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Testimonio de MARLIES KÜCKING, Secretaria central del Opus Dei

MARLIES KÜCKING, Secretaria central del OPUS DEI

“CONOCÍ MUY BIEN AL FUNDADOR”

Entrevista de: COVADONGA O’SHEA. Telva, Abril 1992, Madrid, España

ROMA, febrero de 1992. Estoy en el conocido barrio del Parioli, donde se encuentra la sede central del Opus Dei. Aquí, en la cripta de la iglesia Prelaticia de la Obra, está enterrado su Fundador, José María Escrivá de Balaguer, que será beatificado el próximo 17 de mayo en la plaza de San Pedro. Un futuro santo que hace 62 años, el 14 de febrero de 1930, vio que en la Obra -que habla fundado en 1928- también debía haber un lugar para las mujeres. ¿En qué situación? ¿Para qué? ¿A qué se dedicarían? ¿cómo veía el Fundador del Opus Dei el papel de la mujer en una institución de la Iglesia que por sí misma parecía romper esquemas? ¿Qué podían aportar a la sociedad y a la Iglesia? Con ésas y otras mil preguntas en cartera, he pedido una entrevista con Marlies Kücking, quien está al frente del equipo que asesora al Prelado, en el gobierno de las mujeres del Opus Dei en todo el mundo.

MARLIES KÜCKING, una alemana, de aspecto nórdico, nacida en la ex República Federal, me recibe en su despacho, una habitación funcional en la que los teléfonos y la pantalla del ordenador se alternan con flores y fotografías de las primeras mujeres de la Obra de diversos países, según me explica. Antes se disculpa por haberse retrasado unos minutos: “Has sido más puntual que una alemana -me dice sonriente-, como es domingo, he aprovechado para jugar un rato al tenis; si no, el trabajo de oficina te anquilosa. También esto lo he aprendido del Fundador del Opus Dei: hay que saber descansar para estar en forma y poder trabajar después con mayor empeño. Siempre que puedo voy a dar una vuelta por villa Borghese, uno de los “pulmones de Roma”.

Su jornada empieza temprano -en Italia el horario es más europeo que en España-, a las seis de la mañana: “Antes de iniciar mi trabajo de oficina, empleo un tiempo en el arreglo de la casa, hago oración y asisto a Misa; después de desayunar hojeo la prensa, leo el correo y estudio los asuntos que llegan diariamente a mi despacho. Al acabar el almuerzo, cambio impresiones en un encuentro familiar -lo que en español se llama “tertulia”-, y por la tarde dedico varias horas más a despachos y reuniones de trabajo, periódicamente, con Mons. del Portillo. Ciertamente, aunque parezca lo contrario, cada día es muy distinto y rico en matices, porque el Opus Dei es una familia muy variada; además, en estos meses, estamos trabajando en los preparativos de la beatificación del Fundador, a la vez que se siguen impulsando desde aquí las tareas apostólicas de todo el mundo”.

-Usted, según tengo entendido, colaboró estrechamente con Mons. Escrivá desde 1964 hasta su fallecimiento en 1975, pero, ¿cómo y dónde conoció el Opus Dei?

-“Aquí en Roma, en octubre de 1954, durante un viaje de estudios que había organizado mi colegio. una de las profesoras que nos acompañaban me invitó a que conociera a unas amigas suyas de la Obra en esta casa. Fue la primera vez que oí hablar del Opus Dei. Me había educado en una familia católica y estaba realizando los estudios en un colegio de monjas. Aquella tarde me llevé una sorpresa, al ver un grupo de mujeres normales y corrientes, de varias nacionalidades, tratando de vivir una entrega a Dios en medio del mundo. Salí convencida de que aquello era lo mío.

-Pero entonces sólo era una adolescente ¿cómo es posible, tan joven, decidirse a algo tan serio y en tan poco tiempo? Hablando en plata, Vd. es la típica muestra de esas niñas de dieciséis años a las que en pocas horas, “comieron el coco”.

-Pienso que si me hubieran “comido el coco” o “lavado el cerebro” antes o después me habría dado cuenta; además, poca cabeza tiene quien se deja influir en una decisión de ese calibre. Personalmente me di cuenta de que la vocación al Opus Dei era lo mío, pero seguí viviendo con mis padres y hasta dos años más tarde no me incorporé a la Obra, en el primer centro de mujeres de Colonia, cuando ya era mayor de edad.

-No obstante, tomar una decisión así puede resultar peligroso, porque a esa edad todavía no está fraguada la personalidad, se desconocen otras posibilidades y las experiencias son limitadas.

-Mire, los primeros interesados en que pidan la admisión en la Obra personas con auténtica vocación somos nosotros. Aquí no hay nadie a la fuerza. Hacia los años 60, Mons. Escrivá nos animó a promover más iniciativas de formación humana y cristiana entre gente joven, incluso mientras terminaban los estudios secundarios. El sentía la urgencia de que hubiera muchos cristianos responsables, con ideas claras frente a tendencias, ideologías, corrientes de opinión que supusieran no ser coherentes con las propias convicciones.

-Hay padres, sin embargo, que se inquietan pensando que van a “pescar” a sus hijos, ¿se deja realmente libertad a quienes se acercan al Opus Dei?

-Los padres son los primeros que desean que sus hijos sean personas cabales, honradas y felices. Eso es lo que se pretende también en los clubes de bachilleres y centros culturales para gente joven. Los padres lo saben y si eligen para ellos esos clubes o colegios es porque quieren que los eduquen bien. Todo depende, en el fondo, de conceptos tan vitales como el sentido de la libertad personal. La máxima libertad es autoadherirse por propia convicción al bien que, por otra parte, es lo que produce la felicidad en la vida humana. La formación que se imparte a los jóvenes contribuye a que cada uno se convenza de que vivir el cristianismo es algo comprometido, pero, a la vez, fuente de la auténtica felicidad que proviene de amar a Dios y a los demás.

