Monthly Archives: Enero 2013

Edición crítica de Conversaciones

El próximo martes 29 de enero, la facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra organiza la presentación en Madrid de la “Edición crítica de Conversaciones” con un “Celebrating Journalism” en una mesa redonda virtual en la que participarán más de 30 periodistas. Para más información, se puede consultar:

– blog (http://conversacionescon.es/)

– Twitter: @conversacionesc

– spot para anunciar el acto: http://youtu.be/8lOOCpABKpo

invitacion baja

El Venerable Escrivá y el Sacerdote Diocesano

Fremiot Torres Oliver, obispo de Ponce (Puerto Rico)

Fuente: El Visitante, San Juan, Puerto Rico, 18.IV.1992

Tengo El convencimiento de que el Venerable Josemarla Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, es, por su vida y sus escritos, como esa “lámpara encendida” (Mt 5,15) puesta por Dios para que muchas almas de hoy y del mañana encuentren el camino de la felicidad. Me he sentido afianzado en mi pensar, al saber que el próximo día 17 de mayo Su Santidad el Papa Juan Pablo II, como Pastor y Maestro de la Iglesia Universal, declarará como Beato al Fundador del Opus Dei, es decir, lo propondrá a todos los miembros del Pueblo de Dios como nuevo Modelo e Intercesor en el camino de imitar a Cristo.

Al conocer su vida -en cualquiera de las biografías, que de él se han publicado- me impresiona de manera particular su amor a los sacerdotes diocesanos; amor que en tantas ocasiones llegó hasta el heroísmo. Escribe, por ejemplo, la Doctora Ana Sastre: “En el intervalo que media entre 1939 y 1946, el Padre viaja constantemente a diversas ciudades españolas porque los Obispos siguen reclamando su colaboración para llevar la palabra de Dios a las gentes (…) En ocasiones se desplaza con fiebre, enfermo y agotado (…). Dirige retiros espirituales; ayuda a todos los que quieren acercarse a su ministerio. Le escuchan sacerdotes y religiosos, (…) Los Obispos de las Diócesis españolas le invitan continuamente a predicar, en la certeza de que su amor por el sacerdocio podrá entusiasmar a los seminaristas para seguir con renovado fervor el camino elegido y consolidar su vocación llevándoles a una vida espiritual más intensa. (Cfr. Ana Sastre, Tiempo de caminar, págs. 249-250).

Heroico fue, sin duda, Monseñor Escrivá de Balaguer, cuando en el mes de abril de 1941 deja en Madrid a su madre gravemente enferma, para cumplir con el compromiso, hace tiempo adquirido, de predicar unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Precisamente en esos días, mientras predicaba a esos sacerdotes, murió doña Dolores Albás. Desde entonces, el Fundador del Opus Dei siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. (Cfr. Tiempo de caminar, págs. 279-280).

Y heroica tuvo que ser -sólo Dios sabe hasta qué grado- su decisión de dejar la Obra y pensar en una nueva fundación exclusiva para los sacerdotes diocesanos. Él mismo lo dijo así en cierta ocasión: “He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (…) Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (…), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 298).

Creo que comprendo bien -y agradezco, como Obispo- la profunda alegría del Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando en los primeros meses del año 1950 ve, con la claridad de una impetuosa moción de Dios en su alma, que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Lleno de humildad -que es la verdad- reconocerá la especialísima Providencia de Dios sobre él, con estas palabras: “La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías; providencia ordinaria de Dios”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 289).

Pero el Fundador del Opus Dei supo y quiso ser instrumento fidelísimo de esa Providencia ordinaria de Dios. Y dejándose guiar, tanto por el inmenso cariño que Dios le puso en el corazón a los sacerdotes diocesanos, como por su exquisito sentido de la justicia, acertó a plasmar en los Estatutos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz el respeto más delicado para la autoridad jerárquica de cada Obispo sobre los sacerdotes de sus respectivas Diócesis.

Cualquiera puede leer dichos Estatutos, que aparecen publicados en libros de fácil adquisición. Puedo, además, testimoniar como Obispo que soy, que el Prelado del Opus Dei, Excmo. y Rvdmo. Mons. Alvaro del Portillo, nos los hizo llegar a todos los Obispos en cuyas diócesis trabaja el Opus Dei.

