Evangelii Gaudium

Exhortación Apostólica del Papa Francisco

Evangelii Gaudium

El texto fue entregado el domingo 24 de noviembre, durante la clausura del Año de la Fe, a un grupo de 36 personas de los cinco continentes, de distintos estados de vida, en representación de toda la Iglesia. La exhortación apostólica, la primera del Papa Francisco, tiene una extensión en español de 142 páginas y está dividida en una introducción y cinco capítulos cuyos títulos son: “La transformación misionera de la Iglesia”,”En la crisis del compromiso comunitario”, “El anuncio del Evangelio”,”La dimensión social de la Evangelización” y “Evangelizadores con espíritu”.

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Papa Francisco

Carta del Prelado (noviembre 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de pocas semanas termina el Año de la fe: el Santo Padre lo clausurará el próximo día 24, en la solemnidad de Cristo Rey. En esta circunstancia os invito a releer unas palabras que escribió nuestro Padre en una de sus homilías: al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios?[1].

La solemnidad de Todos los Santos, que celebramos hoy, y la conmemoración de los fieles difuntos, mañana, constituyen una invitación a tener presente nuestro destino eterno. Estas fiestas litúrgicas reflejan los últimos artículos de fe. En efecto, «el Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna»[2].

En pocas palabras, el Credo resume los novísimos o postrimerías, las cosas últimas —a nivel individual y a nivel colectivo— que acaecerán a cada persona y al universo entero. Ya la recta razón es capaz de intuir que, tras la vida terrena, hay un más allá en el que se restablecerá plenamente la justicia, tantas veces violada aquí abajo. Pero sólo a la luz de la revelación divina —y, especialmente, con la claridad de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo— estas verdades adquieren contornos nítidos, aunque continúen envueltas en un velo de misterio.

Gracias a las enseñanzas de Nuestro Señor, las realidades últimas pierden el sentido tétrico y fatalista que muchos hombres y mujeres han tenido y tienen a lo largo de la historia. La muerte corporal es un hecho evidente a todos, pero en Cristo adquiere un sentido nuevo. No es sólo una consecuencia de ser criaturas materiales, con un cuerpo físico que naturalmente tiende a la disgregación, y no se queda tan sólo —como ya revelaba el Antiguo Testamento— en un castigo del pecado. Escribe san Pablo: para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia. Y en otro momento añade: podéis estar seguros: si morimos con Él, también viviremos con Él[3]. «La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor»[4].

La Iglesia es Madre en todo momento. Nos regeneró en las aguas del Bautismo comunicándonos la vida de Cristo y, al mismo tiempo, la promesa de la inmortalidad futura; luego, mediante los demás sacramentos —especialmente la Confesión y la Eucaristía— se ocupó de que ese “estar” y “caminar” en Cristo se desarrollara en nuestras almas; después, cuando llega la enfermedad grave y, sobre todo, en el trance de la muerte, se inclina de nuevo sobre sus hijas e hijos y nos fortalece mediante la Unción de los enfermos y la Comunión a manera de viático: nos provee de todo lo necesario para afrontar llenos de esperanza y de paz gozosa ese último viaje que terminará, con la gracia de Dios, en los brazos de nuestro Padre celestial. Se explica así que san Josemaría, como tantos santos antes y después de él, hablando de la muerte cristiana, haya escrito unas palabras claras y optimistas: no tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte![5].

Me viene el pensamiento de tantas personas —mujeres y hombres del Opus Dei, y parientes suyos, amigos y cooperadores— que en estos momentos están a punto de rendir el alma a Dios. Para todas y para todos pido la gracia de un tránsito santo, lleno de paz, en estrecha identificación con Jesucristo. El Señor resucitado es la esperanza que nunca decae, que no defrauda (cfr. Rm 5, 5) (…). Cuántas veces en nuestra vida las esperanzas se desvanecen, cuántas veces las expectativas que llevamos en el corazón no se realizan. Nuestra esperanza de cristianos es fuerte, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel[6].

