Monthly Archives: Marzo 2013

Mons. Escrivá: sacerdote fiel a la Iglesia

Antonio Moreno Casamitjana, Arzobispo de Concepción (Chile), El Sur (Concepción), 27.6.90 y 14.5.92

“¡Qué alegría poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!” (Camino, 518). Con estas palabras manifestaba Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer el profundo amor a la Iglesia que albergaba en su corazón de joven sacerdote.

Hoy la Iglesia, al beatificarlo, proclama la heroicidad de sus virtudes y lo propone como seguro intercesor en favor de los hombres. En efecto, el domingo tendrá lugar la ceremonia de Beatificación, que realizará en la Plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Juan Pablo II.

Bien se puede afirmar que el Fundador del Opus Dei orientó toda su existencia al servicio de la Iglesia. Durante su vida, hasta el momento de su muerte -acaecida en Roma el 26 de junio de 1975 a la edad de 73 años- fue fiel a su propósito permanente de “servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”. Mons. Escrivá comprendió que el mejor servicio que podía prestar a la Iglesia era secundar con fidelidad la voluntad de Dios, manifestada el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei.

Se trataba de una llamada divina dirigida a todos los hombres para que alcancen la perfección cristiana, la santidad, sin abandonar el lugar concreto que ocupan en el mundo. Repitió por doquier y con don de lenguas esta llamada universal a vivir la plenitud de la vida cristiana en las circunstancias ordinarias del quehacer de cada fiel cristiano. Proclamaba que “la vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina”.

El Papa Juan Pablo II decía hace algunos años a miembros del Opus Dei: “Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha adelantado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del posconcilio. Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando por ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida”. De esta manera quienes forman parte de esta institución, procurando vivir este espíritu tal como lo encarnó su fundador, sirven a la Iglesia en el sitio donde Dios los ha puesto.

En Camino había escritor “Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mí corazón”. Este amor por el Vicario de Cristo estaba fundado en la certeza dé que el Santo Padre es el “dulce Cristo en la Tierra”, como decía Santa Catalina de Siena, o el “Vice-Cristo”, como él mismo le llamaba. Cada día ofreció al Señor su vida por la Iglesia y por el Papa, y acentuó aún más este ofrecimiento en sus últimos años pidiendo a Dios, con fe y con amor, que tomara su vida para que en la Iglesia hubiera una nueva floración de santidad, de buena doctrina y de espíritu sobrenatural.

Formaba parte inseparable de su amor a la Iglesia, la veneración y el cariño a los obispos, a quienes prestó personalmente muchos servicios, especialmente en favor de sus hermanos sacerdotes, a los que predicó incontables cursos de retiro espiritual. Así, inseparablemente unido al Opus Dei, erigió la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz para difundir entre los sacerdotes el afán de santidad en el desempeño de su ministerio y de unión con sus respectivos obispos. Esta solicitud por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales se reflejó también en las innumerables reuniones informales, a modo de tertulias, que mantuvo con sacerdotes diocesanos, animándolos a vivir heroicamente su servicio a la Iglesia. Era para él un motivo de gozo contemplar que los frutos de la labor apostólica del Opus Dei quedaban en las diócesis donde su labor se realizaba. De eso se alegraba su alma de sacerdote diocesano, que había tenido además, repetidas veces, el consuelo de ver con qué cariño el Papa y los obispos bendecían, deseaban y favorecían el trabajo del Opus Dei.

El domingo, a 17 años de su muerte, la Iglesia llevará a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer a los altares, confirmando así su mensaje de santidad y proponiéndolo como modelo de fidelidad al mensaje del Evangelio. Nosotros, como hijos de la Iglesia que él sirvió con toda su vida, es justo que nos alegremos con ella, tratemos de entender el mensaje que Dios ha querido dejarnos en la persona del beato Josemaría, y alegrémonos de tener entre nosotros a hijos suyos que enriquecen con su espíritu la común búsqueda eclesial de la santidad.

+ Antonio Moreno Casamitjana, Arzobispo de la Ssma. Concepción

Papa Bergoglio – Francisco I

bergoglio

Jorge Mario Bergolio – Francisco I, Papa

Nació el 17 de diciembre de 1936, en Buenos Aires. Se recibió de técnico químico en la Escuela Industrial nª 12. Ingresó en la Compañía de Jesús el 12 de marzo de 1958. Magisterio en el Colegio de la Inmaculada (Santa Fe) y en el Colegio del Salvador. En 1967 inició sus estudios teológicos en San Miguel.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.I., arzobispo de Buenos Aires (Argentina), Ordinario para la Fe de Rito Oriental de los residentes en Argentina y desprovisto de Ordinario del mismo rito, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Estudió y se diplomó como Técnico Quimico, para después escoger el camino del sacerdocio y entrar en el seminario de Villa Devoto.

