Monthly Archives: agosto 2011

Josep-Ignasi Saranyana se jubila

Benedicto XVI con el sacerdote e historiador Josep-Ignasi Saranyana, colaborador de ‘La Vanguardia’

Se jubila sin haber resuelto el enigma de la relación entre tiempo y eternidad. “Es un misterio de fe. La razón iluminada por la fe vislumbra algunas cosas. Pocas, pero algunas. Se nos aclarará cuando alcancemos, por la misericordia de Dios, el cielo que esperamos”, según el sacerdote, teólogo e historiador Josep-Ignasi Saranyana (Barcelona, 1941).

En la intensa vida de Saranyana destacan dos encuentros. Los de Josemaría Escrivá de Balaguer (canonizado en 2002) y Joseph Ratzinger (Papa en 2005).

Josep-Ignasi Saranyana pide la admisión en el Opus Dei dos semanas después de la muerte de Montse Grases, sierva de Dios, el 26 de marzo de 1959. A finales del verano del 1965, decide ser sacerdote. Confiesa: “Tuve la suerte de comunicárselo de palabra a San Josemaría Escrivá de Balaguer. Me dijo que lo pusiera por escrito para que constara que lo hacía con toda libertad y pleno conocimiento”. Saranyana también trata a Joseph Ratzinger. Lo conoce personalmente en enero de 1980, cuando el hoy Papa era arzobispo y pasaba unos días en su casa de Ratisbona. Caía una gran nevada. Ratzinger, que es muy friolero, salió a recibirle cubriéndose con un gorro de estilo mongol. Ambos ya habían mantenido correspondencia desde 1971 por razón de la tesis doctoral del sacerdote catalán que versaba sobre san Buenaventura. Saranyana ha visto después varias veces a Ratzinger en Munich y en Roma, incluso tras su elección papal.

Saranyana ha hecho compatible su labor teológica y de historiador con el periodismo. Por herencia de un abuelo, que era periodista, siempre ha tenido inclinación a colaborar con la prensa. Empezó en un periódico universitario, Diagonal, del colegio mayor Monterols de Barcelona, en el que escribía Joaquín Navarro Valls. Hizo una primera colaboración en La Vanguardia que está fechada el 21 de agosto de 1978. Versó sobre el quinto centenario del nacimiento de Tomás Moro. El padre de Saranyana, ya muy enfermo y que moriría dos semanas después, se pasó un día entero con aquel ejemplar del diario en cama. Saranyana colabora periódicamente con ese diario a partir de 2001.

Saranyana ejerce su labor sacerdotal e intelectual, llevando con una sonrisa la cruz de una enfermedad autoinmune, el síndromede Behçet, dolencia degenerativa del tejido conjuntivo. Como consecuencia de esta enfermedad padeció una cirrosis fulminante, se quedó sin hígado y tuvieron que hacerle un trasplante hepático de urgencia.

La vida de Saranyana ha transcurrido en Barcelona, Roma, Madrid, Pamplona. Ha dirigido el Anuario de Historia de la Iglesia. Es miembro del Pontificio Comité de Ciencias Históricas. Tras jubilarse como profesor de la Universidad de Navarra vuelve a su natal Barcelona. La Facultad le ha pedido que elabore un manual de historia de la teología dedicado a la docencia.

>La influencia del Opus Dei en España

>Algunos, precisamente por la presencia de los laicos del Opus Dei en puestos influyentes de la sociedad española [se refiere al año 1967] hablan de la influencia del Opus Dei en España.

¿Nos podría explicar cuál es esa influencia?
Lo mismo que la totalidad de la Iglesia —alma del mundo—, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil no es de carácter temporal —social, político, económico, etc.—, aunque sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas, sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo preciso santificar.

Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama influyentes. Para una asociación cuyo fin sea hacer política, serán influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el parlamento o en el consejo de ministros. Si la asociación es cultural, considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la asociación, en cambio, lo que se propone es —como en el caso del Opus Dei— santificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus miembros: porque todos trabajan —el general deber humano de trabajar tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas—, y porque todos procuran realizar esa labor suya —cualquiera que sea— santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí, taninfluyente —tan importante, tan necesario— es el testimonio de un hijo míominero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de universidad entre los demás profesores del claustro académico.

