Carta Pastoral (febrero 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al considerar el inmenso amor de Dios a los hombres, que se manifiesta sobre todo en el misterio de la Encarnación, nos quedamos removidos: así comienza nuestro Padre su homilía “Hacia la santidad”[1], y pienso que también nosotros deseamos asumir esa disposición interior al recitar el Credo. ¡Con qué gratitud lo confesamos, al afirmar que el Verbo eterno de Dios tomó carne en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre! Al compás de estas palabras nos inclinamos profundamente —en dos ocasiones al año, nos arrodillamos—, porque el velo que escondía a Dios, por decirlo así, se abre y su misterio insondable e inaccesible nos toca: Dios se convierte en el Emmanuel, “Dios con nosotros”. Cuando escuchamos las Misas compuestas por los grandes maestros de música sacra —decía el Santo Padre en una reciente audiencia— (…) notamos inmediatamente cómo se detienen de modo especial en esta frase, casi queriendo expresar con el lenguaje universal de la música aquello que las palabras no pueden manifestar: el misterio grande de Dios que se encarna, que se hace hombre[2].

En las semanas anteriores, hemos seguido los pasos de Jesús en la tierra ayudados por la liturgia: primero en el taller de Nazaret y luego por los caminos de Judea y Galilea. Os sugiero que ahora, al meditar en este gran misterio del Dios hecho hombre, nos detengamos en los diversos momentos de la vida terrena del Señor. Porque Jesús no sólo tuvo un verdadero nacimiento humano en Belén, sino que anduvo entre nosotros durante más de treinta años, conduciendo una existencia plenamente humana. San Josemaría nos movía a agradecerle que haya tomado nuestra carne, asumirla con todas sus consecuencias; e insistía: Dios no se ha vestido de hombre: se ha encarnado[3]. El Concilio Vaticano II nos recuerda que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[4].

Mientras pensamos en la vida del Señor, es muy importante recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cfr. 1 Jn 1, 1-4)[5]. Ahondemos, pues, con el auxilio de la gracia, en las consecuencias de ese hacerse Dios hombre perfecto: Jesús nos da ejemplo de cómo comportarnos en todo momento —de acuerdo con la dignidad que nos ha alcanzado— como verdaderos hijos de Dios. Durante el año litúrgico, rememoraremos nuevamente, con un sentido nuevo, sus principales enseñanzas. Tratemos de asimilarlas personalmente, procurando reproducirlas en nuestra existencia cotidiana: éste es el camino seguro —no hay otro— para alcanzar la santidad a la que el Señor llama a todos los cristianos. Él mismo señaló en el Evangelio: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…); nadie va al Padre si no es a través de mí[6].

Desde muy joven, a quienes se acercaban a su labor pastoral —y a los que él mismo buscaba para llevarlos al Señor, porque no caben pausas en el apostolado—, san Josemaría les mostraba la senda para seguir a Cristo en la vida ordinaria. Dios le concedió una luz especial para descubrir el contenido salvífico de la existencia de Cristo en Nazaret, que —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana»[7]. Lo afirmó expresamente Benedicto XVI al reconocer que en la conducta y en los escritos de nuestro Fundador brilla con fuerza particular un rayo de la luz divina contenida en el Evangelio, precisamente por haber enseñado que la santidad puede y debe alcanzarse en las circunstancias normales de la existencia cristiana[8], compuesta de horas de trabajo, de dedicación a la familia, de relaciones profesionales y sociales…

En efecto, Dios puso en el corazón de san Josemaría el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana[9]. Y le iluminó para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[10]. Su espíritu es una guía segura para quienes desean encontrar a Cristo, ir tras de Él y amarle en medio de los afanes terrenos, en todas las encrucijadas de la tierra.

El misterio de la Encarnación nos habla de la entrega de Dios a toda la humanidad. El Verbo divino, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros (…), asumió nuestra humanidad para darnos su divinidad. Éste es el gran don. También en nuestro donar —explica el Santo Padre— no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra dar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de la entrega de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha dado a sí mismo en su Hijo unigénito[11]. Y lo mismo espera de cada una, de cada uno.

A mediados de mes comienza la Cuaresma, un tiempo especialmente adecuado para revisar nuestro comportamiento y mirar si estamos siendo generosos con Dios y con los demás por Dios. En la segunda lectura del Miércoles de Ceniza, el Apóstol de las gentes nos dice de parte del Señor: en el tiempo favorable te escuché. Y en el día de la salvación te ayudé. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación[12]. Más adelante, en la misma epístola, nos impulsa a servir a Dios en todo momento: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; (…) en fatigas, desvelos y ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con bondad, en el Espíritu Santo, con caridad sincera[13].

Estas palabras del Apóstol —escribió san Josemaría— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.

Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.

El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios[14].

