Carta del Prelado [mayo 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La llegada del mes de mayo trae siempre a nuestras almas una particular alegría. Al júbilo pascual se une el comienzo de unas semanas dedicadas especialmente a la Virgen, en gran número de países. ¿Y cómo no van a llenarse de gozo los hijos al notar de forma especial y con más cercanía la presencia de la madre? Resulta muy lógico que suceda así. Como aseguraba un antiguo escritor eclesiástico, la Virgen, durante la visita a santa Isabel, «con su lengua (…) hizo brotar para su prima, como de una fuente, un río de dones divinos. En efecto, allí donde llega la llena de gracia, todo queda colmado de alegría»[1].

Hoy desearía repasar una vez más con vosotros algunos de los motivos de júbilo y de agradecimiento que nos trae este quinto mes del año. Ya el primer día, la fiesta de san José Artesano, hoy conmemorada, constituye un momento de auténtico gaudium para las mujeres y los hombres que, como nosotros, han de buscar la santificación personal y ejercer el apostolado en el trabajo profesional y por medio del quehacer cotidiano. Recuerdo la alegría de nuestro Padre cuando se comenzó a celebrar esta memoria litúrgica, pues —como escribió en una de sus homilías— esa fiesta, que es una canonización del valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra[2].

La fiesta de san José Artesano nos invita a no olvidar el valor trascendente de una tarea profesional honrada, bien cumplida, como la que el santo Patriarca desarrolló durante muchos años. Como condición imprescindible, se requiere realizarla con perfección sobrenatural y humana, es decir, con el deseo de dar gloria a Dios y de servir al prójimo, independientemente de la consideración social que se le atribuya. ¡Cuántas veces escuché comentar a san Josemaría que el valor divino del trabajo humano depende del amor a Dios con que se lleva a cabo, del espíritu de servicio con que se empieza y se termina!

Aprovecho esta carta para pediros oraciones por los 35 diáconos de la Prelatura, a los que administraré la ordenación presbiteral dentro de cuatro días. En años anteriores, cada uno de estos hombres procuraba santificarse y moverse apostólicamente en el ámbito de su profesión civil. En adelante, la labor sacerdotal se convertirá para ellos —por expresarlo de algún modo— en su profesión, a la que dedicarán todas las horas de la jornada, con el inmenso gozo de saberse instrumentos del Señor en la aplicación de la redención a las almas. Recemos para que vivan como sacerdotes santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural, pues así lo deseaba san Josemaría: sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien[3].

Otro motivo de alegría para mí ha sido el viaje pastoral que realicé a Camerún en la semana de Pascua; un país que tantas esperanzas ofrece a la Iglesia en África y en todo el mundo. Y, más recientemente, los días que he pasado en Pamplona con motivo de los cincuenta años del comienzo de la Clínica Universidad de Navarra. En los diez lustros transcurridos, innumerables personas —médicos, enfermeras, personal administrativo— se han dedicado a atender con espíritu cristiano a los enfermos; y millares de pacientes han recuperado la salud, han aprendido a ofrecer a Dios sus sufrimientos, y algunos incluso la muerte, en estrecha unión con Jesucristo en la Cruz. Doy gracias a Dios con toda el alma —acompañadme también vosotros—, porque la solicitud de san Josemaría por los enfermos, puesta de manifiesto desde los comienzos de la Obra y aun antes, encontró cauce en este gran proyecto que nuestro Fundador impulsó personalmente, así como en tantas otras iniciativas similares que han ido surgiendo a lo largo de los años en diversos países.

Pero, hijas e hijos míos, el mes de mayo nos habla, sobre todo, de la continua presencia de la Santísima Virgen en el camino de la Iglesia y de cada cristiano. Nada más lógico, pues, que tratemos de obtener el mayor fruto espiritual y apostólico de las próximas semanas.

