Monthly Archives: febrero 2013

Monseñor Escrivá de Balaguer, un hombre providencial del siglo XX

Gustavo Posada Peláez, obispo de Istmina (Colombia), El Diario del Otún (Pereira, Colombia), 16.5.92

“Amor grande al Romano Pontífice, veneración a la Jerarquía y amor a los sacerdotes”.

Con ocasión del 50 Aniversario (1.978) de la Fundación del Opus Dei, en una entrevista para la televisión dije: “Mons. Escrivá de Balaguer es el hombre providencial del siglo XX, es un hombre de oración, un hombre de una fe tan grande como la de Abraham, un hombre de una confianza inmensa en la divina providencia, hombre de Dios, y por lo mismo, ahí vemos la explicación de su Obra, el Opus Dei. Siempre Mons. Escrivá de Balaguer, se distinguía por su amor grande al Romano Pontífice, por su veneración a la Jerarquía y por su amor a los sacerdotes: Mons. Escrivá de Balaguer encontró el secreto de la santificación personal en el cumplimiento de las obligaciones ordinarias, en la vida de todos los días. Mons. Escrivá de Balaguer nos enseñó a santificar el trabajo, a santificarnos en el trabajo y a santificar a los demás en el trabajo; se distinguió por su sencillez, fue un apóstol de la alegría y el buen humor, todo esto fruto de su unión con Dios, de su vida interior”.

Un hombre providencial del siglo XX, un hombre de Dios

Son abundantes los testimonios que corroboran mis expresiones anteriores. El Santo Padre Pablo VI afirmaba -dando permiso expreso para contarlo- en una audiencia que le concedió, en 1.976, al actual presidente general del Opus Dei, Mons. Alvaro del Portillo, que Mons. Escrivá de Balaguer “ha sido uno de los hombres que más carismas ha recibido de Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia, y que siempre respondió con fidelidad”.

Estoy persuadido de que la estela dejada por Mons. Escrivá de Balaguer es más profunda, más duradera y sobre todo más luminosa y salvífica de lo que imaginamos la mayor parte de sus contemporáneos. Su papel en la economía de la salvación me parece preeminente. Inmerso en un siglo XX incrédulo y frío, ha sabido encender el mundo -ignem veni mittere in terram- con el fuego de la caridad que ardía en su corazón… ha aportado a la vida de la Iglesia un nuevo impulso, una nueva juventud, abriendo de par en par la puerta de la santidad de los laicos, como escribía G. Thibon en 1.976: -Es imposible agotar la riqueza de la contribución de Mons. Escrivá a la Iglesia.

En el Decreto de Introducción a la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer se recoge la siguiente afirmación: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1.928 (…) ha sido unánimemente reconocido como un precursor del concilio Vaticano II, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia”.

Veneración a la Jerarquía

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, a actuar en firme unión con la Jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que – como recuerda el Decreto citado anteriormente- en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas. Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del ordinario del lugar, se dedicó plenamente a su misión y el Señor le bendijo con abundantes frutos.

Mons. Gustavo Posada Peláez

¡gracias!

Os doy las gracias por haber venido tan numerosos a esta última audiencia general de mi Pontificado. Os lo agradezco de corazón, estoy realmente conmovido. Veo la Iglesia viva. Pienso que tenemos que dar gracias al Creador, por el buen clima que nos ha regalado, cuando aún estamos en invierno.

Como dice el apóstol Pablo en el texto que hemos oído, también yo siento en mi corazón el deber, sobre todo, de dar gracias a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su Palabra y así alimenta la fe de su Pueblo. En este momento mi espíritu se alarga para abrazar a toda la Iglesia repartida por el mundo; doy gracias a Dios por las noticias que he podido recibir durante estos años de ministerio petrino sobre la fe en nuestro Señor Jesucristo, y sobre la caridad que circula verdaderamente en el Cuerpo de la Iglesia y la hace vivir en el amor, y sobre la esperanza que nos abre y orienta hacia una vida plena, hacia la patria del Cielo.

Os tengo a todos presentes en mi oración, en un presente que es el de Dios, donde recuerdo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Uno en la oración a todo y a todos para encomendarlos al Señor: “para que Dios les haga conocer perfectamente su voluntad, y les dé con abundancia la sabiduría y el sentido de las cosas espirituales. Así podrán comportarse de una manera digan del Señor, agradándolo en todo, fructificando en toda clase de obras buenas” (Col. 1, 9-10).

En este momento, tengo una gran confianza, porque sé –lo sabemos todos- que la Palabra de Verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, su Vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, allí donde la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años acepté asumir el ministerio petrino, tuve una certeza que nunca me ha abandonado. En ese momento, como he explicado en otras ocasiones, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: ‘Señor, ¿por qué me pides esto y qué me pides? Es un peso grande el que cargas sobre mis espaldas, pero si Tú lo pides, por tu Palabra echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, a pesar de todas mis debilidades’. Ocho años después, puedo decir que el Señor verdaderamente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido sentir a diario su presencia. Ha sido un episodio en el camino que recorre la Iglesia en el que ha habido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado tantos días de sol y brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; también hubo momentos en los que las aguas estaban agitadas y el viento era  contrario, como en toda la historia de la Iglesia, el Señor parecía dormir. Pero yo he sabido siempre que en esa barca está el Señor. He sabido siempre que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya y Él no dejará que se hunda. Es Él quien la conduce, ciertamente por medio de hombres que Él ha escogido porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza, que nada puede ensombrecer. Y por eso hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no ha quitado nunca ni a la Iglesia ni a mí su consuelo, su luz, su amor.