¿De dónde viene, pues, la influencia del Opus Dei? Lo indica la simple consideración de esta realidad sociológica a la que pertenecen personas de todas las condiciones sociales, profesiones, edades y estados de vida: mujeres y hombres, clérigos y laicos, viejos y jóvenes, célibes y casados, universitarios, obreros, campesinos, empleados, personas que ejercen profesiones liberales o que trabajan en instituciones oficiales, etcétera. ¿Ha pensado en el poder de irradiación cristiana que representa una gama tan amplia y tan variada de personas, sobre todo si se cuentan por decenas de millares y están animadas de un mismo espíritu apostólico: santificar su profesión u oficio —en cualquier ambiente social en el que se muevan—, santificarse en ese trabajo y santificar con ese trabajo?

A esas labores apostólicas personales debe añadirse el crecimiento de nuestras obras corporativas de apostolado: Residencias de estudiantes, Casas de retiro, laUniversidad de Navarra, Centros de formación para obreros y campesinos, Institutos técnicos, Colegios, Escuelas de formación para la mujer, etcétera. Estas obras han sido y son indudablemente focos de irradiación del espíritu cristiano que, promovidos por laicos, dirigidos como un trabajo profesional por ciudadanos laicos, iguales a sus compañeros que ejercitan la misma tarea u oficio, y abiertos a personas de toda clase y condición, han sensibilizado vastos estratos de la sociedad sobre la necesidad de dar una respuesta cristiana a las cuestiones que les plantea el ejercicio de su profesión o empleo.

Todo esto es lo que da relieve y trascendencia social al Opus Dei. No el hecho de que algunos de sus miembros ocupen cargos de influencia humana —cosa que no nos interesa lo más mínimo, y se deja por eso a la libre decisión y responsabilidad de cada uno—, sino el hecho de que todos, y la bondad de Dios hace que sean muchos, realicen labores —desde los más humildes oficios— divinamente influyentes.
Y esto es lógico: ¿quién puede pensar que la influencia de la Iglesia en los Estados Unidos comenzó el día en que fue elegido presidente el católico John Kennedy.

>¿qué es?

>Muchas veces te has preguntado por esa institución de la Iglesia formada por mujeres y hombres de todas las clases sociales, unos se casan y tienen muchos hijos, otros, sin embargo, permanecen solteros toda su vida… también existen dentro de esta institución sacerdotes, pero para nada tienen un papel importante dentro de su jerarquía. De hecho, los que suelen dar la cara casi nunca son sacerdotes, siempre buscan una persona que les identifique y ésta suele ser una mujer, buena profesional y madre de una familia numerosa… ¿por qué? son precisamente este perfil de personas en más numeroso dentro del Opus.

Nosotros le llamamos el Opus, pero ese “opus” ¿qué es? ¿de dónde viene? después de investigar un poco, he concluído que viene del latín opus-eris (La Obra, como las obras de música que son operas) y Deus-i (de Dios). Así que el misterioso nombre de Opus Dei (el opus) viene a significar “La Obra de Dios”

Este nombre podríamos decir que es un poco pretencioso y, por lo que dicen de su Fundador, podríamos afirmarlo… he de reconocer que este punto puede ser oscuro y esclarecerlo es complejo. Acudiendo a las fuentes, leyendo la Biografía pseudo oficial del fundador (la escrita por Andrés Vázquez de Prada) he llegado a la conclusión que nada más lejos de la realidad… se trata de un ejercicio de humildad de Josemaría. Qué quiero decir con esto, pues que al escoger este nombre quería afirmar que no había sido cosa suya, obra del propio josemaría, sino que ha sido como consecuencia de una especial revelación divina. El fundador ha dicho muchas veces que el Opus Dei nació sin quererlo, aunque la verdad, viendo todo lo que se habla del opus… menos mal que no quiso… si fue por accidente ¡menudo éxito!

Carta del Prelado del Opus Dei (agosto'11)

Desde África, el Prelado recuerda en su carta la necesidad de ser y hacer el Opus Dei con la fidelidad personal. También pide oraciones por los frutos de la JMJ.