-Está Vd. segura de que esa libertad es real en la vida de la gente de la Obra?

-Es lógico que sonría con cierta soma, al decirme: Lo sabes igual que yo. Y, sigue explicándome que, en el Opus Dei, estamos todos porque queremos. ¿Podría explicarme en qué especie de jaula se puede encerrar a miles de personas que trabajan profesionalmente en ambientes tan dispares? La mayoría de los miembros del Opus Dei no viven en centros de la Obra. No cabe que estén a la fuerza, ni que pidan la admisión coaccionados, porque les faltarían incluso las condiciones humanas mínimas para poder perseverar. Aquí estamos porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural, como le he oído decir tantas veces al Fundador; en otras palabras: con la gracia de Dios, libremente, queremos ser fieles a la vocación intentando serlo diariamente.

-Volvamos a su historia personal… ¿Conoció también a Mons. Escrivá de Balaguer en 1954?

-No. Fue más tarde, en 1957, durante uno de sus viajes por Alemania. Desde el primer momento lo vi como un auténtico Padre. Poco a poco me percaté -sobre todo al trasladarme a vivir a Roma- de que estaba aprendiendo, en la práctica, el espíritu del Opus Dei directamente de su Fundador. Él se consideraba, y así lo decía tantas veces, “un pecador que ama a Jesucristo”, pero a la vez era consciente de que Dios le había llamado para hacer el Opus Dei; sabía que no era invención suya, sino una Obra de Dios en la que todos debíamos ser instrumentos.

-Usted es un testigo cualificado de la vida de Mons. Escrivá porque ha colaborado estrechamente con él durante años ¿ Tenía la impresión de trabajar con un santo?

-Sí. Tuve siempre la conciencia clara de que era un sacerdote santo. Diría que lo más destacado era su entrega diaria, bien palpable. No recuerdo nunca haberle oído decir que no a algo que consideraba una petición de Dios. Si tuviese que resumir su vida diría que es la de un hombre que sabía querer, con un corazón universal. Primero a Dios. Su vida de piedad era llamativa; con enorme naturalidad, rezaba y hacia rezar. Ante cualquier situación difícil, dura, de las humanamente casi imposibles de superar, acudía a Dios con una fe sin cortapisas. Recurría a la oración, como “única arma del Opus Dei”. “Cuánto he golpeado con la oración las fronteras de ese país”, nos dijo cuando se comenzó la labor apostólica en Nigeria. Y con ese mismo amor, con ese corazón grande quería a cada uno de sus hijos. Sabía estar pendiente de la gente en todo momento, estuviese cansado o no, se encontrara bien o menos bien de salud. Y esto siempre. Pienso que un día genial lo tenemos todos, pero vivir con esa abnegación, día tras día…

-¿Cuál fue para Vd., el rasgo más significativo del Fundador del Opus Dei?

-Es realmente difícil hacer una síntesis. Hay múltiples facetas que se podrían señalar, pero, quizá, lo que va a enmarcar su figura en la historia de la Iglesia es haber situado el trabajo en el ámbito de la santidad. Es decir, haber abierto horizontes de plenitud cristiana a todos los hombres, sean cuales fueran sus circunstancias profesionales, sociales, familiares…

– A veces, ante una personalidad de ese calibre, podría desdibujarse un poco su perfil humano, su carácter habitual, su modo de reaccionar en la vida ordinaria. ¿Cómo era su temperamento? Porque supongo que se enfadaría, que tendría algún defecto… A mí, como a muchas personas, nos animaría saber que, en parte, fue como nosotros y que ¡ha llegado a los altares!

-Claro que tenía carácter, y una gran fortaleza, primero para exigirse a sí mismo, y luego a todos sus hijos. Pienso que si Dios no le hubiese dado esa fortaleza no hubiese sacado la Obra adelante porque es evidente que, desde un punto de vista humano, es una empresa imposible.

-¿Cómo era su trato con quienes le rodeaban?

-Puedo afirmar -tengo experiencia directa en ello- que se guiaba por la prudencia sobrenatural y con un gran sentido común; cuando era consciente de haberse equivocado, rectificaba y, si era el caso, públicamente. Vivía una caridad cariñosa para advertir las cosas que no estaban bien, también con las personas que no eran del Opus Dei. Recuerdo que, el 2 de noviembre de 1973, recibió a los padres de una de las directoras del gobierno central; su madre le dijo a Mons. Escrivá que había sentido curiosidad por conocer a quien había sido más fuerte que ella, haciendo referencia a la resistencia que había hecho esta señora a la vocación de su hija. El Padre le contestó que el más fuerte había sido Dios, no él. Les dijo también a aquellos padres que eran ellos los “culpables” de la vocación de su hija, porque la habían educado cristianamente y de este modo Dios había encontrado el terreno preparado.

Al día siguiente, Mons. Escrivá llamó a la interesada para que escribiese a su madre, diciéndole que le perdonara si les había dicho las cosas de un modo tajante, pero que era aragonés y le gustaba decir las cosas claras. Ella pudo asegurarle que su madre se había quedado muy agradecida con las palabras del Padre.

-¿Era fácil trabajar con el Fundador? ¿Se le podía llevar la contraria, dar una opinión distinta a la suya?

-No estaba aferrado a sus ideas aunque, en cuestiones esenciales del espíritu fundacional, todos teníamos una idea muy clara de que gozaba de un carisma específico. Recuerdo, por ejemplo, cuando empecé a trabajar en el gobierno central del Opus Dei: tenía buena voluntad, pero mucha inexperiencia; él se fiaba de gente como yo y escuchaba nuestro parecer, en asuntos que hubiese podido resolver él solo muchísimo más rápido, muchísimo mejor. Esta actitud suya era un estímulo para estudiar a fondo las cosas, tratar de hacerlas bien. Era impresionante comprobar cómo se fiaba de lo que decíamos!