Estamos en el Año de la Fe, que he querido convocar para reforzar nuestra fe en Dios en un contexto que parece ponerlo cada vez más en un segundo plano. Querría invitar a todos a renovar una firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son quienes nos permiten a diario caminar a pesar del cansancio. Querría que cada uno se sintiera amado de ese Dios que nos ha dado a su Hijo y que nos ha demostrado su amor sin límites. Querría que cada uno experimentase la alegría de ser cristiano. Hay una bella oración para ser recitada por la mañana que dice: “Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te doy gracias por haberme creado, por haberme hecho cristiano…”.

¡Sí, estamos contentos por haber recibido el don de la fe, el bien más valioso que ninguno nos puede arrebatar! Agradezcámoslo al Señor cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. Dios nos ama, pero espera que nosotros lo amemos también.

Pero no quiero dar las gracias únicamente a Dios. Un Papa no guía él solo la barca de Pedro, aunque él sea el primer responsable; yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia me han ayudado y me han sostenido.

En primer lugar, vosotros queridos cardenales: vuestra sabiduría, vuestros consejos, y vuestra amistad han sido muy valiosos para mi; mis colaboradores, empezando por el Secretario de Estado que me ha acompañado con fidelidad durante estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, como también todos aquellos que, en las diferentes áreas, prestan su servicio a la Santa Sede: hay tantos rostros que no aparecen, que trabajan ocultos, pero en el silencio, en su dedicación diaria, con espíritu de fe y humildad han sido para mí una ayuda segura y fiable. Un puesto especial lo ocupa la Iglesia de Roma, mi diócesis. No puedo olvidar a mis hermanos en el Episcopado y Presbiterado, las personas consagradas y todo el Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en las audiencias y en los viajes he percibido siempre gran dedicación y afecto; pero al mismo tiempo yo también he querido mucho a todos y a cada uno, sin distinciones, con la caridad pastoral que existe en el corazón de cada Pastor, especialmente en el Obispo de Roma, en el sucesor del Apóstol Pedro.

Cada día he rezado por cada uno de vosotros, con el corazón de un padre. Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegase a todos: el corazón de un Papa se alarga a todo el mundo. Querría dar las gracias al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, que hace presente la gran familia de las naciones. También me vienen a la cabeza quienes trabajan para las comunicaciones, a quienes agradezco por su importante servicio. Ahora querría también dar gracias de corazón a las numerosas personas en todo el mundo que, durante las últimas semanas, me han enviado muestras cariñosas de afecto, amistad y oración. Sí, el Papa nunca está solo: ahora lo experimento de forma tan clara que me toca el corazón. El Papa pertenece a todos y muchas personas se saben cercanas a él. Es verdad que recibo muchas cartas de los grandes del mundo –desde los jefes de Estado a los líderes religiosos, representantes del mundo de la cultura, etcétera-. Pero también recibo muchas cartas de personas sencillas que me escriben sencillamente con el corazón, y me hacen sentir su afecto, un afecto que nace de una vida junto a Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe, por ejemplo, a un príncipe o a una personalidad que no se conoce. No, me escriben como hermanos o hermanas, como hijos e hijas, que se saben unidas por un lazo familiar muy afectuoso. Aquí se puede experimentar qué es la Iglesia: no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un Cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que une a todos. Experimentar la Iglesia de este modo y poder casi tocar físicamente la fuerza de su verdad y de su amor, es un motivo de alegría, en un tiempo en que tantos hablan de su declino.

En estos últimos meses he experimentado que mis fuerzas iban disminuyendo, y he pedido a Dios insistentemente, en la oración, que me iluminase con su luz para que pudiera tomar la decisión más justa, no por mi bien sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso conociendo plenamente su gravedad y su novedad, pero también con una profunda serenidad de espíritu. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre presente el bien de la Iglesia y no el de uno mismo. Permitidme que vuelva de nuevo al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión dependía justamente del hecho que desde ese momento me había comprometido siempre y para siempre con el Señor. Siempre: es decir, el ministerio petrino implica que uno no tiene ninguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida le viene quitada, por así decirlo, la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la vida cuando la da. Antes he dicho que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de Pedro y le tienen mucha estima; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo y que se siente seguro en el abrazo de su comunión: porque no se pertenece ya a sí mismo, pertenece a todos y todos pertenecen a él. El “siempre” es también un “por siempre”, no se puede regresar a la vida privada. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no cambia este aspecto. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recibimientos, conferencia, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo junto al Señor Crucificado. No poseeré ya la potestad del oficio para el Gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración me mantendré, por decirlo así, en el recinto de san Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, será siempre un grande ejemplo para mí en esto. Él nos mostró un camino hacia una vida que, activa o pasiva, pertenece completamente a la obra de Dios. Agradezco a todos y a cada uno también por el respeto y la comprensión con que habéis acogido esta decisión tan importante. Continuaré acompañando a la Iglesia en su camino con la oración y la reflexión, con la dedicación al Señor y a su Esposa que he intentado vivir hasta ahora cada día y que deseo vivir siempre.

Os pido que os acordéis de mi ante Dios, y especialmente que os acordéis de rezar por los Cardenales, llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.

Invocamos la materna intercesión de la Virgen María Madre de Dios y de la Iglesia, para que acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad de la Iglesia. A ella nos confiamos, con profunda confianza.

¡Queridos amigos! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre también y especialmente en los momentos difíciles. No perdamos de vista esta visión de fe, que es la única visión verdadera en el camino de la Iglesia en el mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la alegre seguridad que el Señor está junto a nosotros y no nos abandona, está cerca y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!

