduría y amor del único Dios, está el origen y el fin último de todas las criaturas, espirituales y materiales, y especialmente de los hombres y las mujeres.

Es tan grande la bondad de Dios, que quiso crear a nuestros primeros padres a su imagen y semejanza[11], y marcó en ellos y en sus descendientes una profunda huella, una participación de la Sabiduría increada que es el Verbo, al infundir en sus almas la inteligencia y la voluntad libre. Sin embargo, son muchos los que lo desconocen, o lo ignoran, o lo ponen como entre paréntesis, pretendiendo colocar al hombre en el centro de todo. ¡Cómo dolía a nuestro Padre esa paupérrima visión de algunas gentes! Así lo comentaba, por ejemplo, durante una reunión familiar al comenzar el año 1973, haciendo en voz alta su oración personal. Algunos pretenden una Iglesia antropocéntrica, en vez de teocéntrica. Es una pretensión absurda. Todas las cosas han sido hechas por Dios y para Dios: ómnia per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil, quod factum est (Jn 1, 3). Es un error, tremendo, convertir al hombre en el pináculo de todo. No vale la pena trabajar para el hombre, sin más. Debemos trabajar para el hombre, pero por amor de Dios. Si no, no se hace nada de provecho, no se puede perseverar[12].

El Señor espera de los cristianos que volvamos a alzarle -con la oración, con el sacrificio, con el trabajo profesional santificado- sobre la cima de todas las actividades humanas; que procuremos que reine en lo más profundo de los corazones; que vivifiquemos con su doctrina la sociedad civil y sus instituciones. De nosotros depende en parte -os repito con san Josemaría- que muchas almas no permanezcan ya en tinieblas, sino que caminen por senderos que llevan hasta la vida eterna[13]. ¿Con qué piedad rezamos la oración de las Preces Ad Trinitátem Beatíssimam? ¿Cómo le damos gracias por su perfección infinita? ¿Cómo amamos hondamente este misterio central de la fe y, por tanto, de nuestra vida?

Mañana comienza el Adviento, tiempo litúrgico que nos prepara para la Natividad del Señor. La primera semana nos anticipa los acontecimientos que tendrán lugar al final de los tiempos, cuando Jesucristo vendrá en su gloria para juzgar a los hombres y tomar posesión de su reino. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de (…) estar en pie delante del Hijo del Hombre[14]. Y añade: el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán[15]. Sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación: todas las criaturas, desde los elementos cósmicos -sol, luna, firmamento- obedecen a la Palabra de Dios, existen en cuanto han sido “llamados” por ella. Este poder creador de la Palabra de Dios se ha concentrado en Jesucristo, el Verbo hecho carne, y pasa también a través de sus palabras humanas, que son el verdadero “firmamento” que orienta el pensamiento y el camino del hombre en la tierra[16]. Meditemos, pues, con frecuencia, las palabras de Cristo que se recogen en el Evangelio y, en general, en todo el Nuevo Testamento. Procuremos sacar luces nuevas de esa consideración, para aplicarlas a nuestra existencia cotidiana. Os sugiero que, conforme al ejemplo de nuestro Padre, cada tiempo de meditación sea un diálogo vivido con esfuerzo: el Señor nos ve, nos oye, está con nosotros, hijas e hijos suyos.

No olvidemos que, a partir del día 17, la Iglesia entona las llamadas antífonas mayores, con las que se prepara de modo inmediato para la Natividad del Señor. La primera es ésta: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: ven y muéstranos el camino de la salvación[17]. Es una apremiante invocación al Verbo encarnado, cuyo nacimiento de la Virgen María estamos a punto de conmemorar. Porque la Sabiduría que nace en Belén es la Sabiduría de Dios (…), es decir, un designio divino que por largo tiempo permaneció escondido y que Dios mismo reveló en la historia de la salvación. En la plenitud de los tiempos, esta Sabiduría tomó un rostro humano, el rostro de Jesús[18].

Preparémonos con fe para esta gran fiesta, que es la fiesta de la alegría por antonomasia. Vivámosla con toda la humanidad. Vivámosla con todos los fieles de la Obra. Acudamos a esta cita con la firme decisión de contemplar la grandeza infinita y la humildad de Jesucristo, que tomó nuestra naturaleza -otra manifestación de cómo nos ama-, y no nos cansemos de mirar a María y a José, maestros estupendos de oración, de amor a Dios.

La Palabra que se hace carne es el Verbo eterno de Dios, que nos ha ganado la condición de ser en Él hijos de Dios: mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos![19]. Y comenta san Josemaría: hijos de Dios, hermanos del Verbo hecho carne, de Aquel de quien fue dicho: en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 4). Hijos de la luz, hermanos de la luz: eso somos. Portadores de la única llama capaz de encender los corazones hechos de carne[20]. Deseo que no faltemos a esta cita de la celebración de la llegada de Dios a la tierra: consideremos en esos días cómo es nuestro empeño por mejorar el estar con Jesús, el vivir con Jesús, el ser de Jesús.

A mediados del mes que acaba de transcurrir, realicé un viaje a Milán, donde me esperaban hace tiempo. Estuve sólo un fin de semana, pero muy intenso, porque tuve ocasión de reunirme con mis hijas y mis hijos del norte de Italia y con muchas otras personas que frecuentan los medios de formación de la Prelatura. He procurado impulsarles para que ahonden en este Año de la fe, pidiendo a Dios gracia abundante para que en las mentes y en las vidas de todos arraiguen con más fuerza las tres virtudes teologales, y así seamos mejores hijos suyos.

Año de la fe, Navidad: ¡qué oportunidad tan grandiosa para que cuidemos más el apostolado, para que nos sintamos más estrechamente unidos a la humanidad entera!

No me olvido de rogaros que me ayudéis a conseguir las intenciones que llevo en el alma, con la persuasión de que hemos de ser, en la Iglesia y con la Iglesia, ácies ordináta[21], ejército de paz y alegría para servir a las almas. Recorramos la Novena de la Inmaculada bien asidos de las manos de la Virgen, y démosle gracias por su respuesta santa.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Andorra, 1 de diciembre de 2012.

© Prælatura Sanctæ Crucis et Operis Dei
[1] Pablo VI, Proféssio fídei, 30-VI-1968.

[2] Fides Dámasi (DS 71). Símbolo de la fe atribuido al Papa san Dámaso.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 254. El texto citado proviene del Concilio XI de Toledo, año 675 (DS 530).

[4] Misal Romano, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[5] Beato Juan Pablo II, Discurso en la catequesis general, 6-XI-1985, n. 3.

[6] 1 Tm 6, 16.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 7-XI-2012.

[8] San Ireneo de Lyon, Contra las herejías 2, 30, 9 (PG 7, 822).

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 292; cfr. san Ireneo de Lyon, Contra las herejías 4, 20, 1 (PG 7, 1032).

[10] Jn 1, 1-3.

[11] Cfr. Gn 1, 26.

[12] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-I-1973.

[13] San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 3.

[14] Misal Romano, Domingo I de Adviento, Evangelio (C) (Lc 21, 36).

[15] Mc 13, 31.

[16] Benedicto XVI, Palabras en el Ángelus, 18-XI-2012.

[17] Liturgia de las Horas, Vísperas del 17 de diciembre, Antífona ad Magníficat.

[18] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

[19] 1 Jn 3, 1.

[20] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 66.

[21] Ct 6, 4.