En primer lugar, me detengo en esa costumbre mariana muy querida: la romería de mayo. Mañana, día 2, se cumple otro aniversario de la que san Josemaría realizó, acudiendo al santuario de Nuestra Señora de Sonsoles en 1935, en compañía de dos hijos suyos, y abriendo el paso a esta costumbre mariana en la Obra. Desde entonces, ¡a cuántos millares de ermitas y santuarios de la Virgen se ha ido piadosamente en el mundo entero, siguiendo las huellas de nuestro Padre! Pidámosle que caminemos en la romería con su mismo recogimiento y confianza en nuestra Madre, con su mismo espíritu apostólico; y, con este fin, invitemos también a algún amigo, colega o pariente, para que nos acompañe en esa muestra filial de cariño a Nuestra Señora.

Hacia la mitad del mes, celebraremos tanto la fiesta de la Virgen de Fátima como el aniversario de la novena de san Josemaría a Nuestra Señora de Guadalupe, en 1970: dos recuerdos que nos han de impulsar a cuidar con esmero los ratos de oración mental y las oraciones vocales, especialmente el Rosario, tan recomendado por Nuestra Señora a los tres pastorcillos. Seamos santamente ambiciosos en nuestras intenciones apostólicas, suplicando a María por la Iglesia y el Papa; por los frutos del Año de la fe para el que nos estamos preparando; por la renovación de la vida cristiana en todo el mundo.

El día 17, que este año coincide con la solemnidad de la Ascensión del Señor, es el vigésimo aniversario de la beatificación de nuestro Padre. ¡Qué memoria de las maravillas de la gracia nos trae esta fecha, compartida con el beato Juan Pablo II y con el queridísimo don Álvaro! ¡Qué ocasión tan buena para aumentar nuestra gratitud a Dios y nuestros afanes de seguir el ejemplo del instrumento fiel que escogió el Cielo para fundar el Opus Dei!

En las fechas siguientes del mes, podemos acompañar de cerca a Nuestra Señora en la preparación de la fiesta de Pentecostés, que este año se celebra el domingo 27. San Josemaría nos impulsaba a detenernos en esos días —o en los siguientes—, de modo personal, en la consideración del decenario al Espíritu Santo. Asume una importancia capital que nos mantengamos muy cerca de la Virgen en esas jornadas, aprendiendo de Ella a tener más intimidad con el Santificador de nuestras almas.

Hace pocas semanas, considerando la presencia de Nuestra Señora en el Cenáculo de Jerusalén, con los Apóstoles y las santas mujeres, en espera de la venida del Paráclito, Benedicto XVI hacía notar que con María comienza la vida terrena de Jesús y con María inician también los primeros pasos de la Iglesia[4]. Dios quiso que su Hijo se encarnara en las entrañas purísimas de la Virgen, y el mismo Señor nos la dio por Madre junto a la Cruz. Por eso, cuando los primeros discípulos se congregaron en el Cenáculo a la espera del Consolador prometido, la Virgen Santa se encontraba entre ellos, pidiendo «con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra»[5].

Advierte el Papa que la presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más precioso que tiene: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: conservar la memoria de Jesús y así conservar su presencia[6].

No es difícil imaginar que, en el tiempo entre la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo, los discípulos, teniendo a su lado a la Madre de Jesús, escucharían de su viva voz y con gran piedad tantos recuerdos como Ella conservaba en su corazón: desde el anuncio de la Encarnación al nacimiento en Belén; desde los azarosos meses que siguieron a la persecución de Herodes hasta los años de trabajo y la estancia en Nazaret; desde los tiempos felices de la predicación y milagros del Señor durante la vida pública, hasta las horas tristes de su pasión, muerte y sepultura; y luego la alegría de la resurrección, las apariciones en Judea y Galilea, las últimas instrucciones del Maestro… Al compás de las fuertes vivencias de María, el Espíritu Santo iba preparando a los Apóstoles y a los otros discípulos para la plenitud de Pentecostés.

