Monthly Archives: septiembre 2010

La fundación del Opus Dei: 2 de octubre de 1928

El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: “¡Señor, que vea!”. Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como “barruntos” de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: “Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!”. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: “miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra”.

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: “Vi el Opus Dei”.

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra”. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”5 de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: “Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final ¡un castillo!”

Vela al Santísimo por el Papa Benedicto XVI

Este jueves, día 30 de septiembre, se celebrará en muchos centrosde Galicia del Opus Dei una Vela al Santísimo toda la noche. Esta antiquísima tradición cristiana es fruto del interés por secundar las intenciones del arzobispo de Santiago de Compostela, D. Julián Barrio Barrio. El arzobispo de Santiago animó recientemente, en carta dirigida a todos sus diocesanos, a preparar con oración y actos eucarísticos la próxima peregrinación del Papa a Santiago con ocasión del año jubilar. La Vela al Santísimo nos ayudará a aumentar nuestra Fe y a apoyar al Papa Benedicto XVI.

Nueva página web de Olbeira

Me ha sorprendido positivamente la nueva página web de Olbeira, tiene un diseño muy atractivo, es fácil hacerse idea de sus instalaciones y del lugar paradisíaco en el que se encuentra. He tenido la suerte de estar en esta casa de convivencias muchas veces y siempre me sorprende la estupenda vista de la ría de Arosa y lo bien que trabaja la Administración de este Centro. La web servirá también para llegar sin sin dificultad a Olbeira. Yo me he perdido varias veces tratando de llegar a ella.

Olbeira es un Centro de convivencias, cuyo objetivo es facilitar actividades de formación a diferentes grupos de personas, mediante cursos profesionales, retiros espirituales, jornadas universitarias, convivencias de verano, etc.

La atención de las actividades que se desarrollan en el Centro de Convivencias Olbeira, está confiada a la Prelatura Personal del Opus Dei, Institución de la Iglesia Católica fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer en 1928.

En nuestra página web se puede acceder a un listado actualizado de todas las actividades que se desarrollan en nuestro centro así como a diferentes contenidos de interés como pueden ser las rutas de senderismo, las instalaciones, mapa de localización…

Andorra: Tierra de acogida


Alfred Llahí / Jordi Piferrer.
La primera visita de San Josemaría Escrivá de Balaguer a Andorra pone fin a una etapa de dura persecución durante la guerra civil.El Fundador del Opus Dei realiza un peligroso viaje desde Madrid, pasando por Valencia y Barcelona. Desde allí, la expedición iniciará el paso a la zona nacional a través de los Pirineos, en noviembre de 1937.

Este libro relata con detalle la breve estancia de San Josemaría en diciembre de ese año, y también su segundo viaje a Andorra, en mayo de 1943.
Al final, el lector encontrará seis posibles itinerarios, para recorrer los pasos de aquella primera expedición.

Alfred Llahí (Andorra, 1969) es periodista, presentador de televisión y miembro de la Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana. Es autor de dos libros: La parroquia de Escaldes-Engordany. Aproximación histórica al proceso de reivindicación autonómica y El Automóvil Club de Andorra (1954-2004).

Jordi Piferrer (Vilassar de Dalt, Barcelona, 1942) es Ingeniero Industrial y montañero experto. Ha redescubierto el itinerario que hizo San Josemaría hasta Andorra y, con la ayuda de otras personas, lo ha señalizado y acondicionado. Este trabajo está recogido en su libro Camino de Andorra. Es secretario de la Asociación de Amigos del Camino de Pallerols de Rialb a Andorra. www.pallerols-andorra.org

Carta del Prelado (sept 2010)

Las numerosas celebraciones litúrgicas de este mes de septiembre sirven de guía a la carta que el Prelado del Opus Dei dirige a los fieles de la Obra.

04 de septiembre de 2010

PDF: Carta del Prelado (septiembre 2010) 

