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La juventud da todo lo que puede – Camino n.30


Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa.
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EDICIÓN CRÍTICA
Comienza ahora la larga adición que San Josemaría hizo en Burgos al capítulo «Carácter»: los puntos 30 a 55.

De este punto 30, como de todos los que proceden de la reelaboración de Burgos, se conserva el original autógrafo, unas pequeñas fichas u octavillas que, como sabemos, llamaba «gaiticas».

El texto de este punto está en una ficha escrita con trazo grueso. Estimamos que es posterior a septiembre de 1938.

Carta del Prelado del Opus Dei (julio'11)

La carta del mes se centra en la oración mental, diálogo con Dios, “fuente de agua fresca con la que hemos de empapar nuestro trabajo, nuestro apostolado, nuestras actividades familiares y sociales”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Después de viajar a Pamplona para la revisión médica y también para ver a los enfermos, tengo el propósito de ir a Costa de Marfil y hablar con vuestros hermanos y hermanas de ese queridísimo país, por el que tanto hemos rezado en los meses anteriores. Continuemos en esa misma línea ahora, con el fin de que las heridas producidas por la guerra se curen cuanto antes, sin dejar resentimientos ni odios; que todos sean generosos en el perdón, de modo que la reconciliación entre unos y otros cobre honda realidad, para bien de las familias, de la sociedad civil y de la entera nación. Encomendemos estas intenciones al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que honramos hoy, 1 de julio, en la liturgia, y al Corazón dulcísimo de María, cuya fiesta es mañana. Y pidamos mucho por todos los lugares donde abunda el sufrimiento.

Esta fiesta de Jesús nos invita a meternos, con una oración confiada y filial, en el Corazón de ese Dios que se ha encarnado por amor nuestro. Como escribió nuestro Padre en una homilía, «en esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña, nos guía»[1]. También ahora, desde el Cielo, nos impulsa a renovar nuestro deseo de progresar en el trato personal con la Trinidad Santísima. A propósito de esto, he vuelto a considerar algunas sugerencias del beato Juan Pablo II en su carta apostólica, con la que trazaba las vías de la Iglesia para el nuevo milenio. Tras señalar, como objetivo prioritario, despertar el afán de santidad en todo el pueblo de Dios, concretaba: «Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración»[2].

El Señor, a quien no dejamos —no debemos dejar— de agradecer su bondad, se sirvió también del ejemplo y de las enseñanzas de nuestro Fundador, para que todas y todos, también los demás cristianos, atribuyamos la máxima importancia al cultivo de una vida de oración seria y constante. Alimentemos este afán en la lectura asidua de la Palabra de Dios y mediante la participación de todo nuestro yo en la liturgia —especialmente en la Santa Misa diaria—, hasta hacer del trato con Dios carne de nuestra carne, alma de nuestra alma, vida de nuestra vida. Aunque llevemos muchos años esforzándonos cotidianamente en este empeño, estamos persuadidos de que tenemos necesidad de recomenzar jornada tras jornada. «En efecto, señala Benedicto XVI, sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad»[3].

Don Álvaro recordaba con frecuencia el propósito formulado por San Josemaría cuando cumplió 70 años: ser alma de oración. Desde que el Señor comenzó a manifestarse en su vida, en plena adolescencia, nuestro Padre entró por caminos de oración y fue siempre fiel a ese conversar diaria y filialmente con Dios. El hecho de que, tantos lustros después, manifestara ese deseo, aparte de revelar su profunda humildad, supone una confirmación de lo que afirma Benedicto XVI fundado en la experiencia de los santos.

Muchas veces nos hemos detenido a considerar las escenas del Evangelio que nos presentan a Jesús en diálogo con su Padre Dios. A los Apóstoles les maravilló esa actitud del Maestro, y una vez le pidieron: Domine, doce nos orare[4]; Señor, enséñanos a orar. Jesucristo les dio la falsilla, las líneas-guía por las que discurre la oración cristiana: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo[5].

Cabe recorrer esta senda de muchas maneras, porque la relación de cada alma con Dios será siempre muy personal: el Señor nos cuida a cada uno como a una joya de valor inapreciable: una conmovedora realidad, pues cada alma ha sido rescatada al precio de la sangre de Cristo[6]. No olvidemos que, como consecuencia del seguimiento de sus hijas y de sus hijos, dentro de esta gran autopista —la oración cristiana— que conduce a nuestro Padre celestial, por medio de Jesucristo, a impulsos del Espíritu Santo[7], el Señor nos ha dicho: vigilate et orate[8], estad en vela y orad. Todos hemos de frecuentar —como dice Benedicto XVI— la «escuela de Jesús». Y de nuestro amadísimo Padre hemos aprendido a tratar a Dios con piedad de niños y doctrina de teólogos; con hambre de dirigirnos a Jesucristo como a nuestro Hermano mayor y a la Virgen como Madre nuestra; a san José como padre de esta familia sobrenatural que es la Iglesia; a los ángeles como compañeros y custodios en el camino hacia la vida eterna.