-Es conocido que Mons. Escrivá de Balaguer recibió a lo largo de su vida calumnias, ataques, incomprensiones, como sucede ahora en vísperas de su beatificación. ¿Cómo las afrontaba? ¿Se le veía sufrir o las pasaba por alto?

-Respecto a las criticas, Mons. Escrivá reaccionaba -ya lo he mencionado antes- como un hombre que sabía querer. Yo no le he oído nunca hablar mal de nadie. Insistía siempre en rezar, en perdonar. Decía que él no había aprendido a perdonar porque Dios le había enseñado a querer. Aclaraba las cosas, eso sí, porque era de justicia. No hay que olvidar, además, que desde que Jesucristo vino a este mundo hay quien no le ha entendido, y le ha criticado. Lo mismo ha sucedido en muchas instituciones de la Iglesia.

-Y como alemana, ¿qué puede decir sobre la postura del fundador de la Obra respecto al nazismo? Han corrido ciertos rumores…

-Mons. Escrivá de Balaguer sufría con cualquier injusticia que se pudiese cometer, no sólo con el pueblo judío, sino con cualquier persona. ¿Cómo iba a justificar el genocidio de Hitler? Es tan absurdo, que sólo puedo decir que es una calumnia. En el Opus Dei hay personas de origen judío e incluso conversos. Me vienen a la cabeza algunas que conozco personalmente; una de ellas vive en Inglaterra y es hermana del director de cine John Schlesinger, el que hizo la película “Madame Souzaska”, entre otras muchas.

-Usted lleva muchos años en contacto directo con mujeres de todo el mundo. Lógicamente habrá reflexionado sobre el papel de las mujeres en la sociedad, sus problemas, sus inquietudes. En 1967, Mons. Escrivá concedió a TELVA una entrevista sobre estas cuestiones; ¿qué puede decir sobre ello?.

-El Fundador de la Obra nos animaba a ser mujeres de una pieza. Tenía una confianza total en la capacidad femenina, porque -como él repetía- la mujer tiene el deber de “llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar”. En esto coincidía plenamente con el reciente documento, Mulieris Dignitatem, sobre el papel de la mujer en todos los campos del quehacer humano, sin perder de vista su igualdad en dignidad respecto al varón, al que la mujer no tiene porqué imitar superficialmente, si no quiere perder lo que es propio de ella. En este sentido, la Mulieris dignitatem ha sido una confirmación de muchas de las enseñanzas de Mons. Escrivá sobre esta cuestión.

-¿Es usted feminista?

-Depende de lo que entienda bajo este concepto. Defiendo que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre como persona y como hija de Dios, con todo lo que lleva consigo de respeto, posibilidades de acceso a la vida cultural y profesional, en todos los sectores de la vida pública y privada. Pienso también que, en los lugares donde no exista aún esta igualdad fundamental o no se haya alcanzado plenamente, y no digamos en esferas donde la mujer viva y trabaje en condiciones humillantes, se deberían poner todos los medios para proporcionársela.

-¿Qué iniciativas promueven las mujeres del Opus Dei en esos ámbitos en que la pobreza, el analfabetismo y la falta de oportunidades de promoción humana son moneda corriente? ¿Hasta qué punto están cerca del dolor, de la pobreza?

-Aparte de lo que cada persona de la Obra hace personalmente por aliviar cualquier tipo de marginación -muchas veces en el propio ámbito familiar, profesional y social-, también corporativamente se impulsan actividades asistenciales y educativas en campos muy variados. Mujeres de la Prelatura han promovido en diversas partes del mundo iniciativas de alfabetización y extensión cultural, dispensarios médicos, centros de enseñanza primaria, media y universitaria, instituciones académicas de especialización. Por citarle algunos ejemplos, en Perú, Bolivia y México existen desde hace años escuelas de capacitación profesional para campesinas; en otras ocasiones, se trata de centros educativos -Escuelas de Secretariado, Idiomas, Hostelería- o instituciones de promoción cultural para mujeres que viven en zonas marginadas o barrios obreros urbanos, como las desarrolladas en el Bronx de Nueva York y en el Tiburtino, aquí en Roma. Esos instrumentos contribuyen a dotar a la mujer de una preparación adecuada que le permita acceder a un trabajo profesional cualificado y a los estudios universitarios, si fuera el caso. Iniciativas de este tipo existen, por ejemplo, en Kenya, Filipinas, Brasil…

-¿Hay muchas mujeres de la Obra que se dedican exclusivamente a las tareas del hogar?

-La mayoría de las mujeres de la Obra están casadas, por tanto, lo normal es que sus obligaciones familiares ocupen gran parte de su tiempo y, en la medida que sus necesidades económicas lo reclamen o su preparación profesional lo permita, se dediquen también a trabajar fuera de su hogar. El mensaje del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario. Y al trabajo de la casa se le reconoce la misma categoría que a cualquier otro. En una ocasión preguntaron a Mons. Escrivá qué trabajo le parecía más importante, si el de un profesor universitario o el de un barrendero. Contestó algo así: “depende de quién lo haga mejor y con más amor de Dios”.

-Otro tópico que circula sobre las mujeres casadas del Opus Dei es que se les anima a tener muchos hijos…

-Eso no es así. La obra no hace más que recordar la doctrina multisecular de la Iglesia reflejada, por citar algunos documentos recientes, en la Encíclica “Humanae vitae”, de Pablo VI, o en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio”, de Juan Pablo II. Una mujer consecuente con la moral natural y la doctrina de la Iglesia, con palabras del Fundador de la Obra, “no debe cegar las fuentes de la vida”. Cuando una mujer se casa lo normal es que procure tener hijos.