¡Qué buena escuela, hijas e hijos míos, es el Cenáculo! Escuela de oración, en la que Santa María resalta como maestra inigualable. Maestra de oración[7], decía nuestro Padre; y también Maestra del sacrificio escondido y silencioso[8]. Allí la Virgen permanece a la escucha de las inspiraciones del Paráclito y enseña a los primeros a oír a Dios en el recogimiento de la oración. Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, aprender de Ella a ser comunidad que ora: ésta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 2, 42). Con frecuencia se recurre a la oración por situaciones de dificultad, por problemas personales que impulsan a dirigirse al Señor para obtener luz, consuelo y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para pedir por sí mismos, sino también de modo unánime, perseverante y fiel, con “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,  32)[9].

Es una misión que la Virgen confía a quienes desean ser fieles hijos suyos: enseñar a otras personas a dirigirse a Dios en todo momento, no sólo en las necesidades perentorias o en las situaciones difíciles. Para algunos, todo esto quizá resulta familiar; para otros, nuevo; para todos, arduo. Pero yo —escribió san Josemaría— (…) no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios[10].

De este modo se comportó siempre la Virgen Santísima. En el Calvario, junto al patíbulo, reza. No es una actitud nueva de María. Así se ha conducido siempre, cumpliendo sus deberes, ocupándose de su hogar. Mientras estaba en las cosas de la tierra, permanecía pendiente de Dios. Cristo (…) quiso que también su Madre, la criatura más excelsa, la llena de gracia, nos confirmase en ese afán de elevar siempre la mirada al amor divino[11].

Ahora, desde el Cielo, donde vive glorificada en cuerpo y alma, la Santísima Virgen sigue muy de cerca a cada uno, cumpliendo a la letra el encargo que le hizo Jesús en la persona de san Juan: mujer, aquí tienes a tu hijo[12]. Encomendémosle todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial —recomienda Benedicto XVI—, entre ellas la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo, podemos salir de “nuestra casa”, de nosotros mismos, con valentía, para llegar hasta los confines del mundo y anunciar por doquier al Señor Jesús, Salvador del mundo[13].

¿Rezamos el Dominus tecum del avemaría con la piedad diaria con que lo repetía nuestro Padre? ¿Cómo insistimos a la Virgen para que nos ayude a aprovechar los dones y los frutos del Espíritu Santo?

Seguid muy unidos a mis intenciones, que se resumen en una oración intensa por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes y religiosos, por la santidad de todo el pueblo cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, recurriendo a la intercesión de la Virgen, que suscite en todos, pastores y fieles, el anhelo de cumplir en todo momento la santa Voluntad de Dios.

Y acompañadme en el viaje que pienso realizar a Eslovaquia dentro de pocos días; para que también allí el espíritu del Opus Dei se difunda más y más, sembrando en todos los ambientes el amor a la Iglesia y el deseo de santificarse y santificar en medio de las tareas ordinarias. No imagináis con qué piedad insistente pidió nuestro Padre por esa tierra, en 1968, cuando hubo un conato de liberarse del yugo del marxismo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2012

[1] Pseudo Gregorio Taumaturgo, Homilía II sobre la Anunciación.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 52.

[3] San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 59.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[7] San Josemaría, Camino, n. 502.

[8] Ibid., n. 509.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 247.

[11] Ibid., n. 241.

[12] Jn 19, 26.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

Camino n. 40: fe, alegría, optimismo

Fe, alegría, optimismo. —Pero no la sandez de cerrar los ojos a la realidad.
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EDICIÓN CRÍTICA

«Me parece recordar –escribía en 1938 el Prof. Jiménez Vargas, entonces alférez médico– que yo escribí una cosa así en una carta a Burgos. Seguramente con motivo de la ingenuidad de alguno» [1].

La misiva en cuestión iría redactada con el estilo característico de Jímenez Vargas, que divertía tanto a San Josemaría.

Esa carta dirigida a San Josemaría, cuando éste se encontraba en Burgos durante la contienda, no se conserva, pero sí esta otra de San Josemaría a Jiménez Vargas, que, aunque trata de otro tema, parece aludir a la carta anterior:

«Hay más de una docena de académicos y catedráticos que firman una circular, que se ha traducido al alemán, francés, inglés e italiano, para pedir libros para el 50 [2]. Esperamos resultado. No olvides, por eso, que mi optimismo no me aparta de la realidad».