El 11 de marzo de 1958 ha ingresado en el noviciado de la Compañía de Jesús, ha realizado estudios humanísticos en Chile, y en 1963, de regreso a Buenos Aires, se ha licenciado en Filosofía en la Facultad de Filosofía del Colegio «San José» de San Miguel.

De 1964 a 1965 fue profesor de Literatura y Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, y en 1966 enseñó la misma materia en el colegio de El Salvador de Buenos Aires.

De 1967 a 1970 estudió Teología en la Facultad de Teología del Colegio «San José», en San Miguel, donde se licenció.

El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.

En el curso 1970-71, superó la tercera probación en Alcalá de Henares (España) y el 22 de abril hizo la profesión perpetua.

Fue maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel (1972-1973), profesor de la Facultad de Teología, Consultor de la Provincia y Rector del Colegio Massimo. El 31 de julio de 1973 fue elegido Provincial de Argentina, cargo que ejerció durante seis años.

Entre 1980 y 1986, fue rector del Colegio Massimo y de la Facultad de Filosofía y Teología de la misma casa y párroco de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel.

En marzo de 1986, se trasladó a Alemania para concluir su tesis doctoral, y sus superiores lo destinaron al colegio de El Salvador, y después a la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad de Cordoba, como director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio del mismo año recibió en la catedral de Buenos Aires la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino, del Nuncio Apostólico Monseñor Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñénovich.

El 13 de junio de 1997 fue nombrado arzobispo coauditor de Buenos Aires, y el 28 de febrero de 1998, arzobispo de Buenos Aires por sucesión, a la muerte del cardinal Quarracino.

Josemaría Escrivá de Balaguer: 15 años de su marcha al cielo

Ignacio de Orbegozo, obispo de Chiclayo (Perú)

La Industria, CHICLAYO (PERU), JUEVES 19 DE JULIO DE 1990

Hugo Caliens B.

El 26 de junio se recordó el decimoquinto aniversario del fallecimiento del venerable siervo de Dios, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

En Chiclayo así como en otras setenta ciudades de 10, cinco continentes se ofició una misa de acción de gracia, al haber sido proclamado Venerable el pasado 9 de abrir por la Santa Sede reconociéndose que existen las pruebas de que monseñor Escrivá de Balaguer vivió en grado heroico las virtudes cristianas.

En nuestra ciudad el acto litúrgico fue concelebrado por el obispo de la Diócesis monseñor Ignacio María de Orbegozo y Goicoechea, y por otros sacerdotes de la Prelatura Personal Opus Dei.

En este artículo reproducimos algunos párrafos de la homilía que el obispo pronunció la noche del 26 de junio en la Iglesia Catedral:

“Los años pasan y lo hacen de prisa. Ya son 15 los años que han transcurrido desde que el siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, se fue al cielo, lugar al que dirigid cada uno de sus pasos mientras vivió con nosotros en la tierra. Su vida fue la de un hombre profundamente enamorado, lleno de fortaleza y de ternura, que supo amar a Dios por sobre todas las cosas, que amó y sirvió a la Iglesia con toda su alma y todas sus fuerzas, por amor a Dios. Que fue siempre un hijo fidelísimo del romano pontífice, al que solía referirse como a su “dulce Cristo en la tierra”. Amó con inmensa ternura a la Santísima Virgen. Dedicó empeñosamente, cada instante de su vida, a ganas almas para Dios entre las muchísimas que trató personal mente y las innumerables a las que alcanzaron -y siguen alcanzando- el ejemplo de su vida santa y la eficacia de sus obras y de sus escritos.

“Hace apenas tres meses -dentro del rigor con que la Iglesia estudia las circunstancias que deben darse, en la vida y en las obras, de aquellos, que por. la perfección con que respondieron a la llamada divina, merecieron pública fama de santidad- la Congregación para las Causas de los Santos elaboró por mandato del romano pontífice el decreto acerca de las virtudes heroicas de nuestro santo fundador y poco tiempo después, el propio Santo Padre Juan Pablo II ha declarado pública y oficialmente que “existen las pruebas de las virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y también de las virtudes cardinales de la Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza, con las otras anejas en grado heroico del siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, en el caso y para los efectos de que se trata”.

¡Es inmensa la eficacia de los santos! Lo fueron mientras vivieron en la tierra y lo siguen siendo, aún más, desde el cielo. Toda eficacia y fecundidad espiritual tiene como fuente a Cristo y la vida de los que se identifican plenamente con Cristo es, por eso, formidablemente fecunda, como lo fue la de nuestro Padre.