Antes de proseguir, me parece necesario que nos detengamos a pensar: ¿me preparo para vivir esas semanas de modo penitente? ¿Deseo adentrarme en el holocausto de Jesucristo? ¿Rechazo todo miedo a la mortificación?

Enfocar de este modo cristiano —como acabo de mencionar, citando a nuestro Padre— las vicisitudes de la existencia, en las que muchas veces se manifiestan el sufrimiento y los límites de la criatura, es el único modo de entender a fondo la realidad de la condición humana. Para encontrar sentido a las preocupaciones e incluso angustias que puedan producir las penalidades de la vida —el dolor, la falta de trabajo, la enfermedad, la muerte…—, se necesita una fe sincera en el amor infinito de Dios. Sólo a la luz del Verbo encarnado, todo encuentra sentido. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que da la respuesta completa a la pregunta: “¿Quién es el hombre?”. Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano[15].

Lo expresó con claridad el último Concilio ecuménico: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[16].

Hijas e hijos míos, insisto una vez más: pongamos empeño para sacar mucho provecho de la lectura del Evangelio; y, para eso, meditemos a fondo los episodios de la vida de Nuestro Señor. San Josemaría nos pidió siempre que no leyéramos esos pasajes como si fueran ajenos a nosotros, sino entrando en las escenas como un personaje más, con nuestras flaquezas y nuestros deseos de mejora, llenándonos de asombro ante la Humanidad Santísima de Jesucristo y apoyándonos en su fortaleza divina.

Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo[17].

En las primeras semanas del Tiempo ordinario, y luego en la Cuaresma, la Iglesia nos presenta escenas en las que resaltan tanto la divinidad como la humanidad del Señor. Junto a los grandes milagros que ponen de manifiesto su naturaleza divina, somos también testigos de la realidad de su naturaleza humana: pasaba hambre y sed, se agotaba físicamente en las largas caminatas de un lugar a otro, se llenaba de alegría al encontrar corazones que se abrían a la gracia y se colmaba de pena cuando otros se resistían. Comentando uno de esos momentos, por ejemplo, san Josemaría exclamaba: tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perféctus Deus, perféctus homo (Símbolo Quicúmque), perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo[18].

Si perseveramos en este camino, desde Nazaret hasta la Cruz, se abrirán para nosotros las puertas de la vida divina en toda su amplitud. Porque tratando a Cristo hombre, aprendemos a tratar a Cristo Dios y, en Él y por Él, al Padre y al Espíritu Santo: al Dios uno y trino. Aseguraba nuestro Fundador que, en la senda de la santidad, llega un momento en el que el corazón precisa distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! 19].

Y añade san Josemaría: ¿Ascética? ¿Mística? No me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor —lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo— es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta[20].

A mediados de este mes, casi coincidiendo con el comienzo de la Cuaresma, es el aniversario de aquellas dos intervenciones de Dios en el camino de la Obra, el 14 de febrero de 1930 y de 1943: ¡setenta años de esta cercanía del Cielo al Opus Dei! En esa jornada de acción de gracias, deseamos que nuestra oración llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen, nuestra Madre, a la que veneramos especialmente con el título de Mater Pulchræ Dilectiónis, Madre del Amor Hermoso, con el que le honra la Iglesia y que tanto agradaba a nuestro Padre.

Pocos días después, el 19, el queridísimo don Álvaro celebraba su santo. Apoyándonos en que la Iglesia ha reconocido que practicó de modo heroico todas las virtudes, acudamos a su intercesión, pidiendo a Dios que también nosotros sepamos recorrer fielmente la senda de nuestra vocación cristiana, buscando, encontrando y amando a Jesucristo en las circunstancias que entretejen cada una de nuestras jornadas. Gracias a Dios, la historia de la Obra también tiene otros aniversarios, que —estoy seguro— viviréis con la actualidad de cuando ocurrieron: no permitamos, como nos avisaba nuestro Padre, que se queden en simples recuerdos, como si se tratara de sucesos antiguos, ya consignados a la historia.

Con todo cariño, os bendice y os pide oraciones

vuestro Padre

+ Javier

 

Roma, 1 de febrero de 2013.

[1] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 294.

[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2013.

[3] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

[4] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[6] Jn 14, 6.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 533.

[8] Cfr. Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

[10] Oración a san Josemaría.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[12] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Segunda lectura (2 Cor 6, 2).

[13] 2 Cor 6, 4-6.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 60.

[15] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[16] Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, n. 22.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 50.

[19] Ibid., n. 306.

[20] Ibid., n. 308.

>Entrevista con el Prelado del Opus Dei

>De la Misa a la vida

VIDEO: El Prelado del Opus Dei y la Eucaristía

Link a la revista
En la sede central de la Prelatura del Opus Dei, que comprende la iglesia de Santa María de la Paz, donde reposa el fundador San Josemaría Escrivá, entrevistamos a su sucesor, el obispo Javier Echevarría, con motivo de la publicación de su libro Vivir la Santa Misa” (click a 15 min de audio del libro).

