>[Opus Dei] Carta del Prelado (abril 2010)

>Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ayer, 31 de marzo, se cumplieron setenta y cinco años del día en el que nuestro Padre celebró por vez primera la Misa y dejó reservado el Santísimo Sacramento en la Residencia de Ferraz. Y mañana, 2 de abril, habrán transcurrido cinco años del fallecimiento de Juan Pablo II. Dos aniversarios muy diferentes entre sí, que, sin embargo, causan un eco especial en nuestros corazones. Los dos caen este año en plena Semana Santa. Nos invitan a recorrer la senda de la vocación cristiana en unión estrecha con Jesucristo, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, acompañándole de cerca en su Pasión redentora.

Con frecuencia venía a la mente de nuestro Padre que, después de quedarse el Señor en el sagrario del Centro, la labor apostólica experimentó un gran crecimiento. Apenas pasado ese día, sin desaparecer las dificultades —que encontraremos siempre, porque por ese camino anduvo Nuestro Señor—, la cosecha comenzó a manifestarse con más abundancia. Nuestro Padre lo consignó por escrito en una carta al Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta Casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo»[1].

Todos conservamos en la mente que la muerte de Juan Pablo II produjo una sacudida espiritual en multitud de personas y dejó frutos innumerables. Estuvo precedida de años, meses y semanas en los que ese gran Pontífice ofreció —con su predicación y con su ejemplo, con su larga enfermedad, con su vida entregada y con su muerte— un testimoniomaravilloso de cómo hay que seguir a Cristo. Seguramente recordamos la determinación con que agarraba la Santa Cruz, mientras seguía por televisión el Viacrucis del Viernes Santo, en el que no pudo estar presente.

Estos y otros recuerdos nos pueden ayudar a meternos con más profundidad en las escenas de la Semana Santa. La liturgia del Triduo sacro, que comienza esta noche con la Misa in Cena Domini y concluye con la Vigilia Pascual, rememora elocuentemente el modo que Dios ha elegido para redimirnos. Pidamos al Señor gracia abundante para comprender con más profundidad el don inmenso, verdaderamente inestimable, que ha hecho a la humanidad mediante su sacrificio en la Cruz. ¿Qué te has propuesto para no dejar solo a Jesucristo? ¿Cómo le ruegas que te haga alma generosamente penitente? ¿Pones los medios para que no se produzca aquella desbandada que sucedió a los Apóstoles?

Comentando el himno de la epístola a los Filipenses, que describe el anonadamiento de Dios para salvarnos[2], Benedicto XVI explica que «el Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse hombre, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta la profundidad de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo. Por eso es justo —como dice San Pablo— que “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!” (Flp 2, 10-11)»[3].

Detengámonos a meditar estas palabras de San Pablo, que escucharemos de nuevo el Viernes Santo antes de leer la Pasión según San Juan. Son como la puerta que nos permite introducirnos en los designios divinos, que tantas veces se alejan de los planes meramente humanos. Abracemos las contradicciones que Dios permita o nos envíe, con la seguridad de que son una prueba de su amor, como lo fue la Pasión y Muerte de su Hijo. «No fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. Y la muerte a la que se encaminó —añade San Pablo— fue la muerte de cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto —comenta el Romano Pontífice— el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso “despojarse de su rango” y hacerse hermano nuestro; por amor compartió nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer»[4].

Con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana. «La vida de Jesucristo, si le somos fieles —escribió San Josemaría—, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación— como en la conducta externa»[5]. Así, bajo la acción del Espíritu Santo, con nuestra colaboración personal, se irán consolidando los rasgos de Cristo en nosotros. También en la práctica del Viacrucis, podemos meditar con profundidad lo que escribía nuestro Padre: «Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus»[6].

Hijas e hijos míos, encomiendo al Señor que entendamos a fondo que la mayor manifestación de amor, de felicidad, está en el anonadamiento, porque entonces Dios llena el alma hasta el último pliegue. No olvidemos que son una verdad muy evidente aquellos versos —pobres, apostillaba nuestro Padre— que venían a los labios de San Josemaría: Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas, / hoy digo que me quieres.

El Señor utiliza este modo de actuar —la unión con la Cruz— para santificarnos, y también permite que la misma Iglesia sufra muchos ataques. «No es algo nuevo, comentaba San Josemaría. Desde queJesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia»[7].

Nada de esto debería sorprendernos. Ya lo anunció Nuestro Señor a los Apóstoles: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra[8].

Ciertamente, hay momentos en los que se intensifican los ataques a la doctrina católica, al Papa y a los Obispos; se pone en berlina a lossacerdotes y a cuantos se esfuerzan por llevar una vida recta; se reduce al ostracismo a los católicos laicos que, en uso de su libertad, se proponen iluminar las leyes y las estructuras civiles con las luces del Evangelio. Imagino que todas y todos sentiréis pena por esos pobres que sólo saben tener amargura en sus mentes, en sus almas. Llevémosles al Señor con nuestra oración.

Ante estas situaciones, no hemos de perder el ánimo ni encogernos; sintamos tristeza fraterna por aquellos que se mueven en el error, y recemos por ellos; devolvámosles bien por mal; y tomemos la decisión de ser más alegremente fieles y más apostólicos. Traigamos a nuestra memoria el Dios y audacia de San Josemaría en los primeros años de la Obra, cuando las dificultades en la vida de la Iglesia no eran inferiores a las actuales. Consideremos la afirmación de Nuestro Señor que os acabo de recordar: si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Dios no pierde batallas. Con su amor y su omnipotencia infinitos puede sacar, del mal, el bien.

Muchas veces han cantado victoria quienes pensaban que habían acabado definitivamente con la Iglesia, y siempre la Esposa de Cristo ha resurgido más bella, más pura, para seguir siendo instrumento de salvación entre las naciones. Ya lo señalaba San Agustín en su tiempo, con palabras que nuestro Padre recoge en una de sus homilías. «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. “Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos… Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece” (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»[9].

En ocasiones querríamos que Dios manifestara su poder librando definitivamente a la Iglesia de quienes la persiguen. Y quizá nos vienen ganas de preguntar: ¿por qué permites que humillen de este modo al pueblo que Tú has redimido? Es la queja que San Juan, en el Apocalipsis, pone en boca de los que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte: Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: —¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?[10]. La respuesta no se hace esperar: se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos[11].

Es el modo de actuar de Dios. Quienes fueron testigos del prendimiento de Cristo, de su juicio inicuo, de su injusta condena, de su muerte ignominiosa, concluyeron equivocadamente que todo había terminado. Y, sin embargo, nunca estaba más cerca la Redención de los hombres, que cuando Jesús sufría voluntariamente por nosotros. «¡Qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio!, comenta el Santo Padre. Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo»[12].

El Señor desea que en los miembros de su Cuerpo místico se cumpla el misterio de abajamiento y de exaltación mediante el cual llevó a cabo la Redención. «El Viernes Santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: “O crux, ave, spes unica”, “¡Salve, oh cruz, esperanza única!”»[13]. Os sugiero algo que he visto hacer a nuestro Padre: paladear, meditar, hacer muy suyas esas palabras que se repiten en la Semana Santa de modo especial: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!

A la luz de la Resurrección gloriosa, que siguió a la muerte y sepultura de Jesús, los acontecimientos que causan dolor o sufrimiento adquieren su verdadero sentido. Esforcémonos por entenderlo nosotros así, amando en todo momento la Voluntad de Dios, que, aunque no quiere el mal, lo permite para respetar la libertad de los hombres y para hacer brillar más su misericordia. Y tratemos de que lo comprendan muchas otras personas que quizá se muestran confusas o desorientadas.

«Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa»[14]. El Señor sigue viviendo en la Iglesia, a la que ha enviado el Espíritu Santo para acompañarla eternamente. «Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad»[15]. Y añade nuestro Padre: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo»[16].