04 de agosto de 2011

PDF: Carta del Prelado (agosto 2011).

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Cuando recibáis esta carta, estaré —desde hace pocos días— en Kinshasa, la capital del Congo. Antes, del 7 al 12 de julio, hice un viaje a Costa de Marfil; tanto en Abidjan como en Yamoussoukro, me reuní con vuestras hermanas y con vuestros hermanos, y con otras muchas personas que frecuentan las actividades apostólicas del Opus Dei. En todos los sitios me ha llenado de alegría comprobar el desarrollo de la labor que realizan los fieles de la Prelatura, con la colaboración de muchas otras personas. Agradezcamos constantemente a Dios que nos envía sus gracias por la intercesión de la Santísima Virgen, escuchando también los ruegos de San Josemaría, a quien recurrimos siempre: si aquí abajo nos llevaba a todos y a cada uno en el corazón, con mucha más perfección e intensidad continúa ayudándonos desde el Cielo.

También acudo al queridísimo don Álvaro, que fue quien decidió el comienzo de la labor apostólica estable en estos dos países, en el año 1980. Con oración y sacrificio, con trabajo callado y perseverante —como en todos los lugares—, la Obra ha arraigado ya en estas tierras de África. ¡Cuántas realizaciones, para gloria de Dios y servicio de la Iglesia, florecen en estas dos naciones, a los treinta años de los comienzos! Dirijamos —insisto— una incesante acción de gracias a la Trinidad Santísima.

Os ruego que sigáis apoyando desde todas partes la expansión apostólica, que fue una característica de toda la vida de nuestro Padre, hasta el último día de su paso por la tierra: recemos por los lugares donde la labor de la Obra empezó tiempo atrás y por aquellos otros en los que se encuentra aún muy en los comienzos; sin olvidar otras naciones a las que deseamos llevar, con la doctrina de Cristo, el fermento del espíritu del Opus Dei: de modo más inmediato, Sri Lanka. Os pregunto a cada una, a cada uno: ¿piensas que pueden contar con tu oración? ¿Cómo rezas por las personas que tratan? ¿Qué pequeñas o no tan pequeñas mortificaciones ofreces? Recordemos lo que nos dijo san Josemaría: «No es posible amar a la humanidad entera (…) si no es desde la Cruz».

Confiemos estos deseos de desarrollo apostólico —dentro del propio país y en el mundo entero— al Corazón dulcísimo e inmaculado de la Virgen. Como todos los años, desde que nuestro Padre le consagró la Obra el 15 de agosto de 1951, renovaremos esa consagración en la fiesta de la Asunción. Esta vez, además de acogernos a su protección y a sus desvelos con el Opus Dei y con cada uno de nosotros, os invito a uniros a mi gratitud al Cielo después de estos viajes. Al mismo tiempo, pidamos por los frutos espirituales de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Madrid en la segunda parte de este mes, con la participación de innumerables jóvenes del mundo entero.

El próximo día 7 se cumplen ochenta años de una intervención divina en el alma de nuestro Padre, que le confirmó en la necesidad de intensificar la oración —única arma con la que contaba— para difundir y asegurar el camino emprendido el 2 de octubre de 1928, al tiempo que dio nuevos impulsos a esta misión específica, santa, en el seno de la Iglesia. Conocemos muy bien el texto que dejó consignado, relatando lo sucedido aquel 7 de agosto de 1931. No está de más que volvamos sobre esas palabras de nuestro Fundador, pues nos llenan de confianza y nos espolean a una fidelidad mayor al designio divino sobre el Opus Dei. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a penetrar más profundamente en ese hecho de la vida de san Josemaría, que es de una actualidad perenne y ha de encontrar un eco, una respuesta personal, en cada uno.

Se celebraba ese día en Madrid la fiesta de la Transfiguración del Señor. Habían transcurrido pocos años desde que nuestro Padre se trasladara a la capital, para cursar el doctorado en derecho, y nuestro Fundador anota:«Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la exCorte… Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir».

