Carta del Prelado (julio 2010)

Hacer del trabajo una oración a Dios: este es el mensaje principal que la formación que ofrece el Opus Dei recuerda a tantos cristianos. En él profundiza el Prelado en su carta del mes de julio.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Han transcurrido treinta y cinco años desde que, el 26 de junio de 1975, Dios llamó a nuestro Padre a gozar para siempre de su presencia en el Cielo. Como en anteriores aniversarios, innumerables personas han acudido a las Misas en honor de San Josemaría, celebradas en el mundo entero con motivo de su fiesta litúrgica. En todas partes se ha levantado hasta el Señor una intensa acción de gracias por haber concedido al mundo y a la Iglesia un pastor como nuestro santo Fundador, que es modelo de conducta cristiana y valioso intercesor en todas nuestras necesidades espirituales y materiales.
Además, la fiesta apenas transcurrida constituye una ocasión para considerar a fondo el mensaje que San Josemaría, por voluntad divina, difundió entre las mujeres y los hombres: que, con la ayuda de la gracia, podemos y debemos alcanzar la santidad —es decir, la perfección de la caridad, la unión plena con Dios— a través de la realización fiel y acabada del trabajo profesional y en medio de las demás circunstancias ordinarias de la vida.
Profundicemos en lo que constituye el núcleo de esta enseñanza: la necesidad de esforzarse por convertir el trabajo —cualquier trabajo, manual o intelectual— en verdadera oración. El Evangelio afirma claramente la necesidad de orar siempre y no desfallecer[1]; y San Pablo, haciéndose eco de esta enseñanza, añade: sine intermissione orate[2], orad sin interrupción. La recomendación tiene la fuerza de un mandato. Pero no sería posible llevarlo a la práctica, si lo interpretásemos equivocadamente en el sentido de que es preciso estar constantemente rezando, vocal o mentalmente; actuación imposible en nuestra actual condición terrena. La realización de las tareas que nos ocupan —familiares, profesionales, sociales, deportivas, etc.— exige muchas veces una atención completa de nuestra memoria y de nuestra inteligencia, un firme empeño de nuestra voluntad; y esto sin tener en cuenta la necesidad de dedicar al sueño las horas necesarias. Recuerdo a este propósito la gran alegría de San Josemaría cuando, después de haber enseñado durante años que hasta el sueño podemos convertirlo en oración, leyó un texto de San Jerónimo en el que se expresa la misma idea[3].
Pero hemos de considerar en su verdadera hondura esa urgencia del Maestro. Nos invita a vivificar la entera existencia humana, en todas sus dimensiones, con el afán de transformarla en plegaria: una oracióncontinua, como el latir del corazón[4], aunque con frecuencia no se exprese en palabras. Así lo enseñó San Josemaría a sus hijas e hijos, y a todas las personas que desean santificarse según el espíritu de la Obra. Repetía: el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa[5].
Convertir el trabajo en oración. Este intento diario de conducirnos como mujeres y hombres contemplativos, en las más diversas circunstancias de la existencia, nos señala la meta elevada, como la santidad, que —convenzámonos— se convierte en asequible con la ayuda de la gracia. «Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo»[6], declaraba el Papa a propósito de la figura de San José. Sólo situando el trabajo ordinario en íntima relación con el afán de santidad, es posible para la inmensa mayoría de los cristianos aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana.
Me vienen a la memoria las acciones de gracias que brotaban del alma de nuestro Padre, cuando leía las cartas de sus hijas y de sus hijos. Se removió mucho cuando un campesino, un fiel de la Obra, le decía que se levantaba muy de madrugada y ya rogaba al Señor que nuestro Padre descansara en el sueño, y añadía esa persona que luego, mientras abría con el tractor los surcos en la tierra, rezaba Acordaos y otras plegarias. Disfrutó mucho nuestro Fundador al comprobar la realidad de una vida contemplativa, en medio de los trabajos del campo.
En la carta apostólica que —invitando a la santidad— escribió al comienzo del nuevo milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II se expresaba de la siguiente manera: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (…). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[7].
Nuestro Padre reiteró esta doctrina una vez y otra, afirmando que la contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas —afirmaba de modo gráfico, para que quedara bien grabado en los oyentes— con conocimientos elementales de religión, piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo[8].
Así como el cuerpo necesita del aire para respirar y de la circulación de la sangre para mantenerse en vida, así el alma precisa permanecer en contacto con Dios a lo largo de las veinticuatro horas de la jornada. Por eso, la piedad auténtica impulsa a referir todo al Señor: el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el sueño y la vigilia. Como escribía don Álvaro en 1984, «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración no puede haber sólo un “armisticio”, más o menos conseguido; debe existir una unión plena, una fusión que no deja residuos. El trabajo alimenta la oración y la oración empapa de sí el trabajo»[9].
Para alcanzar esta meta, además del auxilio de la gracia, se requiere un esfuerzo personal constante, que a menudo se concreta en pequeños detalles: recitar una jaculatoria o una breve oración vocal aprovechando un desplazamiento o una pausa en la tarea; dirigir una mirada cariñosa a la imagen del crucifijo o de la Santísima Virgen, que discretamente hemos colocado en nuestro lugar de trabajo, etc. Todo esto sirve para mantener viva en el alma una orientación de fondo hacia el Señor, que cotidianamente tratamos de fomentar en la Misa y en los ratos dedicados expresamente a la meditación. Y así, aunque en muchos momentos estemos concentrados en las diversas ocupaciones, porque la mente se sumerge plenamente en la realización de las diferentes tareas, el alma sigue fija en el Señor y mantiene con Él un diálogo que no está compuesto de palabras, y ni siquiera de pensamientos conscientes, sino de
afectos del corazón, de deseos de realizar todo, hasta lo más menudo, por Amor, con el ofrecimiento de aquello que nos ocupa.
Cuando nos conducimos con semejante empeño, el trabajo profesional se convierte en una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas…; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada.
Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio[10].
Con la misma fuerza con que impulsaba a convertir el trabajo en oración, nuestro Padre insistía en la necesidad de no abandonar los tiempos dedicados exclusivamente al Señor: la Misa y la Comunión frecuentes, los ratos de oración mental, el rezo del Rosario y otras prácticas de piedad largamente experimentadas en la Iglesia; con tanto más cuidado y atención cuantas mayores dificultades surgen a causa de un horario apretado de trabajo, de la fatiga o de los momentos áridos que antes o después no faltan en la vida de nadie. «Tales ejercicios —recordaba don Álvaro— no han de concebirse como interrupciones del tiempo dedicado al trabajo; no son como paréntesis en el transcurso de la jornada. Cuando rezamos, no abandonamos las actividades “profanas” para sumergirnos en las actividades “sagradas”. Por el contrario, la oración constituye el momento más intenso de una actitud que acompaña al cristiano en toda su actividad y que crea el lazo más profundo, porque es el más íntimo, entre el trabajo realizado antes y el que se tornará a realizar inmediatamente después. Y, paralelamente, justamente del trabajo sabrá obtener materia con que alimentar el fuego de la oración mental y vocal, impulsos siempre nuevos para la adoración, la gratitud, el confiado abandono en Dios»[11].
Dentro de pocos días marcharé a Ecuador, Perú y Brasil, para estar con mis hijas y con mis hijos, y alentar su labor apostólica. Os ruego que, como siempre, me acompañéis en este viaje con vuestra oración, con el ofrecimiento de vuestro trabajo y de vuestro descanso, los que ahora estéis disfrutando de un tiempo de vacaciones. Cuidad el trato con Dios también en esos días, recordando lo que nuestro Padre nos enseñó: siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio.
Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes… En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual[12].
También en este mes se cumple el 75º aniversario de cuando el queridísimo don Álvaro respondió al Señor: ¡aquí estoy! A su intercesión confío vuestra fidelidad y la mía, para que sea diariamente enteriza, y para que me sostengáis en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Pamplona, 1 de julio de 2010.
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[1] Lc 18, 1.
[2] 1 Ts 5, 17.
[3] Cfr. San Jerónimo, Tratado sobre los Salmos, Comentario al Salmo I (CCL 78, 5-6).
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1959.
[6] Benedicto XVI, Homilía, 19-III-2006.
[7] Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31.
[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.
[9] Don Álvaro del Portillo, Il lavoro si trasformi in orazione, artículo publicado en la revista “Il Sabato”, 7-XII-1984 (“Rendere amabile la verità”, Libreria Editrice Vaticana, Roma 1995, p. 649).
[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.
[11] Don Álvaro del Portillo, cit., pp. 650-651.
[12] San Josemaría, Surco, n. 514.