Abundan en lo dicho estas palabras: “El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesiten en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario”. (Cfr. Tiempo de caminar, pág. 299).

El Concilio Vaticano II nos enseña “que la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes” (Optatam Totius, Proemio). Considero, por eso, que es un buen motivo de alegría para todos los católicos y de agradecimiento al Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, el que nuestros sacerdotes puedan libremente disponer de un medio nuevo más, que les ayude eficazmente a ser fieles a su vocación.

Un nuevo beato para la Iglesia

Fuente: EL MERCURIO, Chile, Valparaíso, domingo 17 de mayo de 1992

Por Francisco de Borja Valenzuela Ríos, Arzobispo de Valparaíso

Hoy 17 de mayo, domingo quinto de Pascua, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. En varias oportunidades, he tenido la alegría de presidir la Eucaristía que cada año, el día 26 de junio, se ha celebrado en su memoria y en la que hemos rogado por su pronta beatificación. Considero, pues, un verdadero regalo pascual para la Iglesia esta nueva luz que se enciende en el firmamento de los bienaventurados.

Dios, en su infinita caridad y misericordia para con los hombres, nos ofrece en la persona de este hijo suyo que llega a los altares, un modelo de santidad sacerdotal y un camino de santificación, de actualidad, a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

Para quienes hemos recibido el precioso don de la vocación sacerdotal, el ejemplo del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, nos impulsa a reavivar la gracia que un día recibimos por la imposición de las manos episcopales.

Nos recordaba el Santo Padre Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes, con ocasión del Jueves Santo de 1986: “el sacerdocio ministerial, que es nuestra heredad, es también nuestra vocación y nuestra gracia. Marca toda nuestra vida con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. A ello nos sentimos arrastrados por el ejemplo de tantos sacerdotes que nos han precedido”.

Monseñor, Escrivá de Balaguer, sin duda, se inscribe en ese numeroso grupo de “sacerdotes qué nos han precedido”, y que con su ejemplo nos induce a servir a la Iglesia de Cristo con una entrega sin reservas, en santidad de vida. El ministerio sacerdotal del padre Josemaría fue muy fecundo para la Iglesia y el mundo. Basta considerar que, sólo en el curso de su vida, el Señor lo hizo instrumento valioso para que cerca de mil hijos suyos, provenientes de diversas nacionalidades y culturas, llegaran al ministerio sacerdotal, y le permitió conducir a miles de seglares, solteros y casados, por caminos de auténtica vida cristiana en medio de los afanes de este mundo.

La figura de este nuevo beato nos da mucho que pensar. Es inmenso el bien, grande la fuerza espiritual, profunda la renovación de los corazones, que un sacerdote santo puede suscitar con y por la gracia de Dios. Por este motivo, me siento inclinado a encomendar a su intercesión la santidad de los sacerdotes, por la que él tanto trabajó, y que lo convierte, como se lee en el decreto sobre la heroicidad dé sus virtudes, “en un luminoso ejemplo de celo por la formación sacerdotal”.

La beatificación del fundador del Opus Dei también encierra una significación eclesial que quisiera señalar brevemente. Monseñor Escrivá de Balaguer será el primer beato que llegue a los altares, fallecido con posterioridad al Concilio Vaticano II. Podría verse en este hecho una providencial coincidencia, ya que su predicación fue un valioso precedente de lo que el Papa Paulo VI denominó el elemento más característico de todo el magisterio conciliar: la invitación a la santidad a todos los fieles. Así lo hacía notar, en 1981, el Cardenal Ugo Poletti en el decreto de introducción de la causa de beatificación y canonización del Padre Escrivá: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde qué fundó el Opus Dei en 1928, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, ha !ido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia”.

El nuevo beato, a través de sus escritos, entrega con nitidez y renovado acento, lo que entraña el trabajo profesional o laboral, en la vida ordinaria del cristiano, para su santificación. Me parece que es como el carisma de este sacerdote: iluminar lo que significa para un laico su paso por la tierra.

