Carta del Prelado del Opus Dei (mayo 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].

En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio. Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.

La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos, a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría, se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].

Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón, y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, numquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].

Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en 1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (…). El tiempo ha sido —por decirlo así— “tocado” por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia»[4]. Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad»[5].

Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme, manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la Iglesia, el Opus Dei.

El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de sus hijos.

El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar —nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos en el Avemaría— también en la hora de la muerte.

Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos. Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María a querer el bien de la gente?

Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970, nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].

Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro Fundador.

Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría. Y, como nuestro Padre huía de “dar espectáculo”, interrumpió su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente, y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda, pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante cerca
de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente. Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.

Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal, sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras ocasiones.

«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración, creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú, Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor, porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.

»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos.

»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos una petición constante.

»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace falta»[7].

Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!, porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración. Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados, pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos, con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].

Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse bajo su amparo?

Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a hablar, a decirte lo que queremos.

»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, et pulsanti aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»[9].

Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús. A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús, a la Trinidad.

Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre, os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2010.

[1] Juan Pablo II, Catequesis mariana en la audiencia general, 1-X-1997.

[2] Liturgia de las Horas, Antífona mariana al final de las Completas.

[3] San
Josemaría, artículo “La Virgen del Pilar”, publicado de modo póstumo en “Libro de Aragón”, Zaragoza, 1976.

[4] Benedicto XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.

[5] Ibid.

[6] San Josemaría, octubre de 1970.

[7] San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

Carta del Prelado (abril 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Ayer, 31 de marzo, se cumplieron setenta y cinco años del día en el que nuestro Padre celebró por vez primera la Misa y dejó reservado el Santísimo Sacramento en la Residencia de Ferraz. Y mañana, 2 de abril, habrán transcurrido cinco años del fallecimiento de Juan Pablo II. Dos aniversarios muy diferentes entre sí, que, sin embargo, causan un eco especial en nuestros corazones. Los dos caen este año en plena Semana Santa. Nos invitan a recorrer la senda de la vocación cristiana en unión estrecha con Jesucristo, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, acompañándole de cerca en su Pasión redentora.

Con frecuencia venía a la mente de nuestro Padre que, después de quedarse el Señor en el sagrario del Centro, la labor apostólica experimentó un gran crecimiento. Apenas pasado ese día, sin desaparecer las dificultades —que encontraremos siempre, porque por ese camino anduvo Nuestro Señor—, la cosecha comenzó a manifestarse con más abundancia. Nuestro Padre lo consignó por escrito en una carta al Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta Casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo»[1].

Todos conservamos en la mente que la muerte de Juan Pablo II produjo una sacudida espiritual en multitud de personas y dejó frutos innumerables. Estuvo precedida de años, meses y semanas en los que ese gran Pontífice ofreció —con su predicación y con su ejemplo, con su larga enfermedad, con su vida entregada y con su muerte— un testimoniomaravilloso de cómo hay que seguir a Cristo. Seguramente recordamos la determinación con que agarraba la Santa Cruz, mientras seguía por televisión el Viacrucis del Viernes Santo, en el que no pudo estar presente.

Estos y otros recuerdos nos pueden ayudar a meternos con más profundidad en las escenas de la Semana Santa. La liturgia del Triduo sacro, que comienza esta noche con la Misa in Cena Domini y concluye con la Vigilia Pascual, rememora elocuentemente el modo que Dios ha elegido para redimirnos. Pidamos al Señor gracia abundante para comprender con más profundidad el don inmenso, verdaderamente inestimable, que ha hecho a la humanidad mediante su sacrificio en la Cruz. ¿Qué te has propuesto para no dejar solo a Jesucristo? ¿Cómo le ruegas que te haga alma generosamente penitente? ¿Pones los medios para que no se produzca aquella desbandada que sucedió a los Apóstoles?

Comentando el himno de la epístola a los Filipenses, que describe el anonadamiento de Dios para salvarnos[2], Benedicto XVI explica que «el Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse hombre, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta la profundidad de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo. Por eso es justo —como dice San Pablo— que “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!” (Flp 2, 10-11)»[3].