Carta del Prelado del Opus Dei (mayo 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].

En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio. Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.

La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos, a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría, se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].

Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón, y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, numquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].

Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en 1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (…). El tiempo ha sido —por decirlo así— “tocado” por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia»[4]. Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad»[5].

Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme, manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la Iglesia, el Opus Dei.

El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de sus hijos.

El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar —nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos en el Avemaría— también en la hora de la muerte.

Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos. Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María a querer el bien de la gente?

Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970, nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].

Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro Fundador.

Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría. Y, como nuestro Padre huía de “dar espectáculo”, interrumpió su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente, y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda, pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante cerca
de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente. Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.

Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal, sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras ocasiones.

«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración, creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú, Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor, porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.

»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos.

»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos una petición constante.

»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace falta»[7].

Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!, porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración. Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados, pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos, con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].

Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse bajo su amparo?

Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a hablar, a decirte lo que queremos.

»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, et pulsanti aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»[9].

Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús. A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús, a la Trinidad.

Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre, os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2010.

[1] Juan Pablo II, Catequesis mariana en la audiencia general, 1-X-1997.

[2] Liturgia de las Horas, Antífona mariana al final de las Completas.

[3] San
Josemaría, artículo “La Virgen del Pilar”, publicado de modo póstumo en “Libro de Aragón”, Zaragoza, 1976.

[4] Benedicto XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.

[5] Ibid.

[6] San Josemaría, octubre de 1970.

[7] San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

Carta del Prelado (abril 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ayer, 31 de marzo, se cumplieron setenta y cinco años del día en el que nuestro Padre celebró por vez primera la Misa y dejó reservado el Santísimo Sacramento en la Residencia de Ferraz. Y mañana, 2 de abril, habrán transcurrido cinco años del fallecimiento de Juan Pablo II. Dos aniversarios muy diferentes entre sí, que, sin embargo, causan un eco especial en nuestros corazones. Los dos caen este año en plena Semana Santa. Nos invitan a recorrer la senda de la vocación cristiana en unión estrecha con Jesucristo, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, acompañándole de cerca en su Pasión redentora.

Con frecuencia venía a la mente de nuestro Padre que, después de quedarse el Señor en el sagrario del Centro, la labor apostólica experimentó un gran crecimiento. Apenas pasado ese día, sin desaparecer las dificultades —que encontraremos siempre, porque por ese camino anduvo Nuestro Señor—, la cosecha comenzó a manifestarse con más abundancia. Nuestro Padre lo consignó por escrito en una carta al Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta Casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo»[1].

Todos conservamos en la mente que la muerte de Juan Pablo II produjo una sacudida espiritual en multitud de personas y dejó frutos innumerables. Estuvo precedida de años, meses y semanas en los que ese gran Pontífice ofreció —con su predicación y con su ejemplo, con su larga enfermedad, con su vida entregada y con su muerte— un testimoniomaravilloso de cómo hay que seguir a Cristo. Seguramente recordamos la determinación con que agarraba la Santa Cruz, mientras seguía por televisión el Viacrucis del Viernes Santo, en el que no pudo estar presente.

Estos y otros recuerdos nos pueden ayudar a meternos con más profundidad en las escenas de la Semana Santa. La liturgia del Triduo sacro, que comienza esta noche con la Misa in Cena Domini y concluye con la Vigilia Pascual, rememora elocuentemente el modo que Dios ha elegido para redimirnos. Pidamos al Señor gracia abundante para comprender con más profundidad el don inmenso, verdaderamente inestimable, que ha hecho a la humanidad mediante su sacrificio en la Cruz. ¿Qué te has propuesto para no dejar solo a Jesucristo? ¿Cómo le ruegas que te haga alma generosamente penitente? ¿Pones los medios para que no se produzca aquella desbandada que sucedió a los Apóstoles?

Comentando el himno de la epístola a los Filipenses, que describe el anonadamiento de Dios para salvarnos[2], Benedicto XVI explica que «el Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse hombre, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta la profundidad de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo. Por eso es justo —como dice San Pablo— que “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!” (Flp 2, 10-11)»[3].