Renovemos cotidianamente el afán de tratar personalmente a Dios. Me refiero ahora a los tiempos diarios dedicados a la meditación, que constituyen —junto con el recurso a los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía— el hontanar, la fuente de agua fresca con la que hemos de empapar nuestro trabajo, nuestro apostolado, nuestras actividades familiares y sociales; en definitiva, toda nuestra existencia; también las horas dedicadas al sueño y al descanso. Os aseguro que no es tarea difícil, tampoco en tiempos de aridez espiritual o de cansancio físico o psíquico, si nos dejamos guiar por las luces del Espíritu Santo y los consejos de la dirección espiritual.

«Hemos de ser almas contemplativas —decía san Josemaría en 1973—, y para eso no podemos dejar la meditación. Sin oración, sin meditación, sin vida interior no haríamos más que el mal (…). Ahora parece que tenemos más obligación de ser verdaderamente almas de oración, ofreciendo al Señor con generosidad todo lo que nos ocupa y no abandonando jamás nuestra conversación con Él, pase lo que pase. Si os comportáis de esta manera, viviréis pendientes de Dios durante todo el día, y os esforzaréis seriamente para hacer muy bien esas dos medias horas diarias de meditación»[9].

Nuestro Padre no nos pide que hagamos muy bien la oración, sino que nos esforcemos cada día por empezar, seguir y acabar bien la oración. Es una meta que está a nuestro alcance, con ese recomenzar cada mañana, dejando de lado los fracasos pasados, grandes o pequeños. El resto —prácticamente todo— brota como fruto de la acción del Paráclito en nuestras almas, pues el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables[10].

Busquemos, pues, en primer lugar, la puntualidad en esas citas con Dios, que jalonan nuestro caminar diario. Parece un detalle de poca monta, pero os confirmo —siguiendo las enseñanzas de san Josemaría— que reviste mucha importancia. «No dejéis nunca la oración mental. Para ser contemplativos, ¿cuál es el mejor camino?: la oración. Cuando un alma empieza a pensar que no sabe hacer oración, que lo que nos enseña el Padre es muy difícil, que el Señor no le dice nada, que no le oye, y se le ocurre: pues para estar así, lo dejo todo, y me quedo con las oraciones vocales, tiene una mala tentación».

«¡No, hijos míos! Hay que perseverar en la meditación. Esas quejas díselas al Señor en tus ratos de oración; y, si es necesario, repítele durante media hora la misma jaculatoria: Jesús, te amo; Jesús, enséñame a querer; Jesús, enséñame a querer a los demás por Ti… Persevera así, un día y otro, un mes, un año, otro año, y al fin el Señor te dirá: ¡tonto, si estaba contigo, a tu lado, desde el principio!»[11].

Podrán presentarse dificultades, excusas, razonamientos engañosos para retrasar o recortar las medias horas de la meditación. Por eso conviene que demos importancia a la puntualidad en épocas de trabajo más intenso, o en momentos en los que se experimenta cansancio o desánimo. Como recuerda el Papa, «la oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona»[12]. Siempre resulta posible hablar con el divino Huésped del alma; cabe hallarle en cualquier lugar y en cualquier situación, aunque —si es posible— acudimos al Sagrario, donde Jesús está real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. En cualquier caso, siempre hemos de poner el esfuerzo de recogernos, alejando en lo posible las distracciones que quizá nos asalten. «Nos recogemos dentro de nosotros mismos —afirmaba san Josemaría en una de sus catequesis—, y adoramos a Dios, que se digna poseernos, y comenzamos a hablar con Él, con naturalidad, como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre, con una madre, con un vecino a quien se estima. Como se habla con el amor. Hablad con confianza y veréis qué bien os va. Tendréis vida interior»[13].

Insisto: a veces no sabremos qué manifestarle, cómo conversar con Él, nos faltarán las palabras; pero no olvidemos entonces que hacer oración «es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios antes que realizar actos de culto o pronunciar palabras»[14]. Otra razón para acudir con fidelidad a la práctica de la oración mental en situaciones de stress o de aridez interior; y evidentemente en esos casos, el cuidado de este recurso se demuestra especialmente necesario. En ocasiones, la charla filial con el Señor no cuajará ni siquiera en palabras interiores; pero el hecho de acompañarle durante los minutos previstos, sin pretender consuelos sensibles, constituye una demostración clarísima de amor a Dios, de identificación con su Voluntad santísima, de olvido de sí. «En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente»[15].