Dejaba así constancia del cambio que el Señor había ido operando en su alma, sobre todo desde el 2 de octubre de 1928. Fijémonos en que esta toma de conciencia tuvo lugar precisamente durante la celebración eucarística, mientras nuestro Fundador hacía presente in persona Christi el Santo Sacrificio de la Cruz. Siempre nos repitió que la Santa Misa constituye «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»: raíz de la que se alimenta toda nuestra existencia, punto focal en el que han de converger nuestros pensamientos, palabras y acciones. El hecho de cuidar con esmero, jornada tras jornada, la celebración o la asistencia al Sacrificio del Altar, resulta una condición indispensable para permitir actuar al Paráclito, que desea mejorar nuestras almas y asemejarnos más y más aJesucristo, para convertirnos en buenos instrumentos.

San Josemaría escribe que su cambio interior era debido a la acción del Señor: «a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir». A la vez, sabemos que ya antes de la fundación de la Obra se esforzaba por secundar la acción del Espíritu Santo. Su constante plegaria —Domine, ut videam!Domina, ut sit!— en los años anteriores al 2 de octubre de 1928, es la manifestación práctica de esa realidad. Tratemos de imitarle, acudiendo al Santo Sacrificio con una actitud de escucha de la Palabra de Dios, esforzándonos por descubrir lo que el Señor quiera mostrarnos, tanto en las lecturas como en las diversas plegarias de la Misa. ¿Alimentamos nuestra meditación personal y nuestra presencia de Dios con esos textos, de los que el Señor se sirve para encender en nuestras almas su Amor? ¿Nos esforzamos para que nuestra vida espiritual esté orientada y como marcada por la liturgia de la Iglesia?

«Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios», proseguía nuestro Padre. Y añadía, poniéndolo entre paréntesis: «Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma». Procedamos igualmente nosotros, muchas veces, con sinceros deseos de fidelidad a Dios y a la Iglesia, sobre todo cuando las circunstancias quizá se vuelvan más duras: en la enfermedad, en la escasez, en las contradicciones, en los momentos de aridez o de dificultad interior… Si nos comportamos de este modo, el Señor nos concederá las luces y las energías que precisemos, para cumplir en todo momento su amabilísima Voluntad.

Tras la consagración de la Hostia, cuando nuestro Fundador alzaba la Sagrada Forma para la adoración de los fieles, vinieron con fuerza a su mente unas palabras de la Escritura en la dicción de la Vulgata, usada entonces en la liturgia: si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum: cuando Yo sea levantado en alto, atraeré a mí todas las cosas. San Josemaría anotó que, en un primer momento, al escuchar esa locución divina sin ruido de palabras, sintió temor. Reacción muy propia del alma que, al percibir la maravillosa cercanía del Dios tres veces Santo, experimenta una gran turbación, consciente de su personal flaqueza, al tiempo que advierte una profunda paz interior. Así lo expresa nuestro Fundador: «Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas».

En esta experiencia, tan sobrenatural, que Dios concedió a san Josemaría para iluminarle y fortalecerle, estábamos presentes tú y yo, cada una y cada uno de los que habíamos de venir a la Obra en el transcurso de los años. La inmensa mayoría de nosotros no habíamos nacido aún, pero ya teníamos un lugar en el corazón de nuestro queridísimo Padre que, sin conocernos, rezaba por nosotros, contaba con nosotros, que seríamos llamados a ser Opus Dei y a hacer el Opus Dei en el siglo XXI. Esto nos obliga a unirnos más y más a san Josemaría, para hacer muy nuestra su vida, ya que, como nos comunicaba, éramos la razón de la suya.

Hijas e hijos míos: no son consideraciones meramente piadosas las que os propongo, cuando os insisto en que la Obra está en nuestras manos; día a día, pensemos que ahora nos toca a nosotros sacar adelante esta tarea que el Cielo quiere que se realice con el mismo espíritu e idéntica dedicación que nuestro Padre. Contamos para eso con toda la ayuda de Dios. Vienen muy bien las palabras de Santo Tomás de Aquino: «Aquellos sujetos elegidos por Dios para una misión son preparados y dispuestos por Él de modo que sean idóneos para desempeñarla, conforme a lo que se lee en 2 Cor 3, 6: “Nos hizo ministros idóneos de la Nueva Alianza”».