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Como todos los años, a mediados de este mes celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que nos mueve a contemplar llenos de agradecimiento la maravilla de que tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[1].
El Verbo de Dios se hizo hombre y tomó la condición de siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz[2], para salvarnos. Por eso, «al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida»[3].
Para los hijos de Dios en el Opus Dei, esta fiesta guarda un significado especial, desde que el Señor ilustró a nuestro Padre para que comprendiera más profundamente que estamos llamados a alzar la Cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas nobles. «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura»[4]. Y, para colaborar en la aplicación de la Redención a todas las almas, el Señor nos ha ofrecido también el trabajo profesional, que, con su gracia, hemos de realizar con perfección humana, con espíritu de servicio y rectitud de intención, tratando de convertirlo en oración.
Del sacrificio de Cristo brotan todas las gracias que Dios dispensa a los hombres. Por eso, no cabe poseer la vida sobrenatural, participar en la misión redentora de Jesús, si no nos unimos afectiva y efectivamente a la Santa Cruz: en primer lugar, viviendo lo mejor posible la Misa, donde nos encontramos de modo sacramental, pero realmente, ante el divino Sacrificio del Calvario; que, además, nos impulsa a recibir con alegría las contrariedades y penas de nuestro caminar terreno; más aún, a buscar activamente la mortificación y la penitencia voluntarias, en las pequeñas cosas de cada jornada. «¡Qué dicha tener la Cruz! —exclamaba un Padre de la Iglesia—. Quien posee la Cruz posee un tesoro»[5]. Pero constituiría un error serio confundir la Cruz con la tristeza, con la resignación, con un panorama lúgubre, porque es todo lo contrario: nos trae y nos lleva a la felicidad que está en Cristo, y en Cristo crucificado[6].
San Josemaría supo mucho de sacrificio desde que el Señor se metió tempranamente en su alma, preparándole para la misión que había de confiarle: la fundación del Opus Dei. Siempre aceptó los diferentes trances penosos con ánimo agradecido, aunque a veces no los entendiera. Impulsado por el Espíritu Santo, pronto percibió con hondura que la Cruz anuncia —y anunciará siempre— la garantía de la eficacia sobrenatural en la misión apostólica.
«Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres»[7].
La fecundidad gozosa de la Cruz se pone nuevamente de manifiesto en la conmemoración litúrgica de los Dolores de la Virgen, el día 15. La Iglesia nos invita a contemplar a María junto a su Hijo, que —cosido al Madero por amor— muere por nuestros pecados. La Providencia divina había previsto su presencia en el Gólgota en esa hora, también para que Jesús confiara los hombres a los cuidados de su Madre: Mujer, aquí tienes a tu hijo[8], le dice. Y Ella, en medio de un grandísimo dolor, nos acoge realmente, pues también escucha: aquí tienes a tu Madre[9], cuando el Señor se dirige a Juan. Mientras Jesús moría, nosotros nacíamos a la vida de la gracia, a la existencia nueva de unión con Dios, con la cooperación activa de Nuestra Señora.
Muchos santos y escritores espirituales han puesto de relieve que, si en el nacimiento de Jesús en Belén le fueron ahorrados a Nuestra Señora los dolores de la maternidad física, no sucedió así en el momento de nuestro nacimiento espiritual. «La maternidad universal de María, la “Mujer” de las bodas de Caná y del Calvario, recuerda a Eva, “madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Sin embargo, mientras ésta había contribuido al ingreso del pecado en el mundo, la nueva Eva, María, coopera en el acontecimiento salvífico de la Redención (…).
»Con miras a esa misión —explicaba el Papa Juan Pablo II—, a la Madre se le pide el sacrificio, para Ella muy doloroso, de aceptar la muerte de su Unigénito (…). Su “sí” a ese proyecto constituye, por consiguiente, una aceptación del sacrificio de Cristo, que Ella generosamente acoge, adhiriéndose a la Voluntad divina. Aunque en el designio de Dios la maternidad de María estaba destinada desde el inicio a extenderse a toda la humanidad, sólo en el Calvario, en virtud del sacrificio de Cristo, se manifiesta en su dimensión universal»[10].
Hijas e hijos míos, nuestra labor de almas dará fruto abundante si —con ánimo sereno y también dichoso— estamos bien unidos a Jesucristo en la Cruz, muy cerca de la Virgen Dolorosa. «La Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la vergüenza y en la gloria de la Cruz,escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor 1, 23), por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de Jesucristo, y no sentirse enviado, como Él, peccatores salvos facere (1 Tm 1, 15), para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo Jesucristo, y Él se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tm 2, 6)»[11].
Éste es el camino que han seguido los discípulos de Jesús desde el comienzo mismo del cristianismo. Apoyados en la fortaleza de la Cruz, dieron a conocer el mensaje de Cristo a las personas con las que se relacionaban, que muchas veces se hallaban muy apartadas de Dios. Así, con la gracia del Señor y con la perseverancia de aquellos primeros, se obró el prodigio de la conversión del mundo pagano.
El día 21 conmemoramos a San Mateo, uno de los primeros Doce, que según la tradición, después de escribir el Evangelio que lleva su nombre, sufrió martirio en Persia. Él mismo había sido destinatario directo del afán de almas del Redentor, que le llamó a seguirle siendo publicano; circunstancia que —para la mayor parte de los israelitas— era sinónimo de pecador público. «Ante estas referencias —comenta Benedicto XVI—, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, justamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2, 17). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador»[12].
El ejemplo de Cristo será siempre un acicate para el afán apostólico de todos sus discípulos. También nosotros nos desenvolvemos en el seno de una sociedad en la que, desgraciadamente —lo digo sin tragedia—, muchas personas no saben nada de Dios. Otras caminan por la tierra como s