Nada más consolador que la certeza de que, si nosotros podemos amar y tratar a Dios, proviene de que Él nos amó primero[16]. Lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica cuando enseña que «esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración; la iniciativa del hombre es siempre una respuesta»[17]. Por eso, el propósito de esmerarnos en los ratos de meditación, cotidianamente renovado, obliga a Dios —por expresarlo de algún modo— a concedernos su gracia con más abundancia. ¿Piensas, además, con frecuencia, que la única arma del Opus Dei es y será siempre la oración? ¿Cómo defiendes con esta arma el servicio de la Obra a la Iglesia? Ciertamente, tanto amaremos y mantendremos el espíritu que de nuestro Padre hemos recibido, cuanto más almas de oración seamos.

Las enseñanzas de nuestro Padre sobre la oración contienen una enorme riqueza y son de gran utilidad. ¿Quién de nosotros no se ha sentido retratado alguna vez en aquellas frases de una de sus homilías? «A lo largo de estos años, se me han acercado algunos, y compungidos de dolor me han dicho: Padre, no sé qué me pasa, me encuentro cansado y frío; mi piedad, antes tan segura y llana, me parece una comedia… Pues a los que atraviesan esa situación, y a todos vosotros, contesto: ¿una comedia? ¡Gran cosa! El Señor está jugando con nosotros como un padre con sus hijos».

«Se lee en la Escritura: ludens in orbe terrarum (Prv 8, 31), que Él juega en toda la redondez de la tierra. Pero Dios no nos abandona, porque inmediatamente añade: deliciæ meæ esse cum filiis hominum (Ibid.), son mis delicias estar con los hijos de los hombres. ¡El Señor juega con nosotros! Y cuando se nos ocurra que estamos interpretando una comedia, porque nos sintamos helados, apáticos; cuando estemos disgustados y sin voluntad; cuando nos resulte arduo cumplir nuestro deber y alcanzar las metas espirituales que nos hayamos propuesto, ha sonado la hora de pensar que Dios juega con nosotros, y espera que sepamos representar nuestra comedia con gallardía»[18].

No quiero terminar estas líneas sin mencionar algunas fechas más significativas de este mes. Viviremos con más presencia de don Álvaro el día 7, fecha de su petición de admisión en la Obra. El 16, festividad de la Virgen del Carmen, requiere lógicamente que haya un recuerdo especial para la hermana de nuestro Padre, Tía Carmen, que tanto contribuyó a confirmar el aire de familia de los Centros del Opus Dei. En esa fecha, además, encomendemos de modo particular a las benditas almas del purgatorio, confiándolas a la intercesión de nuestra Madre del Cielo.

Como os pido machaconamente, permanezcamos unidos en la oración; pidamos unos por otros, por las labores apostólicas en el mundo entero, por las intenciones del Santo Padre. Ante el Sagrario, en nuestros ratos de meditación, podemos presentar al Señor los afanes que llenan nuestra alma, sirviéndonos de la intercesión de la Virgen y San José, de los Ángeles custodios y de san Josemaría, nuestro amadísimo Padre.

Me da alegría escribiros que el sábado, 18 del mes pasado, he viajado a la isla de Cerdeña, a Cagliari, donde he rezado ante la Patrona, la Virgen de Bonaria. Me consta que san Josemaría rezó por esta tierra y estoy seguro de que mucha gente sarda responderá con generosidad a las llamadas del Señor, precisamente por esa petición de nuestro Padre: ayudémosles, porque también desde allí nos ayudan a manos llenas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de julio de 2011.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 164.

[2] Beato Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio Ineunte, 6-I-2001, n. 32.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 4-V-2011.

[4] Lc 11, 1.

[5] Mt 6, 9-10.

[6] Cfr. 1 Pe 1, 18-19.

[7] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15-X-1989, n. 29.

[8] Mt 26, 41.

[9] Notas de una reunión familiar, septiembre de 1973.

[10] Rm 8, 26.

[11] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, septiembre de 1973.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 11-V-2011.

[13] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1972.

[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 11-V-2011.

[15] Ibid. Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15-X-1989, n. 30.

[16] 1 Jn 4, 19.

[17] Catecismo de la Iglesia católica, n. 2567.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 152.

Juan Pablo II y el Opus Dei


Entrevista a Mons. Javier Echevarría
Palabra, Mayo 2011

Juan Pablo II y el Opus Dei

Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, ha tenido el privilegio de estar muy cerca de Juan Pablo II durante todo su pontificado. Con ocasión de la beatificación de Juan Pablo II, le pedimos recuerdos que ayuden a comprender la persona del nuevo beato, y, en particular, que nos hable de la relación de Juan Pablo II con el Opus Dei.