-Pasemos a otra cuestión ¿Qué grado de autonomía poseen las mujeres de la Prelatura en cuestiones de gobierno interno?

-Las mujeres del Opus Dei, también en las tareas de gobierno tienen la misma autonomía que los hombres. Yo le he oído decir al Fundador, centenares de veces, que quería que nos gobernáramos por nosotras mismas.

-Usted está al frente de ¿cuántas mujeres?

-La vida es más rica que las estadísticas. Pero si le interesa, somos más de 36.000.

-¿Cómo se selecciona a los que se ocupan de estas tareas?

-Se procura que haya personas de distintos países. Aquí en Roma, por ejemplo, en el gobierno central colaboran mujeres de dieciocho nacionalidades diversas. Se requiere que tengan la madurez sobrenatural y humana necesaria para este trabajo. Todas tienen su profesión y, en muchos casos, siguen haciéndola compatible. Aquí también se da el pluriempleo…

-Entre los encargos de gobierno, ¿existe el de secretaria personal del Padre?

El NO es tan rotundo, que para seguir la entrevista tengo que explicarle que estaba segura que las declaraciones que he leído sobre el tema eran otro invento colosal.

-Ni Mons. Escrivá, ni ahora Mons. del Portillo, han tenido nunca secretarias personales; sus secretarios han sido y son sacerdotes.

-En qué consiste el trabajo del gobierno central de la Obra? ¿Qué se estudia y proyecta desde Roma?

-Las iniciativas apostólicas dirigidas a mujeres: gente joven, profesionales, casadas; la tarea de formación de los miembros de la Obra; nuevas actividades que se estimen convenientes; el inicio de la labor estable en nuevos países… Desde aquí se dan las directrices de la labor, pero se deja total autonomía a los distintos países. No se interfiere en los asuntos o proyectos concretos de cada lugar. La Obra se adapta completamente al país en el que trabaja. No se pueden hacer las cosas del mismo modo en Portugal, en Japón o en el Camerún, o en Suecia por poner un ejemplo.

-Supongo que usted tendrá siempre en la cabeza un mapa mundi, porque debe recibir noticias de los cinco continentes ¿Qué proyectos tiene el Opus Dei en estos momentos? Con los cambios en la Europa del Este, se habrán abierto muchas perspectivas, usted misma está estudiando polaco…

-Los proyectos inmediatos son de expansión a nuevas ciudades en países donde ya hay iniciativas estables de la Obra. Respecto al Este, se están haciendo viajes a Hungría y Checoslovaquia, y hay muchas personas deseando que, cuanto antes, se empiece a trabajar allí. También se han realizado viajes esporádicos a Rusia. Además se está estudiando empezar en la India e Indonesia.

-Es de suponer que ahora se habrá incrementado su trabajo con motivo de la ya próxima beatificación de Mons. Escrivá ¿Se espera mucha gente el 17 de mayo?

-Pues sí. Se van a hacer todo tipo de sacrificios económicos y de tiempo -hay quien va a renunciar a sus vacaciones- para venir a la beatificación. Personas del mundo entero sienten que le deben mucho a Mons. Escrivá, en su propia vida o en la de los demás, ya que les ha concedido favores importantes. El primer grupo que anunció su llegada procedía de Israel, también vendrán de Letonia. En fin, de las cinco partes del mundo.

SEÑAS DE IDENTIDAD

Nace en la República Federal Alemana.

Estudia Filología Germánica e Inglesa.

Además de alemán habla inglés, francés, italiano y español.

Cultiva otros idiomas como el polaco.

Su mayor hobby, la lectura. Ha leído el Quijote en español, Shakespeare en inglés, y ahora termina la Biografía de Yeltsin.

Le gusta la historia, la novela actual y la ciencia ficción.

Es deportista. Juega al tenis, hace montañismo, natación, y cuando puede practica la bicicleta.

Le gusta la música clásica.

Pertenece al Opus Dei desde 1955.

Conoce al Fundador de la Obra en Alemania en 1957.

A partir de 1964 trabaja en el gobierno central de la Obra.

Testimonio de monseñor Marcelino Olaechea

El testimonio de monseñor Marcelino Olaechea sobre el fundador del Opus Dei [Las Provincias, 16.V.1992, Valencia, España]

No puedo olvidar la entrañable figura de don Marcelino Olaechea, que fue arzobispo de Valencia de 1946 a 1969. Durante 26 años continuos fui su capellán, secretario particular, comensal, conviviente bajo un mismo techo y partícipe activo en todos sus afanes, trabajos, sufrimientos y alegrías. Don Marcelino era un hombre excepcionalmente perspicaz, inteligente y culto. Era enérgico y bondadoso a la vez. Don Marcelino invirtió todas sus egregias cualidades en su ministerio episcopal: fue pastor ejemplar, generosamente entregado a sus sacerdotes y a su pueblo.

Don Marcelino conoció a don Josemaría Escrivá en 1930 en Madrid. En esa época, don Marcelino era inspector provincial de la congregación salesiana y, luego, director del colegio salesiano situado en la ronda de Atocha de aquella ciudad. Por su parte, don Josemaría era un sacerdote joven que apenas dos años antes había fundado el Opus Dei. El trato entre los dos rápidamente adquirió intimidad, profundidad y frecuencia. Pienso que las causas de esto fueron el convencimiento, por parte de don Marcelino, de que don Josemaría era en verdad un hombre “grande a los ojos de Dios, pues la mano del Señor estaba con él”; y el conocimiento experimental, por parte de don Josemaría, de la talla de excepción que poseía aquel culto y virtuoso hijo de don Bosco. Esa amistad fue, con la gracia de Dios, creciendo y madurando hasta lograr una sazón cristiana verdaderamente ejemplar y, acaso, excepcional.