San Josemaría continúa hablándole de la realidad verdadera:

«¿Y, de ti, qué voy a decirte? Que es menester que, cada día, tengas trato más íntimo con D. Manuel [Dios Nuestro Señor, en el lenguaje cifrado que debía emplear durante aquellos tiempos de guerra] y su Madre: que te preocupes del abuelo [el propio San Josemaría] y de tus hermanos [los demás de la Obra]: que estés decidido a todos los sacrificios, por sacar adelante nuestra Casa [la futura residencia de Madrid]: y que empujes, por ese mismo camino de entregamiento y abnegación, a toda la familia» [3].

De ese diálogo epistolar debió salir un apunte, tal vez de agenda, que es el que estaría en la base de este punto40. El caso es que ya encontramos el texto en un guión de meditación de septiembre de 1938 [4]:

«Et omnia quaecumque petatis in oratione, credentes…» Fe. Alegría. Optimismo. – Pero, no la sandez de cerrar los ojos a la realidad».

¿Podría ya haber estado entonces redactada la «gaitica»? El tenor literal del manuscrito de Burgos invita a pensar que fue redactada en diciembre de 1938 o enero de 1939 a partir del guión, como en otros muchos casos.

Vid el punto 378, incluido ya en la edición de Cuenca. Ambos puntos enmarcan la concepción del optimismo cristiano que atraviesa todo el libro.


[1] Relato del 77, pg 3.

[2] Manera familiar de designar a la Residencia de estudiantes que, antes de la guerra, estuvo en Ferraz nº 50 y que San Josemaría planea volver a abrir en Madrid cuando termine la guerra. La petición de libros (a Universidades y organismos del extranjero) a la que aquí alude ocupó un lugar significado en la actividad de San Josemaría y los suyos en Burgos y se reflejará en otros puntos de Camino. Vid el comentario al punto 467.

[3] Carta de San Josemaría Escrivá a Juan Jiménez Vargas, Burgos 23-III-1938; EF 380323-1. El subrayado es mío.

[4] Meditación «Stabant iuxta Crucem (Joann. XIX, 25)», Vitoria 19-IX-1938, predicada a las teresianas; guión nº 114.

Aprender de los que nada tienen

Mi nombre es Héctor Piñeiro López y, como oficial de la Armada Española, he tenido oportunidad de estar en ciudades y países tan distintos como S. Petersburgo, Somalia o la India. Haber estado en países de culturas tan distintas me ha permitido ver “en vivo y en directo” lo que supone la fe para los cristianos en los diferentes sitios en que Dios les ha puesto.

Una de las experiencias que más me ha impresionado, ha sido en una de mis últimas navegaciones, en la que encontramos en el Mediterráneo una embarcación a la deriva con 114 inmigrantes, que llevaban en esa situación 3 ó 4 días.

Al encontrarse además sin motor y sin alimentos, cumpliendo la Normativa Marítima SOLAS (Safety of Life at Sea), acogimos a los 114 inmigrantes a bordo durante 6 días (entre el 11 y el16 de julio de 2011), en espera de que pudiéramos dejarlos en algún país que les acogiera.

Estos inmigrantes procedían de diferentes países de África Occidental (Malí, Níger, Nigeria, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea-Bissau), y todos ellos huían de Libia en busca de unfuturo mejor ante el empeoramiento de la situación por la inminente caída del Régimen de Gadafi en ese mes.

Los días de convivencia a bordo de nuestra fragata con los inmigrantes fue una experiencia difícil de olvidar para todos los que convivimos con ellos durante aquellos 6 días. Compartimos lo que podíamos ofrecerles (comida, ropa, medicamentos) pues tardaríamos tiempo en aprovisionarnos. Todos lo hicimos encantados y de buena gana. Fue para mí una lección de que, al dar a los demás, también uno sale ganando.

Todos éramos conscientes de lo delicado de su situación, ya que muchos de ellos habían perdido familiares durante la huída de Libia: algunas mujeres perdieron a sus maridos, algunos maridos a sus mujeres y otros no sabían nada de sus familiares que tuvieron que quedarse en Libia.