Disponemos además de tantos escritos de nuestro Padre, en los que vertió los tesoros espirituales que el Señor le había confiado. «A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (…) —anotó también en sus apuntes íntimos, querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey». Esta aspiración suya se ha convertido en realidad, pues millones de personas en todo el mundo se alimentan de los textos que salieron de su predicación y de su pluma. Profundizar en su lectura, darlos a conocer, difundirlos en las más variadas lenguas, constituye un instrumento apostólico de gran eficacia para que el mensaje de san Josemaría y la labor apostólica del Opus Dei se extiendan más y más para el bien de las almas: como las ondas producidas por la piedra caída en el lago, hasta llegar a riberas insospechadas.

En su mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud —a la que he sido invitado a intervenir—, el Papa glosa el lema propuesto para este encuentro: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. A muchos, la participación en esos actos les ofrecerá un encuentro especial con Cristo, que quizá no habían experimentado antes; o, al menos, la posibilidad de conocerle mejor, de afianzarse en la amistad personal con Él. Procuremos que no se quede en una luz de bengala, que brilla un momento para después apagarse. En este sentido, adquiere gran importancia que den y demos continuidad a la experiencia espiritual de esos días. Hagamos todo lo posible para que los participantes formulen conclusiones prácticas, propósitos personales para crecer en su vida cristiana. «El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia», afirma el Santo Padre. Como fruto de la acción de la gracia, pueden ser muchos los que se interroguen sobre el rumbo que debe tomar su existencia. Son preguntas que, antes o después, se suele plantear la gente joven, muchas veces sin caer en la cuenta de lo que verdaderamente significan. Porque detrás de la pregunta sobre el futuro —quizá inicialmente limitada a la elección de una profesión, a la inserción en el mundo laboral, a la formación de una familia propia—, lo que late debajo de esos interrogantes es algo mucho más profundo: ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Cómo puedo realizarla plenamente?

Al pensar que esas jornadas tienen lugar en la ciudad donde la Providencia divina quiso que naciera el Opus Dei, acude a mi memoria un comentario que san Josemaría hizo en varias ocasiones, rememorando —con agradecimiento a Dios— el episodio de la llamada de Saulo de Tarso al apostolado. «Para mí —en pequeño— como a Pablo en Damasco, en Madrid se cayeron las escamas de mis ojos, y en Madrid he recibido mi misión», escribió, por ejemplo, en 1965. Pido a Dios que, con ocasión de estos actos presididos por el Papa, numerosos jóvenes experimentensu Damasco: que abran los ojos a la luz de Dios, que perciban la vocación a la que Jesús los llama, y se decidan firmemente a seguirla. Será el mejor modo de responder a las esperanzas de la Iglesia, que necesita de muchas mujeres y de muchos hombres seriamente comprometidos con el Señor. «Estar arraigados en Cristo —explica Benedicto XVI— significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Y, dirigiéndose específicamente a los jóvenes, añade unas palabras que sirven para todos: «Construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó” (cfr. Lc6, 47). Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida».

Vuelvo a lo que os sugería anteriormente: la necesidad de dar continuidad, en la vida ordinaria, al descubrimiento que muchos amigos y conocidos vuestros harán en esas fechas, como fruto de la gracia de Dios. El Santo Padre les marca el camino, cuando escribe: «Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él». En las conversaciones personales, mostremos la necesidad de frecuentar los sacramentos —la Penitencia, la Eucaristía—, fuentes de la vida sobrenatural de los hijos de Dios. También es preciso que aprendan a santificar el estudio, el trabajo, y a preocuparse apostólicamente de los demás, pues el hecho de acercar a otros a Cristo es una de las mejores maneras de asegurar la propia fidelidad al Maestro. Repetidles, con palabras del Papa, que «Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás».

Termino invitándoos a considerar, con ocasión de la fiesta de la Asunción, las palabras con las que san Josemaría pone fin a su homilía en esa solemnidad de la Santísima Virgen: «Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo». Cabe añadir en esa jaculatoria las palabras que pronunció el queridísimo don Álvaro: iter para et serva tutum!

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Kinshasa, 1 de agosto de 2011.

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San Josemaría, Notas de una meditación, 2-X-1971.

San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 217 (7-VIII-1931). Cfr. A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei“, vol. I, pp. 380-381.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87.