Su íntimo trato mutuo no menguó, sino todo lo contrario, con el tiempo y los avatares de la vida de uno y otro. Durante unos dos años los separaron físicamente la marcha a Pamplona de don Marcelino, nombrado a finales de 1935 obispo de esa diócesis, y poco después, el estallido de la guerra civil española, que sorprendió a don Josemaría en Madrid. Volvieron a reunirse -fue un reencuentro entrañable, que muchas veces oí narrar con emoción a mi querido arzobispo- en diciembre de 1937, cuando don Josemaría, tras abandonar clandestinamente la capital y pasar a pie los Pirineos, entró de nuevo en España por Irún. Don Marcelino, al saberlo, fue inmediatamente a buscarle y le alojó por un tiempo en el palacio episcopal de Pamplona. Acabada la guerra, los dos siguieron viéndose en Madrid, a donde don Marcelino tenía que viajar con frecuencia por razón de sus deberes de obispo. Después de que don Josemaría fijó su residencia en Roma, en 1946, ambos procuraban verse cada vez que don Marcelino visitaba la ciudad eterna o su amigo venía a España. Especialmente frecuentes fueron sus encuentros durante los años del Concilio Vaticano II, en el que don Marcelino participó como miembro de varias comisiones. Se vieron por última vez en 1972, pocos meses antes de la muerte de don Marcelino, acaecida en ese mismo año.

Los dos amigos se buscaban, siempre que había ocasión, para hacerse mutuamente partícipes de sus respectivos anhelos. Ambos sentían que aquel trato hacía mucho bien a sus almas. Don Marcelino decía que los innumerables sacerdotes y los muchos prelados que tenían la fortuna de relacionarse con don Josemaría, le quedaban vinculados para siempre con inmensa gratitud, con gran beneficio suyo y de los suyos, considerando esa relación como un singular favor de la providencia divina. Así lo había experimentado yo mismo cuando por primera vez traté al fundador del Opus Dei durante unos ejercicios espirituales que predicó siendo yo seminarista, y seguí experimentándolo después, en las numerosas veces en que estuve con él, acompañando a don Marcelino.

Consciente del bien que don Josemaría hacía a cuántos le trataban, don Marcelino quería que le conocieran muchas personas. En los años 40, cuando mi señor arzobispo fue, sucesivamente, presidente de las comisiones episcopales de seminarios y de enseñanza, se reunía periódicamente en Madrid con los demás prelados que formaban parte de ellas; y don Marcelino procuraba, siempre, que era posible, que don Josemaría, aunque no era obispo ni miembro de ninguna comisión, asistiese a alguna de las sesiones. Actuaba así, según él me decía, porque la presencia de don Josemaría edificaba a todos, les alentaba en el trabajo, les levantaba el alma y, además, les abría horizontes nuevos para la formación sacerdotal más adecuada y la mejor educación cristiana de la juventud. Con ello, por otra parte, don Marcelino lograba que don Josemaría tuviese un descanso en su continuo ir y venir de una parte a otra de España, dirigiendo ejercicios espirituales al clero y a los seminaristas de numerosas diócesis, y que los prelados de las comisiones conociesen, en directo y a fondo, a “aquel hombre de Dios”.

A lo largo de 26 años junto a mi señor arzobispo, fui testigo de otras muchas pruebas del aprecio de don Marcelino al fundador del Opus Dei. Entre ellas, recuerdo una muy singular. Un día, en Roma, regresando a nuestra residencia en la vía della Conciliazione, tras haber almorzado y conversado largamente con don Josemaría en su casa, me dijo el señor arzobispo, esta vez en un tono muy especial, aseverativo y penetrante:

-No cabe duda: don Josemaría es un hombre excepcional, un hombre de los que Dios, muy de tarde en tarde, envía al mundo para luz y regalo de la humanidad. La mano del Señor se ve clara en él. Yo le tengo por un verdadero escogido, por un verdadero santo. Pienso que Dios le ha elegido para cristianizar el mundo ahora, en estos difíciles tiempos en que vivimos. Pienso que es un héroe en la virtud y en la acción. Vosotros lo veréis en los altares. Yo siento tener que morir antes que él y no poder testimoniar en su proceso de canonización. Testimonia tú en mi nombre, y haz presente en tu testimonio este mi encarecido ruego.

Estas palabras que en aquella precisa ocasión oí, quedaron vivamente grabadas en mi alma. No obstante, el señor arzobispo me dijo frases iguales o equivalentes en otras varias ocasiones, bien a raíz de sus entrevistas con don Josemaría, bien al recibir, por carta o por la prensa, alguna noticia suya, bien al comentar entre él y yo cuestiones previamente tratadas con don Josemaría, o con otros mil motivos. Tras la muerte de don Josemaría, presenté el testimonio de don Marcelino, junto con el mío propio, para la causa de beatificación de Escrivá, con el inmenso gozo de cancelar un grave y gratísimo deber.

Ahora siento también la alegría de ver que dentro de poco se cumplirán las proféticas palabras de don Marcelino Olaechea, dichas en Roma hace tantos años: “Vosotros lo veréis en los altares”.

Joaquín Mestre Palacio (Canónigo tesorero de la S.I. Catedral de Valencia)

Josemaría Escrivá, un aragonés universal

Fuente: Diario 16, Zaragoza, España, Sábado 16 de mayo-92

Por José María Mur, presidente del Partido Aragonés.

MAÑANA domingo día 17 tendrá lugar en Roma un acontecimiento excepcional. Un sacerdote aragonés, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, será beatificado. El acontecimiento, que ha despertado gran interés en especial entre los católicos, llena estos días los medios de comunicación, no faltando el debate, la pluralidad de opiniones e incluso la polémica. Eso es lógico cuando se quiere interpretar con el apasionamiento de la cercanía, algo que a no dudar, trascenderá a esta generación.

