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«El dinero no logra hacer un santo» – D. Rafael Pérez

HERALDO DE ARAGON, España, 1 DE DICIEMBRE DE 1991

«El dinero no logra hacer un santo»

El padre Rafael Pérez ha trabajado durante quince años en procesos de beatificación y canonización

Entrevista de Manuel Garrido

Residente en Zaragoza desde hace 16 años, el agustino padre Rafael Pérez es uno de los mejores especialistas en las beatificaciones y canonizaciones, que conoce a la perfección después de que en 1960, con el Papa Juan XXIII, comenzara a trabajar dentro del Vaticano en Causas de los Santos. Este leonés de nacimiento, y aragonés de adopción, conserva a sus 91 años una vitalidad asombrosa, vive en el convento colegio de los Padres Agustinos de Zaragoza, y recuerda su participación directa durante los 15 años de trabajo en Roma en 19 beatificaciones y 14 canonizaciones. Tras su jubilación culminaron en beatificación 106 casos en los que había participado y lograron la canonización al menos 19 beatos.

El padre Rafael Pérez es un experto de reconocido prestigio mundial, conocido también por su gran capacidad de trabajo y un rigor máximo a la hora de sopesar pros y contras de los candidatos a los altares. Ha sido durante diez años promotor general de la fe, lo que antes se conocía como «abogado del diablo». Cuenta que las dificultades que presentó en los diversos procesos llenan diez grandes volúmenes. «Sin embargo -matiza-, prefiero hablar de “abogado de Dios”, ya que las objeciones que formulo, más que poner impedimentos al camino de los santos hacia los altares, pretenden otorgar credibilidad y garantías a las causas».

Entre los numerosos españoles que ha contribuido a llevar a los altares figuran varios muy vinculados a Aragón. Son los casos de Teresa de Jesús Jornet Ibars, que fundó en Barbastro las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. También ha trabajado en las causas del obispo Polanco, de la madre Rafols, fundadora de las Anas; de la madre Genoveva Torres, fundadora de las Angélicas, de especial raigambre en Zaragoza. Asimismo, ha intervenido en el proceso del hermano de La Salle Adolfo Lanzuela y en los últimos años en el del fundador del Opus Dei.

Pregunta.-Cuál es la seriedad con que se realiza el trabajo en la Congregación para las Causas de los Santos?

Respuesta.-No tiene sentido dudar de la seriedad y profesionalidad del trabajo de la congregación: se aquilata hasta la última dificultad que pueda presentarse en relación con cualquier causa. Y mientras no se resuelva, no tiene lugar el siguiente paso. Además, el personal de la congregación es muy serio y lo más competente posible.

P.-Para proceder a una beatificación o canonización, ¿qué grado de certeza es necesario obtener sobre la santidad del candidato?

R.-Una certeza moral seria, con exclusión de cualquier duda fundada. Después, Dios da su señal por medio del milagro atribuido al siervo de Dios.

P.-¿Pueden darse algún tipo de presiones a favor o en contra de una causa determinada?

R.-No se hace caso de ningún tipo de presiones. Sería casi imposible e ineficaz que las hubiera, porque en cada uno de los distintos pasos de una causa intervienen muchas personas.

P.-Por qué hay causas que van más rápidas que otras?

R.-Por dos motivos, intrínseco y extrínseco. El intrínseco se refiere a la figura del siervo de Dios, y por este motivo unas causas son más complicadas y otras más sencillas, según la calidad y la cantidad de las pruebas, tanto testigos como documentos. El segundo, el extrínseco, depende de los postuladores: una causa va adelante cuando los postuladores saben bien su trabajo y le dedican mucho tiempo, todo el que requiere cada causa, y, finalmente, la competencia técnica de los tribunales y que se hayan observado todas las normas procesales.

P.-Es tan importante el trabajo de la postulación?

R.-Ciertamente. Si unas causas van lentamente se debe a que los que las promueven no ponen un verdadero interés, o a que los postuladores llevan más causas de las que pueden. Aunque también puede ser por falta de competencia de unos u otros. Una vez que las causas han sido instruidas y entran en la congregación, se requiere un serio trabajo de la postulación para que puedan ser estudiadas por los organismos competentes. Cuando las causas ya están preparadas para ser examinadas y discutidas, siguen un justo orden cronológico en cada uno de los pasos por los que tienen que pasar en la congregación. Le pondré dos ejemplos que se dieron en España. Al comenzar mi trabajo como promotor general de la fe me encontré una causa que no tenía ni postulador -porque había fallecido- ni fondos para financiar sus gastos. Se lo comuniqué al obispo de la diócesis y, después de insistirle bastante, se consiguió que una orden religiosa se hiciese cargo de la causa y así prosperó. El otro se refiere a una causa bellísima, que puede hacer un inmenso bien. Estábamos dando aún los primeros pasos, cuando recibí una carta de sus promotores diciendo que la abandonaban. A mí me dio mucha pena y así se lo dije a los interesados: en aquel caso no era por falta de medios, sino por falta de amor a su fundador.

P.-Frecuentemente se escucha que la marcha de una causa depende de la capacidad económica de la postulación. ¿Qué hay de verdad en esto?

R.-Yo suelo decir que el dinero no conseguirá nunca hacer un santo. Sin recursos no es posible llevar una causa adelante, porque los que trabajan en ella no son ángeles. Oficiales de la congregación, traductores, consultores, abogados, médicos, impresores, etcétera, han de percibir un justo salario. Cuando se habla de esto se hace con un matiz tendencioso, muy alejado de la realidad, porque una causa de canonización cuesta mucho menos de lo que se imagina. Además, cuando hay verdadero interés por parte de los que las promueven, se obtienen los medios económicos necesarios sin gran dificultad. Recuerdo con cariño la beatificación de sor Ángela de la Cruz, fundadora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, que hizo el Papa en Sevilla en 1982. Se trataba de una de las congregaciones religiosas más pobres, pero no tuvieron dificultad para conseguir los medios necesarios. Es evidente que aquellas buenas religiosas no sacaron adelante la causa de su fundadora con dinero, sino con el amor que le tenían.

Modelos de la Iglesia

P.-Se ha dicho que es bueno dejar pasar tiempo antes de canonizar a una persona para poder juzgarle con perspectiva histórica: ¿Qué piensa de esto?

R.-No estoy de acuerdo; cuanto menos se tarde, mejor. Los santos son modelos que presenta la Iglesia a sus fieles. Es evidente que para los hombres y mujeres de nuestro tiempo no es un modelo igualmente válido una persona del siglo XII que uno de nuestros contemporáneos, cuya vida podemos conocer al detalle. Un santo de hoy es un modelo que vivió en un mundo como el nuestro, que tuvo las ocasiones de practicar el bien que tenemos nosotros, que encontró en la vida las dificultades y tentaciones que encontramos nosotros. Esta semejanza nos anima a imitarles y a invocarles con más fervor y confianza.

P.-El actual Pontífice ha beatificado y canonizado a muchas personas, hasta el punto de despertar algunas críticas. ¿Para qué sirve proclamar un santo?

