Monthly Archives: junio 2011

Laureano López Rodó. Biografía de un ministro de Franco

Laureano López Rodó. Biografía de un ministro de Franco
Antonio Cañellas Mas.
Madrid, 2011. Biblioteca Nueva. 390 págs.

Decía el historiador Jesús Pavón que toda biografía debe mantener un equilibrio entre el libro mayor y el menor, de manera que el uno no oculte al otro. Pues bien, a este criterio se ajusta Antonio Cañellas en su biografía de López Rodó. Su biografiado, que vivió ochenta años a lo largo del siglo XX, a la vez que refleja las encrucijadas políticas del siglo pasado, contribuye con sus decisiones a modificarlas notablemente, y por esta razón se le puede considerar un personaje histórico de primera magnitud.

Cañellas ha escrito un libro sin filias ni fobias. Ha trabajado con rigor académico para publicar esta obra, que en su día presentó ante un tribunal universitario como tesis doctoral. Yen este punto mi recuerdo no puede menos que dirigirse a Gonzalo Redondo, cuyo fallecimiento truncó uno de los trabajos más brillante y generosos que he conocido. Gonzalo Redondo recogió numerosos archivos privados de personajes de todos los colores, que tuvieron una relevancia histórica durante el franquismo. Toda esa importantísima documentación se conserva en el Archivo General de la Universidad de Navarra y su consulta es obligada para los investigadores de esta etapa histórica.Y gracias al trabajo de Gonzalo Redondo y sus colaboradores, entre los que por justicia hay que citar a Fernando de Meer, Cañellas ha podido consultar no solo el archivo privado de López Rodó, sino también los de Ángel López Amo, Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio. Consulta que el autor ha ampliado con la documentación de otros fondos documentales, como el del Archivo Francisco Franco. Y todo ello es la prueba inequívoca de que el autor en este caso, por no tocar de oído, no incurre en lugares comunes, porque debajo dela melodía de este libro hay toda una formación de conservatorio.

Julio Gil Pecharromán, catedrático de Historia Contemporánea de la UNED, escribe lo siguiente en el prólogo de este libro: “Otro tema que puede atraer morbosa atención es la vinculación de esta tecnocracia franquista al Opus Dei, la sociedad religiosa a la que pertenecía López Rodó, desde 1941, y muchos otros relevantes miembros de la corriente y cuya presencia en los aparatos de poder de la dictadura ha sido presentada muchas veces como el fruto de una operación metódicamente organizada de conquista del poder.

Cañellas es tajante en su conclusión: “la actuación política de los miembros del Opus Dei se realizaba al margen de su militancia en la Obra” (pág. 17).

Cumpleaños del Padre (1932)

Hoy celebramos un aniversario más del nacimiento del Padre. Es buen momento para dar gracias a Dios por la fidelidad de D. Álvaro y del Padre, como sucesores de san Josemaría en el gobierno del Opus Dei. Deo gratias! Recemos para que el espíritu de la Obra se mantenga íntegro e incólume a lo largo de la historia. El Señor cuenta con nuestra fidelidad y con las oraciones y el buen espíritu de nuestros amigos y colaboradores. Muchas felicidades, Padre.

La felicidad del egoísta no es duradera – Camino n. 29

Camino 29. La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón…, no es difícil conseguirla en este mundo. -Pero la felicidad del egoísta no es duradera. ¿Vas a perder, por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?

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EDICIÓN CRÍTICA

Con este punto acababa el capítulo «Carácter» en la edición de Cuenca.

San Josemaría, al componer en Burgos la edición definitiva, asumió, como hemos visto, la secuencia de Consideraciones Espirituales, sin más variantes que las señaladas: la introducción del actual punto 12 y la inserción, que acabamos de comentar, de los puntos 26 y 27, sobre la vocación matrimonial.

El texto de este punto 29 procede del Cuaderno VI, nº 1056, que lleva fecha de 5-X-1933 y tiene un tenor literal idéntico, con pequeñas diferencias de puntuación.