— Usted ha vivido muy de cerca todo el pontificado de Juan Pablo II. ¿Qué le ha quedado más grabado de su persona?
— Juan Pablo II insistió frecuentemente en que cada hombre, cada mujer, alcanza su plenitud en la donación, en la entrega de sí mismo a Dios y a los demás. Y él personalmente se entregó al Señor y a la Iglesia con constante generosidad y auténtico sacrificio. La diferencia entre el Papa lleno de fortaleza física, que tomó el timón de la Iglesia en 1978, y Juan Pablo II en sus últimos años, inclinado bajo el peso de la fatiga y de la enfermedad, no indica solamente el paso del tiempo: señala también la medida total de su entrega. En una ocasión acompañé a Mons. Álvaro del Portillo al apartamento pontificio a una hora avanzada de la tarde. Mientras esperábamos la llegada del Papa, oímos unos pasos que se acercaban por un pasillo como arrastrando los pies. Era el Santo Padre, muy fatigado. Don Álvaro exclamó: “Santo Padre, ¡qué cansado está!”. El Papa le miró y, con voz firme y amable, respondió: “Si a estas horas yo no estuviera cansado, sería señal de que no habría cumplido mi deber”.

— Tratando de hacer un resumen casi imposible, ¿qué ha dejado a la Iglesia Juan Pablo II?
— Nos ha dejado un espléndido tesoro de doctrina y de ejemplo de caridad pastoral. Destacaría, en su pontificado, un empuje hacia una nueva evangelización a través de la vida ordinaria, a través de personas activamente presentes en todos los campos del quehacer humano, con una conducta coherente con la fe.

— Quizá por eso se entendió muy bien con el Opus Dei, cuyo espíritu es la santificación y el apostolado en la vida ordinaria…
— Tengo que aclarar que la veneración y el agradecimiento de los fieles del Opus Dei se extienden a todos los Papas, por la labor que han realizado en bien de la Iglesia universal y porque todos, desde Pío XII hasta hoy, han sido providenciales para el desarrollo de los apostolados del Opus Dei. Con Juan Pablo II existe una particular deuda de gratitud, porque durante su pontificado han tenido lugar algunos eventos de especial importancia para la historia de la Obra, como la erección de esta parte de la Iglesia en Prelatura personal, la beatificación y canonización de San Josemaría o la creación de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Desde luego el Papa veía en la Obra un instrumento eficaz en la línea de la evangelización a través de la vida ordinaria. Pero, al mismo tiempo, diría que no tuvo predilección distinta hacia el Opus Dei: Juan Pablo II fue verdaderamente el Papa de todos, un padre sensible a todos los carismas que el Espíritu Santo suscita. Pienso que, con él, millones de personas se han sentido “hijos predilectos”; y con esta alegría y agradecimiento diarios han vivido los fieles del Opus Dei.

— ¿Juan Pablo II conocía el Opus Dei desde antiguo?
— Durante el Concilio Vaticano II le presentaron, en el Aula Conciliar, a don Álvaro del Portillo, pero luego no hubo más contactos hasta que en 1971 el joven Cardenal de Cracovia Karol Wojtyla, durante un sínodo de obispos en Roma, asistió a una conferencia del Cardenal Höffner organizada por el CRIS, “Centro Romano d’Incontri Sacerdotali”, que habían promovido algunos sacerdotes del Opus Dei; más tarde, en 1974, pronunció una conferencia en ese mismo centro, en la que hizo una referencia final a una expresión de Mons. Escrivá de Balaguer que este sacerdote consideraba el camino para plasmar en la tierra la paz de Cristo: “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo”. Cuatro años más tarde, el Cardenal Wojtyla vino a Villa Tevere, sede central del Opus Dei, a almorzar con don Álvaro. Tomó mucho cariño a don Álvaro, sobre todo después de ser elegido para ocupar la Cátedra de Pedro. Las personas santas se entienden muy bien.