Detengámonos a meditar estas palabras de San Pablo, que escucharemos de nuevo el Viernes Santo antes de leer la Pasión según San Juan. Son como la puerta que nos permite introducirnos en los designios divinos, que tantas veces se alejan de los planes meramente humanos. Abracemos las contradicciones que Dios permita o nos envíe, con la seguridad de que son una prueba de su amor, como lo fue la Pasión y Muerte de su Hijo. «No fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. Y la muerte a la que se encaminó —añade San Pablo— fue la muerte de cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto —comenta el Romano Pontífice— el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso “despojarse de su rango” y hacerse hermano nuestro; por amor compartió nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer»[4].

Con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana. «La vida de Jesucristo, si le somos fieles —escribió San Josemaría—, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación— como en la conducta externa»[5]. Así, bajo la acción del Espíritu Santo, con nuestra colaboración personal, se irán consolidando los rasgos de Cristo en nosotros. También en la práctica del Viacrucis, podemos meditar con profundidad lo que escribía nuestro Padre: «Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus»[6].

Hijas e hijos míos, encomiendo al Señor que entendamos a fondo que la mayor manifestación de amor, de felicidad, está en el anonadamiento, porque entonces Dios llena el alma hasta el último pliegue. No olvidemos que son una verdad muy evidente aquellos versos —pobres, apostillaba nuestro Padre— que venían a los labios de San Josemaría: Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas, / hoy digo que me quieres.

El Señor utiliza este modo de actuar —la unión con la Cruz— para santificarnos, y también permite que la misma Iglesia sufra muchos ataques. «No es algo nuevo, comentaba San Josemaría. Desde queJesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia»[7].

Nada de esto debería sorprendernos. Ya lo anunció Nuestro Señor a los Apóstoles: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán
la vuestra
[8].

Ciertamente, hay momentos en los que se intensifican los ataques a la doctrina católica, al Papa y a los Obispos; se pone en berlina a lossacerdotes y a cuantos se esfuerzan por llevar una vida recta; se reduce al ostracismo a los católicos laicos que, en uso de su libertad, se proponen iluminar las leyes y las estructuras civiles con las luces del Evangelio. Imagino que todas y todos sentiréis pena por esos pobres que sólo saben tener amargura en sus mentes, en sus almas. Llevémosles al Señor con nuestra oración.

Ante estas situaciones, no hemos de perder el ánimo ni encogernos; sintamos tristeza fraterna por aquellos que se mueven en el error, y recemos por ellos; devolvámosles bien por mal; y tomemos la decisión de ser más alegremente fieles y más apostólicos. Traigamos a nuestra memoria el Dios y audacia de San Josemaría en los primeros años de la Obra, cuando las dificultades en la vida de la Iglesia no eran inferiores a las actuales. Consideremos la afirmación de Nuestro Señor que os acabo de recordar: si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Dios no pierde batallas. Con su amor y su omnipotencia infinitos puede sacar, del mal, el bien.

Muchas veces han cantado victoria quienes pensaban que habían acabado definitivamente con la Iglesia, y siempre la Esposa de Cristo ha resurgido más bella, más pura, para seguir siendo instrumento de salvación entre las naciones. Ya lo señalaba San Agustín en su tiempo, con palabras que nuestro Padre recoge en una de sus homilías. «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. “Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos… Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece” (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»[9].

En ocasiones querríamos que Dios manifestara su poder librando definitivamente a la Iglesia de quienes la persiguen. Y quizá nos vienen ganas de preguntar: ¿por qué permites que humillen de este modo al pueblo que Tú has redimido? Es la queja que San Juan, en el Apocalipsis, pone en boca de los que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte: Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: —¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?[10]. La respuesta no se hace esperar: se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos[11].

Es el modo de actuar de Dios. Quienes fueron testigos del prendimiento de Cristo, de su juicio inicuo, de su injusta condena, de su muerte ignominiosa, concluyeron equivocadamente que todo había terminado. Y, sin embargo, nunca estaba más cerca la Redención de los hombres, que cuando Jesús sufría voluntariamente por nosotros. «¡Qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio!, comenta el Santo Padre. Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo»[12].

El Señor desea que en los miembros de su Cuerpo místico se cumpla el misterio de abajamiento y de exaltación mediante el cual llevó a cabo la Redención. «El Viernes Santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: “O crux, ave, spes unica”, “¡Salve, oh cruz, esperanza única!”»[13]. Os sugiero algo que he visto hacer a nuestro Padre: paladear, meditar, hacer muy suyas esas palabras que se repiten en la Semana Santa de modo especial: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!

A la luz de la Resurrección gloriosa, que siguió a la muerte y sepultura de Jesús, los acontecimientos que causan dolor o sufrimiento adquieren su verdadero sentido. Esforcémonos por entenderlo nosotros así, amando en todo momento la Voluntad de Dios, que, aunque no quiere el mal, lo permite para respetar la libertad de los hombres y para hacer brillar más su misericordia. Y tratemos de que lo comprendan muchas otras personas que quizá se muestran confusas o desorientadas.

«Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa»[14]. El Señor sigue viviendo en la Iglesia, a la que ha enviado el Espíritu Santo para acompañarla eternamente. «Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad»[15]. Y añade nuestro Padre: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo»[16].

El día 23 de este mes, celebraremos un nuevo aniversario de la Primera Comunión de nuestro Padre. No sé cómo explicaros su alegría, su adoración, su fervor eucarístico en el día del Jueves Santo. Sí puedo deciros que su agradecimiento y su adoración a Jesucristo en la Hostia Santa eran ejemplares: todo le parecía poco, y rogaba al Señor Sacramentado que le enseñase a amar, que nos enseñase a amar.

Hay otras efemérides de la historia de la Obra en este mes; a vuestra curiosidad sana las dejo, para que, como buenas hijas y buenos hijos, sepamos agradecer a la Trinidad Santísima todas sus bondades con nosotros. Ahora, entre otras cosas, los frutos espirituales del viaje que he realizado a Palermo, el pasado fin de semana.

