Benedicto XVI renuncia

11 de febrero, 2013. Benedicto XVI ha anunciado esta mañana que dimite “por falta de fuerzas”. Benedicto XVI que se ha reunido hoy con los cardenales y le ha anunciado que dimite, que deja el cargo de Papa.

En el Consistorio estaba previsto el anuncio de nuevos santos pero ha saltado la noticia bomba, avanzada por la agencia estatal italiana ANSA.

“El Papa anuncia su renuncia por falta de fuerzas”. La sorpresa ha provocado el colapso de las web informativas del vaticano. En el encuentro con los cardenales para anunciar la canonización de 800 mártires de Otranto, una religiosa colombiana y otra mexicana, Benedicto XVI anunció este lunes su propia renuncia. Para la elección de nuevo Papa tendrá que haber un nuevo cónclave en febrero.

El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, ha asegurado: «Nosotros le hemos notado cansancio en los ultimos años».

Benedicto XVI anunció la renuncia con estas palabras:

Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.

Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice.

Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

Vaticano, 10 de febrero 2013.

BENEDICTUS PP XVI

Carta Pastoral (febrero 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al considerar el inmenso amor de Dios a los hombres, que se manifiesta sobre todo en el misterio de la Encarnación, nos quedamos removidos: así comienza nuestro Padre su homilía “Hacia la santidad”[1], y pienso que también nosotros deseamos asumir esa disposición interior al recitar el Credo. ¡Con qué gratitud lo confesamos, al afirmar que el Verbo eterno de Dios tomó carne en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre! Al compás de estas palabras nos inclinamos profundamente —en dos ocasiones al año, nos arrodillamos—, porque el velo que escondía a Dios, por decirlo así, se abre y su misterio insondable e inaccesible nos toca: Dios se convierte en el Emmanuel, “Dios con nosotros”. Cuando escuchamos las Misas compuestas por los grandes maestros de música sacra —decía el Santo Padre en una reciente audiencia— (…) notamos inmediatamente cómo se detienen de modo especial en esta frase, casi queriendo expresar con el lenguaje universal de la música aquello que las palabras no pueden manifestar: el misterio grande de Dios que se encarna, que se hace hombre[2].

En las semanas anteriores, hemos seguido los pasos de Jesús en la tierra ayudados por la liturgia: primero en el taller de Nazaret y luego por los caminos de Judea y Galilea. Os sugiero que ahora, al meditar en este gran misterio del Dios hecho hombre, nos detengamos en los diversos momentos de la vida terrena del Señor. Porque Jesús no sólo tuvo un verdadero nacimiento humano en Belén, sino que anduvo entre nosotros durante más de treinta años, conduciendo una existencia plenamente humana. San Josemaría nos movía a agradecerle que haya tomado nuestra carne, asumirla con todas sus consecuencias; e insistía: Dios no se ha vestido de hombre: se ha encarnado[3]. El Concilio Vaticano II nos recuerda que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[4].

Mientras pensamos en la vida del Señor, es muy importante recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cfr. 1 Jn 1, 1-4)[5]. Ahondemos, pues, con el auxilio de la gracia, en las consecuencias de ese hacerse Dios hombre perfecto: Jesús nos da ejemplo de cómo comportarnos en todo momento —de acuerdo con la dignidad que nos ha alcanzado— como verdaderos hijos de Dios. Durante el año litúrgico, rememoraremos nuevamente, con un sentido nuevo, sus principales enseñanzas. Tratemos de asimilarlas personalmente, procurando reproducirlas en nuestra existencia cotidiana: éste es el camino seguro —no hay otro— para alcanzar la santidad a la que el Señor llama a todos los cristianos. Él mismo señaló en el Evangelio: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…); nadie va al Padre si no es a través de mí[6].

Desde muy joven, a quienes se acercaban a su labor pastoral —y a los que él mismo buscaba para llevarlos al Señor, porque no caben pausas en el apostolado—, san Josemaría les mostraba la senda para seguir a Cristo en la vida ordinaria. Dios le concedió una luz especial para descubrir el contenido salvífico de la existencia de Cristo en Nazaret, que —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana»[7]. Lo afirmó expresamente Benedicto XVI al reconocer que en la conducta y en los escritos de nuestro Fundador brilla con fuerza particular un rayo de la luz divina contenida en el Evangelio, precisamente por haber enseñado que la santidad puede y debe alcanzarse en las circunstancias normales de la existencia cristiana[8], compuesta de horas de trabajo, de dedicación a la familia, de relaciones profesionales y sociales…

En efecto, Dios puso en el corazón de san Josemaría el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana[9]. Y le iluminó para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[10]. Su espíritu es una guía segura para quienes desean encontrar a Cristo, ir tras de Él y amarle en medio de los afanes terrenos, en todas las encrucijadas de la tierra.

