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Sobre la Beatificación del Fundador del Opus Dei

RAFAEL GÓMEZ PÉREZ

Rafael Gómez Pérez, Profesor de Antropología en la Universidad Complutense (Madrid), Xornal Diario (Pontevedra, España), 26.6.92

Es un dato que más de 200.000 personas estuvieron presentes en la beatificación de Monseñor Escrivá. L’Osservatore Romano habla de 300.000, pero basta la impresión que produce ver las fotografías de un lleno tan imponente. Personas de todas partes, una sencilla adhesión internacional en una ceremonia contenida y solemne.

Millones de españoles pudieron ver todo, en la excelente transmisión de Antena 3. Pudieron ver la realidad sin más, lo que se estaba dando, el dato.

Los datos son los datos: el único sitio donde de manera sistemática y por parte de personas muy concretas se puso en marcha la macilenta máquina de la maledicencia fue aquí, en España, en la patria del nuevo Beato.

¿Que son muchos más los que, por simplificar, “están a favor”? Es verdad. Pero el grupo de las personas que encontraron en el acontecimiento tema, negocio o quizá ocasión para el ejercicio del odio fue muy jaleado por un sector también concreto de los medios de comunicación. Y así se pudo ver cómo gente notoriamente agnóstica o atea daba lecciones al Papa sobre cómo tenía que ser un proceso de beatificación. Gente que maltrata lo sobrenatural cada vez que puede, que ironiza sobre el culto a Dios y a la Virgen, de pronto se hicieron furibundos inquisidores de la fe ajena. Cosa antigua: en España siempre se ha sido más papista que el Papa, también para estar contra el Papa.

En España ha estado muy en boga siempre la fiebre cainita, que diría Unamuno. Aquí la actividad realmente competitiva es la envidia. Hay más de uno que se llama Caín Sánchez. No es una envidia al estado puro, sino un deseo de manchar, de ofender, de estropear.

Cuando se escriban estos días con un poco de perspectiva, habrá que decir que, incluso en contra del espíritu tolerante de la época, algunos afilaron los cuchillos, quizá porque no podían soportar el sobrio sentido de la santidad. No se lleva hoy nada el ensañamiento. En cambio, en este asunto, qué furia, qué continuidad, qué repetición de lo mismo. Historia pasada, también. La tendencia, desde hace años, es la de un redescubrimiento de lo espiritual. Lo ocurrido con la beatificación de Monseñor Escrivá es, junto a otros, un fenómeno que va en esa línea. El futuro de la santidad es muy claro, aun sin contar que tiene toda la eternidad por delante. Como desde hace siglos, quizá sólo como en los primeros siglos cristianos, están entrando en la normalidad cotidiana realidades como la oración, el trato con Dios, la caridad y el servicio a los demás como prueba de la verdadera fe.

La removida de opiniones en torno al proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei, algo sin precedente en la historia de las beatificaciones, ha servido entre otras cosas para que se vea la cotidianidad del mensaje del nuevo Beato. Lo que se pone en medio de la calle no tiene más remedio que suscitar todo tipo de reacciones. Desde hace mucho tiempo no se escribía y se hablaba tanto sobre una institución de la Iglesia católica. El futuro de la santidad es muy saludable.

Siempre se ha dicho que Dios escribe derecho con renglones torcidos. El Beato Josemaría Escrivá, según cuentan sus biógrafos, solía comentar que el Opus Dei se había extendido por todo el mundo gracias a que, a patadas, la semilla se fue dispersando. Lo mismo acaba de ocurrir ahora: cuantos más insultos, cuantas más invenciones de la maledicencia, más apoyo popular.

Al fin y al cabo, es eso lo que ha sucedido siempre con lo cristiano, es decir, con la Cruz.

Sobre la Prelatura Personal – Juan Fremiot Torres Oliver [Obispo]

Juan Fremiot Torres Oliver, Obispo de Ponce, en El Nuevo Día (San Juan de Puerto Rico), 03.01.1983, y en The San Juan Star (San Juan de Puerto Rico), 25.06.1985.