Dios lo eligió para fundar el Opus Dei y cada instante de su vida fue una respuesta fidelísima a ese querer de Dios.. Todos los aspectos de su vida son realmente edificantes. Entre tantos recuerdos, guardo uno que siempre me removió mucho y que se refiere al hecho de que jamás escuché salir de sus labios nada que fuera indiferente, una sola frase que no tuviera un sentido afirmativo y sobrenatural. De las cosas más insignificantes una noticia, un comentario gracioso o alguna anécdota divertida con que, en ocasiones, tratábamos de aliviar con nuestro cariño la enorme carga que Dios había puesto sobre sus hombros -y que él agradecía mucho- tomaba ocasión para elevar su pensamiento al Señor, hacer algún comentario sobrenatural y ofrecernos alguna reflexión con la que enriquecer nuestra vida de hijos de Dios.` Era una clara manifestación de cómo toda su vida giraba en torno de la vida y de las palabras de Jesús,.que él conocía profundamente y meditaba a diario. Y es que su vida estaba como anclada en una profunda conciencia de su “filiación divina”, que le llevaba a vivir una permanente “presencia de Dios”. Quienes le escuchaban, aunque sólo fuera por unos instantes, tenían la sensación de escuchar a Jesús, de haber disfrutado, de una experiencia a lo Emaús (…)

(…) Hizo de su vida una incansable y fecunda catequesis. Hablar de Dios -oportune e inoportune- con ocasión o sin ella, con el afán de atraer a todas las almas al conocimiento y al amor de Dios, era como una divina obsesión. Espíritu apostólico que con tanto afán procuró inculcar a sus hijos y que Dios bendijo con tan abundantes frutos a lo largo de los cinco continentes; decenas de miles de hijas e hijos suyos en el Opus Dei, y centenares de miles de otras almas que, atraídas por la santidad de su vida y por su espíritu, viven cerca de nosotros y participan de nuestros bienes espirituales y de nuestra alegría. Y el Señor quiso premiar, ya en vida su espíritu apostólico, permitiéndole conocer los frutos de este divino milagro del crecer, hasta hacerse árbol frondoso, de aquella pequeña semilla que el. Señor plantó, en su alma; al son de las campanas de “Nuestra Señora de los Ángeles”, caso único en la historia de los grandes fundadores… Luchar por poner a Cristo -“Regnare Christum Volumus”- en la cumbre de todos los trabajos y todas las actividades humanas honestas. Y nos señalaba el solo camino posible: responder, sin cálculo ni cicatería, a la santidad a la que todos los hombres hemos sido llamados por Dios. Esta llamada universal a la santidad, que nuestro santo fundador proclamó y que años después, reafirmó la Iglesia durante el Concilio Vaticano II. Queridísimos, que su ejemplo, e intercesión nos ayuden en nuestra lucha diaria por la santidad. Y que acudamos confiadamente a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia y “Señora Nuestra de la Paz”, para que esté siempre en nuestro camino y a nuestro lado. ¡Que ella nos alcance de su Hijo, conservar siempre nuestras almas en gracia y nuestras vidas llenas de alegría y de paz!”

Beatificación en Roma

Santiago de Chile, EL MERCURIO, Viernes 27 de Marzo de 1992

Carlos Oviedo Cavada, Arzobispo de Santiago

Conocí a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer a través de su pequeño libro “Camino” que por los años cincuenta alcanzó extraordinaria difusión entre nosotros y en todo el mundo. No teníamos, por entonces, mayores datos sobre su persona y su fundación, el Opus Dei. Aunque nunca tuve ocasión de verlo en persona, ni siquiera cuando vino a Chile, “Camino” me acercó a su autor. Lo sentí simpático y directo, de gran sabiduría para inspirar una vida cristiana en el diario que hacer. Fue tanta la influencia de “Camino” que alguien lo llamó el “Kempis de los tiempos modernos”, recordando a la célebre “Imitación de Cristo”.

De entre tantos hermosos pensamientos en “Camino”, destaco uno de permanente actualidad: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. Ya el cardenal Newman había dicho una vez: “Dadme cinco santos y convertiré a la ciudad de Londres”.

Aludo a este pensamiento porque yo soy también, y cada vez más, un convencido de que con santos seremos capaces de superar tantos problemas morales que afectan, en los más variados campos, a muy vastos sectores de nuestra sociedad. “La santidad -nos decía el Papa a los obispos chilenos en nuestra visita ‘ad limina’ de 1984- es un problema de perenne validez. Es el don más precioso y más rico que podamos ofrecer a nuestras comunidades. Es también el camino de verdadera renovación que el concilio nos ha pedido aportar a la Iglesia”. “Hacen falta santos” proclamaba en su viaje apostólico a Francia, mientras autografiaba la famosa frase del cura de Ars: “Por donde pasan los santos, Dios pasa con ellos”. En esta percepción han de comprenderse e inspirarse nuestros afanes por la nueva evangelización; tal es, también, la meta y la condición del buen éxito de nuestra próxima misión general.