— ¿Podría contar algún recuerdo de sus primeros encuentros con el nuevo Papa?
— Inesperadamente el primer encuentro tuvo lugar al día siguiente de la elección, el 17 de octubre de 1978. Mons. Andrea Deskur, un obispo polaco que era entonces Presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, y que era amigo fraterno de don Álvaro y aún más amigo de Karol Wojtyla desde su juventud, se hallaba internado en el Policlínico Gemelli a causa de un ictus sufrido algunos días antes. El día de la elección del Papa, don Álvaro le llamó por teléfono. No quería darle la buena noticia directamente, para no provocarle una emoción quizá dañina. Se limitó a preguntarle: “Andrea, ¿sabes a quién han elegido Papa?”. Deskur respondió: “No podían haber hecho mejor elección”. Y añadió: “Mañana lo encontraré”. Don Álvaro pensó que el enfermo deliraba: ¿cómo iba a salir del Vaticano el Papa recién elegido? Al día siguiente don Álvaro fue a visitar a su amigo. Yo lo acompañé. Y qué sorpresa cuando, al salir de la habitación del enfermo, nos dijeron que debíamos esperar en un rincón con otras personas, porque había llegado el Papa y habían bloqueado la salida de la planta. Mayor sorpresa aún cuando, al abandonar el cuarto del paciente, Juan Pablo II se dirigió hacia don Álvaro y le dio un abrazo. Don Álvaro se conmovió filialmente, y al besar el anillo al nuevo Pontífice, notó que llevaba en la mano el rosario. Fueron días muy intensos, los del inicio del pontificado. Pudimos ver al Papa con una frecuencia que no hubiéramos imaginado. Por ejemplo, don Álvaro quiso ir a rezar al santuario de La Mentorella, cerca de Roma, para encomendar al nuevo Papa a la intercesión de la Santísima Virgen. Y allí mismo, apoyado en el capó del coche, escribió una postal a Juan Pablo II en la que manifestaba su deseo de ayudarle con la oración; ponía a su disposición las más de sesenta mil Misas que diariamente ofrecían los fieles del Opus Dei por las intenciones de quien hacía cabeza en la Obra: era, precisaba en esas letras, el mejor apoyo que podría entregarle. Al cabo de pocos días, recibió una llamada telefónica del mismo Papa: quería agradecer aquel gesto; por el tono de voz se percibía que le había conmovido el tesoro que había puesto en sus manos, y se puede decir que se tocaba el gran amor del Pontífice a la Eucaristía. El 28 de octubre, Juan Pablo II le recibió por vez primera en una audiencia informal. Nos encontrábamos también presentes don Joaquín Alonso y yo, y pudimos ver cómo el Papa escuchaba con mucha atención y afecto lo que le refería don Álvaro. Recuerdo que afirmó con seguridad, dando un significativo y cariñoso golpe con el puño en la mesa, que la Iglesia iba a superar todas las dificultades con la ayuda de la Virgen Santísima, el primer Opus Dei, la más importante obra de Dios.
Don Álvaro contestó que compartía plenamente aquella esperanza. También en esos momentos, D. Álvaro le comentó que con motivo de la Sede Vacante, por el inesperado fallecimiento del venerado Juan Pablo I, no se había podido recibir la carta que el nuevo Pontífice, anterior Patriarca de Venecia, había querido enviar con motivo del 50 aniversario de la fundación del Opus Dei. Añadió Mons. del Portillo que Juan Pablo I había entendido muy bien que el Opus Dei, de hecho, no era un Instituto Secular y que había que pensar en la solución jurídica oportuna. Nuevamente, refiriéndose a esa carta, Juan Pablo II dijo: “La facciamo!”.

— ¿Podría contar algún otro detalle respecto a los trabajos finales para la erección del Opus Dei en Prelatura personal?
— Ya Pablo VI y Juan Pablo I habían manifestado su intención de concluir el iter jurídico de la Obra, pero el Señor los llamó antes de que pudiera afrontar la cuestión. Juan Pablo II quiso interesarse desde muy temprano. Puso el estudio en las manos del cardenal Sebastiano Baggio, Prefecto de la Congregación para los Obispos, y fue nombrada una comisión paritaria compuesta por expertos en Derecho Canónico de la Santa Sede y del Opus Dei. El Papa siguió con atención todos los pasos, conocía muy bien los pormenores. Los detalles técnico-canónicos son bien conocidos. Aquí me gustaría resaltar el interés paterno que puso el Santo Padre en aquel proceso, al mismo tiempo que dejaba a los canonistas entera libertad para estudiar las cuestiones. Fue también muy paterno –no sólo prudente– al afrontar las dificultades provocadas por las objeciones de algunos obispos, por lo demás comprensibles al tratarse de una figura canónica nueva. Él mismo trató de hacerse cargo, disponiendo que se consideraran esas objeciones y se resolvieran adecuadamente.

