La «estrategia» del Opus Dei

EL MUNDO, JUEVES 14 DE MAYO DE 1992, Madrid, España

DOCUMENTOS / ESCRIVÁ DE BALAGUER

La «estrategia» del Opus Dei

Por PEDRO RODRÍGUEZ / Director del Departamento de Eclesiología de la Universidad de Navarra

Al pedirme EL MUNDO unos folios sobre la universalidad del Opus Dei, vino a mi mente la batalla histórica de Agustín de Hipona, que hizo célebre el concepto de catolicidad o universalidad de la Iglesia. Y es que el Opus Dei, como decía su Fundador, es una «partecica» de la Iglesia, que refleja en su espíritu -y, con la ayuda de Dios, querría que también en su praxis- las dimensiones fundamentales de lo católico (en el sentido originario y no sólo confesional de la palabra).

Agustín llamaba a la Iglesia sencillamente la «Católica», porque en contraste con los grupos heréticos, que eran siempre localistas u raciales -excluyentes-, estaba extendida por todo el universo en una gran comunión de Iglesias, que representaban lenguas, razas y culturas diferentes. Dialécticamente le interesaba a San Agustín subrayar el aspecto «geográfico» de esa universalidad, pero no se le ocultaba que el soporte profundo de la «extensión» católica de la Iglesia era esta otra dimensión, que podríamos llamar catolicidad u universalidad inmanente o «intensiva», en virtud de la cual la Iglesia de Cristo era ya «católica» cuando sus miembros eran aquel puñado de hombres y mujeres israelitas que esperaban en Jerusalén la «fuerza de lo Alto».

El Opus Dei es hoy una realidad universal en el sentido geográfico, «y esto es público y notorio», como dirían nuestros antiguos escribanos. Pero no todos consiguen dar una razón cabal del fenómeno. Ante la constatación de esa universalidad, hay quienes se preguntan por una «estrategia mundial» del Opus Dei, hecha desde cálculos humanos, y las respuestas han sido dispares e incluso disparatadas.

RESULTADO HISTÓRICO.- Sólo desde un horizonte adecuado de comprensión se logra advertir que esa extensión universal no es algo accidental o «estudiado», sino precisamente resultado histórico del espíritu del Opus Dei, que porta en su seno, desde su origen, una connatural universalidad. Cosa que, por lo demás, el Opus Dei comparte con todas las auténticas realizaciones históricas del Evangelio. En aquellos ya lejanos años 30, el Fundador del Opus Dei y su pequeño grupo de seguidores hablaban de la «catolicidad» de su tarea como de algo obvio… y la Obra entonces apenas trascendía las calles de Madrid. Podríamos decir que aquella convicción de la universalidad geográfica (futura) del Opus Dei brotaba de la captación (presente) de la universalidad radical de la misión apostólica que Dios les había encomendado.

En ese sentido, esa universalidad material que hoy vemos -desde Suecia al Zaire, desde California a Taiwan- estaba a priori decidida por el Espíritu de Dios al suscitar el Opus Dei en el seno de la Iglesia. Dicho de otro modo: la cuestión de la universalidad del Opus Dei, si se quiere ir al fondo de la misma, se reconduce en realidad a la cuestión acerca de su espíritu y su mensaje. Sólo allí se puede captar la fuerza expansiva de esta Institución de la Iglesia Católica.

Una palabra, pues, acerca de lo que he llamado universalidad radical de la misión apostólica del Opus Dei. Lo que el Fundador del Opus Dei vio con una claridad sobrenatural el 2 de octubre de 1928 es que Dios estaba llamando a la santidad y al apostolado a todos los cristianos, no sólo a unos pocos privilegiados; vio que en realidad todos teníamos el privilegio del Bautismo, desde el que se nos ofrece la más plena intimidad con Dios -eso es la santidad-, a la vez que, de manera inseparable, nos compromete a llevar adelante la misión evangelizadora de la Iglesia. Este panorama, que el Concilio Vaticano II proclamaría bajo el nombre «llamada universal a la santidad», tiene en el espíritu del Opus Dei un subrayado constante y esencial: para el cristiano corriente la llamada y la misión acontecen a través del trabajo ordinario, que pasa a ser dimensión interna de la existencia cristiana. Bajo este prisma contempla Josemaría Escrivá el patrimonio del Evangelio y la tradición de la fe.