El misterio de la Encarnación nos habla de la entrega de Dios a toda la humanidad. El Verbo divino, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros (…), asumió nuestra humanidad para darnos su divinidad. Éste es el gran don. También en nuestro donar —explica el Santo Padre— no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra dar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de la entrega de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha dado a sí mismo en su Hijo unigénito[11]. Y lo mismo espera de cada una, de cada uno.

A mediados de mes comienza la Cuaresma, un tiempo especialmente adecuado para revisar nuestro comportamiento y mirar si estamos siendo generosos con Dios y con los demás por Dios. En la segunda lectura del Miércoles de Ceniza, el Apóstol de las gentes nos dice de parte del Señor: en el tiempo favorable te escuché. Y en el día de la salvación te ayudé. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación[12]. Más adelante, en la misma epístola, nos impulsa a servir a Dios en todo momento: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; (…) en fatigas, desvelos y ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con bondad, en el Espíritu Santo, con caridad sincera[13].

Estas palabras del Apóstol —escribió san Josemaría— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.

Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.

El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios[14].

Antes de proseguir, me parece necesario que nos detengamos a pensar: ¿me preparo para vivir esas semanas de modo penitente? ¿Deseo adentrarme en el holocausto de Jesucristo? ¿Rechazo todo miedo a la mortificación?

Enfocar de este modo cristiano —como acabo de mencionar, citando a nuestro Padre— las vicisitudes de la existencia, en las que muchas veces se manifiestan el sufrimiento y los límites de la criatura, es el único modo de entender a fondo la realidad de la condición humana. Para encontrar sentido a las preocupaciones e incluso angustias que puedan producir las penalidades de la vida —el dolor, la falta de trabajo, la enfermedad, la muerte…—, se necesita una fe sincera en el amor infinito de Dios. Sólo a la luz del Verbo encarnado, todo encuentra sentido. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que da la respuesta completa a la pregunta: “¿Quién es el hombre?”. Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano[15].

Lo expresó con claridad el último Concilio ecuménico: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[16].

Hijas e hijos míos, insisto una vez más: pongamos empeño para sacar mucho provecho de la lectura del Evangelio; y, para eso, meditemos a fondo los episodios de la vida de Nuestro Señor. San Josemaría nos pidió siempre que no leyéramos esos pasajes como si fueran ajenos a nosotros, sino entrando en las escenas como un personaje más, con nuestras flaquezas y nuestros deseos de mejora, llenándonos de asombro ante la Humanidad Santísima de Jesucristo y apoyándonos en su fortaleza divina.

Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo[17].

En las primeras semanas del Tiempo ordinario, y luego en la Cuaresma, la Iglesia nos presenta escenas en las que resaltan tanto la divinidad como la humanidad del Señor. Junto a los grandes milagros que ponen de manifiesto su naturaleza divina, somos también testigos de la realidad de su naturaleza humana: pasaba hambre y sed, se agotaba físicamente en las largas caminatas de un lugar a otro, se llenaba de alegría al encontrar corazones que se abrían a la gracia y se colmaba de pena cuando otros se resistían. Comentando uno de esos momentos, por ejemplo, san Josemaría exclamaba: tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perféctus Deus, perféctus homo (Símbolo Quicúmque), perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo[18].

Si perseveramos en este camino, desde Nazaret hasta la Cruz, se abrirán para nosotros las puertas de la vida divina en toda su amplitud. Porque tratando a Cristo hombre, aprendemos a tratar a Cristo Dios y, en Él y por Él, al Padre y al Espíritu Santo: al Dios uno y trino. Aseguraba nuestro Fundador que, en la senda de la santidad, llega un momento en el que el corazón precisa distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! 19].

Y añade san Josemaría: ¿Ascética? ¿Mística? No me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor —lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo— es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta[20].

A mediados de este mes, casi coincidiendo con el comienzo de la Cuaresma, es el aniversario de aquellas dos intervenciones de Dios en el camino de la Obra, el 14 de febrero de 1930 y de 1943: ¡setenta años de esta cercanía del Cielo al Opus Dei! En esa jornada de acción de gracias, deseamos que nuestra oración llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen, nuestra Madre, a la que veneramos especialmente con el título de Mater Pulchræ Dilectiónis, Madre del Amor Hermoso, con el que le honra la Iglesia y que tanto agradaba a nuestro Padre.

Pocos días después, el 19, el queridísimo don Álvaro celebraba su santo. Apoyándonos en que la Iglesia ha reconocido que practicó de modo heroico todas las virtudes, acudamos a su intercesión, pidiendo a Dios que también nosotros sepamos recorrer fielmente la senda de nuestra vocación cristiana, buscando, encontrando y amando a Jesucristo en las circunstancias que entretejen cada una de nuestras jornadas. Gracias a Dios, la historia de la Obra también tiene otros aniversarios, que —estoy seguro— viviréis con la actualidad de cuando ocurrieron: no permitamos, como nos avisaba nuestro Padre, que se queden en simples recuerdos, como si se tratara de sucesos antiguos, ya consignados a la historia.

Con todo cariño, os bendice y os pide oraciones

vuestro Padre

+ Javier

 

Roma, 1 de febrero de 2013.