Os propongo que, a lo largo de este mes dedicado a los fieles difuntos, releáis y meditéis los párrafos que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a los novísimos. Sacaréis motivos de esperanza y de optimismo sobrenatural, y un impulso nuevo en la pelea espiritual de cada jornada. Incluso las visitas a los cementerios, que en estas semanas se repiten como una tradición piadosa en muchos lugares, pueden convertirse en ocasiones para que quienes tratamos apostólicamente consideren las verdades eternas, y busquen más y más a este Dios nuestro que nos sigue y nos llama con ternuras de Padre.

Con la muerte concluye el tiempo de realizar buenas obras y de merecer ante Dios, e inmediatamente tiene lugar el juicio personal de cada uno. En efecto, forma parte de la fe de la Iglesia que «cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre»[7].

La materia principal de este juicio versará sobre el amor a Dios y al prójimo, manifestado en el cumplimiento fiel de los mandamientos y de los deberes de estado. Hoy día, mucha gente elude considerar esta realidad, como si así pudieran evitar el justo juicio de Dios, que siempre está impregnado de misericordia. Los hijos de Dios no debemos tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, como se expresaba san Josemaría. Si estamos firmemente anclados en nuestra fe; si acudimos al Señor, contritos, en el sacramento de la Penitencia, después de haberle ofendido o para purificar nuestras imperfecciones; si recibimos con frecuencia el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, no habrá lugar para temer ese momento. Consideremos lo que escribió nuestro Padre hace muchos años: “Me hizo gracia que hable usted de la «cuenta» que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo[8].

Además —y es para llenarse de mayor gozo—, tampoco después de la muerte la Iglesia abandona a sus hijos: en cada Misa intercede, como buena Madre, por las almas de los fieles difuntos, para que sean admitidas en la gloria. Especialmente en noviembre, su solicitud le impulsa a intensificar los sufragios. En la Obra —partecica de la Iglesia— hacemos amplio eco a ese deseo, cumpliendo con cariño y agradecimiento las recomendaciones de san Josemaría para estas semanas, ofreciendo con generosidad el Santo Sacrificio y la Sagrada Comunión por los fieles del O
pus Dei, por nuestros parientes y cooperadores difuntos, y por todas las almas del Purgatorio. ¿Veis cómo la consideración de los novísimos no tiene nada de triste, sino que es fuente de gozo sobrenatural? Con plena confianza aguardamos la llamada definitiva de Dios y la consumación del mundo en el último día, cuando Cristo vendrá acompañado de todos los ángeles a tomar posesión de su reino. Entonces tendrá lugar la resurrección de todos los hombres y de todas las mujeres que han poblado la tierra, desde el primero hasta el último.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que éste «ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana»[9]. Por eso, desde el principio, encontró incomprensiones y oposiciones. Ocurre que «se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?»[10]. Y realmente así sucederá al final de los tiempos, por la omnipotencia de Dios, como afirma explícitamente el Símbolo Atanasiano: «Todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuenta de sus propios hechos. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno»[11].

La condescendencia amorosa de nuestro Padre Dios causa maravilla. Nos creó como seres compuestos de alma y cuerpo, de espíritu y materia, y es su designio que así volvamos a Él, para gozar eternamente de su bondad, de su belleza, de su sabiduría, en la vida futura. Una criatura nos ha precedido en esta resurrección gloriosa, por singular designio del Señor: la Santísima Virgen, Madre de Jesús y Madre nuestra, asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo. ¡Otro motivo más de esperanza y de confiado optimismo!

Tengamos muy presentes estas promesas divinas, que no pueden fallar, sobre todo en los momentos de dolor, de cansancio, de sufrimiento… Fijaos cómo se expresaba san Josemaría, predicando en una ocasión sobre los novísimos: Señor, creo que resucitaré; creo que mi cuerpo volverá a unirse con mi alma, para reinar eternamente contigo: por tus méritos infinitos, por la intercesión de tu Madre, por la predilección que has tenido conmigo[12]. Deseo que no penséis que esta carta es, en el menor grado, pesimista; al contrario, nos trae a la memoria que nos aguarda el abrazo de Dios, si somos fieles.

Después de la resurrección de los muertos tendrá lugar el juicio final. Nada cambiará respecto a lo que ya fue decidido en el juicio particular, pero entonces «nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final —concluye el Catecismo de la Iglesia Católica— revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte»[13].

