Mons. Escrivá: sacerdote fiel a la Iglesia

Antonio Moreno Casamitjana, Arzobispo de Concepción (Chile), El Sur (Concepción), 27.6.90 y 14.5.92

“¡Qué alegría poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!” (Camino, 518). Con estas palabras manifestaba Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer el profundo amor a la Iglesia que albergaba en su corazón de joven sacerdote.

Hoy la Iglesia, al beatificarlo, proclama la heroicidad de sus virtudes y lo propone como seguro intercesor en favor de los hombres. En efecto, el domingo tendrá lugar la ceremonia de Beatificación, que realizará en la Plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Juan Pablo II.

Bien se puede afirmar que el Fundador del Opus Dei orientó toda su existencia al servicio de la Iglesia. Durante su vida, hasta el momento de su muerte -acaecida en Roma el 26 de junio de 1975 a la edad de 73 años- fue fiel a su propósito permanente de “servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”. Mons. Escrivá comprendió que el mejor servicio que podía prestar a la Iglesia era secundar con fidelidad la voluntad de Dios, manifestada el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei.

Se trataba de una llamada divina dirigida a todos los hombres para que alcancen la perfección cristiana, la santidad, sin abandonar el lugar concreto que ocupan en el mundo. Repitió por doquier y con don de lenguas esta llamada universal a vivir la plenitud de la vida cristiana en las circunstancias ordinarias del quehacer de cada fiel cristiano. Proclamaba que “la vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina”.

El Papa Juan Pablo II decía hace algunos años a miembros del Opus Dei: “Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha adelantado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del posconcilio. Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando por ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida”. De esta manera quienes forman parte de esta institución, procurando vivir este espíritu tal como lo encarnó su fundador, sirven a la Iglesia en el sitio donde Dios los ha puesto.

En Camino había escritor “Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mí corazón”. Este amor por el Vicario de Cristo estaba fundado en la certeza dé que el Santo Padre es el “dulce Cristo en la Tierra”, como decía Santa Catalina de Siena, o el “Vice-Cristo”, como él mismo le llamaba. Cada día ofreció al Señor su vida por la Iglesia y por el Papa, y acentuó aún más este ofrecimiento en sus últimos años pidiendo a Dios, con fe y con amor, que tomara su vida para que en la Iglesia hubiera una nueva floración de santidad, de buena doctrina y de espíritu sobrenatural.

Formaba parte inseparable de su amor a la Iglesia, la veneración y el cariño a los obispos, a quienes prestó personalmente muchos servicios, especialmente en favor de sus hermanos sacerdotes, a los que predicó incontables cursos de retiro espiritual. Así, inseparablemente unido al Opus Dei, erigió la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz para difundir entre los sacerdotes el afán de santidad en el desempeño de su ministerio y de unión con sus respectivos obispos. Esta solicitud por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales se reflejó también en las innumerables reuniones informales, a modo de tertulias, que mantuvo con sacerdotes diocesanos, animándolos a vivir heroicamente su servicio a la Iglesia. Era para él un motivo de gozo contemplar que los frutos de la labor apostólica del Opus Dei quedaban en las diócesis donde su labor se realizaba. De eso se alegraba su alma de sacerdote diocesano, que había tenido además, repetidas veces, el consuelo de ver con qué cariño el Papa y los obispos bendecían, deseaban y favorecían el trabajo del Opus Dei.

El domingo, a 17 años de su muerte, la Iglesia llevará a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer a los altares, confirmando así su mensaje de santidad y proponiéndolo como modelo de fidelidad al mensaje del Evangelio. Nosotros, como hijos de la Iglesia que él sirvió con toda su vida, es justo que nos alegremos con ella, tratemos de entender el mensaje que Dios ha querido dejarnos en la persona del beato Josemaría, y alegrémonos de tener entre nosotros a hijos suyos que enriquecen con su espíritu la común búsqueda eclesial de la santidad.