[1] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 294.

[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2013.

[3] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

[4] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[6] Jn 14, 6.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 533.

[8] Cfr. Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

[10] Oración a san Josemaría.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[12] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Segunda lectura (2 Cor 6, 2).

[13] 2 Cor 6, 4-6.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 60.

[15] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[16] Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, n. 22.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 50.

[19] Ibid., n. 306.

[20] Ibid., n. 308.

Del Prelado del Opus Dei, carta enero 2013

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

A lo largo de las santas fiestas de la Navidad, nos hemos acercado muchas veces a la gruta de Belén para contemplar a Jesús en brazos de su Madre. Hemos ido para adorarle, movidos también por el deseo de representar de algún modo a la humanidad entera. Y hoy, al comenzar el nuevo año, leemos con emoción en la segunda lectura de la Misa unas palabras de san Pablo: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos[1].

En nuestras almas crece el afán de comunicar a todo el mundo esta buena nueva, como repetía, ¡con novedad!, nuestro Padre, al llegar estas fiestas del nacimiento del Señor. Querríamos que le trataran muy bien en todos los rincones, que le recibieran con cariño en el mundo entero. Y habremos procurado cubrir el silencio indiferente de los que no le conocen o no le aman, entonando villancicos, esas canciones populares que cantan pequeños y grandes en todos los países de vieja tradición cristiana. ¿Os habéis fijado que siempre hablan de ir a ver, a contemplar, al Niño Dios? Como los pastores, aquella noche venturosa: vinieron a toda prisa, y hallaron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre (Lc 2, 16)[2].

Llenos de asombro, hemos contemplado en los días pasados esta gran manifestación de la benevolencia divina. ¡No cesemos de asombrarnos! Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido[3]. Por eso, además de imitar a los pastores que acudieron con prontitud a la gruta, podemos fijarnos en el ejemplo de los Magos, a quienes recordaremos en la próxima solemnidad de la Epifanía. Gracias a su fe humilde, aquellos hombres superaron las dificultades que encontraron en su prolongado viaje. Dios iluminó sus corazones para que, en la luz de una estrella, descubrieran el anuncio del nacimiento del Mesías. Fueron dóciles, y esa disponibilidad les condujo hasta Belén. Allí, entrando en el lugar donde se alojaba la Sagrada Familia, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra[4].

Seamos también nosotros dóciles a las mociones de la gracia, que nos llega por medio de los sacramentos; también en la oración personal, al meditar las escenas del evangelio, y al aceptar de buen grado los consejos de la dirección espiritual, tratando de ponerlos en práctica. Resulta totalmente lógica la exhortación de santo Tomás de Aquino: «Debido a la debilidad de la mente humana, y del mismo modo que necesita ser conducida al conocimiento de las cosas divinas, así requiere también ser conducida al amor como de la mano, por medio de algunas cosas sensibles que nos resultan fácilmente conocidas. Y entre éstas, la principal es la Humanidad de Jesucristo, según lo que decimos en el Prefacio de Navidad: “Para que conociendo a Dios visiblemente, seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles”»[5].

El Credo de la Misa expone con suma sencillez el misterio de la Encarnación redentora, al confesar que el Hijo de Dios, por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre[6]. En estas pocas palabras, que pronunciamos o cantamos acompañadas de una inclinación profunda, se narra el acontecimiento central de la historia, que nos ha abierto las puertas del Cielo. En ese texto, como en una filigrana, se escucha el eco de las tres narraciones de la Encarnación que nos transmiten los evangelios. San Mateo, al relatar la anunciación del misterio a san José, pone en boca del ángel los mismos términos referentes al Hijo de la Virgen María: le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados[7]. La encarnación y el nacimiento de Jesús manifiestan la infinita bondad divina: como no podíamos volver a Dios por nuestras propias fuerzas, a causa del pecado —el original y los personales—, Él salió a nuestro encuentro: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[8]. Os recuerdo aquella consideración de nuestro Padre, con la que nos urgía a vivir una fe actual, profunda: se termina perdiendo la fe, si no nos quedamos pasmados ante los misterios de Dios[9]. ¿Cuidamos con delicadeza el trato con Jesús? ¿Agradecemos esa omnipotencia del Señor que reclama nuestra sumisión, como prueba de amor?

Verbum caro factum est[10]. El Verbo de Dios no sólo se ha acercado para hablarnos, como antes en el Antiguo Testamento, sino que se ha hecho uno de nosotros, descendiente de Adán y Eva, al tomar carne y sangre de la Virgen María; igual en todo a nosotros excepto en el pecado[11]. Ha querido venir al mundo para enseñarnos que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas[12], y nos insta a que los recorramos santamente, con perfección sobrenatural y humana. ¡Qué infinita y maravillosamente se nos acerca el Dios con nosotros!

