ALFONSO DAVILA ORTIZ, en la beatificación del fundador del Opus Dei

EL TIEMPO, Santafé de Bogotá, Colombia, VIERNES 31 DE JULIO DE 1992

UN MENSAJE TRASCENDENTAL

La beatificación del fundador del Opus Dei.

Por ALFONSO DAVILA ORTIZ

El pasado 17 de mayo, la beatificación de Monseñor José María Escrivá reunió en la Plaza de San Pedro; en Roma, unas 250 mil personas. Este suceso ha producido un eco poco común para actos de carácter estrictamente sobrenatural. Beatificaciones y canonizaciones son de habitual ocurrencia en la sede del Papa. Sin embargo, según observadores del mismo Vaticano, en más de 50 anos no veían tan grande muchedumbre participando en la elevación a los altares de un hijo de la Iglesia.

La prensa y la radio destacaron la trascendencia del hecho. Por la televisión, millones de personas de los cinco continentes presenciaron la transmisión -en directo o diferido- de la ceremonia presidida por Juan Pablo II.

¿Qué razón puede darse para esta movilización universal alrededor de un acontecimiento que, en sí mismo, sólo tiene trascendencia espiritual? Porque la beatificación de un hombre no influye directamente en ninguno de los campos en los que las agencias mundiales de noticias se interesan: la economía, la política, la guerra y la paz; la violencia, el deporte…

Quizá la respuesta podamos encontrarla en el mensaje espiritual del nuevo beato, un mensaje que, en los comienzos de su tarea sacerdotal suscitó tal sorpresa que llegó a ser calificado, aunque hoy nos parezca irracional, como una de las mayores herejías de comienzos del siglo XX. La llamada universal a la santidad; la posibilidad -más aún el deber- de alcanzar la plenitud de la vida cristiana, las cumbres de la perfección, a través de la vida ordinaria, en los asuntos corrientes en los que trajinan los hombres y mujeres normales: el hogar, el trabajo, el deporte, la música, el arte, la política, y el dolor, el cansancio, las alegrías de lo cotidiano.

Parece mentira. Pero llegó a afirmarse qué esta doctrina era contraria a la tradición dos veces milenaria de la Iglesia y, por tanto, nociva para la mente y el alma de quienes pretendieron seguirla. Olvidaban, los que así reaccionaron, la vida de trabajo de Cristo, el hogar de Nazareth, la normalidad de la vida de María, la más santa de todas las criaturas humanas.

Ahora, sin embargo, y después de las afirmaciones solemnes del Concilio Vaticano II, del cual el Fundador del Opus Dei fue auténtico precursor, es doctrina común, poseída pacíficamente -aunque todavía no bien comprendida en su totalidad- por el pueblo de Dios. Obispos, sacerdotes y laicos hablan con naturalidad de la posibilidad -y la obligación- de ser santo en el trabajo diario, en la vida familiar.

Por esta razón, la beatificación de Monseñor Escrivá tiene trascendencia; universal y no solo eclesiástica o religiosa. Porque el trabajo y la familia, como la amistad y las dificultades diarias, son el ámbito natural de todo ser, humano. Y a cada uno llega, entonces, como una sacudida sobrenatural, la llamada a no desperdiciarlos, a encontrarles el sentido divino, como medio necesario y suficiente para alcanzar el Cielo.

Es lo que Juan Pablo II afirmaba con claridad en su homilía en la Misa de Beatificación: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo. es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Cristo, pues el Hijo dé Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre, a toda la creación”.

En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beata nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. “Todas las cosas de la Tierra -enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios”.

Esta doctrina, si se aplica oportunamente, es capaz de transformar el mundo. Y eso es lo que se refleja en el eco universal producido por la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.




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