R.-Hoy los santos hacen más falta que nunca. Cuantos más sean reconocidos, mejor. Los que son declarados santos por la Iglesia son, en primer lugar, una glorificación de Dios y, después, modelos para imitar e intercesores ante el Señor. Alegrémonos de que el Santo Padre celebre con frecuencia beatificaciones y canonizaciones. Estas ceremonias muestran una gran variedad de personas virtuosas, propuestas al pueblo de Dios como modelo de imitación; casi tan variadas como es la diversificación de profesiones de vida de los fieles de nuestros días. También hemos de alegrarnos por esa multiplicación de intercesores ante el Señor, que comprenden nuestras necesidades -!tan semejantes a las que padecieron en vida!- y abogan para remediarlas.

Causas españolas

P.-Después de su jubilación como promotor general de la fe en la congregación, ¿ha seguido trabajando en causas de beatificación y canonización?

R.-Sí, desde 1976 he intervenido en la instrucción de algunas causas españolas. Fui juez delegado del tribunal que instruyó el proceso de la sierva de Dios Genoveva Torres, fundadora de la congregación del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (las Angélicas), y desempeñé la misma función en el proceso sobre una curación atribuida a la sierva de Dios María Rodríguez Sopeña, fundadora del Instituto de las Damas Catequistas. De 1981 a 1984 intervine como juez delegado, en el proceso madrileño sobre las virtudes del siervo de Dios José María Escrivá de Balaguer, y de 1987 a 1990, en el del siervo de Dios Adolfo Lanzuela Martínez, de la congregación de los hermanos de La Salle. Presté también mí colaboración en varios procesos de curaciones milagrosas, como el de la madre Petra Pérez Florido, fundadora de las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña, y ayudé a la familia madrileña González Barros para iniciar la causa de canonización de su hija Alexia González Barros, de 14 años.

P.-Quién le eligió como juez para instruir la causa de monseñor Escrivá de Balaguer?

R.-El arzobispo de Madrid. Todos los procesos los preside, como juez ordinario, el obispo del lugar. Cuando llegó el momento de instruir el proceso madrileño de monseñor Escrivá de Balaguer, me nombró juez delegado -como a todas las personas que iban a intervenir- el cardenal Vicente Enrique y Tarancón que, como digo, fue el juez ordinario hasta su jubilación. Cuando el cardenal Ángel Suquía fue nombrado su sucesor, se estaba ya acabando la instrucción y consideró oportuno confirmarme en el encargo.

P.-La causa del fundador del Opus Dei ha marchado a buen paso. ¿A qué ha sido debido?

R.-En primer lugar, al relieve universal de su figura. Y, en segundo lugar, a que ha habido personas -el actor y los postuladores- que la han sabido llevar, facilitando en cada momento la documentación precisa.

P.-¿Todas las personas que manifiestan su interés en declarar en un proceso son escuchadas por el tribunal?

R-Los tribunales escuchan sólo a personas fiables. Por eso, en primer lugar se juzga que los testigos sean fidedignos. Esto supuesto, se debe oír a las personas que muestran interés; también si son adversas, ya que se les cita expresamente en el edicto que se hace público al comienzo de la causa. En cambio, no hay que llamar a los «enemigos» de la causa o del siervo de Dios, que no buscan que resplandezca la verdad, sino que únicamente desean el mal, que actúan por pasión o pretenden que se les oiga sólo para hacer daño. A los «enemigos» se les reconoce fácilmente porque refieren únicamente lo desfavorable y silencian todo lo que podría ser favorable. Para seleccionar los testigos favorables hay que hacer una selección según la intimidad del trato que han tenido con el siervo de Dios, el período de tiempo en que lo trataron u otras circunstancias, hasta conseguir una buena documentación de toda su vida.

P.-¿Cuántos testigos declararon en la causa de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Cuántos de ellos eran del Opus Dei?

R.-En el proceso madrileño se recogieron las declaraciones de 66 testigos, de los cuales 30 eran fieles de la prelatura y 9 habían sido miembros del Opus Dei durante algún tiempo. Todos éstos testigos conocieron y trataron a monseñor Escrivá en diferentes periodos de su vida. En el proceso romano se oyeron a unos treinta testigos más.

P.-¿Los testigos hablaban de lo que conocían?

R.-Todos, tanto favorables como contrarios, eran testigos directos, oculares, y declararon de lo que habían visto, aunque también referían lo oído o leído. Además, su testimonio cubre toda la vida de monseñor Escrivá. Escuchar a más testigos sólo hubiera dado lugar a repeticiones de lo ya sabido. De todas maneras, en la instrucción de un proceso de canonización se hace especial hincapié en los 10 ó 15 últimos años de la vida.

Máximo rigor

P.-Que la causa del fundador del Opus Dei haya sido instruida a buen paso, ¿ha sido en detrimento del rigor del proceso?

R.-No. La causa se ha llevado adelante con extremado rigor. Las leyes actuales permiten que una causa llegue a su término en menos tiempo que antes porque desde el año 1969, en el pontificado de Pablo VI, y posteriormente desde 1983, tras la promulgación de la constitución apostólica «Divinus perfectionis Magister» por el actual Papa Juan Pablo II, se simplificaron algunos procedimientos administrativos. Pero en ningún momento se pretendió disminuir la seriedad de los juicios, que ha sido la norma en la Congregación para las Causas de los Santos desde que fueron regulados los procesos en el siglo XVII. En esta causa de beatificación no ha habido ninguna dispensa de los requisitos establecidos. En el proceso de Madrid, que yo dirigí, se interrogó a los testigos con todo cuidado, siguiendo estrictamente el exhaustivo interrogatorio que había enviado la congregación. Además, conmigo intervinieron, en distintos momentos, hasta cuatro cojueces, dos promotores de justicia y cuatro notarios actuarios. Todos ellos sacerdotes muy rectos y sumamente competentes. Tuvimos más de seiscientas sesiones, un número que se sale de lo ordinario. El proceso romano se instruyó igualmente sin prisas. Y también con pausa -aunque sin perder tiempo- se llevó a cabo el estudio dentro de la congregación, cumpliéndose todas las etapas señaladas. El poco tiempo que ha pasado desde la declaración de la heroicidad de las virtudes hasta la beatificación ha sido debido a que, inmediatamente después de aquel decreto, se pudo presentar un milagro atribuido a su intercesión, pues estaba ya instruido el proceso correspondiente.

P.-Ahora, próximos a la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer, usted, que conoce bien su figura, ¿qué destaca de su personalidad?

R.-Me atrevería a decir que es una figura gigante y señera de la Iglesia del siglo XX, un apóstol infatigable, el precursor por antonomasia de la santidad universal: la meta inculcada a todos en el Concilio Vaticano II. Ciertamente no ha sido el «inventor» de esta doctrina, que es del mismo Cristo, ni el único que la ha recordado, pues ya San Agustín en el siglo V la predicaba a sus fieles: «Este precepto -“si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo”- no se refiere sólo a las vírgenes, con exclusión de las casadas, o a las viudas, excluyendo a las que viven en matrimonio, o a los monjes y no a los casados, o a los clérigos, con exclusión de los laicos; toda la Iglesia, todo el cuerpo místico y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su función propia y específica, debe seguir a Cristo». También San Francisco de Sales, en el siglo XVII, y otros santos, en momentos diversos de la historia, han escrito cosas semejantes. El fundador del Opus Dei fue el primero que la propuso como tema fundamental y central de su apostolado y de su enseñanza, la desarrolló en sus abundantes escritos y predicó este mensaje a los cuatro vientos. En sus muchos viajes por Europa y América insistió en que la vida del cristiano no debe ser floja, desganada o tibia, plagada de caídas y recaídas, sino entusiasta, fervorosa, alegre, pletórica de vida, de enamorado de Cristo. Y esto para toda clase de fieles cristianos. Todos, absolutamente todos, deben aspirar y esforzarse por seguir de cerca a Cristo, por ser santos. Y quien así predicaba fue por delante con su vida, con su ejemplo de hombre enamorado de Dios y fiel a la Iglesia.