El día 23 de este mes, celebraremos un nuevo aniversario de la Primera Comunión de nuestro Padre. No sé cómo explicaros su alegría, su adoración, su fervor eucarístico en el día del Jueves Santo. Sí puedo deciros que su agradecimiento y su adoración a Jesucristo en la Hostia Santa eran ejemplares: todo le parecía poco, y rogaba al Señor Sacramentado que le enseñase a amar, que nos enseñase a amar.

Hay otras efemérides de la historia de la Obra en este mes; a vuestra curiosidad sana las dejo, para que, como buenas hijas y buenos hijos, sepamos agradecer a la Trinidad Santísima todas sus bondades con nosotros. Ahora, entre otras cosas, los frutos espirituales del viaje que he realizado a Palermo, el pasado fin de semana.

Seguid rezando por el Papa y sus colaboradores, por todas mis intenciones. La consigna que os propongo es la misma de San Josemaría en los comienzos del Opus Dei: Dios y audacia, fe y valentía, con un optimismo enraizado en la esperanza. Intensifiquemos el apostolado de amistad y confidencia propio de la Obra, sin respetos humanos, fundamentado en una vida de oración y de sacrificio, en un trabajo profesional cumplido del mejor modo posible. Y el Señor hará todas las cosas antes, más y mejor de lo que podamos imaginar.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2010.

[1] San Josemaría, Carta a don Francisco Morán, 15-V-1935 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 546).

[2] Cfr. Flp 2, 6-11.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Forja, n. 418.

[6] San Josemaría, Vía Crucis, VI estación.

[7] San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

[8] Jn 15, 18-20.

[9] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[10] Ap 6, 9-10.

[11] Ibid., 11.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[13] Ibid.

[14] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[16] Ibid., n. 137.

>[Opus Dei] Vivir la Santa Misa

>El Director de la Edición Regional de Castilla y León de La Razón, Jesús Fonseca, escribe hoy 17 de marzo un artículo en la edición nacional de ese diario sobre el reciente libro publicado por el Prelado del Opus Dei.

Hay algo, sin duda, algo indescriptible en él, además de gozoso. Es abierto, espontáneo. Alegre, muy alegre. Siempre con la sonrisa en los labios. Le gusta compartir. Tiene capacidad de arrastre. Pero es también un intelectual profundo. Fue con Álvaro del Portillo la persona más cercana a San Josemaría. El santo de la vida ordinaria. El que marcó el camino: «No hay otro camino. O sabemos encontrar a Dios en nuestra vida ordinaria o no lo encontraremos nunca». Me refiero a Javier Echevarría y me detengo en él a propósito de su última obra: Vivir la Santa Misa, que acaba de salir a la calle. «Publico estas páginas -explica el prelado del Opus Dei- con el afán de fomentar el espíritu litúrgico que impulsa a cuidar el trato con Jesucristo». No es éste, en contra de lo que pudiera parecer, un libro denso. Al contrario, son unas páginas muy vivaces. Escritas desde la fe en la presencia salvadora de Cristo en el diario vivir. Partiendo de la Misa como centro de la vida del cristiano, Monseñor Echevarría pone en valor las perspectivas de verdadera realización humana que ofrece la fe cristiana a mujeres y hombres de hoy. Demuestra, una vez más, como ya lo hiciera en Itinerarios de vida cristiana, que la expresión de lo sobrenatural es lo más cercano y natural. La de Echevarría es una Misa coherente entre la disposición interior, los gestos y las palabras. Que ahonda, también, en algo que no está precisamente de moda en los tiempos que corren: la unidad entre doctrina y vida.

>Entrevista al Prelado del Opus Dei

>Texto íntegro de la entrevista de Pilar Urbano a mons. Javier Echevarría, publicada en la revista “Época” en mayo de 1994.
Javier Echevarría habla sin apenas mover un músculo del rostro. Es tremendamente sobrio de gestos y ademanes. Me parece un hombre acostumbrado a tener muy a raya su carácter, su espontaneidad, su energía, su vehemencia. Casi todo el tiempo tiene las manos en reposo. Carga la expresividad en la voz y en la mirada. Ahí lo dice todo: en esa mirada inteligente, aguda, penetrante, vivísima.

¿Dónde nació, cómo era su familia…?
-Nací en Madrid, en la calle Fortuny, el 14 de junio de 1932. Mi padre era ingeniero, profesor de la Escuela de Ingenieros Industriales. Como ninguno de los hijos le había salido ingeniero, quiso inclinarme a mí por ahí… incluso escribió un libro pensando en mi preparación. Pero a mí me gustaban más las Humanidades. Mi padre me ayudaba a estudiar matemáticas. Y, ante cualquier problema, me explicaba tres o cuatro formas de resolverlo. Ese mismo exceso me produjo hastío hacia las matemáticas. Y opté por el Derecho.

¿Para ejercer la abogacía?
-No. Yo quería ser agente de cambio y bolsa, como mi abuelo, para ganar dinero y vivir bien. Luego, Dios se metió en mi vida y cambié mis planes: aquí, en Roma, estudié Derecho Canónico en el Angelicum y Derecho Civil en la Universidad Lateranense, las licenciaturas y los doctorados.

¿Cuántos hermanos son ustedes?
-Pudimos haber sido once, aunque sólo nacimos ocho. Yo soy ahora el menor de los siete que ahora vivimos. Por eso tengo casi cincuenta sobrinos-nietos. Mi familia procede de Guipúzcoa, pero ya desde los abuelos se afincaron en Madrid.

¿Recuerda algo de la guerra civil?
-La pasamos en Elizondo y en San Sebastián. Fuimos allá, huyendo desde Madrid, porque -según nos dijeron- el portero de la casa nos había denunciado. Y, desde luego, vinieron a registrar el piso de la calle Españoleto, donde vivíamos. Yo era un chaval y sólo guardo un par de impresiones: cómo mi familia seguía por la radio la marcha de la guerra; y que nunca percibí rencor, ni mucho menos odio hacia los que luchaban en el otro bando. Mis padres lo que querían era que acabasen todas aquellas persecuciones de los comunistas. Durante la guerra fui al colegio de los marianistas. Después, ya de vuelta en Madrid, a los Maristas de la calle García de Paredes. Muy cerca, por cierto, donde once años antes -en 1928- Josemaría Escrivá había “visto” el Opus Dei. Luego, el colegio se trasladó a la calle Eduardo Dato, que antes se llamaba Paseo del Cisne, por donde pasaba el “tranvía del Cangrejo”… Además de esta coincidencia de García de Paredes, también viví siendo pequeño, en el mismo inmueble donde había un centro del Opus Dei. En Martínez Campos, 15. Recuerdo muy bien el día que se mudaron con los muebles a otro sitio. Sería en 1940 ó 1941. El portero, por toda explicación, nos había dicho: “Son unas oficinas, donde también viven unos señores”. Sabría más el hombre, pero sólo dijo eso. Lo curioso es que yo lo registré mentalmente. Pasado el tiempo, cuando supe que el fundador de la Obra había ido mucho a esa casa, y que solía subir y bajar por las escaleras, sin tomar el ascensor, pensé que quizá nos hubiésemos cruzado alguna vez. Y que me habría encomendado a mi Ángel Custodio, pidiendo mi vocación. Acostumbraba a hacerlo, cuando pasaba junto a alguien.