El fundador del Opus Dei

Mons. Ugo Puccini, obispo de Santa Marta (Colombia), El País (Cali, Colombia), 24.6.90

Hace quince años moría en Roma, el 26 de junio, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Había nacido el 9 de enero de 1902, y había fundado el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Desde entonces, su vida se confunde con la de su obra. Y del mismo modo que su obra debía pasar inadvertida tantos años a los ojos de los hombres, Monseñor Escrivá vive al pie de la letra su destino de ocultarse y desaparecer, para que sólo Jesús se luzca.

Este español universal, a quien Su Santidad Juan Pablo II ha hecho Venerable el pasado 9 de abril, dentro de su proceso de Beatificación, asombró al mundo. Y lo asombró precisamente porque mientras estuvo en la Tierra lo único que hizo fue cumplir la Voluntad de Dios, sin ruido y sin espectáculo, no obstante ser portador de un designio divino que fecundaría de nuevo a la Iglesia y a la sociedad. A Monseñor Escrivá se le señala claramente como el gran precursor del Concilio Vaticano II. Y es que desde 1928, cuando conoció la idea fundacional de la obra que Dios le pedía, se dedicó de lleno a su realización, con lo que hizo realidad lo que Dios quería: que todo hombre o mujer, de toda condición, edad, raza o lengua, recibiera la invitación de Cristo, que a todos los hombres nos quiere santos. Monseñor Escrivá nos repitió a todos el mandato del Apóstol: “Todo lo que hagáis…”, ya fuera de palabra o de obra, ya material o intelectual, ya en el trabajo de cada día, ya en la construcción de la propia vida, de la propia familia, de la propia sociedad a que pertenece cada uno, “hacedlo por el Amor de Dios”, hacedlo amando, hacedlo buscando que por amor a Dios salga perfecto, de comienzo a fin: en los detalles y en la totalidad.

Hoy el Opus Dei es conocido en toda la Iglesia, como parte entrañable que es de Ella, que lo ha hecho Prelatura personal, al poner en práctica por vez primera esa figura jurídica que para el incremento del apostolado de la Iglesia, instituyera el Concilio Vaticano II.

Y la fama de santidad de su Fundador, “ya ampliamente comprobada durante su vida”, como dice el texto del Decreto del Papa que reconoce la heroicidad de sus virtudes, “ha conocido después de su muerte una extensión universal, llegando a constituir en muchos países un auténtico fenómeno de piedad popular”.

Día a día lo hemos experimentado así muchas personas, que encontramos a menudo en la calle, y en los lugares más populares, y aun en otros del todo inopinados, de qué modo confiado y fervoroso, privadamente se le encomienda al Venerable Monseñor Escrivá lo más pequeño y lo más grande también, en la necesidad más acuciante, y toda necesidad: con ese afecto filial de quien acude a la ayuda de un padre amantísimo, y al tiempo, con la fe absoluta de quien deja las cosas en las manos de un intercesor muy poderoso delante de Dios.

Beatificación del fundador del Opus Dei

Mons. Alfredo J. Rodríguez F., Arzobispo de Cumaná (Venezuela), Diario Provincia (Cumaná), Viernes 15 de Mayo de 1992

Recientemente he recibido del Vicario Regional de la Prelatura del Opus Dei en Venezuela una hermosa biografía ilustrada de Mons. José María Escrivá de Balaguer con el título “Huellas en la nieve”, escrita por Dennis M. Helming.

El próximo domingo será solemnemente beatificado en la basílica vaticana por S.S. Juan Pablo II. A todos nos ha llamado la atención este acontecimiento por dos razones: primero por la extraordinaria rapidez del proceso de su causa; y en segundo lugar, por la importancia protagónica que tanto Mons. Escrivá como el Opus Dei han tenido y tienen en la vida de la Iglesia Católica de nuestro siglo.

En el mes de abril de 1990 Juan Pablo II promulgó el decreto declarándolo “venerable” y autorizando su culto privado. En ese decreto acerca de la heroicidad de virtudes del venerable José María Escrivá de Balaguer, el Santo Padre:

a) Declara como “prodigiosa” la fecundidad de su apostolado y su contribución a la promoción del laicado.

b) Lo califica como “un ejemplo imperecedero de celo por la formación de los sacerdotes”.

c) Parangona sus escritos con los clásicos de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

d) Por último lo define como un “verdadero fenómeno de piedad popular y como fuente inagotable de luz espiritual”.

Felicitamos al Vicario Regional y a todos los integrantes de la Prelatura personal del Opus Dei y Sociedad de la Santa Cruz en Venezuela. Que todo sea para bien de la Iglesia y crecimiento del Reino de Dios en nuestros días. ¡Beato José María Escrivá, ruega por nosotros!

Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

Adolfo Rodríguez Vidal, obispo de Los Ángeles (Chile), La Época (Santiago de Chile), 17.5.92; El Sur (Concepción, Chile), 17.5.92

Mons. Adolfo Rodríguez, Obispo de Los Ángeles

Por Isabel Larraín C.

Es indudable que tiene un tesoro dentro. Y que no le gusta nada mostrarlo. Porque después de más de 5 años de servir a Dios en el Opus Dei, sigue siendo igual de reservado y austero que el primer día en que conoció a monseñor Escrivá de Balaguer en el Madrid de 1940.

– Fue un sábado, y de esa entrevista con monseñor Escrivá recuerdo que es, tuvo muy cariñoso, pero no pasó -ese día- nada especial, fue la típica conversación de toma de contacto. Días después asistí por primera vez a la Bendición con el Santísimo que impartió monseñor Escrivá a un grupo de universitarios; fue algo para mí muy impresionante. Me impactó enorme mente cómo tomaba la custodia, cómo hacía con ella la señal de la cruz, sus genuflexiones… Yo había asistido a otras bendiciones en mi tiempo de colegial, pero nunca había visto la de un santo: me impresionó su piedad, que le salía por los poros.