P.-¿Qué interés tiene para toda la Iglesia su canonización?

R.-Lo único que hemos buscado todos cuantos hemos intervenido en la causa de monseñor Escrivá de Balaguer ha sido la gloria de Dios y el bien de las almas: justamente lo que constituye el fin de la Iglesia. No creo que sea exagerado afirmar que el venerable siervo de Dios José María Escrivá de Balaguer, con la institución por él fundada, con su vida ejemplar y con sus escritos, ha inyectado una fuerte dosis de ansías de santidad y de vitalidad espiritual en el pueblo de Dios en pleno siglo XX. Estoy seguro de que su ya próxima beatificación servirá para que, Dios mediante, este influjo benéfico se multiplique.

El "milagro", audacia de la iglesia

La Región , 21.VII.91, España

Por PEDRO RODRÍGUEZ (*)

El “milagro”, audacia de la iglesia

Hace poco más de un año la Congregación para las Causas de los Santos proclamaban las “virtudes heroicas” de monseñor José María Escrivá de Balaguer, se expresaba allí que vivió una vida santa. El 6 de julio se hacía público el Decreto de la Santa Sede que declaraba probado un milagro atribuido a la intercesión del fundador del Opus Dei. Todos los españoles pudimos ver en la pequeña pantalla con qué sencillez una religiosa contaba cómo en aquella habitación, en aquel lecho, de la noche a la mañana otra religiosa de aquel convento de El Escorial quedaba enteramente curada de una grave y progresiva invasión tumoral. Una comisión de expertos en medicina, primero; otra de teólogos, después; y finalmente, la plenaria de Cardenales en presencia del Santo Padre aseguraban que aquella curación carecía de toda explicación humana posible; lo que técnicamente se llama un “milagro”, es decir, una intervención directa, señorial, manifiesta de Dios en la historia pequeña o grande de la humanidad. Dios que “interfiere” los procesos controlables de la vida cotidiana del hombre.

Los medios de comunicación han dado un relieve fuera de lo común a esta noticia. El hábito, tan extendido, de interpretar los acontecimientos de la vida de la Iglesia en clave sociopolítica, me pareció como si de pronto, se resquebrajara oyendo aquella sencilla narración. Parecía el Evangelio. Era como una caricia de Dios por intercesión de José María Escrivá, que nos situaba, por contragolpe, en el nivel sobrehumano del hombre. Porque Dios es lo sobrehumano del hombre. Es cierto, estamos empeñados en “reducir” al hombre y resulta que los hombres y las mujeres hemos sido llamados a ser más que hombres, a ser “conciudadanos de los santos y familiares de Dios”. El evangelista Juan, al cabo de los años, no salía de su asombro: “Fijaos qué amor tan grande ha tenido con nosotros el Padre: que nos llamemos hijos de Dios; y que lo seamos!”

El empeño de la Iglesia en exigir que haya “milagros” para que un cristiano pueda llegar a los altares y ser declarado “santo”, muestra, entre otras cosas, el horizonte “hermenéutico” en el que se mueve la vida de la Iglesia. Para entender su misión y su vida, su estructura y sus fines, sus instituciones y sus tareas, son insuficientes los recursos que son válidos para otros sectores de la vida humana. En medio de las miserias que los hombres “aportamos” a la vida de la Iglesia, siempre en ella campea la presencia de Dios. Por eso, al acercarse a la Iglesia, cobran nueva vigencia las palabras bíblicas que nos hablan de descalzarnos al pisar tierra sagrada…

Siempre me ha asombrado la audacia de la Iglesia. Una audacia que, para el mundo, es casi desfachatez. Ahora que se le pide por todos lados que bendiga una concepción hedonista de la sociedad; que afirme, en definitiva, la negación no ya del Evangelio, sino de la propia dignidad humana. Ahora que se la acepta sólo cuando su discurso es inteligible en términos de discurso político… Ahora resulta que la Iglesia considera como lo más natural del mundo que Dios haga milagros -que siga haciendo milagros- y los “exige” para declarar oficialmente la santidad de un cristiano. Ya hay que tener “espíritu de contradicción” dirán nuestros sabios oficiales. Pero la Iglesia no puede obrar de otro modo, porque no se apoya en sí misma, sino en Dios. Es la suya la audacia de quien sabe que todo su ser y su vivir penden de Dios mismo. Para la Iglesia, el milagro “exigido” en un proceso de beatificación es, simplemente, confesión de que la santidad del hombre es un don de Dios y que en realidad no es ella, sino Dios mismo el que debe declararla y testificarla. Por eso el milagro; un milagro que es como el resello divino de una manera de vivir y de morir que la Iglesia, previamente, ha visto que era seguimiento heroico de Jesucristo.

Por lo demás, no deja de ser interesante -a primera vista, paradójico- que Dios esté haciendo milagros a través de José María Escrivá, un hombre que puso toda la carga de su mensaje en la santificación del trabajo profesional, de la vida del hogar, de lo ordinario, de lo pequeño y de lo que parece vulgar; que dijo de sí mismo: “No soy milagrero… me sobran milagros en el Evangelio para asegurar fuertemente mi fe…” Dios, con ese milagro de El Escorial, ha bendecido un mensaje espiritual que no se expresa precisamente en hacer milagros, sino en el “milagro” de lo cotidiano, o, como él decía, en hacer endecasílabos de la prosa de cada día.

(*) Teólogo. Profesor de la Universidad de Navarra.

La «estrategia» del Opus Dei

EL MUNDO, JUEVES 14 DE MAYO DE 1992, Madrid, España

DOCUMENTOS / ESCRIVÁ DE BALAGUER

La «estrategia» del Opus Dei

Por PEDRO RODRÍGUEZ / Director del Departamento de Eclesiología de la Universidad de Navarra

Al pedirme EL MUNDO unos folios sobre la universalidad del Opus Dei, vino a mi mente la batalla histórica de Agustín de Hipona, que hizo célebre el concepto de catolicidad o universalidad de la Iglesia. Y es que el Opus Dei, como decía su Fundador, es una «partecica» de la Iglesia, que refleja en su espíritu -y, con la ayuda de Dios, querría que también en su praxis- las dimensiones fundamentales de lo católico (en el sentido originario y no sólo confesional de la palabra).