Detengámonos a meditar estas palabras de San Pablo, que escucharemos de nuevo el Viernes Santo antes de leer la Pasión según San Juan. Son como la puerta que nos permite introducirnos en los designios divinos, que tantas veces se alejan de los planes meramente humanos. Abracemos las contradicciones que Dios permita o nos envíe, con la seguridad de que son una prueba de su amor, como lo fue la Pasión y Muerte de su Hijo. «No fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. Y la muerte a la que se encaminó —añade San Pablo— fue la muerte de cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto —comenta el Romano Pontífice— el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso “despojarse de su rango” y hacerse hermano nuestro; por amor compartió nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer»[4].

Con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana. «La vida de Jesucristo, si le somos fieles —escribió San Josemaría—, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación— como en la conducta externa»[5]. Así, bajo la acción del Espíritu Santo, con nuestra colaboración personal, se irán consolidando los rasgos de Cristo en nosotros. También en la práctica del Viacrucis, podemos meditar con profundidad lo que escribía nuestro Padre: «Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus»[6].

Hijas e hijos míos, encomiendo al Señor que entendamos a fondo que la mayor manifestación de amor, de felicidad, está en el anonadamiento, porque entonces Dios llena el alma hasta el último pliegue. No olvidemos que son una verdad muy evidente aquellos versos —pobres, apostillaba nuestro Padre— que venían a los labios de San Josemaría: Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas, / hoy digo que me quieres.

El Señor utiliza este modo de actuar —la unión con la Cruz— para santificarnos, y también permite que la misma Iglesia sufra muchos ataques. «No es algo nuevo, comentaba San Josemaría. Desde queJesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia»[7].

Nada de esto debería sorprendernos. Ya lo anunció Nuestro Señor a los Apóstoles: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán
la vuestra
[8].

Ciertamente, hay momentos en los que se intensifican los ataques a la doctrina católica, al Papa y a los Obispos; se pone en berlina a lossacerdotes y a cuantos se esfuerzan por llevar una vida recta; se reduce al ostracismo a los católicos laicos que, en uso de su libertad, se proponen iluminar las leyes y las estructuras civiles con las luces del Evangelio. Imagino que todas y todos sentiréis pena por esos pobres que sólo saben tener amargura en sus mentes, en sus almas. Llevémosles al Señor con nuestra oración.

Ante estas situaciones, no hemos de perder el ánimo ni encogernos; sintamos tristeza fraterna por aquellos que se mueven en el error, y recemos por ellos; devolvámosles bien por mal; y tomemos la decisión de ser más alegremente fieles y más apostólicos. Traigamos a nuestra memoria el Dios y audacia de San Josemaría en los primeros años de la Obra, cuando las dificultades en la vida de la Iglesia no eran inferiores a las actuales. Consideremos la afirmación de Nuestro Señor que os acabo de recordar: si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Dios no pierde batallas. Con su amor y su omnipotencia infinitos puede sacar, del mal, el bien.

Muchas veces han cantado victoria quienes pensaban que habían acabado definitivamente con la Iglesia, y siempre la Esposa de Cristo ha resurgido más bella, más pura, para seguir siendo instrumento de salvación entre las naciones. Ya lo señalaba San Agustín en su tiempo, con palabras que nuestro Padre recoge en una de sus homilías. «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. “Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos… Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece” (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»[9].

En ocasiones querríamos que Dios manifestara su poder librando definitivamente a la Iglesia de quienes la persiguen. Y quizá nos vienen ganas de preguntar: ¿por qué permites que humillen de este modo al pueblo que Tú has redimido? Es la queja que San Juan, en el Apocalipsis, pone en boca de los que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte: Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: —¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?[10]. La respuesta no se hace esperar: se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos[11].

Es el modo de actuar de Dios. Quienes fueron testigos del prendimiento de Cristo, de su juicio inicuo, de su injusta condena, de su muerte ignominiosa, concluyeron equivocadamente que todo había terminado. Y, sin embargo, nunca estaba más cerca la Redención de los hombres, que cuando Jesús sufría voluntariamente por nosotros. «¡Qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio!, comenta el Santo Padre. Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo»[12].

El Señor desea que en los miembros de su Cuerpo místico se cumpla el misterio de abajamiento y de exaltación mediante el cual llevó a cabo la Redención. «El Viernes Santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: “O crux, ave, spes unica”, “¡Salve, oh cruz, esperanza única!”»[13]. Os sugiero algo que he visto hacer a nuestro Padre: paladear, meditar, hacer muy suyas esas palabras que se repiten en la Semana Santa de modo especial: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!