Monseñor Echevarría, poner la Misa en el centro de la jornada es un hermoso reto. ¿Por qué vale la pena dar prioridad a la Misa y cuál es el secreto para vivirla bien? 


El Prelado, en la audiencia que recientemente le concedió Benedicto XVI.

La Misa es acción de Dios, que nos permite participar en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, no como espectadores u observadores, sino como co-protagonistas. Por eso, en el título del libro he querido usar la expresión “vivir” la Santa Misa, que expresa bien la implicación total, humana y espiritual, que la Misa exige.

En su libro habla del peligro del ritualismo. ¿Cómo podemos evitarlo?

Ritualismo significa olvidar el contenido de aquello que ocurre sobre el altar. ¿Qué haríamos si nos dijeran: “hoy tienes la oportunidad de estar en el Calvario junto a Jesús”?; o “hoy te encontrarás a Cristo resucitado”. En esos casos, ¿cómo nos prepararíamos? Y, en cambio, ¿cómo nos preparamos para la Misa?

Usted ha vivido más de 20 años junto a San Josemaría. ¿Qué aspecto de su personalidad le sorprendía más? 

San Josemaría sabía querer a las personas de un modo extraordinario. Le bastaba una mirada para comprender las necesidades de cada uno. Tenía esa intuición que sólo las madres poseen. Al mismo tiempo, era un verdadero padre: no nos enseñaba nada si antes no nos lo había mostrado con su ejemplo. Resultaba evidente que era un sacerdote que buscaba al Señor en todo momento.

¿Cómo celebraba la Misa? 

Era consciente de que en la Eucaristía el protagonista es Cristo, no elsacerdote. Eso le llevaba a celebrar el rito fielmente, sin buscar originalidades, de forma que sólo Jesús se luciese, no él. Decía que para él la Misa era “un trabajo” que le requería gran esfuerzo, un esfuerzo en ocasiones extenuante, dada la intensidad con que lo vivía. En cada pequeño gesto sabía transmitir todo el sentido sobrenatural de la celebración.

¿La Misa continúa en la vida?

La Misa no termina con la celebración. Nos acompaña todo el día. El alimento material nos nutre porque lo transformamos en parte de nosotros mismos, pero la Eucaristía –alimento espiritual- nos transforma en Jesús. De esa forma, nuestra jornada, unida al Sacrificio del altar, se transforma en una Misa continua que convierte todo lo que hacemos –el trabajo, el descanso, las relaciones familiares y sociales- en una obra agradable a Dios.


“Famiglia Cristiana” es la revista que ha publicado la entrevista a Mons. Javier Echevarría.

¿En qué consiste el Opus Dei?

El Opus Dei en la Iglesia tiene la tarea de recordar que los bautizados estamos llamados a la santidad a través de la vida cotidiana. San Josemaría decía que hay algo divino escondido en las situaciones más comunes, y que toca a cada uno de nosotros descubrirlo. Ninguna acción humana puede resultar un obstáculo para la amistad con Dios. Es más, es precisamente en las circunstancias del día a día donde Dios nos llama para que le encontremos.

La prelatura del Opus Dei en el mundo, ¿puede equipararse a una gran diocesis global que depende directamente del Papa?

Esa afirmación podría causar algún malentendido, dando pie a pensar, por ejemplo, que la prelatura personal es una Iglesia particular separada de la Iglesia local. Por el contrario, la Prelatura está al servicio de la comunión entre las Iglesias locales, y el trabajo que realizan los fieles del Opus Dei, laicos y sacerdotes, supone siempre una colaboración activa con cada diocesis. Los fieles laicos del Opus Dei dependen también del obispo local, al igual que el resto de católicos.

Tras el fundador, san Josemaría Escrivá, y su primer sucesor, el obispo Álvaro del Portillo, de quien está en marcha el proceso de beatificación, desde hace quince años usted dirige la Obra. ¿Cómo vive la herencia de dos santos?

Cuando se vive con personas santas, se comprende cuál es el secreto para tener paz en el corazón: mantener un diálogo constante con el Señor. Así, por muy evidentes que sean nuestras carencias, nuestros defectos, Él estará siempre a nuestro lado, dispuesto a subsanarlos. Este “factor Dios” es lo que distingue la vida del cristiano, haciéndolo immune a tantas preocupaciones y angustias que afligen al hombre contemporáneo.

¿Podría contar algún episodio inédito de la vida de San Josemaría?

A menudo ayudaba a San Josemaría mientras celebraba la Misa. Me impresionó la primera vez que me pidió que rezase para que nunca se acostumbrara a celebrar una acción tan sublime. Es algo que me repitió con frecuencia.

¿En qué dirección se difunde actualmente la presencia del Opus Dei?


El Santo Padre celebra la Misa en el Vaticano.