Agustín llamaba a la Iglesia sencillamente la «Católica», porque en contraste con los grupos heréticos, que eran siempre localistas u raciales -excluyentes-, estaba extendida por todo el universo en una gran comunión de Iglesias, que representaban lenguas, razas y culturas diferentes. Dialécticamente le interesaba a San Agustín subrayar el aspecto «geográfico» de esa universalidad, pero no se le ocultaba que el soporte profundo de la «extensión» católica de la Iglesia era esta otra dimensión, que podríamos llamar catolicidad u universalidad inmanente o «intensiva», en virtud de la cual la Iglesia de Cristo era ya «católica» cuando sus miembros eran aquel puñado de hombres y mujeres israelitas que esperaban en Jerusalén la «fuerza de lo Alto».

El Opus Dei es hoy una realidad universal en el sentido geográfico, «y esto es público y notorio», como dirían nuestros antiguos escribanos. Pero no todos consiguen dar una razón cabal del fenómeno. Ante la constatación de esa universalidad, hay quienes se preguntan por una «estrategia mundial» del Opus Dei, hecha desde cálculos humanos, y las respuestas han sido dispares e incluso disparatadas.

RESULTADO HISTÓRICO.- Sólo desde un horizonte adecuado de comprensión se logra advertir que esa extensión universal no es algo accidental o «estudiado», sino precisamente resultado histórico del espíritu del Opus Dei, que porta en su seno, desde su origen, una connatural universalidad. Cosa que, por lo demás, el Opus Dei comparte con todas las auténticas realizaciones históricas del Evangelio. En aquellos ya lejanos años 30, el Fundador del Opus Dei y su pequeño grupo de seguidores hablaban de la «catolicidad» de su tarea como de algo obvio… y la Obra entonces apenas trascendía las calles de Madrid. Podríamos decir que aquella convicción de la universalidad geográfica (futura) del Opus Dei brotaba de la captación (presente) de la universalidad radical de la misión apostólica que Dios les había encomendado.

En ese sentido, esa universalidad material que hoy vemos -desde Suecia al Zaire, desde California a Taiwan- estaba a priori decidida por el Espíritu de Dios al suscitar el Opus Dei en el seno de la Iglesia. Dicho de otro modo: la cuestión de la universalidad del Opus Dei, si se quiere ir al fondo de la misma, se reconduce en realidad a la cuestión acerca de su espíritu y su mensaje. Sólo allí se puede captar la fuerza expansiva de esta Institución de la Iglesia Católica.

Una palabra, pues, acerca de lo que he llamado universalidad radical de la misión apostólica del Opus Dei. Lo que el Fundador del Opus Dei vio con una claridad sobrenatural el 2 de octubre de 1928 es que Dios estaba llamando a la santidad y al apostolado a todos los cristianos, no sólo a unos pocos privilegiados; vio que en realidad todos teníamos el privilegio del Bautismo, desde el que se nos ofrece la más plena intimidad con Dios -eso es la santidad-, a la vez que, de manera inseparable, nos compromete a llevar adelante la misión evangelizadora de la Iglesia. Este panorama, que el Concilio Vaticano II proclamaría bajo el nombre «llamada universal a la santidad», tiene en el espíritu del Opus Dei un subrayado constante y esencial: para el cristiano corriente la llamada y la misión acontecen a través del trabajo ordinario, que pasa a ser dimensión interna de la existencia cristiana. Bajo este prisma contempla Josemaría Escrivá el patrimonio del Evangelio y la tradición de la fe.

Con esta pequeña palabra, “trabajo”, de tan profundas connotaciones antropológicas y teológicas, Escrivá de Balaguer quería abarcar, desde su núcleo, la polivalente y dinámica realidad de la actividad terrena, civil, secular, en la que viven los cristianos junto con los demás hombres. Ya se ve que es aquí donde hunde sus raíces la universalidad del Opus Dei. La propuesta espiritual del nuevo Beato se dirige a todo cristiano -hombre o mujer- que esté empeñado en una tarea civil honesta y limpia, para anunciarle (o recordarle) que allí y desde allí puede tener ese encuentro con Cristo que lleva a la vida eterna. Puede que se trate de un estudiante alemán, de una enfermera mexicana, de un ingeniero japonés o de un ama de casa española. Puede que sea una persona joven, o un anciano o un enfermo. Nada de esto tiene especial relieve. Cada uno, al ser llamado por Dios, arrastra su propia historia, hecha de ilusiones y fracasos, de pecado y de gracia, que ahora se abre, en la «obediencia a la fe», al Dios que invoca nuestra libertad. Al llamar a los hombres a la santidad en medio del trabajo humano -esto está en el fondo de la catolicidad de la Obra-, Dios ha pronunciado un «sí» a la historia humana como camino de salvación. Es algo parecido a esa tesis, repetida una y otra vez por Juan Pablo II: «El hombre es el camino de la Iglesia».

Desde este núcleo de catolicidad, Josemaría Escrivá de Balaguer proponía su «estrategia» apostólica: «Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres «suyos» en cada actividad humana. Después… «pax Christi in regno Christi» (la paz de Cristo en el reino de Cristo)» (Camino, 301). Contemplaba la historia el nuevo Beato desde esa voluntad de Dios, que quiere ese puñado de hombres entregados y fieles en cada actividad humana.

Todo se decide, viene a decirnos, en la fidelidad de los que han recibido la vocación de Dios. La novedad es que ahora eso no se juega sólo en el yermo o en el templo, sino en el seno mismo de las tareas civiles y de las muchedumbres. A eso entregó Escrivá de Balaguer su vida. Es, en la óptica de la secularidad, la dialéctica misma del Evangelio: los «pocos» -los que han recibido la gracia de la fe- deben entregarse en favor de los «muchos», para que también sean llamados. Y esto, porque «Uno» se ha entregado por «todos»…

La tarea de esos hombres, radicalmente, es la misma en Francia; en América Central o en Nigeria. Consiste, según Josemaría Escrivá, en «meter el fermento cristiano en las estructuras y ambientes de vuestro trabajo», difundiendo en ellos «el genuino espíritu del Evangelio, espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo»; es «trabajar -con plena autonomía; del modo que les parezca mejor- para borrar las incomprensiones y las intolerancias entre los hombres y para que la sociedad sea más justa»; es «no desanimarse cuando se comprueba que los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero -no pocas veces- son desmentidos con los hechos»; es una lucha constante para que se «respete la dignidad y libertad con que Dios ha creado a la persona humana, y la peculiar dignidad sobrenatural que el cristiano recibe con el Bautismo»; sabiendo, por otra parte, que «los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones».

FE PROFUNDA.- Los santos siempre parecieron soñadores. En realidad son oteadores del futuro con un algo de profetas. Por eso en su mirar, que parece utópico, tienden a fundirse los planos de la historia y de la escatología. También le ocurría esto a Escrivá de Balaguer. Su fe profunda movilizaba a la esperanza, que se expresaba en esa dinámica: hombres y mujeres fieles a Dios, santos, y después, la paz de Cristo… Después, ciertamente, pero ¿cuándo? Este punto de Camino siempre me trae a la memoria la hermosa palabra bíblica, que fue el lema de la gran Asamblea Ecuménica de Basilea: «La justicia y la paz se besan…» (Salmo, 84,11). El más profundo ideal del corazón humano. Pero ¿cuándo será ese abrazo? La respuesta de la fe es clara. Al final de la historia, cuando la muerte sea vencida y Dios sea todo en todos. Pero el cristiano, que sabe que en Cristo se ha dado ya lo definitivo, no espera la consumación pasivamente sino desde la esperanza, que es esencialmente activa y luchadora. Por eso Escrivá de Balaguer invitaba a los que le seguían a la entrega, que es identificarse con Cristo, para ser, al menos -dijo muchas veces-, «sembradores de paz y de alegría».