San Lucas, al narrar la anunciación a Nuestra Señora, recoge la conversación del Arcángel Gabriel con María, explicándole el designio de Dios: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios[13]. En Santa María converge la mirada amorosa de las tres Personas divinas, que la habían elegido desde la eternidad para ser la auténtica arca de la alianza, el refugio de los pecadores, porque en su seno purísimo iba a tomar carne humana el Hijo de Dios. Su respuesta inmediata y decidida —fiat mihi secúndum verbum tuum[14], hágase en mí según tu palabra— abrió paso a este gran y consolador misterio. Cada día, al recitar el Ángelus, conmemoramos ese momento singular de la historia de la salvación. ¿Con qué devoción surge nuestro rezo? ¿Damos gracias a Nuestra Señora desde el fondo del alma, por su entrega total al cumplimiento del designio divino? Saboreemos más y más la consideración de san Josemaría: ¡oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas![15].

Todas estas razones, y muchas más que cabría enumerar, se pueden resumir en una sola: «El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo, y recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”»[16].

Jesucristo es realmente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo del eterno Padre que ha asumido verdaderamente nuestra naturaleza humana, sin dejar de se
r Dios. Jesús no es un ser en parte divino y en parte humano, como una mezcla imposible de la divinidad y la humanidad. Es perféctus Deus, perféctus homo, como proclamamos en el Quicúmque o Símbolo Atanasiano. Esforcémonos por adentrarnos a fondo en esta verdad; pidamos al Paráclito que nos ilumine para captarla con más hondura, convirtiéndola en vida de nuestra vida, y para comunicarla con santo entusiasmo a los demás. No olvidemos que hemos de manifestar en todo momento, en cualquier circunstancia, el orgullo santo de ser hermanos de Jesús, hijos de Dios Padre en Cristo.

Considerémoslo una vez más: «La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios, engendrado de la misma sustancia del Padre antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre Santísima en el tiempo. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. Y, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona»[17].

Evidentemente nos encontramos ante un misterio tan esplendoroso que la razón queda deslumbrada al considerarlo. Sucede —y la analogía se queda muy pobre— como cuando alguien intenta mirar directamente al sol y debe apartar los ojos porque no cabe resistir a tanta luz. Ante el misterio de la Encarnación, no hay más alternativa que la que señalaba nuestro Padre: hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres[18].

Precisamente en la gruta de Belén se manifiesta no sólo la infinita caridad de Dios a sus criaturas, sino también su insondable humildad. Ese Niño que emite sus primeros vagidos, que tiene frío, que está necesitado del calor de María y de José, es el Dios todopoderoso y eterno, que, sin abandonar el Cielo para venir a la tierra, quiso despojarse de la gloria de su divinidad: siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres[19]. Ante tan maravillosa realidad, se entiende que nuestro Padre exclamara con frecuencia: ¿por qué me quieres tanto, Señor?

La paradoja cristiana —comenta Benedicto XVI— consiste precisamente en la identificación de la Sabiduría divina, es decir, el Logos eterno, con el hombre Jesús de Nazaret y con su historia. No hay solución a esta paradoja, si no es en la palabra “Amor”, que en este caso naturalmente se debe escribir con “A” mayúscula, pues se trata de un Amor que supera infinitamente las dimensiones humanas e históricas[20].

Para que quedase claro que la humildad resulta imprescindible para recibir la luz de la Encarnación, la Escritura nos cuenta que los primeros testigos del anonadamiento divino —aparte de María y de José— fueron unos pobres pastores que velaban sus rebaños en los alrededores de Belén; gente llana y poco considerada por los demás. El Señor se fijó en ellos porque «lo que atrae la benevolencia de Dios es sobre todo la humildad del corazón»[21]. El mismo Jesús, años más tarde, dará gracias a su Padre celestial: porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien[22].

También los Magos reconocieron al Mesías porque fueron sencillos, generosamente atentos al signo divino. Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios[23].

Recuerdo con emoción las veces que san Josemaría ponía ante nuestros ojos la escena del nacimiento del Señor. Hablaba de la cátedra de Belén, donde Jesús Niño nos imparte muchas lecciones; entre otras, y especialmente, la de la humildad, para que aprendamos a rendir nuestro orgullo y nuestra soberbia, contemplando al divino Infante. Admiremos además que, al fijarse en la Virgen María para hacerla Madre suya, le atrajo —hablando a lo humano— especialmente su humildad, su bajeza: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones[24].

Esta disposición, que hemos de pedir al Señor, no excluye la aspiración a lograr más eficacia en la tarea que nos ocupa a cada uno, poniendo todos los medios humanos a nuestro alcance para mejorar, para honrar a Dios con nuestro quehacer. Al contrario, como expone el Santo Padre, se trata de estudiar, de profundizar en los conocimientos manteniendo un espíritu de “pequeños”, un espíritu humilde y sencillo, como el de María, la “Sede de la Sabiduría”. ¡Cuántas veces hemos tenido miedo de acercarnos a la cueva de Belén porque estábamos preocupados de que pudiera ser obstáculo para nuestro espíritu crítico y para nuestra “modernidad”! En cambio, en esa cueva cada uno de nosotros puede descubrir la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, sobre sí mismo. En ese Niño, nacido de la Virgen, ambas verdades se han encontrado: el anhelo de la vida eterna por parte del hombre enterneció el corazón de Dios, que no se avergonzó de asumir la condición humana[25].

