Sacerdote para servir a todos

PALABRA 326, V-92 (270), Madrid, España

Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote para servir a todos

Por Javier ECHEVARRÍA Vicario General del Opus Dei

A finales de abril de 1927, un joven sacerdote aragonés llegaba a Madrid procedente de Zaragoza, donde un par de años antes, el 25 de marzo de 1925, había recibido la ordenación presbiteral. Con el permiso de su Ordinario, acudía a la capital para hacer los cursos de doctorado en Derecho, que entonces sólo podían realizarse en la Universidad Central. Esta institución, la única de su género que por entonces había en Madrid, tenía su sede en un rancio caserón de la calle de San Bernardo. El nombre de ese joven sacerdote era Josemaría Escrivá de Balaguer: la Iglesia lo proclamará Beato dentro de pocos días, diecisiete años después de haber fallecido en Roma.

Entre la correspondencia que Josemaría Escrivá de Balaguer mantuvo en aquellos primeros meses de estancia en Madrid, se han encontrado cartas de antiguos profesores y compañeros suyos de las aulas cesaraugustanas, pidiendo al amigo de la capital que realizara en su favor las más diversas gestiones: desde conseguir un libro o los apuntes de una asignatura determinada, hasta obtener información sobre los cursos de doctorado. A todos esos ruegos, el futuro Fundador del Opus’ Dei respondía con premura, gozoso de poder prestar un servicio a aquellas personas con las que había convivido más o menos tiempo.

Es un hecho pequeño, pero significativo del talante amable de Josemaría Escrivá de Balaguer, que desde niño manifestó un acendrado espíritu de servicio, destinado a acrecentarse sin cesar a lo largo de toda su existencia. Mi orgullo es servir, repetiría luego innumerables veces, enseñando a sus hijas e hijos del Opus Dei, y amillares y millares de hombres y mujeres en el mundo entero, esta disposición esencial del espíritu cristiano.

UN HOGAR CRISTIANO

En su hogar de Barbastro, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer recibió las primeras lecciones de servicio a Dios y a los hombres. Las aprendió de sus padres, cristianos ejemplares, que en toda ocasión mostraron -como han manifestado testigos oculares- una habitual disposición de servicio a los demás. En su padre, don José Escrivá y Corzán, vio un ejemplo de caballero cristiano, hondamente preocupado por las necesidades espirituales y materiales, no sólo de su propia familia, sino también de los empleados de la pequeña industria de la que era copropietario, y de las comunidades religiosas de la pequeña ciudad alto-aragonesa donde residía. En su madre, doña Dolores Albás, contempló una imagen fiel de mujer cristiana, discreta, piadosa sin beatería, que -de acuerdo en todo con su marido- sabía educar a sus hijos en la libertad y responsabilidad personales, inculcándoles los altos ideales predicados por Jesucristo. Con el paso de los años, Josemaría repetirá una frase que le decía a menudo su madre, cuando él -niño de pocos años- se escondía debajo de la cama para no saludar a las señoras que iban de visita a la casa: Josemaría, la vergüenza sólo para pecar. Tenazmente grabada 1970) en su mente quedó esta enseñanza, que tanto bien ha hecho a innumerables almas de los cinco continentes, cuando predicaba a los cuatro vientos la necesidad de ser muy sinceros con Dios, consigo mismo y con los demás, sin dejarse jamás dominar por una falsa vergüenza, que tantas veces paraliza las mejores energías e impide gastarse generosamente en el servicio de Dios y de las almas.

En aquel hogar corriente -ni beato ni frívolo: normal, cristiano-, Josemaría fue formando su personalidad de acuerdo con la doctrina y con el ejemplo que recibía. Aprendió a amar la renuncia y la abnegación, a apreciar las cualidades buenas que veía en otras personas y a aprender de ellas, a valorar la amistad, a saborear la alegría de compartir la propia abundancia -espiritual o material- con los necesita. dos, a dar limosna con señorío, sin hacerlo notar ni pesar… En definitiva, a comportarse con esa naturalidad cristiana que no conoce otro temor o vergüenza que el de ofender a nuestro Padre del Cielo.

Fruto de esta educación familiar, confirmada por las instrucciones de sus maestros en las dos escuelas que frecuentó, fue su instintiva repulsa hacía toda clase de incomprensión o falta de justicia. No sé soportar la injusticia sin protesta, proceda de donde proceda, solía comentar. Y añadía que, cuando veía a alguna persona maltratada, con las palabras o con las obras, o peor aún, injustamente abandonada a la crueldad de la indiferencia, experimentaba la necesidad imperiosa de ponerse al lado del desvalido, para correr por amor de Cristo la suerte que él corriera.

Estas reacciones de Josemaría Escrivá de Balaguer desde su infancia, junto a una base natural adquirida, se producían a impulsos de la gracia, que preparaba desde los primeros momentos a un alma destinada a ser instrumento para la realización de una labor divina. El Opus Dei, en efecto, habría de difundir este afán de servicio entre gentes de toda raza, nación y condición social; y habría de llevarlo a todos los lugares como parte esencialísima del espíritu cristiano, que incluye entre sus componentes principales un mensaje de tolerancia, de respeto mutuo y, más aún, de auténtica fraternidad, que se fundamenta en la espléndida realidad sobrenatural de la filiación divina en Cristo.

De este modo, diría que casi sin proponérselo, de una manera amable y natural, Josemaría Escrivá de Balaguer comenzó a vivir ya en los años de la infancia y la adolescencia el sacerdocio real de los cristianos, anunciado por San Pedro en una de sus epístolas (cfr. 1 Petr 2, 9), y que tiene como manifestaciones principales las propias del afán de servicio, tan claramente patentes en la figura de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, modelo y ejemplar de todos los cristianos, sean clérigos o laicos, llamados todos a cultivar en sus almas los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cfr. Fil 2, 5).

SERVIDOR DE TODOS

Es bien sabido que el Señor concede a cada alma las condiciones humanas y sobrenaturales que mejor se adecuan a la misión que desea confiarle; cualidades que cada uno, impulsado y ayudado por la gracia, debe empeñarse en hacer fructificar en la batalla diaria. Entre las cualidades que Josemaría Escrivá de Balaguer, por disposición divina, debía poseer y cultivar para desempeñar con fidelidad su misión, resalta ésta: saberse servidor de todos. Además de contemplar cotidianamente ese espíritu en su hogar, lo aprendió sobre todo en el Evangelio. ¡Cuántas veces, por los años 20, mientras se preparaba con la oración, el estudio y la penitencia para cumplir la Voluntad de Dios, cuando El se la manifestara, meditó unas palabras que definen el más hondo sentido de la misión de Jesucristo en la tierra!: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos (Mt 20, 28). Con el Evangelio en la mano y bien impreso en el corazón, tratando de hacerlo carne de su carne y vida de su vida, Josemaría Escrivá grabó en su inteligencia y en su voluntad las más sublimes lecciones de servicio a Dios y a los hombres.