En Chile, gracias a Dios, nos hemos ido sensibilizando con respecto al tema. Se han publicado las cartas y se han difundido biografías de la beata Teresa de Jesús, o sor Teresa de Los Andes. Conocida sólo por sus familiares y luego en su monasterio, ella falleció cuando apenas tenía 20 años: Hoy, sin embargo, su ejemplo inspira y arrastra a multitudes cada vez mayores, atraídas por su santidad sencilla y accesible, centrada -como nos decía el Papa al beatificarla- en lo esencial del Evangelio: amar, sufrir, orar, servir.

La beata Laurita Vicuña murió siendo niña adolescente de escasos doce años. Pasó gran parte de su vida en Argentina. Más y más, sin embargo, se va abriendo paso su ejemplo y la enseñanza de sus heroicas virtudes en medio de ingratos problemas familiares.

Del padre Alberto Hurtado sabemos bastante más. Somos muchos los que le conocimos en persona y pudimos experimentar su decisivo y transformador influjo. Su obra se ha ido propagando en servicio de los más pobres con el Hogar de Cristo y por el trabajo de la Compañía de Jesús.

Dentro de poco esperamos la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer. Él nació en España, en 1902. Fue ordenado sacerdote en 1925. Tres años más tarde fundó en Madrid el Opus Dei. En 1930 extendió su acción de apostolado entre las mujeres, y en 1943 entre los sacerdotes mediante la Sociedad de la Santa Cruz. El Opus Dei fue aprobado definitivamente por la Santa Sede en 1950 y erigido en 1982 como prelatura personal.

Su carisma eclesial específico consiste “en la vigorosa proclamación de la radicalidad de la vocación bautismal, en cuanto vocación a la santidad”. Así leemos en el decreto pontificio por el que se reconoce un milagro atribuido a la intercesión de este sacerdote el 16 de julio de 1991. Su obra -continúa el mismo decreto- ha abierto así “un vasto camino de santificación en medio del mundo, sin necesidad de cambiar de estado, en el ejercicio del trabajo profesional y en el cumplimiento amoroso de los deberes ordinarios”.

La causa de beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer fue introducida en Roma en 1981. El Santo Padre declaró, en 1990, la heroicidad de sus virtudes cristianas y, un año más tarde, firmó el decreto por el que se reconoce un milagro atribuido a su intercesión. Diversas nuevas disposiciones del derecho canónico han contribuido a que su proceso camine en forma más expedita, superando plazos que solían ser más dilatados. La exigencia, acuciosidad y rigor en cada una de las instancias y actuaciones del proceso se enmarcan, sin embargo, en la inalterable seriedad con que la Iglesia busca determinar, con certeza moral, que uno de sus hijos merece ser propuesto a todos como ejemplo e intercesor, tras haber vivido en grado heroico su fidelidad al Evangelio.

Son conocidas las controversias desatadas en torno a esta cuestión, cómo asimismo los cuestionamientos que algunos levantan en contra de la obra misma de monseñor Escrivá. Sus orígenes, causas y procedimientos son diversos, y no siempre legítimos: algunos de estos cuestionamientos son anónimos. Más allá de la posible malicia, error o desinformación, debe tenerse en cuenta la dificultad que suelen encontrar nuevos é importantes carismas para acreditarse en la experiencia de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, las resistencias que despertó el Movimiento Apostólico de Schönstatt cuando empezó a difundirse entre nosotros. Algo semejante ha ocurrido con los Cursillos de Cristiandad, el Movimiento Carismático, Los Neocatecúmenos, los Legionarios de Cristo. En el siglo XVIII fue suprimida, en diversos imperios y reinos, la Compañía de Jesús, y hasta el Papa Clemente XIV fue presionado a decretar la supresión de esa orden religiosa. La historia certifica el daño causado por tal supresión y los grandes bienes y frutos acarreados por su oportuna restauración. Para el creyente es necesario y suficiente saber que tina obra cuenta, como en el caso del Opus Dei, con la explícita aprobación y aun recomendación de la Iglesia, en la persona de los últimos cinco sumos pontífices.

Por otra parte, la jerarquía eclesiástica no ha tratado nunca de imponer al Opus Dei. Pertenece a la misión del pastor -en la Iglesia universal como en las iglesias particulares- discernir, verificar, estimular e impulsar ordenadamente todos los diversos carismas que la libertad del espíritu haga surgir en su Iglesia, sin sofocar ni imponer por preferencias personales. El Opus Dei vive y trabaja en este marco pluralista, reflejado en los hermosos elogios que el martirizado monseñor Oscar Romero, quien fuera arzobispo de San Salvador, hizo dos veces del Opus Dei en sus “Memorias”. Y entre nosotros, el Opus Dei trabaja en los más variados ambientes sociales.