A la luz de la Resurrección gloriosa, que siguió a la muerte y sepultura de Jesús, los acontecimientos que causan dolor o sufrimiento adquieren su verdadero sentido. Esforcémonos por entenderlo nosotros así, amando en todo momento la Voluntad de Dios, que, aunque no quiere el mal, lo permite para respetar la libertad de los hombres y para hacer brillar más su misericordia. Y tratemos de que lo comprendan muchas otras personas que quizá se muestran confusas o desorientadas.

«Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa»[14]. El Señor sigue viviendo en la Iglesia, a la que ha enviado el Espíritu Santo para acompañarla eternamente. «Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad»[15]. Y añade nuestro Padre: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo»[16].

El día 23 de este mes, celebraremos un nuevo aniversario de la Primera Comunión de nuestro Padre. No sé cómo explicaros su alegría, su adoración, su fervor eucarístico en el día del Jueves Santo. Sí puedo deciros que su agradecimiento y su adoración a Jesucristo en la Hostia Santa eran ejemplares: todo le parecía poco, y rogaba al Señor Sacramentado que le enseñase a amar, que nos enseñase a amar.

Hay otras efemérides de la historia de la Obra en este mes; a vuestra curiosidad sana las dejo, para que, como buenas hijas y buenos hijos, sepamos agradecer a la Trinidad Santísima todas sus bondades con nosotros. Ahora, entre otras cosas, los frutos espirituales del viaje que he realizado a Palermo, el pasado fin de semana.

Seguid rezando por el Papa y sus colaboradores, por todas mis intenciones. La consigna que os propongo es la misma de San Josemaría en los comienzos del Opus Dei: Dios y audacia, fe y valentía, con un optimismo enraizado en la esperanza. Intensifiquemos el apostolado de amistad y confidencia propio de la Obra, sin respetos humanos, fundamentado en una vida de oración y de sacrificio, en un trabajo profesional cumplido del mejor modo posible. Y el Señor hará toda

s las cosas antes, más y mejor de lo que podamos imaginar.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2010.

[1] San Josemaría, Carta a don Francisco Morán, 15-V-1935 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 546).

[2] Cfr. Flp 2, 6-11.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Forja, n. 418.

[6] San Josemaría, Vía Crucis, VI estación.

[7] San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

[8] Jn 15, 18-20.

[9] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[10] Ap 6, 9-10.

[11] Ibid., 11.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

[13] Ibid.

[14] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[16] Ibid., n. 137.

Carta del Prelado (Dic 09)

Se avecina otra vez, con su novedad maravillosa, la Navidad; una fiesta que se celebra en casi todas partes; también en lugares donde apenas se conoce a Cristo. Para muchos -y causa pena-, se limita a una ocasión de hacer y recibir regalos, de tomarse unos días de descanso, o, sencillamente, de pasar más tiempo en familia. Los que hemos recibido el don de la fe, conocemos el verdadero significado de esta celebración: cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma[1].

Así nos lo recuerda la Iglesia repetidamente, a lo largo de estas semanas de preparación. Al comenzar el Adviento nos invitaba: vayamos con alegría al encuentro del Señor[2]. Y el Papa Benedicto XVI explica que la razón por la cual podemos caminar con alegría (…) es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza emprendemos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Durante las próximas semanas, día tras día, la liturgia propondrá a nuestra reflexión textos del Antiguo Testamento, que recuerdan el vivo y constante deseo que animó en el pueblo judío la espera de la venida del Mesías. También nosotros, vigilantes en la oración, tratemos de preparar nuestro corazón para acoger al Salvador, que vendrá a mostrarnos su misericordia y a darnos su salvación[3].

Esforcémonos para seguir este consejo del Santo Padre, leyendo con atención los textos litúrgicos y meditándolos en la oración personal. Y os pido aún más: esforcémonos cada uno, singularmente, para lograr que se recupere el sentido cristiano de estas fechas en la sociedad. No consideremos esta aspiración como una utopía. Nuestro Padre solía comentar que “a contar, se comienza por uno”, y luego se continúa. Quizá rememoraba lo que hubo de hacer cuando el Señor puso la Obra en su alma, en sus manos. Y ese celo ?el suyo? de los principios creció siempre en su actitud de permanente apostolado. Asimilemos esta disposición, porque todos podemos trabajar en la recristianización de este mundo nuestro. Cada una y cada uno a su alrededor, de modo semejante a la piedra caída en el agua, que causa una onda, y después otra, y otra…[4].