Naturalmente, nadie sabe cuándo ni cómo sobrevendrá este último acontecimiento de la historia, ni la renovación del mundo material que lo acompañará: es algo que Dios tiene reservado en su providencia. A nosotros nos corresponde velar, porque —como muchas veces anunció el Señor— no sabéis el día ni la hora[14].

En una de las catequesis sobre el Credo, el Papa Francisco exhorta a que la meditación del juicio jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor[15]. La meditación de las verdades eternas se hace más sobrenatural en nosotros por el santo temor de Dios, don del Espíritu Santo que nos impulsa —como comentaba san Josemaría— a aborrecer el pecado en todas sus formas, pues es lo único que puede alejarnos de los planes misericordiosos de nuestro Padre Dios.

Hijas e hijos míos, consideremos a fondo estas verdades últimas. Aumentará así nuestra esperanza, nos llenaremos de optimismo ante las dificultades, nos levantaremos una y otra vez de nuestras pequeñas o no tan pequeñas caídas —Dios no nos niega su gracia—, ante el pensamiento de la bienaventuranza eterna que Jesucristo nos ha prometido, si le somos fieles. «Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha»[16].

El cielo: “ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman”.

¿No te empujan a luchar esas revelaciones del apóstol?[17].

Me atrevo a añadir: ¿piensas con frecuencia en el cielo? ¿Eres persona llena de esperanza, pues el Señor te ama con su infinitud? Elevemos el corazón a la Santísima Trinidad, que no deja ni dejará jamás de acompañarnos.

Recibisteis la noticia de que el 18 de octubre el Santo Padre me recibió en audiencia. ¡Qué bien se está con el Papa! Manifestó su afecto y su agradecimiento a la Prelatura por la labor apostólica que realiza en todo el mundo. Un motivo más, hijas e hijos míos, para que no aflojemos en la oración por su persona, sus intenciones, sus colaboradores. Hace pocos días leíamos en una de las lecturas de la Misa cómo Aarón y Jur sostuvieron los brazos de Moisés desde la mañana hasta la noche, para que el guía de Israel pudiera interceder sin cansancio por su pueblo[18]. Es tarea nuestra y de todos los cristianos sostener al Romano Pontífice, con nuestra oración y con nuestras mortificaciones, en el cumplimiento de la misión que Jesucristo le ha encomendado en la Iglesia.

El próximo día 22 se cumple un nuevo aniversario de cuando san Josemaría, durante la travesía de los Pirineos en 1937, encontró la rosa de Rialp. Ocurrió en la jornada siguiente a la fiesta de la Presentación de Nuestra Señora, y nuestro Padre interpretó aquel hallazgo como una señal de que el Cielo quería que continuase su camino, para seguir desarrollando libremente su ministerio sacerdotal en lugares donde se respetaba la libertad religiosa: otra invitación de la Virgen a que la tratemos más.

Seguid rezando por mis intenciones. En estos días, encomendad especialmente a los hermanos vuestros que el día 9 recibirán el diaconado. Preparémonos para la solemnidad de Cristo Rey con la esperanza y el optimismo que la meditación de las verdades eternas hace crecer en nuestros corazones. Y demos gracias a Nuestro Señor por el nuevo aniversario de la erección pontificia de la Prelatura del Opus Dei, el próximo día 28.

Con todo cariño, os bendice

                                                                          vuestro Padre
                                                                          + Javier

Roma, 1 de noviembre de 2013.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 129.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 988.

[3] Flp 1, 21 y 2 Tm 2, 11.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1010.

[5] San Josemaría, Camino, n. 739.

[6] Papa Francisco, Discurso en la audiencia general, 10-IV-2013.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022,

[8] San Josemaría, Camino, n. 168.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 991.

[10] Ibid., n. 996.

[11] Símbolo Quicúmque o Atanasiano, 38-39.

[12] San Josemaría, Notas de una meditación, 13-XII-1948.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1040.

[14] Mt 25, 13.

[15] Papa Francisco, Discurso en la audiencia general, 24-IV-2013.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1024.

[17] San Josemaría, Camino, n. 751.

[18] Cfr. Ex 17, 10-13.