Visto desde Aragón, esta tierra que periódicamente ofrece al mundo personajes universales y singulares, el acontecimiento debe llenarnos de legítimo orgullo, por encima y con respeto a las creencias de cada uno.

Que un aragonés que siempre pregonó su noble condición de barbastrense recorra el camino hacía la Santidad, por medio de una obra que intenta revalorizar hasta la santificación el trabajo cotidiano de los laicos, es algo difícilmente comprensible para una sociedad que, como la actual, basa sus ideales en otras metas ajenas al sacrificio, al trabajo bien hecho y a la espiritualidad, y que espera reconocimiento inmediato y en especie de sus comportamientos.

Monseñor Escrivá fue una persona de nuestro tiempo. Nació en Barbastro, estudió en la Facultad de Derecho y en el Seminario de Zaragoza y ejerció por primera vez como sacerdote en Perdiguera. Durante su intensa vida hizo gala de muchos comportamientos que se atribuyen al carácter de los aragoneses. El primero de ellos es la universalidad de su obra, que ha llegado a los más alejados países del mundo, prueba de su amplitud de miras y horizontes. El segundo, su amor a la libertad, algo consustancial al ser aragonés. “Soy amigo de la libertad porque es un don de Dios y un derecho de la persona humana” solía decir en sus didácticos encuentros.

Conceptos como la amistad, la alegría, el afecto, formaban parte de su vida diaria en la que enseñaba el valor del tiempo y la manera de aprovecharlo. Esa tozudez aragonesa, que no es otra cosa que la necesaria constancia y tesón para llevar a cabo la ingente obra que nos ha dejado, también en los libros, dada su costumbre de transmitir sus ideas por escrito, ha hecho posible algo que parece excesivo para una sola persona.

Por eso, el milagro cotidiano de su vida fue el preparar e ilusionar a tantas personas que cada día nos dan el testimonio de su compromiso en el trabajo ordinario, pensando en sus semejantes en un mundo cada día más individualista e insolidario.

Para reforzar el mensaje permanente de su obra quiso que fuera en Aragón donde se construyera ese centro de peregrinación mariana en Torreciudad, que tantos beneficios y no sólo espirituales reportará a esta tierra. El gran amor y profunda esperanza que tenía en ese santuario se refleja en las palabras que pronunció en Barbastro el día 25 de mayo de 1975, un mes antes de su muerte, con motivo de recibir la medalla de oro de la ciudad, cuando dijo: “no puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño de Torreciudad”, explicando claramente que toda obra importante es un trabajo activo.

Documentos del Concilio Vaticano II – epub

Siguiendo las indicaciones de la Congregación para la Doctrina de la fe, una de cuyas sugerencias pastorales para este Año se concreta en favorecer su “más amplia difusión con el uso de medios electrónicos y modernas tecnologías”, la Oficina de Información del Opus Dei ha preparado esta edición electrónica de los “Documentos del Concilio Vaticano II”, para descargar gratuitamente.

Su lectura durante este Año de la fe tiene especial importancia, ya que, como dijo ayer el Santo Padre, «los documentos conciliares son una brújula que permite a la barca de la Iglesia navegar en mar abierto, en medio de las tempestades o de la calma, para llegar a la meta». (Benedicto XVI, Catequesis del 10-X-2012).

Refiriéndose a algunos de los documentos conciliares fundamentales, el Santo Padre explicó que «mirando en esta luz la riqueza contenida en los documentos del Vaticano II, quisiera nombrar sólo las cuatro Constituciones, casi cuatro puntos cardinales de la brújula capaz de orientarnos. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium nos indica cómo en la Iglesia en primer lugar está la adoración, está Dios, está la centralidad del misterio de la presencia de Cristo. Y la Iglesia, cuerpo de Cristo y pueblo que peregrina en el tiempo, tiene la tarea fundamental de glorificar a Dios, como expresa la Constitución dogmática Lumen gentium. El tercer documento que quisiera citar es la Constitución sobre la divina Revelación Dei Verbum: la Palabra viva de Dios convoca a la Iglesia y la vivifica a lo largo de todo su camino en la historia. Y el modo en que la Iglesia lleva al mundo entero la luz que ha recibido de Dios para que sea glorificado, es el tema de fondo de la Constitución pastoral Gaudium et spes».

El Concilio Vaticano II

El Vaticano II es el 21º Concilio ecuménico de la historia de la Iglesia y toma el nombre en referencia al Concilio Vaticano I, celebrado en 1870 e interrumpido con la invasión del estado pontificio. El Vaticano II fue presentado en parte como continuación del Vaticano I. Pero el Vaticano II se ha ocupado de una temática mucho más amplia y ambiciosa y sus Constituciones y Decretos cubren tal cantidad de asuntos, que indican un deseo de renovación global de la Iglesia.

El Concilio fue anunciado por el Papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959, después de una Capilla Papal celebrada en la abadía de san Pablo extramuros. El Papa anunció en esa ocasión la reforma del Código de Derecho canónico, la celebración de un sínodo Romano y la convocación de un concilio ecuménico, que se ocuparía principalmente de la unión de los cristianos. La noticia causó enorme expectación y sorpresa. Los preparativos para el concilio comenzaron en seguida con el nombramiento de las comisiones preconciliares y la elaboración de los esquemas que deberían ser discutidos.

El Concilio comenzó el 11 de octubre de 1962. Celebró cuatro sesiones: una bajo Juan XXIII, que murió el 3 de junio de 1963, y tres sesiones bajo Pablo VI, que fue elegido Papa el 21 de junio de 1963.