Seguid rezando por el Papa y sus colaboradores, por todas mis intenciones. La consigna que os propongo es la misma de San Josemaría en los comienzos del Opus Dei: Dios y audacia, fe y valentía, con un optimismo enraizado en la esperanza. Intensifiquemos el apostolado de amistad y confidencia propio de la Obra, sin respetos humanos, fundamentado en una vida de oración y de sacrificio, en un trabajo profesional cumplido del mejor modo posible. Y el Señor hará toda

s las cosas antes, más y mejor de lo que podamos imaginar.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2010.

[1] San Josemaría, Carta a don Francisco Morán, 15-V-1935 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 546).

[2] Cfr. Flp 2, 6-11.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Forja, n. 418.

[6] San Josemaría, Vía Crucis, VI estación.

[7] San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

[8] Jn 15, 18-20.

[9] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[10] Ap 6, 9-10.

[11] Ibid., 11.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[13] Ibid.

[14] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[16] Ibid., n. 137.

Vivir la Santa Misa

El Director de la Edición Regional de Castilla y León de La Razón, Jesús Fonseca, escribe hoy 17 de marzo un artículo en la edición nacional de ese diario sobre el reciente libro publicado por el Prelado del Opus Dei.

Hay algo, sin duda, algo indescriptible en él, además de gozoso. Es abierto, espontáneo. Alegre, muy alegre. Siempre con la sonrisa en los labios. Le gusta compartir. Tiene capacidad de arrastre. Pero es también un intelectual profundo. Fue con Álvaro del Portillo la persona más cercana a San Josemaría. El santo de la vida ordinaria. El que marcó el camino: «No hay otro camino. O sabemos encontrar a Dios en nuestra vida ordinaria o no lo encontraremos nunca». Me refiero a Javier Echevarría y me detengo en él a propósito de su última obra: Vivir la Santa Misa, que acaba de salir a la calle. «Publico estas páginas -explica el prelado del Opus Dei- con el afán de fomentar el espíritu litúrgico que impulsa a cuidar el trato con Jesucristo». No es éste, en contra de lo que pudiera parecer, un libro denso. Al contrario, son unas páginas muy vivaces. Escritas desde la fe en la presencia salvadora de Cristo en el diario vivir. Partiendo de la Misa como centro de la vida del cristiano, Monseñor Echevarría pone en valor las perspectivas de verdadera realización humana que ofrece la fe cristiana a mujeres y hombres de hoy. Demuestra, una vez más, como ya lo hiciera en Itinerarios de vida cristiana, que la expresión de lo sobrenatural es lo más cercano y natural. La de Echevarría es una Misa coherente entre la disposición interior, los gestos y las palabras. Que ahonda, también, en algo que no está precisamente de moda en los tiempos que corren: la unidad entre doctrina y vida.

Entrevista al Prelado del Opus Dei

Texto íntegro de la entrevista de Pilar Urbano a mons. Javier Echevarría, publicada en la revista “Época” en mayo de 1994.
Javier Echevarría habla sin apenas mover un músculo del rostro. Es tremendamente sobrio de gestos y ademanes. Me parece un hombre acostumbrado a tener muy a raya su carácter, su espontaneidad, su energía, su vehemencia. Casi todo el tiempo tiene las manos en reposo. Carga la expresividad en la voz y en la mirada. Ahí lo dice todo: en esa mirada inteligente, aguda, penetrante, vivísima.

¿Dónde nació, cómo era su familia…?
-Nací en Madrid, en la calle Fortuny, el 14 de junio de 1932. Mi padre era ingeniero, profesor de la Escuela de Ingenieros Industriales. Como ninguno de los hijos le había salido ingeniero, quiso inclinarme a mí por ahí… incluso escribió un libro pensando en mi preparación. Pero a mí me gustaban más las Humanidades. Mi padre me ayudaba a estudiar matemáticas. Y, ante cualquier problema, me explicaba tres o cuatro formas de resolverlo. Ese mismo exceso me produjo hastío hacia las matemáticas. Y opté por el Derecho.

¿Para ejercer la abogacía?
-No. Yo quería ser agente de cambio y bolsa, como mi abuelo, para ganar dinero y vivir bien. Luego, Dios se metió en mi vida y cambié mis planes: aquí, en Roma, estudié Derecho Canónico en el Angelicum y Derecho Civil en la Universidad Lateranense, las licenciaturas y los doctorados.

¿Cuántos hermanos son ustedes?
-Pudimos haber sido once, aunque sólo nacimos ocho. Yo soy ahora el menor de los siete que ahora vivimos. Por eso tengo casi cincuenta sobrinos-nietos. Mi familia procede de Guipúzcoa, pero ya desde los abuelos se afincaron en Madrid.

¿Recuerda algo de la guerra civil?
-La pasamos en Elizondo y en San Sebastián. Fuimos allá, huyendo desde Madrid, porque -según nos dijeron- el portero de la casa nos había denunciado. Y, desde luego, vinieron a registrar el piso de la calle Españoleto, donde vivíamos. Yo era un chaval y sólo guardo un par de impresiones: cómo mi familia seguía por la radio la marcha de la guerra; y que nunca percibí rencor, ni mucho menos odio hacia los que luchaban en el otro bando. Mis padres lo que querían era que acabasen todas aquellas persecuciones de los comunistas. Durante la guerra fui al colegio de los marianistas. Después, ya de vuelta en Madrid, a los Maristas de la calle García de Paredes. Muy cerca, por cierto, donde once años antes -en 1928- Josemaría Escrivá había “visto” el Opus Dei. Luego, el colegio se trasladó a la calle Eduardo Dato, que antes se llamaba Paseo del Cisne, por donde pasaba el “tranvía del Cangrejo”… Además de esta coincidencia de García de Paredes, también viví siendo pequeño, en el mismo inmueble donde había un centro del Opus Dei. En Martínez Campos, 15. Recuerdo muy bien el día que se mudaron con los muebles a otro sitio. Sería en 1940 ó 1941. El portero, por toda explicación, nos había dicho: “Son unas oficinas, donde también viven unos señores”. Sabría más el hombre, pero sólo dijo eso. Lo curioso es que yo lo registré mentalmente. Pasado el tiempo, cuando supe que el fundador de la Obra había ido mucho a esa casa, y que solía subir y bajar por las escaleras, sin tomar el ascensor, pensé que quizá nos hubiésemos cruzado alguna vez. Y que me habría encomendado a mi Ángel Custodio, pidiendo mi vocación. Acostumbraba a hacerlo, cuando pasaba junto a alguien.