Crónica de la Beatificación del fundador del Opus Dei – II

Discurso de Su Santidad en la plaza de San Pedro, lunes 18 de mayo

AA.VV., 19-29.5.92 (suplementos semanales)

L’OSSERVATORE ROMANO

N. 21 – 22 de mayo de 1992

Fieles a las enseñanzas del nuevo beato, colaborad en la nueva evangelización

El lunes 18 de mayo Juan Pablo II concedió audiencia, al medio día, en la plaza de San Pedro, a los fieles que habían venido a la beatificación del siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer y que acababan de participar en la misma plaza en una Misa de acción de gracias, presidida por monseñor Alvaro del Portillo, prelado de la prelatura personal de la Santa Cruz y del Opus Dei, sucesor de monseñor Escrivá. Al comienzo del encuentro, el prelado pronunció unas palabras de agradecimiento al Vicario de Cristo por la beatificación de su fundador en nombre de todos los presentes y de todos los que por diversos motivos no habían podido asistir a la beatificación. Su Santidad les dirigió en italiano, español, francés e inglés el discurso que publicamos a continuación.

1. Agradezco vivamente la adhesión filial que, en nombre de todas las personas que abarrotan la plaza de San Pedro y de los numerosos fieles, cooperadores y amigos del Opus Dei, ha manifestado con respecto a mí monseñor Alvaro del Portillo. A él le dirijo en particular un afectuoso saludo, que hago extensivo a los demás miembros del Episcopado y a todos los presentes.

Os inunda la alegría por la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, porque confiáis en que su elevación a los altares, como acaba de decir el prelado del Opus Dei, proporcionará un gran bien a la Iglesia. Yo también comparto esa confianza, pues estoy convencido, como escribí en la exhortación apostólica Christifideles laici, de que «todo el pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana» (n. 17; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de febrero de 1989, pág. 7). ¿Cómo no ver en el ejemplo; en las enseñanzas y en la obra del beato Josemaría Escrivá un testimonio eminente de heroísmo cristiano en el ejercicio de las actividades humanas comunes?

La llamada universal a la santidad y al apostolado es, como sabéis, uno de los puntos en que más insistió el magisterio del concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 40-42; Apostolicam actuositatem, 1-4). Como otros hicieron ya antes de él, el beato Josemaría, gracias a la luz de Dios, comprendió que esta vocación universal no sólo era una doctrina que enseñar y difundir especialmente entre los fieles laicos, sino también y sobre todo el núcleo mismo de un compromiso activo en su actividad pastoral. El joven sacerdote Josemaría Escrivá se consagró a trabajar con generosa correspondencia a la gracia divina en un campo sembrado de dificultades. Su fidelidad permitió al Espíritu Santo conducirlo a las cumbres de la unión personal con Dios, con la consecuencia de una fecundidad apostólica extraordinaria. En efecto, el Señor le concedió contemplar, ya durante su vida terrena, frutos alentadores de su apostolado, que Josemaría atribuía exclusivamente a la bondad divina, considerándose siempre un «instrumento inepto y sordo» y dando prueba de una humildad extraordinaria, hasta el punto de que, al final de su existencia, se veía «como un niño que balbucea».

Una nueva llamada a la santidad

2. La beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer me ofrece la ocasión para este gozoso encuentro con todos vosotros, queridos sacerdotes y laicos, que, en gran número, habéis peregrinado a Roma para participar en esa sentida manifestación de fe y de comunión eclesial.

Ante todo, me complace presentar mi deferente saludo a las dignísimas autoridades y personalidades de numerosos países de América Latina y de España, que han querido participar en tan solemne acto.

La figura de un beato representa una nueva llamada a la santidad, la cual no es privilegio ni va dirigida solamente a unos pocos, sino que debe ser la meta común de todos los cristianos. En efecto, en el bautismo, por el cual venimos a ser hijos de Dios, se recibe la gracia, esa semilla de santidad que va creciendo y madurando con la ayuda de los otros sacramentos y las prácticas de piedad, y que ha de manifestarse en los frutos y testimonio de vida que el Espíritu promueve en los que le aman. Así se puede alcanzar aquella plenitud de la que habla el apóstol Pablo: «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4, 3).

Esta llamada a la santidad ha sido propuesta y repetida tantas veces por el beato Josemaría. Aquí estáis presentes muchas personas que, en más de una ocasión, habéis oído de sus propios labios esta misma exhortación paulina; otros la habéis recibido por medio de sus escritos o por testigos directos. Ahora bien, cada uno, inmerso en las actividades concretas de su vida y profesión, puede contar con la ayuda del Espíritu Santo para recorrer ese camino hacía la perfección cristiana. Así nos lo recuerda el mismo beato en una de sus Conversaciones: «los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» (n. 59).

cooperación en la obra de la creación; pero, además, se ofende al prójimo, con el cual nos une el imperativo insoslayable de la solidaridad. Por ello, el Concilio señala que «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado uno de los más graves errores de nuestra época» (ib.).

Los cristianos están llamados, particularmente en nuestros días, a colaborar en una nueva evangelización que impregne los hogares, los ambientes profesionales, los centros de cultura y trabajo, los medios de comunicación, la vida pública y privada, de aquellos valores evangélicos que son fuente de paz, de hermandad, de entendimiento y concordia entre todos los hombres. Dicho compromiso apostólico se lleva a cabo no sólo con la predicación del mensaje cristiano, sino también con el testimonio de vida a nivel personal, familiar y social. Al mismo tiempo, es necesario que toda acción evangelizadora esté coordinada e integrada en los planes pastorales de las propias comunidades diocesanas que, a su vez, se ven enriquecidas por la variedad de carismas con que los santos y beatos han hecho fecunda la misión evangelizadora de la Iglesia universal a través de su historia milenaria.

Testimonio de vida personal, familiar y social

3. A este respecto, el Concilio Vaticano II exhorta a los cristianos a cumplir, según la propia vocación personal, “sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico”. Cuando se falta a esa obligación, deja de cumplirse la voluntad de Dios, que espera de cada uno la propia cooperación en la obra de la creación; pero además, se ofende al prójimo, con el cual nos une el imperativo insoslayable de la solidaridad. Por ello, el Concilio señala que “el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos, debe ser considerado uno de los más graves errores de nuestra época”.

Los cristianos están llamados, particularmente en nuestros. días, a colaborar en una nueva Evangelización que impregne los hogares, los ambientes profesionales, los centros de cultura y trabajo, los medios de comunicación, la vida pública y privada, de aquellos valores evangélicos que son fuente de paz, de hermandad, de entendimiento y concordia entre todos los hombres. Dicho compromiso apostólico se lleva a cabo no sólo con la predicación del mensaje cristiano, sino también con el testimonio de vida a nivel personal, familiar y social. Al mismo tiempo, es necesario que toda acción evangelizadora esté coordinada e integrada en los planes pastorales de las propias comunidades diocesanas que, a su vez, se ven enriquecidas por la variedad de carismas con que los Santos y Beatos han hecho fecunda la misión evangelizadora de la Iglesia universal a través de su historia milenaria.

