Una pionera del Opus Dei: Nisa González

Fuente: Nisa González Guzmán, La Crónica 16 de León (León, España), 17.5.1992

BEATIFICACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Una leonesa, pionera del Opus Dei

Nisa González Guzmán es una de las cinco primeras mujeres que siguieron a monseñor Escrivá.

A las puertas del beatificación del fundador del Opus Dei, que tan controvertida polémica está levantando, se nos ocurrió investigar en las raíces leonesas de esta novel prelatura. Y buscando… hemos dado con Nisa González Guzmán, leonesa, que es precisamente una de las cinco primeras mujeres que siguieron a monseñor Escrivá, en su recién fundado Opus Dei. Actualmente reside en Valencia, y allá vamos a entrevistarla.

– Nisa, ¿cómo fue su encuentro con el Opus Dei y cómo conoció al fundador?

– Fue en los primeros días de agosto de 1940. Por entonces, yo era una mujer joven, vivía con mi familia y procuraba llenar los días como solía hacerlo cualquier chica de mi edad y de mi ambiente. Estudiaba idiomas, viajaba y practicaba diversos deportes, particularmente tenis y esquí. Por entonces acababa de recibir con entusiasmo una copa ganada en un campeonato de descenso.

Todo esto me llenaba, pero relativamente. Lo curioso es que nunca me había planteado el problema de una vocación de entrega total a Dios. Solía confesarme con don Heliodoro Gil Rivera, que quería mucho a monseñor Escrivá y en alguna ocasión me había comentado la intensa labor apostólica que realizaba.

De todos modos, era muy poco lo que yo sabía de la Obra, cuando tuve ocasión de conocer a su fundador. Se hospedaba en el Palacio Episcopal, porque había venido a León a dar unos ejercicios espirituales a los sacerdotes de la Diócesis, invitado por el obispo, don Carmelo Ballester. Creo que también estuvo en Astorga.

– Dicen que monseñor Escrivá tenía un carácter particularmente abierto, sencillo… ¿quizá persuasivo?, ¿le impresionó ya en aquel primer encuentro? Cuéntenos, por favor, lo que recuerda de él.

– Cuando entré en aquel edificio, -hace unos años pude comprobar que se conserva igual- no sé por qué, tuve el presentimiento de que aquel encuentro iba a cambiar mi vida. Me hicieron pasar a un salón, y poco después apareció el padre: un sacerdote joven, -por aquel entonces contaría unos 38 años- de una gran amabilidad, sencillo, natural y muy alegre. Me llamó por mi nombre… y, sí, me impresionó hondamente. Inmediatamente capté en él un hondo sentido sobrenatural, junto a una sinceridad y fe grandes. Le hice algunas preguntas. Él no se extendió en largas ni persuasivas explicaciones. Brevemente me expuso lo que se proponía, que era sencillamente poner el mundo a los pies de Cristo. Santificar las realidades humanas desde dentro, y santificarse en ellas, sin apartarse del mundo ni de los demás ciudadanos. Y esto debíamos hacerlo los mismos cristianos, como en los primeros siglos de la Iglesia. No era tarea sólo de los sacerdotes y religiosos. Los laicos no nos podíamos desentender de este encargo de Jesucristo. Hablaba con fuerza, con convicción. Se abría ante mí un panorama de vida interior y de labor apostólica que me atraía enormemente. Vivía y transmitía el espíritu del Opus Dei con tal fe y abandono en Dios que arrastraba: hablaba en presente lo que no tardé en ver hecho realidad palpable. Se me grabó también en el alma su cariño a la Santísima Virgen, su fidelidad a la Iglesia y al Santo Padre.

Recuerdo que me hizo una pregunta, con tal sencillez que me dejó algo desconcertada y me hizo reflexionar:

-Hija mía, ¿amas mucho a nuestro Señor?

Me despedí de él cambiada, aunque no le comenté nada en aquel momento. Con su prudencia se limitó a animarme a vivir cada vez más cerca de Dios, en medio del ambiente que me rodeaba. Al despedirme me llamó la atención su gravedad: aunque era un sacerdote joven, su cordialidad era mesurada y amable. Desde aquel día creció mi inquietud. Noté que la llamada del Señor había sonado, aunque tardé un tiempo en responder.

– ¿Entonces, no se hizo dé la Obra enseguida? ¿No le convenció… y si no, qué la detuvo? Muchos hablan de captación en el Opus Dei.

Dios tiene sus planes, su momento, y por otra parte monseñor Escrivá era prudente. No quería decisiones alocadas, precipitadas, fruto de un entusiasmo inmaduro. A lo largo de aquel año, yo fui madurando sola aquella inquietud interior, y en mayo del 41, decidí hacer un viaje a Madrid, expresamente para ver al padre y manifestarle mi deseo de pertenecer a la Obra, si me admitía. Toda la incertidumbre de la primera entrevista se había convertido en una seguridad y firmeza que nunca más he perdido. Me escuchó atento, pero aún me hizo esperar. Me invitó a que tres meses después volviera a Madrid para hacer un curso de retiro. Entonces podría meditar despacio esa determinación que había tomado y afianzaría mi decisión. Así lo hice, y en agosto empecé aquel curso de retiro que él mismo nos dirigía. Éramos unas doce. Nos habló mucho -con palabras de fuego- de amor a Dios y de ser almas de oración.