¿Cómo llega ud. a conocer la Obra?
-Yo tenía un primo que era del Opus Dei, pero nunca me había interesado en preguntarle. En la revista Catolicismo apareció, en 1944, un reportaje sobre los tres primeros miembros del Opus Dei -ingenieros- que se ordenaron sacerdotes. Un amigo mío vio esa revista, en su casa, por casualidad, en 1948, y nos la enseñó a los seis o siete de la pandilla. Aquello era muy novedoso, y a mis amigos les intrigó bastante. A mí no, la verdad. Un domingo por la tarde, el 6 de junio, íbamos a ir al cine. Mi amigo me telefoneó, proponiéndome un cambio de planes: “¿te apetece que vayamos a una residencia, en Diego de León, para enterarnos de qué es el Opus Dei?”. Y allá nos fuimos los seis. Nos atendieron muy bien. No en grupo, sino que cada uno pudimos hablar con un miembro de la Obra y preguntar lo que nos interesara saber. Al salir de allí, yo llevaba en el bolsillo una flamante estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero del Opus Dei, cuyo proceso de beatificación se acababa de iniciar. Me pareció un “santo laico” atractivo, al que se podía imitar. Esto ocurría la víspera de la muerte de mi padre. Él estaba preparándonos el veraneo familiar en San Sebastián, cuando le sobrevino un infarto. Como la noticia no nos la dieron de golpe, sino diciéndonos que estaba muy grave, recuerdo que yo recé por él, con la estampa de Isidoro.

Ese verano nos quedamos en Madrid. Nunca había sido así. Y ello me dio ocasión para frecuentar un centro de la Obra que -¡otra casualidad!- había en mi misma calle: los Echevarría habíamos vuelto a Españoleto. Y “Españoleto” se llamaba aquel piso de gente joven donde, siempre que me dejaba caer por allí, me daban algún trabajillo de la casa: lijar unas sillas viejas para repintarlas de nuevo; ayudar en la decoración; echar una mano en algún arreglo de carpintería… Me gustó eso de sentirme útil, y ser tratado como alguien que puede hacer algo por los demás. El 8 de septiembre pedí la admisión en la Obra. Yo tenía 16 años.

¿Y qué es lo que le enganchó?
El ambiente de alegría: estudiaban y trabajaban como locos, pero estaban muy contentos. El que, sin cambiar de estado, pudiese uno santificarse con su profesión. Y el horizonte inmenso de poder llevar a Cristo a mucha gente. Desde muy pequeño era muy sociable y me gustaba tener muchos y muy buenos amigos.

Opus Dei -

¿Cómo conoció al Fundador del Opus Dei?
El Padre vivía ya en Roma desde 1946, aunque venía a España con cierta frecuencia. En uno de esos viajes, en noviembre de 1948, nos invitaron a una tertulia con él en Diego de León. El sentimiento de filiación hacia quien es el Padre en la Obra, es un rasgo consustancial al carisma de la vocación en el Opus Dei. Sin que nadie me lo inculcase, yo estaba deseando conocer al Padre. Al acabar aquella tertulia -seríamos unos treinta y cinco-, el Padre se dirigió a los tres que éramos más recientes y nos propuso ir esa misma tarde con él a conocer Molinoviejo, una casa en pleno campo de Segovia, para convivencias y retiros.

Nos metimos seis en un viejo Vauxhall. Detrás iba el Padre. Yo, delante, compartiendo el asiento con otro. Conducía el doctor Odón Moles. Durante el trayecto hicimos de todo: charlamos, cantamos, reímos, rezamos… El Padre nos hablaba de innumerables apostolados que la Obra tenía que hacer por todas las partes del mundo, y que nos estaban esperando. Con su voz de barítono, bien timbrada y bien modulada, cantaba canciones de la calle, canciones de amor que él enderezaba hacia Dios: “tengo un amor que me llena de alegrías…”. Nos gastaba bromas: cuando en una revuelta de la carretera se dibujaba una casucha vieja, fea, destartalada, nos decía: ¡mirad!… ¡eso es Molinoviejo!” Caímos en la trampa un par de veces. Ah, bueno, yo me mareé, devolví… y como iba de negro por el luto de mi padre, me puse perdido. Me ayudó a limpiarme, me quitó el azaro por la situación, hizo que viajásemos con la ventanilla abierta, a pesar de estar en noviembre, y me mostró tantísimo cariño que, realmen
te, me sentí atendido, no ya por un padre, sino por un padrazo.

En Molinoviejo pasamos a ver la ermita y el oratorio. Unos cuantos universitarios, dirigidos por un alumno de Bellas Artes, lo estaban decorando. En el respaldo de madera de la sillería corrida habían grabado unas advocaciones marianas tomadas de la letanía. Me impresionó la ternura y la fuerza del amor del Padre hacia la Virgen: al ir leyéndolas, las pronunciaba, una a una, con voz cálida y vibrante, como piropeando a una mujer que se ama. Aquello era, a la vez, muy delicado y muy recio, muy espiritual y muy viril. Se notaba que, cuando decía esas frases, el Padre estaba rezando.

(Ahora, al revivir aquella escena ya tan lejana, a Javier Echevarría le brillan los ojos. Traga saliva. Con un leve arqueo de cejas, me pide que pase a la siguiente pregunta).

A don Álvaro del Portillo, ¿dónde le conoció?
-Al año siguiente, 1949, yo vivía en “Gurtubay”, un centro de la Obra para universitarios. Una mañana, nos celebró la Misa un sacerdote alto que pronunciaba el latín “a la romana”. Yo pensé que sería extranjero. Era don Álvaro, que vivía en Roma y estaba de paso en Madrid. Nada más desayunar nos fuimos todos a la Universidad. Pero tuvimos tertulia con él después del almuerzo. Guardo dos recuerdos de aquel primer encuentro: nos habló mucho de fidelidad y amor a la Iglesia y al Papa, fuese quien fuese; y nos regaló un paquete de Chesterfield, que a él se lo habían dado en el Vaticano. Eran tiempos de escasez en España. Y, acostumbrados al tabaco negro y barato, de picadura mala, fumar aquellos cigarrillos americanos era un lujo de película. Si encima venían del Vaticano, aún nos parecía mucho más extraordinario.

