El fundador del Opus Dei

Mons. Ugo Puccini, obispo de Santa Marta (Colombia), El País (Cali, Colombia), 24.6.90

Hace quince años moría en Roma, el 26 de junio, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Había nacido el 9 de enero de 1902, y había fundado el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Desde entonces, su vida se confunde con la de su obra. Y del mismo modo que su obra debía pasar inadvertida tantos años a los ojos de los hombres, Monseñor Escrivá vive al pie de la letra su destino de ocultarse y desaparecer, para que sólo Jesús se luzca.

Este español universal, a quien Su Santidad Juan Pablo II ha hecho Venerable el pasado 9 de abril, dentro de su proceso de Beatificación, asombró al mundo. Y lo asombró precisamente porque mientras estuvo en la Tierra lo único que hizo fue cumplir la Voluntad de Dios, sin ruido y sin espectáculo, no obstante ser portador de un designio divino que fecundaría de nuevo a la Iglesia y a la sociedad. A Monseñor Escrivá se le señala claramente como el gran precursor del Concilio Vaticano II. Y es que desde 1928, cuando conoció la idea fundacional de la obra que Dios le pedía, se dedicó de lleno a su realización, con lo que hizo realidad lo que Dios quería: que todo hombre o mujer, de toda condición, edad, raza o lengua, recibiera la invitación de Cristo, que a todos los hombres nos quiere santos. Monseñor Escrivá nos repitió a todos el mandato del Apóstol: “Todo lo que hagáis…”, ya fuera de palabra o de obra, ya material o intelectual, ya en el trabajo de cada día, ya en la construcción de la propia vida, de la propia familia, de la propia sociedad a que pertenece cada uno, “hacedlo por el Amor de Dios”, hacedlo amando, hacedlo buscando que por amor a Dios salga perfecto, de comienzo a fin: en los detalles y en la totalidad.

Hoy el Opus Dei es conocido en toda la Iglesia, como parte entrañable que es de Ella, que lo ha hecho Prelatura personal, al poner en práctica por vez primera esa figura jurídica que para el incremento del apostolado de la Iglesia, instituyera el Concilio Vaticano II.

Y la fama de santidad de su Fundador, “ya ampliamente comprobada durante su vida”, como dice el texto del Decreto del Papa que reconoce la heroicidad de sus virtudes, “ha conocido después de su muerte una extensión universal, llegando a constituir en muchos países un auténtico fenómeno de piedad popular”.

Día a día lo hemos experimentado así muchas personas, que encontramos a menudo en la calle, y en los lugares más populares, y aun en otros del todo inopinados, de qué modo confiado y fervoroso, privadamente se le encomienda al Venerable Monseñor Escrivá lo más pequeño y lo más grande también, en la necesidad más acuciante, y toda necesidad: con ese afecto filial de quien acude a la ayuda de un padre amantísimo, y al tiempo, con la fe absoluta de quien deja las cosas en las manos de un intercesor muy poderoso delante de Dios.




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