En esta batalla santa para que sólo Dios brille en nosotros, en nuestro trabajo, en nuestro apostolado, acudamos a la intercesión de nuestro Padre, especialmente el día 9, aniversario de su nacimiento, y el 13, aniversario de su bautismo, rogándole que nos obtenga más luces del cielo. No ceséis de rezar por la Iglesia y por el Papa, por los apostolados de la Obra, bien unidos a mis intenciones y conscientes de que necesitamos de la oración de nuestros hermanos los cristianos.

Gracias a Dios, la labor va creciendo en todas partes, pero hemos de llegar a más personas, a más ambientes, a nuevos lugares: Jesús nos lo reclama desde las pajas de Belén, porque desea que colaboremos con Él en la misión de la Iglesia de llevar la redención a todas las almas. He experimentado las hambres de Dios de tantas y tantas personas, también en mi reciente viaje a Verona —¡qué estupendamente bien se está con vosotros, con los demás!—, a mediados del mes pasado, y las “veo” en las noticias que recibo desde todas las partes del mundo.

Al comenzar el nuevo año, en esta solemnidad de la maternidad divina de María, y en las diferentes fechas que en este mes jalonan la historia de la Obra, invoco —acudiendo a nuestra Madre— la bendición del Señor sobre cada uno de vosotros y vuestras familias, sobre vuestros trabajos y vuestras labores de apostolado. Con todo cariño, os bendice

                                      
                                                vuestro Padre

                                                                                      + Javier

 

Roma, 1 de enero de 2013. 

Notas

[1] Misal Romano, Solemnidad de Santa María Madre de Dios, Segunda lectura (Gal 4, 4-5).

[2] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1973.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[4] Mt 2, 11.

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 82, a. 3 ad 2.

[6] Misal Romano, Ordinario de la Misa, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[7] Mt 1, 21.

[8] Jn 3, 16.

[9] San Josemaría, Notas de una conversación, 25-X-1973.

[10] Jn 1, 14.

[11] Cfr. Hb 4, 15.

[12] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[13] Lc 1, 35.

[14] Lc 1, 38.

[15] San Josemaría, Camino, n. 512.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica. n. 460. La cita proviene de san Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 3, 19, 1 (PG VII/1, 939).

[17] Símbolo Quicúmque 30-36 (Denz. 76).

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[19] Flp 2, 6-7.

[20] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

[21] Beato Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 6-XI-1996.

[22] Mt 11, 25-26.

[23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.

[24] Lc 1, 48.

[25] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

Avance del n.54 de Romana – Boletín Oficial de la Prelatura del Opus Dei

Este número de Romana ofrece algunas noticias sobre fieles de la Prelatura en proceso de canonización. Entre ellos se encuentra el decreto de virtudes heroicas del obispo Álvaro del Portillo (1914-1994), primer sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei; el boletín reproduce el decreto correspondiente de la Congregación de las Causas de los Santos, autorizado por el Santo Padre Benedicto XVI el pasado 28 de junio. Además, incluye varias informaciones sobre las causas de canonización de Dora del Hoyo (comienzo de la fase instructoria) y Encarnación Ortega (clausura de la fase diocesana).

Por lo que respecta a nombramientos pontificios, se señala que el Rev. Luis Felipe Navarro ha sido nombrado comisario delegado de la Comisión Especial para el tratamiento de las causas de dispensa de las obligaciones provenientes de la ordenación sacerdotal.

Por otra parte, han sido nombrados por el Secretario de Estado Vaticano, Card. Tarcisio Bertone, S.D.B., el Rev. Miguel Ángel Ortiz Ibarz y el Rev. Héctor Franceschi, como consultores de la Oficina del Tribunal de la Rota Romana.

Además, en este semestre algunos sacerdotes de la Prelatura han recibido, con la autorización del Prelado, encargos de obispos diocesanos de Bolivia, Chile, Japón, Nicaragua y Perú. Por otra parte, se han erigido dos nuevos centros de la Prelatura, uno en Roma (Italia) y otro en Córdoba (España).

En la sección “Del Prelado”, se recoge, entre otros nombramientos realizados por Mons. Javier Echevarría, el del vicario de la Prelatura en Kazajstán. También se informa de los viajes pastorales que el Prelado ha realizado en este periodo: visitó de nuevo el continente africano, desplazándose a Camerún, y dentro de Europa, a España y Eslovaquia.

Además, Mons. Javier Echevarría ordenó a 35 nuevos sacerdotes, entre los que se encuentran Ivan Kanyike Mukalazi (primer fiel del Opus Dei de Uganda que recibe el sacerdocio), y Damien Peter Lim Guan Heng (de Singapur).