Ante la llegada del Señor, que viene a instaurar en el mundo la justicia y la paz, las expresiones de la Sagrada Escritura rebosan de júbilo. Mirad que vienen días ?oráculo del Señor?, en que cumpliré la buena promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un brote justo, que ejerza el derecho y la justicia en la tierra[5].

Esta venida del Señor será siempre actual, porque visita esta tierra especialmente con la celebración diaria del Santo Sacrificio de la Misa, y sale a nuestro encuentro con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. De muchas maneras espirituales se acerca a nosotros a lo largo del año litúrgico; ahora, con la solemnidad del tiempo natalicio. Es tan fuerte su presencia que, aunque en algunos lugares intenten silenciarla, salta a la vista una realidad clara: el mundo “se para” porque es la Navidad. Cobra todo su relieve el canto del salmo: alégrense los cielos y exulte la tierra, brame el mar y cuanto lo llena; que se gocen los campos y cuanto hay en ellos. Entonces exultarán todos los árboles del bosque ante el Señor, que ya viene[6].
Hace veinte siglos, la llegada de Dios al mundo se realizó silenciosamente. Sólo los ángeles y un pequeño grupo de personas humildes ?los pastores? compartieron con la Virgen y San José el gozo del nacimiento del Redentor. También ahora la constante venida del Señor se realiza en el silencio. Pero donde hay fe, donde su palabra se anuncia y se escucha, Dios reúne a los hombres y se entrega a ellos en su Cuerpo, los transforma en su Cuerpo. Él “viene”. Y, así, el corazón de los hombres se despierta. El canto nuevo de los ángeles se convierte en canto de los hombres que, a lo largo de los siglos, y de manera siempre nueva, cantan la llegada de Dios como niño y se alegran desde lo más profundo de su ser[7].

Tratemos de dar pleno sentido a los signos externos de estos días cristianamente festivos. Pongamos empeño ?insisto? en devolver al ambiente de estas semanas su genuino significado. Siempre es posible, por ejemplo, difundir las tradicionales costumbres espirituales y devocionales propias de estas fechas: poner el Nacimiento en el hogar; visitar los belenes que se colocan en las iglesias y en otros lugares, quizá en compañía de otros miembros de la familia; destacar el sentido espiritual del árbol de Navidad y de los regalos propios de estas fechas, que son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…

En el segundo domingo de Adviento nos topamos de nuevo con la llamada al gozo sobrenatural ante el inminente Nacimiento de Jesús. En esta ocasión, el profeta Baruc se dirige a Jerusalén ?figura del alma que espera en el Señor? y le anuncia: quítate el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre. Envuélvete con el manto de la justicia de Dios, ponte en la cabeza la corona gloriosa del Eterno[8]. El Señor nos promete una alegría plena y eterna, que no se acabará nunca, si nos esmeramos en cumplir con amor sus mandamientos; si volvemos a Él una vez y otra mediante el arrepentimiento, cuando no hayamos sabido comportarnos como hijos buenos. La alegría, el optimismo sobrenatural y humano ?escribe San Josemaría?, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas ?porque tenemos corazón?, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica[9]. ¿Sacamos partido de estas y de otras circunstancias personales para dar buena acogida al Señor? ¿Con qué devoción acudimos a Santa María y a San José, para que nos ayuden en nuestro caminar hacia Belén?

Incluso nuestras miserias personales ?los pecados y faltas de los que no está exenta ninguna criatura en la tierra? han de servirnos de trampolín para lanzarnos con más confianza y amor a Dios Nuestro Señor, que nos ofrece constantemente su perdón, especialmente en el sacramento de la Penitencia. No cabe olvidar que el optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios[10]. De este modo se aposenta en nuestras almas la verdadera alegría, que se identifica con el gozo de estar con el Señor. Era muy hondo el contento de nuestro Padre, mientras esperaba que Cristo llegase a nosotros en Navidad.

Toda esta alegría se ha cumplido plenamente en la Santísima Virgen, como nos recuerda la solemnidad de la Inmaculada Concepción. En esa gran fiesta, la Iglesia pone en labios de nuestra Madre unas palabras del profeta Isaías: reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas[11].

