Testimonio de monseñor Marcelino Olaechea

El testimonio de monseñor Marcelino Olaechea sobre el fundador del Opus Dei [Las Provincias, 16.V.1992, Valencia, España]

No puedo olvidar la entrañable figura de don Marcelino Olaechea, que fue arzobispo de Valencia de 1946 a 1969. Durante 26 años continuos fui su capellán, secretario particular, comensal, conviviente bajo un mismo techo y partícipe activo en todos sus afanes, trabajos, sufrimientos y alegrías. Don Marcelino era un hombre excepcionalmente perspicaz, inteligente y culto. Era enérgico y bondadoso a la vez. Don Marcelino invirtió todas sus egregias cualidades en su ministerio episcopal: fue pastor ejemplar, generosamente entregado a sus sacerdotes y a su pueblo.

Don Marcelino conoció a don Josemaría Escrivá en 1930 en Madrid. En esa época, don Marcelino era inspector provincial de la congregación salesiana y, luego, director del colegio salesiano situado en la ronda de Atocha de aquella ciudad. Por su parte, don Josemaría era un sacerdote joven que apenas dos años antes había fundado el Opus Dei. El trato entre los dos rápidamente adquirió intimidad, profundidad y frecuencia. Pienso que las causas de esto fueron el convencimiento, por parte de don Marcelino, de que don Josemaría era en verdad un hombre “grande a los ojos de Dios, pues la mano del Señor estaba con él”; y el conocimiento experimental, por parte de don Josemaría, de la talla de excepción que poseía aquel culto y virtuoso hijo de don Bosco. Esa amistad fue, con la gracia de Dios, creciendo y madurando hasta lograr una sazón cristiana verdaderamente ejemplar y, acaso, excepcional.

Su íntimo trato mutuo no menguó, sino todo lo contrario, con el tiempo y los avatares de la vida de uno y otro. Durante unos dos años los separaron físicamente la marcha a Pamplona de don Marcelino, nombrado a finales de 1935 obispo de esa diócesis, y poco después, el estallido de la guerra civil española, que sorprendió a don Josemaría en Madrid. Volvieron a reunirse -fue un reencuentro entrañable, que muchas veces oí narrar con emoción a mi querido arzobispo- en diciembre de 1937, cuando don Josemaría, tras abandonar clandestinamente la capital y pasar a pie los Pirineos, entró de nuevo en España por Irún. Don Marcelino, al saberlo, fue inmediatamente a buscarle y le alojó por un tiempo en el palacio episcopal de Pamplona. Acabada la guerra, los dos siguieron viéndose en Madrid, a donde don Marcelino tenía que viajar con frecuencia por razón de sus deberes de obispo. Después de que don Josemaría fijó su residencia en Roma, en 1946, ambos procuraban verse cada vez que don Marcelino visitaba la ciudad eterna o su amigo venía a España. Especialmente frecuentes fueron sus encuentros durante los años del Concilio Vaticano II, en el que don Marcelino participó como miembro de varias comisiones. Se vieron por última vez en 1972, pocos meses antes de la muerte de don Marcelino, acaecida en ese mismo año.

Los dos amigos se buscaban, siempre que había ocasión, para hacerse mutuamente partícipes de sus respectivos anhelos. Ambos sentían que aquel trato hacía mucho bien a sus almas. Don Marcelino decía que los innumerables sacerdotes y los muchos prelados que tenían la fortuna de relacionarse con don Josemaría, le quedaban vinculados para siempre con inmensa gratitud, con gran beneficio suyo y de los suyos, considerando esa relación como un singular favor de la providencia divina. Así lo había experimentado yo mismo cuando por primera vez traté al fundador del Opus Dei durante unos ejercicios espirituales que predicó siendo yo seminarista, y seguí experimentándolo después, en las numerosas veces en que estuve con él, acompañando a don Marcelino.

Consciente del bien que don Josemaría hacía a cuántos le trataban, don Marcelino quería que le conocieran muchas personas. En los años 40, cuando mi señor arzobispo fue, sucesivamente, presidente de las comisiones episcopales de seminarios y de enseñanza, se reunía periódicamente en Madrid con los demás prelados que formaban parte de ellas; y don Marcelino procuraba, siempre, que era posible, que don Josemaría, aunque no era obispo ni miembro de ninguna comisión, asistiese a alguna de las sesiones. Actuaba así, según él me decía, porque la presencia de don Josemaría edificaba a todos, les alentaba en el trabajo, les levantaba el alma y, además, les abría horizontes nuevos para la formación sacerdotal más adecuada y la mejor educación cristiana de la juventud. Con ello, por otra parte, don Marcelino lograba que don Josemaría tuviese un descanso en su continuo ir y venir de una parte a otra de España, dirigiendo ejercicios espirituales al clero y a los seminaristas de numerosas diócesis, y que los prelados de las comisiones conociesen, en directo y a fondo, a “aquel hombre de Dios”.

A lo largo de 26 años junto a mi señor arzobispo, fui testigo de otras muchas pruebas del aprecio de don Marcelino al fundador del Opus Dei. Entre ellas, recuerdo una muy singular. Un día, en Roma, regresando a nuestra residencia en la vía della Conciliazione, tras haber almorzado y conversado largamente con don Josemaría en su casa, me dijo el señor arzobispo, esta vez en un tono muy especial, aseverativo y penetrante:

-No cabe duda: don Josemaría es un hombre excepcional, un hombre de los que Dios, muy de tarde en tarde, envía al mundo para luz y regalo de la humanidad. La mano del Señor se ve clara en él. Yo le tengo por un verdadero escogido, por un verdadero santo. Pienso que Dios le ha elegido para cristianizar el mundo ahora, en estos difíciles tiempos en que vivimos. Pienso que es un héroe en la virtud y en la acción. Vosotros lo veréis en los altares. Yo siento tener que morir antes que él y no poder testimoniar en su proceso de canonización. Testimonia tú en mi nombre, y haz presente en tu testimonio este mi encarecido ruego.

Estas palabras que en aquella precisa ocasión oí, quedaron vivamente grabadas en mi alma. No obstante, el señor arzobispo me dijo frases iguales o equivalentes en otras varias ocasiones, bien a raíz de sus entrevistas con don Josemaría, bien al recibir, por carta o por la prensa, alguna noticia suya, bien al comentar entre él y yo cuestiones previamente tratadas con don Josemaría, o con otros mil motivos. Tras la muerte de don Josemaría, presenté el testimonio de don Marcelino, junto con el mío propio, para la causa de beatificación de Escrivá, con el inmenso gozo de cancelar un grave y gratísimo deber.

Ahora siento también la alegría de ver que dentro de poco se cumplirán las proféticas palabras de don Marcelino Olaechea, dichas en Roma hace tantos años: “Vosotros lo veréis en los altares”.

Joaquín Mestre Palacio (Canónigo tesorero de la S.I. Catedral de Valencia)