Atravesamos tiempos en los que la palabra servicio está prácticamente borrada del diccionario de uso corriente; y cuando se utiliza, no son pocos los que irónicamente imaginan que es la tapadera de ambiciones inconfesables. ¡Tan escasamente han calado esas gentes en la vida de Cristo, que fue toda entera -segundo a segundo, desde el pesebre a la cruz- un servicio a la humanidad! Para Josemaría Escrivá de Balaguer, en cambio, servir era un término que ponía en vibración las fibras más hondas de su ser. Ya desde chico, como he señalado, había descubierto el tesoro de servir de buena gana a los demás. Más adelante, para disponerse lo mejor posible a cumplir la Voluntad de Dios, decidió hacerse sacerdote, sin detenerse ante las exigencias que esa determinación comportaba: el alejamiento de su familia, tan querida; la renuncia a planes para el futuro que a los quince o dieciséis años estaba ya forjando… No puedo omitir que también esos planes profesionales estaban impregnados de deseos de servir a los demás. Soñaba, por ejemplo, con ser arquitecto, como ejercicio de un arte y como medio para fomentar el bienestar de las familias y de la sociedad.

Deseo destacar que, aunque extraordinaria en sí misma, la llamada divina le llegó de un modo ordinario. El episodio que puso en movimiento las ansias de su alma y le encaminó por senderos de servicio abnegado y total no se presentó como algo fuera de lo común: las huellas de los píes descalzos de un fraile carmelita sobre la nieve fresca. Lo extraordinario fue la respuesta de ese adolescente a una señal que también otras personas debieron sin duda advertir, en aquel frío día del invierno logroñés de 1917-18. Sin embargo, no se sintieron removidas, como lo fue Josemaría en lo más hondo de su alma, por ese acontecimiento en apariencia intrascendente. ¿Qué hago yo por Nuestro Señor?, fue su reacción inmediata. De ahí arranca su decisión de entregarse a Dios en el sacerdocio, como preparación necesaria -así lo percibía claramente, ya en esos momentos- para otra cosa que el Señor le haría ver en el momento oportuno.

Con la vocación sacerdotal, Josemaría Escrivá de Balaguer sintió acrecentarse en su alma las hambres de servicio. Como precisa la Sagrada Escritura, el sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombres (Hebr 5, 1). Sí se separa de ellos, es para estar más cerca, para hermanarse con ellos -con cada alma- median te vínculos más fuertes, ya que el sacerdote, de un modo peculiar y propio, hace en esta tierra las veces de Cristo Sacerdote, que se abajo hasta la entrega total de su vida pop- amor de sus hermanos los hombres. Con el fuerte aliento del ejemplo del Maestro, Josemaría Escrivá se propuso actuar siempre in nomine Domini y se dedicó sin reservas a su sacerdocio. Desde el primer momento tuvo claro que todo -familia, proyectos, gustos, situaciones…- había que supeditarlo a los planes de Dios. Plenamente consciente de que el Sacerdote es instrumento privilegiado de la gracia de Dios, procuró siempre conservarla y dilatarla en su alma, para poder distribuirla a los demás sin poner ningún obstáculo.

En su sacerdocio, imitando a su Maestro y Señor -¡Cristo mío!, le llamaba con dulzura y admiración-, amó a todos, también a los que se proclamaban enemigos de su persona o de su tarea; y por ellos -por cada uno rezó a diario, ejercitando con plenitud su alma sacerdotal. Me consta que jamás se sintió enemigo de nadie; quiso bien a todos y los sigue queriendo desde el Cielo. Esa fue y es su moneda de cambio con quienes han pretendido o pretenden denigrarle.

OPUS DEI

El 2 de octubre de 1928, fecha fundacional del Opus Dei, Josemaría Escrivá se supo clara e inequívocamente llamado por Dios a prestar a la humanidad entera un servicio estupendo: el de recordar a los cristianos la inmensa dignidad a que han sido elevados por la gracia de la adopción divina, hasta el punto de estar todos ellos llamados a alcanzar la santidad -una santidad de primera, solía precisar-, que la mayoría habrá de buscar sin salir de su sitio: de su estado, de su lugar de trabajo, de su puesto en el mundo.

Sea de profesión intelectual o manual, enfermo o sano, hombre o mujer, joven o entrado en años…, cualquier cristiano debe escuchar la llamada de Cristo, dirigida a él personalmente: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). En transmitir esta llamada, trazando además un camino claro y transitable para darle cumplimiento práctico, trabajó Josemaría Escrivá de Balaguer, con la gracia de Dios, hasta el último día de su existencia terrena. Y desde el primer momento puso al servicio de esta misión -al servicio de Dios y de los hombres- todas sus cualidades naturales y sobrenaturales.

Josemaría Escrivá no perdió jamás de vista la vivísima conciencia de ser un instrumento -sólo instrumento- en manos de Dios, para hacer el Opus Dei en la tierra. Toda su vida, los años que preceden a esa fecha y los que vendrían después, quedó iluminada por la fuerte luz recibida en su alma la mañana del 2 de octubre de 1928. Una de las principales cualidades de un instrumento, sí de veras ha de valer para la realización de un designio que le supera en todos los sentidos, es la plena subordinación a la causa principal, como el pincel en manos del artista (que es una de las metáforas preferentemente empleadas por el Beato Josemaría Escrivá al tratar de este tema). De nada serviría que el pincel fuera de la mejor calidad, sí por un absurdo no se dejara manejar por el pintor, sí pretendiera extender por su cuenta los colores sobre el lienzo.

En la realización de una labor de carácter sobrenatural como el Opus Dei, semejante impulso resulta absolutamente imposible. Es Dios mismo quien traza el diseño en su Eternidad inaccesible y es El quien elige el instrumento que ha de utilizar. Es El quien, llegado el tiempo previsto por su Sabiduría infinita, llena a la persona elegida de las gracias necesarias y convenientes para realizar su misión. Ciertamente, la criatura racional, haciendo un uso malo de su libertad, posee la triste capacidad de no secundar plenamente los planes divinos, de pretender lucir por su cuenta, de no querer ser, en definitiva, instrumento y sólo instrumento. Esta es la tentación más peligrosa que acecha a la criatura: la soberbia. Y éste fue el primer pecado que afeó la creación, el pecado de Lucifer. Por eso, la humildad, la plena convicción de la propia nada y, a la vez, de la omnipotencia de Dios, es requisito fundamental para secundar los planes amorosos de Dios en la historia.