El Boletín informa que en este semestre han fallecido 384 fieles de la Prelatura del Opus Dei y 17 socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. También se da noticia de diversas publicaciones relacionadas con el Opus Dei o su Fundador, entre las que destacan la edición crítico-histórica de Conversaciones (trabajada por José Luis Illanes y Alfredo Méndiz), que recoge el texto original de las entrevistas que san Josemaría concedió a numerosos medios de comunicación, como por ejemplo Le Figaro, The New York Times, Time y L’Osservatore Romano.

El “Estudio” de este número 54 de Romana corre a cargo de Juan Manuel Mora, vicerrector de comunicación de la Universidad de Navarra, y lleva el título: “Universidades de inspiración cristiana: identidad, cultura, comunicación”. El autor desarrolla el artículo desde el punto de vista de la comunicación institucional.

Romana reproduce documentos de la Santa Sede y contiene informaciones y noticias acerca de la actividad del Opus Dei y de su Prelado. La principal actividad de la Prelatura es la asistencia espiritual a sus fieles. Y el primer apostolado del Opus Dei es el que realizan personalmente sus miembros, en sus ocupaciones familiares, profesionales y sociales.

 

El boletín se edita en tres idiomas (castellano, inglés e italiano). Para suscribirse encontrar la información en www.romana.org.

Carta del Prelado del Opus Dei (diciembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En la víspera de mi viaje al Principado de Andorra, dejé preparada esta carta para que se os enviara el primero de diciembre. He venido a esta tierra, invitado por el Arzobispo, para participar en la celebración del 75º aniversario de la llegada de san Josemaría a este país, tras haberse evadido -con una clara protección de Dios- de la triste persecución religiosa, durante la guerra civil española. Llegó a Sant Julià de Lòria, primera población en suelo andorrano, en la mañana del 2 de diciembre de 1937; allí, con los que le acompañaban, hizo la Visita al Santísimo en la iglesia del pueblo (no pudo celebrar Misa, porque las normas litúrgicas entonces vigentes prescribían el ayuno eucarístico desde la medianoche anterior). Sólo al día siguiente, 3 de diciembre, celebró el Santo Sacrificio revestido con los ornamentos sacerdotales, que no había podido utilizar durante muchos meses. Esta primera Misa en Andorra tuvo lugar en la iglesia de Les Escaldes, población situada en las cercanías de la capital, donde habían hallado alojamiento.

Deseo comenzar la carta con estos recuerdos, para que demos muchas gracias a Dios que, por intercesión de la Virgen Santísima, cuidó de san Josemaría con una providencia especial en aquellos difíciles meses. Sigamos nosotros el ejemplo de fidelidad de nuestro Fundador, abandonándonos siempre con total confianza en las manos de Dios, especialmente cuando las circunstancias resulten más costosas. Buena lección nos han dejado también aquellos primeros, que llegaron en los años 30, cuando ya la Obra “caminaba”, por la fe grande que tuvieron en Dios y en san Josemaría, cuando no había “nada más” que la fe de nuestro Padre: ojalá seamos todas y todos instrumentos leales.

El mes pasado os invité a considerar el primer artículo del Credo, fundamento de todo nuestro creer. “Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de las cosas visibles -como es este mundo en el que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros que llamamos también ángeles- y también creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal”[1]. Así comenzaba Pablo VI el Credo del Pueblo de Dios en 1968, al concluir el año de la fe que había convocado para conmemorar el XIX centenario del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Consciente de la riqueza inagotable contenida en la revelación, y asistida constantemente por el divino Paráclito, la Iglesia ha ido profundizando con la razón en el misterio de la Trinidad. Gracias al esfuerzo de generaciones de santos -Padres y Doctores de la Iglesia-, ha logrado iluminar de algún modo este gran misterio de nuestra fe, ante el que -como decía nuestro Padre- “nos pasmamos” a diario, al tiempo que deseamos aumentar nuestro trato con cada una de las tres Personas divinas.

“Dios es único pero no solitario”[2], afirma un antiquísimo símbolo de la fe. Al comentarlo, el Catecismo de la Iglesia Católica explica que esto es así porque “”Padre”, “Hijo”, “Espíritu Santo” no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo””[3]. No imagináis qué gozo experimentó nuestro Fundador, en Marsella, al ver en un dibujo, sobre una piedra tallada, la referencia a la Trinidad, que quiso colocar en la Cripta de la Iglesia prelaticia.

Continúo ahora con el segundo artículo del Credo. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho[4].

En Dios, la generación es absolutamente espiritual. Por eso, “por analogía con el proceso gnoseológico de la mente humana, por el que el hombre, conociéndose a sí mismo, produce una imagen de sí mismo, una idea, un “concepto” (…), que del latín verbum es llamada con frecuencia verbo interior, nosotros nos atrevemos a pensar en la generación del Hijo o “concepto” eterno y Verbo interior de Dios. Dios, conociéndose a Sí mismo, engendra al Verbo-Hijo, que es Dios como el Padre. En esta generación, Dios es -al mismo tiempo- Padre, como el que engendra, e Hijo, como el que es engendrado, en la suprema identidad de la Divinidad, que excluye una pluralidad de “dioses”. El Verbo es el Hijo de la misma naturaleza del Padre y es con Él el Dios único de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento”[5]. No me detengo ahora en la Persona del Espíritu Santo, único Dios con el Padre y con el Hijo.