Rastro de luz – Camino n.28

Camino 28. El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. -Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares. ¿Ansia de hijos?… Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne.
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EDICIÓN CRÍTICA
El origen redaccional del punto está en una anotación del Cuaderno V, nº 457, de fecha 7-XII-1931 [1]. San Josemaría describe uno de sus paseos –por la Castellana, al final de la tarde–, que en aquella época eran su modo de trato con estudiantes universitarios:

«Anoche hablamos por teléfono con Adolfo [2] y quedamos en encontrarnos a las ocho y cuarto en la marquesina central del metro en la puerta del Sol. Fui con Pepe R. y allí vino también Adolfo con un señor. Paseamos por la Castellana, donde no había nadie. Me acompañaron a casa.

Ese señor, que vino con Adolfo, ya no es joven. (Yo llamo jóvenes a los que no han hecho los treinta.) Pero tampoco, en justicia, puede llamársele exjoven. Me gustó: le recomendé el confesonario de D. Norberto. Hablamos de muchas cosas espirituales».

En esa conversación se forjó el futuro punto de Camino:

«Explané las siguientes ideas: Que el matrimonio es para la clase de tropa, no para el estado mayor de Cristo. Por eso, mientras comer es una exigencia etc.».

Hasta aquí, el texto que está en la base, casi literal, del punto 28. Pero en éste no se recoge el final de aquella conversación, que me parece del máximo interés. Helo aquí:

«¡Bendito sea mi celibato!», terminé. «¿El celibato eclesiástico?», me preguntaron. –«No –contesté– el mío».

San Josemaría quiere exponer de forma incisiva la doctrina tradicional de la Iglesia, sobre la que se pronunció el Concilio de Trento: que el celibato apostólico, es objetivamente superior al matrimonio [3]. Pienso, con todo, que San Josemaría tiene una peculiar forma de entender esa superioridad objetiva del celibato.

Por eso me ha parecido interesante transcribir el final de aquella conversación de hace casi setenta años. No es la realidad institucional y codificada lo que él bendice y agradece, sino el don: la realidad personal, vocacional del celibato –¡el mío!–, que puede recibirse en los distintos estados de la vida, y que San Josemaría concebía como disponibilidad abierta a todos los planes de Dios.

El hombre casado –cristianamente casado–, por la naturaleza de su situación, tiene una disponibilidad no subjetivamente, pero sí objetivamente condicionada. Y ambos, celibato y matrimonio, pueden ser vocación –«así, vocación»– a la plenitud de vida cristiana, y un hombre o una mujer casados son capaces de alcanzar grados de santidad y entrega a Dios que no alcanza un célibe.

«Personas singulares». No, claro está, en el sentido de «extraordinarias o eminentes», sino de «individuales»: de cada persona concreta, contrapuesta a la «especie», de la que acaba de hablar, que es la que está obligada. Es un sencillo recordatorio de la doctrina humana y cristiana sobre el tema.

San Josemaría se sirve de un símil militar. La expresión «clase de tropa» [4] cobra con alguna frecuencia en el lenguaje coloquial un sentido peyorativo. Sacada del contexto de Camino, podría entenderse como minusvaloración del matrimonio. Era el motivo de una pregunta de Jacques Guillemé-Brûlon al Autor en una entrevista publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966: «¿Puede verse ahí una apreciación peyorativa del matrimonio, que iría contra el deseo de la Obra de inscribirse en las realidades vivas del mundo moderno?» [5].

Es evidente que, en la pluma de San Josemaría , no tiene tinte peyorativo ni encierra ninguna ofensa para los que van al matrimonio: el punto 27 es la más clara hermenéutica del punto 28.

Es interesante en este sentido el comentario del Prof. Jiménez Vargas, que asistía a los cursos de formación que impartía San Josemaría en aquellos años y en los que empleaba ese símil:

«al decir que el matrimonio es para la clase de tropa se puede asegurar que entusiasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenía gracia cuando se le oía directamente» [6].