He acogido con agrado la decisión del Santo Padre Juan Pablo II de erigir al Opus Dei en Prelatura personal. La correspondiente Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos se publicó en L’Osservatore Romano el 28 de noviembre de 1982; En esta ocasión también se comunicaba que el Santo. Padre ha nombrado Prelado del Opus Dei a Monseñor Alvaro del Portillo, hasta ahora Presidente General de esta institución.

Las prelaturas personales son un nuevo instrumento pastoral creado por el Concilio Vaticano II con el fin de desempeñar especiales trabajos pastorales y apostólicos. Son instituciones de estructura netamente secular, que tienen la facultad de incardinar sacerdotes seculares, y a las que pueden también incorporarse laicos -hombres y mujeres solteros y casados por medio de un vínculo contractual. Sus miembros se dedican a conseguir el particular fin pastoral de la Prelatura, de acuerdo con los Estatutos propios aprobados por la Santa Sede, y bajo la autoridad de un Prelado. Por otra parte; siempre se salvaguardan los derechos de los Obispos diocesanos en cuyo territorio realiza su labor apostólica una Prelatura personal, de acuerdo con las exigencias de la comunión eclesial.

El Opus Dei es la primera Prelatura personal que ha erigido el Santo Padre. Este acto Pontificio, como dice la citada Declaración, “mira directamente a favorecer la actividad apostólica de la Iglesia, pues hace que se traduzca en realidad práctica y operativa un nuevo instrumento pastoral, hasta ahora sólo previsto y deseado en el derecho, y lo realiza mediante una institución que ofrece probadas garantías doctrinales, disciplinarias y de vigor apostólico”.

La nueva situación jurídica del Opus Dei se ajusta a la realidad de lo que es esta institución y a su función apostólica en la Iglesia. Por ejemplo, con esta configuración eclesial definitiva queda completamente clara la condición secular de sus miembros que son sacerdotes seculares o simples fieles laicos. Por tanto, estos fieles laicos que pertenecen al Opus Dei, gozan dela misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos, en todas sus actividades profesionales, políticos, económicos, etc., actividades que la Prelatura no hace suyas.

Es de notar que la hueva situación canónica y los nuevos Estatua del Opus Dei corresponden plenamente a lo que su Fundador Monseñor Escrivá de Balaguer había deseado. Así, de acuerdo con el carisma fundacional, y por referirme a un aspecto concreto, el fin propio de la Prelatura del Opus Dei es la difusión entre personas de todas las condiciones socilaes de la llamada universal a la santidad, y especialmente del valor santificador del trabajo profesional ordinario.

Estoy persuadido de que el nuevo status jurídico del Opus Dei será de mucho provecho apostólico, y que las relaciones entre esta institución de la Iglesia Católica y los Obispos diocesanos seguirán siendo tan buenas como hasta ahora aquí en Puerto Rico, donde la Obra desarrolla una honda labor de formación y apostolado desde hace más de trece años.

Me uno, por tanto, a los miembros de la Prelatura del Opus Dei en su alegría, y en su agradecimiento a Su Santidad Juan Pablo II. A la vez, quiero con estas líneas agradecerles su trabajo apostólico en la Isla. Les bendigo una vez más en este momento histórico.

Por Monseñor Juan Fremiot Torres Oliver

Una pionera del Opus Dei: Nisa González

Fuente: Nisa González Guzmán, La Crónica 16 de León (León, España), 17.5.1992

BEATIFICACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Una leonesa, pionera del Opus Dei

Nisa González Guzmán es una de las cinco primeras mujeres que siguieron a monseñor Escrivá.