– ¿Y después?

– Aún no había ningún centro de mujeres del Opus Dei, y mientras se buscaba uno, volví con los míos. Cuando se abrió nuestro primer centro, en la calle Jorge Manrique, de Madrid, me incorporé, ya definitivamente. Era julio de 1942. Luego, he estado en Francia, Canadá, Estados Unidos, Italia e Inglaterra. A algunos de ellos fui a empezar el Opus Dei.

– ¿No le parecía que se estaba lanzando al vacío metiéndose en algo tan desconocido entonces y ya con opiniones en contra?

– Nos movía la fe del padre, que nos transmitía continuamente, y por otro lado la convicción de que era una Obra de Dios, y que Él se encargaría de sacarla adelante, como así ha sido, con los pocos y pobres instrumentos humanos que éramos nosotros.

Recuerdo que un día nos reunió a las pocas que vivíamos en aquella casa. Y extendió ante nosotras un panorama que ya recogía las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizaríamos en el futuro. Oírle producía casi vértigo, cuando aún no había nada: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, colegios mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales… Y sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal, que no se podía programar, ni medir. Y ante nuestro asombro, terminó diciendo: «Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y, otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda».

Estos son sus recuerdos y así nos los ha transmitió esta mujer, mayor ya, gastada y enferma, pero feliz con su vida llena. Recuerda León -su patria chica- con cariño. Nos pregunta detalles con interés, y nos toca contarle a nosotros de la actualidad y el ambiente de nuestra ciudad.

En torno a la beatificación del fundador del Opus Dei

Las tertulias de Jenner

Antonio González Sobaco (*)

En la Residencia de Estudiantes de Jenner estaba, por aquellos días de marzo de 1940, todo el Opus Dei: escasamente una treintena de personas. Monseñor Escrivá y los primeros que recibían de sus labios el espíritu del Opus Dei y que procuraban, con la gracia de Dios, ponerlo en práctica en sus vidas.

Verse inmerso en una tertulia de Jenner me resultaba deslumbrante. Entonces quizá no buscaba la causa de esa impresión. Con el tiempo me di cuenta de que estaba siendo testigo de como se hacía vida, en variadísimas personas, el espíritu y afán de santidad que transmitía Monseñor Escrivá.

He conservado un vivísimo recuerdo de José María Albareda, uno de los mayores en edad. Era Albareda un científico de nota y catedrático de la Universidad Central. Tratar a un catedrático en aquella época estaba, para los chicos jóvenes, impregnado siempre de profundo respeto en una afabilidad inmensa.

¿Qué decir de Salvador Canals, aquel jovencísimo estudiante de Derecho, tan “castizo”? Con el tiempo se proyectaría como un insigne canonista y autor de “Ascética Meditada”.

O de José Luis Múzquiz, muy joven Ingeniero de Caminos, que haría un largo periplo por Estados Unidos y Japón, dejando profunda huella. Era alto, con una imagen de juventud reforzada, como si no hubiera de morir…

O del alcoyano Francisco Botella Raduán, ocupado entonces con su tesis doctoral de Exactas y después catedrático de la Central. En orden a simpatía, no he visto cosa igual. Él me entregó un crucifijo bendecido por Mons. Escrivá que he conservado devotamente. Por asociación, otro levantino de similares características, entonces director de la Residencia, antes Alcalde de Oliva y más tarde sacerdote del Opus Dei: Justo Martí.

Son tipos humanos genuinos de una tierra admirable que ha sido mi patria de elección desde hace más de 45 años. Ambos dejaron una huella imborrable de luz.

Vicente Rodríguez Casado, “Vicentón”, genio y simpatía desbordante, capaz de zarandear a Lucero del Alba y hacerle perder casi la compostura… o de detalles de gran señor. Nos ha dejado un libro de una gran densidad científica sobre un tema al que dedicó en su magisterio de Historia contemporánea, entre Madrid y Piura, muchas horas: “Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo”.

Un recuerdo especial conservo de José María Hernández Garnica en la tertulia, al lado de Mons. Escrivá. Estaba “Chiqui” convaleciente de una importante intervención quirúrgica. Se veía que Mons. Escrivá estaba muy preocupado y pendiente de él. Repetía: “Por esta operación de ‘Chiqui’ estamos recibiendo muchas gracias”. Era evidente que su dolor, compartido, era un tesoro no desperdiciado por Mons. Escrivá, el cual tenía una visión de fe, sobrenaturalizada, de los acontecimientos cómodos o incómodos de la vida y ennoblecía el dolor colocándolo en el lugar que corresponde en la economía del espíritu.

De Isidoro Zorzano conservo entrañables recuerdos, primero paseando por las calles de Madrid o descansando en una chocolatería de la calle de Alcalá llamada “El Sotanillo”, donde en ocasiones se había celebrado alguna tertulia. Isidoro parecía un poco el contrapunto de aquella constelación de personas.