+ Antonio Moreno Casamitjana, Arzobispo de la Ssma. Concepción

Josemaría Escrivá de Balaguer: 15 años de su marcha al cielo

Ignacio de Orbegozo, obispo de Chiclayo (Perú)

La Industria, CHICLAYO (PERU), JUEVES 19 DE JULIO DE 1990

Hugo Caliens B.

El 26 de junio se recordó el decimoquinto aniversario del fallecimiento del venerable siervo de Dios, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

En Chiclayo así como en otras setenta ciudades de 10, cinco continentes se ofició una misa de acción de gracia, al haber sido proclamado Venerable el pasado 9 de abrir por la Santa Sede reconociéndose que existen las pruebas de que monseñor Escrivá de Balaguer vivió en grado heroico las virtudes cristianas.

En nuestra ciudad el acto litúrgico fue concelebrado por el obispo de la Diócesis monseñor Ignacio María de Orbegozo y Goicoechea, y por otros sacerdotes de la Prelatura Personal Opus Dei.

En este artículo reproducimos algunos párrafos de la homilía que el obispo pronunció la noche del 26 de junio en la Iglesia Catedral:

“Los años pasan y lo hacen de prisa. Ya son 15 los años que han transcurrido desde que el siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, se fue al cielo, lugar al que dirigid cada uno de sus pasos mientras vivió con nosotros en la tierra. Su vida fue la de un hombre profundamente enamorado, lleno de fortaleza y de ternura, que supo amar a Dios por sobre todas las cosas, que amó y sirvió a la Iglesia con toda su alma y todas sus fuerzas, por amor a Dios. Que fue siempre un hijo fidelísimo del romano pontífice, al que solía referirse como a su “dulce Cristo en la tierra”. Amó con inmensa ternura a la Santísima Virgen. Dedicó empeñosamente, cada instante de su vida, a ganas almas para Dios entre las muchísimas que trató personal mente y las innumerables a las que alcanzaron -y siguen alcanzando- el ejemplo de su vida santa y la eficacia de sus obras y de sus escritos.

“Hace apenas tres meses -dentro del rigor con que la Iglesia estudia las circunstancias que deben darse, en la vida y en las obras, de aquellos, que por. la perfección con que respondieron a la llamada divina, merecieron pública fama de santidad- la Congregación para las Causas de los Santos elaboró por mandato del romano pontífice el decreto acerca de las virtudes heroicas de nuestro santo fundador y poco tiempo después, el propio Santo Padre Juan Pablo II ha declarado pública y oficialmente que “existen las pruebas de las virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y también de las virtudes cardinales de la Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza, con las otras anejas en grado heroico del siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, en el caso y para los efectos de que se trata”.

¡Es inmensa la eficacia de los santos! Lo fueron mientras vivieron en la tierra y lo siguen siendo, aún más, desde el cielo. Toda eficacia y fecundidad espiritual tiene como fuente a Cristo y la vida de los que se identifican plenamente con Cristo es, por eso, formidablemente fecunda, como lo fue la de nuestro Padre.

Dios lo eligió para fundar el Opus Dei y cada instante de su vida fue una respuesta fidelísima a ese querer de Dios.. Todos los aspectos de su vida son realmente edificantes. Entre tantos recuerdos, guardo uno que siempre me removió mucho y que se refiere al hecho de que jamás escuché salir de sus labios nada que fuera indiferente, una sola frase que no tuviera un sentido afirmativo y sobrenatural. De las cosas más insignificantes una noticia, un comentario gracioso o alguna anécdota divertida con que, en ocasiones, tratábamos de aliviar con nuestro cariño la enorme carga que Dios había puesto sobre sus hombros -y que él agradecía mucho- tomaba ocasión para elevar su pensamiento al Señor, hacer algún comentario sobrenatural y ofrecernos alguna reflexión con la que enriquecer nuestra vida de hijos de Dios.` Era una clara manifestación de cómo toda su vida giraba en torno de la vida y de las palabras de Jesús,.que él conocía profundamente y meditaba a diario. Y es que su vida estaba como anclada en una profunda conciencia de su “filiación divina”, que le llevaba a vivir una permanente “presencia de Dios”. Quienes le escuchaban, aunque sólo fuera por unos instantes, tenían la sensación de escuchar a Jesús, de haber disfrutado, de una experiencia a lo Emaús (…)