Josemaría Escrivá de Balaguer llega a la gloría de los altares precisamente porque amó sin condiciones a Dios y a los demás; y ese amor se apoyaba en la humildad, en una humildad heroica. Humildad y amor que convirtieron su entera existencia en un sí decidido a la Voluntad de Dios. Naturalmente, antes de emitir su juicio, la Iglesia examina muy atentamente la vida de los Siervos de Dios, hasta llegar a la certeza moral de que practicaron todas las virtudes en grado heroico. Una de las más importantes, junto con la caridad, es la humildad, base y fundamento moral de todas las demás virtudes. Una humildad que, en el caso de Josemaría Escrivá, viene a ser una sola cosa con el espíritu de servicio. Por eso, en su ascética, la humildad no aparece como apocamiento, como actitud tristemente sumisa, como dejación de derechos que son deberes, sino que conduce a servir lo mejor posible a Dios, a la Iglesia, a todas las almas, con un servicio eficaz, delicado y atento.

Este punto fundamental de su enseñanza se condensará en una frase que tiene las resonancias de un lema: para servir, servir. Para prestar un verdadero servicio, hay que formarse de la mejor manera. No basta que el instrumento se deje manejar por la mano del artista; se precisa también que sea de la mejor calidad posible, que aproveche a fondo sus cualidades buenas. Aquí está la raíz de la insistencia de Josemaría Escrivá de Balaguer en la absoluta y perenne necesidad de la formación humana, doctrinal, espiritual, apostólica y profesional de los cristianos, para que su acción en las estructuras temporales -en las que deben actuar a modo de fermento- sea eficaz y contribuya del mejor modo a la gloria de Dios y a la salvación de las almas.

SERVIR CON ALEGRÍA

La conciencia de que el cristiano ha de servir a la obra de la Redención, precisamente en el lugar donde la Providencia le ha colocado, aparece como una constante en la predicación del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Afirmaba: un cristiano puede ser barrendero y ser muy santo de(ante de Dios y tener una eficacia extraordinaria. Otro puede tener una cátedra o ser ministro o presidente de una República y, si es tan santo como el barrendero, tendrá el mismo mérito, ni más ni menos; si es menos perfecto, desde luego valdrá menos. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría. Todos son de mucha categoría, si se realizan por amor. De ahí que sea tan importante la tenacidad en el espíritu de servicio, el perseverar un día y otro en el propio trabajo o en la propia tarea, por amor de Dios y de los hombres por Dios, aunque en muchas ocasiones no se vean los frutos. Como el borrico que da vueltas a la noria. Es otra metáfora que Josemaría Escrivá, inspirándose en algunos textos de la Sagrada Escritura, utilizó frecuentísimamente para explicar el servicio que Dios quería de su vida. Baste, como ejemplo, un punto de Camino: ¡Bendita perseverancia la; del borrico de noria! -Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. -Un día y otro: todos iguales.

Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín.

Lleva este pensamiento a tu vida interior (Camino, n.998).

Rectitud de intención, buena preparación, perseverancia… y alegría en el servicio. ¡Con cuánto fino y firme tesón insistió el Fundador del Opus Dei, siguiendo las enseñanzas de la Sagrada Escritura, en que hay que servir al Señor con alegría (Ps 99, 2), en que Dios ama al que da con alegría (2 Cor 9, 7)! ¿Os imagináis vosotros que alguien os sirviera entre penas y llantos? solía comentar, subrayando así que un servicio que procede del amor se presta necesariamente de buen grado, con, gozo interior y exterior, con agradecimiento por haber tenido la posibilidad de realizarlo.

Son sólo unos trazos de una característica de la vida heroica del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, un servidor de Dios y de los hombres, un sacerdote cuyo timbre de gloria era -es- servir a todas las almas, sin distinción, del modo específico que el Señor le había encomendado. Cuando estaba en la tierra, le agradaba considerar la fórmula de canonización -así se expresaba- que Jesucristo mismo nos ha dejado en el Evangelio: muy bien, siervo bueno y fiel; ya que fuiste fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho. Entra en el gozo de tu señor (Mt 25, 21).

Nosotros, ahora, nos llenamos de alegría y agradecimiento a Dios, porque verdaderamente se han cumplido en Josemaría Escrivá de Balaguer, sierro bueno y fiel, esas palabras inspiradas. ¡Ojalá sean muchas, en todos los lugares de la tierra, las personas que hagan de su vida entera -en el trabajo y en el descanso, en la familia y en la sociedad- un servicio completo, ilusionado. alegre y perseverante, a la obra de la Redención! ¡Ojalá los caminos divinos de la tierra, abiertos por Dios Nuestro Señor en medio del mundo, empleando al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer como instrumento fidelísimo, sean transitados por un número incontable de almas’, que extiendan por todos los rincones de esta tierra nuestra la paz y la alegría de los seguidores de Jesucristo!

Habla el hermano del Fundador del Opus Dei

ENTREVISTA: SANTIAGO ESCRIVÁ DE BALAGUER, PARA “PALABRA”

“Josemaría, para mí, más que un hermano, fue un padre”

Era un santo “de carne y hueso”, no un santo “de pasta flora”

Primavera de 1918. Logroño. Una idea va invadiendo con fuerza el ánimo del joven Josemaría Escrivá de Balaguer. Entiende que Dios le pide algo. No sabe qué. Para estar más disponible a esa llamada, decide hacerse sacerdote. Resuelve comunicárselo a su padre, Don José Escrivá Corzán, cabeza de una familia muy unida. Don José escucha en silencio a Josemaría. Se queda absolutamente sorprendido. Se vienen abajo todos los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tantos sucesos dolorosos, siente cómo gruesas lágrimas se deslizan por sus mejillas. Con calma, recomienda a su hijo que lo medite muy bien antes de decidir: “Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más… Pero yo no me opondré”.

Josemaría entiende bien que a su padre le apene ver el fin de la rama masculina de los Escrivá. Quizás aquel mismo día, Josemaría empezó a pedir al Cielo un nuevo hijo varón para sus padres. Los ve ya mayores y gastados por la vida. Humanamente, no parece probable que puedan cumplirse sus deseos. Pero él lo pide con gran fe. Por ello recibirá una alegría grande, al empezar el otoño de 1918, cuando su madre, Doña Dolores Albas y Blanc, les llama a él y a su hermana Carmen para decirles muy contenta: “¡Vais a tener otro hermano! “. Josemaría está feliz. No duda en ningún momento de que el nuevo hermano será un varón. Cuando el 28 de febrero de 1919 nazca el pequeño Santiago, Josemaría verá en 61 no sólo al “continuador” del apellido, sino un cariñoso regalo de Dios y un especial refrendo de su personal decisión de ser sacerdote.

Hoy, Santiago Escrivá de Balaguer, Abogado y padre de nueve hijos, rompe una norma que se impuso hace mucho tiempo: la de “no figurar”, “no acaparar atención por ser el hermano del Fundador del Opus Dei”, “no andar saliendo en los periódicos “. Y lo hace ahora, “porque la beatificación de mi hermano Josemaría es una circunstancia excepcional… y he de dar muchas gracias a Dios, por haber vivido tan cerca de un santo”.

