Josemaría Escrivá, un aragonés universal

Fuente: Diario 16, Zaragoza, España, Sábado 16 de mayo-92

Por José María Mur, presidente del Partido Aragonés.

MAÑANA domingo día 17 tendrá lugar en Roma un acontecimiento excepcional. Un sacerdote aragonés, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, será beatificado. El acontecimiento, que ha despertado gran interés en especial entre los católicos, llena estos días los medios de comunicación, no faltando el debate, la pluralidad de opiniones e incluso la polémica. Eso es lógico cuando se quiere interpretar con el apasionamiento de la cercanía, algo que a no dudar, trascenderá a esta generación.

Visto desde Aragón, esta tierra que periódicamente ofrece al mundo personajes universales y singulares, el acontecimiento debe llenarnos de legítimo orgullo, por encima y con respeto a las creencias de cada uno.

Que un aragonés que siempre pregonó su noble condición de barbastrense recorra el camino hacía la Santidad, por medio de una obra que intenta revalorizar hasta la santificación el trabajo cotidiano de los laicos, es algo difícilmente comprensible para una sociedad que, como la actual, basa sus ideales en otras metas ajenas al sacrificio, al trabajo bien hecho y a la espiritualidad, y que espera reconocimiento inmediato y en especie de sus comportamientos.

Monseñor Escrivá fue una persona de nuestro tiempo. Nació en Barbastro, estudió en la Facultad de Derecho y en el Seminario de Zaragoza y ejerció por primera vez como sacerdote en Perdiguera. Durante su intensa vida hizo gala de muchos comportamientos que se atribuyen al carácter de los aragoneses. El primero de ellos es la universalidad de su obra, que ha llegado a los más alejados países del mundo, prueba de su amplitud de miras y horizontes. El segundo, su amor a la libertad, algo consustancial al ser aragonés. “Soy amigo de la libertad porque es un don de Dios y un derecho de la persona humana” solía decir en sus didácticos encuentros.

Conceptos como la amistad, la alegría, el afecto, formaban parte de su vida diaria en la que enseñaba el valor del tiempo y la manera de aprovecharlo. Esa tozudez aragonesa, que no es otra cosa que la necesaria constancia y tesón para llevar a cabo la ingente obra que nos ha dejado, también en los libros, dada su costumbre de transmitir sus ideas por escrito, ha hecho posible algo que parece excesivo para una sola persona.

Por eso, el milagro cotidiano de su vida fue el preparar e ilusionar a tantas personas que cada día nos dan el testimonio de su compromiso en el trabajo ordinario, pensando en sus semejantes en un mundo cada día más individualista e insolidario.

Para reforzar el mensaje permanente de su obra quiso que fuera en Aragón donde se construyera ese centro de peregrinación mariana en Torreciudad, que tantos beneficios y no sólo espirituales reportará a esta tierra. El gran amor y profunda esperanza que tenía en ese santuario se refleja en las palabras que pronunció en Barbastro el día 25 de mayo de 1975, un mes antes de su muerte, con motivo de recibir la medalla de oro de la ciudad, cuando dijo: “no puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño de Torreciudad”, explicando claramente que toda obra importante es un trabajo activo.