Papa Bergoglio – Francisco I

bergoglio

Jorge Mario Bergolio – Francisco I, Papa

Nació el 17 de diciembre de 1936, en Buenos Aires. Se recibió de técnico químico en la Escuela Industrial nª 12. Ingresó en la Compañía de Jesús el 12 de marzo de 1958. Magisterio en el Colegio de la Inmaculada (Santa Fe) y en el Colegio del Salvador. En 1967 inició sus estudios teológicos en San Miguel.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.I., arzobispo de Buenos Aires (Argentina), Ordinario para la Fe de Rito Oriental de los residentes en Argentina y desprovisto de Ordinario del mismo rito, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Estudió y se diplomó como Técnico Quimico, para después escoger el camino del sacerdocio y entrar en el seminario de Villa Devoto.

El 11 de marzo de 1958 ha ingresado en el noviciado de la Compañía de Jesús, ha realizado estudios humanísticos en Chile, y en 1963, de regreso a Buenos Aires, se ha licenciado en Filosofía en la Facultad de Filosofía del Colegio «San José» de San Miguel.

De 1964 a 1965 fue profesor de Literatura y Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, y en 1966 enseñó la misma materia en el colegio de El Salvador de Buenos Aires.

De 1967 a 1970 estudió Teología en la Facultad de Teología del Colegio «San José», en San Miguel, donde se licenció.

El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.

En el curso 1970-71, superó la tercera probación en Alcalá de Henares (España) y el 22 de abril hizo la profesión perpetua.

Fue maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel (1972-1973), profesor de la Facultad de Teología, Consultor de la Provincia y Rector del Colegio Massimo. El 31 de julio de 1973 fue elegido Provincial de Argentina, cargo que ejerció durante seis años.

Entre 1980 y 1986, fue rector del Colegio Massimo y de la Facultad de Filosofía y Teología de la misma casa y párroco de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel.

En marzo de 1986, se trasladó a Alemania para concluir su tesis doctoral, y sus superiores lo destinaron al colegio de El Salvador, y después a la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad de Cordoba, como director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio del mismo año recibió en la catedral de Buenos Aires la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino, del Nuncio Apostólico Monseñor Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñénovich.

El 13 de junio de 1997 fue nombrado arzobispo coauditor de Buenos Aires, y el 28 de febrero de 1998, arzobispo de Buenos Aires por sucesión, a la muerte del cardinal Quarracino.

Carta del Prelado (marzo 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estoy conmovido al fechar esta carta el 1 de marzo, primer día de sede vacante en la Iglesia tras la renuncia de Benedicto XVI al Supremo Pontificado. Desde que anunció esta decisión, el pasado 11 de febrero, han acudido a mi mente con frecuencia las palabras del profeta: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (…). Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos[1].

Lo estamos experimentando una vez más en los momentos actuales, como para dejar claro —si fuera necesario— que el Paráclito es quien guía a la Iglesia. Nuestro Señor necesita —lo ha querido así— instrumentos humanos que le hagan visible ante la comunidad de los creyentes; pero es siempre Él, Jesús, el Pastor supremo, quien cuida a los pastores y a los fieles: los fortalece en la fe, los defiende de los peligros, los ilustra con sus luces, les suministra el alimento oportuno para que no desfallezcan en el curso de su peregrinación hacia la patria del Cielo.

Por eso, también inmediatamente han venido a mi corazón aquellas palabras de Jesús, dirigidas a los Apóstoles y a los discípulos de todos los tiempos, cuando se acercaba el momento de ausentarse visiblemente de la tierra: nos os dejaré huérfanos (…). Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre[2]. El Señor no nos quiere huérfanos. Al subir el Maestro a la diestra del Padre, confió a Pedro el timón de su barca, y esa concatenación no se pierde, porque después de un pontificado viene otro, según la promesa de Cristo a Simón: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3]. La palabra de Cristo no puede fallar. Pero —con todos los católicos— hemos de rezar, rezar y rezar, como sugerí a vuestros hermanos nada más conocer esta noticia. Dios cuenta con nuestra plegaria por el cónclave que se reunirá dentro de pocos días y por el nuevo Romano Pontífice que el Señor, en su providencia, haya preparado.

Os transcribo lo que decía nuestro Padre en momentos de sede vacante, en 1958: quería hablaros una vez más de la próxima elección del Santo Padre. Conocéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, amamos con todas las veras de nuestra alma al Papa, quienquiera que sea. Por eso, al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda la vida.

Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso ofrecemos a Nuestro Señor por el Papa que viene, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración[4].

Mientras esperamos llenos de fe el resultado del cónclave, agradezcamos a la Santísima Trinidad los ocho años de pontificado de Benedicto XVI, en los que ha ilustrado de modo admirable, con su magisterio, a la Iglesia y al mundo. No me detengo a describir los variados campos en los que lo ha ejercido; destacaré sólo cómo ha invitado a todos —a creyentes y no creyentes, con fuerza nueva y gran claridad— a redescubrir a Dios, Creador y Redentor del mundo, que es sobre todo Amor, y a valorar a la criatura humana en cuanto creada a imagen de Dios y, por tanto, digna de todo respeto. Ha puesto de relieve cómo la fe y la razón, lejos de oponerse una a otra, pueden cooperar juntas a un mayor conocimiento de Dios y a una más profunda comprensión del hombre. Ha mostrado cómo es posible caminar hacia la amistad divina, destacando el sentido profundo de la adoración a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ha impulsado con decisión el ecumenismo, con la mirada puesta en la anhelada unión de los cristianos. Ha indicado las vías para la verdadera renovación de la Iglesia, siguiendo las líneas trazadas por el Concilio Vaticano II en continuidad fiel con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por esto, y por muchos otros servicios que no es posible mencionar ahora, los cristianos —también los demás hombres y mujeres de buena voluntad— hemos adquirido una deuda de gratitud con Benedicto XVI; un débito que sólo es posible pagar rezando por su persona e intenciones, correspondiendo a lo que él ha asegurado que hará por nosotros. Pienso que, en estos momentos, nos hacemos cargo de que le hemos amado mucho y deseamos continuar así: porque sólo con amor se paga la paternidad fiel con que nos ha cuidado. Aprovechemos estas circunstancias para preguntarnos: ¿vivo a diario la jaculatoria omnes cum Petro ad Iesum per Maríam? ¿Con qué fuerza y atención rezo la oración de las Preces por el Papa?

Al hilo de las sugerencias de la Carta apostólica Porta fídei, avancemos en la consideración de los artículos del Credo en este Año de la fe. Os invito a profundizar en otra de las verdades que confesamos cada domingo. Después de manifestar nuestra fe en la Encarnación, se nos impulsa a recordar la Pasión, Muerte y Sepultura de Nuestro Señor Jesús: hechos históricos realmente sucedidos en un lugar y en un tiempo determinados, como certifican no sólo los evangelios, sino muchas otras fuentes. A la vez, estos auténticos acontecimientos, por su significado y sus efectos, sobrepasan las meras coordenadas históricas, pues se trata de eventos salvíficos, es decir, portadores de la salvación operada por el Redentor.

La Pasión y Muerte del Señor, así como su Resurrección, profetizadas en el Antiguo Testamento, encierran una finalidad y un sentido sobrenatural únicos. No fue un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo encarnado, quien se inmoló en la Cruz por todos, en expiación de nuestros pecados. Y ese único sacrificio de reconciliación se hace presente en nuestros altares, de modo sacramental, cada vez que se celebra la Santa Misa: ¡con qué piedad diaria hemos de celebrar o participar en el Santo Sacrificio!

Meditemos con calma el Credo. El llamado “Símbolo de los Apóstoles”, que se puede rezar especialmente durante la Cuaresma, afirma que Nuestro Señor Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos[5]. Lo mismo —con ligeras variantes— enseña el símbolo de fe que habitualmente se reza en la Misa, siguiendo la formulación de los primeros Concilios ecuménicos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo atestigua san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23)»[6].

Lo había advertido antes el mismo Jesús: por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre[7]. De este modo, el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres (…). Este fuego, este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén. A lo largo de los tres años que con Él convivieron los discípulos, le oyen repetir incansablemente que su alimento es hacer la voluntad de Aquel que le envía (cfr. Jn 4, 34). Hasta que, a media tarde del primer Viernes Santo, se concluyó su inmolación. Inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Jn 19, 30). Con estas palabras nos describe el apóstol San Juan la muerte de Cristo: Jesús, bajo el peso de la Cruz con todas las culpas de los hombres, muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados[8].