Ha sido preciso vencer su natural resistencia, con un simpático forcejeo: “hablar de la familia es como abrir las puertas de la intimidad y sacarla al escaparate”. Al fin, enhebramos esta conversación, con una sola condición: Santiago Escrivá de Balaguer no quiere entrar en polémicas “con quienes han dicho y escrito cosas que he visto publicadas y que son tan falsas que… ni merece la pena discutirlas “.

Chasquea la lengua con expresión apenada y hace un gesto maquinal con la mano, como sí quisiera zanjar la cuestión y pasar la página:

-Mire, conozco a algunas de esas personas maledicentes y sé que no les mueve el amor a la verdad: o tienen otros móviles bastardos, o intentan justificar sus propias trayectorias equivocadas. Pero yo quiero hacer lo que me aconsejaría mi hermano, también en esta ocasión, como lo hizo en vida, en parecidas circunstancias de calumnia y difamación contra su persona: “Perdonar, callar, rezar y sonreír”.

UN INTERROGATORIO EXHAUSTIVO Y AGOTADOR

-Pero hay mucha gente de la calle, que no ha conocido al Fundador del Opus Dei, y no tienen otra noticia que las medias verdades y las medías mentiras difundidas por unos y por otros…

-¡Hombre… eso no! ¡Con todo lo que hay publicado, y de buena tinta, sobre mi hermano y sobre la Obra, hay para pasarse media vida leyendo! Están sus escritos de espiritualidad; están no sé cuantísimos libros y folletos que tratan sobre el Opus Dei; están las siete u ocho biografías; están las “hojas informativas”, están las filmaciones de varias tertulias y encuentros que mantuvo en diversos países con gentes de todo tipo; están las cartas testimoniales de numerosas personalidades del mundo eclesiástico y civil… Para quien quiere ir a beber a la fuente, a la verdadera fuente, hay material abundantísimo y de primera mano. Lo que no tiene sentido es querer informarse donde, de ordinario, se critica a la Iglesia, se tergiversa lo que dice el Papa y se ataca mendazmente a la Obra.

-Y usted, siendo el hermano del Fundador del Opus Dei y testigo de excepción de su vida santa, ¿no pensó que debía salir al paso de ciertas afirmaciones insidiosas?

-No, porque creo que las mentiras se destruyen y se desvanecen por sí solas. Y, en este caso concreto, quien debe juzgar la santidad de un cristiano no son los periódicos, sino la Iglesia. No tuve ningún inconveniente en prestar declaración ante los tribunales que instruyeron la Causa, ¡yeso que el interrogatorio fue exhaustivo y agotador! Era razonable que, como testigo de muchos tramos de su vida, yo narrase lo que había visto. Era un serio deber de justicia, y lo hice muy gustoso… y muy consciente de su enorme trascendencia.

-Dice usted, que el interrogatorio fue “exhaustivo y agotador”…

-Sí, fue un “examen largo, denso y profundo. Hecho a conciencia. Los católicos -que, en definitiva, es a quienes les importa que un cristiano sea elevado a los altares pueden estar bien tranquilos, porque la Iglesia, después de haber estudiado a fondo la vida de mi hermano, ha declarado que “constan las pruebas” de que vivió heroicamente todas las virtudes. Y el Papa, con su autoridad personal, ha ratificado esa decisión. Para una persona con fe, esto da una seguridad enorme.

AMBIENTE FAMILIAR

-Don Santiago, usted ha podido aportar a la instrucción de la Causa los recuerdos y las vivencias de esa dimensión más entrañable de un santo: su ambiente familiar…

-Cierto que sí; pero no olvide que en la Obra, ahora como en sus inicios, todo tiene ese calor y ese ambiente familiar. Mi hermano quiso que ese clima de familia estuviese en todos los Centros del Opus Dei. Es más, él definía a la Obra como “familia y milicia “. En el fondo, no fue otra la razón de que Josemaría pidiese a mi madre y a mi hermana Carmen que le ayudaran, material y personalmente, a convertir las primeras residencias de estudiantes en verdaderos hogares de familia. Más le diré: Entre los años 1932 y 1934, mi hermano vivió con nosotros, su “familia de sangre “, en el piso de la calle Martínez Campos, 4, de Madrid. Esa vivienda, montada con buen gusto en todos los detalles, en contraste con la escasez de medios económicos, puede decirse que fue el primer Centro de la Obra, porque allí acudían los chicos a los que mi hermano trataba y atendía espiritualmente, y se sentían auténticamente como en su propia casa. El biógrafo alemán Peter Berglar ha escrito, y con mucha razón, que “puede decirse que la familia del Fundador -sus padres y hermanos- cimentó la `estructura’ de la Obra”. Sí, visto a lo humano, el `fundamento” de lo familiar en el Opus Dei fue mí familia. Tiene, pues, mucho sentido qué los restos de mis padres reposen en la cripta de la casa “Diego de León” en Madrid como un símbolo de que en los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador. Y también como un cariñoso reconocimiento a su entrega, el cuerpo de mi hermana Carmen reposa en la sottocripta de Villa Tevere, la casa central de la Obra en Roma.

-Precisamente por eso, me gustaría que hablásemos del hogar de los Escrivá y Albás, donde se crió y se formó su hermano Josemaría, porque él solía decir que a los padres se les debe el noventa por ciento de la vocación… y es de suponer que su propio caso no sería una excepción.

-Eso es unta gran verdad. Como dice el refrán “de tal cepa, tales vinos”. Mis padres supieron crear en su hogar un ambiente profundamente cristiano. Hubieron de afrontar un fuerte revés económico que les obligó a trasladarse de Barbastro a Logroño y a cambiar de vida, con estrecheces y conociendo de cerca la austeridad, la escasez y la falta de muchas comodidades y servicios que habían tenido antes. Pero todo eso lo llevaron con serenidad, con dignidad, con elegancia y… con alegría. Yo nunca vi a mis padres malhumorados, ni cariacontecidos, ni quejumbrosos. El nuestro , fue, como después diría y repetiría mi hermano Josemaría, “un hogar luminoso y alegre “.

A mi padre le recuerdo poco, porque falleció cuando yo tenía cinco años. Había sufrido mucho en su vida, pero nunca le vi enfadado ni triste, sino con sentido del humor. Era un hombre emprendedor, trabajador y muy honrado; lleno de bondad, de paciencia y de rectitud; alegre, elegante, sincero, generoso… Mi hermano solía decir de él que “era muy limosnero”. Tanto él como mi madre vivían una recia piedad, sin “beaterías”, pero apoyada en sólidas devociones cristianas: a la Eucaristía, al Señor Crucificado, a la Santísima Virgen.. . En mi casa se bendecía la mesa, se rezaba el rosario, se vivía el tiempo de Cuaresma, se cantaban villancicos ante el “belén”… y de nuestros padres aprendimos, mis hermanos y yo, las primeras oraciones, y los primeros criterios que nos ayudarían para siempre a discernir el bien y el mal.