San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 217 (7-VIII-1931). Cfr. A. Vázquez de Prada, ibid.

Jn 12, 32 (Vulgata).

San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 217 (7-VIII-1931). Cfr. A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei“, vol. I, p. 381.

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 27, a. 4.

San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 218 (7-VIII-1931). Cfr. A. Vázquez de Prada, ibid.

Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

Cfr. Col 2, 7.

Benedicto XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, 6-VIII-2010.

San Josemaría, Carta, 2-X-1965.

Benedicto XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, 6-VIII-2010.

Ibid.

Ibid.

Ibid.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 178.

Primera mujer arquitecto gallega

>Construyendo edificios en Galicia
Memorias de Milagros Rey, primera arquitecta gallega

Estoy escribiendo mis memorias y vienen a mi cabeza tantos recuerdos, que no sé si voy a terminar… Pasaron ya ochenta años de mi vida y, contando tantos acontecimientos pasados, me alegro y gozo al confirmar que no me aburrí ni un solo minuto.

Mi padre, arquitecto coruñés, mi madre ama de casa madrileña, con un montón de tíos y abuelos y, desde niña, jugando y dibujando con los delineantes, en el estudio de mi padre, mientras aprendía a leer y escribir. Mi padre quiso también que aprendiese alemán, en vez de ir a la escuela primaria, cuando ya hablaba gallego y castellano. Recuerdo como corregía Castelao mis expresiones en gallego… La maestra, Consuelito, me enseñó matemáticas en la casa y una abuela algo de música. Como enfermé al ir a la escuela, aprendí todo en casa y estudié por libre. Sobre todo aprendí a dibujar, en el estudio de mi padre, y esa fue ya mi gran pasión…

Cuando le formulé a mi padre a idea de ir a Madrid a hacer Arquitectura, no le gustó nada, pero comprendió que estaba decida y me retó: “Si sacas a la primera el examen de estado, te costeo la carrera”. Estudié muchísimo, y saqué el nº 1, con premio extraordinario, en Santiago, así que no tuvo más remedio que darme permiso. También en Madrid tuve que afrontar muchos retos, pues en los cursos de licenciatura en Arquitectura era la única chica de la Universidad. Fueron años apasionantes, en los que descubrí muchas cosas y muchos países. Era una “niña de la guerra”, que había tenido que aprender en tiempos revueltos…

Comencé mi primer trabajo en La Coruña con un equipo de arquitectos. Después, fui trabajando en otros frentes: arquitecto municipal, Jefe de Bomberos, Catedrático de Arquitectura…. Muchos años de trabajo y más de 2300 encargos: polígono de Elviña, Iglesia de Santa Margarita, Torre de los Maestros, La Fuente de Cuatro Caminos, Iglesias de Combarro, Cambados… Mi obra preferida es, quizás, el local social del pescador en Fisterra. Dicen que era de armas tomar y a lo mejor llevan razón. En cualquiera caso, es mi manera de ser y trabajar.

También en mi vida personal tuve grandes retos. Pasé de ser agnóstica a creyente en poco tiempo, de forma imprevista. Dios entró un día en mi vida y desde entonces quise saber más… Me acerqué después a la Obra a través de un sacerdote gran amigo de mi padre, que me facilitó conocer un sacerdote de la Obra arquitecto, D. Ricardo Fernández Vallespín. Entonces comprendí que Dios me hacía descubrir mi vocación y pedí la admisión un mes y medio después, como Agregada del Opus Dei. Mi madre, al no conocer la Obra, quiso preguntar a un religioso, que le contestó que era “una organización bendecida por la Iglesia; más aún, puedo decir que es la perla de la corona de la Iglesia. Dé gracias a dios porque llamara su hija a tan hermosa vocación”. Mi madre me lo contó después, muy emocionada y alegre.

Mis trabajos tenían ahora una perspectiva nueva, apasionante. De cierto que la fe ilumina nuestras actividades y les da luces insospechadas. Comencé a trabajar con un sentido más profundo, viendo mejor los motivos para trabajar bien, a fondo, y hacer construcciones idóneas, estéticas, que resolvieran los problemas de la gente. En esta profesión encontraba muchas ocasiones para actuar de forma ética y no ceder ante propuestas confusas o actuaciones corruptas. En mi trabajo hace falta fijar bien las medidas y los presupuestos, y surgen situaciones que requieren una especial fortaleza para vivir una moral profesional. Algunos colegas me hacían consultas éticas y yo procuraba darles mi opinión, en las distintas cuestiones.