Mi palabra de pastor es, en consecuencia, de gozo frente a un nuevo beato que recuerda a la Iglesia su radical vocación a la santidad y le ofrece un camino para vivirla en el diario quehacer. La evangelización de la cultura, en su más amplío radio, puede recibir poderosos impulsos a través de su carisma. Todos nosotros necesitamos el ejemplo y el apoyo intercesor de quienes, como monseñor Escrivá de Balaguer, han cifrado su existencia entera en ser hijos fíeles de la Iglesia.

Carlos Oviedo Cavada, Arzobispo de Santiago de Chile, El Mercurio (Santiago de Chile), 27.3.92

Santidad en nueva evangelización

LA RELIGION, CARACAS, 24 DE JULIO DE 1992, Venezuela

Homilía de Mons. Ovidio Pérez Morales, en la solemne concelebración en honor del beato Josemaría Escrivá (en Caracas, el pasado 9 de julio, en el marco de la LVIII Asamblea de la C.E.V.)

Eminentísimo Señor Cardenal José Ali Lebrún, obispo de esta Iglesia particular de Caracas. Ciudadano Ministro de Justicia. Ciudadano Presidente de la Cámara de diputados. Hermanos todos, ciudadanos del pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia:

El pasado 17 de mayo, Juan Pablo II, en multitudinaria asambleas eucarística celebrada en la Plaza Romana de San Pedro, inscribió en el número de beatos a dos venerables siervos de Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, fundador del Opus Dei y Josefina Bakhita. virgen. sudanesa, esclava y después hija de la caridad, canosiana. Dos hermosas expresiones de una misma santidad, que tiene su fuente en el tres veces Santo, el Dios que es Amor.

El Episcopado Venezolano, junto con hermanos presbíteros; religiosos, religiosas y numerosos laicos, miembros o amigos del Opus Dei, estamos congregados en la presente Eucaristía, para festejar la beatificación de quien pocos meses antes de marchar a la Casa del Padre celestial, revistió, en andanza apostólica, nuestro país.

Esta asamblea es celebración de toda nuestra Iglesia. En efecto, quien es elevado al honor de los altares, más allá de peculiares referencias a Instituciones o ámbitos eclesiales, pertenece al pueblo de Dios en todo su conjunto.

El Beato cuya memoria nos congrega hoy, nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902, fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925; fundó el Opus Dei el 2 de octubre de 1928 en Madrid; y terminó santamente su peregrinación terrena en Roma, el 26 de junio de 1975. Su biografía parece que él mismo la hubiese sintetizado en el primer número de este vademécum de

santidad para nuestro tiempo que se llama Camino y cuyas páginas recorrí en la más temprana juventud: “Que tu vida no sea una vida estéril. Se útil.. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor… enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Pocos días después de su muerte, un Obispo que dejo honda huella pastoral en su patria y más allá de ésta, Mons. Oscar A. Romero, escribió a Juan Pablo II desde la Iglesia de Santiago de María. ¿Objetivo de la comunicación? pedir al Papa la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de Monseñor Escrivá. En la carta de este pastor salvadoreño encontramos lo siguiente: “Tuve la dicha de conocer a monseñor Escrivá Balaguer personalmente y recibir de él el aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María”. Y agrega una significativa semblanza: “…supo unir en su vida un diálogo continuo con el Señor y una gran humanidad: se notaba que era un hombre de Dios y su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor”. La carta tiene fecha: 12 de julio de 1975.

Ahora bien, quisiera subrayar un aspecto resaltante de la vida apostólica del beato Josemaría, y que constituye un hermoso legado, no sólo para el Opus Dei sino para toda la Iglesia. Pudiera definirse así: evangelización de la cultura desde la perspectiva del llamado universal a la santidad, o también: Santificación desde el ángulo de una inculturación del evangelio.

Sobre este aspecto Juan Pablo II el día de la beatificación expresó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incasablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana, por ello el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado, cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y de toda la creación (cf. Dominum et Vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. “Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios” (Carta del 19 de marzo de 1945)”.

El 28 de enero, de 1985, Juan Pablo II hablando directamente a los laicos en la Catedral de Caracas, les exhortó así: “Desde ese crecimiento en el Señor y desde la pujanza del laicado venezolano, haced presente a la Iglesia, con nueva coherencia y originalidad, en vuestras sociedad, en el progreso espiritual, económico y cultural de vuestra nación. Es mi consigna y tarea vuestra. Y añadió el Santo Padre estas desafiantes preguntas “¿No es vocación primordial de los laicos impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico?. ¿No les aguarda el mundo de la cultura, de la familia, de la dirección política, económica y social?

