Laureano López Rodó. Biografía de un ministro de Franco

Laureano López Rodó. Biografía de un ministro de Franco
Antonio Cañellas Mas.
Madrid, 2011. Biblioteca Nueva. 390 págs.

Decía el historiador Jesús Pavón que toda biografía debe mantener un equilibrio entre el libro mayor y el menor, de manera que el uno no oculte al otro. Pues bien, a este criterio se ajusta Antonio Cañellas en su biografía de López Rodó. Su biografiado, que vivió ochenta años a lo largo del siglo XX, a la vez que refleja las encrucijadas políticas del siglo pasado, contribuye con sus decisiones a modificarlas notablemente, y por esta razón se le puede considerar un personaje histórico de primera magnitud.

Cañellas ha escrito un libro sin filias ni fobias. Ha trabajado con rigor académico para publicar esta obra, que en su día presentó ante un tribunal universitario como tesis doctoral. Yen este punto mi recuerdo no puede menos que dirigirse a Gonzalo Redondo, cuyo fallecimiento truncó uno de los trabajos más brillante y generosos que he conocido. Gonzalo Redondo recogió numerosos archivos privados de personajes de todos los colores, que tuvieron una relevancia histórica durante el franquismo. Toda esa importantísima documentación se conserva en el Archivo General de la Universidad de Navarra y su consulta es obligada para los investigadores de esta etapa histórica.Y gracias al trabajo de Gonzalo Redondo y sus colaboradores, entre los que por justicia hay que citar a Fernando de Meer, Cañellas ha podido consultar no solo el archivo privado de López Rodó, sino también los de Ángel López Amo, Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio. Consulta que el autor ha ampliado con la documentación de otros fondos documentales, como el del Archivo Francisco Franco. Y todo ello es la prueba inequívoca de que el autor en este caso, por no tocar de oído, no incurre en lugares comunes, porque debajo dela melodía de este libro hay toda una formación de conservatorio.

Julio Gil Pecharromán, catedrático de Historia Contemporánea de la UNED, escribe lo siguiente en el prólogo de este libro: “Otro tema que puede atraer morbosa atención es la vinculación de esta tecnocracia franquista al Opus Dei, la sociedad religiosa a la que pertenecía López Rodó, desde 1941, y muchos otros relevantes miembros de la corriente y cuya presencia en los aparatos de poder de la dictadura ha sido presentada muchas veces como el fruto de una operación metódicamente organizada de conquista del poder.

Cañellas es tajante en su conclusión: “la actuación política de los miembros del Opus Dei se realizaba al margen de su militancia en la Obra” (pág. 17).

Cumpleaños del Padre (1932)

Hoy celebramos un aniversario más del nacimiento del Padre. Es buen momento para dar gracias a Dios por la fidelidad de D. Álvaro y del Padre, como sucesores de san Josemaría en el gobierno del Opus Dei. Deo gratias! Recemos para que el espíritu de la Obra se mantenga íntegro e incólume a lo largo de la historia. El Señor cuenta con nuestra fidelidad y con las oraciones y el buen espíritu de nuestros amigos y colaboradores. Muchas felicidades, Padre.

La felicidad del egoísta no es duradera – Camino n. 29

Camino 29. La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón…, no es difícil conseguirla en este mundo. -Pero la felicidad del egoísta no es duradera. ¿Vas a perder, por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?

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EDICIÓN CRÍTICA

Con este punto acababa el capítulo «Carácter» en la edición de Cuenca.

San Josemaría, al componer en Burgos la edición definitiva, asumió, como hemos visto, la secuencia de Consideraciones Espirituales, sin más variantes que las señaladas: la introducción del actual punto 12 y la inserción, que acabamos de comentar, de los puntos 26 y 27, sobre la vocación matrimonial.

El texto de este punto 29 procede del Cuaderno VI, nº 1056, que lleva fecha de 5-X-1933 y tiene un tenor literal idéntico, con pequeñas diferencias de puntuación.