i no lo conocieran, lejos de sus mandamientos y de sus enseñanzas. A todos hemos de dirigirnos para acercarlos al Señor. Recuerdo la alegría con que nuestro Fundador acogió las enseñanzas del Concilio Vaticano II, al ver que «tomaba cuerpo con renovada intensidad esa preocupación por llevar la Verdad a los que andan apartados del único Camino, del de Jesús, pues —escribía— me consume el hambre de que se salve la humanidad entera»[13]. Bien podemos afirmar que, en las circunstancias actuales, las fronteras del apostolado ad fidem, tan amado por San Josemaría, se han dilatado extraordinariamente.
En el trato con nuestros compañeros de trabajo, no nos dejaremos arrastrar por ninguna acepción de personas. Como repetía incansablemente San Josemaría, no hay un alma que quede excluida de nuestra caridad. Más aún, hemos de dispensar un trato lleno de cariño a quienes se encuentren más alejados de Dios. «Los enemigos de Cristo —comentaba nuestro Padre en una ocasión— le echan en cara que sea amigo de los pecadores. ¡Claro! ¡Y tú también! Si no, ¿cómo los vamos a convertir?, ¿cómo los vamos a acercar al Médico divino?
»¡Naturalmente que somos amigos de los pecadores! Tú puedes hacer esa labor en tanto en cuanto la amistad con esos hombres no sea un peligro para tu vida interior; siempre que tengas la suficiente temperatura espiritual para levantar la de aquellas personas sin perder la tuya.
»¡Sí!, amigos de los pecadores, amigos de verdad: con vuestra oración, con vuestro trato agradable y sincero, noble, pero evitando que aquello sea un peligro para vuestra alma»[14].
Cada persona con la que coincidimos, por el motivo que sea, ha de suscitar en nosotros verdaderas hambres de apostolado, deseos de ayudar a que se acerque más a Jesucristo. Sobre nosotros grava el deber de contagiar a todos el fuego de amor de Dios que ha de consumirnos. Por eso, al entrar en contacto con alguien, enseguida hemos de preguntarnos: ¿cómo animarle a situarse más cerca de Dios? ¿Qué le puedo sugerir? ¿Qué tema de conversación sé sacar, que le sirva para conocer mejor la doctrina cristiana?
Es lógico este modo de proceder. El Papa Benedicto XVI explica que «quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla»[15]. Así se han comportado los seguidores fieles del Señor en todas las épocas. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —predicaba San Gregorio Magno—, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos»[16].
Ya os conté cómo he revivido los días que nuestro Padre pasó en Ecuador, gastándose y gastándose, sin quejarse al no contar con las fuerzas físicas; en Perú, donde trató mucho a Jesús Sacramentado, acudiendo a María y a José; en Brasil, admirando la abigarrada multitud de personas que allí vivían, y que son una esperanza de cosecha para Dios.
Hace unos días, invitado por el Obispo de Torun, en Polonia, he asistido a la intitulación a San Josemaría de una iglesia de aquel lugar y a la colocación de una reliquia de nuestro Padre. Causa mucha alegría ver cómo se extiende por el mundo la devoción a nuestro Fundador, despertando en innumerables almas el deseo de santificarse en la vida ordinaria. Acompañadme en mi acción de gracias.
Y rezad por los hermanos vuestros Agregados a los que impartiré la ordenación presbiteral, en Torreciudad, el próximo día 5 de septiembre. Seguid pidiendo cada día, bien unidos a mis intenciones, por el Papa, por los Obispos y los sacerdotes del mundo entero.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier
Solingen, 1 de septiembre de 2010. 
[1] Jn 3, 16.
[2] Cfr. Flp 2, 8.
[3] Benedicto XVI, Homilía, 14-IX-2008.
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.
[5] San Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz(PG 97, 1020).
[6] Cfr. 1 Cor 1, 23.
[7] San Josemaría. Es Cristo que pasa, n. 168.
[8] Jn 19, 26.
[9] Ibid., 27.
[10] Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 23-IV-1997.
[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 121.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 30-VIII-2006.
[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.
[14] San Josemaría, Notas de una meditación, 15-IV-1954.
[15] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.
[16] San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios 6, 6 (PL 76, 1098).