Además, en su huída, habían invertido todo lo que tenían y se encontraban con un futuro incierto. A pesar de lo dramático de su situación, era frecuente verles reírse, jugar y cantar canciones de sus países de origen: se les veía habitualmente alegres. Yo me preguntaba cuántas cosas necesitamos para ser felices.

¿Cómo tenían esa actitud positiva ante la vida en esas condiciones tan extremas? La respuesta la obtuvimos a la mañana siguiente al amanecer, en una escena que nunca olvidaré.

Esa mañana del día 12 de julio, pudimos ver cómo muchos de los inmigrantes (cristianos) nada más levantarse hacían su “oración de la mañana”.  Uno de ellos se puso en pie y empezó a hacer su oración en voz alta.  En esa oración, en inglés, daba gracias a Dios por haber conservado sus vidas y con mucha fuerza decía en voz alta “Dios mío estamos en tus manos, no nos abandones, eres lo único que tenemos”.

Pocas veces he visto una oración tan impresionante en la que se ponía de manifiesto que aquellas personas acudían a Dios como lo único que tenían en sus vidas.  Lo más importante de su día eran sus ratos de oración. Pude ver que en lo único que cada uno conservaba (una pequeña bolsa), junto a objetos imprescindibles, no faltaba el Evangelio en los cristianos y el Corán en  el caso de los musulmanes, que también hacían sus plegarias, con llamativo recogimiento, varias veces al día.

Desde entones todos comprendimos de donde sacaban esa alegría y ese optimismo  estas personas con una situación humana tan complicada. Una confianza y un abandono en Dios que fue una auténtica lección para todos nosotros.

Carta del Prelado [abril 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os escribo al comienzo de la Semana Santa. Desde la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, que celebramos hoy, hasta su resurrección en la mañana de Pascua, la Iglesia revive en la liturgia —a la que nos unimos todos— los grandes misterios de nuestra redención. Comencemos, pues, con una profunda acción de gracias a Dios por las grandes maravillas que ha realizado en favor de los hombres. Y dispongámonos con creciente intensidad a acompañar a Nuestro Señor en el Triduo sacro, acercándonos a Él en esas horas dolorosas de su entrega por nosotros, para asistir también a su exaltación gloriosa.

Pensar en la muerte de Cristo —advierte san Josemaría— se traduce en una invitación a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres[1]. La participación activa, consciente y llena de amor, en los oficios litúrgicos de estos días, se nos ofrece como el mejor modo de estar con Jesús en sus largos momentos de angustia y de sufrimiento. Así la Semana Santa no se reducirá a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas[2].

Sintámonos en profunda comunión con toda la Iglesia, que de una parte a otra del orbe celebra con piedad y recogimiento estos divinos misterios. Recemos especialmente por quienes recibirán el Bautismo en la Vigilia pascual, y por todos los demás, para que, movidos por la gracia del Espíritu Santo, nos aproximemos más y más a Dios en estas fechas, con la decisión de seguir a Cristo con plenitud de entrega. Dejémonos de consideraciones superficiales —exhortaba san Josemaría—, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad[3].

Jesús comenzó el Triduo sacro reuniéndose con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum, antequam patiar[4]; ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión. Con estas palabras se expresa san Lucas, al escribir el relato de la última Cena. Se entrevé en cada una el infinito amor del Corazón de Cristo por los hombres, la viva conciencia de que ya había llegado su hora, el momento de la salvación del género humano, tan largamente esperado. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora, explica Benedicto XVI. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así lo que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 19)[5].