(…) Hizo de su vida una incansable y fecunda catequesis. Hablar de Dios -oportune e inoportune- con ocasión o sin ella, con el afán de atraer a todas las almas al conocimiento y al amor de Dios, era como una divina obsesión. Espíritu apostólico que con tanto afán procuró inculcar a sus hijos y que Dios bendijo con tan abundantes frutos a lo largo de los cinco continentes; decenas de miles de hijas e hijos suyos en el Opus Dei, y centenares de miles de otras almas que, atraídas por la santidad de su vida y por su espíritu, viven cerca de nosotros y participan de nuestros bienes espirituales y de nuestra alegría. Y el Señor quiso premiar, ya en vida su espíritu apostólico, permitiéndole conocer los frutos de este divino milagro del crecer, hasta hacerse árbol frondoso, de aquella pequeña semilla que el. Señor plantó, en su alma; al son de las campanas de “Nuestra Señora de los Ángeles”, caso único en la historia de los grandes fundadores… Luchar por poner a Cristo -“Regnare Christum Volumus”- en la cumbre de todos los trabajos y todas las actividades humanas honestas. Y nos señalaba el solo camino posible: responder, sin cálculo ni cicatería, a la santidad a la que todos los hombres hemos sido llamados por Dios. Esta llamada universal a la santidad, que nuestro santo fundador proclamó y que años después, reafirmó la Iglesia durante el Concilio Vaticano II. Queridísimos, que su ejemplo, e intercesión nos ayuden en nuestra lucha diaria por la santidad. Y que acudamos confiadamente a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia y “Señora Nuestra de la Paz”, para que esté siempre en nuestro camino y a nuestro lado. ¡Que ella nos alcance de su Hijo, conservar siempre nuestras almas en gracia y nuestras vidas llenas de alegría y de paz!”

Beatificación en Roma

Santiago de Chile, EL MERCURIO, Viernes 27 de Marzo de 1992

Carlos Oviedo Cavada, Arzobispo de Santiago

Conocí a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer a través de su pequeño libro “Camino” que por los años cincuenta alcanzó extraordinaria difusión entre nosotros y en todo el mundo. No teníamos, por entonces, mayores datos sobre su persona y su fundación, el Opus Dei. Aunque nunca tuve ocasión de verlo en persona, ni siquiera cuando vino a Chile, “Camino” me acercó a su autor. Lo sentí simpático y directo, de gran sabiduría para inspirar una vida cristiana en el diario que hacer. Fue tanta la influencia de “Camino” que alguien lo llamó el “Kempis de los tiempos modernos”, recordando a la célebre “Imitación de Cristo”.

De entre tantos hermosos pensamientos en “Camino”, destaco uno de permanente actualidad: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. Ya el cardenal Newman había dicho una vez: “Dadme cinco santos y convertiré a la ciudad de Londres”.

Aludo a este pensamiento porque yo soy también, y cada vez más, un convencido de que con santos seremos capaces de superar tantos problemas morales que afectan, en los más variados campos, a muy vastos sectores de nuestra sociedad. “La santidad -nos decía el Papa a los obispos chilenos en nuestra visita ‘ad limina’ de 1984- es un problema de perenne validez. Es el don más precioso y más rico que podamos ofrecer a nuestras comunidades. Es también el camino de verdadera renovación que el concilio nos ha pedido aportar a la Iglesia”. “Hacen falta santos” proclamaba en su viaje apostólico a Francia, mientras autografiaba la famosa frase del cura de Ars: “Por donde pasan los santos, Dios pasa con ellos”. En esta percepción han de comprenderse e inspirarse nuestros afanes por la nueva evangelización; tal es, también, la meta y la condición del buen éxito de nuestra próxima misión general.