Con sinceridad enseñaba la libertad en materia política:

“Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensa en política: ¡no me interesa…! No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la consecuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más límites que los que marca el Magisterio de la Iglesia”. Y en otro lugar señalaba:

“Me produce una pena muy grande enterarme de que un católico -un hijo de Dios que, por el Bautismo, está llamado a ser otro Cristo- tranquiliza su conciencia con una simple piedad formularla, con una religiosidad que le empuja a rezar de vez en cuando ¡sólo si piensa que le conviene…! Y luego, con desfachatez o con escándalo, utiliza para subir la etiqueta de cristiano”.

Quisiera mencionar un hecho que honra también a nuestra amada diócesis de Valparaíso y que he conocido recientemente. Cuando Monseñor Escrivá visitó nuestro país, en 1974, dentro de las actividades programadas para esos días, realizó una romería al Santuario de la Purísima de Lo Vásquez. Allí, de rodillas en el presbiterio, rezó el santo rosario acompañado de un grupo numeroso de fieles. Con anterioridad, había dicho que pediría a la Virgen tener la fe de los chilenos; que nos supiésemos amar con un corazón grande, sin excluir a nadie; que encomendaría a todos los sacerdotes, especialmente a los sacerdotes de Chile. Con el emotivo recuerdo de esta peregrinación a Lo Vásquez, Monseñor Escrivá dejó nuestro país, no sin antes haber comentado: “voy a decir por ahí, que los chilenos saben rezar”.

Deseo, finalmente, en estas líneas, con motivo de la beatificación del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, agradecer al Opus Dei los valiosos servicios que presta a nuestra diócesis, de manera particular, la colaboración que generosamente ofrece a nuestro Seminario Pontificio.

20 tuits de Benedicto XVI

El Santo Padre inauguró su cuenta en Twitter -@Pontifex_es– hace poco más de un mes. Desde entonces, ha lanzado 20 breves mensajes que han impactado en muchos corazones de todo el mundo.
1. Si amamos a nuestro prójimo, descubriremos el rostro de Cristo en el pobre, en el débil, en el enfermo y en el que sufre.
2. ¿Qué es lo que ocurre en el Bautismo? Nos unimos a Jesús para siempre, y renacemos a una vida nueva.
3. Que todo cristiano, en este Año de la fe, descubra la belleza de haber renacido al amor de Dios y de vivir como verdadero hijo suyo.
4. Siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendamos a darnos totalmente a nosotros mismos. Quien no es capaz de darse a sí mismo da muy poco.
5. Defendamos el derecho a la objeción de conciencia de los individuos y las instituciones, promoviendo la libertad y el respeto de todos.
6. Los nigerianos ocupan un lugar especial en mi corazón; muchos de ellos han sido víctimas de una violencia absurda en los últimos meses.
7. Os pido que os unáis a mi oración por Siria, para que el diálogo constructivo sustituya a la terrible violencia.
8. Los sabios siguieron la estrella y encontraron a Jesús, la gran luz que ilumina a toda la humanidad.
9. Cuando nos abandonamos totalmente en el Señor, todo cambia. Somos hijos de un Padre que nos ama y nunca nos abandona.
10. Que el Señor os bendiga y os proteja en el nuevo año.
11. Poner juntos el Nacimiento en mi casa, que tanto nos gustaba. Cada año añadíamos figuras nuevas y usábamos musgo para decorarlo. (Respuesta a: ¿Qué tradición familiar navideña de tu niñez recuerdas todavía?)
12. Al finalizar este año, pidamos por la Iglesia, para que, no obstante sus limitaciones, se afiance cada vez más como morada de Dios.
13. Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano.
14. Cuando niegas a Dios, niegas la dignidad humana. Quien defiende a Dios, está defendiendo al hombre.
15. María recibe con gozo el anuncio de que será madre de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. La auténtica alegría nace de la unión con Dios.
16. En nuestro camino de fe hay momentos de luz y de oscuridad. Si quieres caminar siempre en la luz, déjate guiar por la Palabra de Dios.
17. Ofrece al Señor todo lo que haces, pide su ayuda en todas las circunstancias de la vida diaria, y recuerda que él está siempre a tu lado. (Respuesta a: ¿Qué nos aconseja para rezar más en medio de nuestras obligaciones profesionales, familiares y sociales?)
18. Con la certeza de que, quien cree, nunca está solo. Dios es la roca segura sobre la que construir la vida, y su amor es siempre fiel. (Respuesta a: ¿Cómo vivir la fe en Jesucristo en un mundo sin esperanza?)
19. Dialoga con Jesús en la oración, escucha a Jesús que te habla en el Evangelio, encuentra a Jesús, presente en el necesitado. (Respuesta a: ¿Cómo podemos vivir mejor el Año de la Fe en nuestro día a día?)
20. Queridos amigos, me uno a vosotros con alegría por medio de Twitter. Gracias por vuestra respuesta generosa. Os bendigo a todos de corazón.