¿Cómo no pensar también en los deseos de ser correspondido, que embargaban a Nuestro Señor? Sin embargo, los que le rodeaban no eran conscientes de la trascendencia de aquel acontecimiento, como lo manifiesta el hecho de que precisamente entonces se suscitaron entre ellos disputas sobre quién sería considerado el mayor[6]. Aunque indudablemente se sentirían íntimamente conmovidos por las palabras y las acciones de Jesús —y así lo sugiere san Juan al relatar con detalle el discurso de despedida del Señor, al final de aquella reunión familiar—, todavía no comprendían del todo el significado de lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Esa misión estaba reservada al Espíritu Santo, que sería enviado en Pentecostés. ¿Qué nos dice, hijas e hijos míos, la Pasión de Cristo? ¿Con qué devoción miramos la Cruz?

Nosotros, cristianos del siglo XXI, con una historia bimilenaria de fe y de piedad eucarística, que hemos recibido al Paráclito en el Bautismo, no estamos en las mismas condiciones que aquellos primeros. Sabemos que, en la última Cena, Jesucristo anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cfr. Jn 6, 31-33). Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús[7].

Debería resultar fácil llenarnos de asombro y de gratitud ante el anonadamiento de Dios en la Eucaristía. Y muchas veces no sucede así. ¿Por qué ese desamor, ante el amor de Cristo? ¿Por qué esa frialdad de nuestro corazón, ante las llamas que abrasan el Corazón del Maestro? Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de Él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con Él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?[8].

Son preguntas que el Vicario de Cristo dirige a los católicos; preguntas que esperan una respuesta personal, comprometida, de parte de cada una y de cada uno de nosotros. Roguemos sinceramente al Espíritu Santo que suscite esa respuesta en el fondo de nuestras almas y que sepamos acoger su gracia generosamente, con la entrega total de nosotros mismos a Nuestro Señor: amor con amor se paga.

Precisamente dentro de tres semanas, el 23 de abril, conmemoraremos el centenario de la primera Comunión de san Josemaría; y esta fecha supone un acicate para que sus hijas y sus hijos en el Opus Dei cuidemos con más piedad la participación en la Santa Misa y, de modo especial, la Sagrada Comunión.

Resulta imposible enumerar los consejos que nuestro amadísimo Padre nos mencionaba para recibir con más provecho al Señor cada día. Los que tuvimos la fortuna de contemplar de cerca cómo se preparaba para el Santo Sacrificio, cómo lo celebraba, cómo recibía la Comunión y daba gracias después, no encontramos palabras para expresar el amor que, sin manifestaciones llamativas, le embargaba en esos instantes. Me limitaré, pues, a trazar unas pinceladas que nos ayuden a ahondar en algún aspecto de la piedad eucarística de nuestro santo Fundador y mejorar así nuestro trato personal con Jesús en el Santísimo Sacramento.

El 23 de abril de 1963, nos decía: para mí hoy es una fiesta muy grande. Nos sugería que le ayudásemos a dar gracias a Dios por aquella bondad del Cielo: porque quiso venir a hacerse el dueño de mi corazón[9]. Estaba muy agradecido al Sa
nto Pontífice Pío X, que en los primeros años del siglo XX había emanado nuevas normas sobre la primera Comunión, fijando las condiciones mínimas requeridas para permitir que los niños pudieran acercarse a la Sagrada Mesa[10]. Siempre recordaba que recibió por primera vez al Señor a los diez años. En aquella época —comentaba—, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la Primera Comunión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes. Y me preparaba un viejo escolapio, hombre piadoso, sencillo y bueno. Él me enseñó la oración de la comunión espiritual[11].

Aquel primer encuentro con Jesús en la Eucaristía marcó profundamente su existencia. Cada año se preparaba con tiempo para esa fecha tan querida. En muchas otras ocasiones, volvía a esos instantes con un recuerdo lleno de gratitud, admirando la bondad de Dios, que tan cerca desea estar de sus criaturas.

Pero no se comportaba así sólo de mayor, aunque es lógico que, con el paso de los años, tras haber considerado una y mil veces estos favores del Señor, sus manifestaciones de agradecimiento fueran afinándose más y más. Varias veces comentó algo que no deja de causar impresión, si consideramos que se trata de unas reflexiones que comenzó a hacerse en edad temprana. Desde pequeño —decía— he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos. Es el sentimiento de la madre por su hijo: te comería a besos, le dice. Te comería: te transformaría en mi propio ser[12].