¿Cómo llega ud. a conocer la Obra?
-Yo tenía un primo que era del Opus Dei, pero nunca me había interesado en preguntarle. En la revista Catolicismo apareció, en 1944, un reportaje sobre los tres primeros miembros del Opus Dei -ingenieros- que se ordenaron sacerdotes. Un amigo mío vio esa revista, en su casa, por casualidad, en 1948, y nos la enseñó a los seis o siete de la pandilla. Aquello era muy novedoso, y a mis amigos les intrigó bastante. A mí no, la verdad. Un domingo por la tarde, el 6 de junio, íbamos a ir al cine. Mi amigo me telefoneó, proponiéndome un cambio de planes: “¿te apetece que vayamos a una residencia, en Diego de León, para enterarnos de qué es el Opus Dei?”. Y allá nos fuimos los seis. Nos atendieron muy bien. No en grupo, sino que cada uno pudimos hablar con un miembro de la Obra y preguntar lo que nos interesara saber. Al salir de allí, yo llevaba en el bolsillo una flamante estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero del Opus Dei, cuyo proceso de beatificación se acababa de iniciar. Me pareció un “santo laico” atractivo, al que se podía imitar. Esto ocurría la víspera de la muerte de mi padre. Él estaba preparándonos el veraneo familiar en San Sebastián, cuando le sobrevino un infarto. Como la noticia no nos la dieron de golpe, sino diciéndonos que estaba muy grave, recuerdo que yo recé por él, con la estampa de Isidoro.

Ese verano nos quedamos en Madrid. Nunca había sido así. Y ello me dio ocasión para frecuentar un centro de la Obra que -¡otra casualidad!- había en mi misma calle: los Echevarría habíamos vuelto a Españoleto. Y “Españoleto” se llamaba aquel piso de gente joven donde, siempre que me dejaba caer por allí, me daban algún trabajillo de la casa: lijar unas sillas viejas para repintarlas de nuevo; ayudar en la decoración; echar una mano en algún arreglo de carpintería… Me gustó eso de sentirme útil, y ser tratado como alguien que puede hacer algo por los demás. El 8 de septiembre pedí la admisión en la Obra. Yo tenía 16 años.

¿Y qué es lo que le enganchó?
El ambiente de alegría: estudiaban y trabajaban como locos, pero estaban muy contentos. El que, sin cambiar de estado, pudiese uno santificarse con su profesión. Y el horizonte inmenso de poder llevar a Cristo a mucha gente. Desde muy pequeño era muy sociable y me gustaba tener muchos y muy buenos amigos.

Opus Dei -

¿Cómo conoció al Fundador del Opus Dei?
El Padre vivía ya en Roma desde 1946, aunque venía a España con cierta frecuencia. En uno de esos viajes, en noviembre de 1948, nos invitaron a una tertulia con él en Diego de León. El sentimiento de filiación hacia quien es el Padre en la Obra, es un rasgo consustancial al carisma de la vocación en el Opus Dei. Sin que nadie me lo inculcase, yo estaba deseando conocer al Padre. Al acabar aquella tertulia -seríamos unos treinta y cinco-, el Padre se dirigió a los tres que éramos más recientes y nos propuso ir esa misma tarde con él a conocer Molinoviejo, una casa en pleno campo de Segovia, para convivencias y retiros.

Nos metimos seis en un viejo Vauxhall. Detrás iba el Padre. Yo, delante, compartiendo el asiento con otro. Conducía el doctor Odón Moles. Durante el trayecto hicimos de todo: charlamos, cantamos, reímos, rezamos… El Padre nos hablaba de innumerables apostolados que la Obra tenía que hacer por todas las partes del mundo, y que nos estaban esperando. Con su voz de barítono, bien timbrada y bien modulada, cantaba canciones de la calle, canciones de amor que él enderezaba hacia Dios: “tengo un amor que me llena de alegrías…”. Nos gastaba bromas: cuando en una revuelta de la carretera se dibujaba una casucha vieja, fea, destartalada, nos decía: ¡mirad!… ¡eso es Molinoviejo!” Caímos en la trampa un par de veces. Ah, bueno, yo me mareé, devolví… y como iba de negro por el luto de mi padre, me puse perdido. Me ayudó a limpiarme, me quitó el azaro por la situación, hizo que viajásemos con la ventanilla abierta, a pesar de estar en noviembre, y me mostró tantísimo cariño que, realmente, me sentí atendido, no ya por un padre, sino por un padrazo.

En Molinoviejo pasamos a ver la ermita y el oratorio. Unos cuantos universitarios, dirigidos por un alumno de Bellas Artes, lo estaban decorando. En el respaldo de madera de la sillería corrida habían grabado unas advocaciones marianas tomadas de la letanía. Me impresionó la ternura y la fuerza del amor del Padre hacia la Virgen: al ir leyéndolas, las pronunciaba, una a una, con voz cálida y vibrante, como piropeando a una mujer que se ama. Aquello era, a la vez, muy delicado y muy recio, muy espiritual y muy viril. Se notaba que, cuando decía esas frases, el Padre estaba rezando.

(Ahora, al revivir aquella escena ya tan lejana, a Javier Echevarría le brillan los ojos. Traga saliva. Con un leve arqueo de cejas, me pide que pase a la siguiente pregunta).

A don Álvaro del Portillo, ¿dónde le conoció?
-Al año siguiente, 1949, yo vivía en “Gurtubay”, un centro de la Obra para universitarios. Una mañana, nos celebró la Misa un sacerdote alto que pronunciaba el latín “a la romana”. Yo pensé que sería extranjero. Era don Álvaro, que vivía en Roma y estaba de paso en Madrid. Nada más desayunar nos fuimos todos a la Universidad. Pero tuvimos tertulia con él después del almuerzo. Guardo dos recuerdos de aquel primer encuentro: nos habló mucho de fidelidad y amor a la Iglesia y al Papa, fuese quien fuese; y nos regaló un paquete de Chesterfield, que a él se lo habían dado en el Vaticano. Eran tiempos de escasez en España. Y, acostumbrados al tabaco negro y barato, de picadura mala, fumar aquellos cigarrillos americanos era un lujo de película. Si encima venían del Vaticano, aún nos parecía mucho más extraordinario.

Cuando usted piensa en san Josemaría Escrivá ¿qué idea, qué vivencia fuerte le viene a la cabeza?
-Me viene el hecho asombroso y real, muy real, de su amor apasionado a Jesucristo y de su paternidad. He tenido la suerte de vivir veintiséis años junto a él. Y siempre me sorprendía la sinceridad de su cariño hacia cada persona de la Obra, aunque no le hubiese visto jamás. Lo que le ocurriera a una hija suya o a un hijo suyo, lo que le contasen por carta, lo que le dijeran en una tertulia… todo le interesaba, todo le afectaba como algo propio, porque nos quería de veras, como a hijos de su oración y de su mortificación. Entre él y cualquiera de nosotros no hubo nunca la más tenue barrera: ni un papel de fumar. Yo le he visto llorar, sufrir, por la muerte de hijas e hijos suyos a los que no conocía con más intensidad que sus propios parientes. Cuando le daban alguna de esas noticias, se quedaba humanamente destrozado, sin levantar cabeza.

Y al cerrar los ojos, ¿cómo le ve?
-Le veo entre gente, hablando de Dios… Le veo yendo, saliendo al encuentro de los demás… Le veo entregándose a todos nosotros, a tiempo completo, sin ahorrarse un esfuerzo, sin reservarse un minuto para sí mismo. Todo lo nuestro -un dolor de muelas, un examen, una preocupación familiar, un partido de fútbol que íbamos a jugar-, todo le era conocido y familiar. ¡Éramos su vida!

De don Álvaro, con quien ha vivido usted cuarenta y cuatro años, ¿qué imagen le viene a la mente?
-A don Álvaro le veo eclipsándose siempre, en un segundo plano, desde donde pudiera ver, oír y atender a nuestro Padre: mirándole, incluso físicamente, con el deseo de aprender de él. Y ello, a pesar de sus magníficas dotes humanas, con las que se llevaba a la gente de calle. Sin lisonjas, en justicia, tengo que decir que don Álvaro, por su espléndida inteligencia, por su amplia cultura, por su exquisita educación, por su capacidad de relación social, por la altura de su pensamiento, por la profundidad de su vida interior, y por una larga serie de virtudes morales que vivió con heroísmo, ha sido un gigante. Y sé que no exagero. Sin embargo, yo le he visto siempre pendiente de nuestro Fundador, secundándole en todo, para ayudarle a hacer el Opus Dei. Él fue un fiel ejecutor de lo que el Fundador indicó.