Me gustaba mucho dar clases a los futuros arquitectos y aparejadores. Dediqué muchas horas a enseñarles lo que yo aprendí con los años. Recuerdo también mis esfuerzos en temas deontológicos, para que fueran siempre buenos profesionales. Cuando me jubilé me nombraron profesora emérita.

Fui con mis padres a Roma y allí pude conocer a San Josemaría. Lo pasamos muy bien y me recomendó que descansara, pues trabajaba demasiado. Yo le hablé con entusiasmo de mis bomberos y recuerdo que se reía…

Claro que trabajaba mucho, pero también encontraba tiempo para otras actividades. Recuerdo unas reuniones que tenía, con otras profesionales, en el estudio, los viernes a última hora, y que llamábamos club de música. El gramófono nos permitió escuchar muchas sinfonías de Beethoven y otros músicos.

Aún ahora, gracias a las nuevas tecnologías puedo seguir, a mi edad, colaborando profesionalmente desde mi casa. Comencé un blog para escribir sobre temas de interés y mantener contacto con más personas. En el ordenador voy escribiendo recuerdos, para completar mis memorias. De vez en cuando vienen periodistas y me entrevistan, sobre temas que les parece de interés: ser la primera mujer arquitecto de Galicia y 3ª de España, primer Jefe de Bomberos, mis opiniones sobre edificaciones polémicas, los recuerdos sobre la catástrofe aérea del primero Reactor en A Coruña, etc.

Un momento de especial emoción fue la concesión de la Medalla Castelao en 1995. En el discurso, el presidente habló de Castelao como símbolo de unión entre gallegos y subrayó el “ferviente amor” de los galardonados a Galicia y su trabajo en favor del pueblo y la tierra. Efectivamente, toda mi vida fue un reto continuo, apasionante, que quiero transmitir en mis memorias, y que ofrezco con amor a Galicia y a todo el mundo, desde la web, para invitar a todos a aprovechar su vida trabajando bien y con entusiasmo ¡Vale la pena!

Primer arquitecto mujer gallega

Construyendo edificios en Galicia
Memorias de Milagros Rey, primera arquitecta gallega

Lalos Rey en una imagen de 1961

Estoy escribiendo mis memorias y vienen a mi cabeza tantos recuerdos, que no sé si voy a terminar… Pasaron ya ochenta años de mi vida y, contando tantos acontecimientos pasados, me alegro y gozo al confirmar que no me aburrí ni un solo minuto.

Mi padre, arquitecto coruñés, mi madre ama de casa madrileña, con un montón de tíos y abuelos y, desde niña, jugando y dibujando con los delineantes, en el estudio de mi padre, mientras aprendía a leer y escribir. Mi padre quiso también que aprendiese alemán, en vez de ir a la escuela primaria, cuando ya hablaba gallego y castellano. Recuerdo como corregía Castelao mis expresiones en gallego… La maestra, Consuelito, me enseñó matemáticas en la casa y una abuela algo de música. Como enfermé al ir a la escuela, aprendí todo en casa y estudié por libre. Sobre todo aprendí a dibujar, en el estudio de mi padre, y esa fue ya mi gran pasión…

Cuando le formulé a mi padre a idea de ir a Madrid a hacer Arquitectura, no le gustó nada, pero comprendió que estaba decida y me retó: “Si sacas a la primera el examen de estado, te costeo la carrera”. Estudié muchísimo, y saqué el nº 1, con premio extraordinario, en Santiago, así que no tuvo más remedio que darme permiso. También en Madrid tuve que afrontar muchos retos, pues en los cursos de licenciatura en Arquitectura era la única chica de la Universidad. Fueron años apasionantes, en los que descubrí muchas cosas y muchos países. Era una “niña de la guerra”, que había tenido que aprender en tiempos revueltos…

Comencé mi primer trabajo en La Coruña con un equipo de arquitectos. Después, fui trabajando en otros frentes: arquitecto municipal, Jefe de Bomberos, Catedrático de Arquitectura…. Muchos años de trabajo y más de 2300 encargos: polígono de Elviña, Iglesia de Santa Margarita, Torre de los Maestros, La Fuente de Cuatro Caminos, Iglesias de Combarro, Cambados… Mi obra preferida es, quizás, el local social del pescador en Fisterra. Dicen que era de armas tomar y a lo mejor llevan razón. En cualquiera caso, es mi manera de ser y trabajar.