Mi madre era muy mujer de su casa, muy femenina, muy cariñosa con nosotros. Trabajaba poniendo amor y primor hasta en las cosas más pequeñas. Cuidaba los detalles. Se esmeraba. La idea que tengo de ella es la de una mujer que tenía una gran delicadeza de alma y una gran reciedumbre para no consentirse caprichos. Ella vivía volcada en los demás. Mi madre y mi hermana Carmen fueron, porque así se lo pidió Josemaría, las primeras manos de mujer que cuidaron lo que podríamos llamar la “administración” o “el gobierno doméstico” de los Centros de la Obra, hasta que llegaron las primeras vocaciones femeninas. Y aún entonces, Carmen continuó ayudándoles, enseñándoles y echándoles una mano… De hecho, hay algo muy singular que nació de un modo espontáneo, sin que lo forzase nadie: los chicos y las chicas de la Obra, a mi madre le llamaban “la Abuela”; y a mi hermana, “Tía Carmen “. ¡Y eso no fue una imposición, eso salió así, de modo natural, porque se sentían “familia”!

También debo decir que con un tacto muy fino, con una sabia prudencia y con buenas dosis de desprendimiento personal, por’•parte de ellas dos y por parte de mi hermano, hubo siempre una separación exquisita entre lo que era la Obra y lo que era la familia del Fundador No se trataba de un equilibrio rebuscado, sino de algo que fluía armoniosamente porque, sin duda ninguna, allí estaba la gracia de Dios. Josemaría- tenía muy claro que él debía orientar su vida entera a servir a la Iglesia y a sacar adelante la Obra, porque eso era lo que Dios le pedía y, por tanto, nada podía ser obstáculo a su vocación.

Un ejemplo: mi madre estaba enferma con neumonía. Y aunque los médicos no preveían un desenlace rápido de la enfermedad, a Josemaría le costó ¡ya lo creo que le costó! dejarla en la cama, para irse a Lérida a predicar unos Ejercicios a sacerdotes diocesanos. Pero era su deber. Tenía que hacerlo. Mi madre falleció, estando él ausente. Don Álvaro del Portillo le telefoneó para darle la noticio. El regresó inmediatamente, con el corazón roto. Dos días más tarde, dirigiendo una meditación a los chicos de la Obra, les diría: “Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto yo vaya también delante “. ¡Así era él y así era su entrega!

EN LA INTIMIDAD

-Aunque usted entonces no había nacido, sí oiría contar en su casa aquel viaje de sus padres a Torreciudad, para agradecer a la Virgen la curación de Josemaría…

-Sí, se lo oí contar a mis padres varias veces. Mi hermano tuvo una enfermedad infecciosa grave, y los médicos le habían desahuciado. Mi madre recurrió a la Virgen de Torreciudad. El niño se curó, de la noche a la mañana. En agradecimiento, mis padres peregrinaron a Torreciudad. En aquellos años de principios de siglo, esto debió ser en 1904, por aquellos malos caminos y montando en la cabalgadura de una mula, la romería tuvo que ser muy incómoda. Mi madre llevaba a Josemaría en sus brazos. Siempre he pensado que quisieron imponerse aquel viaje como un sacrificio, como algo costoso. Lo fácil habría sido ir a la Virgen del Pueyo, cercana a Barbastro. Pero era muy grande el favor que había hecha la Virgen, y ellos correspondieron con ese arranque generoso.

-Su hermano le llevaba a usted diecisiete años. Con tal diferencia de edad, ¿qué trato había entre ustedes dos?

-Me quería muchísimo… Fue para mí mucho más que un hermano: hizo las veces de un auténtico padre. ¡Tengo tantos y tan estupendos recuerdos! No sabría escoger uno… A medida que uno se hace viejo, van quedando más nítidas las evocaciones de los tiempos de la infancia y de la adolescencia: me sacaba de paseo cuando tenía algún rato libre, me echaba una mano con los deberes del colegio, se preocupaba de buscarme lecturas que me divirtiesen… Josemaría tenía una serie de novelas de Salgari y de Julio Verne. Yo las había ido leyendo a escondidas, porque sabía dónde las guardaba. Cuando llegó el día de mi Primera Comunión -que me la dio él- me regaló la colección completa. Tenía siempre muchos detalles de cariño conmigo. Con Josemaría me lo pasaba en grande, porque tenía chispa, era muy divertido y sabía sacarle gracia a todo.

-¿Cómo era Josemaría Escrivá, en la intimidad?

-Mi hermano no tenía dos vidas distintas, una de puertas afuera y otra de puertas adentro. No. Es algo en lo que poca gente se ha fijado; pero él, teniendo tanta y tan rica vida interior, jamás tuvo vida privada. Era un hombre que estaba a disposición de los demás las veinticuatro horas del día, y durante todos los días de su vida.

UNA PERSONALIDAD RECIA

-Pero usted, Don Santiago, por ser de su familia, tendría de él una visión más cercana, más humana, más natural… Usted le tuteaba y le conocía en esa dimensión doméstica y nada mitificada “de andar por casa”. Dígame, ¿cómo era el carácter de Josemaría?

-Mi hermano tenía una personalidad muy recia y muy cuajada: un carácter fuerte, enérgico e impetuoso, y al mismo tiempo era muy alegre, muy cariñoso, muy simpático. Difundía a su alrededor una alegría contagiosa. A la gente que le trataba podía atraerle su fe, su sincerísima vivencia de la fe, su mensaje espiritual… también su personalidad de una pieza y algo muy difícil de explicar con palabras… no sé… él transmitía su cercanía con Dios… se notaba a su lado que era un hombre muy metido en Dios… Pero yo no desdeñaría, en absoluto, ese trazo tan atractivo de su carácter que era la simpatía y la vitalidad. Era un santo “de carne y hueso “. No un santo “de pasta flora “. Tenía un gran temperamento, y una pujante vitalidad. Lo formidable es que sabía conjugarlo con una ecuanimidad y una serenidad de ánimo que daban paz, mucha paz. El fue, al pie de la letra, “un sembrador de paz y de alegría “. Era un hombre muy exigente consigo mismo y muy entregado a los demás. Tenía, para cualquiera, conocido o desconocido, un corazón recio y grande lleno de ternura. No teniendo nada, porque siempre quiso vivir una pobreza real, era magnánimo. Y podía serlo porque poseía un alma grande.

-Y, teniendo ese carácter fuerte y enérgico, ¿no le vio usted estallar alguna vez, cuando le habían calumniado?