¿Es cierto que monseñor Escrivá tenía predilección por usted?
-¿Por mí?… ¡No, no!… Eso no. Quizá, conmigo, y con otros que vivíamos cerca de él, tenía más confianza. Pero nunca tuvo hijos predilectos. De haber tenido alguno, sería don Álvaro, porque era un instrumento muy valioso para la Iglesia y para la Obra. Y hay que recordar que el Fundador solía decir: “a don Álvaro no lo elegí yo: fue Dios quien lo puso a mi lado”.

Yo me sentí muy querido por el Fundador. Pero también muy exigido. Me corrigió, y fuerte, en varias ocasiones. Una vez llegó a decirme: “hijo mío, si no cambias, no podré confiar en ti”. Fue duro oírlo, pero el Padre tenía razón y a mí me sirvió mucho. Sin embargo, un par de años más tarde, me pidió que fuera su secretario: “puedes abrir todos los cajones, porque yo no voy a tener ningún secreto para ti”. Y no es que monseñor Escrivá hubiese cambiado de opinión: es que nunca había dejado de confiar en mí. Pero yo era uno más. Esto es así.

¿A usted le escogió Escrivá para traérselo a Roma?
-No. Me ofrecí yo. En 1950 estaba aquí haciendo un curso -unas semanas- de formación, cuando el Padre comentó que ese año, de España, vendrían siete a hacer el Colegio Romano de la Santa Cruz. Y yo le dije: “pues a mí me gustaría ser uno de esos siete”. Sin más, el Padre me contestó: “Háblalo con don Álvaro. Si lo arreglas con tu familia, yo no tengo inconveniente”. Volví a Madrid para hablar con mi madre cara a cara, y no por carta. Lo solucioné y… aquí estoy.

¿Por qué Escrivá le escogió como “custodio” suyo?
-Ah, no lo sé. Nunca se lo pregunté. En 1955 me ordené de sacerdote. En el 56, a raíz del Congreso General del Opus Dei -celebrado en el Hotel Pfauer, un hotel modesto de Einsieldn (Suiza)-, nuestro Padre me dijo: “Javier, he de elegir dos custodes, de entre una lista de nueve nombres que me ha dado el Consejo. Yo desearía que uno fuese don Álvaro y tú el otro. ¿Estás conforme?”. Yo tenía 24 años y pensé que había muchos que llevaban más tiempo en la Obra, que tenían más experiencia y más valores, y que podrían hacerlo mejor que yo. Pero me fié de la gracia de Dios y del discernimiento del Padre. En cuanto contesté que aceptaba el encargo, me dijo: “Pues coge el Codex y estúdiate tus nuevas obligaciones, para cumplirlas a rajatabla”.

¿Y en qué consiste eso de ser Custodio?
-A mí me incumbía cuidar al Padre en todo lo material: desde decidir si había que comprarle unos zapatos, hasta acompañarle al médico, o preparar un viaje… Y también hacerle -no diré “correcciones”- indicaciones concretas sobre cuestiones externas, perceptibles, en las que pudiera mejorar o actuar de otro modo.

Después, en 1975, también don Álvaro me encomendó ser su custodio, pero en el orden espiritual: llevando la dirección de su alma.

Esta fórmula de tres -el Padre y sus ‘Custodios’- permite una concatenación, una continuidad sin vacíos: cuando muere uno, quedan los otros dos y un tercero se incorpora “de refresco”…

Opus Dei -

-Pero no es esa la función. Los custodes existen para que el Prelado, el Padre, no viva solo, no sea un hombre aislado allá arriba; y, además, para que se le pueda ayudar a ser mejor. Pero esa continuidad sólo se ha dado desde que fuimos custodes don Álvaro y yo. Antes siempre había un custodio que cambiaba. Sólo don Álvaro permanecía.

¿Diría usted que don Álvaro era un hombre “bonachón”?
-¡Ni hablar! Era un hombre muy bueno, muy santo, muy entregado a los demás; pero con un carácter “esculpido” y una gran fortaleza. En las tareas del gobierno de la Obra, le he oído reprender con firmeza, si se retrasaba un trámite, algo que nos solicitaban desde otro país: “no podéis dejar caer los papeles en el olvido; no hay cosa más desalentadora que el silencio administrativo”.

Hace cuarenta años yo tenía el encargo de llevar las cuentas del Colegio Romano. Una vez, el balance no me cuadraba: faltaban 600 liras, 60 pesetas, una cantidad insignificante para una casa donde vivíamos treinta y tantas personas. Cuando yo me esperaba que don Álvaro me dijese: “¡no te preocupes!”, me dijo: “Tienes que encontrarlas, es tu obligación responder hasta del último céntimo. Ese dinero no es tuyo: lo administras en nombre de otros”.

O más recientemente, siendo él Prelado y yo Vicario General, me decía: “No hacemos las cosas para que nos vean, pero nos ven. Debes actuar siempre en presencia de Dios, porque con cualquier gesto, con cualquier palabra, con cualquier detalle puedes escandalizar a la gente o puedes acercarla a Dios”.

Con el Fundador, sin tiquismiquismos, pero no le pasaba una. Recuerdo que, a veces, nuestro Padre, comentaba: “¡Me queréis tan santo, tan santo, que no me dejáis hacer nada!”.

Me parece que el desafío del sucesor es que, entre santo y santo, han dejado el listón muy alto…
-Pues sí, han dejado el listón muy alto, pero también han dejado una pértiga muy fuerte. De una parte, ellos ayudan, desde el cielo. Y de otra, está muy nítido el ejemplo de cómo ellos actuaron. Bastará pensar, ante cualquier situación: ¿qué haría el Fundador? o, ¿qué haría don Álvaro?, para tener la seguridad casi total de que, siguiendo por ahí, acierta uno.

Pero ese seguimiento imitativo, ¿no entraña el riesgo de que cada Prelado sea como una “fotocopia” del anterior?
-No. Don Álvaro imitó a san Josemaría sólo en lo que era del espíritu de la Obra, pero tuvieron personalidades completamente distintas. Quizá por eso se acoplaban tan bien. Los dos eran muy cultos, en cuanto a conocimientos teológicos, históricos, literarios, filosóficos, artísticos, canónicos… Y en todas esas materias tenían muchas coincidencias, mucha compenetración. Ahora bien, nuestro Padre era muy intuitivo y rapidísimo en la acción. Don Álvaro, más reflexivo. Nuestro Padre reaccionaba ante los hechos de un modo más inmediato, que podía parecer más espontáneo. Don Álvaro tenía también esa reacción genuina, espontánea, pero no la expresaba hasta haberla madurado por dentro.

Recuerdo ahora que en 1958, a la muerte de Pío XII, la televisión italiana emitió unas imágenes morbosas, desagradables, tomadas durante su agonía. El Colegio de Médicos de Italia suspendió al médico del Papa que autorizó a esa filmación en la habitación del Romano Pontífice. Pues bien, monseñor Escrivá se conmovió, se dolió muchísimo como un buen hijo que ve maltratado a su padre. Don Álvaro se quedó en silencio. Sólo más tarde, comentó: “El Padre tiene razón. Eso es indignante. A ver, ¿qué hijo consiente que con la agonía de su padre o de su madre se haga un espectáculo?”.

Podemos tomar otro aspecto: la veracidad. San Josemaría era un hombre claro, sincero, directo, decía lo que se le ponía por delante y llamaba al pan, pan. Don Álvaro, con otro temperamento, más apacible, era una persona sin doblez, sin recámara: ¡transparente!