A las puertas del beatificación del fundador del Opus Dei, que tan controvertida polémica está levantando, se nos ocurrió investigar en las raíces leonesas de esta novel prelatura. Y buscando… hemos dado con Nisa González Guzmán, leonesa, que es precisamente una de las cinco primeras mujeres que siguieron a monseñor Escrivá, en su recién fundado Opus Dei. Actualmente reside en Valencia, y allá vamos a entrevistarla.

– Nisa, ¿cómo fue su encuentro con el Opus Dei y cómo conoció al fundador?

– Fue en los primeros días de agosto de 1940. Por entonces, yo era una mujer joven, vivía con mi familia y procuraba llenar los días como solía hacerlo cualquier chica de mi edad y de mi ambiente. Estudiaba idiomas, viajaba y practicaba diversos deportes, particularmente tenis y esquí. Por entonces acababa de recibir con entusiasmo una copa ganada en un campeonato de descenso.

Todo esto me llenaba, pero relativamente. Lo curioso es que nunca me había planteado el problema de una vocación de entrega total a Dios. Solía confesarme con don Heliodoro Gil Rivera, que quería mucho a monseñor Escrivá y en alguna ocasión me había comentado la intensa labor apostólica que realizaba.

De todos modos, era muy poco lo que yo sabía de la Obra, cuando tuve ocasión de conocer a su fundador. Se hospedaba en el Palacio Episcopal, porque había venido a León a dar unos ejercicios espirituales a los sacerdotes de la Diócesis, invitado por el obispo, don Carmelo Ballester. Creo que también estuvo en Astorga.

– Dicen que monseñor Escrivá tenía un carácter particularmente abierto, sencillo… ¿quizá persuasivo?, ¿le impresionó ya en aquel primer encuentro? Cuéntenos, por favor, lo que recuerda de él.

– Cuando entré en aquel edificio, -hace unos años pude comprobar que se conserva igual- no sé por qué, tuve el presentimiento de que aquel encuentro iba a cambiar mi vida. Me hicieron pasar a un salón, y poco después apareció el padre: un sacerdote joven, -por aquel entonces contaría unos 38 años- de una gran amabilidad, sencillo, natural y muy alegre. Me llamó por mi nombre… y, sí, me impresionó hondamente. Inmediatamente capté en él un hondo sentido sobrenatural, junto a una sinceridad y fe grandes. Le hice algunas preguntas. Él no se extendió en largas ni persuasivas explicaciones. Brevemente me expuso lo que se proponía, que era sencillamente poner el mundo a los pies de Cristo. Santificar las realidades humanas desde dentro, y santificarse en ellas, sin apartarse del mundo ni de los demás ciudadanos. Y esto debíamos hacerlo los mismos cristianos, como en los primeros siglos de la Iglesia. No era tarea sólo de los sacerdotes y religiosos. Los laicos no nos podíamos desentender de este encargo de Jesucristo. Hablaba con fuerza, con convicción. Se abría ante mí un panorama de vida interior y de labor apostólica que me atraía enormemente. Vivía y transmitía el espíritu del Opus Dei con tal fe y abandono en Dios que arrastraba: hablaba en presente lo que no tardé en ver hecho realidad palpable. Se me grabó también en el alma su cariño a la Santísima Virgen, su fidelidad a la Iglesia y al Santo Padre.

Recuerdo que me hizo una pregunta, con tal sencillez que me dejó algo desconcertada y me hizo reflexionar:

-Hija mía, ¿amas mucho a nuestro Señor?

Me despedí de él cambiada, aunque no le comenté nada en aquel momento. Con su prudencia se limitó a animarme a vivir cada vez más cerca de Dios, en medio del ambiente que me rodeaba. Al despedirme me llamó la atención su gravedad: aunque era un sacerdote joven, su cordialidad era mesurada y amable. Desde aquel día creció mi inquietud. Noté que la llamada del Señor había sonado, aunque tardé un tiempo en responder.

– ¿Entonces, no se hizo dé la Obra enseguida? ¿No le convenció… y si no, qué la detuvo? Muchos hablan de captación en el Opus Dei.