Pendiente siempre de los demás y su tono de media voz le hacía pasar desapercibido… para un observador superficial como yo. Años después, me enteraría de su fallecimiento por la apertura de su proceso de beatificación. Entonces comprendí aquel punto de Camino según el cual no hay prueba de predilección más hermosa que pasar ocultos.

Había, por último, otra persona. La recuerdo con un traje azul, cuello almidonado al estilo de la época, gafas de concha y siempre apacible, sonriente. Estaba muy claro que era el más próximo de todos a Mons. Escrivá de Balaguer: Alvaro del Portillo.

El ambiente de Jenner era de familia, sin familiaridades. De alegría contagiosa. Era el ambiente de familia que infundía a su alrededor Mons. Escrivá de Balaguer. Manifestación externa, llena de naturalidad y sencillez, del trato personal con Dios en la oración, de la lucha interior por identificarse con el auténtico espíritu del Evangelio, en una palabra, de la santidad. Él diría después que una santidad sin alegría no es la santidad del Opus Dei.

Trato humano, espíritu, de sencillez, virtudes humanas, como asiento de todo lo demás, “…porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales. Es verdad que no basta esa capacidad personal: nadie se salva sin la gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva un principio de rectitud, Dios le allanará el camino; y podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de bien” (José María Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios” n.74-75; ed. RIALP).

La historiografía ha deformado en ocasiones la vida de los santos al mostrarlos como seres distantes o ausentes del mundo que les rodea, cuando han sido en realidad los tipos más humanos.

Valor divino de lo humano, valor humano de los santos, defectos de los santos…

Paso por alto sus méritos, que fueron excelsos, y me quedo en el recuerdo con su humanidad.

(*)Doctor en Derecho

Castellón Diario, Sábado, 6 de junio 1992

Carta del Prelado del Opus Dei (noviembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos “recorrido” el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, som
etiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz
[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros…[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

                                                               vuestro Padre

                                                               + Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, No
tas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23.

Testimonio de MARLIES KÜCKING, Secretaria central del Opus Dei

MARLIES KÜCKING, Secretaria central del OPUS DEI

“CONOCÍ MUY BIEN AL FUNDADOR”

Entrevista de: COVADONGA O’SHEA. Telva, Abril 1992, Madrid, España

ROMA, febrero de 1992. Estoy en el conocido barrio del Parioli, donde se encuentra la sede central del Opus Dei. Aquí, en la cripta de la iglesia Prelaticia de la Obra, está enterrado su Fundador, José María Escrivá de Balaguer, que será beatificado el próximo 17 de mayo en la plaza de San Pedro. Un futuro santo que hace 62 años, el 14 de febrero de 1930, vio que en la Obra -que habla fundado en 1928- también debía haber un lugar para las mujeres. ¿En qué situación? ¿Para qué? ¿A qué se dedicarían? ¿cómo veía el Fundador del Opus Dei el papel de la mujer en una institución de la Iglesia que por sí misma parecía romper esquemas? ¿Qué podían aportar a la sociedad y a la Iglesia? Con ésas y otras mil preguntas en cartera, he pedido una entrevista con Marlies Kücking, quien está al frente del equipo que asesora al Prelado, en el gobierno de las mujeres del Opus Dei en todo el mundo.

MARLIES KÜCKING, una alemana, de aspecto nórdico, nacida en la ex República Federal, me recibe en su despacho, una habitación funcional en la que los teléfonos y la pantalla del ordenador se alternan con flores y fotografías de las primeras mujeres de la Obra de diversos países, según me explica. Antes se disculpa por haberse retrasado unos minutos: “Has sido más puntual que una alemana -me dice sonriente-, como es domingo, he aprovechado para jugar un rato al tenis; si no, el trabajo de oficina te anquilosa. También esto lo he aprendido del Fundador del Opus Dei: hay que saber descansar para estar en forma y poder trabajar después con mayor empeño. Siempre que puedo voy a dar una vuelta por villa Borghese, uno de los “pulmones de Roma”.

Su jornada empieza temprano -en Italia el horario es más europeo que en España-, a las seis de la mañana: “Antes de iniciar mi trabajo de oficina, empleo un tiempo en el arreglo de la casa, hago oración y asisto a Misa; después de desayunar hojeo la prensa, leo el correo y estudio los asuntos que llegan diariamente a mi despacho. Al acabar el almuerzo, cambio impresiones en un encuentro familiar -lo que en español se llama “tertulia”-, y por la tarde dedico varias horas más a despachos y reuniones de trabajo, periódicamente, con Mons. del Portillo. Ciertamente, aunque parezca lo contrario, cada día es muy distinto y rico en matices, porque el Opus Dei es una familia muy variada; además, en estos meses, estamos trabajando en los preparativos de la beatificación del Fundador, a la vez que se siguen impulsando desde aquí las tareas apostólicas de todo el mundo”.

-Usted, según tengo entendido, colaboró estrechamente con Mons. Escrivá desde 1964 hasta su fallecimiento en 1975, pero, ¿cómo y dónde conoció el Opus Dei?