¡Qué agradecimiento debemos tener a Nuestro Señor, por el amor inconmensurable que nos ha demostrado! Libremente y por amor ha ofrecido el sacrificio de su vida, no sólo por la humanidad tomada en su conjunto, sino por cada una, por cada uno de nosotros, como expone san Pablo: diléxit me et trádidit seípsum pro me[9], me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí. Más aún. Con expresión fuerte, el mismo Apóstol apunta el colmo del amor redentor de Jesucristo, al afirmar: a Él, que no conoció pecado, [Dios Padre] lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en Él justicia de Dios[10].

A este propósito, decía Benedicto XVI en una audiencia: ¡qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio! Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo y signo de distancia con respecto a nosotros. Al contrario, “se despojó de su rango”, asumiendo la miserable y débil condición humana[11].

«En su designio de salvación —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica—, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Cor 15, 3), sino también que “gustase la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó»[12]. Así se puso de manifiesto, con mayor evidencia aún, la realidad de la muerte de Jesús y la extensión de la buena nueva de la salvación a las almas que se hallaban en el “sheol” o “infierno”; así denomina la Escritura al estado en que se encontraban todos los difuntos, privados de la visión de Dios porque aún no se había llevado a cabo la Redención. Pero ese “descenso” de Cristo tuvo efectos desiguales: «Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido»[13]: una muestra más de la justicia y la misericordia de Dios, que hemos de valorar y agradecer.

Se acerca la Semana Santa; busquemos sacar aplicaciones personales de las escenas que la liturgia nos mueve a considerar. Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro[14], invitaba san Josemaría. Detengámonos sin prisa en los últimos momentos del paso de Nuestro Señor por la tierra. Porque en la tragedia de la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera historia humana. La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[15].

Preparémonos ya para asistir con honda devoción a la liturgia del Triduo pascual. Cada uno, además, puede fijarse otros modos concretos para aprovechar mejor esas jornadas. Junto a las numerosas manifestaciones existentes de religiosidad popular, como las procesiones, los ritos penitenciales, no olvidemos que hay un ejercicio de piedad, el “vía crucis”, que durante todo el año nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la Cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con Él[16].

Revivamos con piedad el vía crucis durante la Cuaresma, cada uno del modo que más le ayude: lo importante se centra en meditar con amor y agradecimiento la Pasión del Señor. Desde la oración en Getsemaní hasta la muerte y sepultura, los evangelios nos ofrecen abundante materia para la oración personal. También nos pueden servir las consideraciones de los santos y de muchos autores espirituales. Escuchemos la sugerencia de san Josemaría: Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate[17]. Atrevámonos a decir: Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertátem glóriæ filiórum Dei, en la libertad y la gloria de los hijos de Dios[18].

De este modo abriremos más y más el alma para recibir con fruto las gracias que Jesús nos ha traído con su gloriosa Resurrección y prepararemos el pontificado del próximo Papa. Apoyemos con nuestras oraciones y sacrificios la tarea de los cardenales reunidos en el cónclave para elegir al sucesor de san Pedro, a quien ya amamos con toda el alma: esta intención puede ser clave para nuestra presencia de Dios en el tiempo de sede vacante.

Necesito añadir, para terminar, que días atrás realicé un rápido viaje a Vilnius, capital de Lituania, donde además de reunirme con los fieles de la Prelatura y con otras personas, recé —en dos ocasiones físicamente y con constancia durante la jornada— ante la imagen de la Virgen de la Puerta de la Aurora, a la que con tanta devoción veneran en aquellas tierras. Encomendé especialmente el momento actual de la Iglesia; también vosotras y vosotros estuvisteis muy presentes en mi oración. De regreso a Roma, comencé, como todos los años, el curso de retiro espiritual en la primera semana de Cuaresma. También durante esos días me acordé de todos y de cada uno, encomendando vuestras necesidades espirituales y materiales, especialmente a las enfermas y a los enfermos. Amad mucho —cuidadla— la unidad de la Obra, acudiendo a la protección de san José.

En unión de oraciones y de sacrificios, apoyados en los de Benedicto XVI, con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2013

© Prælatura Sanctæ Crucis et Operis Dei

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[1] Is 55, 8-9.

[2] Jn 14, 18 y 16.

[3] Mt 16, 18.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-X-1958.

[5] Misal Romano, Símbolo apostólico.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 599.