Sólo el amor de Cristo por cada uno, más grande que el que todos los padres y madres pueden mostrar a sus hijos, se alza con fuerza como el modo supremo de realizar esa aspiración a la unión definitiva entre personas que se aman. El Señor nos ha dicho eso también: ¡toma, cómeme! Más humano no puede ser. Pero no humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es Él quien nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas, nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados. Me sobran razones: aquí está la explicación de mi vivir[13].

Hijas e hijos míos, preparémonos lo mejor posible para recibir la Comunión. Siempre será poco lo que hagamos, pero esto no ha de causar en nosotros ni el más pequeño regusto de amargura. Realmente no somos dignos de acoger al Señor en nuestra alma y en nuestro cuerpo, pero Él ha dicho que no precisan de médico los sanos, sino los enfermos[14]. Él, con su venida frecuente —diaria, si es posible—, nos va convirtiendo a cada una, a cada uno, en dignos de su amor. Por eso, cuando el alma está en gracia —y es un alma enamorada de Dios— no se debe pensar que falta preparación para comulgar; porque mientras estamos trabajando, abriendo otros frentes de esta guerra de paz y de bien en el mundo, nos estamos preparando maravillosamente[15].

A principios de año os sugerí que, si os parece, recitéis con frecuencia la jaculatoria que nuestro Padre tomó del Evangelio, de labios del apóstol santo Tomás, y que diariamente repetía con el corazón en la Santa Misa: Dominus meus et Deus meus![16], ¡Señor mío y Dios mío! Nos asombra este maravilloso acto de fe en la presencia real de Jesucristo bajo las especies sacramentales, que nos impulsará a prepararnos mejor para comulgar. Hemos de amar mucho al Señor, ser muy piadosos, tratarle lo mejor posible en el altar y en el tabernáculo, amarle también por los que no le aman, desagraviarle por los que le ofenden. Dios Nuestro Señor necesita que le repitáis, al recibirlo cada mañana: ¡Señor, creo que eres Tú, creo que estás realmente oculto en las especies sacramentales! ¡Te adoro, te amo! Y, cuando le hagáis una visita en el oratorio, repetídselo nuevamente: ¡Señor, creo que estás realmente presente!, ¡te adoro, te amo! Eso es tener cariño al Señor. Así le querremos más cada día.

Luego, continuad amándolo durante la jornada, pensando y viviendo esta consideración: voy a acabar bien las cosas por amor a Jesucristo que nos preside desde el Tabernáculo. Amad muchísimo a Jesús Sacramentado, y procurad que muchas almas le amen: sólo si metéis esta preocupación en vuestras almas, sabréis enseñarla a los demás, porque daréis lo que viváis, lo que tengáis, lo que seáis[17].

También ese día es aniversario de la Confirmación de nuestro Padre. La recibió en 1902, a los pocos meses de su nacimiento: no era infrecuente en España, por entonces, que los Obispos impartiesen este sacramento en sus visitas pastorales a las parroquias, tanto a los niños como a los adultos que no lo hubieran recibido. De este modo, desde muy pronto, el Espíritu Santo fue realizando su labor en el alma de nuestro Padre con mayor intensidad, preparándole para acoger con mucho fruto las gracias que había de concederle más adelante.

En una de sus reuniones con personas de toda condición, preguntaron a san Josemaría sobre la diferencia entre recibir a Cristo en la Comunión y la presencia del Espíritu Santo en el alma por la gracia. Inmediatamente, como quien lo tiene muy asimilado, dio la siguiente respuesta: esa diferencia la verás enseguida, si consideras que en la Sagrada Eucaristía (…) está realmente presente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se ha hecho Hombre por nosotros: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Lo recibimos así, pero nuestra naturaleza destruye enseguida las especies sacramentales y, desde este momento, desaparece esa presencia eucarística de Jesús Sacramentado.