¡Qué júbilo debe producirnos ver a la Virgen tan cerca de Dios, glorificada
en alma y cuerpo, y al mismo tiempo tan próxima a nosotros! Desde el Cielo, cuida de cada una y de cada uno, sigue nuestros pasos y nos alcanza de su Hijo todas las gracias que necesitamos. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María, comenta el Papa. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque Ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creadora[12].

La alegría litúrgica del Adviento estalla de modo incontenible al llegar la tercera semana, en el domingo llamado Gaudete a causa de las palabras con las que comienza la antífona de entrada: Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est[13]; alegraos siempre en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Viene a salvarnos de nuestros pecados; ésta es la raíz del característico alborozo de la Navidad. Canta de gozo, hija de Sión, alborózate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti[14].

En ocasiones, a la vista de las penas y desgracias que afectan a gran parte de la humanidad, podría insinuarse en el alma la tentación de la tristeza, del pesimismo, o al menos del desánimo. Hay muchas situaciones de violencia y de injusticia que es preciso remediar; son innumerables las personas que, en el mundo entero, carecen de lo más necesario para llevar una vida humana digna. Y, sobre todo, ¡hay tanta falta de amor en los corazones, tanto olvido de Dios, tantos egoísmos más o menos encubiertos! Nada de esto, sin embargo, debe apabullar a un hombre o a una mujer de fe. Al contrario, ha de impulsarnos a redoblar los esfuerzos, con la ayuda de la gracia, para sembrar con más abundancia la caridad en las relaciones humanas. María lleva la felicidad del Cielo a la casa de Isabel; tú y yo, ¿cómo actuamos para que los demás se beneficien de la cercanía de Jesús?

Escuchemos el consejo que daba San Josemaría: reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros[15].

Miremos el ejemplo de la Virgen. ¿Qué relevancia tenía a los ojos humanos una doncella, casi una niña, de un lugar tan desconocido como Nazaret? Y, sin embargo, Dios se fijó en Ella y la convirtió en Madre del Verbo encarnado y redentor. Contemplémosla otra vez en la escena de la Visitación a Santa Isabel, como nos propone el IV Domingo de Adviento en el Evangelio. El cántico del Magnificat, fruto del trato habitual de Nuestra Señora con Dios, alimentado por su familiaridad con la Sagrada Escritura, se nos revela como un canto de absoluta confianza en el poder de Dios y, por tanto, repleto de un júbilo santo.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava (Lc 1, 46-48). Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender[16].

Hagamos nuestra la lección de María. El Señor ha dado a los cristianos el mundo por heredad[17], y estamos seguros de que su palabra se cumplirá con nuestra colaboración, porque Él ha querido ?en su bondad? contar con cada uno de nosotros. Por eso hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe en el poder de Dios ?Dios no pierde batallas?, con un optimismo que no procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y presuntuosa[18].

Sigamos rezando por el Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los obispos y sacerdotes. Especialmente en este Año sacerdotal roguemos que el Señor conceda a la Iglesia muchos ministros santos. Como explicaba el Santo Cura de Ars a sus feligreses, «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veáis a un sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo»[19].

En los días pasados realicé un viaje a Córdoba, invitado por el Administrador Apostólico para hablar al clero de la Diócesis en el contexto del Año sacerdotal, y para bendecir juntos la imagen de San Josemaría que se ha colocado en la parroquia de San Nicolás; en ese templo, nuestro Fundador rezó el 20 de abril de 1938, durante su primer viaje a esa ciudad andaluza. También tuve ocasión de reunirme con muchísimas personas ?hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores? que participan en la labor apostólica del Opus Dei. Luego marché a Pamplona, y desde ahí he regresado a la Ciudad Eterna. Como siempre, he realizado estos viajes muy unido a cada uno de vosotros y a los viajes de nuestro Padre, dando gracias a Dios porque la semilla que San Josemaría sembró en solitario ha crecido de modo admirable, por la fuerza de la gracia de Dios.

Con todo cariño, os bendice y os desea una santa y feliz Navidad

                                                                 vuestro Padre

                                                                  + Javier

Roma, 1 de diciembre de 2009.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 12.

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento (A), Salmo responsorial.