Pero, en gustos, en aficiones ¿eran muy diferentes?
-¡Ya lo creo! Por ejemplo, Escrivá no hacía otro deporte que caminar. En cambio, Del Portillo había practicado mucho la natación, el jockey, el cross, el tenis, la equitación, el fútbol…

Las diferencias se veían más patentes en las cosas más pequeñas. Por ejemplo, don Álvaro se sentía muy cómodo vistiendo el clergyman; y el Fundador, por su gusto, no se lo hubiese puesto nunca. Recuerdo que, en septiembre del 68, viajamos a Cádiz en barco desde Nápoles. Eso de estar varios días embarcados a nuestro Padre no le apetecía nada: “me parece una pérdida de tiempo, una encerrona en un cascarón de nuez”. Sin embargo, a don Álvaro le ilusionaba porque “estar en alta mar -decía- relaja muchísimo. Sí, eran muy diferentes, pero recorrieron el mismo camino, vivieron el mismo espíritu y son… dos santos del mismo calibre.

Con todo eso, ¿quiere usted decir que el sucesor tendrá su propio estilo, pero deberá pisar donde pisaron sus predecesores?
-Si tiene sentido común, pisará donde pisó Josemaría Escrivá, que es donde pisó Álvaro del Portillo. Lo que no sea eso, es apartarse del camino madre. Ahora bien, esa fidelidad al “camino” no le quita a nadie su propio modo de andar. En el Opus Dei, la personalidad no se anula, se realza.

Pero, ¿qué margen de libertad creativa e innovadora puede tener el nuevo Prelado?
-Libertad total. La Obra nunca necesitará un aggiornamento, porque somos gente de la calle y estamos siempre al día. El nuevo Prelado tendrá toda la capacidad creativa y todo el margen de maniobra que necesite para aprovechar las circunstancias presentes y poner ahí el espíritu de la Obra. No se trata de copiar lo que ya se ha hecho. Las realidades cotidianas con las que hay que santificarse hoy son las distintas de las que vivió el Fundador. El nuevo Prelado deberá afrontar su propia hora histórica.

¿La Obra podrá vivir tranquila si el próximo Papa no le es tan favorable, tan propicio, como Juan Pablo II?
-Yo sé que monseñor Escrivá nunca se sintió ni abandonado, ni postergado, ni poco querido por los Romanos Pontífices. Eso es una falacia, inventos de unos que repiten otros. Yo le oí decir muchas veces: “De la Santa Sede, del Santo Padre, no nos pueden venir más que bienes, aunque en ocasiones nos parezcan contradicciones”. Para nosotros, el Papa -sea quien sea- siempre será el Vicario de Cristo, con una responsabilidad delante de Dios que tiene que cumplir. Lo que él decida, lo recibiremos siempre como venido del mismo Cristo. Por tanto, aun en la hipótesis de que alguna decisión del Papa nos resultara dolorosa, o incomprensible, sería buena para nosotros. Así que la Obra nunca se sentirá intranquila, ni insegura, ni mal querida. Una cosa es la simpatía, y otra la caridad y el cariño de quien gobierna la Iglesia, que nunca nos podrá faltar.

Está por escribir la historia de las relaciones personales entre los cinco últimos Papas y los dos sucesivos Padres que ha habido en el Opus Dei. Por ejemplo, se ha dicho con falsedad que Pablo VI no estimaba a monseñor Escrivá. Pues bien, nos consta -ratificado por sus secretarios- que usaba Camino como libro de meditación habitual. Y algo más: en una de sus últimas audiencias, Pablo VI le dijo al Fundador, cara a cara: “monseñor, usted es un santo”. Y eso un Papa no lo dice por halagar. Y no digamos ya de la amistad, del trato natural, confiado y espontáneo entre Juan Pablo II y monseñor Del Portillo. El Papa veía en don Álvaro a un hijo leal y sincero que le decía las cosas como eran, no como quería que fuesen.

¿Se puede decir que Juan Pablo II se ha apoyado en el Opus Dei?
-Sí, se puede decir. Pero lo de menos es que se diga: lo importante es que este Papa y todos los que vengan después se tienen que poder apoyar en el Opus Dei, porque el Opus Dei está para eso: para servir a la Iglesia como ella tiene que ser servida. A nosotros, expandirnos por el mundo entero y tener muchas vocaciones, si no es para mejor servir a la Iglesia, ¡no nos interesa para nada!

¿Es necesario que el Prelado del Opus Dei sea obispo?
-No es necesario. Pero la experiencia ha demostrado que es muy bueno para la Obra y para las relaciones con los demás obispos.

Monseñor Echevarría, usted ha pasado 44 años dedicado “full time” a vivir… la vida del otro. ¿Usted ha tenido su propia vida? ¿Usted ha podido ser usted?
– Sí que he tenido mi propia vida. Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos. De no haber estado, día tras día, junto a dos hombres de esa estatura humana y espiritual, ni me habría planteado la ambición de entenderme con todo el mundo, de preocuparme por todas las almas. Ni el interés por todas las culturas. Ni el afán de servicio a los demás. Ni la amplitud de miras, para ver los problemas de la Iglesia y de la sociedad civil. Ni me hubiese abierto a conocer -no como una curiosidad, sino como una preocupación personal- la situación de los hombres en todos los países del mundo, sus condiciones de trabajo, su nivel de libertad y de dignidad… Viajando y viendo vivir en su propio terreno a gentes de todas las naciones, de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de todas las religiones… Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres de espíritu grandioso, cristianamente grandioso.

Hace pocos años a usted le dio un infarto predicando…
-Sí. Fue en Asturias.

¿Y aguantó hasta el final?
-Sí, pero… (se echa a reír) ¡porque no sabía que era un infarto!

Y ¿comprendería a quien no tuviese ese temple y dejase a medias su prédica?
-No sólo le comprendería, sino que le alabaría. Es lo que hay que hacer: que le curen a uno para seguir sirviendo.

Es que circula ya un cliché prefabricado sobre usted, como un hombre riguroso, exigente, duro, criado a la sombra de Escrivá…
-Yo estoy muy orgulloso de haberme “criado” cerca de monseñor Escrivá. ¡Más me hubiera gustado aprender de él! Y lo que me enseñó siempre fue a dilatar mi corazón de sacerdote. A tener los brazos abiertos a todo el mundo, vinieran de donde vinieran, y vinieran como vinieran: aunque se presentasen como mis enemigos mortales. A cualquier hora, en cualquier lugar y circunstancia, tener el corazón de par en par, para quien me necesite…

Pero, don Javier, tiene usted genio…
-Sí, tengo genio. Y lo tenía mucho antes de conocer a monseñor Escrivá.

Cuando murió Escrivá, y estando todavía caliente su cuerpo, Del Portillo le quitó el “lignum crucis” que llevaba colgado del cuello, y se lo puso “hasta que haya un nuevo Padre”. Ahora, al fallecer don Álvaro, ¿se ha puesto usted también esa reliquia del leño de la Cruz?
-Sí, pero no enseguida. A los dos días. Yo evité hacer las mismas cosas materiales que, años atrás, había hecho don Álvaro, para que no se pensase que había una presunción de continuidad. Vi el lignum Crucis dentro del armario de don Álvaro. Pensé que estaría mejor sobre el pecho de un sacerdote. Por eso me lo puse.

¿Y entonces sintió sobre sí “el peso” de la Obra?
-Sentí el peso de la Obra. Pero también la fuerza de Dios. La Obra, guste o disguste, es espiritualmente monolítica. Más claro: “un solo corazón, una sola alma”. Están rezando todos, para que yo acierte. Y las cartas se reciben a millares, de todos los rincones del mundo, de todo tipo de personas…

¿Qué es el “peso” de la Obra?
-Es la santidad de más de setenta mil personas, que tienen que responder a un compromiso con Dios, en su trabajo, en sus deberes de estado, en su trato con los demás hombres. Y ese peso se nota, porque todos somos frágiles y podemos no dar el do de pecho, o estar desambientados en esa gran orquesta que es la Iglesia.