San Josemaría contestó concisamente al periodista francés [7]. Más detenidamente se expresaba dos años después en una entrevista concedida a una periodista española, que le hacía una pregunta similar: cómo se conciliaban los dos aspectos de «vocación» y «clase de tropa». He aquí la respuesta:

«En el espíritu y en la vida del Opus Dei no ha habido nunca ningún impedimento para conciliar estos dos aspectos. […]

Cuando yo escribía aquellas frases, allá por los años treinta, en el ambiente católico –en la vida pastoral concreta– se tendía a promover la búsqueda de la perfección cristiana entre los jóvenes haciéndoles apreciar sólo el valor sobrenatural de la virginidad, dejando en la sombra el valor del matrimonio cristiano como otro camino de santidad. […]

En el Opus Dei hemos procedido siempre de otro modo, y –dejando muy clara la razón de ser y la excelencia del celibato apostólico– hemos señalado el matrimonio como camino divino en la tierra. […]

Cuando yo escribía que el matrimonio es para la clase de tropa, no hacía más que describir lo que ha sucedido siempre en la Iglesia. Sabéis que los obispos –que forman el Colegio Episcopal, que tiene como cabeza al Papa, y gobiernan con él toda la Iglesia– son elegidos entre los que viven el celibato: lo mismo en las Iglesias orientales, donde se admiten los presbíteros casados.

Además es fácil de comprender y de comprobar que los célibes tienen de hecho mayor libertad de corazón y de movimiento, para dedicarse establemente a dirigir y sostener empresas apostólicas, también en el apostolado seglar. Esto no quiere decir que los demás seglares no puedan hacer o no hagan de hecho un apostolado espléndido y de primera importancia: quiere decir sólo que hay diversidad de funciones, diversas dedicaciones en puestos de diversa responsabilidad.

En un ejército –y sólo eso quería expresar la comparación– la tropa es tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es –siempre y sólo– hacer la voluntad de Dios.

Por eso, un cristiano que procura santificarse en el estado matrimonial, y es consciente de la grandeza de su propia vocación, espontáneamente siente una especial veneración y un profundo cariño hacia los que son llamados al celibato apostólico; y cuando alguno de sus hijos, por la gracia del Señor, emprende ese camino, se alegra sinceramente. Y llega a amar aún más su propia vocación matrimonial, que le ha permitido ofrecer a Jesucristo –el gran Amor de todos, célibes o casados– los frutos del amor humano» [8].
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[1] Va seguida del que sería p/427.

[2] Adolfo Gómez Ruiz (1909-1956), estudiante de Medicina, conoció al Autor hacia 1930, y se dirigió espiritualmente con San Josemaría, participando de sus afanes apostólicos. Fue quien presentó a Juan Jiménez Vargas al Fundador del Opus Dei.

Militante político activo, tomó parte en la intentona del General Sanjurjo, de agosto de 1932. Fue detenido e ingresó en la cárcel Modelo, de Madrid, siendo atendido sacerdotalmente por San Josemaría. Posteriormente fue deportado a África. Todas estas peripecias le alejaron del trato con San Josemaría, al que siempre estimó en gran medida.

[3] La doctrina censurada en el Concilio (sess 24, can 10; DS 1810) es ésta: «que el estado conyugal debe anteponerse al estado de virginidad o de celibato, y que no es mejor y más perfecto permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio [cf. Mt. 19, 11 s; 1 Co. 7, 25 s, 38 y 40]».

[4] «Nombre genérico de los individuos de tropa que forman los escalones inferiores de los Ejércitos de tierra y aire y del Cuerpo de Infantería de Marina» (DRAE, voz «clase», ed 1992).

[5] Entrevista concedida a Jacques Guillemé-Brûlon, publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966; Conversaciones, 45.

[6] Juan Jiménez Vargas, Relatos testimoniales, II, pg 24.