[3] Benedicto XVI, Homilía en el Domingo I de Adviento, 2-XII-2007.

[4] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

[5] Misal Romano, Domingo I de Adviento (C), Primera lectura (Jr 33, 14-15).

[6] Misal Romano, Natividad del Señor, Misa de medianoche, Salmo responsorial (Sal 95 [96] 11-13).

[7] Benedicto XVI, Homilía en la Natividad del Señor, 25-XII-2008.

[8] Misal Romano, Domingo II de Adviento (C), Primera lectura (Ba 5, 1-2).

[9] San Josemaría, Forja, n. 290.

[10] San Josemaría, Forja, n. 659.

[11] Misal Romano, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Antífona de entrada (Is 61, 10).

[12] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Inmaculada, 8-XII-2005.

[13] Misal Romano, Domingo III de Adviento, Antífona de entrada (Flp 4, 4-5).

[14] Misal Romano, Domingo III de Adviento (C), Primera lectura (So 3, 14-15).

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 160.

[16] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 241.

[17] Cfr. Sal 2, 8.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 123.

[19] Santo Cura de Ars, cit. en A. Monnin, Spirito del Curato d’Ars, Ed. Ares 2009, p. 79

Carta del Prelado (nov 2009)

El año sacerdotal ayuda a recordar que todos los cristianos tienen que acercar, con sus propias vidas, a Jesucristo a los demás. Este es el tema central de la carta pastoral del Prelado del Opus Dei.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Al comenzar el mes de noviembre del Año sacerdotal, me gusta pensar que está enmarcado por dos fiestas litúrgicas en las que se pone de relieve el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios: la solemnidad de Todos los Santos y la de Cristo Rey. En la primera, que celebramos hoy, se muestra el sacerdocio de Cristo en sus miembros, los cristianos; en la segunda, el día 25, se manifiesta que nuestra Cabeza, Jesucristo, es Sacerdote eterno y Rey del universo[1], que con su venida gloriosa al final de los tiempos tomará posesión de su Reino y lo entregará a Dios Padre[2].
Las dos solemnidades invitan a reflexionar sobre la dignidad de la vocación cristiana. San Pedro, en su primera epístola, nos dice a los bautizados las siguientes palabras: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia[3]. El Príncipe de los Apóstoles afirma que Dios, al hacernos hijos suyos por la gracia del Espíritu Santo, nos ha insertado en el nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia— al que se pertenece no por la descendencia de la carne, sino por la incorporación a Jesucristo. En virtud de tan increíble elección, gratuita e inmerecida —¡partícipes del sacerdocio de Cristo!—, se nos invita a anunciar las maravillas divinas con el ejemplo, con la palabra y con las obras.

Admiremos la bondad de Dios Padre y démosle gracias. No se contentó con enviar a su Hijo al mundo para salvarnos, sino que ha querido que la Redención llegue a todos los hombres, hasta el fin de los tiempos, sirviéndose de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y presencia salvífica del Señor en el espacio y en el tiempo. San Agustín afirmaba que «así como llamamos cristianos a todos [los bautizados], en virtud del único crisma, así también llamamos a todos sacerdotes, porque son miembros del único Sacerdote»[4]. Nuestro Padre meditó mucho en este don tan grande e impulsaba a que todos tuviésemos los mismos sentimientos de Cristo[5]; por eso hemos de pensar: ¿hasta qué punto me empeño en asimilar esta riqueza?

La llamada universal a la santidad y al apostolado proviene, como de su raíz, del carácter bautismal. El sacerdocio común precede al sacerdocio ministerial, y este último se pone al servicio de aquel. Sin la regeneración del Bautismo no podría haber ministros sagrados, pues este sacramento abre la puerta a todos los demás; y sin sacerdocio ministerial, mediante el que la Iglesia anuncia a los hombres la doctrina de Cristo, los incorpora a su vida con los sacramentos —especialmente con la Eucaristía— y los guía hacia el Cielo, no podríamos progresar en el camino de la santidad. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo»[6].

El Santo Cura de Ars expresaba con viveza la necesidad del sacerdocio ministerial. Benedicto XVI, en la carta con motivo del Año sacerdotal, recoge algunas expresiones del santo: «Sin el sacerdote —señalaba—, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De que nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros»[7]. ¿Cómo rezamos a diario, con auténtica fe, para que no falten sacerdotes santos? ¿Suplicamos al Dueño de la mies, como exigencia de nuestra condición de cristianos, que envíe trabajadores a su campo, en número suficiente para atender las abundantes necesidades del mundo entero?