En Chile, gracias a Dios, nos hemos ido sensibilizando con respecto al tema. Se han publicado las cartas y se han difundido biografías de la beata Teresa de Jesús, o sor Teresa de Los Andes. Conocida sólo por sus familiares y luego en su monasterio, ella falleció cuando apenas tenía 20 años: Hoy, sin embargo, su ejemplo inspira y arrastra a multitudes cada vez mayores, atraídas por su santidad sencilla y accesible, centrada -como nos decía el Papa al beatificarla- en lo esencial del Evangelio: amar, sufrir, orar, servir.

La beata Laurita Vicuña murió siendo niña adolescente de escasos doce años. Pasó gran parte de su vida en Argentina. Más y más, sin embargo, se va abriendo paso su ejemplo y la enseñanza de sus heroicas virtudes en medio de ingratos problemas familiares.

Del padre Alberto Hurtado sabemos bastante más. Somos muchos los que le conocimos en persona y pudimos experimentar su decisivo y transformador influjo. Su obra se ha ido propagando en servicio de los más pobres con el Hogar de Cristo y por el trabajo de la Compañía de Jesús.

Dentro de poco esperamos la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer. Él nació en España, en 1902. Fue ordenado sacerdote en 1925. Tres años más tarde fundó en Madrid el Opus Dei. En 1930 extendió su acción de apostolado entre las mujeres, y en 1943 entre los sacerdotes mediante la Sociedad de la Santa Cruz. El Opus Dei fue aprobado definitivamente por la Santa Sede en 1950 y erigido en 1982 como prelatura personal.

Su carisma eclesial específico consiste “en la vigorosa proclamación de la radicalidad de la vocación bautismal, en cuanto vocación a la santidad”. Así leemos en el decreto pontificio por el que se reconoce un milagro atribuido a la intercesión de este sacerdote el 16 de julio de 1991. Su obra -continúa el mismo decreto- ha abierto así “un vasto camino de santificación en medio del mundo, sin necesidad de cambiar de estado, en el ejercicio del trabajo profesional y en el cumplimiento amoroso de los deberes ordinarios”.

La causa de beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer fue introducida en Roma en 1981. El Santo Padre declaró, en 1990, la heroicidad de sus virtudes cristianas y, un año más tarde, firmó el decreto por el que se reconoce un milagro atribuido a su intercesión. Diversas nuevas disposiciones del derecho canónico han contribuido a que su proceso camine en forma más expedita, superando plazos que solían ser más dilatados. La exigencia, acuciosidad y rigor en cada una de las instancias y actuaciones del proceso se enmarcan, sin embargo, en la inalterable seriedad con que la Iglesia busca determinar, con certeza moral, que uno de sus hijos merece ser propuesto a todos como ejemplo e intercesor, tras haber vivido en grado heroico su fidelidad al Evangelio.

Son conocidas las controversias desatadas en torno a esta cuestión, cómo asimismo los cuestionamientos que algunos levantan en contra de la obra misma de monseñor Escrivá. Sus orígenes, causas y procedimientos son diversos, y no siempre legítimos: algunos de estos cuestionamientos son anónimos. Más allá de la posible malicia, error o desinformación, debe tenerse en cuenta la dificultad que suelen encontrar nuevos é importantes carismas para acreditarse en la experiencia de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, las resistencias que despertó el Movimiento Apostólico de Schönstatt cuando empezó a difundirse entre nosotros. Algo semejante ha ocurrido con los Cursillos de Cristiandad, el Movimiento Carismático, Los Neocatecúmenos, los Legionarios de Cristo. En el siglo XVIII fue suprimida, en diversos imperios y reinos, la Compañía de Jesús, y hasta el Papa Clemente XIV fue presionado a decretar la supresión de esa orden religiosa. La historia certifica el daño causado por tal supresión y los grandes bienes y frutos acarreados por su oportuna restauración. Para el creyente es necesario y suficiente saber que tina obra cuenta, como en el caso del Opus Dei, con la explícita aprobación y aun recomendación de la Iglesia, en la persona de los últimos cinco sumos pontífices.