-Jamás le vi reaccionar con ira, ni perder el dominio y el control de sus nervios. Jamás. Ya le digo que era muy sereno de ánimo. Pero aún se dominaba más, si cabe, cuando le atacaban: soy testigo de cómo, ante afirmaciones injuriosas, manifiestamente falsas, reaccionaba con una mansedumbre pasmosa, sorprendente. Perdonaba al instante. El dijo en algunas ocasiones que no había tenido que aprender a perdonar, porque era hombre que sabía querer. Incluso, me atrevería yo a decir que quería más, o con más hondura y con predilección, a quienes más le atacaban o más se ensañaban con él y con la Obra. Las calumnias y las difamaciones le apenaban, es natural, porque tenía corazón. Pero en el fondo le importaban muy poco: sólo le dolía lo que ahí hubiera de ofensa a Dios. Así lo decía y así era de verdad. Esto, de tejas para abajo, no se entiende. Ese rasgo, tan singular y tan constante de su conducta, era una clara manifestación de su vida de unión con Dios.

“FUEGO HE VENIDO A TRAER…”

-¿Qué significó, para la familia Escrivá y Albas, que su hermano fuese el Fundador del Opus Dei?

-Me parece importante aclarar que Josemaría jamás impuso, cara a la familia, su dimensión de Fundador. Ahora bien, significó mucho para nosotros, porque él dedicó todas sus energías, todos sus talentos, todos sus bríos y todo su tiempo a cumplir la voluntad de Dios. El consagró su vida entera a hacer la Obra, sin permitirse paréntesis ni vacaciones para ninguna Otra cosa, para ningún otro proyecto. Nosotros, su familia más cercana, pusimos lo que estaba de nuestra parte para ayudarle. Bueno, más bien mi madre y mi hermana, porque yo era un chaval. Ellas, al conocer lo que el Señor le pedía a mi hermano, se dedicaron con gran temple cristiano, y con una generosidad sin topes, a secundar a Josemaría para que cumpliese la misión que había recibido de Dios.

Solía decir Josemaría que “Dios daba una en el clavo y ciento en la herradura “, queriendo expresar que, para moldearle a él, Dios le golpeaba donde más le dolía, que era su familia. Pensaba que las dificultades económicas que atravesamos, por la ruina del negocio de mi padre, las había permitido Dios para hacerle conocer la escasez de medios, la incertidumbre del futuro; el desplome de una’ situación social floreciente, las amistades que se vuelven huidizas… Todo eso lo veía él, en clave positiva, como una escuela de virtudes, como un taller de aprendizaje para la forja del carácter.

-¿Les explicó el Opus Dei, desde el primer momento?

-No inmediatamente. Dejó pasar algún tiempo. Nosotros veíamos la desbordante actividad que desarrollaba Josemaría en Madrid: llevaba la dirección espiritual de muchos universitarios, obreros, empleados…; dedicaba gran parte de su tiempo a confesar y atender espiritualmente a los enfermos de diversos hospitales de Madrid, y a muchos otros que visitaba en sus casas, en los barrios más extremos; impartía catequesis de niños y adultos… Pero no sabíamos qué le impulsaba a sacar adelante toda aquella labor. Había algo claro, eso sí: que mi hermano no era sacerdote para “hacer carrera eclesiástica “. Un buen día, por el año 1932, nos explicó la Obra. Entonces, mi madre ató cabos, y le dijo: “ya entiendo, ya entiendo lo que hacías La respuesta de mi madre y de mi hermana fue, desde ese momento, de plena colaboración. Pusieron a su disposición todo lo que les pidió, que era lo poco que en casa teníamos. Incluso, dedicaron su vida a ayudar a Josemaría.

Yo era muy joven, un muchacho, y no me enteraba de casi nada: Recuerdo que, cuando Josemaría se creía solo en casa, repetía con frecuencia una frase del evangelio: “fuego he venido a traer a la tierra, ¡y qué quiero sino que arda!”. El la decía en latín, la repetía una y otra vez, y hasta la canturreaba. Tanto se lo oí, que me la aprendí de memoria, sin saber qué quería decir: “Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur!” Ya digo: yo era un niño y hacía de “mono de imitación “. Hasta que un día me preguntó: “¿qué estás cantando?” Y le contesté: “¡pues lo mismo que tú repites todo el día!”.

En otra ocasión, jugando yo por la casa, encontré un instrumento de penitencia en la habitación de Josemaría. Lo cogí con extrañeza y acudí a preguntar a mi madre: “mamá, fíjate lo que he pescado a Josemaría… “. Mi madre inmediatamente me dijo: “déjalo dónde estaba “. Y yo, sin poder vencer mi curiosidad: “¿pero qué es?.”. “Un cilicio”, me contestó mi madre. Me impresionó el hallazgo, pero no supe calibrar ni valorar lo que mi madre ya conocía bien: las mortificaciones, a veces tremendas, a que se sometía mi hermano.

-,Cuándo se dio cuenta usted de lo que Josemaría tenía entre manos?

Aún tuvieron que pasar unos años. Yo no me percaté, de verdad, hasta que durante la guerra civil leí unos cuadernos de hule en los que Josemaría venía tomando sus apuntes espirituales durante años y años. No sé si debí o no debí leerlos, porque eran notas íntimas de su vida interior. Aquellos textos manuscritos me hicieron descubrir la hondura de su alma, las calidades y la intensidad de su vida de oración y de sacrificio, su profundísima humildad, la grandeza de la obra que tenía entre manos, y por dónde le llevaba Dios, a veces con gracias extraordinarias. Entonces fue cuando entendí muchas cosas, de una vida heroica, de una vida santa, que no acababa de comprender.

EL MARQUESADO DE PERALTA

-Un tema recurrente en los medios de comunicación suele ser el del famoso Marquesado de’ Peralta. Al parecer, su hermano rehabilitó ese título para usted. ¿Por qué lo hizo?

-Pues lo hizo porque quería mucho a su familia. No le animó ningún móvil de vanidad, sino de piedad filial y de justicia. El pensó, en primer lugar, en nuestros padres que tanto le ayudaron a sacar adelante la obra que Dios le pedía, a costa de muchos sacrificios. También pensó en mí y en mis hijos: cuando yo formé una familia y mis hijos fueron creciendo, Josemaría consideró que no podía privar a los nietos de sus padres de algo que, en derecho, les pertenecía. Y es que, como Josemaría era el mayor, a él le correspondía solicitar la rehabilitación del título.

Además, era muy propio de Josemaría actuar de ese modo. estaba persuadido de que sus derechos y sus deberes, como cristiano y como sacerdote, no eran incompatibles con los de ciudadano. Tenía un claro concepto de la ciudadanía, y en ningún momento se consideró un ciudadano de segunda categoría, por el hecho de ser sacerdote.

-¿Y su hermano Josemaría no se dio cuenta de que ese hecho iba a suscitar muchas críticas y a provocar muchas suspicacias? ¿No calculó que se exponía a no ser bien entendido?