[7] Se lee en Conversaciones:

«Le aconsejo leer el número anterior de Camino, donde se dice que el matrimonio es una vocación divina. No era nada frecuente oír afirmaciones como ésa en los alrededores de 1935. Sacar las consecuencias de las que usted habla, es no entender mis palabras. Con esa metáfora quería recoger lo que ha enseñado siempre la Iglesia sobre la excelencia y el valor sobrenatural del celibato apostólico. Y recordar al mismo tiempo a todos los cristianos que, en palabras de San Pablo, deben sentirse milites Christi, soldados de Cristo, miembros de ese Pueblo de Dios que realiza en la tierra una lucha divina de comprensión, de santidad y de paz. Hay en todo el mundo muchos miles de matrimonios que pertenecen al Opus Dei, o que viven según su espíritu, sabiendo bien que un soldado puede ser condecorado en la misma batalla en la que el general huyó vergonzosamente»

(Conversaciones, 45).

[8] La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, entrevista realizada al Autor por Pilar Salcedo en 1968, publicada en Telva (Madrid) el 1-II-1968; Conversaciones, 92; la cursiva es del original.

Vocación matrimonial – Camino n.27

Camino 27. ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial” -Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías.

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EDICIÓN CRÍTICA
Si el punto 26 contiene un «criterio», el punto 27 que ahora comentamos refleja una continuada «experiencia» de San Josemaría,, ya narrada en un documento de 1935 [1], del que este punto de Camino es como una nueva versión.

La experiencia a la que aludo es la del desconcierto que su conversación y su predicación producía en aquellos años treinta cuando hablaba de «vocación matrimonial». En este punto 27 el desconcierto se expresa en la risa juvenil: creían que San Josemaría hablaba en broma.

«Vocación» era entonces, prácticamente, igual a «vocación religiosa» o a «vocación sacerdotal». «Tener vocación» era –y todavía lo es en la mentalidad de muchos– irse a un convento o a un seminario. La gente corriente dice (o piensa) que no tiene vocación [2].

Ya era sorprendente para el interlocutor que aquellos compañeros de la Universidad, con los que compartía afanes e ilusiones y que sabía entregados a Dios en el celibato apostólico, tuviesen una verdadera vocación. Pero ¿tener vocación al matrimonio?… San Josemaría: «Pues la tienes: así, vocación». Habla incluso de una especial vocación:

«Hacedles ver el noble derrotero de un cristiano padre de familia; y cómo se precisan padres de familia virilmente piadosos; y cómo se necesita, sin duda, una especial vocación para ser padre de familia –muchos nunca habrán oído hablar así–; y cómo ellos parecen llevados por Dios por ese camino, si procuran luchar, y ennoblecer con esa lucha su conducta…» [3].

Para el tema de San Rafael y Tobías en relación con la vocación al matrimonio, vid el punto 360.

[1] Instrucción, 9-I-1935, nº 124.

[2] El tema tenía tal trascendencia pastoral que San Josemaría en aquellos años evitaba, en lo que podía, la palabra «vocación» –a pesar de ser un concepto bíblico fundamental (vid voz «Vocación» en Xavier LÉon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder [Biblioteca Herder, 66], 10ª ed, Barcelona 1978, pgs 962-964; y José Morales, «La vocación en el Antiguo Testamento», en Scripta Theologica 19 [1987] 11-62)– por la connotación casi exclusiva que entonces tenía, entre la juventud universitaria, de «vocación religiosa» o «vocación sacerdotal». Leer la Introducción al capítulo 44.

Aquí emplea la expresión vocación matrimonial, como se ve, con voluntad de provocar un inicial desconcierto que lleve a descubrir el horizonte neotestamentario de la «vocación cristiana». Vid en P. Rodriguez, Vocación, trabajo, contemplación, 1986, los caps I («Sentido de la vocación cristiana») y II («El mundo como tarea moral»). Sobre trabajo y vocación vid el comentario al punto 359.

[3]En la Instrucción, 9-I-1935, nº 237 escribía San Josemaría:«Una especial vocación divina». Eran palabras realmente nuevas para muchas personas, al menos en la España de entonces.