— ¿En qué medida intervino Juan Pablo II en el gobierno del Opus Dei? ¿Dio indicaciones?
— Lo más importante, claro está, fue la erección del Opus Dei en Prelatura personal, acto con el que ponía esta parte de la Iglesia formada por laicos y sacerdotes, hombres y mujeres de toda clase y condición, bajo la jurisdicción de un prelado para que –también con su presbiterio– sirviera mejor a la Iglesia universal, en comunión con las iglesias particulares. Por lo demás, sugería al Prelado iniciativas apostólicas, ya que estaba muy convencido de la eficacia del apostolado personal de cada fiel del Opus Dei y de quienes –personas de todos los ambientes de la sociedad– se acercan a la labor apostólica de la Obra. Una petición expresa del Papa, por ejemplo, fue la erección del seminario internacional Sedes Sapientiae, en Roma, con el objeto de formar sacerdotes que pudieran ser luego formadores en seminarios de diversos países, también de los que acababan de alcanzar la libertad tras el período de dominio soviético. A sugerir iniciativas de apostolado le animaba también la respuesta de don Álvaro, siempre pronta y fiel. Juan Pablo II venía hablando de la nueva evangelización al menos desde 1981, pero fue en 1985 cuando dio un fuerte impulso a esta prioridad pastoral, sobre todo, en los países de la Europa occidental y América del Norte, donde los síntomas del secularismo iban creciendo de modo alarmante. Una fecha simbólica es la del 11 de octubre de 1985, día en que el Santo Padre concluyó un Sínodo extraordinario de Obispos, celebrado en Roma, invitando a la Iglesia a un renovado impulso misionero, deseo que comentó con el Prelado en una conversación. Don Álvaro se hizo eco inmediatamente de este programa, y ya con fecha 25 de diciembre del mismo año escribió una Carta pastoral a los fieles de la Prelatura, urgiéndoles a colaborar con todas sus fuerzas en esta tarea, que era particularmente necesaria sobre todo en los países de la vieja Europa, Estados Unidos y Canadá. El Papa invitó a don Álvaro a empezar la labor de la Obra en los países escandinavos. Y, naturalmente, en Polonia. Puntualizaba que era muy importante difundir entre el pueblo de Dios en Polonia la necesidad de la dirección espiritual personal y sabía cómo ésta se practicaba asiduamente en el Opus Dei. Este aliento a seguir en la misión evangelizadora con el espíritu propio del Opus Dei, el Papa lo siguió dando a don Álvaro –como luego hizo conmigo– hasta el final de su vida. En diversas audiencias, el Papa le dio varias indicaciones, junto al estímulo para continuar en las labores apostólicas que ya se realizaban: por ejemplo, la recomendación de que se trabajara muy a fondo en el apostolado con los intelectuales, especialmente a través de quienes ya se encuentran en ese ambiente, procurando alentarles en su tarea, y mostrarles que la fe y la razón no marchan por caminos separados, y mucho menos opuestos. Juan Pablo II pensaba que los intelectuales eran personas clave para la nueva evangelización, y se preocupaba de que se les prestara un cuidado pastoral particular. Así mismo consideraba prioritaria la evangelización de los que desempeñan cargos de responsabilidad en el ámbito político y económico, porque es la manera más eficaz de mejorar la situación de todos, en primer lugar de los más necesitados. En este sentido, animaba a los fieles de la Prelatura y a muchas otras personas que trabajan en escuelas de negocios, diciendo: “Si quienes estudian estas materias se hacen cristianos, se convierten, será más fácil erradicar la pobreza”.

— Y don Álvaro, ¿daba sugerencias al Papa sobre la Iglesia?
— En algunas ocasiones se las pedía el Santo Padre. Ya a finales de 1978, cuando se preguntaba sobre la oportunidad de hacer el viaje a México para la reunión del CELAM –era una situación bastante delicada– el Papa comentó a don Álvaro, delante de otras personas, que había oído varias opiniones sobre el asunto. Claramente le estaba pidiendo la suya. Con sencillez, don Álvaro le sugirió que emprendiera el viaje, pues supondría un bien muy grande para la Iglesia en México, en América Latina, y en todo el mundo. El tono de voz de don Álvaro era comedido: daba a entender que le parecería bien cualquier determinación que tomase el Papa. El viaje se realizó con los resultados extraordinarios que todos conocemos. Naturalmente, el Papa debió de consultarse con otras personas y con los organismos de la Curia romana. Después del viaje a México, nos invitó a un almuerzo y contó con alegría muchos detalles de su visita a aquel país. No hablaba de su labor, sino de la fe y de la respuesta del pueblo mexicano ante la presencia del sucesor de San Pedro. En varias ocasiones, don Álvaro sugirió a Juan Pablo II que escribiera una carta o una exhortación sobre San José, para fomentar la devoción de los fieles y para pedirle que protegiera a la Iglesia. Por eso, fue extraordinario su gozo cuando se publicó la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, del 15 de agosto de 1989. Recuerdo otra sugerencia relacionada con la piedad. Habíamos invitado a almorzar en Villa Tevere a un canónigo español del Capítulo de San Pedro, Mons. Pedro Altabella. Salió a colación el bien que hacía a las almas la práctica de la exposición permanente del Santísimo Sacramento en algunas iglesias. Don Joaquín Alonso comentó que sería un bien muy grande seguir esa costumbre en San Pedro y don Álvaro lo apoyó vivamente. El canónigo tomó al vuelo la sugerencia, y comentó que se movería para hacerla llegar in altissimis. Al poco tiempo comenzó en la basílica vaticana ese culto a la Eucaristía que ha producido tantos buenos frutos. Era el año 1981. En una de las invitaciones que recibimos del Papa para almorzar en el apartamento pontificio, don Álvaro habló de la necesidad de fomentar las confesiones, para facilitar a la gente el reencuentro con el Señor, sensibilizando a los sacerdotes y a los laicos para que participaran en este apostolado. Para ilustrar lo que decía, relató algunas anécdotas de los buenos resultados que se habían obtenido por el mundo con este modo de ayudar a las almas. Juan Pablo II, con una sonrisa de asentimiento, comentó: “Me recuerda usted a los buenos párrocos celosos de mis tiempos, que gastaban su vida con esta manera de atender a las almas, a las que amaban con todas sus fuerzas”. Otras veces, en conversaciones semejantes, el Papa decía, refiriéndose a los fieles del Opus Dei, laicos y sacerdotes: “Tienen ustedes el carisma de la Confesión”. Sé que lo decía también a otras personas, porque nos lo han comentado, hablando de la Obra.