Dios tiene sus planes, su momento, y por otra parte monseñor Escrivá era prudente. No quería decisiones alocadas, precipitadas, fruto de un entusiasmo inmaduro. A lo largo de aquel año, yo fui madurando sola aquella inquietud interior, y en mayo del 41, decidí hacer un viaje a Madrid, expresamente para ver al padre y manifestarle mi deseo de pertenecer a la Obra, si me admitía. Toda la incertidumbre de la primera entrevista se había convertido en una seguridad y firmeza que nunca más he perdido. Me escuchó atento, pero aún me hizo esperar. Me invitó a que tres meses después volviera a Madrid para hacer un curso de retiro. Entonces podría meditar despacio esa determinación que había tomado y afianzaría mi decisión. Así lo hice, y en agosto empecé aquel curso de retiro que él mismo nos dirigía. Éramos unas doce. Nos habló mucho -con palabras de fuego- de amor a Dios y de ser almas de oración.

– ¿Y después?

– Aún no había ningún centro de mujeres del Opus Dei, y mientras se buscaba uno, volví con los míos. Cuando se abrió nuestro primer centro, en la calle Jorge Manrique, de Madrid, me incorporé, ya definitivamente. Era julio de 1942. Luego, he estado en Francia, Canadá, Estados Unidos, Italia e Inglaterra. A algunos de ellos fui a empezar el Opus Dei.

– ¿No le parecía que se estaba lanzando al vacío metiéndose en algo tan desconocido entonces y ya con opiniones en contra?

– Nos movía la fe del padre, que nos transmitía continuamente, y por otro lado la convicción de que era una Obra de Dios, y que Él se encargaría de sacarla adelante, como así ha sido, con los pocos y pobres instrumentos humanos que éramos nosotros.

Recuerdo que un día nos reunió a las pocas que vivíamos en aquella casa. Y extendió ante nosotras un panorama que ya recogía las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizaríamos en el futuro. Oírle producía casi vértigo, cuando aún no había nada: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, colegios mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales… Y sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal, que no se podía programar, ni medir. Y ante nuestro asombro, terminó diciendo: «Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y, otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda».

Estos son sus recuerdos y así nos los ha transmitió esta mujer, mayor ya, gastada y enferma, pero feliz con su vida llena. Recuerda León -su patria chica- con cariño. Nos pregunta detalles con interés, y nos toca contarle a nosotros de la actualidad y el ambiente de nuestra ciudad.

En torno a la beatificación del fundador del Opus Dei

Las tertulias de Jenner

Antonio González Sobaco (*)

En la Residencia de Estudiantes de Jenner estaba, por aquellos días de marzo de 1940, todo el Opus Dei: escasamente una treintena de personas. Monseñor Escrivá y los primeros que recibían de sus labios el espíritu del Opus Dei y que procuraban, con la gracia de Dios, ponerlo en práctica en sus vidas.

Verse inmerso en una tertulia de Jenner me resultaba deslumbrante. Entonces quizá no buscaba la causa de esa impresión. Con el tiempo me di cuenta de que estaba siendo testigo de como se hacía vida, en variadísimas personas, el espíritu y afán de santidad que transmitía Monseñor Escrivá.

He conservado un vivísimo recuerdo de José María Albareda, uno de los mayores en edad. Era Albareda un científico de nota y catedrático de la Universidad Central. Tratar a un catedrático en aquella época estaba, para los chicos jóvenes, impregnado siempre de profundo respeto en una afabilidad inmensa.

¿Qué decir de Salvador Canals, aquel jovencísimo estudiante de Derecho, tan “castizo”? Con el tiempo se proyectaría como un insigne canonista y autor de “Ascética Meditada”.

