Escrivá de Balaguer, por Mercedes Salisachs

Mercedes Salisachs, Escritora, La Vanguardia (Barcelona), 17.3.92

La Vanguardia, Barcelona, España

“Escrivá de Balaguer”

Por MERCEDES SALISACHS

Nunca tuve la ocasión de ver personalmente a monseñor José María Escrivá de Balaguer; al menos jamás departí con él ni intercambié opiniones por escrito.

Pero mentiría si afirmara que no lo conozco. No sólo se sabe cómo son los seres humanos hablando con ellos, sino leyendo sus obras. Y es inútil negar que su personalidad, recia, sólida y espiritual, ha quedado bien patente en las páginas de “Camino”, “Surco” y “Forja”, que son los libros que yo he leído.

Por eso me produce asombro y amargura comprobar cuánta frivolidad se ha manifestado en la mayoría de las críticas adversas que se han difundido a raíz de hacerse pública la intención del Santo Padre de beatificarlo y proclamarlo ejemplo de cristianos entre los que siguen sus enseñanzas.

En algunos adversarios esa frivolidad ha llegado a grados tan altos como para censurar, al próximo beato, su afán de poder cuando, en realidad, su único afán iba encaminado exclusivamente al bienestar de las almas.

Por eso yo me pregunto: ¿han leído sus obras los que lo censuran? ¿Es posible que hayan paladeado su sabor? ¿Han captado sus mensajes? ¿Han analizado su trascendental deseo de justicia, de paz y de concordia? No lo creo. De lo contrario, nada de lo que le achacan tendría sentido.

Basta repasar cualquier pasaje de esas tres obras fundamentales para comprender que el hecho de escribirlas presupone mucho más que ser frívolo, mundano, egoísta o soberbio.

Por lo contrario, todas sus frases rezuman una espiritualidad, no sólo irreductible, sino continuada. Y ello no podría mantenerse sin una sólida santidad, una abnegación a prueba de bomba y un talante religioso férreo muy por encima de cualquier minucia que el simple ojo humano pudiera detectar.

Todos somos vulnerables; nadie es perfecto (especialmente para los contemporáneos que nos fiscalizan) y cualquier pequeñez puede convertir al ser más perfecto en reo defectuoso para los que juzgan con ojos puramente profanos sólo una pequeña parte de nuestras actitudes.

Pero, en el caso que nos ocupa, es indudable que, por encima de todas ellas, existe algo más: capacidad de entrega, lucha cotidiana e incansable contra los errores espirituales y esfuerzos heroicos para alcanzar las metas más altas de la santidad.

Y eso es lo que de un modo admirable (aunque no descarto los posibles fallos esporádicos de todo ser humano) y siempre con la esperanza puesta en el deseo de glorificar más y más a Dios, hizo ese siervo de Cristo que tanta paz de espíritu concedió a las miles de personas que vivían tibiamente sus enseñanzas religiosas o simplemente las ignoraban.

¿No bastaría esa circunstancia para merecer el titulo de santo?

De ahí que yo me sume sin dobleces, y con mi más profundo agradecimiento, a la decisión del Santo Padre, aunque jamás haya pertenecido al Opus Dei.

MERCEDES SALISACHS, escritora.




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