— ¿Visitó el Papa algún centro del Opus Dei?
— En el plan de visitas pastorales a las parroquias de Roma, estuvo también en las tres encomendadas al Opus Dei y se detuvo en los centros anexos. Quizá lo más singular a este respecto es que, cuando se hallaba bien de salud, pasó varias veces por una casa de retiros de la Obra en Abruzzo, llamada Tor d’Aveia. La finca está situada en la ladera de un monte y desde allí se pueden hacer bonitas excursiones o bien ir a esquiar. Como es sabido, el Papa necesitaba de vez en cuando tomarse algún descanso y allí podía hacerlo de forma discreta. Salía del Vaticano en privado, seguido por el coche de la escolta, y llegaba a Tor d’Aveia –a poco más de una hora de Roma– sin que nadie lo notase. Era para el Papa un buen reposo. Las mujeres de la Obra encargadas de la casa pudieron tener ratos de tertulia con él y con su secretario, pero guardaron silencio para que nadie molestara al Papa. Incluso don Álvaro fue sólo una vez para darle la bienvenida. De manera análoga, Juan Pablo II estuvo una vez en otro centro de conferencias que utilizamos en Ovindoli, no lejos de allí, donde hay una estación de esquí.

— Usted estuvo muchas veces en la residencia del Papa, invitado a comer. ¿De qué se hablaba en aquellos encuentros?
— De muchos temas, en un contexto familiar: la situación de la Iglesia, el apostolado de los fieles del Opus Dei en diversos países, etc. Una de aquellas veces regaló a don Álvaro una edición pequeña del Nuevo Testamento, que utilizó luego durante los viajes, para recordar expresamente al Romano Pontífice. No la usaba en las demás ocasiones porque tenía una letra muy pequeña.

— ¿Algún recuerdo relacionado con el atentado de 1981?
— En esos momentos estábamos reunidos con el Consejo del Prelado para los apostolados con las mujeres. Apenas conocida la noticia, interrumpió la reunión y fuimos al Policlínico Gemelli. Don Álvaro pudo pasar, invitado por Mons. Angelini, al lugar donde estaban algunos miembros de la Curia, mientras los médicos operaban al Santo Padre. Don Álvaro pidió inmediatamente a toda la Obra que rezáramos por el Papa. Íbamos con frecuencia al Gemelli, aun sabiendo que no podríamos pasar a visitarle: nos bastaba rezar por su Persona con aquella presencia física más cercana. En la época del viaje a México, don Álvaro había regalado al Papa una cassette con canciones mexicanas; son canciones de amor que el pueblo canta también a la Virgen de Guadalupe. Pues bien, un día en que nos dejaron visitar al Santo Padre en el policlínico, lo encontramos escuchando en un magnetofón aquellas canciones. “Me ayudan a rezar”, comentó. Nada hacía presagiar este encuentro, pero fue el mismo Papa quien indicó que pasáramos a la habitación. D. Álvaro puso filialmente una mano sobre el brazo del Santo Padre, y comprobó que la fiebre era muy alta. El encuentro duró poco, como es lógico. Pero se notaba que la Iglesia rezaba por Pedro, como en Jerusalén, y que Pedro ofrecía todo por la Iglesia de Jesucristo.

— No hemos hablado aún de la beatificación y canonización de San Josemaría, proclamadas por Juan Pablo II.
— El Papa estaba muy contento de elevar a los altares al fundador de la Obra. Como se recordará, antes de la beatificación en 1992 hubo algunas incomprensiones que produjeron un cierto revuelo. Eran coletazos del diablo para impedir lo que, como dijo Juan Pablo II inmediatamente después de la beatificación, fue “una gran manifestación de fe”. Al concluir la ceremonia, el mismo Juan Pablo II manifestó su alegría al ver aquella multitud en recogimiento y oración, y dijo a don Álvaro, que le acompañaba hacia la basílica de San Pedro: “Ahora entiendo por qué algunos sectarios no querían que se diese esta manifestación de fe”. Añadió el Papa que agradecía al Señor que se hubiera celebrado aquella ceremonia, en la que también había beatificado a la Madre Bakhita, canosiana, porque había podido hacer llegar al mundo la situación trágica de la Iglesia en Sudán. En fin, lo que ha quedado para la historia es el bien que la devoción a San Josemaría está haciendo en toda la Iglesia. Y el Papa era consciente de esto. En la canonización, el Papa definió a San Josemaría como “el santo de lo ordinario”, muy en sintonía con aquella idea suya de evangelizar la sociedad a través de la vida ordinaria: en la Iglesia doméstica que es cada familia, en el trabajo, el deporte y las relaciones sociales.