Gracias a Dios, hay fieles y cooperadores del Opus Dei en los mas variados lugares del mundo: desde los rascacielos de Wall Street a las favelas de Brasil. En todas partes se percibe una gran sed de Dios. También en diversas ciudades de China hay fieles de la Prelatura. El año pasado comenzó el trabajo apostólico estable de la Obra en Indonesia, y hay otros países de población mayoritariamente musulman donde también el Opus Dei está presente gracias a los fieles que tienen que viajar allí por motivos profesionales. No faltan los retos en Oriente Medio, Tierra Santa y el Líbano, así como en África: pienso ahora en Costa de Marfil, y también en el Congo y Nigeria. En todas partes, los problemas se superan gracias a una fe vivida de modo concreto, pensando en el bien común, con una actitud de fondo constructiva que permite superar las diferencias.

¿Cómo ve la difusión de la fe en el mundo actual?

Actualmente hacen falta testigos. Ante el relativismo que parece imponerse en Occidente, así como ante las divisiones, guerras y pobreza que azotan diversas áreas del mundo, hacen falta personas dispuestas a arremangarse y mostrar la realidad del Evangelio, no con discursos o teorías, sino en la vida de todos los días.

¿Cómo es la relación del Opus Dei con el mundo de los jóvenes?

Cuando San Josemaría comenzó la Obra, tenía a su lado sólo un grupo de jóvenes universitarios y trabajadores. Las actividades de formación con los jóvenes son una de nuestras prioridades. Existen en Italia y en todo el mundo numerosas residencias universitarias y centros culturales en los que chicos y chicas encuentran oportunidades para crecer humana y espiritualmente: aprendiendo a estudiar y a ser buenos amigos, enriqueciendo su personalidad, formando un espíritu crítico y constructivo, y comportándose como hijos de Dios. Este trabajo educativo se realiza siempre con la colaboración de las familias. Es más, son principalmente los padres que pertenecen al Opus Dei quienes promueven escuelas, clubs juveniles y otras iniciativas que puedan ser útiles a sus propios hijos: así sucede, por ejemplo, en tantas ciudades italianas.

>Carta del Prelado del Opus Dei (agosto 2010)