En ese entonces, D. Adolfo Rodríguez Vidal, actual obispo de Los Angeles, no sabía nada del Opus Dei ni del camino que Dios le tenía reservado, el que ha recorrido sin pausa, fiel al encargo de su fundador de traer la obra a Chile. Aquellos que lo conocen desde hace ya muchos años destacan por sobre todo su humildad y su reciedumbre, que lo llevan a ni siquiera querer hablar de lo que ha sido su vida. Un poco incómodo, pero siempre sonriente, acepta contar algo de todos esos recuerdos que lleva en el interior.

– ¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿Qué fue lo que más le atrajo, teniendo en cuenta que estaba recién comenzando y había poco que ver, lo que hacía más difícil entenderlo?

– Al término de la guerra civil española, en el año 39, las universidades que habían estado cerradas volvieron a abrirse y yo me fui a Madrid a preparar mi ingreso a la Escuela de Ingeniería Naval. Durante ese período, uno de mis compañeros me invitó a ir una tarde a la única residencia universitaria del Opus Dei que existía y me presentó al Padre: así llamábamos a monseñor Escrivá. Ya he dicho cómo me impactó la piedad de su liturgia. Volví con frecuencia, a estudiar a su biblioteca y a conversar con otros universitarios, y un día, el mismo que me había invitado me invitó a pasear y me explicó la posibilidad de una entrega definitiva en la Obra. Yo lo pensé durante unas semanas, recé, medité y el día en que cumplí los 20 años -fue una casualidad, no algo buscado- hablé con el Padre, le pedí que me admitiera y él me aceptó: Era el 20 de julio de 1940. Aunque entonces éramos todavía muy pocos, el trato con el Padre nos hacía darnos cuenta de que aquello era algo muy serio, muy importante, que suponía un compromiso para siempre. Yo vi que el Señor quería eso y yo estaba dispuesto.

– Entre los primeros de la Obra surgió la costumbre de llamar al fundador “Padre”: ¿Usted veía en él a un verdadero Padre?

– Yo no soy “de los primeros de la Obra”. Cuando llegué a ella entendí por qué mis amigos que me precedieron me hablaban siempre de “El Padre”. Y por supuesto no me costó nada llamarle así porque en verdad lo era (como lo es ahora, y lo será siempre, quien haga cabeza en el Opus Dei). Cuando comencé a estudiar mi carrera de ingeniería y me fui a vivir a un Centro de la Obra, el Padre vivía ahí, con nosotros. Estábamos muy cerca de él. No había todavía sacerdotes del Opus Dei y el Padre se volcaba de cariño con nosotros: estábamos muy cerca de él. Cuando estaba en Madrid -viajaba mucho entonces por España, sembrando-, solía subir a acompañarnos en ratos de descanso y vida de familia, y se palpaba la entrega que tenía, las alegrías y también las preocupaciones por nosotros y por la Iglesia. Esos dos años en “Diego de León” -así se llamaba la calle y así llamábamos a la casa- fueron muy importantes para nosotros por la presencia del Padre.

– El hecho de haber conocido a monseñor Escrivá y haber vivido junto a él, ¿de qué manera influyó en su vida espiritual?

-En todo, ¡absolutamente en todo! Yo y todos tratábamos de ser buenos cristianos, pero cuando le oíamos predicar -porque ocasionalmente nos enseñaba a meditar, nos predicaba un retiro, nos hablaba familiarmente de Dios, de la Virgen, de la Iglesia…- yo. y todos quedábamos con un entusiasmo muy grande y con muchas ganas de no hacer tonteras ni perder el tiempo en el estudio y en el apostolado. Doy muchas gracias a Dios por haberlo conocido en esa época. Oírlo predicar era impactante y comprometedor.

– ¿Porqué motivo la Causa de Beatificación de monseñor Escrivá ha ido tan rápido? ¿Se debe, acaso, a algún tipo de influencia que el Opus Dei pueda tener dentro de la Iglesia?

La lentitud con que antes se tramitaban los procesos de beatificación fue corregida, ya en el Concilio, por el Papa Pablo VI, quien simplificó mucho algunos trámites. La idea ha sido consecuencia, por una parte, de los medios más rápidos para las informaciones y procesos, por ejemplo, los legajos no están escritos a mano sino en computadoras, etc. Pero sobre todo se trata de presentar modelos de santidad “actuales”, ya que los santos no son solamente intercesores sino también ejemplos. Y cuanto más cercano sea el ejemplo, mayor será su eficacia. De hecho hay ahora en tramitación muy avanzada la beatificación de una madre religiosa venezolana fallecida en los años ’80 de este siglo. En Chile, Teresa de Los Andes fue beatificada en un tiempo que, para los santos de otras épocas ¡sería muy corta!, y la beatificación del P. Hurtado, si tuvo un comienzo lento (murió antes del Concilio, es decir su proceso se inició con los trámites más lentos) ahora está ya próxima a una decisión positiva. El papa Juan Pablo II ha impulsado esta “política” de un trámite más rápido aunque siempre con la seriedad que exige algo tan importante para la Iglesia.

– ¿Qué significa para la Iglesia Universal la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Qué supone para el Opus Dei?

“La Iglesia beatifica y santifica a los santos, no para que ellos se alegren en el Cielo sino para que nos ayuden a quienes todavía estamos muy lejos de ese Cielo, pero aspiramos a llegar a él. Los santos nos ayudan de dos maneras: intercediendo por nosotros ante el Señor y sirviéndonos a nosotros de ejemplo: al beatificar a monseñor Escrivá la Iglesia nos está diciendo que es un intercesor y un modelo. Para el Opus Dei, obviamente, eso es de extraordinaria importancia. Con esa beatificación queda claro que la santificación se puede lograr a través de una vida de trabajo y que la vida “corriente” de unos esposos, de unos trabajadores, de cualquier cristiano “normal”, es un camino de santificación. ¡Esa fue la enseñanza de monseñor Escrivá!