En momentos de grave crisis en nuestro país y de serios retos a una América latina enfrentada a profundos cambios culturales (en el sentido más amplio del término), estas palabras del Papa cobran relieve y urgencia especiales. De allí el tema de la Conferencia del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, que se tendrá el próximo mes de octubre.

Se trata de hacer del evangelio luz y sal, fermento y sentido de la convivencia humana, para la edificación de una nueva sociedad que sea civilización del amor, cultura del trabajo, de la solidaridad, de la vida. Se trata de vencer una esquizofrenia muy corriente entre cristianos, a saber, la interpretación de la fe y lo religioso como algo de consumo sólo privado para la propia intimidad. el hogar o el templo, pero sin Implicaciones en la vida económica, política, cultural, sin incidencias en el diseño de la educación, la organización de la convivencia social y la marcha de la sociedad en su globalidad. De este modo, lo que debería ser armonía se queda en yuxtaposición o montaje. No transforma lo cultural desde dentro, lo alcanza apenas en la epidermis. Es el barniz superficial del que habla Pablo VI en Evangelii nuntiandi al abordar el tema de la evangelización de la cultura (cf Nro. 20).

“La teología de la creación y la teología de la redención -ha escrito el sucesor del beato Josemaría en la dirección de su obra- se entrecruzan en la concreta vida cotidiana, orientada a Dios y al servicio de los hombres; todo trabajo humano, honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible; con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres) Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la creación del inundo, se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se. convierte en obra de dios (Una vida para Dios, Ed. Rialp, Madrid 1992, Pág. 91s).

Renovador en tiempos que precedieron el Concilio Vaticano II, las orientaciones de Josemaría Escrivá se manifiestan fecundamente actuales, años de nueva evangelización. Vocación de todos a la santidad y realización de la santidad en lo cotidiano, en lo mundano, dignidad, y misión peculiar del laico, valor cristiano y función santificadora del trabajo, dinámica articulación entre los órdenes de la creación y redención. Estos y otros temas caracterizan el pensamiento y la espiritualidad, la teoría y la vida que el beato Josemaría supo desarrollar en una Iglesia que se abría a los nuevos tiempos, no abaratando la identidad del pueblo de Dios, sino afirmándola en genuina renovación. No marginando la oración y la cruz sino sumiéndolas como base del edificio y sabiduría conductora del peregrinar.

Como presbítero, apreció y promovió el ministerio sacerdotal, la vida consagrada de religiosos y religiosas le mereció honda estima y real colaboración. Pero privilegió a quienes forman la casi totalidad de la Iglesia y constituyen un potencial riquísimo de santidad y apostolado transformador: el laicado. Este laicado, su santificación a través del quehacer ordinario -llamado a ser “extraordinario”- fue la gran debilidad del fundador del Opus Dei. El último número de Camino continúa una palabra clave. Clave no sólo para la perseverancia cristiana, sino para entender lo que es Dios y lo que Dios quiere. Lo que es Jesús y lo que es la Iglesia de Jesús. Aquello que explica la creación, la redención, el mandamiento nuevo del Señor. Es el amor. Ese mismo amor que constituyó el sentido fundamental de la existencia del nuevo beato y que ha de ser también el alma, el ardor de la nueva evangelización en este fin de siglo y cruce de milenios. Dios Uno y Trino sea bendecido y alabado por los siglos de los siglos. Amén.

Ovidio Pérez Morales, Presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, La Religión (Caracas), 24.7.92

Carta del Prelado (marzo 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estoy conmovido al fechar esta carta el 1 de marzo, primer día de sede vacante en la Iglesia tras la renuncia de Benedicto XVI al Supremo Pontificado. Desde que anunció esta decisión, el pasado 11 de febrero, han acudido a mi mente con frecuencia las palabras del profeta: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (…). Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos[1].

Lo estamos experimentando una vez más en los momentos actuales, como para dejar claro —si fuera necesario— que el Paráclito es quien guía a la Iglesia. Nuestro Señor necesita —lo ha querido así— instrumentos humanos que le hagan visible ante la comunidad de los creyentes; pero es siempre Él, Jesús, el Pastor supremo, quien cuida a los pastores y a los fieles: los fortalece en la fe, los defiende de los peligros, los ilustra con sus luces, les suministra el alimento oportuno para que no desfallezcan en el curso de su peregrinación hacia la patria del Cielo.

Por eso, también inmediatamente han venido a mi corazón aquellas palabras de Jesús, dirigidas a los Apóstoles y a los discípulos de todos los tiempos, cuando se acercaba el momento de ausentarse visiblemente de la tierra: nos os dejaré huérfanos (…). Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre[2]. El Señor no nos quiere huérfanos. Al subir el Maestro a la diestra del Padre, confió a Pedro el timón de su barca, y esa concatenación no se pierde, porque después de un pontificado viene otro, según la promesa de Cristo a Simón: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3]. La palabra de Cristo no puede fallar. Pero —con todos los católicos— hemos de rezar, rezar y rezar, como sugerí a vuestros hermanos nada más conocer esta noticia. Dios cuenta con nuestra plegaria por el cónclave que se reunirá dentro de pocos días y por el nuevo Romano Pontífice que el Señor, en su providencia, haya preparado.