>El año mariano que recorre el Opus Dei y las fiestas dedicadas a la Virgen son una ocasión para hablar de la Madre de Dios en la carta que Mons. Echevarría dirige este mes a los fieles de la Obra.
04 de agosto de 2010
PDF: Carta del Prelado (agosto 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Os escribo al regreso del viaje que he realizado a algunos países de América del Sur. En Ecuador, Perú y Brasil, además de tener la alegría de reunirme con un buen número de hermanas y hermanos vuestros, y con muchas otras personas, he rezado ante diversas advocaciones de la Virgen. Apoyándome en cada una y en cada uno, he tratado de revivir la piedad con que San Josemaría rezaba ante las imágenes de la Santísima Virgen, y he agradecido a nuestra Madre su constante oración por la Iglesia y por la Obra, pidiéndole que nos siga bendiciendo abundantemente. Sí, he contado con vuestra oración mariana, porque llevo muy grabada en el alma una exclamación de nuestro Padre, en el Santuario de Aparecida, que luego repitió en São Paulo: «le he dicho a la Virgen que quería rezar con mucha fe». Antes, primero en Ecuador, he considerado la estupenda lección de San Josemaría, pues le afectó el mal de altura, el “soroche”, y tuvo que reducir casi completamente su actividad de catequesis, mientras seguía creciendo en su vida personal la devoción a San José y la infancia espiritual: allí estuvo “activamente inactivo” quince días. En Perú, han pasado por mi mente muchísimos recuerdos; entre otros, su alegría inmensa al ver representada una escena que llevaba muy metida en el corazón: la Virgen y San José en adoración a Jesucristo escondido en el Sagrario: ¡con qué cariño se detuvo ante el altar!
Intensifiquemos nuestras muestras de amor a la Virgen, en los meses que aún nos restan para la conclusión de este año mariano. Precisamente el próximo día 15, solemnidad de la Asunción, comenzaremos a recorrer la segunda parte. Procuremos hacerlo con un renovado espíritu filial, al compás de la vida mariana de San Josemaría. «Si en algo quiero que me imitéis —nos dijo innumerables veces—, es en el amor que tengo a la Virgen». Y, en otras ocasiones, nos señalaba: «imitad a Jesucristo, que es el Modelo de todo, también en el amor a su Madre»[1].
El hecho de llegar a la mitad de los meses del tiempo que, con motivo del 80º aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres, hemos puesto en manos de la Virgen, nos ofrece la oportunidad de hacer un balance de las semanas transcurridas, para impulsarnos a proseguir la andadura a buen ritmo. Especialmente «en las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad»[2].
La solemnidad del día 15 nos invita a poner en práctica con esmero este consejo de nuestro Padre. La grandiosa elección que de Ella hizo Dios desde la eternidad, para que fuera Madre del Verbo encarnado, llega a su culmen cuando es recibida gloriosamente, en cuerpo y alma, en el Cielo. La Asunción de María, que cierra la parábola iniciada con su Inmaculada Concepción, nos incita vivamente a fijarnos con mayor detenimiento en nuestra Madre, a meditar con mayor hondura cómo recorrió Ella su peregrinación diaria en este mundo, hasta llegar a la morada celestial.
En el evangelio de la Misa de esa fiesta, la Iglesia nos propone el pasaje de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. Los Padres y los escritores eclesiásticos han comentado siempre ese episodio como una imagen gráfica de lo que caracterizó la entera existencia de Santa María, definida por su obediencia pronta y alegre a lo que el Señor le indicaba. Desde el fiat que pronunció en la Anunciación hasta ese otro fiat, manifestado sin palabras, al pie de la Cruz, toda la vida de María se resume en una fidelidad completa, sin fisuras de ningún tipo, a la Voluntad amabilísima de Dios.
San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de María, relata con detalle esa visita de la Virgen a Santa Isabel: una escena bien impresa en nuestra memoria —como tantas otras del Evangelio—, porque cada día la contemplamos al meditar los misterios del Rosario. Volvamos a saborearla ahora.
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada Tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”[3].
A estas palabras de Isabel, la Virgen, inspirada también por el Espíritu Santo, respondió con ese canto de agradecimiento y de alegría incontenible: el Magnificat. No nos podemos detener en todas sus riquezas; sólo deseo resaltar algunos detalles de esta escena, sobre la que San Josemaría meditó profundamente.
San Gabriel comunicó a María que Isabel esperaba un hijo, como prueba de la omnipotencia de Dios; no le pidió, ni sugirió, que fuera a visitarla. Sin embargo, la Virgen piensa que su prima necesita de su auxilio y descubre también en eso una voluntad de Dios. Inmediatamente se dirigió al pueblecito donde residía su anciana prima. Llama la atención ese cum festinatione, con prisa, que San Lucas subraya oportunamente. El motivo salta a la vista, como explicó ya San Ambrosio: «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud»[4]. El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo a ese Doctor de la Iglesia, comenta que «el evangelista, al decir esto, quiere destacar que para María, seguir su vocación, dócil al Espíritu de Dios, que ha realizado en Ella la Encarnación del Verbo, significa recorrer una nueva senda y emprender enseguida un camino fuera de su casa, dejándose conducir solamente por Dios»[5].
El Evangelio nos ofrece la primera lección que aprendemos de nuestra Madre, constante en su conducta: cuando el amor de Dios se nos manifiesta al alma, el deber nuestro que de ahí deriva se concreta en corresponder a su gracia con urgencia, con generosidad plena a esas inspiraciones divinas, sin entretenerse en lo que pudiera significar un retraso o una tardanza. Cuando Dios pasa a nuestro lado —y a todos nos ha llamado y nos llama por nuestro nombre, para que le sigamos muy de cerca—, hay que dejar de lado todo lo que pudiera dificultar ese ir tras de Él, con Él. La existencia entera ha de estar rubricada por esa sagrada prisaque —como afirma el Papa— se requiere en quien sabe «que Dios es siempre la prioridad y ninguna otra cosa debe crear prisa en nuestra existencia»[6].