Chile y el Opus Dei

D. Adolfo Rodríguez era un sacerdote recién ordenado el año 1950, cuando recibió un llamado del Consiliario del Opus Dei en España pidiéndole que fuera a verlo a Madrid. Una vez reunidos, éste le entregó una carta de monseñor Escrivá de Balaguer, desde Roma: “Era breve -recuerda D. Adolfo- y en ella me preguntaba si estaba dispuesto a irme a Chile y, al final -se ríe al recordarlo- decía: “El. viaje será muy pronto Tan sólo un mes después partió, llegando a nuestro país el 4 de marzo, solo y sin ningún medio material.

– ¿Qué pensó Ud. cuando monseñor Escrivá le pidió que viniera a Chile?

Nunca había pensado en partir a otro país, pero estaba dispuesto. El Opus Dei no tenía medios para ayudarme, pero el padre no sólo era audaz, también era prudente. Unos meses antes había enviado a D. Pedro Casciaro con dos o tres miembros más de la obra, a hacer un recorrido por toda América. En Santiago se contactaron con mucha gente y, cuando me tocó partir de España, me entregaron una lista de personas que podrían ayudarme.

– ¿Cómo comenzó el trabajo del Opus Del en nuestro país?

El entonces Arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, había almorzado hacía algún tiempo con el padre en Roma, y ahí habían hablado de la posibilidad de iniciar la labor en Chile. Monseñor Caro se ofreció entonces para alojar en su casa al primer sacerdote que llegara. Yo viví el primer mes con él -en Mac-Iver, frente a La Merced- y el Arzobispo de Santiago fue una enorme ayuda para mí. Organizó, incluso, diversas reuniones en las que pude conocer a muchas personas. Me presentó a D. Carlos Casanueva, entonces rector de la Universidad Católica, y a través de él a hacer clases de Mecánica Racional en la Escuela de Ingeniería de esa universidad; hice otras clases en la U. de Chile y pude conocer a muchos jóvenes. También me pidió que ayudara a confesar a los alumnos de colegios de la Iglesia en la Fundación de Santo Tomás de Aquino. Todo ello fue muy útil para mi rápida y hermosa identificación con mi nuevo país. Guardo una inmensa gratitud para las muchas familias y personas que me ayudaron en aquellos primeros meses y más tarde, haciendo posible la labor que el padre esperaba de Chile.

En aquella época D. Adolfo necesitaba de toda la ayuda posible. Quienes lo conocieron por aquel entonces sabían que vivía momentos económicamente muy difíciles, pero recuerdan que no se le notaba. Su casa estaba siempre bien, limpia y acogedora. El primer año lo pasó solo -sin otros miembros de la obra- pero en un departamento en la Alameda que había arrendado y que convirtió en la primera Residencia Universitaria del Opus Dei en Chile. Según D. Adolfo, la casa era “pésima” y había mucho que hacer para mantenerla.

-¿Es verdad que Ud. hacía hasta las camas en esa primera residencia?

Las camas precisamente no… pero sí muchas cosas. Quien tuvo que hacer las camas de los residentes fue -en la primera residencia del Opus Dei nuestro padre, en Madrid.

-¿Cómo fue su relación con monseñor Escrivá durante los comienzos en Chile?

“El Padre me escribía con cierta frecuencia y en alguna carta me ayudaba a corregir algunas cosas, se preocupaba mucho de mí. Estaba pendiente de mí, no cabe duda. Era precisamente en la época en que él con D. Alvaro y el consejo estaban con mucho trabajo por la expansión de la obra, en Roma y en otros países, de modo que es de mucho agradecer esa preocupación”.

-Varios años después monseñor Escrivá viajó a Chile, concretamente en junio de 1974. Usted estuvo muy cerca de él durante la visita. ¿Qué opinión se formó de Chile y de los chilenos?

Él ya conocía a bastantes chilenos, hijos suyos que habían ido a estudiar a Roma. En su estadía en Santiago estaba muy contento y no lo ocultaba. Hizo una visita a las Carmelitas de Pedro de Valdivia, respondiendo a una carta que me escribieron pidiéndome que el padre las visitara. Estuvo hablando con ellas en su locutorio durante mucho rato y con especial fuerza y calor animándolas a ser fieles a su carisma carmelitano. Recuerdo que a la salida nos encontramos en un pasillo bastante oscuro con el que era entonces Obispo de Osorno, Mons. Valdés Subercaseaux, ya fallecido. Este se acercó a nosotros, se abrazaron con gran cariño y muy emocionado le dijo -revelando que había estado escuchando la charla del padre con las religiosas-: “Ahora no se usa hablar así de santidad…”

-¿Qué piensa Ud. cuando mira para atrás y ve sus años de trabajo y la expansión que la obra ha tenido aquí en Chile?

(Sonríe como para adentro)… Estoy muy contento.

Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

Adolfo Rodríguez Vidal, obispo de Los Ángeles (Chile), La Época (Santiago de Chile), 17.5.92; El Sur (Concepción, Chile), 17.5.92

Mons. Adolfo Rodríguez, Obispo de Los Ángeles

Por Isabel Larraín C.

Es indudable que tiene un tesoro dentro. Y que no le gusta nada mostrarlo. Porque después de más de 5 años de servir a Dios en el Opus Dei, sigue siendo igual de reservado y austero que el primer día en que conoció a monseñor Escrivá de Balaguer en el Madrid de 1940.