-“Aquí en Roma, en octubre de 1954, durante un viaje de estudios que había organizado mi colegio. una de las profesoras que nos acompañaban me invitó a que conociera a unas amigas suyas de la Obra en esta casa. Fue la primera vez que oí hablar del Opus Dei. Me había educado en una familia católica y estaba realizando los estudios en un colegio de monjas. Aquella tarde me llevé una sorpresa, al ver un grupo de mujeres normales y corrientes, de varias nacionalidades, tratando de vivir una entrega a Dios en medio del mundo. Salí convencida de que aquello era lo mío.

-Pero entonces sólo era una adolescente ¿cómo es posible, tan joven, decidirse a algo tan serio y en tan poco tiempo? Hablando en plata, Vd. es la típica muestra de esas niñas de dieciséis años a las que en pocas horas, “comieron el coco”.

-Pienso que si me hubieran “comido el coco” o “lavado el cerebro” antes o después me habría dado cuenta; además, poca cabeza tiene quien se deja influir en una decisión de ese calibre. Personalmente me di cuenta de que la vocación al Opus Dei era lo mío, pero seguí viviendo con mis padres y hasta dos años más tarde no me incorporé a la Obra, en el primer centro de mujeres de Colonia, cuando ya era mayor de edad.

-No obstante, tomar una decisión así puede resultar peligroso, porque a esa edad todavía no está fraguada la personalidad, se desconocen otras posibilidades y las experiencias son limitadas.

-Mire, los primeros interesados en que pidan la admisión en la Obra personas con auténtica vocación somos nosotros. Aquí no hay nadie a la fuerza. Hacia los años 60, Mons. Escrivá nos animó a promover más iniciativas de formación humana y cristiana entre gente joven, incluso mientras terminaban los estudios secundarios. El sentía la urgencia de que hubiera muchos cristianos responsables, con ideas claras frente a tendencias, ideologías, corrientes de opinión que supusieran no ser coherentes con las propias convicciones.

-Hay padres, sin embargo, que se inquietan pensando que van a “pescar” a sus hijos, ¿se deja realmente libertad a quienes se acercan al Opus Dei?

-Los padres son los primeros que desean que sus hijos sean personas cabales, honradas y felices. Eso es lo que se pretende también en los clubes de bachilleres y centros culturales para gente joven. Los padres lo saben y si eligen para ellos esos clubes o colegios es porque quieren que los eduquen bien. Todo depende, en el fondo, de conceptos tan vitales como el sentido de la libertad personal. La máxima libertad es autoadherirse por propia convicción al bien que, por otra parte, es lo que produce la felicidad en la vida humana. La formación que se imparte a los jóvenes contribuye a que cada uno se convenza de que vivir el cristianismo es algo comprometido, pero, a la vez, fuente de la auténtica felicidad que proviene de amar a Dios y a los demás.

-Está Vd. segura de que esa libertad es real en la vida de la gente de la Obra?

-Es lógico que sonría con cierta soma, al decirme: Lo sabes igual que yo. Y, sigue explicándome que, en el Opus Dei, estamos todos porque queremos. ¿Podría explicarme en qué especie de jaula se puede encerrar a miles de personas que trabajan profesionalmente en ambientes tan dispares? La mayoría de los miembros del Opus Dei no viven en centros de la Obra. No cabe que estén a la fuerza, ni que pidan la admisión coaccionados, porque les faltarían incluso las condiciones humanas mínimas para poder perseverar. Aquí estamos porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural, como le he oído decir tantas veces al Fundador; en otras palabras: con la gracia de Dios, libremente, queremos ser fieles a la vocación intentando serlo diariamente.

-Volvamos a su historia personal… ¿Conoció también a Mons. Escrivá de Balaguer en 1954?

-No. Fue más tarde, en 1957, durante uno de sus viajes por Alemania. Desde el primer momento lo vi como un auténtico Padre. Poco a poco me percaté -sobre todo al trasladarme a vivir a Roma- de que estaba aprendiendo, en la práctica, el espíritu del Opus Dei directamente de su Fundador. Él se consideraba, y así lo decía tantas veces, “un pecador que ama a Jesucristo”, pero a la vez era consciente de que Dios le había llamado para hacer el Opus Dei; sabía que no era invención suya, sino una Obra de Dios en la que todos debíamos ser instrumentos.

-Usted es un testigo cualificado de la vida de Mons. Escrivá porque ha colaborado estrechamente con él durante años ¿ Tenía la impresión de trabajar con un santo?