Sobre el Matrimonio – Camino n.26

Camino 26. El Matrimonio es un sacramento santo. -A su tiempo, cuando hayas de recibirlo, que te aconseje tu director o tu confesor la lectura de algún libro provechoso. -Y te dispondrás mejor a llevar dignamente las cargas del hogar.
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EDICIÓN CRÍTICA
Este puntofue redactado por San Josemaría en Burgos, en febrero-julio de 1938, lo mismo que el siguiente. A pesar de la proximidad temática, parecen estar distanciados en su redacción. San Josemaría escribió este punto en una octavilla de papel barato y el punto 27 en un trozo de papel más pequeño, semejante al usado para escribir otros puntos.

San Josemaría, que está trasladando a Camino los puntos de Consideraciones Espirituales por el mismo orden que allí los encuentra, introduce ahora, delante del punto 28, que aborda una temática semejante, estos dos puntos nuevos. El conjunto son tres pinceladas sobre el matrimonio y el celibato.

Este punto 26 contiene un criterio claro para la preparación de la juventud al matrimonio: la lectura de una adecuada bibliografía sobre el tema. Este criterio, tan descuidado entonces, hoy tiene el fuerte desarrollo que conocemos en la pastoral de los cursos de preparación al matrimonio. Como siempre, el criterio para los orientadores de la juventud aparece en el punto de Camino en forma dialógica.

Pero el «clima» familiar y directo de la predicación de San Josemaría Escrivá sobre el tema aparece sobre todo en los otros dos puntos, en los que se contempla, a la vez, el matrimonio y el celibato. Ese «a la vez» es característico de San Josemaría..

Claves teológicas de la enseñanza de San Josemaría

Claves teológicas de la enseñanza de San Josemaría (Fuente: www.opusdei.org)

El segundo volumen de “Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría”, de los profesores E. Burkhart y J. López, expone teológicamente, de modo sistemático, el conjunto del mensaje de san Josemaría.

06 de junio de 2011
Este nuevo volumen se abre con unas sugestivas palabras de san Josemaría que muestran el tema de fondo: El cristiano, cualquier hombre o mujer cristiano, ha de ser “otro Cristo, el mismo Cristo”.

Para explicar en qué consiste la identificación con Cristo, los autores estudian tres aspectos fundamentales en la enseñanza del fundador del Opus Dei: la filiación divina, la libertad y las virtudes cristianas.

El primero de ellos es el pilar en el que se apoya toda la vida cristiana. Para san Josemaría, el “sentido de la filiación divina” recibida en el Bautismo es el fundamento de toda la vida espiritual. Él mismo lo comprendió en 1931 cuando, en medio de circunstancias difíciles, experimentó profundamente que “Dios es mi Padre” y que quería hacer de él “otro Cristo, el mismo Cristo”.

El segundo tema del volumen resulta novedoso en un tratado de teología espiritual, pero los autores advierten que es imprescindible para comprender las enseñanzas de san Josemaría sobre el caminar hacia la santidad: es la cuestión de la libertad cristiana, don propio de quienes han sido hechos hijo de Dios por el Espíritu Santo, pues “donde está el Espíritu hay libertad” (2 Cor 2,17). Se trata de una realidad cargada de consecuencias, que san Josemaría despliega ampliamente y de modo original, hasta el punto de haber sido definido por el filósofo Cornelio Fabro como “maestro de libertad cristiana”.

Tercer y último hilo conductor de este volumen es la caridad y las demás virtudes cristianas que manifiestan y desarrollan la identificación con Cristo. El amor es la esencia de la vida de un hijo de Dios, pero necesita de las virtudes humanas, a las que san Josemaría concede gran importancia para vivir la vida de Cristo, “perfecto Dios y perfecto hombre”.

Al final del volumen II se encuentra un apéndice titulado “Amor filial y amor esponsal” en el que los autores explican por qué san Josemaría emplea principalmente el lenguaje propio de la filiación divina y su relación con la tradicional metáfora esponsal.

La publicación del tercer y último volumen está prevista para octubre de 2011, con los temas sobre la santificación del trabajo profesional y de la vida familiar y social, la lucha por la santidad y los medios de santificación y apostolado de que dispone el cristiano.