– Fue un sábado, y de esa entrevista con monseñor Escrivá recuerdo que es, tuvo muy cariñoso, pero no pasó -ese día- nada especial, fue la típica conversación de toma de contacto. Días después asistí por primera vez a la Bendición con el Santísimo que impartió monseñor Escrivá a un grupo de universitarios; fue algo para mí muy impresionante. Me impactó enorme mente cómo tomaba la custodia, cómo hacía con ella la señal de la cruz, sus genuflexiones… Yo había asistido a otras bendiciones en mi tiempo de colegial, pero nunca había visto la de un santo: me impresionó su piedad, que le salía por los poros.

En ese entonces, D. Adolfo Rodríguez Vidal, actual obispo de Los Angeles, no sabía nada del Opus Dei ni del camino que Dios le tenía reservado, el que ha recorrido sin pausa, fiel al encargo de su fundador de traer la obra a Chile. Aquellos que lo conocen desde hace ya muchos años destacan por sobre todo su humildad y su reciedumbre, que lo llevan a ni siquiera querer hablar de lo que ha sido su vida. Un poco incómodo, pero siempre sonriente, acepta contar algo de todos esos recuerdos que lleva en el interior.

– ¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿Qué fue lo que más le atrajo, teniendo en cuenta que estaba recién comenzando y había poco que ver, lo que hacía más difícil entenderlo?

– Al término de la guerra civil española, en el año 39, las universidades que habían estado cerradas volvieron a abrirse y yo me fui a Madrid a preparar mi ingreso a la Escuela de Ingeniería Naval. Durante ese período, uno de mis compañeros me invitó a ir una tarde a la única residencia universitaria del Opus Dei que existía y me presentó al Padre: así llamábamos a monseñor Escrivá. Ya he dicho cómo me impactó la piedad de su liturgia. Volví con frecuencia, a estudiar a su biblioteca y a conversar con otros universitarios, y un día, el mismo que me había invitado me invitó a pasear y me explicó la posibilidad de una entrega definitiva en la Obra. Yo lo pensé durante unas semanas, recé, medité y el día en que cumplí los 20 años -fue una casualidad, no algo buscado- hablé con el Padre, le pedí que me admitiera y él me aceptó: Era el 20 de julio de 1940. Aunque entonces éramos todavía muy pocos, el trato con el Padre nos hacía darnos cuenta de que aquello era algo muy serio, muy importante, que suponía un compromiso para siempre. Yo vi que el Señor quería eso y yo estaba dispuesto.

– Entre los primeros de la Obra surgió la costumbre de llamar al fundador “Padre”: ¿Usted veía en él a un verdadero Padre?

– Yo no soy “de los primeros de la Obra”. Cuando llegué a ella entendí por qué mis amigos que me precedieron me hablaban siempre de “El Padre”. Y por supuesto no me costó nada llamarle así porque en verdad lo era (como lo es ahora, y lo será siempre, quien haga cabeza en el Opus Dei). Cuando comencé a estudiar mi carrera de ingeniería y me fui a vivir a un Centro de la Obra, el Padre vivía ahí, con nosotros. Estábamos muy cerca de él. No había todavía sacerdotes del Opus Dei y el Padre se volcaba de cariño con nosotros: estábamos muy cerca de él. Cuando estaba en Madrid -viajaba mucho entonces por España, sembrando-, solía subir a acompañarnos en ratos de descanso y vida de familia, y se palpaba la entrega que tenía, las alegrías y también las preocupaciones por nosotros y por la Iglesia. Esos dos años en “Diego de León” -así se llamaba la calle y así llamábamos a la casa- fueron muy importantes para nosotros por la presencia del Padre.

– El hecho de haber conocido a monseñor Escrivá y haber vivido junto a él, ¿de qué manera influyó en su vida espiritual?

-En todo, ¡absolutamente en todo! Yo y todos tratábamos de ser buenos cristianos, pero cuando le oíamos predicar -porque ocasionalmente nos enseñaba a meditar, nos predicaba un retiro, nos hablaba familiarmente de Dios, de la Virgen, de la Iglesia…- yo. y todos quedábamos con un entusiasmo muy grande y con muchas ganas de no hacer tonteras ni perder el tiempo en el estudio y en el apostolado. Doy muchas gracias a Dios por haberlo conocido en esa época. Oírlo predicar era impactante y comprometedor.

– ¿Porqué motivo la Causa de Beatificación de monseñor Escrivá ha ido tan rápido? ¿Se debe, acaso, a algún tipo de influencia que el Opus Dei pueda tener dentro de la Iglesia?

La lentitud con que antes se tramitaban los procesos de beatificación fue corregida, ya en el Concilio, por el Papa Pablo VI, quien simplificó mucho algunos trámites. La idea ha sido consecuencia, por una parte, de los medios más rápidos para las informaciones y procesos, por ejemplo, los legajos no están escritos a mano sino en computadoras, etc. Pero sobre todo se trata de presentar modelos de santidad “actuales”, ya que los santos no son solamente intercesores sino también ejemplos. Y cuanto más cercano sea el ejemplo, mayor será su eficacia. De hecho hay ahora en tramitación muy avanzada la beatificación de una madre religiosa venezolana fallecida en los años ’80 de este siglo. En Chile, Teresa de Los Andes fue beatificada en un tiempo que, para los santos de otras épocas ¡sería muy corta!, y la beatificación del P. Hurtado, si tuvo un comienzo lento (murió antes del Concilio, es decir su proceso se inició con los trámites más lentos) ahora está ya próxima a una decisión positiva. El papa Juan Pablo II ha impulsado esta “política” de un trámite más rápido aunque siempre con la seriedad que exige algo tan importante para la Iglesia.

– ¿Qué significa para la Iglesia Universal la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Qué supone para el Opus Dei?