Cuando usted piensa en san Josemaría Escrivá ¿qué idea, qué vivencia fuerte le viene a la cabeza?
-Me viene el hecho asombroso y real, muy real, de su amor apasionado a Jesucristo y de su paternidad. He tenido la suerte de vivir veintiséis años junto a él. Y siempre me sorprendía la sinceridad de su cariño hacia cada persona de la Obra, aunque no le hubiese visto jamás. Lo que le ocurriera a una hija suya o a un hijo suyo, lo que le contasen por carta, lo que le dijeran en una tertulia… todo le interesaba, todo le afectaba como algo propio, porque nos quería de veras, como a hijos de su oración y de su mortificación. Entre él y cualquiera de nosotros no hubo nunca la más tenue barrera: ni un papel de fumar. Yo le he visto llorar, sufrir, por la muerte de hijas e hijos suyos a los que no conocía con más intensidad que sus propios parientes. Cuando le daban alguna de esas noticias, se quedaba humanamente destrozado, sin levantar cabeza.

Y al cerrar los ojos, ¿cómo le ve?
-Le veo entre gente, hablando de Dios… Le veo yendo, saliendo al encuentro de los demás… Le veo entregándose a todos nosotros, a tiempo completo, sin ahorrarse un esfuerzo, sin reservarse un minuto para sí mismo. Todo lo nuestro -un dolor de muelas, un examen, una preocupación familiar, un partido de fútbol que íbamos a jugar-, todo le era conocido y familiar. ¡Éramos su vida!

De don Álvaro, con quien ha vivido usted cuarenta y cuatro años, ¿qué imagen le viene a la mente?
-A don Álvaro le veo eclipsándose siempre, en un segundo plano, desde donde pudiera ver, oír y atender a nuestro Padre: mirándole, incluso físicamente, con el deseo de aprender de él. Y ello, a pesar de sus magníficas dotes humanas, con las que se llevaba a la gente de calle. Sin lisonjas, en justicia, tengo que decir que don Álvaro, por su espléndida inteligencia, por su amplia cultura, por su exquisita educación, por su capacidad de relación social, por la altura de su pensamiento, por la profundidad de su vida interior, y por una larga serie de virtudes morales que vivió con heroísmo, ha sido un gigante. Y sé que no exagero. Sin embargo, yo le he visto siempre pendiente de nuestro Fundador, secundándole en todo, para ayudarle a hacer el Opus Dei. Él fue un fiel ejecutor de lo que el Fundador indicó.

¿Es cierto que monseñor Escrivá tenía predilección por usted?
-¿Por mí?… ¡No, no!… Eso no. Quizá, conmigo, y con otros que vivíamos cerca de él, tenía más confianza. Pero nunca tuvo hijos predilectos. De haber tenido alguno, sería don Álvaro, porque era un instrumento muy valioso para la Iglesia y para la Obra. Y hay que recordar que el Fundador solía decir: “a don Álvaro no lo elegí yo: fue Dios quien lo puso a mi lado”.

Yo me sentí muy querido por el Fundador. Pero también muy exigido. Me corrigió, y fuerte, en varias ocasiones. Una vez llegó a decirme: “hijo mío, si no cambias, no podré confiar en ti”. Fue duro oírlo, pero el Padre tenía razón y a mí me sirvió mucho. Sin embargo, un par de años más tarde, me pidió que fuera su secretario: “puedes abrir todos los cajones, porque yo no voy a tener ningún secreto para ti”. Y no es que monseñor Escrivá hubiese cambiado de opinión: es que nunca había dejado de confiar en mí. Pero yo era uno más. Esto es así.

¿A usted le escogió Escrivá para traérselo a Roma?
-No. Me ofrecí yo. En 1950 estaba aquí haciendo un curso -unas semanas- de formación, cuando el Padre comentó que ese año, de España, vendrían siete a hacer el Colegio Romano de la Santa Cruz. Y yo le dije: “pues a mí me gustaría ser uno de esos siete”. Sin más, el Padre me contestó: “Háblalo con don Álvaro. Si lo arreglas con tu familia, yo no tengo inconveniente”. Volví a Madrid para hablar con mi madre cara a cara, y no por carta. Lo solucioné y… aquí estoy.

¿Por qué Escrivá le escogió como “custodio” suyo?
-Ah, no lo sé. Nunca se lo pregunté. En 1955 me ordené de sacerdote. En el 56, a raíz del Congreso General del Opus Dei -celebrado en el Hotel Pfauer, un hotel modesto de Einsieldn (Suiza)-, nuestro Padre me dijo: “Javier, he de elegir dos custodes, de entre una lista de nueve nombres que me ha dado el Consejo. Yo desearía que uno fuese don Álvaro y tú el otro. ¿Estás conforme?”. Yo tenía 24 años y pensé que había muchos que llevaban más tiempo en la Obra, que tenían más experiencia y más valores, y que podrían hacerlo mejor que yo. Pero me fié de la gracia de Dios y del discernimiento del Padre. En cuanto contesté que aceptaba el encargo, me dijo: “Pues coge el Codex y estúdiate tus nuevas obligaciones, para cumplirlas a rajatabla”.

¿Y en qué consiste eso de ser Custodio?
-A mí me incumbía cuidar al Padre en todo lo material: desde decidir si había que comprarle unos zapatos, hasta acompañarle al médico, o preparar un viaje… Y también hacerle -no diré “correcciones”- indicaciones concretas sobre cuestiones externas, perceptibles, en las que pudiera mejorar o actuar de otro modo.

Después, en 1975, también don Álvaro me encomendó ser su custodio, pero en el orden espiritual: llevando la dirección de su alma.

Esta fórmula de tres -el Padre y sus ‘Custodios’- permite una concatenación, una continuidad sin vacíos: cuando muere uno, quedan los otros dos y un tercero se incorpora “de refresco”…

Opus Dei -

-Pero no es esa la función. Los custodes existen para que el Prelado, el Padre, no viva solo, no sea un hombre aislado allá arriba; y, además, para que se le pueda ayudar a ser mejor. Pero esa continuidad sólo se ha dado desde que fuimos custodes don Álvaro y yo. Antes siempre había un custodio que cambiaba. Sólo don Álvaro permanecía.

¿Diría usted que don Álvaro era un hombre “bonachón”?
-¡Ni hablar! Era un hombre muy bueno, muy santo, muy entregado a los demás; pero con un carácter “esculpido” y
una gran fortaleza. En las tareas del gobierno de la Obra, le he oído reprender con firmeza, si se retrasaba un trámite, algo que nos solicitaban desde otro país: “no podéis dejar caer los papeles en el olvido; no hay cosa más desalentadora que el silencio administrativo”.