Os transcribo lo que decía nuestro Padre en momentos de sede vacante, en 1958: quería hablaros una vez más de la próxima elección del Santo Padre. Conocéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, amamos con todas las veras de nuestra alma al Papa, quienquiera que sea. Por eso, al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda la vida.

Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso ofrecemos a Nuestro Señor por el Papa que viene, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración[4].

Mientras esperamos llenos de fe el resultado del cónclave, agradezcamos a la Santísima Trinidad los ocho años de pontificado de Benedicto XVI, en los que ha ilustrado de modo admirable, con su magisterio, a la Iglesia y al mundo. No me detengo a describir los variados campos en los que lo ha ejercido; destacaré sólo cómo ha invitado a todos —a creyentes y no creyentes, con fuerza nueva y gran claridad— a redescubrir a Dios, Creador y Redentor del mundo, que es sobre todo Amor, y a valorar a la criatura humana en cuanto creada a imagen de Dios y, por tanto, digna de todo respeto. Ha puesto de relieve cómo la fe y la razón, lejos de oponerse una a otra, pueden cooperar juntas a un mayor conocimiento de Dios y a una más profunda comprensión del hombre. Ha mostrado cómo es posible caminar hacia la amistad divina, destacando el sentido profundo de la adoración a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ha impulsado con decisión el ecumenismo, con la mirada puesta en la anhelada unión de los cristianos. Ha indicado las vías para la verdadera renovación de la Iglesia, siguiendo las líneas trazadas por el Concilio Vaticano II en continuidad fiel con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por esto, y por muchos otros servicios que no es posible mencionar ahora, los cristianos —también los demás hombres y mujeres de buena voluntad— hemos adquirido una deuda de gratitud con Benedicto XVI; un débito que sólo es posible pagar rezando por su persona e intenciones, correspondiendo a lo que él ha asegurado que hará por nosotros. Pienso que, en estos momentos, nos hacemos cargo de que le hemos amado mucho y deseamos continuar así: porque sólo con amor se paga la paternidad fiel con que nos ha cuidado. Aprovechemos estas circunstancias para preguntarnos: ¿vivo a diario la jaculatoria omnes cum Petro ad Iesum per Maríam? ¿Con qué fuerza y atención rezo la oración de las Preces por el Papa?

Al hilo de las sugerencias de la Carta apostólica Porta fídei, avancemos en la consideración de los artículos del Credo en este Año de la fe. Os invito a profundizar en otra de las verdades que confesamos cada domingo. Después de manifestar nuestra fe en la Encarnación, se nos impulsa a recordar la Pasión, Muerte y Sepultura de Nuestro Señor Jesús: hechos históricos realmente sucedidos en un lugar y en un tiempo determinados, como certifican no sólo los evangelios, sino muchas otras fuentes. A la vez, estos auténticos acontecimientos, por su significado y sus efectos, sobrepasan las meras coordenadas históricas, pues se trata de eventos salvíficos, es decir, portadores de la salvación operada por el Redentor.

La Pasión y Muerte del Señor, así como su Resurrección, profetizadas en el Antiguo Testamento, encierran una finalidad y un sentido sobrenatural únicos. No fue un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo encarnado, quien se inmoló en la Cruz por todos, en expiación de nuestros pecados. Y ese único sacrificio de reconciliación se hace presente en nuestros altares, de modo sacramental, cada vez que se celebra la Santa Misa: ¡con qué piedad diaria hemos de celebrar o participar en el Santo Sacrificio!

Meditemos con calma el Credo. El llamado “Símbolo de los Apóstoles”, que se puede rezar especialmente durante la Cuaresma, afirma que Nuestro Señor Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos[5]. Lo mismo —con ligeras variantes— enseña el símbolo de fe que habitualmente se reza en la Misa, siguiendo la formulación de los primeros Concilios ecuménicos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo atestigua san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23)»[6].

Lo había advertido antes el mismo Jesús: por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre[7]. De este modo, el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres (…). Este fuego, este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén. A lo largo de los tres años que con Él convivieron los discípulos, le oyen repetir incansablemente que su alimento es hacer la voluntad de Aquel que le envía (cfr. Jn 4, 34). Hasta que, a media tarde del primer Viernes Santo, se concluyó su inmolación. Inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Jn 19, 30). Con estas palabras nos describe el apóstol San Juan la muerte de Cristo: Jesús, bajo el peso de la Cruz con todas las culpas de los hombres, muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados[8].