Rastro de luz – Camino n.28

Camino 28. El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. -Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares. ¿Ansia de hijos?… Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne.
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EDICIÓN CRÍTICA
El origen redaccional del punto está en una anotación del Cuaderno V, nº 457, de fecha 7-XII-1931 [1]. San Josemaría describe uno de sus paseos –por la Castellana, al final de la tarde–, que en aquella época eran su modo de trato con estudiantes universitarios:

«Anoche hablamos por teléfono con Adolfo [2] y quedamos en encontrarnos a las ocho y cuarto en la marquesina central del metro en la puerta del Sol. Fui con Pepe R. y allí vino también Adolfo con un señor. Paseamos por la Castellana, donde no había nadie. Me acompañaron a casa.

Ese señor, que vino con Adolfo, ya no es joven. (Yo llamo jóvenes a los que no han hecho los treinta.) Pero tampoco, en justicia, puede llamársele exjoven. Me gustó: le recomendé el confesonario de D. Norberto. Hablamos de muchas cosas espirituales».

En esa conversación se forjó el futuro punto de Camino:

«Explané las siguientes ideas: Que el matrimonio es para la clase de tropa, no para el estado mayor de Cristo. Por eso, mientras comer es una exigencia etc.».

Hasta aquí, el texto que está en la base, casi literal, del punto 28. Pero en éste no se recoge el final de aquella conversación, que me parece del máximo interés. Helo aquí:

«¡Bendito sea mi celibato!», terminé. «¿El celibato eclesiástico?», me preguntaron. –«No –contesté– el mío».

San Josemaría quiere exponer de forma incisiva la doctrina tradicional de la Iglesia, sobre la que se pronunció el Concilio de Trento: que el celibato apostólico, es objetivamente superior al matrimonio [3]. Pienso, con todo, que San Josemaría tiene una peculiar forma de entender esa superioridad objetiva del celibato.

Por eso me ha parecido interesante transcribir el final de aquella conversación de hace casi setenta años. No es la realidad institucional y codificada lo que él bendice y agradece, sino el don: la realidad personal, vocacional del celibato –¡el mío!–, que puede recibirse en los distintos estados de la vida, y que San Josemaría concebía como disponibilidad abierta a todos los planes de Dios.

El hombre casado –cristianamente casado–, por la naturaleza de su situación, tiene una disponibilidad no subjetivamente, pero sí objetivamente condicionada. Y ambos, celibato y matrimonio, pueden ser vocación –«así, vocación»– a la plenitud de vida cristiana, y un hombre o una mujer casados son capaces de alcanzar grados de santidad y entrega a Dios que no alcanza un célibe.

«Personas singulares». No, claro está, en el sentido de «extraordinarias o eminentes», sino de «individuales»: de cada persona concreta, contrapuesta a la «especie», de la que acaba de hablar, que es la que está obligada. Es un sencillo recordatorio de la doctrina humana y cristiana sobre el tema.

San Josemaría se sirve de un símil militar. La expresión «clase de tropa» [4] cobra con alguna frecuencia en el lenguaje coloquial un sentido peyorativo. Sacada del contexto de Camino, podría entenderse como minusvaloración del matrimonio. Era el motivo de una pregunta de Jacques Guillemé-Brûlon al Autor en una entrevista publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966: «¿Puede verse ahí una apreciación peyorativa del matrimonio, que iría contra el deseo de la Obra de inscribirse en las realidades vivas del mundo moderno?» [5].

Es evidente que, en la pluma de San Josemaría , no tiene tinte peyorativo ni encierra ninguna ofensa para los que van al matrimonio: el punto 27 es la más clara hermenéutica del punto 28.

Es interesante en este sentido el comentario del Prof. Jiménez Vargas, que asistía a los cursos de formación que impartía San Josemaría en aquellos años y en los que empleaba ese símil:

«al decir que el matrimonio es para la clase de tropa se puede asegurar que entusiasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenía gracia cuando se le oía directamente» [6].