En alguna ocasión, Juan Pablo II se refirió al Opus Dei como una potencia: “el Opus Dei poderoso”…
-Sí, pero inmediatamente don Álvaro le dijo: “Santidad, nuestro único poder, nuestra única fuerza es la oración”. Y el Papa, afirmando con la cabeza, contestó: “A eso me refería”. Al Papa le impresionó una carta que monseñor Del Portillo le escribió desde el santuario de la Mentorella en 1978, al iniciarse el Pontificado. En esa carta, le ofrecía todo el tesoro de la Obra: la oración y las misas diarias, que entonces eran unas 60.000 y ahora serán 74.000 y algunas más.

Cuando aquí en “Villa Tevere” baja usted a rezar en esa cripta donde están enterrados Escrivá y Del Portillo, los dos grandes “patronos” de la Obra ¿qué pide para el nuevo Prelado?
-Pido que sea un buen pastor, un pastor leal, que se entregue del todo a sus hijas y a sus hijos, sin que jamás les separe de ellos ni la más leve barrera de humo.

Pilar Urbano

>Carta del Prelado (Dic 09)

>Se avecina otra vez, con su novedad maravillosa, la Navidad; una fiesta que se celebra en casi todas partes; también en lugares donde apenas se conoce a Cristo. Para muchos -y causa pena-, se limita a una ocasión de hacer y recibir regalos, de tomarse unos días de descanso, o, sencillamente, de pasar más tiempo en familia. Los que hemos recibido el don de la fe, conocemos el verdadero significado de esta celebración: cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma[1].

Así nos lo recuerda la Iglesia repetidamente, a lo largo de estas semanas de preparación. Al comenzar el Adviento nos invitaba: vayamos con alegría al encuentro del Señor[2]. Y el Papa Benedicto XVI explica que la razón por la cual podemos caminar con alegría (…) es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza emprendemos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Durante las próximas semanas, día tras día, la liturgia propondrá a nuestra reflexión textos del Antiguo Testamento, que recuerdan el vivo y constante deseo que animó en el pueblo judío la espera de la venida del Mesías. También nosotros, vigilantes en la oración, tratemos de preparar nuestro corazón para acoger al Salvador, que vendrá a mostrarnos su misericordia y a darnos su salvación[3].

Esforcémonos para seguir este consejo del Santo Padre, leyendo con atención los textos litúrgicos y meditándolos en la oración personal. Y os pido aún más: esforcémonos cada uno, singularmente, para lograr que se recupere el sentido cristiano de estas fechas en la sociedad. No consideremos esta aspiración como una utopía. Nuestro Padre solía comentar que “a contar, se comienza por uno”, y luego se continúa. Quizá rememoraba lo que hubo de hacer cuando el Señor puso la Obra en su alma, en sus manos. Y ese celo ?el suyo? de los principios creció siempre en su actitud de permanente apostolado. Asimilemos esta disposición, porque todos podemos trabajar en la recristianización de este mundo nuestro. Cada una y cada uno a su alrededor, de modo semejante a la piedra caída en el agua, que causa una onda, y después otra, y otra…[4].

Ante la llegada del Señor, que viene a instaurar en el mundo la justicia y la paz, las expresiones de la Sagrada Escritura rebosan de júbilo. Mirad que vienen días ?oráculo del Señor?, en que cumpliré la buena promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un brote justo, que ejerza el derecho y la justicia en la tierra[5].

Esta venida del Señor será siempre actual, porque visita esta tierra especialmente con la celebración diaria del Santo Sacrificio de la Misa, y sale a nuestro encuentro con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. De muchas maneras espirituales se acerca a nosotros a lo largo del año litúrgico; ahora, con la solemnidad del tiempo natalicio. Es tan fuerte su presencia que, aunque en algunos lugares intenten silenciarla, salta a la vista una realidad clara: el mundo “se para” porque es la Navidad. Cobra todo su relieve el canto del salmo: alégrense los cielos y exulte la tierra, brame el mar y cuanto lo llena; que se gocen los campos y cuanto hay en ellos. Entonces exultarán todos los árboles del bosque ante el Señor, que ya viene[6].
Hace veinte siglos, la llegada de Dios al mundo se realizó silenciosamente. Sólo los ángeles y un pequeño grupo de personas humildes ?los pastores? compartieron con la Virgen y San José el gozo del nacimiento del Redentor. También ahora la constante venida del Señor se realiza en el silencio. Pero donde hay fe, donde su palabra se anuncia y se escucha, Dios reúne a los hombres y se entrega a ellos en su Cuerpo, los transforma en su Cuerpo. Él “viene”. Y, así, el corazón de los hombres se despierta. El canto nuevo de los ángeles se convierte en canto de los hombres que, a lo largo de los siglos, y de manera siempre nueva, cantan la llegada de Dios como niño y se alegran desde lo más profundo de su ser[7].

Tratemos de dar pleno sentido a los signos externos de estos días cristianamente festivos. Pongamos empeño ?insisto? en devolver al ambiente de estas semanas su genuino significado. Siempre es posible, por ejemplo, difundir las tradicionales costumbres espirituales y devocionales propias de estas fechas: poner el Nacimiento en el hogar; visitar los belenes que se colocan en las iglesias y en otros lugares, quizá en compañía de otros miembros de la familia; destacar el sentido espiritual del árbol de Navidad y de los regalos propios de estas fechas, que son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…

En el segundo domingo de Adviento nos topamos de nuevo con la llamada al gozo sobrenatural ante el inminente Nacimiento de Jesús. En esta ocasión, el profeta Baruc se dirige a Jerusalén ?figura del alma que espera en el Señor? y le anuncia: quítate el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre. Envuélvete con el manto de la justicia de Dios, ponte en la cabeza la corona gloriosa del Eterno[8]. El Señor nos promete una alegría plena y eterna, que no se acabará nunca, si nos esmeramos en cumplir con amor sus mandamientos; si volvemos a Él una vez y otra mediante el arrepentimiento, cuando no hayamos sabido comportarnos como hijos buenos. La alegría, el optimismo sobrenatural y humano ?escribe San Josemaría?, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas ?porque tenemos corazón?, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica[9]. ¿Sacamos partido de estas y de otras circunstancias personales para dar buena acogida al Señor? ¿Con qué devoción acudimos a Santa María y a San José, para que nos ayuden en nuestro caminar hacia Belén?

Incluso nuestras miserias personales ?los pecados y faltas de los que no está exenta ninguna criatura en la tierra? han de servirnos de trampolín para lanzarnos con más confianza y amor a Dios Nuestro Señor, que nos ofrece constantemente su perdón, especialmente en el sacramento de la Penitencia. No cabe olvidar que el optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios[10]. De este modo se aposenta en nuestras almas la verdadera alegría, que se identifica con el gozo de estar con el Señor. Era muy hondo el contento de nuestro Padre, mientras esperaba que Cristo llegase a nosotros en Navidad.

Toda esta alegría se ha cumplido plenamente en la Santísima Virgen, como nos recuerda la solemnidad de la Inmaculada Concepción. En esa gran fiesta, la Iglesia pone en labios de nuestra Madre unas palabras del profeta Isaías: reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas[11].

¡Qué júbilo debe producirnos ver a la Virgen tan cerca de Dios, glorificada en alma y cuerpo, y al mismo tiempo tan próxima a nosotros! Desde el Cielo, cuida de cada una y de cada uno, sigue nuestros pasos y nos alcanza de su Hijo todas las gracias que necesitamos. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María, comenta el Papa. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque Ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creadora[12].

La alegría litúrgica del Adviento estalla de modo incontenible al llegar la tercera semana, en el domingo llamado Gaudete a causa de las palabras con las que comienza la antífona de entrada: Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est[13]; alegraos siempre en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Viene a salvarnos de nuestros pecados; ésta es la raíz del característico alborozo de la Navidad. Canta de gozo, hija de Sión, alborózate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti[14].