Hace cuarenta años yo tenía el encargo de llevar las cuentas del Colegio Romano. Una vez, el balance no me cuadraba: faltaban 600 liras, 60 pesetas, una cantidad insignificante para una casa donde vivíamos treinta y tantas personas. Cuando yo me esperaba que don Álvaro me dijese: “¡no te preocupes!”, me dijo: “Tienes que encontrarlas, es tu obligación responder hasta del último céntimo. Ese dinero no es tuyo: lo administras en nombre de otros”.

O más recientemente, siendo él Prelado y yo Vicario General, me decía: “No hacemos las cosas para que nos vean, pero nos ven. Debes actuar siempre en presencia de Dios, porque con cualquier gesto, con cualquier palabra, con cualquier detalle puedes escandalizar a la gente o puedes acercarla a Dios”.

Con el Fundador, sin tiquismiquismos, pero no le pasaba una. Recuerdo que, a veces, nuestro Padre, comentaba: “¡Me queréis tan santo, tan santo, que no me dejáis hacer nada!”.

Me parece que el desafío del sucesor es que, entre santo y santo, han dejado el listón muy alto…
-Pues sí, han dejado el listón muy alto, pero también han dejado una pértiga muy fuerte. De una parte, ellos ayudan, desde el cielo. Y de otra, está muy nítido el ejemplo de cómo ellos actuaron. Bastará pensar, ante cualquier situación: ¿qué haría el Fundador? o, ¿qué haría don Álvaro?, para tener la seguridad casi total de que, siguiendo por ahí, acierta uno.

Pero ese seguimiento imitativo, ¿no entraña el riesgo de que cada Prelado sea como una “fotocopia” del anterior?
-No. Don Álvaro imitó a san Josemaría sólo en lo que era del espíritu de la Obra, pero tuvieron personalidades completamente distintas. Quizá por eso se acoplaban tan bien. Los dos eran muy cultos, en cuanto a conocimientos teológicos, históricos, literarios, filosóficos, artísticos, canónicos… Y en todas esas materias tenían muchas coincidencias, mucha compenetración. Ahora bien, nuestro Padre era muy intuitivo y rapidísimo en la acción. Don Álvaro, más reflexivo. Nuestro Padre reaccionaba ante los hechos de un modo más inmediato, que podía parecer más espontáneo. Don Álvaro tenía también esa reacción genuina, espontánea, pero no la expresaba hasta haberla madurado por dentro.

Recuerdo ahora que en 1958, a la muerte de Pío XII, la televisión italiana emitió unas imágenes morbosas, desagradables, tomadas durante su agonía. El Colegio de Médicos de Italia suspendió al médico del Papa que autorizó a esa filmación en la habitación del Romano Pontífice. Pues bien, monseñor Escrivá se conmovió, se dolió muchísimo como un buen hijo que ve maltratado a su padre. Don Álvaro se quedó en silencio. Sólo más tarde, comentó: “El Padre tiene razón. Eso es indignante. A ver, ¿qué hijo consiente que con la agonía de su padre o de su madre se haga un espectáculo?”.

Podemos tomar otro aspecto: la veracidad. San Josemaría era un hombre claro, sincero, directo, decía lo que se le ponía por delante y llamaba al pan, pan. Don Álvaro, con otro temperamento, más apacible, era una persona sin doblez, sin recámara: ¡transparente!

Pero, en gustos, en aficiones ¿eran muy diferentes?
-¡Ya lo creo! Por ejemplo, Escrivá no hacía otro deporte que caminar. En cambio, Del Portillo había practicado mucho la natación, el jockey, el cross, el tenis, la equitación, el fútbol…

Las diferencias se veían más patentes en las cosas más pequeñas. Por ejemplo, don Álvaro se sentía muy cómodo vistiendo el clergyman; y el Fundador, por su gusto, no se lo hubiese puesto nunca. Recuerdo que, en septiembre del 68, viajamos a Cádiz en barco desde Nápoles. Eso de estar varios días embarcados a nuestro Padre no le apetecía nada: “me parece una pérdida de tiempo, una encerrona en un cascarón de nuez”. Sin embargo, a don Álvaro le ilusionaba porque “estar en alta mar -decía- relaja muchísimo. Sí, eran muy diferentes, pero recorrieron el mismo camino, vivieron el mismo espíritu y son… dos santos del mismo calibre.

Con todo eso, ¿quiere usted decir que el sucesor tendrá su propio estilo, pero deberá pisar donde pisaron sus predecesores?
-Si tiene sentido común, pisará donde pisó Josemaría Escrivá, que es donde pisó Álvaro del Portillo. Lo que no sea eso, es apartarse del camino madre. Ahora bien, esa fidelidad al “camino” no le quita a nadie su propio modo de andar. En el Opus Dei, la personalidad no se anula, se realza.

Pero, ¿qué margen de libertad creativa e innovadora puede tener el nuevo Prelado?
-Libertad total. La Obra nunca necesitará un aggiornamento, porque somos gente de la calle y estamos siempre al día. El nuevo Prelado tendrá toda la capacidad creativa y todo el margen de maniobra que necesite para aprovechar las circunstancias presentes y poner ahí el espíritu de la Obra. No se trata de copiar lo que ya se ha hecho. Las realidades cotidianas con las que hay que santificarse hoy son las distintas de las que vivió el Fundador. El nuevo Prelado deberá afrontar su propia hora histórica.

¿La Obra podrá vivir tranquila si el próximo Papa no le es tan favorable, tan propicio, como Juan Pablo II?
-Yo sé que monseñor Escrivá nunca se sintió ni abandonado, ni postergado, ni poco querido por los Romanos Pontífices. Eso es una falacia, inventos de unos que repiten otros. Yo le oí decir muchas veces: “De la Santa Sede, del Santo Padre, no nos pueden venir más que bienes, aunque en ocasiones nos parezcan contradicciones”. Para nosotros, el Papa -sea quien sea- siempre será el Vicario de Cristo, con una responsabilidad delante de Dios que tiene que cumplir. Lo que él decida, lo recibiremos siempre como venido del mismo Cristo. Por tanto, aun en la hipótesis de que alguna decisión del Papa nos resultara dolorosa, o incomprensible, sería buena para nosotros. Así que la Obra nunca se sentirá intranquila, ni insegura, ni mal querida. Una cosa es la simpatía, y otra la caridad y el cariño de quien gobierna la Iglesia, que nunca nos podrá faltar.

