El "milagro", audacia de la iglesia

La Región , 21.VII.91, España

Por PEDRO RODRÍGUEZ (*)

El “milagro”, audacia de la iglesia

Hace poco más de un año la Congregación para las Causas de los Santos proclamaban las “virtudes heroicas” de monseñor José María Escrivá de Balaguer, se expresaba allí que vivió una vida santa. El 6 de julio se hacía público el Decreto de la Santa Sede que declaraba probado un milagro atribuido a la intercesión del fundador del Opus Dei. Todos los españoles pudimos ver en la pequeña pantalla con qué sencillez una religiosa contaba cómo en aquella habitación, en aquel lecho, de la noche a la mañana otra religiosa de aquel convento de El Escorial quedaba enteramente curada de una grave y progresiva invasión tumoral. Una comisión de expertos en medicina, primero; otra de teólogos, después; y finalmente, la plenaria de Cardenales en presencia del Santo Padre aseguraban que aquella curación carecía de toda explicación humana posible; lo que técnicamente se llama un “milagro”, es decir, una intervención directa, señorial, manifiesta de Dios en la historia pequeña o grande de la humanidad. Dios que “interfiere” los procesos controlables de la vida cotidiana del hombre.

Los medios de comunicación han dado un relieve fuera de lo común a esta noticia. El hábito, tan extendido, de interpretar los acontecimientos de la vida de la Iglesia en clave sociopolítica, me pareció como si de pronto, se resquebrajara oyendo aquella sencilla narración. Parecía el Evangelio. Era como una caricia de Dios por intercesión de José María Escrivá, que nos situaba, por contragolpe, en el nivel sobrehumano del hombre. Porque Dios es lo sobrehumano del hombre. Es cierto, estamos empeñados en “reducir” al hombre y resulta que los hombres y las mujeres hemos sido llamados a ser más que hombres, a ser “conciudadanos de los santos y familiares de Dios”. El evangelista Juan, al cabo de los años, no salía de su asombro: “Fijaos qué amor tan grande ha tenido con nosotros el Padre: que nos llamemos hijos de Dios; y que lo seamos!”

El empeño de la Iglesia en exigir que haya “milagros” para que un cristiano pueda llegar a los altares y ser declarado “santo”, muestra, entre otras cosas, el horizonte “hermenéutico” en el que se mueve la vida de la Iglesia. Para entender su misión y su vida, su estructura y sus fines, sus instituciones y sus tareas, son insuficientes los recursos que son válidos para otros sectores de la vida humana. En medio de las miserias que los hombres “aportamos” a la vida de la Iglesia, siempre en ella campea la presencia de Dios. Por eso, al acercarse a la Iglesia, cobran nueva vigencia las palabras bíblicas que nos hablan de descalzarnos al pisar tierra sagrada…

Siempre me ha asombrado la audacia de la Iglesia. Una audacia que, para el mundo, es casi desfachatez. Ahora que se le pide por todos lados que bendiga una concepción hedonista de la sociedad; que afirme, en definitiva, la negación no ya del Evangelio, sino de la propia dignidad humana. Ahora que se la acepta sólo cuando su discurso es inteligible en términos de discurso político… Ahora resulta que la Iglesia considera como lo más natural del mundo que Dios haga milagros -que siga haciendo milagros- y los “exige” para declarar oficialmente la santidad de un cristiano. Ya hay que tener “espíritu de contradicción” dirán nuestros sabios oficiales. Pero la Iglesia no puede obrar de otro modo, porque no se apoya en sí misma, sino en Dios. Es la suya la audacia de quien sabe que todo su ser y su vivir penden de Dios mismo. Para la Iglesia, el milagro “exigido” en un proceso de beatificación es, simplemente, confesión de que la santidad del hombre es un don de Dios y que en realidad no es ella, sino Dios mismo el que debe declararla y testificarla. Por eso el milagro; un milagro que es como el resello divino de una manera de vivir y de morir que la Iglesia, previamente, ha visto que era seguimiento heroico de Jesucristo.

Por lo demás, no deja de ser interesante -a primera vista, paradójico- que Dios esté haciendo milagros a través de José María Escrivá, un hombre que puso toda la carga de su mensaje en la santificación del trabajo profesional, de la vida del hogar, de lo ordinario, de lo pequeño y de lo que parece vulgar; que dijo de sí mismo: “No soy milagrero… me sobran milagros en el Evangelio para asegurar fuertemente mi fe…” Dios, con ese milagro de El Escorial, ha bendecido un mensaje espiritual que no se expresa precisamente en hacer milagros, sino en el “milagro” de lo cotidiano, o, como él decía, en hacer endecasílabos de la prosa de cada día.

(*) Teólogo. Profesor de la Universidad de Navarra.




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