Opus Dei entre las mujeres. Los inicios – Dolores Fisac

Dolores Fisac, Palabra (Madrid), 111.90

HABLA DOLORES FISAC

HACE SESENTA AÑOS COMENZÓ EL OPUS DEI ENTRE LAS MUJERES

El 14 de febrero se conmemoró el LX Aniversario de la fecha en que Mons. Escrivá de Balaguer inició el Opus Dei entre las mujeres. Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, presidió una solemne celebración en la Basílica de San Eugenio (Roma) y actos litúrgicos semejantes tuvieron lugar en diversas partes del mundo.

En Madrid, el Vicario Regional de la Prelatura en España, Mons. Tomás Gutiérrez Calzada, concelebró con este motivo, y acompañado de numeroso público, una Misa en la Basílica Pontificia de San Miguel.

Con ocasión del LX aniversario, recogemos el testimonio de una de las mujeres que se incorporaron al Opus Dei en aquella época, Dolores Fisac Serna.

Dolores Fisac trabajó en la instalación del primer Centro de Mujeres del Opus Dei, en la calle Jorge Manrique de Madrid. Hoy forman parte de la Prelatura alrededor de 36.000 mujeres, profesionales de los más variados oficios -periodistas, profesoras de Universidad, médicos, amas dé casa, costureras, dependientas, azafatas, enfermeras-, gente de todos los ambientes sociales y de más de 80 países. Como los demás miembros del Opus Dei, se esfuerzan por vivir con espíritu cristiano su trabajo profesional, ése constituye su primer apostolado. A la vez, y con ese mismo móvil, contribuyen a la solución de tantas necesidades humanas, promoviendo iniciativas asistenciales y educativas en el mundo entero. Cuando Dolores Fisac conoció el Opus Dei todo eso parecía un sueño lejano.

PRIMEROS CONTACTOS

-¿Cuándo conoció usted al Fundador del Opus Dei?

-Oí hablar de Mons. Escrivá de Balaguer el día 22 de septiembre de 1935. Iban a hacerme una operación quirúrgica y un hermano mío me dijo: no tengas miedo porque va a celebrar la Misa por ti un sacerdote, el Fundador del Opus Dei. No te pasará nada. Esa fue mi primera referencia de la Obra.

Pero no le conocí directamente hasta terminada la guerra, el día 19 de abril de 1939. Mons. Escrivá de Balaguer hizo un

viaje a Daimiel, donde yo vivía con mis padres. Recuerdo vivamente aquella conversación: me ayudó a mejorar mi vida de piedad y me dio unos consejos espirituales que me llenaron de paz.

Cuando en diciembre de ese mismo año, con ocasión de un viaje a Madrid, volví a verle, me explicó el Opus Dei a grandes rasgos. Tenía una total confianza en Dios y sólo le preocupaba la salvación de las almas. Me habló de la necesidad de difundir, entre la gente corriente, el empeño por alcanzar la plenitud de la vida cristiana, en el propio trabajo, en la familia, en la vida social. Resultaba nuevo eso de poder llegar a santo sin salir del propio ambiente.

-¿Imaginó entonces la expansión que iba a tener el Opus Dei?

-El Fundador se refirió ya entonces a la expansión de la Obra; por aquella época estaba preparando los comienzos de la labor apostólica en otros países de Europa, y me habló de numerosas iniciativas apostólicas que, por voluntad de Dios, saldrían adelante. Veía el Padre granjas-escuelas para campesinas, centros de formación profesional, dispensarios, colegios, residencias universitarias…, promovidos por mujeres del Opus Dei en el mundo entero. Pero, sobre todo, describía las innumerables posibilidades apostólicas que ofrecería la presencia de la mujer en tantos campos profesionales, en aquella época aún lejanos, al mismo tiempo que abría nuevas perspectivas al trabajo del hogar.

SIN EXPLICACIÓN HUMANA

-Muy pocas personas conocían entonces el Opus Dei… ¿Qué le movió a embarcarse en una aventura semejante?

-La vocación a la Obra no tiene explicación humana. He experimentado realmente lo que Mons. Escrivá repetía como un “ritornello”: la llamada de Dios es algo sobrenatural. “Dios se vale de lo más inútil para lo más grande”, le oí decir en una ocasión. “Los cuadros admirables que pintó Velázquez no los pintó con alas de ángeles, sino con un palo con pelos en la punta”. La verdad es que, aunque todo aquello me resultaba muy atractivo y yo lo veía como un proyecto de vida que valía la pena, me asusté un poco: me sentía incapaz de estar a la altura de las circunstancias. Pero el Padre me quitó la inseguridad: la Obra saldría adelante, no con sabios, o con genios, sino con personas escogidas por Dios con la vocación peculiar que El concedía.

-¿Había algo en el Fundador que le llamara especialmente la atención?

-Lo que más me impresionó del Padre fue el hecho de que no hablara nunca en nombre propio: era consciente de que el Opus Dei no era cosa suya, tenía una misión recibida de Dios. Recuerdo haberle oído contar cómo comenzó el Opus Dei entre las mujeres: “No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres -comentó-. Pero aquel 14 de febrero de 1930 el Señor me hizo que sintiera -después de la Comunión en la Misa- lo que experimenta un padre que ya no espera otro hijo, cuando Dios se lo manda”.

-¿Qué piensa ahora, al contemplar la expansión del Opus Dei?

-Han pasado los años y he podido darme cuenta, al menos en parte, de lo que significa haber vivido la época fundacional. Mons. Escrivá de Balaguer nos lo decía: “Todavía no os hacéis cargo del amor que Dios ha derrochado en cada uno de nosotros, llamándonos de los primeros. Cuando pasen treinta años, echaréis la mirada atrás y os pasmaréis. Y no tendréis más que acabar la vida agradeciendo”. Desde el primer momento estuve segura de que aquel panorama apostólico se realizaría, por la gracia de Dios, pero a largo plazo. No sospeché entonces que, en pocos años, iba a conocer personas de la Obra de países tan distintos. Es imposible explicar la expansión del Opus Dei con razones humanas.

María José VILAR




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