Una de sus obras

También en mi vida personal tuve grandes retos. Pasé de ser agnóstica a creyente en poco tiempo, de forma imprevista. Dios entró un día en mi vida y desde entonces quise saber más… Me acerqué después a la Obra a través de un sacerdote gran amigo de mi padre, que me facilitó conocer un sacerdote de la Obra arquitecto, D. Ricardo Fernández Vallespín. Entonces comprendí que Dios me hacía descubrir mi vocación y pedí la admisión un mes y medio después, como Agregada del Opus Dei. Mi madre, al no conocer la Obra, quiso preguntar a un religioso, que le contestó que era “una organización bendecida por la Iglesia; más aún, puedo decir que es la perla de la corona de la Iglesia. Dé gracias a dios porque llamara su hija a tan hermosa vocación”. Mi madre me lo contó después, muy emocionada y alegre.

Mis trabajos tenían ahora una perspectiva nueva, apasionante. De cierto que la fe ilumina nuestras actividades y les da luces insospechadas. Comencé a trabajar con un sentido más profundo, viendo mejor los motivos para trabajar bien, a fondo, y hacer construcciones idóneas, estéticas, que resolvieran los problemas de la gente. En esta profesión encontraba muchas ocasiones para actuar de forma ética y no ceder ante propuestas confusas o actuaciones corruptas. En mi trabajo hace falta fijar bien las medidas y los presupuestos, y surgen situaciones que requieren una especial fortaleza para vivir una moral profesional. Algunos colegas me hacían consultas éticas y yo procuraba darles mi opinión, en las distintas cuestiones.

Me gustaba mucho dar clases a los futuros arquitectos y aparejadores. Dediqué muchas horas a enseñarles lo que yo aprendí con los años. Recuerdo también mis esfuerzos en temas deontológicos, para que fueran siempre buenos profesionales. Cuando me jubilé me nombraron profesora emérita.

Fui con mis padres a Roma y allí pude conocer a San Josemaría. Lo pasamos muy bien y me recomendó que descansara, pues trabajaba demasiado. Yo le hablé con entusiasmo de mis bomberos y recuerdo que se reía…

Claro que trabajaba mucho, pero también encontraba tiempo para otras actividades. Recuerdo unas reuniones que tenía, con otras profesionales, en el estudio, los viernes a última hora, y que llamábamos club de música. El gramófono nos permitió escuchar muchas sinfonías de Beethoven y otros músicos.

Fuente de Cuatro Caminos (A Coruña)


Aún ahora, gracias a las nuevas tecnologías puedo seguir, a mi edad, colaborando profesionalmente desde mi casa. Comencé un blog para escribir sobre temas de interés y mantener contacto con más personas. En el ordenador voy escribiendo recuerdos, para completar mis memorias. De vez en cuando vienen periodistas y me entrevistan, sobre temas que les parece de interés: ser la primera mujer arquitecto de Galicia y 3ª de España, primer Jefe de Bomberos, mis opiniones sobre edificaciones polémicas, los recuerdos sobre la catástrofe aérea del primero Reactor en A Coruña, etc.

Un momento de especial emoción fue la concesión de la Medalla Castelao en 1995. En el discurso, el presidente habló de Castelao como símbolo de unión entre gallegos y subrayó el “ferviente amor” de los galardonados a Galicia y su trabajo en favor del pueblo y la tierra. Efectivamente, toda mi vida fue un reto continuo, apasionante, que quiero transmitir en mis memorias, y que ofrezco con amor a Galicia y a todo el mundo, desde la web, para invitar a todos a aprovechar su vida trabajando bien y con entusiasmo ¡Vale la pena!