Por otra parte, la jerarquía eclesiástica no ha tratado nunca de imponer al Opus Dei. Pertenece a la misión del pastor -en la Iglesia universal como en las iglesias particulares- discernir, verificar, estimular e impulsar ordenadamente todos los diversos carismas que la libertad del espíritu haga surgir en su Iglesia, sin sofocar ni imponer por preferencias personales. El Opus Dei vive y trabaja en este marco pluralista, reflejado en los hermosos elogios que el martirizado monseñor Oscar Romero, quien fuera arzobispo de San Salvador, hizo dos veces del Opus Dei en sus “Memorias”. Y entre nosotros, el Opus Dei trabaja en los más variados ambientes sociales.

Mi palabra de pastor es, en consecuencia, de gozo frente a un nuevo beato que recuerda a la Iglesia su radical vocación a la santidad y le ofrece un camino para vivirla en el diario quehacer. La evangelización de la cultura, en su más amplío radio, puede recibir poderosos impulsos a través de su carisma. Todos nosotros necesitamos el ejemplo y el apoyo intercesor de quienes, como monseñor Escrivá de Balaguer, han cifrado su existencia entera en ser hijos fíeles de la Iglesia.

Carlos Oviedo Cavada, Arzobispo de Santiago de Chile, El Mercurio (Santiago de Chile), 27.3.92

Santidad en nueva evangelización

LA RELIGION, CARACAS, 24 DE JULIO DE 1992, Venezuela

Homilía de Mons. Ovidio Pérez Morales, en la solemne concelebración en honor del beato Josemaría Escrivá (en Caracas, el pasado 9 de julio, en el marco de la LVIII Asamblea de la C.E.V.)

Eminentísimo Señor Cardenal José Ali Lebrún, obispo de esta Iglesia particular de Caracas. Ciudadano Ministro de Justicia. Ciudadano Presidente de la Cámara de diputados. Hermanos todos, ciudadanos del pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia:

El pasado 17 de mayo, Juan Pablo II, en multitudinaria asambleas eucarística celebrada en la Plaza Romana de San Pedro, inscribió en el número de beatos a dos venerables siervos de Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, fundador del Opus Dei y Josefina Bakhita. virgen. sudanesa, esclava y después hija de la caridad, canosiana. Dos hermosas expresiones de una misma santidad, que tiene su fuente en el tres veces Santo, el Dios que es Amor.

El Episcopado Venezolano, junto con hermanos presbíteros; religiosos, religiosas y numerosos laicos, miembros o amigos del Opus Dei, estamos congregados en la presente Eucaristía, para festejar la beatificación de quien pocos meses antes de marchar a la Casa del Padre celestial, revistió, en andanza apostólica, nuestro país.

Esta asamblea es celebración de toda nuestra Iglesia. En efecto, quien es elevado al honor de los altares, más allá de peculiares referencias a Instituciones o ámbitos eclesiales, pertenece al pueblo de Dios en todo su conjunto.

El Beato cuya memoria nos congrega hoy, nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902, fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925; fundó el Opus Dei el 2 de octubre de 1928 en Madrid; y terminó santamente su peregrinación terrena en Roma, el 26 de junio de 1975. Su biografía parece que él mismo la hubiese sintetizado en el primer número de este vademécum de

santidad para nuestro tiempo que se llama Camino y cuyas páginas recorrí en la más temprana juventud: “Que tu vida no sea una vida estéril. Se útil.. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor… enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Pocos días después de su muerte, un Obispo que dejo honda huella pastoral en su patria y más allá de ésta, Mons. Oscar A. Romero, escribió a Juan Pablo II desde la Iglesia de Santiago de María. ¿Objetivo de la comunicación? pedir al Papa la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de Monseñor Escrivá. En la carta de este pastor salvadoreño encontramos lo siguiente: “Tuve la dicha de conocer a monseñor Escrivá Balaguer personalmente y recibir de él el aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María”. Y agrega una significativa semblanza: “…supo unir en su vida un diálogo continuo con el Señor y una gran humanidad: se notaba que era un hombre de Dios y su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor”. La carta tiene fecha: 12 de julio de 1975.

