>Jesucristo en el Cine

>Descubrí, mientras escribía los capítulos del libro, que los filmes sobre Jesús no fueron “uno más” para sus directores o para sus actores. Unos y otros se sintieron comprometidos en esos proyectos…
Alfonso Méndiz

Siempre me ha gustado el cine, desde pequeño. Recuerdo perfectamente que, cuando tenía ocho o diez años, un sábado al mes mi madre nos llevaba a todos los hermanos a una “sesión continua” donde disfrutábamos muchísimo; y, si la película nos gustaba, la veíamos por segunda vez.
Con el tiempo, me dediqué a la docencia en Comunicación Audiovisual. Primero estudié Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra, después hice el Doctorado en Comunicación Pública y finalmente realicé un post-grado de Producción Cinematográfica en la Universidad de California – Los Angeles (UCLA).
En mis primeros años di clases sobre Narrativa Audiovisual y Guión Cinematográfico. Más tarde gané una plaza en la Universidad de Málaga y compaginé esa docencia con asignaturas relativas a Publicidad. Antes y después publiqué varios artículos y un par de libros sobre el proceso de creación cinematográfica: trataba de explicar cómo se habían hecho las grandes películas, desde el guión literario al lanzamiento internacional.

En esa doble tarea –docente e investigadora–, tenía muy presente algo que san Josemaría repitió muchas veces: los cristianos tenemos que poner a Cristo en la cumbre de nuestra actividad profesional. Como miembro de la Obra, le había dado muchas vueltas a esa frase: entendía que eso debía impulsarme a preparar muy bien mis clases, a ofrecérselas a Dios y a convertirlas en ocasión de santidad personal y de apostolado con alumnos y compañeros. Ahí es donde debía buscar a Jesús: en lo más alto de mi vida profesional. Pero un día descubrí que “poner Cristo en la cumbre” podía significar también, para mí, escribir un libro sobre “Jesucristo en el cine”. No era algo “exigido” por mi vocación, pero sí algo posible; y, en los momentos actuales, también algo muy conveniente.
Por una parte, resultaba claro que la figura de Cristo había interesado siempre en el cine. Se han hecho más de 150 películas sobre su vida, y muchas de ellas han pasado a la historia del Séptimo Arte; sin duda, es el personaje más veces llevado a la pantalla. Por otra, era evidente que, en los últimos años, había crecido en el mundo cinematográfico el interés por Jesucristo: junto a películas que han tratado de desfigurar su imagen, otras muchas han influido positivamente en las audiencias. Un conocido filme sobre la pasión, por ejemplo, rodado con mediano presupuesto y en dos lenguas muertas (latín y arameo), había llegado a ser un grandísimo éxito en taquilla y había hecho que volvieran a las salas de exhibición muchas personas que habían dejado de ir a los cines; por primera vez encontraban una historia que les decía algo: la propia historia de Jesucristo.
Así pues, me decidí a escribir el libro, y durante dos años me documenté y entrevisté a algunos cineastas y productores. Mientras iba redactando los capítulos, tenía en mente un consejo que frecuentemente daba San Josemaría (fundador del Opus Dei): “Para acercarse al Señor a través de las páginas del Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más” (Amigos de Dios, 222). Siempre me había resultado útil esta forma de hacer oración, pero ahora esta perspectiva me ayudaba a enfocar el acercamiento a la vida del Señor que cada película ofrece al espectador.

Por otra parte, el propio Fundador del Opus Dei recurría a la imagen del cine cuando hablaba de este modo de orar. “En los primeros años de mi labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película (…). Porque no se trata sólo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos de lleno en ellas, ser actores” (Es Cristo que pasa, 107).
Esta forma de tratar a Dios no era enteramente nueva. De hecho, me alegró descubrir, con el paso del tiempo, que ese mismo consejo lo había plasmado ya Santa Teresa en el libro de su Vida: “Tenía este modo de oración: que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí” (capítulo 9, 4).
Esto me hizo ver que Jesús podía hablar a muchas personas a través de esas películas. Para muchos que no tienen tiempo u ocasión de leer los Evangelios, las escenas de la vida del Señor –muy especialmente, las que se refieren a la Pasión– podían hacerles descubrir el inmenso amor de Dios por todos los hombres y la deuda de gratitud que hemos contraído con la Encarnación.

También descubrí, mientras escribía los capítulos del libro, que los filmes sobre Jesús no fueron “uno más” para sus directores o para sus actores. Unos y otros se sintieron comprometidos en esos proyectos, porque en ellos les iba la vida, en ellos manifestaban sus creencias o su verdad más profunda. Jesús de Nazaret, El hombre que hacía milagros, La pasión de Cristo… Cada una de esas historias marcó muy profundamente a los directores que las hicieron; y, en lo que respecta a los actores, con frecuencia fue su interpretación más lograda, aquella por la que son actualmente recordados.
Cuando el libro salió a la calle, muchos me escribieron para decirme que en esas páginas habían descubierto un modo nuevo de aproximarse a los Evangelios. Aquello me alegró, pues comprobé, una vez más, que el Señor les hablaba también a través de las películas. En las presentaciones del libro que hubo en diversas ciudades, la experiencia que me transmitían los lectores iba en esa misma dirección.
Animado por eso, y también porque en los dos años de preparación había reunido más material del que cabía en el libro, me decidí a iniciar un blog sobre “Jesucristo en el cine”, en el que mucha gente se ha animado a participar. Así, a propósito de un artículo sobre la Cruz, una persona comentó cómo veía reflejado en ese relato la dolorosa enfermedad de su mujer, o un seminarista escribía para decir que había hallado consuelo en esas palabras. Otro descubría la dimensión humana de Jesús, que además de ser Dios es hombre y espera nuestra amistad. Y otro, en fin, veía de modo nuevo la presencia de Jesús en nuestras vidas y, sobre todo, en su familia.
Sin haberlo previsto, esa página me ha abierto un magnífico cauce de comunicación con los lectores y una forma nueva de dar a conocer la vida de Cristo: precisamente a través del cine, de aquella afición que había comenzado en mí cuando era todavía un niño.
Al mirar toda esta historia con cierta perspectiva, me parece que este libro ha supuesto un antes y un después en mi tarea investigadora. De los doce volúmenes que llevo publicados, ninguno es tan personal y tan definitivo como éste. Como en la experiencia de los cineastas, es también una obra que me ha marcado profundamente: el libro –por encima de cualquier otro– por el que me gustaría ser recordado.




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