— Ha hablado de las críticas, que tampoco faltaron a Juan Pablo II. ¿Con qué espíritu afrontaba el Papa esas contradicciones?
— Era muy sobrenatural y sabía cargar con la cruz. Además, era muy determinado y seguía adelante buscando el bien de la Iglesia. Una vez don Álvaro participó en el rezo del Rosario con el Papa. Solía ir siempre un grupo de gente y en aquella ocasión se hallaba también la Madre Teresa de Calcuta. Al final de la oración, el Papa presentó a don Álvaro a la Madre Teresa, la cual le dio las gracias porque sacerdotes de la Obra habían atendido muy bien a sus monjas en varias partes del mundo. Entonces el Papa le dijo medio en broma medio en serio: “Madre, ¿por qué muchos critican al Papa y al Opus Dei mientras todos hablan bien de la Madre Teresa?”. Y ella respondió con gran sinceridad: “Recen por mí, para que sea humilde”.

— Juan Pablo II quiso rezar ante los restos mortales de don Álvaro el día de su muerte. ¿Podría contar algo de aquellos momentos?
— El 11 de marzo 1994, en su 80 cumpleaños, don Álvaro recibió un quirógrafo de Juan Pablo II, escrito sobre una fotografía: “Al venerado y querido hermano Álvaro del Portillo, que con el alma agradecida al Señor, celebra su ochenta cumpleaños, expresándole mi vivo aprecio por su fiel trabajo al servicio de la Iglesia, e implorando abundantes gracias celestiales para un ministerio todavía prolongado y rico en frutos, le imparto de corazón una especial bendición apostólica, haciéndola extensiva con afecto a todos los sacerdotes y laicos de la Prelatura”. La tarde del 22 de marzo de 1994 habíamos regresado de una peregrinación a Tierra Santa, y a las pocas horas, en la madrugada del 23, llamó el Señor al Prelado del Opus Dei. Comuniqué la noticia a Mons. Stanislaw Dziwisz, secretario particular de Juan Pablo II, hacia las seis y media de la mañana. Don Stanislaw me dijo que se lo comunicaría al Santo Padre, y que encomendarían a Dios en la Misa el eterno descanso del Prelado. Tuvimos la amable sorpresa de que, hacia las diez de la mañana, llamó el Prefecto de la Casa Pontificia, Mons. Monduzzi, para informar que el Santo Padre deseaba ir por la tarde a la sede de la Curia Prelaticia, para rezar ante el cadáver. No me detengo en pormenores de esta visita, pero sí quiero señalar el interés manifestado por Juan Pablo II. Me preguntó a qué hora y dónde había celebrado don Álvaro su última Misa, porque sabía que había regresado a Roma el día anterior. Cuando le respondí que a las once de la mañana, en la iglesia del Cenáculo, me sorprendió que el Papa hiciera rápidamente el cálculo entre la hora de la Santa Misa y la de su marcha al Cielo. Al final le agradecí la visita, tan insólita, pero el Papa atajó diciendo: “Era un deber, era un deber”.

— Y usted, después de su nombramiento como Prelado en 1994, ¿tuvo ocasiones similares de relación con Juan Pablo II?
— El Papa siguió siendo igualmente paterno y afectuoso. Por ejemplo, me telefoneó personalmente para anunciarme el nombramiento como prelado. Yo, en diversas ocasiones, le fui informando sobre el desarrollo de los apostolados de la Obra y he podido comprobar su alegría. Pocos meses después del nombramiento, quiso conferirme la ordenación episcopal. A partir del año 2000 el Papa estaba ya más enfermo, pero continuó teniendo la delicadeza de recibirme en audiencia con cierta frecuencia, para tener noticias de las actividades apostólicas de la Obra en todo el mundo. Tres días después de la muerte del Papa fui con don Joaquín Alonso a rezar ante sus restos mortales en la basílica de San Pedro y a saludar a don Stanislaw, que nos invitó a rezar en la capilla privada y luego nos animó a subir a la azotea del palacio apostólico. Quería mostrarnos el río de gente que acudía a rendir el último homenaje al Papa y la cantidad de televisiones de todo el mundo que se habían instalado en los alrededores de la Plaza de San Pedro. Poco después, me entregó una sotana de Juan Pablo II, para que la conserváramos como reliquia.