Recuerdo algunos sucedidos de la vida de nuestro Padre, que nos ilustran cómo nuestro Fundador alimentaba sus prisas para amar más y más a Dios y a la Virgen.
Desde los primeros años de la Obra, a medida que iba prendiendo con mayor fuerza en su alma el cariño a nuestra Madre, sus biógrafos relatan cómo se esmeraba en saludar a Santa María en las imágenes que encontraba en sus recorridos por las calles de Madrid. En una ocasión, anotó en sus apuntes personales el siguiente suceso: «esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño»[7].
Hacia el final de su vida, cuando ya se encontraba más débil, pasaba un día delante de un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño, en Villa Tevere. Quiso besar a la imagen y, como delante había un banco, no resultaba fácil. Se empeñó en cumplir ese gesto. Luego nos invitó a pensar: aunque esto sea una nadería —se refería al esfuerzo que había debido realizar—, vamos a preguntarnos qué manifestaciones de cariño ponemos, con denuedo, para corresponder al amor de Dios y de la Santísima Virgen, ante la gran manifestación de amor que se encierra en la Encarnación. Os traslado la pregunta. ¿Qué esfuerzo concreto estamos decididos a poner en los meses que faltan del año mariano, para corresponder a la predilección que el Señor y su Santísima Madre nos demuestran constantemente? ¿Queremos quererla —no es una redundancia— más? ¿La buscamos con el afán de que nos lleve a su Hijo?
Repasemos un segundo detalle de la escena de la Visitación. Cuando María exclama su Magnificat de alabanza a Dios, la primera consideración que sale después de su boca —como antes, en la Anunciación— es el reconocimiento de su humildad, en el sentido de proclamar su nada delante de Dios; un reconocimiento que es parte esencial de esta virtud.«¡Qué grande es el valor de la humildad! —“Quia respexit humilitatem…”Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”»[8].
Señalaba San Agustín que «la morada de la caridad es la humildad»[9]. Sólo sobre una base de profunda humildad se abona el terreno para que crezca una caridad sincera. La extraordinaria humildad de la Virgen, que en todo momento quiso que Dios obrara en su alma, sin apropiarse méritos de ninguna clase, alcanzó que el Señor se inclinase hacia Ella cada vez con más amor, conduciéndola de plenitud en plenitud hasta recibirla en la gloria.
Hijas e hijos míos, aprendamos de esta Madre buena a comportarnos de igual modo en las más diversas circunstancias. Hasta el último momento, tendremos que luchar contra los enemigos de nuestra santificación; especialmente contra el amor propio, que define el principal obstáculo que se opone a nuestra unión con Dios. Pero escuchemos de nuevo a San Josemaría. En una ocasión, respondiendo a quien le preguntaba cómo luchar en este punto de la vida espiritual, insistía: «es bueno que tengas deseos de ir contra la soberbia; pero yo, sin ser profeta, te digo que tendrás inclinaciones de soberbia hasta la última hora de tu vida. Pídele al Señor que te haga humilde (…): quia respexit humilitatem ancillæ suæ(Lc 1, 48). Dios Nuestro Señor la miró porque vio la humildad de su Sierva. Por lo tanto, tú procura servir a Nuestro Señor e imitar a la Virgen en la humildad. En el Evangelio, no la encontramos a la hora de los grandes triunfos de su Hijo: la encontramos al pie de la Cruz. Pero también la encontramos ante el primer milagro: lo hace el Señor, porque se lo pide la Virgen Santísima. Pídele el milagro de que te haga humilde a ti y de que me haga humilde a mí»[10].
La meditación de los grandes privilegios de Santa María nos llena ciertamente de pasmo: ¡es tan maravillosa nuestra Madre del Cielo! La contemplamos, en la escena del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de estrellas[11]. Sin embargo, «todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca»[12]. Desde el Cielo, en efecto, nos sigue a cada una, a cada uno, como si fuéramos su único hijo, su única hija, y no cesa en sus desvelos por nosotros, para que un día lleguemos a gozar, en unión con su Hijo y con todos los ángeles y santos, de la eterna bienaventuranza.
Se lo recordaremos una vez más, el próximo 15 de agosto, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón dulcísimo e inmaculado. Fomentemos ese día la comunión de intenciones con todos los fieles de Prelatura —los que estamos en la tierra y los que ya han rendido su alma a Dios—, y de modo especial con nuestro Padre, bien unidos a la consagración que realizó en Loreto el año 1951 y a la que yo personalmente renovaré, en nombre de todos, en este año mariano. Confiemos nuestras ilusiones y nuestros proyectos a los cuidados de nuestra Madre, que —según una acertada expresión de Santo Tomás de Aquino— es «totius Trinitatis nobilis triclinium»[13], el lugar donde la Trinidad encuentra su reposo; porque —como afirma el Papa en una reciente audiencia— «con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres Personas divinas inhabitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda»[14].
Se lo volveremos a repetir el 22 de este mismo mes, fiesta de Santa María Reina, y al día siguiente, aniversario de aquella locución divina que dejó en nuestro Padre «sabores de panal y de miel», en momentos en que lo necesitaba especialmente: adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur!
Que sea muy intensa nuestra oración por el Santo Padre, por su Augusta Persona —también por su reposo en estos meses—, por sus intenciones, por todos los proyectos que, para bien de las almas, lleva en el corazón.
Y, al compás de todo esto, ayudadme en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2010