Pero volvamos a la liturgia de hoy, que subraya el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios. En una visión impresionante, el Apocalipsis nos muestra una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![8]. Esa muchedumbre de personas que se postran en adoración delante de la Santísima Trinidad, en unión con los ángeles, son los santos: unos conocidos, la mayor parte desconocidos. Se ve ahí al Pueblo de Dios en su etapa final, que comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo[9].

Tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común son para santificar a los hombres. Los ministros sagrados, configurados con Cristo Cabeza de la Iglesia, lo ejercitan predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos y siendo pastores que guían a los fieles hacia la vida eterna, como instrumentos visibles del Sumo y Eterno Sacerdote. Pero también los fieles laicos, en virtud del sacerdocio real, participan a su modo en ese triple oficio de Cristo Sacerdote. San Josemaría explicaba que todos los cristianos, sin excepción, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[10].

No se precisa ningún encargo especial de la autoridad de la Iglesia, para sentirse urgidos a participar en la misión salvífica. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[11]. Detengámonos con frecuencia en lo que significa esta condición del cristiano, porque hemos de ser portadores de Cristo a la humanidad, y portadores de la humanidad a Cristo.

En el curso del Año sacerdotal, además de pedir por la santidad de los sacerdotes, hemos de rezar por la santidad de todo el pueblo cristiano. Si hay familias que educan a los hijos en el amor de Dios, con su ejemplo de vida cristiana; si hay hombres y mujeres que buscan seriamente a Jesucristo en las circunstancias de la existencia ordinaria, habrá muchos jóvenes que se sentirán llamados por el Señor al sacerdocio ministerial. En estos meses se nos ofrece una nueva ocasión para que todos tomemos más conciencia de la vocación universal a la santidad y al apostolado, y para esmerarnos en seguir decididamente esa llamada, sin medianías, sin dejarnos dominar por los estados de ánimo. ¿Cómo y hasta qué punto nos influyen el cansancio, las contradicciones, los fracasos? ¿Perdemos la paz fácilmente y no nos refugiamos en Dios? ¿Consideramos que la Cruz es fundamento y corona de la Iglesia?

San Josemaría recibió especiales luces divinas para enseñar cómo se puede servir a la extensión del Reino de Dios a través de las actividades temporales. El mismo día de su tránsito de este mundo, recordaba a un grupo de mujeres, fieles del Opus Dei, que también ellas —como todos los cristianos— tenían alma sacerdotal. Muchos años antes había escrito: en todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios (cfr. Ef 2, 19) y de la ciudad de los hombres[12].

El alma sacerdotal conduce a los bautizados —insisto— a tener los mismos sentimientos de Cristo, con hambres de unirse cada día a Él en la Santa Misa y a lo largo de la jornada. El espíritu sacerdotal impulsa a crecer en la ambición santa de servir, con dedicación sincera y concreta por el bien espiritual y material de nuestros semejantes; anima a cultivar un serio afán de almas, con el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, unidos a la Virgen Santísima y filialmente pegados al Romano Pontífice; mueve a mostrarse dispuestos a reparar por los pecados, los propios de cada uno y los de los hombres todos… En definitiva, a amar a Dios y al prójimo sin decir nunca basta en el servicio de la Iglesia y de las almas. San Josemaría lo resumía así: con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar[13].

En la Santa Misa adquieren nuestras obras valor de eternidad. En esos momentos, con vigorosa intensidad, el cristiano se vuelve plenamente consciente de su compromiso de colaborar con Jesús en la santificación de las realidades humanas, mediante el ofrecimiento de su vida y de toda su actividad. «Altare Dei est cor nostrum»[14], decía San Gregorio Magno; altar de Dios es nuestro corazón. Hemos de servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[15].

Además, como manifestación de su participación en el oficio profético de Jesucristo, todos los fieles han de esforzarse por comunicar a otros las enseñanzas divinas. Ciertamente caben muchas maneras de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia; en cualquier caso, en la base de cualquier labor apostólica se encuentra siempre el mandato de Jesús a todos los cristianos: id y haced discípulos a todos los pueblos (…) enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado[16].