Del Prelado del Opus Dei, carta enero 2013

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

A lo largo de las santas fiestas de la Navidad, nos hemos acercado muchas veces a la gruta de Belén para contemplar a Jesús en brazos de su Madre. Hemos ido para adorarle, movidos también por el deseo de representar de algún modo a la humanidad entera. Y hoy, al comenzar el nuevo año, leemos con emoción en la segunda lectura de la Misa unas palabras de san Pablo: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos[1].

En nuestras almas crece el afán de comunicar a todo el mundo esta buena nueva, como repetía, ¡con novedad!, nuestro Padre, al llegar estas fiestas del nacimiento del Señor. Querríamos que le trataran muy bien en todos los rincones, que le recibieran con cariño en el mundo entero. Y habremos procurado cubrir el silencio indiferente de los que no le conocen o no le aman, entonando villancicos, esas canciones populares que cantan pequeños y grandes en todos los países de vieja tradición cristiana. ¿Os habéis fijado que siempre hablan de ir a ver, a contemplar, al Niño Dios? Como los pastores, aquella noche venturosa: vinieron a toda prisa, y hallaron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre (Lc 2, 16)[2].

Llenos de asombro, hemos contemplado en los días pasados esta gran manifestación de la benevolencia divina. ¡No cesemos de asombrarnos! Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido[3]. Por eso, además de imitar a los pastores que acudieron con prontitud a la gruta, podemos fijarnos en el ejemplo de los Magos, a quienes recordaremos en la próxima solemnidad de la Epifanía. Gracias a su fe humilde, aquellos hombres superaron las dificultades que encontraron en su prolongado viaje. Dios iluminó sus corazones para que, en la luz de una estrella, descubrieran el anuncio del nacimiento del Mesías. Fueron dóciles, y esa disponibilidad les condujo hasta Belén. Allí, entrando en el lugar donde se alojaba la Sagrada Familia, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra[4].

Seamos también nosotros dóciles a las mociones de la gracia, que nos llega por medio de los sacramentos; también en la oración personal, al meditar las escenas del evangelio, y al aceptar de buen grado los consejos de la dirección espiritual, tratando de ponerlos en práctica. Resulta totalmente lógica la exhortación de santo Tomás de Aquino: «Debido a la debilidad de la mente humana, y del mismo modo que necesita ser conducida al conocimiento de las cosas divinas, así requiere también ser conducida al amor como de la mano, por medio de algunas cosas sensibles que nos resultan fácilmente conocidas. Y entre éstas, la principal es la Humanidad de Jesucristo, según lo que decimos en el Prefacio de Navidad: “Para que conociendo a Dios visiblemente, seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles”»[5].

El Credo de la Misa expone con suma sencillez el misterio de la Encarnación redentora, al confesar que el Hijo de Dios, por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre[6]. En estas pocas palabras, que pronunciamos o cantamos acompañadas de una inclinación profunda, se narra el acontecimiento central de la historia, que nos ha abierto las puertas del Cielo. En ese texto, como en una filigrana, se escucha el eco de las tres narraciones de la Encarnación que nos transmiten los evangelios. San Mateo, al relatar la anunciación del misterio a san José, pone en boca del ángel los mismos términos referentes al Hijo de la Virgen María: le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados[7]. La encarnación y el nacimiento de Jesús manifiestan la infinita bondad divina: como no podíamos volver a Dios por nuestras propias fuerzas, a causa del pecado —el original y los personales—, Él salió a nuestro encuentro: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[8]. Os recuerdo aquella consideración de nuestro Padre, con la que nos urgía a vivir una fe actual, profunda: se termina perdiendo la fe, si no nos quedamos pasmados ante los misterios de Dios[9]. ¿Cuidamos con delicadeza el trato con Jesús? ¿Agradecemos esa omnipotencia del Señor que reclama nuestra sumisión, como prueba de amor?