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-IV-1974.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 291.
[3] Lc 1, 39-45.
[4] San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19 (PL 15, 1560).
[5] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2009.
[6] Ibid.
[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 446 (3-XII-1931). Cit. en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 341.
[8] San Josemaría, Camino, n. 598.
[9] San Agustín, La santa virginidad, 51.
[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-X-1972.
[11] Cfr. Ap 12, 1.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2008.
[13] Santo Tomás de Aquino, Exposición sobre el Avemaría, cap. 1.
[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 23-VI-2010.

>[Opus Dei] Carta del Prelado (julio 2010)

>Hacer del trabajo una oración a Dios: este es el mensaje principal que la formación que ofrece el Opus Dei recuerda a tantos cristianos. En él profundiza el Prelado en su carta del mes de julio.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Han transcurrido treinta y cinco años desde que, el 26 de junio de 1975, Dios llamó a nuestro Padre a gozar para siempre de su presencia en el Cielo. Como en anteriores aniversarios, innumerables personas han acudido a las Misas en honor de San Josemaría, celebradas en el mundo entero con motivo de su fiesta litúrgica. En todas partes se ha levantado hasta el Señor una intensa acción de gracias por haber concedido al mundo y a la Iglesia un pastor como nuestro santo Fundador, que es modelo de conducta cristiana y valioso intercesor en todas nuestras necesidades espirituales y materiales.
Además, la fiesta apenas transcurrida constituye una ocasión para considerar a fondo el mensaje que San Josemaría, por voluntad divina, difundió entre las mujeres y los hombres: que, con la ayuda de la gracia, podemos y debemos alcanzar la santidad —es decir, la perfección de la caridad, la unión plena con Dios— a través de la realización fiel y acabada del trabajo profesional y en medio de las demás circunstancias ordinarias de la vida.
Profundicemos en lo que constituye el núcleo de esta enseñanza: la necesidad de esforzarse por convertir el trabajo —cualquier trabajo, manual o intelectual— en verdadera oración. El Evangelio afirma claramente la necesidad de orar siempre y no desfallecer[1]; y San Pablo, haciéndose eco de esta enseñanza, añade: sine intermissione orate[2], orad sin interrupción. La recomendación tiene la fuerza de un mandato. Pero no sería posible llevarlo a la práctica, si lo interpretásemos equivocadamente en el sentido de que es preciso estar constantemente rezando, vocal o mentalmente; actuación imposible en nuestra actual condición terrena. La realización de las tareas que nos ocupan —familiares, profesionales, sociales, deportivas, etc.— exige muchas veces una atención completa de nuestra memoria y de nuestra inteligencia, un firme empeño de nuestra voluntad; y esto sin tener en cuenta la necesidad de dedicar al sueño las horas necesarias. Recuerdo a este propósito la gran alegría de San Josemaría cuando, después de haber enseñado durante años que hasta el sueño podemos convertirlo en oración, leyó un texto de San Jerónimo en el que se expresa la misma idea[3].
Pero hemos de considerar en su verdadera hondura esa urgencia del Maestro. Nos invita a vivificar la entera existencia humana, en todas sus dimensiones, con el afán de transformarla en plegaria: una oracióncontinua, como el latir del corazón[4], aunque con frecuencia no se exprese en palabras. Así lo enseñó San Josemaría a sus hijas e hijos, y a todas las personas que desean santificarse según el espíritu de la Obra. Repetía: el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa[5].
Convertir el trabajo en oración. Este intento diario de conducirnos como mujeres y hombres contemplativos, en las más diversas circunstancias de la existencia, nos señala la meta elevada, como la santidad, que —convenzámonos— se convierte en asequible con la ayuda de la gracia. «Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo»[6], declaraba el Papa a propósito de la figura de San José. Sólo situando el trabajo ordinario en íntima relación con el afán de santidad, es posible para la inmensa mayoría de los cristianos aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana.
Me vienen a la memoria las acciones de gracias que brotaban del alma de nuestro Padre, cuando leía las cartas de sus hijas y de sus hijos. Se removió mucho cuando un campesino, un fiel de la Obra, le decía que se levantaba muy de madrugada y ya rogaba al Señor que nuestro Padre descansara en el sueño, y añadía esa persona que luego, mientras abría con el tractor los surcos en la tierra, rezaba Acordaos y otras plegarias. Disfrutó mucho nuestro Fundador al comprobar la realidad de una vida contemplativa, en medio de los trabajos del campo.
En la carta apostólica que —invitando a la santidad— escribió al comienzo del nuevo milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II se expresaba de la siguiente manera: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (…). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[7].
Nuestro Padre reiteró esta doctrina una vez y otra, afirmando que la contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas —afirmaba de modo gráfico, para que quedara bien grabado en los oyentes— con conocimientos elementales de religión, piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo[8].
Así como el cuerpo necesita del aire para respirar y de la circulación de la sangre para mantenerse en vida, así el alma precisa permanecer en contacto con Dios a lo largo de las veinticuatro horas de la jornada. Por eso, la piedad auténtica impulsa a referir todo al Señor: el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el sueño y la vigilia. Como escribía don Álvaro en 1984, «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración no puede haber sólo un “armisticio”, más o menos conseguido; debe existir una unión plena, una fusión que no deja residuos. El trabajo alimenta la oración y la oración empapa de sí el trabajo»[9].
Para alcanzar esta meta, además del auxilio de la gracia, se requiere un esfuerzo personal constante, que a menudo se concreta en pequeños detalles: recitar una jaculatoria o una breve oración vocal aprovechando un desplazamiento o una pausa en la tarea; dirigir una mirada cariñosa a la imagen del crucifijo o de la Santísima Virgen, que discretamente hemos colocado en nuestro lugar de trabajo, etc. Todo esto sirve para mantener viva en el alma una orientación de fondo hacia el Señor, que cotidianamente tratamos de fomentar en la Misa y en los ratos dedicados expresamente a la meditación. Y así, aunque en muchos momentos estemos concentrados en las diversas ocupaciones, porque la mente se sumerge plenamente en la realización de las diferentes tareas, el alma sigue fija en el Señor y mantiene con Él un diálogo que no está compuesto de palabras, y ni siquiera de pensamientos conscientes, sino de afectos del corazón, de deseos de realizar todo, hasta lo más menudo, por Amor, con el ofrecimiento de aquello que nos ocupa.
Cuando nos conducimos con semejante empeño, el trabajo profesional se convierte en una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas…; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada.
Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio[10].
Con la misma fuerza con que impulsaba a convertir el trabajo en oración, nuestro Padre insistía en la necesidad de no abandonar los tiempos dedicados exclusivamente al Señor: la Misa y la Comunión frecuentes, los ratos de oración mental, el rezo del Rosario y otras prácticas de piedad largamente experimentadas en la Iglesia; con tanto más cuidado y atención cuantas mayores dificultades surgen a causa de un horario apretado de trabajo, de la fatiga o de los momentos áridos que antes o después no faltan en la vida de nadie. «Tales ejercicios —recordaba don Álvaro— no han de concebirse como interrupciones del tiempo dedicado al trabajo; no son como paréntesis en el transcurso de la jornada. Cuando rezamos, no abandonamos las actividades “profanas” para sumergirnos en las actividades “sagradas”. Por el contrario, la oración constituye el momento más intenso de una actitud que acompaña al cristiano en toda su actividad y que crea el lazo más profundo, porque es el más íntimo, entre el trabajo realizado antes y el que se tornará a realizar inmediatamente después. Y, paralelamente, justamente del trabajo sabrá obtener materia con que alimentar el fuego de la oración mental y vocal, impulsos siempre nuevos para la adoración, la gratitud, el confiado abandono en Dios»[11].
Dentro de pocos días marcharé a Ecuador, Perú y Brasil, para estar con mis hijas y con mis hijos, y alentar su labor apostólica. Os ruego que, como siempre, me acompañéis en este viaje con vuestra oración, con el ofrecimiento de vuestro trabajo y de vuestro descanso, los que ahora estéis disfrutando de un tiempo de vacaciones. Cuidad el trato con Dios también en esos días, recordando lo que nuestro Padre nos enseñó: siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio.
Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes… En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual[12].
También en este mes se cumple el 75º aniversario de cuando el queridísimo don Álvaro respondió al Señor: ¡aquí estoy! A su intercesión confío vuestra fidelidad y la mía, para que sea diariamente enteriza, y para que me sostengáis en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Pamplona, 1 de julio de 2010.
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[1] Lc 18, 1.
[2] 1 Ts 5, 17.
[3] Cfr. San Jerónimo, Tratado sobre los Salmos, Comentario al Salmo I (CCL 78, 5-6).
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1959.
[6] Benedicto XVI, Homilía, 19-III-2006.
[7] Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31.
[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.
[9] Don Álvaro del Portillo, Il lavoro si trasformi in orazione, artículo publicado en la revista “Il Sabato”, 7-XII-1984 (“Rendere amabile la verità”, Libreria Editrice Vaticana, Roma 1995, p. 649).
[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.
[11] Don Álvaro del Portillo, cit., pp. 650-651.
[12] San Josemaría, Surco, n. 514.