Este último volumen se cerrará con un epílogo sobre la “unidad de vida”, noción que sirve a los autores para compendiar el conjunto de la enseñanza de san Josemaría, y con una reflexión acerca del valor de estas enseñanzas para la Teología, tomando ocasión de unas palabras del cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, sobre su figura y su mensaje.

Los autores han realizado este estudio a partir de la canonización de san Josemaría en 2002, acudiendo a todos sus escritos y textos procedentes de la predicación, tanto publicados como pendientes de publicación. Actualmente se trabaja en la edición crítica de sus obras completas, por parte del Instituto Histórico Josemaría Escrivá.

El primer volumen fue publicado hace seis meses y ha visto ya dos ediciones. Actualmente están en curso traducciones al inglés, alemán e italiano.

Carta del Prelado del Opus Dei (junio'11)

Adorar a Dios es la actitud que engrandece al hombre. Así lo explica el Prelado en su carta de junio, en la que profundiza en el valor de la Eucaristía.

06 de junio de 2011

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace varios años, en una catequesis a niños que se preparaban para recibir la primera Comunión, Benedicto XVI explicaba el significado de la adoración a Dios. «La adoración —decía— es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. Así pues, adorar es decir: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:” Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo”»[1].

He recogido este texto porque, en la sencillez de la respuesta, se manifiesta el significado esencial de la actitud que, en cuanto criaturas, debemos a nuestro Creador. Pienso que también podría constituir el denominador común de las fiestas que celebraremos en las próximas semanas: un espíritu de adoración y de agradecimiento al Señor, por los bienes que nos ha concedido y nos concede.

Ayer fue la fiesta de la Visitación. En las palabras dirigidas por Santa Isabel a la Madre de Dios, que llevaba a Jesucristo en su purísimo seno, descubrimos un acto de adoración profunda al Verbo encarnado. Meses después, Jesús recibió el homenaje de unos sencillos pastores y de unos hombres cultos, que acudieron a Belén con el objetivo de postrarse ante el Rey de los judíos. San Mateo relata que, cuando los Magos entraron en el lugar donde se detuvo la estrella, encontraron al Niño en brazos de su Madre y, tras arrodillarse, le adoraron[2].

Unos grandes de la tierra se postran y adoran a ese Niño, porque la luz interior de la fe les ha hecho reconocer a Dios mismo. Por contraste, el pecado —sobre todo el mortal— es precisamente lo contrario: no querer reconocer a Dios como Dios, no querer postrarse ante Él, intentar —como Adán y Eva en el Paraíso terrenal— ser como dioses, conocedores del bien y del mal[3]. Nuestros primeros padres aspiraron, en su soberbia, a una autonomía completa de Dios; tentados por satanás, no quisieron reconocer la supremacía de su Creador ni su amor de Padre. Ésta es la desgracia más grande de la humanidad, del hombre y la mujer de todos los tiempos, como recuerda San Pablo en las primeras líneas de la carta a los Romanos. Para el Apóstol, la culpa de aquellos paganos era tener aprisionada la verdad en la injusticia[4], no reconocer a Dios como Señor ni adorarle, a pesar de que contaban con suficientes signos externos. Después de haber conocido a Dios por las maravillas de la creación, no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón[5].

Es una tragedia que se presenta con contornos netos en la sociedad actual, al menos en gran parte del mundo. No pretendo cargar las tintas, ni soy pesimista; al contrario: es un hecho que no podemos dejar de reconocer y que nos ha de animar a propagar la alegría de la Verdad. Insisto: el sentido de la adoración se ha perdido en grandes estratos de los países, y los cristianos consecuentes —con optimismo sobrenatural y humano— estamos convocados a reavivar en las demás personas esa actitud, la única congruente con la auténtica condición de las criaturas. Si las gentes no adoran a Dios, se adorarán a sí mismas en las diversas formas que registra la historia: el poder, el placer, la riqueza, la ciencia, la belleza…; sin percatarse de que todo eso, desvinculado de su fundamento último que es Dios, se esfuma: «La criatura sin el Creador desaparece»[6], dice lapidariamente el Concilio Vaticano II. Por eso, en la tarea de la nueva evangelización, resulta de primera importancia ayudar a quienes conviven con nosotros a redescubrir la necesidad y el sentido de la adoración. Las próximas solemnidades de la Ascensión, de Pentecostés y del Corpus Christi, se alzan como una invitación «a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística (…), condición necesaria para dar mucho fruto (cfr. Jn 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica se limite a un activismo estéril, sino que sea testimonio del amor de Dios»[7].

«Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios»[8], escribió nuestro Padre en Forja. ¡Cuántos momentos de adoración encontramos a lo largo de la jornada, si los vivimos conscientemente! Desde el ofrecimiento de obras por la mañana hasta el examen de la noche, todo nuestro día puede y debe convertirse en oración, en un homenaje a nuestro Dios.

La Santa Misa es, ante todo, un acto de adoración a la Trinidad Santísima, por medio de Jesucristo y en unión con Él. En el Gloria damos gracias a Dios por su gloria inmensa: no por los beneficios que nos concede, sino porque es Dios, porque existe, porque es grande. En el Sanctus, a coro con los ángeles y los bienaventurados, proclamamos: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, que entraña una de las formas más altas de adorar a Dios. Muchas veces, en diferentes ocasiones, nos dirigimos a la Trinidad rezando: gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y las muchas genuflexiones ante el Sagrario —conscientes, acompañadas de un acto interior del corazón, como recomendaba San Josemaría—, suponen también un acto estupendo de adoración.

Cada uno de vosotros, hijas e hijos míos, ha de buscar su modo personalísimo de ponerse activamente en presencia de Dios a lo largo de las horas, y manifestarle su homenaje filial. En ocasiones será una jaculatoria, quizá tomada de los Salmos o de otros libros inspirados, sobre todo del Evangelio; otras, alguna de las frases que nos enseñaba nuestro santo Fundador, cuando —para movernos a la espontaneidad en el trato con Dios— nos abría un poco su corazón, advirtiéndonos que personalmente debemos esforzarnos en ese trato íntimo con el Señor. «Cada uno que las diga como quiera, explicaba. Porque una jaculatoria es eso: un flechazo, un piropo como dicen en mi tierra, un requiebro. Si hay amor, no necesitáis que nadie os enseñe fórmulas determinadas: se os vendrán al corazón y a la boca las palabras precisas, en cada momento»[9].

Este año, en muchos lugares, la solemnidad del Corpus Christi se celebra el 26 de junio, fiesta litúrgica de San Josemaría. Me colma de gozo esta coincidencia, pues nuestro Padre estuvo locamente enamorado de la Sagrada Eucaristía. Os recomiendo que en esa fecha —o el jueves anterior, en los lugares donde el Corpus se celebra ese día—, con continuidad, y especialmente si podéis asistir a la procesión eucarística, viváis esa gran celebración muy unidos al modo de hacer de nuestro Fundador, que en el Cielo adora permanentemente a la Humanidad Santísima de Jesús.

El Papa Benedicto XVI señala que uno de los elementos constitutivos de la procesión eucarística de esta fiesta se resume en «arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cfr. Jn 3, 16)»[10].

«¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo (Himno Pange lingua). Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido (cfr. Adoro te devote): es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre (cfr. Ave verum)»[11].

Cuando nos arrodillamos ante Jesús sacramentado —oculto en el tabernáculo o expuesto sobre el altar—, adoramos a la Víctima del Sacrificio del Calvario, que se actualiza en la Santa Misa. No hay oposición alguna entre el culto de la Eucaristía dentro y fuera de la Misa. Más aún, existe una íntima armonía y compenetración. «En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, que es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia (…). La adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica»[12].