“La Iglesia beatifica y santifica a los santos, no para que ellos se alegren en el Cielo sino para que nos ayuden a quienes todavía estamos muy lejos de ese Cielo, pero aspiramos a llegar a él. Los santos nos ayudan de dos maneras: intercediendo por nosotros ante el Señor y sirviéndonos a nosotros de ejemplo: al beatificar a monseñor Escrivá la Iglesia nos está diciendo que es un intercesor y un modelo. Para el Opus Dei, obviamente, eso es de extraordinaria importancia. Con esa beatificación queda claro que la santificación se puede lograr a través de una vida de trabajo y que la vida “corriente” de unos esposos, de unos trabajadores, de cualquier cristiano “normal”, es un camino de santificación. ¡Esa fue la enseñanza de monseñor Escrivá!

Chile y el Opus Dei

D. Adolfo Rodríguez era un sacerdote recién ordenado el año 1950, cuando recibió un llamado del Consiliario del Opus Dei en España pidiéndole que fuera a verlo a Madrid. Una vez reunidos, éste le entregó una carta de monseñor Escrivá de Balaguer, desde Roma: “Era breve -recuerda D. Adolfo- y en ella me preguntaba si estaba dispuesto a irme a Chile y, al final -se ríe al recordarlo- decía: “El. viaje será muy pronto Tan sólo un mes después partió, llegando a nuestro país el 4 de marzo, solo y sin ningún medio material.

– ¿Qué pensó Ud. cuando monseñor Escrivá le pidió que viniera a Chile?

Nunca había pensado en partir a otro país, pero estaba dispuesto. El Opus Dei no tenía medios para ayudarme, pero el padre no sólo era audaz, también era prudente. Unos meses antes había enviado a D. Pedro Casciaro con dos o tres miembros más de la obra, a hacer un recorrido por toda América. En Santiago se contactaron con mucha gente y, cuando me tocó partir de España, me entregaron una lista de personas que podrían ayudarme.

– ¿Cómo comenzó el trabajo del Opus Del en nuestro país?

El entonces Arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, había almorzado hacía algún tiempo con el padre en Roma, y ahí habían hablado de la posibilidad de iniciar la labor en Chile. Monseñor Caro se ofreció entonces para alojar en su casa al primer sacerdote que llegara. Yo viví el primer mes con él -en Mac-Iver, frente a La Merced- y el Arzobispo de Santiago fue una enorme ayuda para mí. Organizó, incluso, diversas reuniones en las que pude conocer a muchas personas. Me presentó a D. Carlos Casanueva, entonces rector de la Universidad Católica, y a través de él a hacer clases de Mecánica Racional en la Escuela de Ingeniería de esa universidad; hice otras clases en la U. de Chile y pude conocer a muchos jóvenes. También me pidió que ayudara a confesar a los alumnos de colegios de la Iglesia en la Fundación de Santo Tomás de Aquino. Todo ello fue muy útil para mi rápida y hermosa identificación con mi nuevo país. Guardo una inmensa gratitud para las muchas familias y personas que me ayudaron en aquellos primeros meses y más tarde, haciendo posible la labor que el padre esperaba de Chile.

En aquella época D. Adolfo necesitaba de toda la ayuda posible. Quienes lo conocieron por aquel entonces sabían que vivía momentos económicamente muy difíciles, pero recuerdan que no se le notaba. Su casa estaba siempre bien, limpia y acogedora. El primer año lo pasó solo -sin otros miembros de la obra- pero en un departamento en la Alameda que había arrendado y que convirtió en la primera Residencia Universitaria del Opus Dei en Chile. Según D. Adolfo, la casa era “pésima” y había mucho que hacer para mantenerla.

-¿Es verdad que Ud. hacía hasta las camas en esa primera residencia?

Las camas precisamente no… pero sí muchas cosas. Quien tuvo que hacer las camas de los residentes fue -en la primera residencia del Opus Dei nuestro padre, en Madrid.

-¿Cómo fue su relación con monseñor Escrivá durante los comienzos en Chile?

“El Padre me escribía con cierta frecuencia y en alguna carta me ayudaba a corregir algunas cosas, se preocupaba mucho de mí. Estaba pendiente de mí, no cabe duda. Era precisamente en la época en que él con D. Alvaro y el consejo estaban con mucho trabajo por la expansión de la obra, en Roma y en otros países, de modo que es de mucho agradecer esa preocupación”.

-Varios años después monseñor Escrivá viajó a Chile, concretamente en junio de 1974. Usted estuvo muy cerca de él durante la visita. ¿Qué opinión se formó de Chile y de los chilenos?

Él ya conocía a bastantes chilenos, hijos suyos que habían ido a estudiar a Roma. En su estadía en Santiago estaba muy contento y no lo ocultaba. Hizo una visita a las Carmelitas de Pedro de Valdivia, respondiendo a una carta que me escribieron pidiéndome que el padre las visitara. Estuvo hablando con ellas en su locutorio durante mucho rato y con especial fuerza y calor animándolas a ser fieles a su carisma carmelitano. Recuerdo que a la salida nos encontramos en un pasillo bastante oscuro con el que era entonces Obispo de Osorno, Mons. Valdés Subercaseaux, ya fallecido. Este se acercó a nosotros, se abrazaron con gran cariño y muy emocionado le dijo -revelando que había estado escuchando la charla del padre con las religiosas-: “Ahora no se usa hablar así de santidad…”

-¿Qué piensa Ud. cuando mira para atrás y ve sus años de trabajo y la expansión que la obra ha tenido aquí en Chile?

(Sonríe como para adentro)… Estoy muy contento.