-Sí. Tuve siempre la conciencia clara de que era un sacerdote santo. Diría que lo más destacado era su entrega diaria, bien palpable. No recuerdo nunca haberle oído decir que no a algo que consideraba una petición de Dios. Si tuviese que resumir su vida diría que es la de un hombre que sabía querer, con un corazón universal. Primero a Dios. Su vida de piedad era llamativa; con enorme naturalidad, rezaba y hacia rezar. Ante cualquier situación difícil, dura, de las humanamente casi imposibles de superar, acudía a Dios con una fe sin cortapisas. Recurría a la oración, como “única arma del Opus Dei”. “Cuánto he golpeado con la oración las fronteras de ese país”, nos dijo cuando se comenzó la labor apostólica en Nigeria. Y con ese mismo amor, con ese corazón grande quería a cada uno de sus hijos. Sabía estar pendiente de la gente en todo momento, estuviese cansado o no, se encontrara bien o menos bien de salud. Y esto siempre. Pienso que un día genial lo tenemos todos, pero vivir con esa abnegación, día tras día…

-¿Cuál fue para Vd., el rasgo más significativo del Fundador del Opus Dei?

-Es realmente difícil hacer una síntesis. Hay múltiples facetas que se podrían señalar, pero, quizá, lo que va a enmarcar su figura en la historia de la Iglesia es haber situado el trabajo en el ámbito de la santidad. Es decir, haber abierto horizontes de plenitud cristiana a todos los hombres, sean cuales fueran sus circunstancias profesionales, sociales, familiares…

– A veces, ante una personalidad de ese calibre, podría desdibujarse un poco su perfil humano, su carácter habitual, su modo de reaccionar en la vida ordinaria. ¿Cómo era su temperamento? Porque supongo que se enfadaría, que tendría algún defecto… A mí, como a muchas personas, nos animaría saber que, en parte, fue como nosotros y que ¡ha llegado a los altares!

-Claro que tenía carácter, y una gran fortaleza, primero para exigirse a sí mismo, y luego a todos sus hijos. Pienso que si Dios no le hubiese dado esa fortaleza no hubiese sacado la Obra adelante porque es evidente que, desde un punto de vista humano, es una empresa imposible.

-¿Cómo era su trato con quienes le rodeaban?

-Puedo afirmar -tengo experiencia directa en ello- que se guiaba por la prudencia sobrenatural y con un gran sentido común; cuando era consciente de haberse equivocado, rectificaba y, si era el caso, públicamente. Vivía una caridad cariñosa para advertir las cosas que no estaban bien, también con las personas que no eran del Opus Dei. Recuerdo que, el 2 de noviembre de 1973, recibió a los padres de una de las directoras del gobierno central; su madre le dijo a Mons. Escrivá que había sentido curiosidad por conocer a quien había sido más fuerte que ella, haciendo referencia a la resistencia que había hecho esta señora a la vocación de su hija. El Padre le contestó que el más fuerte había sido Dios, no él. Les dijo también a aquellos padres que eran ellos los “culpables” de la vocación de su hija, porque la habían educado cristianamente y de este modo Dios había encontrado el terreno preparado.

Al día siguiente, Mons. Escrivá llamó a la interesada para que escribiese a su madre, diciéndole que le perdonara si les había dicho las cosas de un modo tajante, pero que era aragonés y le gustaba decir las cosas claras. Ella pudo asegurarle que su madre se había quedado muy agradecida con las palabras del Padre.

-¿Era fácil trabajar con el Fundador? ¿Se le podía llevar la contraria, dar una opinión distinta a la suya?

-No estaba aferrado a sus ideas aunque, en cuestiones esenciales del espíritu fundacional, todos teníamos una idea muy clara de que gozaba de un carisma específico. Recuerdo, por ejemplo, cuando empecé a trabajar en el gobierno central del Opus Dei: tenía buena voluntad, pero mucha inexperiencia; él se fiaba de gente como yo y escuchaba nuestro parecer, en asuntos que hubiese podido resolver él solo muchísimo más rápido, muchísimo mejor. Esta actitud suya era un estímulo para estudiar a fondo las cosas, tratar de hacerlas bien. Era impresionante comprobar cómo se fiaba de lo que decíamos!

-Es conocido que Mons. Escrivá de Balaguer recibió a lo largo de su vida calumnias, ataques, incomprensiones, como sucede ahora en vísperas de su beatificación. ¿Cómo las afrontaba? ¿Se le veía sufrir o las pasaba por alto?

-Respecto a las criticas, Mons. Escrivá reaccionaba -ya lo he mencionado antes- como un hombre que sabía querer. Yo no le he oído nunca hablar mal de nadie. Insistía siempre en rezar, en perdonar. Decía que él no había aprendido a perdonar porque Dios le había enseñado a querer. Aclaraba las cosas, eso sí, porque era de justicia. No hay que olvidar, además, que desde que Jesucristo vino a este mundo hay quien no le ha entendido, y le ha criticado. Lo mismo ha sucedido en muchas instituciones de la Iglesia.

-Y como alemana, ¿qué puede decir sobre la postura del fundador de la Obra respecto al nazismo? Han corrido ciertos rumores…

-Mons. Escrivá de Balaguer sufría con cualquier injusticia que se pudiese cometer, no sólo con el pueblo judío, sino con cualquier persona. ¿Cómo iba a justificar el genocidio de Hitler? Es tan absurdo, que sólo puedo decir que es una calumnia. En el Opus Dei hay personas de origen judío e incluso conversos. Me vienen a la cabeza algunas que conozco personalmente; una de ellas vive en Inglaterra y es hermana del director de cine John Schlesinger, el que hizo la película “Madame Souzaska”, entre otras muchas.