-¡Ya lo creo que se dio cuenta! No lo hizo a la ligera. Lo pensó detenidamente, durante algún tiempo, en su oración personal. Pidió consejo, no sólo a personas de su entorno y de su confianza, sino también a prelados de la Santa Sede. Y todos le contestaron afirmativamente: le dijeron, sin excepción, que no sólo podía sino que debía ejercitar ese derecho, porque tenía que dar ejemplo a sus hijos de lo que venía predicando desde 1928: que la santidad está en cumplir con perfección los derechos y los deberes de estado de cada uno. Solicitó la rehabilitación del Marquesado, por una cuestión de justicia, de cariño fraterno y por una cuestión de secularidad.

Pero en la vida de mi hermano, este episodio es sólo una anécdota: no tiene ninguna importancia. Fue una manifestación de caridad y de justicia con los suyos, y fue también un acto de humildad heroica, porque se expuso a críticas muy severas, muy agrias y muy injustas. Le hubiese sido mucho más fácil no pedirlo. Pero como él nunca buscó su gloría, no le importó que algunos aprovechasen la ocasión, para escandalizarse hipócritamente. Es más, ni siquiera se defendió públicamente.

-¿Y cuándo le traspasó el título?

-En cuanto pasó un tiempo prudente. En este asunto obró siempre solidariamente conmigo, que a fin de cuentas iba a ser el beneficiario. A él todo esto le era indiferente: ¡si ni siquiera lo usó una sola vez!

MÁS QUE UN HERMANO, UN PADRE

-Da la impresión de que su hermano Josemaría, al rehabilitar ese título nobiliario que a él no le interesaba para nada, lo que en realidad deseaba era saldar una deuda familiar. ¿Acaso, porque hacer el Opus Dei le supuso desentenderse de su familia?

-¡Ni hablar! Mi hermano jamás se desentendió de nosotros: ni de mis padres, ni de mi hermana Carmen, ni de mí… ni de mi mujer ni de mis hijos, a quienes siguió con inmenso interés y desvelo, supliendo en ocasiones la distancia geográfica con innumerables atenciones y detalles de cariño verdadero.

Tan cierto es, como ya he dicho, que nosotros adaptamos nuestra vida a las vicisitudes y necesidades de la Obra, yendo durante bastantes años de la ceca a la meca, como que mi hermano se preocupó y se ocupó de nosotros, siempre, con una generosidad enorme y con sacrificios muy grandes, a base de multiplicar su trabajo y sacar tiempo de donde no lo tenía, dando clases particulares para proveer nuestra manutención, buscándonos casa, ayudándome a mí a sacar adelante mis estudios y a abrirme camino en la vida…

Yo era un niño de cinco años, cuando falleció mi padre; pero recuerdo perfectamente porque fue una impresión muy fuerte, de las que no se olvidan- cómo Josemaría le prometió a mi madre, delante del cadáver de mi padre, que tomaba sobre sus hombros la responsabilidad de atendernos y cuidarnos. Y así lo vivió siempre. Yo sé lo que es, ser padre, porque Dios me ha bendecido con nueve hijos, y puedo decir cabalmente qué Josemaría, para mí, más que un hermano fue un padre… Entre él y yo no hubo nunca ninguna deuda que saldara Yo sólo tengo motivos para estar, lo que me quede de vida, dándole gracias.

-Y muchas gracias a usted.

Santiago ÁLVAREZ

La opinión de Juan XXIII sobre el Fundador del Opus Dei

La última audiencia de Juan XXIII

Fuente: Juan José Espinosa, ABC (Madrid), 17.5.92

¿Qué pensaba el Papa Juan XXIII sobre Josemaría Escrivá de Balaguer y sobre el Opus Dei?

Puedo responder a esa pregunta con las palabras que escuché directamente del Papa Roncalli en un contexto intimo y espontáneo: durante una audiencia concedida a un matrimonio español con dos de sus hijos, entre ellos quien firma estas líneas.

Era el 13 de mayo de 1963. Fue el último día en que Juan XXIII concedió audiencias especiales: tres semanas más tarde, el 3 de junio, falleció. En aquella audiencia, el Papa nos habló, entre otras cosas, de la familia. Mi padre le mostró una fotografía de nuestra familia al completo -tengo diez hermanos-; Juan XXIII la miró detenidamente y la bendijo. Pero no voy a detenerme ahora en esos y otros detalles; me limitaré a recordar lo que nos dijo sobre el Opus Dei y su fundador, a quien Juan Pablo II beatifica hoy.

Tanto mi padre como los dos hermanos allí presentes éramos ya entonces miembros de la Obra. Como es natural, mediada la conversación, hicimos saber al Papa este hecho, pensando que le alegraría.

Al oír aquello, Juan XXIII aludió a su estancia, durante los viajes que había realizado a España, en algunos centros del Opus Dei, concretamente en Santiago de Compostela y en Zaragoza. Tenía un grato recuerdo de esos días. Pero entonces -nos confió con aquella sencillez tan suya- aun no había llegado a percatarse de toda la trascendencia que el Opus Dei tenía en la vida de la Iglesia: creía que se trataba de una fundación más -“de esa España tan pródiga en fundaciones”, añadió-, de alcance solamente nacional. Sin embargo, prosiguió, se había caído la venda de sus ojos -y, para subrayar sus palabras, se llevó las manos a los ojos y las bajó a continuación-: había visto con claridad que el Opus Dei era un instrumento de proyección universal enviado por el Espíritu Santo para la Iglesia de este siglo y del futuro.

El Papa, con la perspectiva que le daba ocupar la cátedra de Pedro, nos explicó que era consciente del gran servicio que el Opus Dei estaba prestando a la Iglesia, así como de la universalidad de sus horizontes, pues -como él mismo señaló- estaba llevando el Evangelio a todos los rincones de la tierra y a todas las capas de la sociedad.

Después de hacer aquellos comentarios sobre el Opus Dei, quiso añadir unas palabras sobre monseñor Escrivá: “Admiro al fundador, y le quiero mucho; precisamente hace unos días le he enviado unos libros”.

En ese momento, le dije que yo vivía con él, en la sede central de la Obra. Y el Papa: “Le quiero mucho -repitió-; dile que le bendigo a él y al Opus Dei de todo corazón”.

Juan José ESPINOSA

La figura polifacética del Fundador del Opus Dei

EL NORTE DE CASTILLA, Jueves, 9 de enero de 1992, España

Actualidad eclesial del mensaje de José María Escrivá

Por el P. AMBROGIO ESZER, O.P.