El primer discurso de Pablo VI al Concilio venía a establecer las líneas generales del trabajo conciliar y asignaba al Concilio su programa. Las palabras del Papa en esa ocasión contienen lo esencial de lo que un año mas tarde diría en la Encíclica Ecclesiam Suam: lo que Pablo VI consideraba las tres tareas más importantes de la Iglesia en aquellos momentos: tomar conciencia de sí misma, renovarse, entrar en dialogo con el mundo.

El Concilio Vaticano II representa un hito de gran importancia en la historia de la Iglesia, que ha renovado en la asamblea muchos aspectos de su ser mistérico y de su actividad. El Concilio ha puesto de manifiesto y desarrollado una visión de la Iglesia como misterio de fe. Ha renovado la Liturgia, con la publicación del Misal de Pablo VI en el año 1970, los rituales de los Sacramentos, los Leccionarios, el Breviario romano, y el Martirologio. Ha introducido las lenguas vernáculas, junto al latín, y puesto los medios para acercar los fieles a la celebración de los Misterios cristianos, especialmente de la Eucaristía. No ha supuesto el Concilio ruptura o discontinuidad con la Tradición de la Iglesia, que ha sido actualizada en sus documentos.

Carta del Prelado (octubre 2012)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al recorrer los días de este mes, volverán a nuestra memoria tantos aniversarios, tantos hitos de la historia del Opus Dei, que —como escribió muchas veces san Josemaría— es verdaderamente la historia de las misericordias de Dios, que ahora nos toca hacer a nosotros.

Desde aquel 2 de octubre de 1928, la Obra dio todos sus pasos guiada por la mano providente de Dios Padre nuestro, con el impulso del Espíritu Santo, amparada bajo el manto de la Santísima Virgen. Ahora, cada una y cada uno de sus hijos, con el empeño diario de convertir nuestra existencia en un canto de alabanza a la Trinidad, nos sentimos movidos a clamar, en unión con san Josemaría: Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Queremos manifestarlo con la mente, con el corazón, con los labios y con las obras, a lo largo de nuestro paso por la tierra. Ciertamente, hay fechas —como la que se cumple mañana— en las que esta necesidad se vuelve más perentoria; pero, como decía nuestro Fundador en la víspera de sus bodas de oro sacerdotales, dirigiéndose al Señor: no es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana; no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano[1].

Han transcurrido ochenta y cuatro años desde ese mirábilis dies, desde ese día maravilloso; y lo que nuestro Padre vio en la quietud de la habitación donde se hallaba recogido en oración, después de haber celebrado la Santa Misa, se contempla ya como una realidad universal, una luminaria que guía a innumerables personas del mundo entero, enseñándoles a convertir todas las tareas honradas —las de cada jornada— en caminos que conducen derechamente a la santidad; caminos que el mismo Dios ofrece a mujeres y a los hombres.

Grátias tibi, Deus, grátias tibi! Damos gracias a Dios de todo corazón por su bondad inmensa, y también por la heroica fidelidad de nuestro Padre. «Su vida y su mensaje —proclamó el beato Juan Pablo II hace diez años— han enseñado a una inmensa multitud de fieles —sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones— a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio al prójimo y en camino de santidad». Por eso, añadía este gran Pontífice, «con razón se le puede definir como “el santo de la vida ordinaria”»[2].

Esta solemne declaración del Vicario de Cristo era el broche final de la Iglesia a la fama de santidad que rodeaba a nuestro amadísimo Padre ya en vida. Lo había hecho notar el Papa Pío XII a unos obispos australianos, hablándoles de nuestro Padre: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestra época»[3]. También Pablo VI lo consideraba un sacerdote santo, como refirió don Álvaro —con la autorización del Papa— tras una audiencia con el Romano Pontífice en 1976. En aquella ocasión, Pablo VI afirmó que nuestro Fundador había sido «uno de los hombres que en la historia de la Iglesia había recibido más carismas y había correspondido a esos dones de Dios con mayor generosidad»[4].

Un mes antes de ser elevado a la cátedra de Pedro con el nombre de Juan Pablo I, el Cardenal de Venecia, glosando una frase de san Josemaría en Conversaciones, había escrito: «Las “realidades más vulgares” son el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que la alcancemos no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes. El modo de ejercitar esas acciones es lo que no debe ser común»[5].

Recojo sólo unas pinceladas que enmarcan la figura de san Josemaría, un santo que —como afirmó también Pablo VI— ya no pertenece a la Obra en exclusiva, sino que es propiedad de la Iglesia universal. ¡Con qué alegría vemos extenderse la devoción a nuestro Padre en el mundo entero, entre personas de todas las razas y condiciones! En verdad ha llegado «a constituir en muchos países un auténtico fenómeno de piedad popular»[6]. Pero no podemos olvidar que, con nuestra conducta cotidiana, nos toca recordar qué es el Opus Dei, y cómo se ha de intentar servir más y más a la Iglesia, a las almas.

Toda nuestra gratitud a Dios —con sentimientos y hechos— adquiere más intensidad al conmemorar el décimo aniversario de la canonización. Muchas veces os he impulsado a mantener muy vivos en la memoria y en el corazón los acontecimientos del 6 de octubre de 2002, redescubriendo su constante actualidad. Esta fecha —que tanto surco ha dejado en millones de personas, y no exagero— resulta especialmente adecuada para meditar con profundidad la vocación a la santidad en las circunstancias ordinarias de la existencia, que todas y todos hemos recibido, pidiendo luces al Señor por intercesión de san Josemaría para responder fielmente a esa llamada.