-Usted lleva muchos años en contacto directo con mujeres de todo el mundo. Lógicamente habrá reflexionado sobre el papel de las mujeres en la sociedad, sus problemas, sus inquietudes. En 1967, Mons. Escrivá concedió a TELVA una entrevista sobre estas cuestiones; ¿qué puede decir sobre ello?.

-El Fundador de la Obra nos animaba a ser mujeres de una pieza. Tenía una confianza total en la capacidad femenina, porque -como él repetía- la mujer tiene el deber de “llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar”. En esto coincidía plenamente con el reciente documento, Mulieris Dignitatem, sobre el papel de la mujer en todos los campos del quehacer humano, sin perder de vista su igualdad en dignidad respecto al varón, al que la mujer no tiene porqué imitar superficialmente, si no quiere perder lo que es propio de ella. En este sentido, la Mulieris dignitatem ha sido una confirmación de muchas de las enseñanzas de Mons. Escrivá sobre esta cuestión.

-¿Es usted feminista?

-Depende de lo que entienda bajo este concepto. Defiendo que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre como persona y como hija de Dios, con todo lo que lleva consigo de respeto, posibilidades de acceso a la vida cultural y profesional, en todos los sectores de la vida pública y privada. Pienso también que, en los lugares donde no exista aún esta igualdad fundamental o no se haya alcanzado plenamente, y no digamos en esferas donde la mujer viva y trabaje en condiciones humillantes, se deberían poner todos los medios para proporcionársela.

-¿Qué iniciativas promueven las mujeres del Opus Dei en esos ámbitos en que la pobreza, el analfabetismo y la falta de oportunidades de promoción humana son moneda corriente? ¿Hasta qué punto están cerca del dolor, de la pobreza?

-Aparte de lo que cada persona de la Obra hace personalmente por aliviar cualquier tipo de marginación -muchas veces en el propio ámbito familiar, profesional y social-, también corporativamente se impulsan actividades asistenciales y educativas en campos muy variados. Mujeres de la Prelatura han promovido en diversas partes del mundo iniciativas de alfabetización y extensión cultural, dispensarios médicos, centros de enseñanza primaria, media y universitaria, instituciones académicas de especialización. Por citarle algunos ejemplos, en Perú, Bolivia y México existen desde hace años escuelas de capacitación profesional para campesinas; en otras ocasiones, se trata de centros educativos -Escuelas de Secretariado, Idiomas, Hostelería- o instituciones de promoción cultural para mujeres que viven en zonas marginadas o barrios obreros urbanos, como las desarrolladas en el Bronx de Nueva York y en el Tiburtino, aquí en Roma. Esos instrumentos contribuyen a dotar a la mujer de una preparación adecuada que le permita acceder a un trabajo profesional cualificado y a los estudios universitarios, si fuera el caso. Iniciativas de este tipo existen, por ejemplo, en Kenya, Filipinas, Brasil…

-¿Hay muchas mujeres de la Obra que se dedican exclusivamente a las tareas del hogar?

-La mayoría de las mujeres de la Obra están casadas, por tanto, lo normal es que sus obligaciones familiares ocupen gran parte de su tiempo y, en la medida que sus necesidades económicas lo reclamen o su preparación profesional lo permita, se dediquen también a trabajar fuera de su hogar. El mensaje del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario. Y al trabajo de la casa se le reconoce la misma categoría que a cualquier otro. En una ocasión preguntaron a Mons. Escrivá qué trabajo le parecía más importante, si el de un profesor universitario o el de un barrendero. Contestó algo así: “depende de quién lo haga mejor y con más amor de Dios”.

-Otro tópico que circula sobre las mujeres casadas del Opus Dei es que se les anima a tener muchos hijos…

-Eso no es así. La obra no hace más que recordar la doctrina multisecular de la Iglesia reflejada, por citar algunos documentos recientes, en la Encíclica “Humanae vitae”, de Pablo VI, o en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio”, de Juan Pablo II. Una mujer consecuente con la moral natural y la doctrina de la Iglesia, con palabras del Fundador de la Obra, “no debe cegar las fuentes de la vida”. Cuando una mujer se casa lo normal es que procure tener hijos.

-Pasemos a otra cuestión ¿Qué grado de autonomía poseen las mujeres de la Prelatura en cuestiones de gobierno interno?

-Las mujeres del Opus Dei, también en las tareas de gobierno tienen la misma autonomía que los hombres. Yo le he oído decir al Fundador, centenares de veces, que quería que nos gobernáramos por nosotras mismas.

-Usted está al frente de ¿cuántas mujeres?

-La vida es más rica que las estadísticas. Pero si le interesa, somos más de 36.000.

-¿Cómo se selecciona a los que se ocupan de estas tareas?

-Se procura que haya personas de distintos países. Aquí en Roma, por ejemplo, en el gobierno central colaboran mujeres de dieciocho nacionalidades diversas. Se requiere que tengan la madurez sobrenatural y humana necesaria para este trabajo. Todas tienen su profesión y, en muchos casos, siguen haciéndola compatible. Aquí también se da el pluriempleo…

-Entre los encargos de gobierno, ¿existe el de secretaria personal del Padre?