Verbum caro factum est[10]. El Verbo de Dios no sólo se ha acercado para hablarnos, como antes en el Antiguo Testamento, sino que se ha hecho uno de nosotros, descendiente de Adán y Eva, al tomar carne y sangre de la Virgen María; igual en todo a nosotros excepto en el pecado[11]. Ha querido venir al mundo para enseñarnos que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas[12], y nos insta a que los recorramos santamente, con perfección sobrenatural y humana. ¡Qué infinita y maravillosamente se nos acerca el Dios con nosotros!

San Lucas, al narrar la anunciación a Nuestra Señora, recoge la conversación del Arcángel Gabriel con María, explicándole el designio de Dios: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios[13]. En Santa María converge la mirada amorosa de las tres Personas divinas, que la habían elegido desde la eternidad para ser la auténtica arca de la alianza, el refugio de los pecadores, porque en su seno purísimo iba a tomar carne humana el Hijo de Dios. Su respuesta inmediata y decidida —fiat mihi secúndum verbum tuum[14], hágase en mí según tu palabra— abrió paso a este gran y consolador misterio. Cada día, al recitar el Ángelus, conmemoramos ese momento singular de la historia de la salvación. ¿Con qué devoción surge nuestro rezo? ¿Damos gracias a Nuestra Señora desde el fondo del alma, por su entrega total al cumplimiento del designio divino? Saboreemos más y más la consideración de san Josemaría: ¡oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas![15].

Todas estas razones, y muchas más que cabría enumerar, se pueden resumir en una sola: «El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo, y recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”»[16].

Jesucristo es realmente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo del eterno Padre que ha asumido verdaderamente nuestra naturaleza humana, sin dejar de se
r Dios. Jesús no es un ser en parte divino y en parte humano, como una mezcla imposible de la divinidad y la humanidad. Es perféctus Deus, perféctus homo, como proclamamos en el Quicúmque o Símbolo Atanasiano. Esforcémonos por adentrarnos a fondo en esta verdad; pidamos al Paráclito que nos ilumine para captarla con más hondura, convirtiéndola en vida de nuestra vida, y para comunicarla con santo entusiasmo a los demás. No olvidemos que hemos de manifestar en todo momento, en cualquier circunstancia, el orgullo santo de ser hermanos de Jesús, hijos de Dios Padre en Cristo.

Considerémoslo una vez más: «La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios, engendrado de la misma sustancia del Padre antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre Santísima en el tiempo. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. Y, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona»[17].

Evidentemente nos encontramos ante un misterio tan esplendoroso que la razón queda deslumbrada al considerarlo. Sucede —y la analogía se queda muy pobre— como cuando alguien intenta mirar directamente al sol y debe apartar los ojos porque no cabe resistir a tanta luz. Ante el misterio de la Encarnación, no hay más alternativa que la que señalaba nuestro Padre: hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres[18].

Precisamente en la gruta de Belén se manifiesta no sólo la infinita caridad de Dios a sus criaturas, sino también su insondable humildad. Ese Niño que emite sus primeros vagidos, que tiene frío, que está necesitado del calor de María y de José, es el Dios todopoderoso y eterno, que, sin abandonar el Cielo para venir a la tierra, quiso despojarse de la gloria de su divinidad: siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres[19]. Ante tan maravillosa realidad, se entiende que nuestro Padre exclamara con frecuencia: ¿por qué me quieres tanto, Señor?