En ocasiones, a la vista de las penas y desgracias que afectan a gran parte de la humanidad, podría insinuarse en el alma la tentación de la tristeza, del pesimismo, o al menos del desánimo. Hay muchas situaciones de violencia y de injusticia que es preciso remediar; son innumerables las personas que, en el mundo entero, carecen de lo más necesario para llevar una vida humana digna. Y, sobre todo, ¡hay tanta falta de amor en los corazones, tanto olvido de Dios, tantos egoísmos más o menos encubiertos! Nada de esto, sin embargo, debe apabullar a un hombre o a una mujer de fe. Al contrario, ha de impulsarnos a redoblar los esfuerzos, con la ayuda de la gracia, para sembrar con más abundancia la caridad en las relaciones humanas. María lleva la felicidad del Cielo a la casa de Isabel; tú y yo, ¿cómo actuamos para que los demás se beneficien de la cercanía de Jesús?

Escuchemos el consejo que daba San Josemaría: reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros[15].

Miremos el ejemplo de la Virgen. ¿Qué relevancia tenía a los ojos humanos una doncella, casi una niña, de un lugar tan desconocido como Nazaret? Y, sin embargo, Dios se fijó en Ella y la convirtió en Madre del Verbo encarnado y redentor. Contemplémosla otra vez en la escena de la Visitación a Santa Isabel, como nos propone el IV Domingo de Adviento en el Evangelio. El cántico del Magnificat, fruto del trato habitual de Nuestra Señora con Dios, alimentado por su familiaridad con la Sagrada Escritura, se nos revela como un canto de absoluta confianza en el poder de Dios y, por tanto, repleto de un júbilo santo.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava (Lc 1, 46-48). Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender[16].

Hagamos nuestra la lección de María. El Señor ha dado a los cristianos el mundo por heredad[17], y estamos seguros de que su palabra se cumplirá con nuestra colaboración, porque Él ha querido ?en su bondad? contar con cada uno de nosotros. Por eso hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe en el poder de Dios ?Dios no pierde batallas?, con un optimismo que no procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y presuntuosa[18].

Sigamos rezando por el Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los obispos y sacerdotes. Especialmente en este Año sacerdotal roguemos que el Señor conceda a la Iglesia muchos ministros santos. Como explicaba el Santo Cura de Ars a sus feligreses, «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veáis a un sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo»[19].

En los días pasados realicé un viaje a Córdoba, invitado por el Administrador Apostólico para hablar al clero de la Diócesis en el contexto del Año sacerdotal, y para bendecir juntos la imagen de San Josemaría que se ha colocado en la parroquia de San Nicolás; en ese templo, nuestro Fundador rezó el 20 de abril de 1938, durante su primer viaje a esa ciudad andaluza. También tuve ocasión de reunirme con muchísimas personas ?hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores? que participan en la labor apostólica del Opus Dei. Luego marché a Pamplona, y desde ahí he regresado a la Ciudad Eterna. Como siempre, he realizado estos viajes muy unido a cada uno de vosotros y a los viajes de nuestro Padre, dando gracias a Dios porque la semilla que San Josemaría sembró en solitario ha crecido de modo admirable, por la fuerza de la gracia de Dios.

Con todo cariño, os bendice y os desea una santa y feliz Navidad

                                                                 vuestro Padre

                                                                  + Javier

Roma, 1 de diciembre de 2009.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 12.

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento (A), Salmo responsorial.

[3] Benedicto XVI, Homilía en el Domingo I de Adviento, 2-XII-2007.

[4] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

[5] Misal Romano, Domingo I de Adviento (C), Primera lectura (Jr 33, 14-15).

[6] Misal Romano, Natividad del Señor, Misa de medianoche, Salmo responsorial (Sal 95 [96] 11-13).

[7] Benedicto XVI, Homilía en la Natividad del Señor, 25-XII-2008.

[8] Misal Romano, Domingo II de Adviento (C), Primera lectura (Ba 5, 1-2).

[9] San Josemaría, Forja, n. 290.

[10] San Josemaría, Forja, n. 659.

[11] Misal Romano, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Antífona de entrada (Is 61, 10).

[12] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Inmaculada, 8-XII-2005.

[13] Misal Romano, Domingo III de Adviento, Antífona de entrada (Flp 4, 4-5).

[14] Misal Romano, Domingo III de Adviento (C), Primera lectura (So 3, 14-15).

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 160.

[16] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 241.

[17] Cfr. Sal 2, 8.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 123.

[19] Santo Cura de Ars, cit. en A. Monnin, Spirito del Curato d’Ars, Ed. Ares 2009, p. 79

>Carta del Prelado (nov 2009)

>El año sacerdotal ayuda a recordar que todos los cristianos tienen que acercar, con sus propias vidas, a Jesucristo a los demás. Este es el tema central de la carta pastoral del Prelado del Opus Dei.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Al comenzar el mes de noviembre del Año sacerdotal, me gusta pensar que está enmarcado por dos fiestas litúrgicas en las que se pone de relieve el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios: la solemnidad de Todos los Santos y la de Cristo Rey. En la primera, que celebramos hoy, se muestra el sacerdocio de Cristo en sus miembros, los cristianos; en la segunda, el día 25, se manifiesta que nuestra Cabeza, Jesucristo, es Sacerdote eterno y Rey del universo[1], que con su venida gloriosa al final de los tiempos tomará posesión de su Reino y lo entregará a Dios Padre[2].
Las dos solemnidades invitan a reflexionar sobre la dignidad de la vocación cristiana. San Pedro, en su primera epístola, nos dice a los bautizados las siguientes palabras: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia[3]. El Príncipe de los Apóstoles afirma que Dios, al hacernos hijos suyos por la gracia del Espíritu Santo, nos ha insertado en el nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia— al que se pertenece no por la descendencia de la carne, sino por la incorporación a Jesucristo. En virtud de tan increíble elección, gratuita e inmerecida —¡partícipes del sacerdocio de Cristo!—, se nos invita a anunciar las maravillas divinas con el ejemplo, con la palabra y con las obras.

Admiremos la bondad de Dios Padre y démosle gracias. No se contentó con enviar a su Hijo al mundo para salvarnos, sino que ha querido que la Redención llegue a todos los hombres, hasta el fin de los tiempos, sirviéndose de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y presencia salvífica del Señor en el espacio y en el tiempo. San Agustín afirmaba que «así como llamamos cristianos a todos [los bautizados], en virtud del único crisma, así también llamamos a todos sacerdotes, porque son miembros del único Sacerdote»[4]. Nuestro Padre meditó mucho en este don tan grande e impulsaba a que todos tuviésemos los mismos sentimientos de Cristo[5]; por eso hemos de pensar: ¿hasta qué punto me empeño en asimilar esta riqueza?

La llamada universal a la santidad y al apostolado proviene, como de su raíz, del carácter bautismal. El sacerdocio común precede al sacerdocio ministerial, y este último se pone al servicio de aquel. Sin la regeneración del Bautismo no podría haber ministros sagrados, pues este sacramento abre la puerta a todos los demás; y sin sacerdocio ministerial, mediante el que la Iglesia anuncia a los hombres la doctrina de Cristo, los incorpora a su vida con los sacramentos —especialmente con la Eucaristía— y los guía hacia el Cielo, no podríamos progresar en el camino de la santidad. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo»[6].

El Santo Cura de Ars expresaba con viveza la necesidad del sacerdocio ministerial. Benedicto XVI, en la carta con motivo del Año sacerdotal, recoge algunas expresiones del santo: «Sin el sacerdote —señalaba—, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De que nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros»[7]. ¿Cómo rezamos a diario, con auténtica fe, para que no falten sacerdotes santos? ¿Suplicamos al Dueño de la mies, como exigencia de nuestra condición de cristianos, que envíe trabajadores a su campo, en número suficiente para atender las abundantes necesidades del mundo entero?

Pero volvamos a la liturgia de hoy, que subraya el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios. En una visión impresionante, el Apocalipsis nos muestra una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![8]. Esa muchedumbre de personas que se postran en adoración delante de la Santísima Trinidad, en unión con los ángeles, son los santos: unos conocidos, la mayor parte desconocidos. Se ve ahí al Pueblo de Dios en su etapa final, que comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo[9].

Tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común son para santificar a los hombres. Los ministros sagrados, configurados con Cristo Cabeza de la Iglesia, lo ejercitan predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos y siendo pastores que guían a los fieles hacia la vida eterna, como instrumentos visibles del Sumo y Eterno Sacerdote. Pero también los fieles laicos, en virtud del sacerdocio real, participan a su modo en ese triple oficio de Cristo Sacerdote. San Josemaría explicaba que todos los cristianos, sin excepción, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[10].

No se precisa ningún encargo especial de la autoridad de la Iglesia, para sentirse urgidos a participar en la misión salvífica. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[11]. Detengámonos con frecuencia en lo que significa esta condición del cristiano, porque hemos de ser portadores de Cristo a la humanidad, y portadores de la humanidad a Cristo.

En el curso del Año sacerdotal, además de pedir por la santidad de los sacerdotes, hemos de rezar por la santidad de todo el pueblo cristiano. Si hay familias que educan a los hijos en el amor de Dios, con su ejemplo de vida cristiana; si hay hombres y mujeres que buscan seriamente a Jesucristo en las circunstancias de la existencia ordinaria, habrá muchos jóvenes que se sentirán llamados por el Señor al sacerdocio ministerial. En estos meses se nos ofrece una nueva ocasión para que todos tomemos más conciencia de la vocación universal a la santidad y al apostolado, y para esmerarnos en seguir decididamente esa llamada, sin medianías, sin dejarnos dominar por los estados de ánimo. ¿Cómo y hasta qué punto nos influyen el cansancio, las contradicciones, los fracasos? ¿Perdemos la paz fácilmente y no nos refugiamos en Dios? ¿Consideramos que la Cruz es fundamento y corona de la Iglesia?

San Josemaría recibió especiales luces divinas para enseñar cómo se puede servir a la extensión del Reino de Dios a través de las actividades temporales. El mismo día de su tránsito de este mundo, recordaba a un grupo de mujeres, fieles del Opus Dei, que también ellas —como todos los cristianos— tenían alma sacerdotal. Muchos años antes había escrito: en todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios (cfr. Ef 2, 19) y de la ciudad de los hombres[12].

El alma sacerdotal conduce a los bautizados —insisto— a tener los mismos sentimientos de Cristo, con hambres de unirse cada día a Él en la Santa Misa y a lo largo de la jornada. El espíritu sacerdotal impulsa a crecer en la ambición santa de servir, con dedicación sincera y concreta por el bien espiritual y material de nuestros semejantes; anima a cultivar un serio afán de almas, con el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, unidos a la Virgen Santísima y filialmente pegados al Romano Pontífice; mueve a mostrarse dispuestos a reparar por los pecados, los propios de cada uno y los de los hombres todos… En definitiva, a amar a Dios y al prójimo sin decir nunca basta en el servicio de la Iglesia y de las almas. San Josemaría lo resumía así: con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar[13].

En la Santa Misa adquieren nuestras obras valor de eternidad. En esos momentos, con vigorosa intensidad, el cristiano se vuelve plenamente consciente de su compromiso de colaborar con Jesús en la santificación de las realidades humanas, mediante el ofrecimiento de su vida y de toda su actividad. «Altare Dei est cor nostrum»[14], decía San Gregorio Magno; altar de Dios es nuestro corazón. Hemos de servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[15].

Además, como manifestación de su participación en el oficio profético de Jesucristo, todos los fieles han de esforzarse por comunicar a otros las enseñanzas divinas. Ciertamente caben muchas maneras de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia; en cualquier caso, en la base de cualquier labor apostólica se encuentra siempre el mandato de Jesús a todos los cristianos: id y haced discípulos a todos los pueblos (…) enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado[16].

De igual modo, la participación en el oficio real de Cristo alienta a los cristianos a santificar las realidades terrenas; los laicos, en concreto, mediante su empeño por ordenar según la Voluntad de Dios los asuntos temporales[17], actuando en el mundo a modo de fermento[18] para poner a Cristo en la cumbre de todas sus actividades. «El sacerdocio común que hemos recibido en el Bautismo —explicaba don Álvaro siguiendo la doctrina de San Josemaría— es real, regio (cfr. 1 Pe 2, 9), porque al ofrecer a Dios lo que somos y tenemos, y al ofrecerle todas las actividades humanas nobles realizadas según el querer divino, somos reino de Cristo y reinamos con Él»[19].

Como parte de la misión específica que Dios le había confiado, San Josemaría enseñó que una característica esencial del modo de hacer presente el sacerdocio de Cristo según el espíritu del Opus Dei, tanto por parte de los ministros sagrados como de los fieles laicos, es la mentalidad laical propia de su condición secular y de su situación en el mundo. De este modo, sacerdotes y seglares colaborarán en el cumplimiento de la única misión de la Iglesia, cada uno según los dones recibidos, respetando la situación específica de cada uno. Los laicos ejercen su misión en el seno de las estructuras temporales, tratando de animarlas con el espíritu de Cristo; los sacerdotes sirven a los demás mediante la predicación de la Palabra divina y la administración de los sacramentos. Esto favorece, como escribe San Josemaría, que los clérigos no atropellen a los laicos, ni los laicos a los clérigos; que no haya clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos[20].

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Demos gracias a Dios y esforcémonos por difundir el profundo significado teológico y espiritual de la cooperación orgánica de sacerdotes y seglares en el Opus Dei, para participar en la misión de la Iglesia; sobre todo, con el testimonio de una vida cristiana coherente, permaneciendo cada uno —como dice el Apóstol— en la vocación en que fue llamado[21]: siendo sacerdotes o laicos al cien por cien. De este modo serviremos con eficacia a la Iglesia, como siempre hemos procurado realizar; con más motivo ahora que muchos confunden el laicismo —que intenta arrojar a Dios de las estructuras seculares— con la laicidad; y fomentaremos el sano espíritu laical, al que se ha referido el Romano Pontífice en varias ocasiones[22].

Dentro de unos días, el 7 de noviembre, ordenaré diáconos a 32 fieles del Opus Dei. Roguemos al Señor para que sean buenos y santos ministros suyos, y prosigamos rezando por la Persona e intenciones del Romano Pontífice, por su colaboradores, por los sacerdotes y diáconos, por los candidatos al sacerdocio del mundo entero. Recordaremos también el día en que la Virgen hizo la caricia a nuestro Padre de que encontrara la “rosa” en Rialp: acudamos a nuestra Madre Santísima, para que nos consiga de Dios la “rosa” perfumada de la fidelidad. Contamos también con la ayuda de todos los que nos han precedido; en las semanas de este mes hagamos más fuerte, con nuestra oración y nuestros sufragios, la unidad de la Iglesia triunfante, purgante y militante.

Con todo cariño, os bendice

                                vuestro Padre

                                + Javier

Roma, 1 de noviembre de 2009

[1] Misal Romano, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, Prefacio.

[2] Cfr. 1 Cor 15, 24.

[3] 1 Pe 2, 9-10.

[4] San Agustín, La Ciudad de Dios XX, 10 (CCL 48, 720).

[5] Cfr. Flp 2, 5.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

[7] San Juan María Vianney; cit. por Benedicto XVI en Carta a los sacerdotes, 16-VI-2009.

[8] Ap 7, 9-10

[9] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Todos los Santos, 1-XI-2006.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[11] Ibid., n. 120.

[12] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 1.

[13] San Josemaría, Carta 28-III-1955, n. 4.

[14] San Gregorio Magno, Moralia 25, 7, 15 (PL 76, 328).

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 19-III-1968.

[16] Mt 28, 19-20.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[18] Cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 2.

[19] Mons. Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1993, n. 11.

[20] San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 21.

[21] 1 Cor 7, 20.

[22] Cfr. Benedicto XVI, Discursos del 18-V-2006 y del 11-VI-2007.