La figura polifacética del Fundador del Opus Dei

EL NORTE DE CASTILLA, Jueves, 9 de enero de 1992, España

Actualidad eclesial del mensaje de José María Escrivá

Por el P. AMBROGIO ESZER, O.P.

(Relator general de la Congregación para las Causas de los Santos)

La figura de José María Escrivá de Balaguer, polifacética y al mismo tiempo extraordinariamente compacta, suscita un considerable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parecen ya demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la “viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia”, como escribió el Papa Pablo VI. La inspiración de monseñor Escrivá de Balaguer se proyecta sobre un horizonte que trasciende las vicisitudes del tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos elementos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la experiencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra la forma. concreta e histórica en que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente marcado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros años treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que se quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anticlerical, de la persecución violenta contra la Iglesia, de la revuelta anarquista. En los años sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extremismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de “laicización” de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada. La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial: “estas crisis mundiales son crisis dé santos”. Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. Cristo es colocado “en la cumbre de todas las actividades humanas”; la vida de los hombres y la entera sociedad, impregnadas de una tensión hacía Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá reaviva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

Desde el punto de vista eclesial, José María Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tradicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían intentado superar ese impasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cristocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Su enseñanza consigue siempre ser eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus reales dimensiones, que ciertamente son vastísimas. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier estado y condición, a la unión total e íntima con Dios, transmitiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho conscientes de la llamada a ganar a otros para Cristo. Detrás de esta fecundidad; que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir, sin titubeos, encendido hacía todos sus representantes, comenzando por el Vicario de Cristo.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de monseñor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían “sentir”, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se descubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don particularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filiación divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, trasparencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singularmente atractiva su figura. Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la causa de canonización de José María Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto.




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