El NO es tan rotundo, que para seguir la entrevista tengo que explicarle que estaba segura que las declaraciones que he leído sobre el tema eran otro invento colosal.

-Ni Mons. Escrivá, ni ahora Mons. del Portillo, han tenido nunca secretarias personales; sus secretarios han sido y son sacerdotes.

-En qué consiste el trabajo del gobierno central de la Obra? ¿Qué se estudia y proyecta desde Roma?

-Las iniciativas apostólicas dirigidas a mujeres: gente joven, profesionales, casadas; la tarea de formación de los miembros de la Obra; nuevas actividades que se estimen convenientes; el inicio de la labor estable en nuevos países… Desde aquí se dan las directrices de la labor, pero se deja total autonomía a los distintos países. No se interfiere en los asuntos o proyectos concretos de cada lugar. La Obra se adapta completamente al país en el que trabaja. No se pueden hacer las cosas del mismo modo en Portugal, en Japón o en el Camerún, o en Suecia por poner un ejemplo.

-Supongo que usted tendrá siempre en la cabeza un mapa mundi, porque debe recibir noticias de los cinco continentes ¿Qué proyectos tiene el Opus Dei en estos momentos? Con los cambios en la Europa del Este, se habrán abierto muchas perspectivas, usted misma está estudiando polaco…

-Los proyectos inmediatos son de expansión a nuevas ciudades en países donde ya hay iniciativas estables de la Obra. Respecto al Este, se están haciendo viajes a Hungría y Checoslovaquia, y hay muchas personas deseando que, cuanto antes, se empiece a trabajar allí. También se han realizado viajes esporádicos a Rusia. Además se está estudiando empezar en la India e Indonesia.

-Es de suponer que ahora se habrá incrementado su trabajo con motivo de la ya próxima beatificación de Mons. Escrivá ¿Se espera mucha gente el 17 de mayo?

-Pues sí. Se van a hacer todo tipo de sacrificios económicos y de tiempo -hay quien va a renunciar a sus vacaciones- para venir a la beatificación. Personas del mundo entero sienten que le deben mucho a Mons. Escrivá, en su propia vida o en la de los demás, ya que les ha concedido favores importantes. El primer grupo que anunció su llegada procedía de Israel, también vendrán de Letonia. En fin, de las cinco partes del mundo.

SEÑAS DE IDENTIDAD

Nace en la República Federal Alemana.

Estudia Filología Germánica e Inglesa.

Además de alemán habla inglés, francés, italiano y español.

Cultiva otros idiomas como el polaco.

Su mayor hobby, la lectura. Ha leído el Quijote en español, Shakespeare en inglés, y ahora termina la Biografía de Yeltsin.

Le gusta la historia, la novela actual y la ciencia ficción.

Es deportista. Juega al tenis, hace montañismo, natación, y cuando puede practica la bicicleta.

Le gusta la música clásica.

Pertenece al Opus Dei desde 1955.

Conoce al Fundador de la Obra en Alemania en 1957.

A partir de 1964 trabaja en el gobierno central de la Obra.

Testimonio de monseñor Marcelino Olaechea

El testimonio de monseñor Marcelino Olaechea sobre el fundador del Opus Dei [Las Provincias, 16.V.1992, Valencia, España]

No puedo olvidar la entrañable figura de don Marcelino Olaechea, que fue arzobispo de Valencia de 1946 a 1969. Durante 26 años continuos fui su capellán, secretario particular, comensal, conviviente bajo un mismo techo y partícipe activo en todos sus afanes, trabajos, sufrimientos y alegrías. Don Marcelino era un hombre excepcionalmente perspicaz, inteligente y culto. Era enérgico y bondadoso a la vez. Don Marcelino invirtió todas sus egregias cualidades en su ministerio episcopal: fue pastor ejemplar, generosamente entregado a sus sacerdotes y a su pueblo.

Don Marcelino conoció a don Josemaría Escrivá en 1930 en Madrid. En esa época, don Marcelino era inspector provincial de la congregación salesiana y, luego, director del colegio salesiano situado en la ronda de Atocha de aquella ciudad. Por su parte, don Josemaría era un sacerdote joven que apenas dos años antes había fundado el Opus Dei. El trato entre los dos rápidamente adquirió intimidad, profundidad y frecuencia. Pienso que las causas de esto fueron el convencimiento, por parte de don Marcelino, de que don Josemaría era en verdad un hombre “grande a los ojos de Dios, pues la mano del Señor estaba con él”; y el conocimiento experimental, por parte de don Josemaría, de la talla de excepción que poseía aquel culto y virtuoso hijo de don Bosco. Esa amistad fue, con la gracia de Dios, creciendo y madurando hasta lograr una sazón cristiana verdaderamente ejemplar y, acaso, excepcional.