[7] Jn 10, 17-18.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[9] Gal 2, 20.

[10] 2 Cor 5, 21.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624.

[13] Ibid., n. 633.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[15] Ibid., n. 96.

[16] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 4-IV-2007.

[17] San Josemaría, Vía Crucis, prólogo.

[18] Ibid.

¡gracias!

Os doy las gracias por haber venido tan numerosos a esta última audiencia general de mi Pontificado. Os lo agradezco de corazón, estoy realmente conmovido. Veo la Iglesia viva. Pienso que tenemos que dar gracias al Creador, por el buen clima que nos ha regalado, cuando aún estamos en invierno.

Como dice el apóstol Pablo en el texto que hemos oído, también yo siento en mi corazón el deber, sobre todo, de dar gracias a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su Palabra y así alimenta la fe de su Pueblo. En este momento mi espíritu se alarga para abrazar a toda la Iglesia repartida por el mundo; doy gracias a Dios por las noticias que he podido recibir durante estos años de ministerio petrino sobre la fe en nuestro Señor Jesucristo, y sobre la caridad que circula verdaderamente en el Cuerpo de la Iglesia y la hace vivir en el amor, y sobre la esperanza que nos abre y orienta hacia una vida plena, hacia la patria del Cielo.

Os tengo a todos presentes en mi oración, en un presente que es el de Dios, donde recuerdo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Uno en la oración a todo y a todos para encomendarlos al Señor: “para que Dios les haga conocer perfectamente su voluntad, y les dé con abundancia la sabiduría y el sentido de las cosas espirituales. Así podrán comportarse de una manera digan del Señor, agradándolo en todo, fructificando en toda clase de obras buenas” (Col. 1, 9-10).

En este momento, tengo una gran confianza, porque sé –lo sabemos todos- que la Palabra de Verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, su Vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, allí donde la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años acepté asumir el ministerio petrino, tuve una certeza que nunca me ha abandonado. En ese momento, como he explicado en otras ocasiones, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: ‘Señor, ¿por qué me pides esto y qué me pides? Es un peso grande el que cargas sobre mis espaldas, pero si Tú lo pides, por tu Palabra echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, a pesar de todas mis debilidades’. Ocho años después, puedo decir que el Señor verdaderamente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido sentir a diario su presencia. Ha sido un episodio en el camino que recorre la Iglesia en el que ha habido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado tantos días de sol y brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; también hubo momentos en los que las aguas estaban agitadas y el viento era  contrario, como en toda la historia de la Iglesia, el Señor parecía dormir. Pero yo he sabido siempre que en esa barca está el Señor. He sabido siempre que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya y Él no dejará que se hunda. Es Él quien la conduce, ciertamente por medio de hombres que Él ha escogido porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza, que nada puede ensombrecer. Y por eso hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no ha quitado nunca ni a la Iglesia ni a mí su consuelo, su luz, su amor.

Estamos en el Año de la Fe, que he querido convocar para reforzar nuestra fe en Dios en un contexto que parece ponerlo cada vez más en un segundo plano. Querría invitar a todos a renovar una firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son quienes nos permiten a diario caminar a pesar del cansancio. Querría que cada uno se sintiera amado de ese Dios que nos ha dado a su Hijo y que nos ha demostrado su amor sin límites. Querría que cada uno experimentase la alegría de ser cristiano. Hay una bella oración para ser recitada por la mañana que dice: “Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te doy gracias por haberme creado, por haberme hecho cristiano…”.

¡Sí, estamos contentos por haber recibido el don de la fe, el bien más valioso que ninguno nos puede arrebatar! Agradezcámoslo al Señor cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. Dios nos ama, pero espera que nosotros lo amemos también.

Pero no quiero dar las gracias únicamente a Dios. Un Papa no guía él solo la barca de Pedro, aunque él sea el primer responsable; yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia me han ayudado y me han sostenido.

