Los refugios de san Josemaría en la Guerra Civil

El 19 de julio de 1936, día en que se produjo la insurrección militar, fue para Escrivá el comienzo de una serie de penalidades. Desde aquel día fue buscando refugio en casa de amigos y conocidos, con el peligro de ser detenido –tanto él como los que le acogían- por su condición de sacerdote. Esa detención llevaba aparejada habitualmente la pena de muerte. El 14 de agosto, tras los incendios de las iglesias y los asesinatos de miles de sacerdotes, declaró el Papa Pío XI: “Se diría que un plan satánico ha reavivado, en nuestra vecina España, y de forma cada vez más viva, un incendio de odio y de persecución abiertamente declarado, que parece dirigido hacia la Iglesia y la religión católica”.

El Fundador tuvo que refugiarse en los lugares más insospechados: desde una clínica psiquiátrica, en la que tuvo que hacerse pasar por enfermo mental, hasta una legación extranjera, como la de Honduras. Cuando llegaban a la Legación las noticias de las victorias bélicas de las tropas nacionales los refugiados solían prorrumpir en grandes manifestaciones de júbilo. Pero Escrivá no participaba en ellas: no olvidaba en ningún momento a los que fallecían en la contienda, fueran del signo que fueran; y se le oía decir en voz baja: “Es horrible, es una tragedia”. Durante ese tiempo rezó intensamente y ofreció duras penitencias pidiéndole a Dios el don de la paz.

Ofrecemos un mapa con los lugares en los que San Josemaría se refugió durante la Guerra Civil.

La persecución religiosa

En Encontrarás dragones se muestran imágenes de la persecución religiosa. En una escena de la película se ve como Cox (Josemaria) tiene que retirar precipitadamente el Santísimo ante la llegada de unas masas que destrozan e incendian la iglesia.

Pero ¿qué le sucedió a San Josemaría en realidad?

San Josemaría Escrivá ante la persecución religiosa, antes y durante la guerra civil española:

1931:

El 11 de mayo de 1931, durante la quema de conventos e iglesias de Madrid, temiendo que asaltaran la iglesia del Patronato de Enfermos, San Josemaría trasladó el Santísimo a casa de unos conocidos, los Romeo.

Dos días después,ante el peligro de que las masas incendiasen el edificio del Patronato, donde residía con su familia, se mudó con su madre y sus hermanos a una vivienda en una calle cercana, en la calle Viriato, nº 22.

Desde el 8 de noviembre de 1931 comenzó a acudir a diversos hospitales de Madrid para atender enfermos: el  Hospital General y el de la Princesa, entre otros.  En muchos de esos hospitales reinaba un clima fuertemente anticlerical, por lo que la presencia de un sacerdote no era siempre bien recibida.

Evocaba Tomás Canales, médico del Hospital de la Princesa: “en todas las salas que entraba eran enfermos contagiosos, y más de una vez se le avisó del peligro que corría en el trato con los enfermos, y siempre contestaba, con simpatía y sonriente, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades”.

José Ramón Herrero Fontana le acompañó en algunas visitas a enfermos en el Hospital General: “Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

1936:

Desde junio de 1936 San Josemaría residía en la Residencia DYA, en la calle Ferraz, nº 16. Allí le sorprendió la insurrección militar del 18 de julio y el asalto al Cuartel de la Montaña, que estaba muy próximo. Estuvo unos días esperando el desarrollo de los acontecimientos, sin salir de casa, hasta que el 21 de julio se refugió en el domicilio de su madre, en la calle Rey Francisco, nº 3.
Al mismo tiempo que se desencadenaba el conflicto, se agudizó en el país la persecución religiosa. Cientos de sacerdotes fueron asesinados durante esos días sólo por el hecho de serlo. Eso hizo que ante los continuos registros en la casa de Rey Francisco, el 8 de agosto se viese obligado a abandonar el domicilio materno y comenzase un largo recorrido por  diversos lugares de Madrid, de refugio en refugio.

Eso era muy peligroso, tanto para él como para las personas que le acogían, que sabían que el simple hecho de albergar a un sacerdote en casa les podía llevar a la muerte.
Pasó la noche del 8 de agosto en una pensión en la calle Menéndez Pelayo, nº 13.
Fue luego al domicilio de los Sáinz de los Terreros, en la calle Sagasta donde estuvo desde el día 9 al 30 de agosto.
El 1 de septiembre le acogieron en su casa por unos días los Herrero Fontana.
El 4 de septiembre pasó a casa de Álvaro González, en la calle Caracas, nº 15. Permaneció allí la noche del 4 al 5 de septiembre.


El 5 de septiembre
se trasladó a la calle Serrano, nº 39, junto con Álvaro del Portillo, que estaba refugiado también en aquel lugar. Estuvo allí durante el resto del mes de septiembre.

Casa de los Herrero Fontana, en la Calle de Herradores

El 2 de octubre, ante el temor de nuevos registros, tuvo que dejar ese refugio de la calle Serrano, y alojarse de nuevo en el domicilio de los Herrero Fontana, en la calle de Herradores, cerca de la plaza Mayor.

Pero tampoco era lugar seguro, y eso hizo que eldía 3  de octubre se fuese a casa de un conocido, Eugenio Sellés, en la calle Maestro Chapí. Estuvo allí tres días, hasta el 6 de octubre.

El 6 de octubre regresó de nuevo al domicilio de los Herrero Fontana, y al día siguiente, 7 de octubre, logró refugiarse en la Clínica del Doctor Suils, en la calle Arturo Soria.

1937:

Estuvo en la Clínica del doctor Suils unos cinco meses y medio, desde el 7 de octubre de 1936 hasta el 14 de marzo de 1937, día en que pudo trasladarse a un nuevo refugio: La Legación de Honduras, en el Paseo de la Castellana nº 53, junto a la Plaza de Castelar.
En la Legación su cuerpo acusó de tal manera el peso de tantos sufrimientos —llevaba muchos meses de hambres, tensiones continuas y peligros de muerte— que cuando fue a verle su madre no le reconoció a primera vista por lo delgado, demacrado y agotado que se encontraba.

Uno de los refugiados de esa Legación, Luis Rodríguez-Candela, recuerda su actitud en aquellos tiempos de ansiedad y terror. “Era asombrosa su ecuanimidad para enjuiciar unos hechos que por su gravedad afectaban enormemente a todos”. Y añade: “Nunca se pronunció con odios ni con rencor enjuiciando a nadie (…). Le dolía lo que estaba sucediendo (…). Y cuando los demás celebrábamos victorias, don Josemaría permanecía callado”.

A finales de agosto en la Legación le proporcionaron una documentación que le permitía cierta libertad de movimientos se alojó en una pensión de la calle Ayala, hasta que el 7 de octubre abandonó Madrid,camino de Barcelona, por Valencia.

El 19 de noviembre salió hacia el Pirineo y realizó una travesía a pie a través de las montañas que le llevó hasta Andorra, a donde llegó el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas.
El 12 de diciembre llegó a San Sebastián. Pasó el resto del mes y las navidades en Pamplona.

1938:

A partir de enero fijó su residencia en Burgos, desde donde -a pesar de la precaria condición física en que ha quedado tras los largos meses de duras privaciones- viajó por los lugares más diversos para continuar el trabajo apostólico con todo tipo de personas que la guerra había dificultado.

1939:

A su vuelta a Madrid, desde el 29 de marzo hasta el 15 de julio de 1939 residió en la casa rectoral de Santa Isabel. De allí pasó a la Residencia de Jenner, continuadora de DYA.

Fuente: www.therebedragons.tk




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