>Carta del Prelado del Opus Dei (mayo 2010)

>Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].

En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio. Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.

La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos, a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría, se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].

Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón, y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, numquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].

Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en 1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (…). El tiempo ha sido —por decirlo así— “tocado” por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia»[4]. Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad»[5].

Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme, manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la Iglesia, el Opus Dei.

El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de sus hijos.

El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar —nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos en el Avemaría— también en la hora de la muerte.

Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos. Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María a querer el bien de la gente?

Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970, nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].

Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro Fundador.

Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría. Y, como nuestro Padre huía de “dar espectáculo”, interrumpió su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente, y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda, pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante cerca de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente. Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.

Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal, sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras ocasiones.

«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración, creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú, Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor, porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.

»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos.

»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos una petición constante.

»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace falta»[7].

Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!, porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración. Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados, pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos, con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].

Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse bajo su amparo?

Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a hablar, a decirte lo que queremos.

»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, et pulsanti aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»[9].

Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús. A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús, a la Trinidad.

Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre, os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2010.

[1] Juan Pablo II, Catequesis mariana en la audiencia general, 1-X-1997.

[2] Liturgia de las Horas, Antífona mariana al final de las Completas.

[3] San Josemaría, artículo “La Virgen del Pilar”, publicado de modo póstumo en “Libro de Aragón”, Zaragoza, 1976.

[4] Benedicto XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.

[5] Ibid.

[6] San Josemaría, octubre de 1970.

[7] San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.

[8] Ibid.

[9] Ibid.