O de José Luis Múzquiz, muy joven Ingeniero de Caminos, que haría un largo periplo por Estados Unidos y Japón, dejando profunda huella. Era alto, con una imagen de juventud reforzada, como si no hubiera de morir…

O del alcoyano Francisco Botella Raduán, ocupado entonces con su tesis doctoral de Exactas y después catedrático de la Central. En orden a simpatía, no he visto cosa igual. Él me entregó un crucifijo bendecido por Mons. Escrivá que he conservado devotamente. Por asociación, otro levantino de similares características, entonces director de la Residencia, antes Alcalde de Oliva y más tarde sacerdote del Opus Dei: Justo Martí.

Son tipos humanos genuinos de una tierra admirable que ha sido mi patria de elección desde hace más de 45 años. Ambos dejaron una huella imborrable de luz.

Vicente Rodríguez Casado, “Vicentón”, genio y simpatía desbordante, capaz de zarandear a Lucero del Alba y hacerle perder casi la compostura… o de detalles de gran señor. Nos ha dejado un libro de una gran densidad científica sobre un tema al que dedicó en su magisterio de Historia contemporánea, entre Madrid y Piura, muchas horas: “Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo”.

Un recuerdo especial conservo de José María Hernández Garnica en la tertulia, al lado de Mons. Escrivá. Estaba “Chiqui” convaleciente de una importante intervención quirúrgica. Se veía que Mons. Escrivá estaba muy preocupado y pendiente de él. Repetía: “Por esta operación de ‘Chiqui’ estamos recibiendo muchas gracias”. Era evidente que su dolor, compartido, era un tesoro no desperdiciado por Mons. Escrivá, el cual tenía una visión de fe, sobrenaturalizada, de los acontecimientos cómodos o incómodos de la vida y ennoblecía el dolor colocándolo en el lugar que corresponde en la economía del espíritu.

De Isidoro Zorzano conservo entrañables recuerdos, primero paseando por las calles de Madrid o descansando en una chocolatería de la calle de Alcalá llamada “El Sotanillo”, donde en ocasiones se había celebrado alguna tertulia. Isidoro parecía un poco el contrapunto de aquella constelación de personas.

Pendiente siempre de los demás y su tono de media voz le hacía pasar desapercibido… para un observador superficial como yo. Años después, me enteraría de su fallecimiento por la apertura de su proceso de beatificación. Entonces comprendí aquel punto de Camino según el cual no hay prueba de predilección más hermosa que pasar ocultos.

Había, por último, otra persona. La recuerdo con un traje azul, cuello almidonado al estilo de la época, gafas de concha y siempre apacible, sonriente. Estaba muy claro que era el más próximo de todos a Mons. Escrivá de Balaguer: Alvaro del Portillo.

El ambiente de Jenner era de familia, sin familiaridades. De alegría contagiosa. Era el ambiente de familia que infundía a su alrededor Mons. Escrivá de Balaguer. Manifestación externa, llena de naturalidad y sencillez, del trato personal con Dios en la oración, de la lucha interior por identificarse con el auténtico espíritu del Evangelio, en una palabra, de la santidad. Él diría después que una santidad sin alegría no es la santidad del Opus Dei.

Trato humano, espíritu, de sencillez, virtudes humanas, como asiento de todo lo demás, “…porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales. Es verdad que no basta esa capacidad personal: nadie se salva sin la gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva un principio de rectitud, Dios le allanará el camino; y podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de bien” (José María Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios” n.74-75; ed. RIALP).

La historiografía ha deformado en ocasiones la vida de los santos al mostrarlos como seres distantes o ausentes del mundo que les rodea, cuando han sido en realidad los tipos más humanos.

Valor divino de lo humano, valor humano de los santos, defectos de los santos…

Paso por alto sus méritos, que fueron excelsos, y me quedo en el recuerdo con su humanidad.

(*)Doctor en Derecho

Castellón Diario, Sábado, 6 de junio 1992

Carta del Prelado del Opus Dei (noviembre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos “recorrido” el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, som
etiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz
[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros…[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

                                                               vuestro Padre

                                                               + Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, No
tas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23.