Nuevo impulso hacia la fidelidad

4. Ahora quiero dirigir a los peregrinos de lengua francesa un cordial saludo.

Espero que vuestra participación en la beatificación del fundador del Opus Dei sea para vosotros la ocasión de un nuevo impulso, a fin de responder con plenitud a vuestra vocación de bautizados: vivid la voluntad de Dios cada día, en todos vuestros quehaceres de hombres y mujeres de nuestro tiempo; avanzad por el camino de la santidad, es decir, dejaos conquistar por la presencia de Cristo, el Salvadór, que llama a sus discípulos a permanecer en su amor (cf. Jn 15, 9); tomad parte activa en la vida y en la misión de la Iglesia, en comunión con los pastores de las diócesis y con todos vuestros hermanos y hermanas, a fin de dar testimonio de la buena nueva de la salvación en un mundo que tiene necesidad de luz y de razones de esperanza para construir una sociedad más solidaria y más digna del hombre.

Que el ejemplo y las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá os iluminen. Que su intercesión os sostenga.

De todo corazón os bendigo en nombre del Señor.

Fermento en la sociedad

5. Dirijo un cordial saludo a los peregrinos que provienen de países de habla inglesa. Esta visita a Roma, donde el fundador del Opus Dei quiso pasar gran parte de su vida, debe fortalecer aún más vuestra fe y vuestro compromiso por la vida y misión de la Iglesia. Roma es el lugar del testimonio de los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo. Y es el lugar desde el que el sucesor de san Pedro invita a toda la Iglesia a responder a la urgente necesidad de una nueva evangelización al alba del tercer milenio cristiano. En muchos documentos y en repetidas. ocasiones he exhortado a los laicos a tomar parte decisiva en la misión de llevar la palabra de Dios a los millones y millones de hombres y mujeres que aún no conocen a Cristo, el redentor de la humanidad (cf. Christifideles laici, 35; Redemptoris missio, 71).

Sostenidos por el celo santo que habéis aprendido del nuevo beato, vuestro fundador, consagraos plenamente a la causa de la evangelización mediante vuestro testimonio fiel de la fe y la doctrina de la Iglesia en el vasto mundo de los asuntos humanos y mediante vuestra generosa participación en la misión de la Iglesia.

Como fermento en la sociedad, poned vuestros talentos a producir en la vida pública y privada en todos los niveles, proclamando con vuestras palabras y vuestras obras la verdad acerca del destino trascendente del hombre.

Siguiendo las enseñanzas de vuestro fundador, responded con generosidad a la llamada universal a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, suscitando así un nivel de vida mas humano y una sociedad terrena mas justa y equitativa (cf. Lumen gentium, 40). Que Dios os fortalezca con abundancia para esta tarea.

Crónica de la Beatificación del Fundador del Opus Dei – I

AA.VV., 19-29.5.92 (suplementos semanales)

N. 21 – 22 de mayo de 1992

L’OSSERVATORE ROMANO

Crónica de la 1ª ceremonia

En la espléndida mañana del domingo 17 de mayo y en el incomparable escenario de la plaza de San Pedro, que se prolongaba por la plaza Pío XII y la vía de la Conciliación, Juan Pablo II proclamó beatos al fundador del Opus Dei, el sacerdote español mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, y a la religiosa canosiana sudanesa Josefina Bakhita. Asistió a la beatificación una gran asamblea de más de doscientas mil personas, procedentes de todos los continentes.

Para que los fieles pudiesen seguir la ceremonia, se colocaron altavoces en diferentes puntos y 3 pantallas gigantes de televisión de 25 x 25 metros: una a la izquierda de la plaza, al final de las columnas de Bernini, y dos al comienzo de la vía de la Conciliación. Además, la ceremonia fue transmitida en directo a toda Europa y a dieciocho países de América Latina.

Se habían distribuido libritos para que los fieles pudiesen seguir la ceremonia pontificia. Las casi 300 páginas contenían al comienzo una breve biografía de ambos beatos, en italiano, español, inglés, francés, alemán, portugués y polaco. También la misa se hallaba en todos estos idiomas, excepto el polaco.

El sagrado rito comenzó a las 10 de la mañana. Después de los Kiries, el cardenal Camillo Ruini, vicario general del Papa para la diócesis de Roma, y monseñor Pietro Giacomo Nonis, obispo de Vicenza (Italia), peroraron la beatificación. A continuación leyeron una biografía breve de mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y de sor Josefina Bakhita. Juan Pablo II pronunció entonces en latín la siguiente fórmula de beatificación:

«Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Camillo Ruini, nuestro vicario para la ciudad de Roma, y Pietro Giacomo Nonis, obispo de Vicenza, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Congregación para las causas de los santos, con nuestra autoridad apostólica concedemos que los venerables siervos de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, canosiana, de ahora en adelante puedan ser llamados beatos y se pueda celebrar su fiesta todos los años en los lugares y del modo establecido por el Derecho el día de su tránsito al cielo: el 26 de junio, Josemaría Escrivá de Balaguer, y el 8 de febrero, Josefina Bakhita. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

La asamblea prorrumpió en un gran aplauso, mientras en los balcones de la fachada de la basílica se descubrían los tapices con las efigies de los dos beatos y se ofrecían al Santo Padre las reliquias de Escrivá de Balaguer y de Bakhita.

Entre las veinte personas que concelebraban con el Papa se hallaban los cardenales Angel Suquía, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia episcopal española; Laurean Rugambwa, arzobispo de Dar as Salam (Tanzania); y Camillo Ruíni, vicario del Papa para la diócesis de Roma; mons. Elías Yanes Álvarez, arzobispo de Zaragoza, metropolitano de la provincia eclesiástica a la que pertenece la diócesis de Barbastro, en la que nació mons. Escrivá de Balaguer; el nuncio apostólico en Sudán; los obispos de E1 Obeid y Vicenza, diócesis en las que nació y murió Bakhita; mons. Alvaro dei Portillo, prelado del Opus Dei, sucesor de mons. Escrivá de Balaguer; el vicario general de la Obra, mons. Javier Echevarría; y el superior general de los canosianos.

Luego continuó la celebración de la Misa. Las lecturas se hicieron en italiano, inglés y español. La oración de los fieles se hizo en polaco, francés, japonés, alemán, kisuajili y portugués. Su Santidad pronunció en italiano y español la homilía que publicamos.

Asistieron a la ceremonia treinta y cinco cardenales y casi doscientos obispos. Presenció el rito de beatificación el hermano de mons. Escrivá, Santiago, de 79 años, acompañado de sus ocho hijos. El Gobierno español había mandado una delegación oficial, presidida por el embajador de España ante la Santa Sede, señor Jesús Ezquerra Calvo, y de la que formaban parte diecisiete personas; había también delegaciones y personalidades políticas de otros quince países, entre las que se encontraba el presidente del Consejo de Ministros italiano, los expresidentes de Colombia, Belisario Betancur, y de Venezuela, Rafael Caldera Rodríguez. Las religiosas canosianas estaban acompañadas por la superiora general, madre Elide Testa.