San Josemaría contestó concisamente al periodista francés [7]. Más detenidamente se expresaba dos años después en una entrevista concedida a una periodista española, que le hacía una pregunta similar: cómo se conciliaban los dos aspectos de «vocación» y «clase de tropa». He aquí la respuesta:

«En el espíritu y en la vida del Opus Dei no ha habido nunca ningún impedimento para conciliar estos dos aspectos. […]

Cuando yo escribía aquellas frases, allá por los años treinta, en el ambiente católico –en la vida pastoral concreta– se tendía a promover la búsqueda de la perfección cristiana entre los jóvenes haciéndoles apreciar sólo el valor sobrenatural de la virginidad, dejando en la sombra el valor del matrimonio cristiano como otro camino de santidad. […]

En el Opus Dei hemos procedido siempre de otro modo, y –dejando muy clara la razón de ser y la excelencia del celibato apostólico– hemos señalado el matrimonio como camino divino en la tierra. […]

Cuando yo escribía que el matrimonio es para la clase de tropa, no hacía más que describir lo que ha sucedido siempre en la Iglesia. Sabéis que los obispos –que forman el Colegio Episcopal, que tiene como cabeza al Papa, y gobiernan con él toda la Iglesia– son elegidos entre los que viven el celibato: lo mismo en las Iglesias orientales, donde se admiten los presbíteros casados.

Además es fácil de comprender y de comprobar que los célibes tienen de hecho mayor libertad de corazón y de movimiento, para dedicarse establemente a dirigir y sostener empresas apostólicas, también en el apostolado seglar. Esto no quiere decir que los demás seglares no puedan hacer o no hagan de hecho un apostolado espléndido y de primera importancia: quiere decir sólo que hay diversidad de funciones, diversas dedicaciones en puestos de diversa responsabilidad.

En un ejército –y sólo eso quería expresar la comparación– la tropa es tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es –siempre y sólo– hacer la voluntad de Dios.

Por eso, un cristiano que procura santificarse en el estado matrimonial, y es consciente de la grandeza de su propia vocación, espontáneamente siente una especial veneración y un profundo cariño hacia los que son llamados al celibato apostólico; y cuando alguno de sus hijos, por la gracia del Señor, emprende ese camino, se alegra sinceramente. Y llega a amar aún más su propia vocación matrimonial, que le ha permitido ofrecer a Jesucristo –el gran Amor de todos, célibes o casados– los frutos del amor humano» [8].
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[1] Va seguida del que sería p/427.

[2] Adolfo Gómez Ruiz (1909-1956), estudiante de Medicina, conoció al Autor hacia 1930, y se dirigió espiritualmente con San Josemaría, participando de sus afanes apostólicos. Fue quien presentó a Juan Jiménez Vargas al Fundador del Opus Dei.

Militante político activo, tomó parte en la intentona del General Sanjurjo, de agosto de 1932. Fue detenido e ingresó en la cárcel Modelo, de Madrid, siendo atendido sacerdotalmente por San Josemaría. Posteriormente fue deportado a África. Todas estas peripecias le alejaron del trato con San Josemaría, al que siempre estimó en gran medida.

[3] La doctrina censurada en el Concilio (sess 24, can 10; DS 1810) es ésta: «que el estado conyugal debe anteponerse al estado de virginidad o de celibato, y que no es mejor y más perfecto permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio [cf. Mt. 19, 11 s; 1 Co. 7, 25 s, 38 y 40]».

[4] «Nombre genérico de los individuos de tropa que forman los escalones inferiores de los Ejércitos de tierra y aire y del Cuerpo de Infantería de Marina» (DRAE, voz «clase», ed 1992).

[5] Entrevista concedida a Jacques Guillemé-Brûlon, publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966; Conversaciones, 45.

[6] Juan Jiménez Vargas, Relatos testimoniales, II, pg 24.