(Relator general de la Congregación para las Causas de los Santos)

La figura de José María Escrivá de Balaguer, polifacética y al mismo tiempo extraordinariamente compacta, suscita un considerable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parecen ya demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la “viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia”, como escribió el Papa Pablo VI. La inspiración de monseñor Escrivá de Balaguer se proyecta sobre un horizonte que trasciende las vicisitudes del tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos elementos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la experiencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra la forma. concreta e histórica en que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente marcado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros años treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que se quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anticlerical, de la persecución violenta contra la Iglesia, de la revuelta anarquista. En los años sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extremismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de “laicización” de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada. La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial: “estas crisis mundiales son crisis dé santos”. Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. Cristo es colocado “en la cumbre de todas las actividades humanas”; la vida de los hombres y la entera sociedad, impregnadas de una tensión hacía Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá reaviva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

Desde el punto de vista eclesial, José María Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tradicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían intentado superar ese impasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cristocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Su enseñanza consigue siempre ser eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus reales dimensiones, que ciertamente son vastísimas. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier estado y condición, a la unión total e íntima con Dios, transmitiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho conscientes de la llamada a ganar a otros para Cristo. Detrás de esta fecundidad; que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir, sin titubeos, encendido hacía todos sus representantes, comenzando por el Vicario de Cristo.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de monseñor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían “sentir”, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se descubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don particularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filiación divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, trasparencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singularmente atractiva su figura. Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la causa de canonización de José María Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto.

Opus Dei entre las mujeres. Los inicios – Dolores Fisac

Dolores Fisac, Palabra (Madrid), 111.90

HABLA DOLORES FISAC

HACE SESENTA AÑOS COMENZÓ EL OPUS DEI ENTRE LAS MUJERES

El 14 de febrero se conmemoró el LX Aniversario de la fecha en que Mons. Escrivá de Balaguer inició el Opus Dei entre las mujeres. Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, presidió una solemne celebración en la Basílica de San Eugenio (Roma) y actos litúrgicos semejantes tuvieron lugar en diversas partes del mundo.

En Madrid, el Vicario Regional de la Prelatura en España, Mons. Tomás Gutiérrez Calzada, concelebró con este motivo, y acompañado de numeroso público, una Misa en la Basílica Pontificia de San Miguel.

Con ocasión del LX aniversario, recogemos el testimonio de una de las mujeres que se incorporaron al Opus Dei en aquella época, Dolores Fisac Serna.

Dolores Fisac trabajó en la instalación del primer Centro de Mujeres del Opus Dei, en la calle Jorge Manrique de Madrid. Hoy forman parte de la Prelatura alrededor de 36.000 mujeres, profesionales de los más variados oficios -periodistas, profesoras de Universidad, médicos, amas dé casa, costureras, dependientas, azafatas, enfermeras-, gente de todos los ambientes sociales y de más de 80 países. Como los demás miembros del Opus Dei, se esfuerzan por vivir con espíritu cristiano su trabajo profesional, ése constituye su primer apostolado. A la vez, y con ese mismo móvil, contribuyen a la solución de tantas necesidades humanas, promoviendo iniciativas asistenciales y educativas en el mundo entero. Cuando Dolores Fisac conoció el Opus Dei todo eso parecía un sueño lejano.

PRIMEROS CONTACTOS

-¿Cuándo conoció usted al Fundador del Opus Dei?

-Oí hablar de Mons. Escrivá de Balaguer el día 22 de septiembre de 1935. Iban a hacerme una operación quirúrgica y un hermano mío me dijo: no tengas miedo porque va a celebrar la Misa por ti un sacerdote, el Fundador del Opus Dei. No te pasará nada. Esa fue mi primera referencia de la Obra.

Pero no le conocí directamente hasta terminada la guerra, el día 19 de abril de 1939. Mons. Escrivá de Balaguer hizo un

viaje a Daimiel, donde yo vivía con mis padres. Recuerdo vivamente aquella conversación: me ayudó a mejorar mi vida de piedad y me dio unos consejos espirituales que me llenaron de paz.

Cuando en diciembre de ese mismo año, con ocasión de un viaje a Madrid, volví a verle, me explicó el Opus Dei a grandes rasgos. Tenía una total confianza en Dios y sólo le preocupaba la salvación de las almas. Me habló de la necesidad de difundir, entre la gente corriente, el empeño por alcanzar la plenitud de la vida cristiana, en el propio trabajo, en la familia, en la vida social. Resultaba nuevo eso de poder llegar a santo sin salir del propio ambiente.

-¿Imaginó entonces la expansión que iba a tener el Opus Dei?

-El Fundador se refirió ya entonces a la expansión de la Obra; por aquella época estaba preparando los comienzos de la labor apostólica en otros países de Europa, y me habló de numerosas iniciativas apostólicas que, por voluntad de Dios, saldrían adelante. Veía el Padre granjas-escuelas para campesinas, centros de formación profesional, dispensarios, colegios, residencias universitarias…, promovidos por mujeres del Opus Dei en el mundo entero. Pero, sobre todo, describía las innumerables posibilidades apostólicas que ofrecería la presencia de la mujer en tantos campos profesionales, en aquella época aún lejanos, al mismo tiempo que abría nuevas perspectivas al trabajo del hogar.

SIN EXPLICACIÓN HUMANA

-Muy pocas personas conocían entonces el Opus Dei… ¿Qué le movió a embarcarse en una aventura semejante?

-La vocación a la Obra no tiene explicación humana. He experimentado realmente lo que Mons. Escrivá repetía como un “ritornello”: la llamada de Dios es algo sobrenatural. “Dios se vale de lo más inútil para lo más grande”, le oí decir en una ocasión. “Los cuadros admirables que pintó Velázquez no los pintó con alas de ángeles, sino con un palo con pelos en la punta”. La verdad es que, aunque todo aquello me resultaba muy atractivo y yo lo veía como un proyecto de vida que valía la pena, me asusté un poco: me sentía incapaz de estar a la altura de las circunstancias. Pero el Padre me quitó la inseguridad: la Obra saldría adelante, no con sabios, o con genios, sino con personas escogidas por Dios con la vocación peculiar que El concedía.

-¿Había algo en el Fundador que le llamara especialmente la atención?

-Lo que más me impresionó del Padre fue el hecho de que no hablara nunca en nombre propio: era consciente de que el Opus Dei no era cosa suya, tenía una misión recibida de Dios. Recuerdo haberle oído contar cómo comenzó el Opus Dei entre las mujeres: “No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres -comentó-. Pero aquel 14 de febrero de 1930 el Señor me hizo que sintiera -después de la Comunión en la Misa- lo que experimenta un padre que ya no espera otro hijo, cuando Dios se lo manda”.

-¿Qué piensa ahora, al contemplar la expansión del Opus Dei?

-Han pasado los años y he podido darme cuenta, al menos en parte, de lo que significa haber vivido la época fundacional. Mons. Escrivá de Balaguer nos lo decía: “Todavía no os hacéis cargo del amor que Dios ha derrochado en cada uno de nosotros, llamándonos de los primeros. Cuando pasen treinta años, echaréis la mirada atrás y os pasmaréis. Y no tendréis más que acabar la vida agradeciendo”. Desde el primer momento estuve segura de que aquel panorama apostólico se realizaría, por la gracia de Dios, pero a largo plazo. No sospeché entonces que, en pocos años, iba a conocer personas de la Obra de países tan distintos. Es imposible explicar la expansión del Opus Dei con razones humanas.

María José VILAR