De igual modo, la participación en el oficio real de Cristo alienta a los cristianos a santificar las realidades terrenas; los laicos, en concreto, mediante su empeño por ordenar según la Voluntad de Dios los asuntos temporales[17], actuando en el mundo a modo de fermento[18] para poner a Cristo en la cumbre de todas sus actividades. «El sacerdocio común que hemos recibido en el Bautismo —explicaba don Álvaro siguiendo la doctrina de San Josemaría— es real, regio (cfr. 1 Pe 2, 9), porque al ofrecer a Dios lo que somos y tenemos, y al ofrecerle todas las actividades humanas nobles realizadas según el querer divino, somos reino de Cristo y reinamos con Él»[19].

Como parte de la misión específica que Dios le había confiado, San Josemaría enseñó que una característica esencial del modo de hacer presente el sacerdocio de Cristo según el espíritu del Opus Dei, tanto por parte de los ministros sagrados como de los fieles laicos, es la mentalidad laical propia de su condición secular y de su situación en el mundo. De este modo, sacerdotes y seglares colaborarán en el cumplimiento de la única misión de la Iglesia, cada uno según los dones recibidos, respetando la situación específica de cada uno. Los laicos ejercen su misión en el seno de las estructuras temporales, tratando de animarlas con el espíritu de Cristo; los sacerdotes sirven a los demás mediante la predicación de la Palabra divina y la administración de los sacramentos. Esto favorece, como escribe San Josemaría, que los clérigos no atropellen a los laicos, ni los laicos a los clérigos; que no haya clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos[20].

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Demos gracias a Dios y esforcémonos por difundir el profundo significado teológico y espiritual de la cooperación orgánica de sacerdotes y seglares en el Opus Dei, para participar en la misión de la Iglesia; sobre todo, con el testimonio de una vida cristiana coherente, permaneciendo cada uno —como dice el Apóstol— en la vocación en que fue llamado[21]: siendo sacerdotes o laicos al cien por cien. De este modo serviremos con eficacia a la Iglesia, como siempre hemos procurado realizar; con más motivo ahora que muchos confunden el laicismo —que intenta arrojar a Dios de las estructuras seculares— con la laicidad; y fomentaremos el sano espíritu laical, al que se ha referido el Romano Pontífice en varias ocasiones[22].

Dentro de unos días, el 7 de noviembre, ordenaré diáconos a 32 fieles del Opus Dei. Roguemos al Señor para que sean buen

os y santos ministros suyos, y prosigamos rezando por la Persona e intenciones del Romano Pontífice, por su colaboradores, por los sacerdotes y diáconos, por los candidatos al sacerdocio del mundo entero. Recordaremos también el día en que la Virgen hizo la caricia a nuestro Padre de que encontrara la “rosa” en Rialp: acudamos a nuestra Madre Santísima, para que nos consiga de Dios la “rosa” perfumada de la fidelidad. Contamos también con la ayuda de todos los que nos han precedido; en las semanas de este mes hagamos más fuerte, con nuestra oración y nuestros sufragios, la unidad de la Iglesia triunfante, purgante y militante.

Con todo cariño, os bendice

                                vuestro Padre

                                + Javier

Roma, 1 de noviembre de 2009

[1] Misal Romano, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, Prefacio.

[2] Cfr. 1 Cor 15, 24.

[3] 1 Pe 2, 9-10.

[4] San Agustín, La Ciudad de Dios XX, 10 (CCL 48, 720).

[5] Cfr. Flp 2, 5.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

[7] San Juan María Vianney; cit. por Benedicto XVI en Carta a los sacerdotes, 16-VI-2009.

[8] Ap 7, 9-10

[9] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Todos los Santos, 1-XI-2006.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[11] Ibid., n. 120.

[12] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 1.

[13] San Josemaría, Carta 28-III-1955, n. 4.

[14] San Gregorio Magno, Moralia 25, 7, 15 (PL 76, 328).

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 19-III-1968.

[16] Mt 28, 19-20.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[18] Cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 2.

[19] Mons. Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1993, n. 11.

[20] San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 21.

[21] 1 Cor 7, 20.

[22] Cfr. Benedicto XVI, Discursos del 18-V-2006 y del 11-VI-2007.