Ciertamente no resulta posible eliminar la oscuridad que encuentra nuestra mente, al pensar en Aquel que habita en una luz inaccesible[6]. Ni la inteligencia de los hombres, ni la de los ángeles, ni la de cualquier otra criatura, es capaz de comprender la inagotable Esencia divina: si lo comprendes, no es Dios, expresa un conocido aforismo. Sin embargo, nuestras almas, creadas por Dios y para Dios, tienen ansias de conocer mejor a su Creador y Padre, para amarle y glorificarle más; de ver a la Trinidad y gozar de su presencia eterna.

A este propósito, Benedicto XVI nos anima a los creyentes a no conformarnos nunca con el conocimiento de Dios que hayamos podido alcanzar. Las alegrías más verdaderas -decía en una reciente audiencia- son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes -querer un bien más alto, más profundo- y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado[7].

San Ireneo de Lyon, uno de los primeros Padres que se esforzó por penetrar en el misterio de la acción creadora de la Trinidad, explicaba que “sólo existe un Dios (…): es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría, “por el Hijo y el Espíritu””[8]. Y, acudiendo a un modo gráfico, metafórico, de expresarse -pues no cabe ninguna desigualdad entre las Personas divinas-, añadía que el Hijo y el Paráclito son como las “manos” del Padre en la creación. Así lo recoge el Catecismo de la Iglesia Católica, que concluye: “La creación es obra común de la Santísima Trinidad”[9]. En esta absoluta unidad de acción, la obra creadora se atribuye a cada Persona divina según lo propio de cada una. Y así se dice que corresponde al Padre como Principio último del ser, al Hijo como Modelo supremo, y al Espíritu Santo como Amor que impulsa a comunicar bienes a las criaturas.

Meditemos, hijas e hijos míos, con actitud de profunda adoración, estas grandes verdades. Y os insisto en que roguemos a Dios, como aconsejaba san Josemaría, que tengamos necesidad de tratar a cada una de las Personas divinas, distinguiéndolas.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (…). Todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho[10]. En Dios Hijo, con el Padre y el Espíritu Santo, en la omnipotencia, sabiduría y amor del único Dios, está el origen y el fin último de todas las criaturas, espirituales y materiales, y especialmente de los hombres y las mujeres.

Es tan grande la bondad de Dios, que quiso crear a nuestros primeros padres a su imagen y semejanza[11], y marcó en ellos y en sus descendientes una profunda huella, una participación de la Sabiduría increada que es el Verbo, al infundir en sus almas la inteligencia y la voluntad libre. Sin embargo, son muchos los que lo desconocen, o lo ignoran, o lo ponen como entre paréntesis, pretendiendo colocar al hombre en el centro de todo. ¡Cómo dolía a nuestro Padre esa paupérrima visión de algunas gentes! Así lo comentaba, por ejemplo, durante una reunión familiar al comenzar el año 1973, haciendo en voz alta su oración personal. Algunos pretenden una Iglesia antropocéntrica, en vez de teocéntrica. Es una pretensión absurda. Todas las cosas han sido hechas por Dios y para Dios: ómnia per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil, quod factum est (Jn 1, 3). Es un error, tremendo, convertir al hombre en el pináculo de todo. No vale la pena trabajar para el hombre, sin más. Debemos trabajar para el hombre, pero por amor de Dios. Si no, no se hace nada de provecho, no se puede perseverar[12].

El Señor espera de los cristianos que volvamos a alzarle -con la oración, con el sacrificio, con el trabajo profesional santificado- sobre la cima de todas las actividades humanas; que procuremos que reine en lo más profundo de los corazones; que vivifiquemos con su doctrina la sociedad civil y sus instituciones. De nosotros depende en parte -os repito con san Josemaría- que muchas almas no permanezcan ya en tinieblas, sino que caminen por senderos que llevan hasta la vida eterna[13]. ¿Con qué piedad rezamos la oración de las Preces Ad Trinitátem Beatíssimam? ¿Cómo le damos gracias por su perfección infinita? ¿Cómo amamos hondamente este misterio central de la fe y, por tanto, de nuestra vida?