Su íntimo trato mutuo no menguó, sino todo lo contrario, con el tiempo y los avatares de la vida de uno y otro. Durante unos dos años los separaron físicamente la marcha a Pamplona de don Marcelino, nombrado a finales de 1935 obispo de esa diócesis, y poco después, el estallido de la guerra civil española, que sorprendió a don Josemaría en Madrid. Volvieron a reunirse -fue un reencuentro entrañable, que muchas veces oí narrar con emoción a mi querido arzobispo- en diciembre de 1937, cuando don Josemaría, tras abandonar clandestinamente la capital y pasar a pie los Pirineos, entró de nuevo en España por Irún. Don Marcelino, al saberlo, fue inmediatamente a buscarle y le alojó por un tiempo en el palacio episcopal de Pamplona. Acabada la guerra, los dos siguieron viéndose en Madrid, a donde don Marcelino tenía que viajar con frecuencia por razón de sus deberes de obispo. Después de que don Josemaría fijó su residencia en Roma, en 1946, ambos procuraban verse cada vez que don Marcelino visitaba la ciudad eterna o su amigo venía a España. Especialmente frecuentes fueron sus encuentros durante los años del Concilio Vaticano II, en el que don Marcelino participó como miembro de varias comisiones. Se vieron por última vez en 1972, pocos meses antes de la muerte de don Marcelino, acaecida en ese mismo año.

Los dos amigos se buscaban, siempre que había ocasión, para hacerse mutuamente partícipes de sus respectivos anhelos. Ambos sentían que aquel trato hacía mucho bien a sus almas. Don Marcelino decía que los innumerables sacerdotes y los muchos prelados que tenían la fortuna de relacionarse con don Josemaría, le quedaban vinculados para siempre con inmensa gratitud, con gran beneficio suyo y de los suyos, considerando esa relación como un singular favor de la providencia divina. Así lo había experimentado yo mismo cuando por primera vez traté al fundador del Opus Dei durante unos ejercicios espirituales que predicó siendo yo seminarista, y seguí experimentándolo después, en las numerosas veces en que estuve con él, acompañando a don Marcelino.

Consciente del bien que don Josemaría hacía a cuántos le trataban, don Marcelino quería que le conocieran muchas personas. En los años 40, cuando mi señor arzobispo fue, sucesivamente, presidente de las comisiones episcopales de seminarios y de enseñanza, se reunía periódicamente en Madrid con los demás prelados que formaban parte de ellas; y don Marcelino procuraba, siempre, que era posible, que don Josemaría, aunque no era obispo ni miembro de ninguna comisión, asistiese a alguna de las sesiones. Actuaba así, según él me decía, porque la presencia de don Josemaría edificaba a todos, les alentaba en el trabajo, les levantaba el alma y, además, les abría horizontes nuevos para la formación sacerdotal más adecuada y la mejor educación cristiana de la juventud. Con ello, por otra parte, don Marcelino lograba que don Josemaría tuviese un descanso en su continuo ir y venir de una parte a otra de España, dirigiendo ejercicios espirituales al clero y a los seminaristas de numerosas diócesis, y que los prelados de las comisiones conociesen, en directo y a fondo, a “aquel hombre de Dios”.

A lo largo de 26 años junto a mi señor arzobispo, fui testigo de otras muchas pruebas del aprecio de don Marcelino al fundador del Opus Dei. Entre ellas, recuerdo una muy singular. Un día, en Roma, regresando a nuestra residencia en la vía della Conciliazione, tras haber almorzado y conversado largamente con don Josemaría en su casa, me dijo el señor arzobispo, esta vez en un tono muy especial, aseverativo y penetrante:

-No cabe duda: don Josemaría es un hombre excepcional, un hombre de los que Dios, muy de tarde en tarde, envía al mundo para luz y regalo de la humanidad. La mano del Señor se ve clara en él. Yo le tengo por un verdadero escogido, por un verdadero santo. Pienso que Dios le ha elegido para cristianizar el mundo ahora, en estos difíciles tiempos en que vivimos. Pienso que es un héroe en la virtud y en la acción. Vosotros lo veréis en los altares. Yo siento tener que morir antes que él y no poder testimoniar en su proceso de canonización. Testimonia tú en mi nombre, y haz presente en tu testimonio este mi encarecido ruego.

Estas palabras que en aquella precisa ocasión oí, quedaron vivamente grabadas en mi alma. No obstante, el señor arzobispo me dijo frases iguales o equivalentes en otras varias ocasiones, bien a raíz de sus entrevistas con don Josemaría, bien al recibir, por carta o por la prensa, alguna noticia suya, bien al comentar entre él y yo cuestiones previamente tratadas con don Josemaría, o con otros mil motivos. Tras la muerte de don Josemaría, presenté el testimonio de don Marcelino, junto con el mío propio, para la causa de beatificación de Escrivá, con el inmenso gozo de cancelar un grave y gratísimo deber.

Ahora siento también la alegría de ver que dentro de poco se cumplirán las proféticas palabras de don Marcelino Olaechea, dichas en Roma hace tantos años: “Vosotros lo veréis en los altares”.

Joaquín Mestre Palacio (Canónigo tesorero de la S.I. Catedral de Valencia)