¡Qué agradecimiento debemos tener a Nuestro Señor, por el amor inconmensurable que nos ha demostrado! Libremente y por amor ha ofrecido el sacrificio de su vida, no sólo por la humanidad tomada en su conjunto, sino por cada una, por cada uno de nosotros, como expone san Pablo: diléxit me et trádidit seípsum pro me[9], me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí. Más aún. Con expresión fuerte, el mismo Apóstol apunta el colmo del amor redentor de Jesucristo, al afirmar: a Él, que no conoció pecado, [Dios Padre] lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en Él justicia de Dios[10].

A este propósito, decía Benedicto XVI en una audiencia: ¡qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio! Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo y signo de distancia con respecto a nosotros. Al contrario, “se despojó de su rango”, asumiendo la miserable y débil condición humana[11].

«En su designio de salvación —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica—, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Cor 15, 3), sino también que “gustase la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó»[12]. Así se puso de manifiesto, con mayor evidencia aún, la realidad de la muerte de Jesús y la extensión de la buena nueva de la salvación a las almas que se hallaban en el “sheol” o “infierno”; así denomina la Escritura al estado en que se encontraban todos los difuntos, privados de la visión de Dios porque aún no se había llevado a cabo la Redención. Pero ese “descenso” de Cristo tuvo efectos desiguales: «Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido»[13]: una muestra más de la justicia y la misericordia de Dios, que hemos de valorar y agradecer.

Se acerca la Semana Santa; busquemos sacar aplicaciones personales de las escenas que la liturgia nos mueve a considerar. Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro[14], invitaba san Josemaría. Detengámonos sin prisa en los últimos momentos del paso de Nuestro Señor por la tierra. Porque en la tragedia de la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera historia humana. La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[15].

Preparémonos ya para asistir con honda devoción a la liturgia del Triduo pascual. Cada uno, además, puede fijarse otros modos concretos para aprovechar mejor esas jornadas. Junto a las numerosas manifestaciones existentes de religiosidad popular, como las procesiones, los ritos penitenciales, no olvidemos que hay un ejercicio de piedad, el “vía crucis”, que durante todo el año nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la Cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con Él[16].

Revivamos con piedad el vía crucis durante la Cuaresma, cada uno del modo que más le ayude: lo importante se centra en meditar con amor y agradecimiento la Pasión del Señor. Desde la oración en Getsemaní hasta la muerte y sepultura, los evangelios nos ofrecen abundante materia para la oración personal. También nos pueden servir las consideraciones de los santos y de muchos autores espirituales. Escuchemos la sugerencia de san Josemaría: Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate[17]. Atrevámonos a decir: Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertátem glóriæ filiórum Dei, en la libertad y la gloria de los hijos de Dios[18].

De este modo abriremos más y más el alma para recibir con fruto las gracias que Jesús nos ha traído con su gloriosa Resurrección y prepararemos el pontificado del próximo Papa. Apoyemos con nuestras oraciones y sacrificios la tarea de los cardenales reunidos en el cónclave para elegir al sucesor de san Pedro, a quien ya amamos con toda el alma: esta intención puede ser clave para nuestra presencia de Dios en el tiempo de sede vacante.

Necesito añadir, para terminar, que días atrás realicé un rápido viaje a Vilnius, capital de Lituania, donde además de reunirme con los fieles de la Prelatura y con otras personas, recé —en dos ocasiones físicamente y con constancia durante la jornada— ante la imagen de la Virgen de la Puerta de la Aurora, a la que con tanta devoción veneran en aquellas tierras. Encomendé especialmente el momento actual de la Iglesia; también vosotras y vosotros estuvisteis muy presentes en mi oración. De regreso a Roma, comencé, como todos los años, el curso de retiro espiritual en la primera semana de Cuaresma. También durante esos días me acordé de todos y de cada uno, encomendando vuestras necesidades espirituales y materiales, especialmente a las enfermas y a los enfermos. Amad mucho —cuidadla— la unidad de la Obra, acudiendo a la protección de san José.

En unión de oraciones y de sacrificios, apoyados en los de Benedicto XVI, con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2013

© Prælatura Sanctæ Crucis et Operis Dei

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[1] Is 55, 8-9.

[2] Jn 14, 18 y 16.

[3] Mt 16, 18.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-X-1958.

[5] Misal Romano, Símbolo apostólico.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 599.

[7] Jn 10, 17-18.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[9] Gal 2, 20.

[10] 2 Cor 5, 21.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624.

[13] Ibid., n. 633.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 95.

[15] Ibid., n. 96.

[16] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 4-IV-2007.

[17] San Josemaría, Vía Crucis, prólogo.

[18] Ibid.