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Yo hice ejercicios con el padre Escrivá – Antonio Oyarzábal

Antonio Oyarzábal, Prelado de honor de Su Santidad, Deia (Pamplona, España), 9.02.1992

Texto

Yo hice ejercicios con el padre Escrivá

Están frescos aún en mi memoria los Ejercicios Espirituales que nos dió el P. Escrivá en junio de 1939, como preparación para las Ordenes Sagradas en el seminario de Bergara. Su figura sacerdotal, sencilla y elegante a la vez, rebosante de jovialidad, infundía una mezcla de respeto y confianza que invitaba a la confidencia. Fueron unos Ejercicios suaves pero exigentes como era él. Ameno pero no superficiales; cristocéntricos y a la vez marianos tal como lo exige el elíptico inseparable de Cristo-María en la Obra de la Redención.

Consciente de la fatiga mental propia de un fin de curso, su profundo sentido psicológico le sugirió la sabia estrategia de convertir los Ejercicios en sabrosos comentarios evangélicos acomodados al sistema ignaciano. ¡Con qué intensidad vivía aquel hombre de evangelio! Nos iluminó con su doctrina y su rica experiencia sacerdotal, salpicada de consejos prácticos y anécdotas sugestivas. Nos hizo orar mucho, pero sin cansarnos. Como líneas maestras de su espiritualidad cabría destacar dentro de la vocación a la santidad, la mística del sacerdocio y su gran amor y fidelidad a la Iglesia.

Tuve una entrevista personal con él, que me hizo mucho bien, por su amable acogida y su profunda comprensión. Me encontré con un hombre de Dios, lleno de optimismo, que irradiaba gozo y esperanza. Un director espiritual de diagnóstico certero y de palabra estimulante. El grupo de los que nos estábamos preparando para el apostolado de los Ejecicios tuvimos una reunión con él y el Padre espiritual, D. Rufino Aldabalde, que nos permitió conocerle más de cerca. Nos impresionó junto con su celo sacerdotal, su visión de la realidad, su agudeza mental y su gran bondad. Como secretario del grupo escribí enviándole los apuntes y esquemas que nos había pedido. No tardó en llegar su carta de agradecimiento, que de no haberla perdido, sería hoy una preciada reliquia. La última vez que le vi, fue después de la clausura del Concilio, que tuve la dicha de acompañar al Padre Arrupe, invitado a almorzar con el Padre Escrivá. Este gesto de fraternidad fue el último ejemplo de virtud que recibí del Siervo de Dios. Si yo tuviera que definirle con una pincelada, diría de él lo que el cardenal Suenen dijo de Juan XXIII: Era sobrenatural de manera natural.

ANTONIO OYARZABAL