La paradoja cristiana —comenta Benedicto XVI— consiste precisamente en la identificación de la Sabiduría divina, es decir, el Logos eterno, con el hombre Jesús de Nazaret y con su historia. No hay solución a esta paradoja, si no es en la palabra “Amor”, que en este caso naturalmente se debe escribir con “A” mayúscula, pues se trata de un Amor que supera infinitamente las dimensiones humanas e históricas[20].

Para que quedase claro que la humildad resulta imprescindible para recibir la luz de la Encarnación, la Escritura nos cuenta que los primeros testigos del anonadamiento divino —aparte de María y de José— fueron unos pobres pastores que velaban sus rebaños en los alrededores de Belén; gente llana y poco considerada por los demás. El Señor se fijó en ellos porque «lo que atrae la benevolencia de Dios es sobre todo la humildad del corazón»[21]. El mismo Jesús, años más tarde, dará gracias a su Padre celestial: porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien[22].

También los Magos reconocieron al Mesías porque fueron sencillos, generosamente atentos al signo divino. Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios[23].

Recuerdo con emoción las veces que san Josemaría ponía ante nuestros ojos la escena del nacimiento del Señor. Hablaba de la cátedra de Belén, donde Jesús Niño nos imparte muchas lecciones; entre otras, y especialmente, la de la humildad, para que aprendamos a rendir nuestro orgullo y nuestra soberbia, contemplando al divino Infante. Admiremos además que, al fijarse en la Virgen María para hacerla Madre suya, le atrajo —hablando a lo humano— especialmente su humildad, su bajeza: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones[24].

Esta disposición, que hemos de pedir al Señor, no excluye la aspiración a lograr más eficacia en la tarea que nos ocupa a cada uno, poniendo todos los medios humanos a nuestro alcance para mejorar, para honrar a Dios con nuestro quehacer. Al contrario, como expone el Santo Padre, se trata de estudiar, de profundizar en los conocimientos manteniendo un espíritu de “pequeños”, un espíritu humilde y sencillo, como el de María, la “Sede de la Sabiduría”. ¡Cuántas veces hemos tenido miedo de acercarnos a la cueva de Belén porque estábamos preocupados de que pudiera ser obstáculo para nuestro espíritu crítico y para nuestra “modernidad”! En cambio, en esa cueva cada uno de nosotros puede descubrir la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, sobre sí mismo. En ese Niño, nacido de la Virgen, ambas verdades se han encontrado: el anhelo de la vida eterna por parte del hombre enterneció el corazón de Dios, que no se avergonzó de asumir la condición humana[25].

En esta batalla santa para que sólo Dios brille en nosotros, en nuestro trabajo, en nuestro apostolado, acudamos a la intercesión de nuestro Padre, especialmente el día 9, aniversario de su nacimiento, y el 13, aniversario de su bautismo, rogándole que nos obtenga más luces del cielo. No ceséis de rezar por la Iglesia y por el Papa, por los apostolados de la Obra, bien unidos a mis intenciones y conscientes de que necesitamos de la oración de nuestros hermanos los cristianos.

Gracias a Dios, la labor va creciendo en todas partes, pero hemos de llegar a más personas, a más ambientes, a nuevos lugares: Jesús nos lo reclama desde las pajas de Belén, porque desea que colaboremos con Él en la misión de la Iglesia de llevar la redención a todas las almas. He experimentado las hambres de Dios de tantas y tantas personas, también en mi reciente viaje a Verona —¡qué estupendamente bien se está con vosotros, con los demás!—, a mediados del mes pasado, y las “veo” en las noticias que recibo desde todas las partes del mundo.

Al comenzar el nuevo año, en esta solemnidad de la maternidad divina de María, y en las diferentes fechas que en este mes jalonan la historia de la Obra, invoco —acudiendo a nuestra Madre— la bendición del Señor sobre cada uno de vosotros y vuestras familias, sobre vuestros trabajos y vuestras labores de apostolado. Con todo cariño, os bendice

                                      
                                                vuestro Padre

                                                                                      + Javier

 

Roma, 1 de enero de 2013. 

Notas

[1] Misal Romano, Solemnidad de Santa María Madre de Dios, Segunda lectura (Gal 4, 4-5).

[2] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1973.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[4] Mt 2, 11.