Al final de la misa, antes de dar la bendición. Su Santidad hizo una breve reflexión sobre el beato Escrivá de Balaguer, que presentó el trabajo como instrumento de santificación personal y de apostolado, y sobre Josefina Bakhita, que fue un testimonio resplandeciente de reconciliación y perdón evangélicos.

El Papa se acercó luego a los numerosísimos enfermos que habían asistido a la santa Misa y tuvo para cada uno de ellos y para sus familiares una palabra de afecto y consuelo.

A partir de las 14.30, los fieles pudieron venerar los restos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que habían sido trasladados a la iglesia romana de San Eugenio, donde permanecieron hasta el jueves día 21 de mayo.

Escrivá de Balaguer, por Mercedes Salisachs

Mercedes Salisachs, Escritora, La Vanguardia (Barcelona), 17.3.92

La Vanguardia, Barcelona, España

“Escrivá de Balaguer”

Por MERCEDES SALISACHS

Nunca tuve la ocasión de ver personalmente a monseñor José María Escrivá de Balaguer; al menos jamás departí con él ni intercambié opiniones por escrito.

Pero mentiría si afirmara que no lo conozco. No sólo se sabe cómo son los seres humanos hablando con ellos, sino leyendo sus obras. Y es inútil negar que su personalidad, recia, sólida y espiritual, ha quedado bien patente en las páginas de “Camino”, “Surco” y “Forja”, que son los libros que yo he leído.

Por eso me produce asombro y amargura comprobar cuánta frivolidad se ha manifestado en la mayoría de las críticas adversas que se han difundido a raíz de hacerse pública la intención del Santo Padre de beatificarlo y proclamarlo ejemplo de cristianos entre los que siguen sus enseñanzas.

En algunos adversarios esa frivolidad ha llegado a grados tan altos como para censurar, al próximo beato, su afán de poder cuando, en realidad, su único afán iba encaminado exclusivamente al bienestar de las almas.

Por eso yo me pregunto: ¿han leído sus obras los que lo censuran? ¿Es posible que hayan paladeado su sabor? ¿Han captado sus mensajes? ¿Han analizado su trascendental deseo de justicia, de paz y de concordia? No lo creo. De lo contrario, nada de lo que le achacan tendría sentido.

Basta repasar cualquier pasaje de esas tres obras fundamentales para comprender que el hecho de escribirlas presupone mucho más que ser frívolo, mundano, egoísta o soberbio.

Por lo contrario, todas sus frases rezuman una espiritualidad, no sólo irreductible, sino continuada. Y ello no podría mantenerse sin una sólida santidad, una abnegación a prueba de bomba y un talante religioso férreo muy por encima de cualquier minucia que el simple ojo humano pudiera detectar.

Todos somos vulnerables; nadie es perfecto (especialmente para los contemporáneos que nos fiscalizan) y cualquier pequeñez puede convertir al ser más perfecto en reo defectuoso para los que juzgan con ojos puramente profanos sólo una pequeña parte de nuestras actitudes.

Pero, en el caso que nos ocupa, es indudable que, por encima de todas ellas, existe algo más: capacidad de entrega, lucha cotidiana e incansable contra los errores espirituales y esfuerzos heroicos para alcanzar las metas más altas de la santidad.

Y eso es lo que de un modo admirable (aunque no descarto los posibles fallos esporádicos de todo ser humano) y siempre con la esperanza puesta en el deseo de glorificar más y más a Dios, hizo ese siervo de Cristo que tanta paz de espíritu concedió a las miles de personas que vivían tibiamente sus enseñanzas religiosas o simplemente las ignoraban.

¿No bastaría esa circunstancia para merecer el titulo de santo?

De ahí que yo me sume sin dobleces, y con mi más profundo agradecimiento, a la decisión del Santo Padre, aunque jamás haya pertenecido al Opus Dei.

MERCEDES SALISACHS, escritora.

Materializó la vida espiritual

Testimonio sobre san Josemaría, fundador del Opus Dei

Publicado en EL TIEMPO, Santa Fe de Bogotá, SÁBADO 16 DE MAYO DE 1992
Por María H. URIBE DE ESTRADA

No es extraño que lo vayan a beatificar. Que 500 mil personas, con el ánimo de los primeros cristianos, viajen a Roma al estilo del siglo XX, no en carretas, no a pie, no a caballo, sino con el cuerpo a cien, doscientos, novecientos kilómetros por hora, y el pensamiento estático, en la eternidad. Nueva forma de ‘romería’ para la beatificación del siglo. Y es lógico, porque en este siglo todo es grandioso, monumental, rápido.
Muchedumbres de todos los países y colores se han vuelto una sola aldea enamorada, por el espíritu que las congrega y los medios de comunicación que transportan y transmiten. Muchos de ellos irán a la ceremonia y regresarán enseguida a sus lugares para seguir trabajando en la Obra de Dios. No hay tiempo para el turismo cuando todo está por hacer en la viña del Señor, dicen.

La televisión hará posible que en cualquier rincón del mundo se vea el momento en que el Vaticano avala esa nueva espiritualidad, “antigua como el Evangelio y como el Evangelio nueva”, que Josemaría Escrivá de Balaguer desenterró de los archivos empolvados en el fondo de cada corazón cristiano. “Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”. Lo dijo Jesucristo para todos. Y monseñor Escrivá proclamó que también era posible para el hombre de la calle. Abrió al mundo los caminos divinos de la tierra, afirmando que cualquiera puede ser perfecto hijo de Dios entre la basura que recoge; y con el sacudidor en la mano, y el aceite de los talleres, y el dolor que mitiga en los hospitales, y los microbios que identifica en los laboratorios, y el tráfico que dirige en las encrucijadas, y las leyes que protege en lo más alto del gobierno, si se tiene la mirada fija en el Omnipresente.

Se necesitaba un milagro para dar el paso definitivo. No hubo uno, sino muchos. Pero el mayor de todos es esta cantidad de hombres y mujeres, en el mundo entero, que siguen sus pasos en busca de su camino de paz, en absoluta entrega al querer de la voluntad de Dios, a pesar de las vicisitudes del tiempo y los vaivenes del siglo, como niños confiados entre los brazos del Padre Celestial.

Cuando yo era pequeña y oía hablar de santos y virtudes y milagros, me parecía imposible conocer a uno de carne y hueso, que respirara el aire mío, mirara el mismo atardecer, se mojara con la misma lluvia. En mi infancia eran cosa del pasado los que se encerraban a meditar entre cuatro paredes y un claustro silencioso, o salían por los campos haciendo maravillas que la gente perseguía para saciarse de portentos más que de la palabra y del espíritu.

Lo conocí tres años antes de su muerte, cuando salió por el mundo, a propagar su doctrina de espiritualidad. Nos reuníamos en espacios para multitudes. Lo vi entrar con el semblante pleno de alegría y oí cómo le salían las palabras con naturalidad, casi del inconsciente, a borbotones, como brota el agua de un recipiente colmado. No sé de qué altura era; de 70 años ya, pero la agilidad de un joven. Cuando los cumplió, dijo que tenía siete años. Un niño enamorado de Dios, con talla de gigante. Alma simple, con la profundidad de una sabiduría milenaria.