En las conversaciones de nuestro Padre con los Custodes, afloraba muchas veces su confianza en sus hijas y en sus hijos, de entonces y de todos los tiempos futuros. A la vez, añadía que no cesaba de insistir al Señor que cundiera entre ellos una idea madre, de modo que fuese una constante en el alma de cada mujer y de cada hombre del Opus Dei: que no estamos haciendo una tarea buena, de mayor o menor categoría, sino que Dios nos ha metido en un designio divino de entero servicio a la Iglesia, a las almas, a la humanidad. Nos remarcaba que es preciso que día tras día hilemos fino en nuestro mirar a Cristo, porque cuanto más intensamente lo hagamos, más nos acercaremos a nuestros iguales, despertando en todos los ambientes la grande e incomparable alegría de vivir de fe. Se detenía nuestro Fundador en los deseos apostólicos que le consumían en los primeros años, y siempre; porque al contemplar tantos lugares en los que la gente se desentendía de la fe, pedía al Cielo que supiésemos llevar a los sitios más diversos la amistad de Dios con la humanidad, persona a persona.

Para apuntalar esa idea madre, nos pueden servir unas palabras del Cardenal Ratzinger el día de la canonización, en las que subrayaba la docilidad de san Josemaría a la Voluntad divina. El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hacía unas incisivas consideraciones sobre la figura de nuestro Padre, a quien aplicaba una frase de la Sagrada Escritura en la que se afirma que Moisés hablaba con Dios cara a cara, como un amigo habla con un amigo[7]: «Me parece que, aunque el velo de la discreción nos oculte tantos detalles (…), se puede aplicar perfectamente a Josemaría Escrivá este “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformarlo todo»[8].

El 6 de octubre es también otro aniversario de la historia del Opus Dei, pues en 1932, durante un curso de retiro espiritual, nuestro Padre comenzó a invocar como patronos de la Obra a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y a los Apóstoles Pedro, Pablo y Juan, considerándolos desde entonces como patronos de las diversas direcciones del apostolado del Opus Dei. Me causó y me causa mucha alegría la coincidencia de ese aniversario con el día de la canonización de nuestro Padre; parece como si el Señor haya querido señalarnos, una vez más, que hemos de avanzar siempre por las sendas que
abrió nuestro Fundador con plena fidelidad al querer divino, sin apartarnos en nada del camino que nos marcó con sus enseñanzas y su vida santa. Hoy podemos preguntarnos cómo es nuestro seguimiento de Cristo en esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei. ¿Nos esforzamos a diario por seguir las huellas de san Josemaría? ¿Recurrimos con frecuencia a nuestro santos patronos y a los Ángeles Custodios? ¿Acudimos con fe a su intercesión al sacar adelante las diversas iniciativas apostólicas?

Al día siguiente de esta fecha, el 7 de octubre, se inaugura una nueva Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, en torno al tema de la nueva evangelización. Apoyad sus tareas con oración y sacrificio, con el ofrecimiento del trabajo, con una especial cercanía al Santo Padre y a los Pastores en comunión con él.

Poco antes, el día 4, el Papa tiene previsto hacer una peregrinación al santuario de Loreto. Acompañémosle pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen por los frutos de esa Asamblea y del Año de la fe, que se inaugurará el 11 de octubre. Os he enviado, hace pocos días, una larga carta sugiriendo modos concretos de participar en este Año; por eso, no me detengo más en este punto. Sólo os insisto en que recorramos estos meses muy cerca de nuestra Madre la Virgen, cobijados bajo su manto. No olvidemos que precisamente el 11 de octubre de 1943, fiesta entonces de la Maternidad divina de María, fue cuando la Obra recibió el nihil obstat, la primera aprobación de la Santa Sede.

Antes de concluir el mes de septiembre, he ido a Zürich, y desde allí me he desplazado a Einsiedeln, lugar mariano al que nuestro Padre y el queridísimo don Álvaro acudieron en tantas ocasiones. Allá tuvo lugar, en 1956, un Congreso General en el que se decidió el traslado del Consejo a Roma. A Santa María hemos invocado para que guíe los pasos de toda la Obra.

De cara al nuevo año de la historia del Opus Dei, os encarezco que renovéis el afán apostólico en cada jornada. Lancémonos con optimismo a sembrar la doctrina de Cristo a nuestro alrededor, entre las personas con quienes tratamos más o menos directamente; y en todo el mundo, con ansias de difundir la fe católica y el espíritu de la Obra por todas partes, mediante la oración y el trabajo santificante y santificado. ¡Cuántas personas nos esperan, en los lugares donde ya trabajamos establemente y en muchos otros!

La convocatoria del Papa con la Carta apostólica Porta fídei, ha de traducirse en un tiempo especial que informe la vida de todos los hijos de Dios, por el robustecimiento de nuestros deseos de santidad y por la expansión apostólica que el Señor desea que se lleve a cabo. Os sugiero que encomendéis estas intenciones a la intercesión del beato Juan Pablo II, cuya memoria litúrgica se celebra el próximo día 22.

Con todo cariño, os bendice

                                                                                      vuestro Padre

                                                                                       + Javier

 

Roma, 1 de octubre de 2012.

[1] San Josemaría, Notas de la oración personal, 27-III-1975.

[2] Beato Juan Pablo II, Lítteræ decretáles para la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, 6-X-2002.

[3] Testimonio de Mons. Thomas Muldoon, Obispo Auxiliar de Sidney, 21-X-1975 (cfr. Flavio Capucci, “Josemaría Escrivá, santo”, Ed. Rialp. Madrid 2009, p. 52).

[4] Testimonio del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, 5-III-1976/19-VI-1978 (cfr. cit., p. 53).

[5] Cardenal Albino Luciani, artículo en “Il Gazzettino”, Venecia, 25-VII-1978 (cfr. cit., pp. 48-49).

[6] Congregación para las Causas de los Santos, Decreto sobre las virtudes heroicas, 9-IV-1990 (cfr. cit., p. 83).

[7] Ex 33, 11.

[8] Cardenal Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, artículo publicado en “L’Osservatore Romano”, 6-X-2002 (cfr. cit., p. 154).