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 82, a. 3 ad 2.

[6] Misal Romano, Ordinario de la Misa, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[7] Mt 1, 21.

[8] Jn 3, 16.

[9] San Josemaría, Notas de una conversación, 25-X-1973.

[10] Jn 1, 14.

[11] Cfr. Hb 4, 15.

[12] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[13] Lc 1, 35.

[14] Lc 1, 38.

[15] San Josemaría, Camino, n. 512.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica. n. 460. La cita proviene de san Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 3, 19, 1 (PG VII/1, 939).

[17] Símbolo Quicúmque 30-36 (Denz. 76).

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[19] Flp 2, 6-7.

[20] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

[21] Beato Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 6-XI-1996.

[22] Mt 11, 25-26.

[23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.

[24] Lc 1, 48.

[25] Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas del 17-XII-2009.

Un jesuita habla del Fundador del Opus Dei

EL NUEVO DIA-VIERNES 10 DE ABRIL

Perspectiva

San Juan, Puerto Rico

Guillermo Arias, S.J.

(El autor es un sacerdote jesuita que dirige el “Apostolado de la Oración” en Puerto Rico).

Don Josemaría

Dentro de los ambientes católicos -y aun fuera- a muchos les irrita que el Opus Dei sea noticia. Frecuentemente lo es. Estos días, debido a la próxima beatificación en Roma de su fundador, Don Josemaría Escrivá de Balaguer. Fecha: 17 de mayo de 1992.

En este mundo ramplón y adocenado sobresalir para lo bueno es un delito que sólo se le perdona -y no del todo- a la Madre Teresa de Calcuta. Los santos más bien nos escuecen ya que sus vidas nos afirman que se puede.

Bueno, por beatificación entendemos ese acto oficial de la Santa Sede Apostólica, por medio del cual el Vicario de Cristo confiere a un fiel difunto el honor de beato -afirmando con ello, que goza de la eterna bienaventuranza- y permite que se le tribute culto público, pero limitado a ciertos actos y ciertos lugares. Se trata de un grado de perfección inferior al que se les reconoce a los que llamamos santos…

Lo que pretende la Iglesia con estas declaraciones y procesos no es una afirmación de excepcionalidad, sino de ejemplaridad. Ser santo no es profesión de minorías sino la sustancia misma de la vida cristiana. Esa fue, de hecho, una de las grandes batallas e intuiciones de Don Josemaría: Todos estamos llamados a la santidad, y tenemos que alcanzarla mediante nuestro esfuerzo de ser fíeles a la voluntad de Dios en el hoy y aquí de nuestras vidas.

Es fácil decirlo. Para lograrlo necesitamos toneladas de gracia, amor, dedicación y valor.

Personalmente, sólo conozco como una docena de mujeres y hombres activos en el Opus Dei. De todos, me impresiona el valor y la dedicación con que viven su profesión, su estado de vida y su fe.

Estos días me he acordado mucho de una conversación de hace algún tiempo con mi amigo el Lcdo. Max Olivera, que estudió leyes en Salamanca.

Me decía que en su Facultad cuando un profesor llegaba siempre a tiempo a clases y la traía muy bien preparada y corregía los exámenes con mucho cuidado y trataba a los estudiantes con mucho respeto, pronto se corría la voz de que era del Opus.

No he oído una apología más efectiva de la Obra y de su gente. Y es que no hay más cera que la que arde. Y no hay más buena gente que la que cumple con su deber. Y no hay más santo que el que hace con cariño y entrega lo que tiene que hacer por obligación. Y eso es lo que Monseñor Escrivá se dedicó a meterles en el corazón a sus hijos.

Volviendo a lo de la beatificación, me atrevo a decir que la mayor objeción a cómo se ha conducido el proceso debe ser la del propio Don Josemaría, desde el cielo. Él, que se confesaba sanamente anticlerical, hubiera preferido que sus hijos promovieran la causa de alguno de los miembros laicos de la Obra, antes que la suya.