Predicaba una espiritualidad distinta. Amar al mundo apasionadamente

Utilizar todo lo que Dios puso a nuestro alcance para divinizar el mundo, para servirlo, sin que nadie huya del sitio que le tocó en la vida con la disculpa de querer ser santo. Y esto tampoco es nuevo. Está en el Evangelio: ‘No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal’, oró Jesucristo. La Iglesia capta los signos de los tiempos y exalta las nuevas formas de santidad que se van presentando. Pero el mundo se niega a aceptarlas y lanza gemidos de agonía e improperios, que también se transmiten con la velocidad de la luz.

Subir a base de no tener nada – Camino n.41

¡Qué modo tan trascendental de vivir las necedades vacías y qué manera de llegar a ser algo en la vida —subiendo, subiendo— a fuerza de «pesar poco», de no tener nada, ni en el cerebro ni en el corazón!

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EDICIÓN CRÍTICA

No hay contextos documentales de este punto. Por el tipo de octavilla –dorso en blanco, papel de muy mala calidad, tinta aguada– estimamos que fue redactada en Madrid, durante la estancia de San Josemaría en la Legación de Honduras, durante la guerra civil española. Son diez los puntos consecutivos (puntos 41-50) que tienen este origen.

Se inscribe esta consideración en el conjunto de reflexiones, de tanta agudeza psicológica, que brindaba a San Josemaría la galería de tipos humanos con los que debía necesariamente convivir en el hacinamiento de aquella Legación [1].

Muchas de las actitudes que observaba se le aparecían frontalmente opuestas al sentido de una vida vivida para Dios y las apuntaba: quería prevenir a los jóvenes que le rodeaban.

Otras veces es su lucha interior –y la de los suyos– en aquel ambiente la que se refleja en este bloque.

[1] Escribe, no sin humor, Ibáñez Langlois a propósito de este punto 41:

«Este fenómeno, que hoy llamaríamos de ‘capilaridad’ social y cultural por ‘propulsión al vacío’, era tan propio del contexto social de aquellos años treinta como de nuestra sociedad actual»

(J. M. IbAñez Langlois, Josemaría Escrivá como escritor, [2002], pg 17).

Aprendiendo a desarrollar proyectos aeronáuticos

“En la construcción de un cuadricóptero en el Club Albeiro de Vigo participan una veintena de jóvenes

La Actividad de Ingeniería de Albeiro trata de impulsar en los participantes la ilusión por los conocimientos científicos y técnicos a través del desarrollo de proyectos prácticos. El aprendizaje basado en proyectos se centra en los conceptos y principios esenciales de una disciplina, involucra a los estudiantes en investigaciones aplicadas a la resolución de problemas y en otras tareas significativas, les permite trabajar de manera autónoma para adquirir su propio conocimiento a través de la investigación personal y culmina en un proyecto práctico realista, atractivo y realizable.

La actividad se organiza de modo que esos proyectos inciten la curiosidad y la ilusión de los chicos, actuando como herramientas para mostrarles y ayudarles a adquirir las competencias científicas, técnicas, humanas y sociales que necesitan para realizar cualquier actividad científica y técnica de calidad. De modo específico, se fomenta en los asistentes una visión responsable y positiva de su estudio personal, y se realza la importancia de la formación humana y social, que no pueden separarse de la científica y técnica para alcanzar resultados satisfactorios en cualquier área.

Por todo esto, el proyecto se selecciona de modo que sea al mismo tiempo atractivo y exigente. En esta ocasión, el proyecto se llama ARGOS, y el objetivo es el desarrollo de un vehículo aéreo no tripulado (UAV) capaz de volar de forma totalmente automática en interiores. Esto supone un reto técnico importante: es necesario conseguir que el aparato sea capaz de estabilizarse, detectar obstáculos, localizarse a sí mismo en un espacio cerrado y elaborar un plano de ese espacio para poder desplazarse.

El vehículo elegido para hacerlo es un cuadricóptero, una aeronave de pequeño tamaño (50 cm de envergadura y 900 gramos de peso) con cuatro hélices.

La actividad se inició en octubre de 2011, y desde entonces los casi 20 participantes han desarrollado su trabajo en varias áreas: diseño mecánico, sistemas, electrónica y programación. Las sesiones de trabajo tienen lugar habitualmente los sábados, con un tiempo dedicado a la presentación de algunos aspectos teóricos necesarios para el desarrollo del proyecto y con mucho trabajo práctico. Aunque ciertamente los conceptos que tienen que manejar están en algunos casos por encima del nivel que corresponde a su edad, la ilusión y el esfuerzo suplen, y llegan a manejar y aplicar principios y métodos realmente complejos con conocimiento de causa.

La primera parte del trabajo consistió en realizar un diseño de concepto: ¿Cómo podemos solucionar el problema? Fueron varias semanas esbozando ideas, buscando posibles soluciones, descubriendo nuevos problemas que se planteaban… Un buen entrenamiento práctico de trabajo en equipo. Al mismo tiempo, asistieron a varias sesiones teóricas para conocer los fundamentos y las herramientas que tendrían que emplear.

Actualmente los participantes han desarrollado ya varios elementos importantes. Han conseguido integrar y programar un sensor de distancias basado en ultrasonidos que se usa para medir la distancia al suelo, al techo y a las paredes del recinto, y para detectar obstáculos. Ya han hecho las primeras pruebas de vuelo de este sensor con un éxito completo: actualmente ARGOS es capaz de medir distancias con una precisión de 1 cm. El paso siguiente es modificar la electrónica del vehículo para colocar varios sensores de este tipo en las orientaciones adecuadas.

Al mismo tiempo, el grupo de software ha conseguido programar el protocolo de comunicaciones para control y seguimiento. La estación de control, el ordenador desde el que podrá controlarse en todo momento el aparato, ya es capaz de hablar y escuchar a la aeronave por radio.
Por su parte, el grupo de diseño mecánico ha modificado la estructura del vehículo para instalar los sensores, para utilizar una batería más potente y para integrar una cámara de vídeo con un sistema de movimiento que permite orientarla en todas direcciones.

Además, varios participantes están aprendiendo a manejar el cuadricóptero manualmente, tarea importante para las pruebas de vuelo, y a manejarlo desde la estación de control. Uno de los participantes se encarga específicamente de verificar que el aparato está en orden de vuelo cada vez que hay que ponerlo en marcha: batería cargada, revisión de conexiones, revisión de la estructura… Todos han aprendido también, por los problemas que han surgido en las pruebas de vuelo, la importancia de seguir un procedimiento detallado para hacer las cosas, por pequeñas que puedan parecer. Por esto, se puede decir que los participantes están preparados para desarrollar proyectos aeronáuticos.

A pesar de esta organización del trabajo por grupos, todos ellos han realizado otra tarea nada fácil: entender cómo se controlan los motores para dar estabilidad al vehículo en vuelo. Aunque por el momento están trabajando en elementos externos al “cerebro” del cuadricóptero, entender cómo vuela es necesario para integrar estos sistemas.

Para realizar bien todo este trabajo, los participantes han recibido varias sesiones sobre aspectos elementales, pero muy importantes, relacionados con el modo de presentar las cosas de palabra y por escrito. Cada grupo redacta sus informes de diseño o de ensayo, y en determinadas ocasiones presentan en público su trabajo a otros grupos.