Con esta pequeña palabra, “trabajo”, de tan profundas connotaciones antropológicas y teológicas, Escrivá de Balaguer quería abarcar, desde su núcleo, la polivalente y dinámica realidad de la actividad terrena, civil, secular, en la que viven los cristianos junto con los demás hombres. Ya se ve que es aquí donde hunde sus raíces la universalidad del Opus Dei. La propuesta espiritual del nuevo Beato se dirige a todo cristiano -hombre o mujer- que esté empeñado en una tarea civil honesta y limpia, para anunciarle (o recordarle) que allí y desde allí puede tener ese encuentro con Cristo que lleva a la vida eterna. Puede que se trate de un estudiante alemán, de una enfermera mexicana, de un ingeniero japonés o de un ama de casa española. Puede que sea una persona joven, o un anciano o un enfermo. Nada de esto tiene especial relieve. Cada uno, al ser llamado por Dios, arrastra su propia historia, hecha de ilusiones y fracasos, de pecado y de gracia, que ahora se abre, en la «obediencia a la fe», al Dios que invoca nuestra libertad. Al llamar a los hombres a la santidad en medio del trabajo humano -esto está en el fondo de la catolicidad de la Obra-, Dios ha pronunciado un «sí» a la historia humana como camino de salvación. Es algo parecido a esa tesis, repetida una y otra vez por Juan Pablo II: «El hombre es el camino de la Iglesia».

Desde este núcleo de catolicidad, Josemaría Escrivá de Balaguer proponía su «estrategia» apostólica: «Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres «suyos» en cada actividad humana. Después… «pax Christi in regno Christi» (la paz de Cristo en el reino de Cristo)» (Camino, 301). Contemplaba la historia el nuevo Beato desde esa voluntad de Dios, que quiere ese puñado de hombres entregados y fieles en cada actividad humana.

Todo se decide, viene a decirnos, en la fidelidad de los que han recibido la vocación de Dios. La novedad es que ahora eso no se juega sólo en el yermo o en el templo, sino en el seno mismo de las tareas civiles y de las muchedumbres. A eso entregó Escrivá de Balaguer su vida. Es, en la óptica de la secularidad, la dialéctica misma del Evangelio: los «pocos» -los que han recibido la gracia de la fe- deben entregarse en favor de los «muchos», para que también sean llamados. Y esto, porque «Uno» se ha entregado por «todos»…

La tarea de esos hombres, radicalmente, es la misma en Francia; en América Central o en Nigeria. Consiste, según Josemaría Escrivá, en «meter el fermento cristiano en las estructuras y ambientes de vuestro trabajo», difundiendo en ellos «el genuino espíritu del Evangelio, espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente ajeno al fanatismo»; es «trabajar -con plena autonomía; del modo que les parezca mejor- para borrar las incomprensiones y las intolerancias entre los hombres y para que la sociedad sea más justa»; es «no desanimarse cuando se comprueba que los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero -no pocas veces- son desmentidos con los hechos»; es una lucha constante para que se «respete la dignidad y libertad con que Dios ha creado a la persona humana, y la peculiar dignidad sobrenatural que el cristiano recibe con el Bautismo»; sabiendo, por otra parte, que «los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones».

FE PROFUNDA.- Los santos siempre parecieron soñadores. En realidad son oteadores del futuro con un algo de profetas. Por eso en su mirar, que parece utópico, tienden a fundirse los planos de la historia y de la escatología. También le ocurría esto a Escrivá de Balaguer. Su fe profunda movilizaba a la esperanza, que se expresaba en esa dinámica: hombres y mujeres fieles a Dios, santos, y después, la paz de Cristo… Después, ciertamente, pero ¿cuándo? Este punto de Camino siempre me trae a la memoria la hermosa palabra bíblica, que fue el lema de la gran Asamblea Ecuménica de Basilea: «La justicia y la paz se besan…» (Salmo, 84,11). El más profundo ideal del corazón humano. Pero ¿cuándo será ese abrazo? La respuesta de la fe es clara. Al final de la historia, cuando la muerte sea vencida y Dios sea todo en todos. Pero el cristiano, que sabe que en Cristo se ha dado ya lo definitivo, no espera la consumación pasivamente sino desde la esperanza, que es esencialmente activa y luchadora. Por eso Escrivá de Balaguer invitaba a los que le seguían a la entrega, que es identificarse con Cristo, para ser, al menos -dijo muchas veces-, «sembradores de paz y de alegría».