En primer lugar, vosotros queridos cardenales: vuestra sabiduría, vuestros consejos, y vuestra amistad han sido muy valiosos para mi; mis colaboradores, empezando por el Secretario de Estado que me ha acompañado con fidelidad durante estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, como también todos aquellos que, en las diferentes áreas, prestan su servicio a la Santa Sede: hay tantos rostros que no aparecen, que trabajan ocultos, pero en el silencio, en su dedicación diaria, con espíritu de fe y humildad han sido para mí una ayuda segura y fiable. Un puesto especial lo ocupa la Iglesia de Roma, mi diócesis. No puedo olvidar a mis hermanos en el Episcopado y Presbiterado, las personas consagradas y todo el Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en las audiencias y en los viajes he percibido siempre gran dedicación y afecto; pero al mismo tiempo yo también he querido mucho a todos y a cada uno, sin distinciones, con la caridad pastoral que existe en el corazón de cada Pastor, especialmente en el Obispo de Roma, en el sucesor del Apóstol Pedro.

Cada día he rezado por cada uno de vosotros, con el corazón de un padre. Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegase a todos: el corazón de un Papa se alarga a todo el mundo. Querría dar las gracias al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, que hace presente la gran familia de las naciones. También me vienen a la cabeza quienes trabajan para las comunicaciones, a quienes agradezco por su importante servicio. Ahora querría también dar gracias de corazón a las numerosas personas en todo el mundo que, durante las últimas semanas, me han enviado muestras cariñosas de afecto, amistad y oración. Sí, el Papa nunca está solo: ahora lo experimento de forma tan clara que me toca el corazón. El Papa pertenece a todos y muchas personas se saben cercanas a él. Es verdad que recibo muchas cartas de los grandes del mundo –desde los jefes de Estado a los líderes religiosos, representantes del mundo de la cultura, etcétera-. Pero también recibo muchas cartas de personas sencillas que me escriben sencillamente con el corazón, y me hacen sentir su afecto, un afecto que nace de una vida junto a Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe, por ejemplo, a un príncipe o a una personalidad que no se conoce. No, me escriben como hermanos o hermanas, como hijos e hijas, que se saben unidas por un lazo familiar muy afectuoso. Aquí se puede experimentar qué es la Iglesia: no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un Cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que une a todos. Experimentar la Iglesia de este modo y poder casi tocar físicamente la fuerza de su verdad y de su amor, es un motivo de alegría, en un tiempo en que tantos hablan de su declino.

En estos últimos meses he experimentado que mis fuerzas iban disminuyendo, y he pedido a Dios insistentemente, en la oración, que me iluminase con su luz para que pudiera tomar la decisión más justa, no por mi bien sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso conociendo plenamente su gravedad y su novedad, pero también con una profunda serenidad de espíritu. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre presente el bien de la Iglesia y no el de uno mismo. Permitidme que vuelva de nuevo al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión dependía justamente del hecho que desde ese momento me había comprometido siempre y para siempre con el Señor. Siempre: es decir, el ministerio petrino implica que uno no tiene ninguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida le viene quitada, por así decirlo, la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la vida cuando la da. Antes he dicho que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de Pedro y le tienen mucha estima; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo y que se siente seguro en el abrazo de su comunión: porque no se pertenece ya a sí mismo, pertenece a todos y todos pertenecen a él. El “siempre” es también un “por siempre”, no se puede regresar a la vida privada. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no cambia este aspecto. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recibimientos, conferencia, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo junto al Señor Crucificado. No poseeré ya la potestad del oficio para el Gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración me mantendré, por decirlo así, en el recinto de san Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, será siempre un grande ejemplo para mí en esto. Él nos mostró un camino hacia una vida que, activa o pasiva, pertenece completamente a la obra de Dios. Agradezco a todos y a cada uno también por el respeto y la comprensión con que habéis acogido esta decisión tan importante. Continuaré acompañando a la Iglesia en su camino con la oración y la reflexión, con la dedicación al Señor y a su Esposa que he intentado vivir hasta ahora cada día y que deseo vivir siempre.

Os pido que os acordéis de mi ante Dios, y especialmente que os acordéis de rezar por los Cardenales, llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.

Invocamos la materna intercesión de la Virgen María Madre de Dios y de la Iglesia, para que acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad de la Iglesia. A ella nos confiamos, con profunda confianza.

¡Queridos amigos! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre también y especialmente en los momentos difíciles. No perdamos de vista esta visión de fe, que es la única visión verdadera en el camino de la Iglesia en el mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la alegre seguridad que el Señor está junto a nosotros y no nos abandona, está cerca y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!