Benedicto XVI renuncia

11 de febrero, 2013. Benedicto XVI ha anunciado esta mañana que dimite “por falta de fuerzas”. Benedicto XVI que se ha reunido hoy con los cardenales y le ha anunciado que dimite, que deja el cargo de Papa.

En el Consistorio estaba previsto el anuncio de nuevos santos pero ha saltado la noticia bomba, avanzada por la agencia estatal italiana ANSA.

“El Papa anuncia su renuncia por falta de fuerzas”. La sorpresa ha provocado el colapso de las web informativas del vaticano. En el encuentro con los cardenales para anunciar la canonización de 800 mártires de Otranto, una religiosa colombiana y otra mexicana, Benedicto XVI anunció este lunes su propia renuncia. Para la elección de nuevo Papa tendrá que haber un nuevo cónclave en febrero.

El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, ha asegurado: «Nosotros le hemos notado cansancio en los ultimos años».

Benedicto XVI anunció la renuncia con estas palabras:

Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.

Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice.

Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

Vaticano, 10 de febrero 2013.

BENEDICTUS PP XVI

Escrivá de Balaguer, en vísperas de beatificación

Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey, Presidente de la Conferencia Episcopal de México

EL NORTE (Monterrey), Domingo 8 de Marzo de 1992

En nuestro camino por la vida hemos encontrado muchas personas cuyas obras trascienden las fronteras de la propia patria, para proyectarse y dar fru. to en muy diversas latitudes.

Entre ellas está Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, quien, desde Madrid, hizo llegar, en el nombre del Señor, a todas partes del mundo la tarea del Opus Dei.

Su meta: la santidad de los fieles, en un camino que se anhela realizar en medio del mundo, con sus afanes, logros, tristezas, alegrías, y, sobre todo, buscando la gracia de Dios para participarla a los hermanos.

E1 venerable siervo de Dios, Josemaría Escrivá de Balaguer, escribe con su vida y con su obra una historia en cuyos capítulos se pueden registrar los pasos de conversión y santificación de muchos hombres, laicos y sacerdotes, que con anhelo de ser levadura en la masa, por el Reino de Dios, se gastan por su santificación y la de sus hermanos.

Con una fuerte espiritualidad litúrgica, el Opus Dei en sus miembros reflejada espiritualidad de Monseñor Escrivá, quien con Cristo como centro de su vida interior, alimentado por El en la Eucaristía, le impuso a llevar su obra a todos los continentes.

Nos brinda un camino para la vida, que se hace más sencillo cuánto más se tiene al Señor.

Llama a lograr la unidad entre la fe y la vida, para que, en esa identificación, superado e1 divorcio que puede darse entre una y otra, el cristiano logre su santificación.

Brinda al laico, de manera especial, un itinerario que lo lleve al Padre, por su Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo, para vivir con la Trinidad Santa una profunda relación, que se ve apoyada por la devoción a Nuestra Señora la Virgen María, a San José su castísimo esposo y a los Angeles Custodios.

Monseñor Escrivá de Balaguer con su vida y con sus numerosos escritos y homilías nos llama a trabajar incansablemente, para forjar un mundo nuevo, para hacer escrituras más dignas, donde el hombre, hijo de Dios, realice el plan de salvación del Padre.

Un trabajo que lo lleve a vivir plenamente su vocación cristiana y lo encamine a la santificación en el mundo, que propone otros criterios, otros caminos, que alejan del Señor.

Para nosotros su vida es un ejemplo de acción y de servicio al Señor.

Nos llama la atención el ofrecimiento que hizo de su vida uniéndose a Cristo en aras de la cruz para la salvación del mundo.

Lo realizó trabajando incansablemente. Lo llevó a cabo ofreciéndose al Padre de la misericordia, para dar su vida por la Iglesia y, de manera especial, por el Santo Padre, el sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia.

Nos ha dejado una herencia que en el plano tangible muestra la obra apostólica de los miembros del Opus Dei, plasmada en numerosas realizaciones apostólicas que hablan del ideal de su fundador.

Igualmente deja, en el plano intangible, su herencia espiritual que mueve al camino de la conversión. a innumerables personas en todas partes del mundo, y especialmente a sus sacerdotes y demás miembros de la obra al compromiso de amar profundamente a la Iglesia y a sus Pastores, sirviendo a sus hermanos.

Su proceso de canonización ha recopilado una muy amplia serie de pruebas, de testimonios, de su camino de santidad.

El Santo Padre, Juan Pablo II, quien es el responsable de juzgar la oportunidad de ofrecer modelos de santidad a nuestra época, ha seguido muy de cerca toda esta causa y así ha dispuesto su beatificación, para gloria de Dios y bien de la Iglesia, para el día 17 de mayo próximo.

El ejemplo, pues, de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer seguirá siendo un camino hacia la santidad en la Iglesia para mayor gloria de Dios.

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

Angel Card. Suquía, Arzobispo de Madrid, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ABC (Madrid), 9.I.1992

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejemplo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español -particularmente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años-, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los Pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre- “ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico”. La Iglesia, por sus legítimos Pastores -los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, consciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras realidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del Pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, presupuesto ineludible para la onda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgánicamente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descristianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día- como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascendencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei “por inspiración divina”, como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica “Ut Sit”.

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de monseñor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea renovadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus palabras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fermento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de humanismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios auténticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicieran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de Pos hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a restablecer la unidad de vida del cristiano, superando esa múltiple escisión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seriamente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espontaneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan. poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y responsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristianos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender, el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico, a una “teoría espiritual” desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el -Concilio Vaticano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del prestigio profesional, que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayuda muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Alvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el “anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo”.

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por monseñor Escrivá de Balaguer era una “expresión de la perenne juventud de la Iglesia De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del_ amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.

Ángel SUQUÍA, Cardenal-arzobispo de Madrid