Cuidemos, pues, con mayor esmero aún, el culto a la Sagrada Eucaristía en estas próximas semanas. Pongamos todo nuestro empeño en escuchar la Palabra de Dios, en la meditación de la Sagrada Escritura, en los cantos litúrgicos, en las oraciones que cada una o cada uno recite delante del Santísimo Sacramento. Y tratemos de llenar los momentos de silencio —que la liturgia recomienda— con un auténtico diálogo interior con Cristo en la Sagrada Hostia, de corazón a Corazón. ¡Qué buen momento para seguir la recomendación que nos sugería nuestro Padre!: «Haced con más amor esa genuflexión con la que saludáis al Señor, al entrar y al salir del Centro. Y, aunque no digáis nada con la boca, dirigíos a Él con el corazón: Jesús, creo en Ti, te amo; perdona a todos los hijos tuyos que no hemos sabido ser fieles… Lo que se os ocurra en aquel momento, con espontaneidad: no voy a dictaros las palabras, como si fuerais niños de tres años. Cada uno sabrá dirigirse personalmente al Señor; y, si no hubiera sido así hasta ahora, se os ocurrirá en adelante».

«Más de una vez hemos hablado de las jaculatorias personales, que cada uno de nosotros procura hacerse. Es eso: una alabanza, un grito de admiración, de alegría, de cariño, de entusiasmo, ¡de amor!, que se escapa de nuestra alma como si fuera una flecha (…). Siempre es cuestión de cariño, de entrega»[13].

No os oculto que con frecuencia vienen a mi cabeza unas palabras que oí a San Josemaría: “¡Cuánta gloria he robado a Dios!”, pues pensaba que podía haber sido más celoso en su servicio incondicionado a la Trinidad Santísima. ¿Alimentamos nosotros este afán del Deo omnis gloria? ¿Con qué rectitud de intención nos movemos? ¿Cómo ofrecemos al Señor lo ordinario y lo extraordinario?

El 25 de junio conmemoramos un nuevo aniversario de la primera ordenación sacerdotal en el Opus Dei. Los tres hijos de nuestro Padre que recibieron en 1944 el Orden sagrado —don Álvaro, don José María, don José Luis— no tuvieron inconveniente en dejar de lado un presente y un futuro muy prometedores en el ámbito de su profesión civil, para seguir la voz de Dios, que les llamó al sacerdocio por medio de nuestro Fundador. No fue para ellos ningún sacrificio, en el sentido que habitualmente se da a este término, como una prestación costosa; con prontitud y alegría, respondieron a esta nueva llamada divina, sabiendo que era otro modo de servir a Dios, a la Iglesia y a las almas, con la misma entrega que los demás fieles de la Obra.

Pidamos al Señor, por intercesión de nuestro Padre y de aquellos tres primeros sacerdotes, que este espíritu se conserve intacto en la Prelatura del Opus Dei, de modo que podamos disponer de los sacerdotes necesarios para el desarrollo de la labor apostólica; y para que en todas y en todos sea muy fuerte el peso santo del alma sacerdotal. Recemos también para que lleguen en todo el mundo, en la Iglesia entera, numerosos jóvenes y hombres maduros que sigan el camino del presbiterado, dóciles a la voz del Buen Pastor.

Seguid encomendando todas mis intenciones. Rezad por el viaje del Papa a Croacia, en los primeros días de este mes. Deseo que convirtamos nuestra existencia en un rogar a Dios que nos ayude a cumplir su Santísima Voluntad, con entrega entera, con generosidad constante, convencidos de que, cuando se reúnen dos o más en la oración, nuestro Padre Dios no dejará de escucharnos[14].

También querría, en cada carta, mencionaros los diferentes aniversarios de la historia de la Obra, de nuestra historia personal, pues hemos de recordar aquellas palabras: «Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos… y les comunica las gracias convenientes»[15].

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de junio de 2011.

[1] Benedicto XVI, Encuentro de catequesis con los niños de primera Comunión, 15-X-2005.

[2] Mt 2, 11.

[3] Gn 3, 5.

[4] Rm 1, 18.

[5] Ibid., 21.

[6] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 36.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 15-VI-2010.

[8] San Josemaría, Forja, n. 263.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-III-1972.

[10] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 22-V-2008.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[12] Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 66.

[13] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-VI-1972.

[14] Cfr. Mt 18, 19.

[15] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 48.