Aun entonces Dios permanece con nosotros, si no lo echamos por el pecado mortal. Por medio de la gracia, el Espíritu Santo hace su morada dentro de nosotros y, por tanto, la Trinidad entera, porque no hay más que un solo Dios en tres Personas distintas. Donde está una Persona actuando, está presente la Trinidad Beatísima, único Dios[18].

Esmerémonos durante la jornada, hijas e hijos míos, en no perder la conciencia de esa inhabitación de Dios; más aún, podemos incrementarla constantemente con actos de fe y de amor, con comuniones espirituales e invocaciones a la Virgen, que nos servirán para dar gracias a Jesús por haber venido sacramentalmente a nuestra alma e ir preparando la Comunión del día siguiente.

No dejemos de rezar por el Papa, especialmente el día 19, séptimo aniversario de su elección, y también el 16, fecha en la que cumplirá 85 años. Repitamos con fe la plegaria de las Preces, que nuestro Fundador tomó del acervo litúrgico de la Iglesia: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius[19].

Me encomiendo también yo a vuestras oraciones, especialmente en el nuevo aniversario de mi elección y nombramiento como Prelado, el día 20. Así nos mantendremos consummati in unum[20], en unión de corazones y de intenciones con san Josemaría, que nos bendice a todos desde el Cielo. Y rezad por el viaje a Camerún que me propongo realizar en la semana de Pascua.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2012

[1] San Josemaría, Es Cristo
que pasa,
n. 97.

[2] Ibid., n. 96.

[3] Ibid., n. 76.

[4] Lc 22, 15.

[5] Benedicto XVI, Homilía en la Misa in cena Domini, 21-IV-2011.

[6] Cfr. Lc 22, 24.

[7] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 13.

[8] Benedicto XVI, Homilía en la Misa in cena Domini, 21-IV-2011.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1963.

[10] Cfr. san Pío X, decr. Quam singulari, 8-VIII-1910, norma I.

[11] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, año 1966.

[12] San Josemaría, Notas de una meditación, 14-IV-1960.

[13] Ibid.

[14] Cfr. Mt 9, 12.

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 28-V-1964.

[16] Jn 20, 28.

[17] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 4-IV-1970.

[18] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 13-IV-1972.

[19] Cfr. Sal 40 (41) 3.

[20] Jn 17, 23.

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Raffaele Luise, Raimon Panikkar. Profeta del dopodomani

Raffaele Luise, Raimon Panikkar. Profeta del dopodomani, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2011, 316 pp

Un periodista de la RAI, Raffaele Luise, interesado en cuestiones religiosas, ha publicado un libro de carácter divulgativo sobre el filósofo y teólogo Raimon Panikkar (1918-2010). En el tercer capítulo, “Numerario e sacerdote dell’Opus Dei” (pp. 25-33), Luise da cuenta, muy sumariamente, de su condición de miembro del Opus Dei entre 1940 y 1966.

Como en el resto del libro, la historia es narrada por medio de un diálogo imaginario con él. Y a veces las frases atribuidas al “maestro” (así le llama Luise) responden a cosas que efectivamente Panikkar ha dicho, pero otras veces no. En particular, la versión que esa conversación imaginaria da de los hechos que condujeron a que Panikkar dejara el Opus Dei tiene poco que ver con la realidad.

A lo largo de su vida, Raimon Panikkar no hizo referencia a esos hechos más que en muy contadas ocasiones. Presentó siempre el periodo en que perteneció al Opus Dei como un tiempo que había dejado honda huella en su vida. Aunque había habido discrepancias, en modo alguno repudiaba esos años. Por lo demás, siguió manteniendo relaciones con personas del Opus Dei, y en sus últimos meses un sacerdote de la Prelatura, que había recibido la ordenación sacerdotal en la misma época que él, acudió a visitarle.

Para tener una visión más justa de la historia que el libro de Luise ha intentado recrear, es importante considerar que el Raimon Panikkar real puede haber tenido diferencias con el Opus Dei y con el magisterio de la Iglesia, pero a pesar de su agitada peripecia quiso morir como sacerdote católico. Y fue precisamente en el Opus Dei donde recibió el don del sacerdocio.

Alfredo Méndiz