Ahora bien, quisiera subrayar un aspecto resaltante de la vida apostólica del beato Josemaría, y que constituye un hermoso legado, no sólo para el Opus Dei sino para toda la Iglesia. Pudiera definirse así: evangelización de la cultura desde la perspectiva del llamado universal a la santidad, o también: Santificación desde el ángulo de una inculturación del evangelio.

Sobre este aspecto Juan Pablo II el día de la beatificación expresó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incasablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana, por ello el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado, cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y de toda la creación (cf. Dominum et Vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. “Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios” (Carta del 19 de marzo de 1945)”.

El 28 de enero, de 1985, Juan Pablo II hablando directamente a los laicos en la Catedral de Caracas, les exhortó así: “Desde ese crecimiento en el Señor y desde la pujanza del laicado venezolano, haced presente a la Iglesia, con nueva coherencia y originalidad, en vuestras sociedad, en el progreso espiritual, económico y cultural de vuestra nación. Es mi consigna y tarea vuestra. Y añadió el Santo Padre estas desafiantes preguntas “¿No es vocación primordial de los laicos impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico?. ¿No les aguarda el mundo de la cultura, de la familia, de la dirección política, económica y social?

En momentos de grave crisis en nuestro país y de serios retos a una América latina enfrentada a profundos cambios culturales (en el sentido más amplio del término), estas palabras del Papa cobran relieve y urgencia especiales. De allí el tema de la Conferencia del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, que se tendrá el próximo mes de octubre.

Se trata de hacer del evangelio luz y sal, fermento y sentido de la convivencia humana, para la edificación de una nueva sociedad que sea civilización del amor, cultura del trabajo, de la solidaridad, de la vida. Se trata de vencer una esquizofrenia muy corriente entre cristianos, a saber, la interpretación de la fe y lo religioso como algo de consumo sólo privado para la propia intimidad. el hogar o el templo, pero sin Implicaciones en la vida económica, política, cultural, sin incidencias en el diseño de la educación, la organización de la convivencia social y la marcha de la sociedad en su globalidad. De este modo, lo que debería ser armonía se queda en yuxtaposición o montaje. No transforma lo cultural desde dentro, lo alcanza apenas en la epidermis. Es el barniz superficial del que habla Pablo VI en Evangelii nuntiandi al abordar el tema de la evangelización de la cultura (cf Nro. 20).

“La teología de la creación y la teología de la redención -ha escrito el sucesor del beato Josemaría en la dirección de su obra- se entrecruzan en la concreta vida cotidiana, orientada a Dios y al servicio de los hombres; todo trabajo humano, honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible; con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres) Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la creación del inundo, se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se. convierte en obra de dios (Una vida para Dios, Ed. Rialp, Madrid 1992, Pág. 91s).

Renovador en tiempos que precedieron el Concilio Vaticano II, las orientaciones de Josemaría Escrivá se manifiestan fecundamente actuales, años de nueva evangelización. Vocación de todos a la santidad y realización de la santidad en lo cotidiano, en lo mundano, dignidad, y misión peculiar del laico, valor cristiano y función santificadora del trabajo, dinámica articulación entre los órdenes de la creación y redención. Estos y otros temas caracterizan el pensamiento y la espiritualidad, la teoría y la vida que el beato Josemaría supo desarrollar en una Iglesia que se abría a los nuevos tiempos, no abaratando la identidad del pueblo de Dios, sino afirmándola en genuina renovación. No marginando la oración y la cruz sino sumiéndolas como base del edificio y sabiduría conductora del peregrinar.