Mañana comienza el Adviento, tiempo litúrgico que nos prepara para la Natividad del Señor. La primera semana nos anticipa los acontecimientos que tendrán lugar al final de los tiempos, cuando Jesucristo vendrá en su gloria para juzgar a los hombres y tomar posesión de su reino. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de (…) estar en pie delante del Hijo del Hombre[14]. Y añade: el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán[15]. Sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación: todas las criaturas, desde los elementos cósmicos -sol, luna, firmamento- obedecen a la Palabra de Dios, existen en cuanto han sido “llamados” por ella. Este poder creador de la Palabra de Dios se ha concentrado en Jesucristo, el Verbo hecho carne, y pasa también a través de sus palabras humanas, que son el verdadero “firmamento” que orienta el pensamiento y el camino del hombre en la tierra[16]. Meditemos, pues, con frecuencia, las palabras de Cristo que se recogen en el Evangelio y, en general, en todo el Nuevo Testamento. Procuremos sacar luces nuevas de esa consideración, para aplicarlas a nuestra existencia cotidiana. Os sugiero que, conforme al ejemplo de nuestro Padre, cada tiempo de meditación sea un diálogo vivido con esfuerzo: el Señor nos ve, nos oye, está con nosotros, hijas e hijos suyos.

No olvidemos que, a partir del día 17, la Iglesia entona las llamadas antífonas mayores, con las que se prepara de modo inmediato para la Natividad del Señor. La primera es ésta: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: ven y muéstranos el camino de la salvación[17]. Es una apremiante invocación al Verbo encarnado, cuyo nacimiento de la Virgen María estamos a punto de conmemorar. Porque la Sabiduría que nace en Belén es la Sabiduría de Dios (…), es decir, un designio divino que por largo tiempo permaneció escondido y que Dios mismo reveló en la historia de la salvación. En la plenitud de los tiempos, esta Sabiduría tomó un rostro humano, el rostro de Jesús[18].

Preparémonos con fe para esta gran fiesta, que es la fiesta de la alegría por antonomasia. Vivámosla con toda la humanidad. Vivámosla con todos los fieles de la Obra. Acudamos a esta cita con la firme decisión de contemplar la grandeza infinita y la humildad de Jesucristo, que tomó nuestra naturaleza -otra manifestación de cómo nos ama-, y no nos cansemos de mirar a María y a José, maestros estupendos de oración, de amor a Dios.

La Palabra que se hace carne es el Verbo eterno de Dios, que nos ha ganado la condición de ser en Él hijos de Dios: mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos![19]. Y comenta san Josemaría: hijos de Dios, hermanos del Verbo hecho carne, de Aquel de quien fue dicho: en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 4). Hijos de la luz, hermanos de la luz: eso somos. Portadores de la única llama capaz de encender los corazones hechos de carne[20]. Deseo que no faltemos a esta cita de la celebración de la llegada de Dios a la tierra: consideremos en esos días cómo es nuestro empeño por mejorar el estar con Jesús, el vivir con Jesús, el ser de Jesús.

A mediados del mes que acaba de transcurrir, realicé un viaje a Milán, donde me esperaban hace tiempo. Estuve sólo un fin de semana, pero muy intenso, porque tuve ocasión de reunirme con mis hijas y mis hijos del norte de Italia y con muchas otras personas que frecuentan los medios de formación de la Prelatura. He procurado impulsarles para que ahonden en este Año de la fe, pidiendo a Dios gracia abundante para que en las mentes y en las vidas de todos arraiguen con más fuerza las tres virtudes teologales, y así seamos mejores hijos suyos.

Año de la fe, Navidad: ¡qué oportunidad tan grandiosa para que cuidemos más el apostolado, para que nos sintamos más estrechamente unidos a la humanidad entera!

No me olvido de rogaros que me ayudéis a conseguir las intenciones que llevo en el alma, con la persuasión de que hemos de ser, en la Iglesia y con la Iglesia, ácies ordináta[21], ejército de paz y alegría para servir a las almas. Recorramos la Novena de la Inmaculada bien asidos de las manos de la Virgen, y démosle gracias por su respuesta santa.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Andorra, 1 de diciembre de 2012.

© Prælatura Sanctæ Crucis et Operis Dei
[1] Pablo VI, Proféssio fídei, 30-VI-1968.

[2] Fides Dámasi (DS 71). Símbolo de la fe atribuido al Papa san Dámaso.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 254. El texto citado proviene del Concilio XI de Toledo, año 675 (DS 530).

[4] Misal Romano, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[5] Beato Juan Pablo II, Discurso en la catequesis general, 6-XI-1985, n. 3.

[6] 1 Tm 6, 16.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 7-XI-2012.

[8] San Ireneo de Lyon, Contra las herejías 2, 30, 9 (PG 7, 822).

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 292; cfr. san Ireneo de Lyon, Contra las herejías 4, 20, 1 (PG 7, 1032).

[10] Jn 1, 1-3.

[11] Cfr. Gn 1, 26.

[12] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-I-1973.

[13] San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 3.

[14] Misal Romano, Domingo I de Adviento, Evangelio (C) (Lc 21, 36).

[15] Mc 13, 31.

[16] Benedicto XVI, Palabras en el Ángelus, 18-XI-2012.

[17] Liturgia de las Horas, Vísperas del 17 de diciembre, Antífona ad Magníficat.

[18] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

[19] 1 Jn 3, 1.

[20] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 66.

[21] Ct 6, 4.