[7] Se lee en Conversaciones:

«Le aconsejo leer el número anterior de Camino, donde se dice que el matrimonio es una vocación divina. No era nada frecuente oír afirmaciones como ésa en los alrededores de 1935. Sacar las consecuencias de las que usted habla, es no entender mis palabras. Con esa metáfora quería recoger lo que ha enseñado siempre la Iglesia sobre la excelencia y el valor sobrenatural del celibato apostólico. Y recordar al mismo tiempo a todos los cristianos que, en palabras de San Pablo, deben sentirse milites Christi, soldados de Cristo, miembros de ese Pueblo de Dios que realiza en la tierra una lucha divina de comprensión, de santidad y de paz. Hay en todo el mundo muchos miles de matrimonios que pertenecen al Opus Dei, o que viven según su espíritu, sabiendo bien que un soldado puede ser condecorado en la misma batalla en la que el general huyó vergonzosamente»

(Conversaciones, 45).

[8] La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, entrevista realizada al Autor por Pilar Salcedo en 1968, publicada en Telva (Madrid) el 1-II-1968; Conversaciones, 92; la cursiva es del original.

Vocación matrimonial – Camino n.27

Camino 27. ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial” -Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías.

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EDICIÓN CRÍTICA
Si el punto 26 contiene un «criterio», el punto 27 que ahora comentamos refleja una continuada «experiencia» de San Josemaría,, ya narrada en un documento de 1935 [1], del que este punto de Camino es como una nueva versión.

La experiencia a la que aludo es la del desconcierto que su conversación y su predicación producía en aquellos años treinta cuando hablaba de «vocación matrimonial». En este punto 27 el desconcierto se expresa en la risa juvenil: creían que San Josemaría hablaba en broma.

«Vocación» era entonces, prácticamente, igual a «vocación religiosa» o a «vocación sacerdotal». «Tener vocación» era –y todavía lo es en la mentalidad de muchos– irse a un convento o a un seminario. La gente corriente dice (o piensa) que no tiene vocación [2].

Ya era sorprendente para el interlocutor que aquellos compañeros de la Universidad, con los que compartía afanes e ilusiones y que sabía entregados a Dios en el celibato apostólico, tuviesen una verdadera vocación. Pero ¿tener vocación al matrimonio?… San Josemaría: «Pues la tienes: así, vocación». Habla incluso de una especial vocación:

«Hacedles ver el noble derrotero de un cristiano padre de familia; y cómo se precisan padres de familia virilmente piadosos; y cómo se necesita, sin duda, una especial vocación para ser padre de familia –muchos nunca habrán oído hablar así–; y cómo ellos parecen llevados por Dios por ese camino, si procuran luchar, y ennoblecer con esa lucha su conducta…» [3].

Para el tema de San Rafael y Tobías en relación con la vocación al matrimonio, vid el punto 360.

[1] Instrucción, 9-I-1935, nº 124.

[2] El tema tenía tal trascendencia pastoral que San Josemaría en aquellos años evitaba, en lo que podía, la palabra «vocación» –a pesar de ser un concepto bíblico fundamental (vid voz «Vocación» en Xavier LÉon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder [Biblioteca Herder, 66], 10ª ed, Barcelona 1978, pgs 962-964; y José Morales, «La vocación en el Antiguo Testamento», en Scripta Theologica 19 [1987] 11-62)– por la connotación casi exclusiva que entonces tenía, entre la juventud universitaria, de «vocación religiosa» o «vocación sacerdotal». Leer la Introducción al capítulo 44.

Aquí emplea la expresión vocación matrimonial, como se ve, con voluntad de provocar un inicial desconcierto que lleve a descubrir el horizonte neotestamentario de la «vocación cristiana». Vid en P. Rodriguez, Vocación, trabajo, contemplación, 1986, los caps I («Sentido de la vocación cristiana») y II («El mundo como tarea moral»). Sobre trabajo y vocación vid el comentario al punto 359.

[3]En la Instrucción, 9-I-1935, nº 237 escribía San Josemaría:«Una especial vocación divina». Eran palabras realmente nuevas para muchas personas, al menos en la España de entonces.