Como presbítero, apreció y promovió el ministerio sacerdotal, la vida consagrada de religiosos y religiosas le mereció honda estima y real colaboración. Pero privilegió a quienes forman la casi totalidad de la Iglesia y constituyen un potencial riquísimo de santidad y apostolado transformador: el laicado. Este laicado, su santificación a través del quehacer ordinario -llamado a ser “extraordinario”- fue la gran debilidad del fundador del Opus Dei. El último número de Camino continúa una palabra clave. Clave no sólo para la perseverancia cristiana, sino para entender lo que es Dios y lo que Dios quiere. Lo que es Jesús y lo que es la Iglesia de Jesús. Aquello que explica la creación, la redención, el mandamiento nuevo del Señor. Es el amor. Ese mismo amor que constituyó el sentido fundamental de la existencia del nuevo beato y que ha de ser también el alma, el ardor de la nueva evangelización en este fin de siglo y cruce de milenios. Dios Uno y Trino sea bendecido y alabado por los siglos de los siglos. Amén.

Ovidio Pérez Morales, Presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, La Religión (Caracas), 24.7.92

Monseñor Escrivá de Balaguer, un hombre providencial del siglo XX

Gustavo Posada Peláez, obispo de Istmina (Colombia), El Diario del Otún (Pereira, Colombia), 16.5.92

“Amor grande al Romano Pontífice, veneración a la Jerarquía y amor a los sacerdotes”.

Con ocasión del 50 Aniversario (1.978) de la Fundación del Opus Dei, en una entrevista para la televisión dije: “Mons. Escrivá de Balaguer es el hombre providencial del siglo XX, es un hombre de oración, un hombre de una fe tan grande como la de Abraham, un hombre de una confianza inmensa en la divina providencia, hombre de Dios, y por lo mismo, ahí vemos la explicación de su Obra, el Opus Dei. Siempre Mons. Escrivá de Balaguer, se distinguía por su amor grande al Romano Pontífice, por su veneración a la Jerarquía y por su amor a los sacerdotes: Mons. Escrivá de Balaguer encontró el secreto de la santificación personal en el cumplimiento de las obligaciones ordinarias, en la vida de todos los días. Mons. Escrivá de Balaguer nos enseñó a santificar el trabajo, a santificarnos en el trabajo y a santificar a los demás en el trabajo; se distinguió por su sencillez, fue un apóstol de la alegría y el buen humor, todo esto fruto de su unión con Dios, de su vida interior”.

Un hombre providencial del siglo XX, un hombre de Dios

Son abundantes los testimonios que corroboran mis expresiones anteriores. El Santo Padre Pablo VI afirmaba -dando permiso expreso para contarlo- en una audiencia que le concedió, en 1.976, al actual presidente general del Opus Dei, Mons. Alvaro del Portillo, que Mons. Escrivá de Balaguer “ha sido uno de los hombres que más carismas ha recibido de Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia, y que siempre respondió con fidelidad”.

Estoy persuadido de que la estela dejada por Mons. Escrivá de Balaguer es más profunda, más duradera y sobre todo más luminosa y salvífica de lo que imaginamos la mayor parte de sus contemporáneos. Su papel en la economía de la salvación me parece preeminente. Inmerso en un siglo XX incrédulo y frío, ha sabido encender el mundo -ignem veni mittere in terram- con el fuego de la caridad que ardía en su corazón… ha aportado a la vida de la Iglesia un nuevo impulso, una nueva juventud, abriendo de par en par la puerta de la santidad de los laicos, como escribía G. Thibon en 1.976: -Es imposible agotar la riqueza de la contribución de Mons. Escrivá a la Iglesia.

En el Decreto de Introducción a la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer se recoge la siguiente afirmación: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1.928 (…) ha sido unánimemente reconocido como un precursor del concilio Vaticano II, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia”.

Veneración a la Jerarquía

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, a actuar en firme unión con la Jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que – como recuerda el Decreto citado anteriormente- en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas. Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del ordinario del lugar, se dedicó plenamente a su misión y el Señor le bendijo con abundantes frutos.

Mons. Gustavo Posada Peláez