Está por escribir la historia de las relaciones personales entre los cinco últimos Papas y los dos sucesivos Padres que ha habido en el Opus Dei. Por ejemplo, se ha dicho con falsedad que Pablo VI no estimaba a monseñor Escrivá. Pues bien, nos consta -ratificado por sus secretarios- que usaba Camino como libro de meditación habitual. Y algo más: en una de sus últimas audiencias, Pablo VI le dijo al Fundador, cara a cara: “monseñor, usted es un santo”. Y eso un Papa no lo dice por halagar. Y no digamos ya de la amistad, del trato natural, confiado y espontáneo entre Juan Pablo II y monseñor Del Portillo. El Papa veía en don Álvaro a un hijo leal y sincero que le decía las cosas como eran, no como quería que fuesen.

¿Se puede decir que Juan Pablo II se ha apoyado en el Opus Dei?
-Sí, se puede decir. Pero lo de menos es que se diga: lo importante es que este Papa y todos los que vengan después se tienen que poder apoyar en el Opus Dei, porque el Opus Dei está para eso: para servir a la Iglesia como ella tiene que ser servida. A nosotros, expandirnos por el mundo entero y tener muchas vocaciones, si no es para mejor servir a la Iglesia, ¡no nos interesa para nada!

¿Es necesario que el Prelado del Opus Dei sea obispo?
-No es necesario. Pero la experiencia ha demostrado que es muy bueno para la Obra y para las relaciones con los demás obispos.

Monseñor Echevarría, usted ha pasado 44 años dedicado “full time” a vivir… la vida del otro. ¿Usted ha tenido su propia vida? ¿Usted ha podido ser usted?
– Sí que he tenido mi propia vida. Y

o nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos. De no haber estado, día tras día, junto a dos hombres de esa estatura humana y espiritual, ni me habría planteado la ambición de entenderme con todo el mundo, de preocuparme por todas las almas. Ni el interés por todas las culturas. Ni el afán de servicio a los demás. Ni la amplitud de miras, para ver los problemas de la Iglesia y de la sociedad civil. Ni me hubiese abierto a conocer -no como una curiosidad, sino como una preocupación personal- la situación de los hombres en todos los países del mundo, sus condiciones de trabajo, su nivel de libertad y de dignidad… Viajando y viendo vivir en su propio terreno a gentes de todas las naciones, de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de todas las religiones… Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres de espíritu grandioso, cristianamente grandioso.

Hace pocos años a usted le dio un infarto predicando…
-Sí. Fue en Asturias.

¿Y aguantó hasta el final?
-Sí, pero… (se echa a reír) ¡porque no sabía que era un infarto!

Y ¿comprendería a quien no tuviese ese temple y dejase a medias su prédica?
-No sólo le comprendería, sino que le alabaría. Es lo que hay que hacer: que le curen a uno para seguir sirviendo.

Es que circula ya un cliché prefabricado sobre usted, como un hombre riguroso, exigente, duro, criado a la sombra de Escrivá…
-Yo estoy muy orgulloso de haberme “criado” cerca de monseñor Escrivá. ¡Más me hubiera gustado aprender de él! Y lo que me enseñó siempre fue a dilatar mi corazón de sacerdote. A tener los brazos abiertos a todo el mundo, vinieran de donde vinieran, y vinieran como vinieran: aunque se presentasen como mis enemigos mortales. A cualquier hora, en cualquier lugar y circunstancia, tener el corazón de par en par, para quien me necesite…

Pero, don Javier, tiene usted genio…
-Sí, tengo genio. Y lo tenía mucho antes de conocer a monseñor Escrivá.

Cuando murió Escrivá, y estando todavía caliente su cuerpo, Del Portillo le quitó el “lignum crucis” que llevaba colgado del cuello, y se lo puso “hasta que haya un nuevo Padre”. Ahora, al fallecer don Álvaro, ¿se ha puesto usted también esa reliquia del leño de la Cruz?
-Sí, pero no enseguida. A los dos días. Yo evité hacer las mismas cosas materiales que, años atrás, había hecho don Álvaro, para que no se pensase que había una presunción de continuidad. Vi el lignum Crucis dentro del armario de don Álvaro. Pensé que estaría mejor sobre el pecho de un sacerdote. Por eso me lo puse.

¿Y entonces sintió sobre sí “el peso” de la Obra?
-Sentí el peso de la Obra. Pero también la fuerza de Dios. La Obra, guste o disguste, es espiritualmente monolítica. Más claro: “un solo corazón, una sola alma”. Están rezando todos, para que yo acierte. Y las cartas se reciben a millares, de todos los rincones del mundo, de todo tipo de personas…

¿Qué es el “peso” de la Obra?
-Es la santidad de más de setenta mil personas, que tienen que responder a un compromiso con Dios, en su trabajo, en sus deberes de estado, en su trato con los demás hombres. Y ese peso se nota, porque todos somos frágiles y podemos no dar el do de pecho, o estar desambientados en esa gran orquesta que es la Iglesia.

En alguna ocasión, Juan Pablo II se refirió al Opus Dei como una potencia: “el Opus Dei poderoso”…
-Sí, pero inmediatamente don Álvaro le dijo: “Santidad, nuestro único poder, nuestra única fuerza es la oración”. Y el Papa, afirmando con la cabeza, contestó: “A eso me refería”. Al Papa le impresionó una carta que monseñor Del Portillo le escribió desde el santuario de la Mentorella en 1978, al iniciarse el Pontificado. En esa carta, le ofrecía todo el tesoro de la Obra: la oración y las misas diarias, que entonces eran unas 60.000 y ahora serán 74.000 y algunas más.

Cuando aquí en “Villa Tevere” baja usted a rezar en esa cripta donde están enterrados Escrivá y Del Portillo, los dos grandes “patronos” de la Obra ¿qué pide para el nuevo Prelado?
-Pido que sea un buen pastor, un pastor leal, que se entregue del todo a sus hijas y a sus hijos, sin que jamás les separe de ellos ni la más leve barrera de humo.

Pilar Urbano