La revista española Tiempo, hace poco, dedicaba una portada y nueve páginas a criticar la decisión de Juan Pablo II de proceder a su beatificación. Entre muchas otras, estas dos citas de Camino -que escogen para criticarlo- me llaman mucho la atención: “Si no tienes plan de vida, nunca tendrás orden. ¿Virtud sin orden? Rara virtud”. “Sé intransigente en la doctrina y en la conducta”. Desde luego, porque para mí, lo defienden.

No se fabrican santos en abstracto, sino en carne y hueso. Escrivá de Balaguer nació en pleno Aragón. Y además de santo, entonces, como buen baturro, fue testarudo, tenaz, persistente. Para lo bueno… Además, muy trabajador y organizado. Algo noblemente aristocrático y muy limpio. Y por todas estas virtudes se le ha criticado cruelmente.

No fue un español de los de ¡viva la Pepa! Su pedagogía ascética es minuciosa, exigente, detallada. Y eso no se lo perdonan los que están empeñados en que para ser santos no hay que tener director espiritual ni sudar la ascesis. Basta ser muy libres de espíritu…

Lo de que fue algo aristocrático y muy limpio es escándalo mayor para quienes el ser muy democráticos, bastos y hasta algo despeinados, es casi un requisito para poder calificar de santo. Pero no es así; el Señor respeta la soberana libertad que nos confió de ser sanamente nosotros mismos. Y nunca le molestó que Don Josemaría fuera tan puntilloso en usar camisas blancas de manga larga bajo su sotana, siempre muy limpia. Tuvo una que le duró 18 años de uso continuo. Santidad, pobreza y pulcritud conjugaban en su persona.

Le enfermaba ver una estatua barata y de mal gusto, un cáliz sucio y averiado, un altar feo y despintado. “Los enamorados -decía- no se regalan trozos de hierro ni sacos de cemento, sino cosas preciosas: lo mejor que tienen. Cuando ellos cambien, cambiaremos nosotros”. Y también por esto, se le ha criticado acerbamente hoy que ya nos hemos acostumbrado a tanto templo feo, mal pintado y peor barrido. De los manteles del altar mejor ni hablo.

Creía que el obsequiar a Dios lo mejor tenía que conducir, necesariamente, a servir con semejante esmero al prójimo necesitado. Le fascinaba reconocerse y reconocer en todos a un hijo, una hija de Dios. Y sacaba rigurosamente las consecuencias: Hay que servir siempre con el mayor esmero, pues a quien sirvo en el otro es a Dios mismo. A mí me da la impresión de que los centros de promoción social que anima la Obra quizás no sean tan numerosos, por ese afán mismo de brindar en ellos el más exigente y calificado servicio posible.

Sé que me dejo en el tintero muchos aspectos importantes de la semblanza espiritual y humana de Don Josemaría. El Padre, como le llaman con tanto cariño sus hijos y herederos espirituales. Después de todo, mi relación con su persona y su Obra es demasiado tangencial… No puedo pretender hacerle justo honor en tan limitado espacio.

Quizás sólo quería decir que para entender al Opus y a su fundador es necesario entender que Dios, nuestro Señor, no nos lleva a todos por los mismos rumbos, ni nos pide que nos pongamos el mismo uniforme. En fin, que históricamente, tal parece que respetarnos mutuamente nos ha costado mucho más que amarnos.

Menos mal que, frente a la mezquindad de tantos de nosotros, no han faltado nunca en la Iglesia mujeres y hombres capaces de darle al mundo el fascinante espectáculo de su santa intransigencia ante el supremo mal, que es el pecado. De su obstinado afán por seguir e imitar a Jesús, el único Bueno como el Padre Dios.

No fueron seres humanos impecables o impasibles. Y en esa dirección, es que se me antoja cerrar esta columna acerca de un cura en vía de los altares con esa frase que Bernanos pone en labios del protagonista de su novela Diario de un cura rural: “Yo ante la muerte no intentaré hacerme el héroe o el estoico. Sí tengo miedo, diré: Tengo miedo. Pero se lo diré a Jesucristo…” Me parece que de eso es de lo que se trata: Vivir en continua referencia a Jesucristo para llegar a ser santos a pesar de todos y de todo.

(El autor es un sacerdote jesuita que dirige el “Apostolado de la Oración” en Puerto Rico).