«El dinero no logra hacer un santo» – D. Rafael Pérez

HERALDO DE ARAGON, España, 1 DE DICIEMBRE DE 1991

«El dinero no logra hacer un santo»

El padre Rafael Pérez ha trabajado durante quince años en procesos de beatificación y canonización

Entrevista de Manuel Garrido

Residente en Zaragoza desde hace 16 años, el agustino padre Rafael Pérez es uno de los mejores especialistas en las beatificaciones y canonizaciones, que conoce a la perfección después de que en 1960, con el Papa Juan XXIII, comenzara a trabajar dentro del Vaticano en Causas de los Santos. Este leonés de nacimiento, y aragonés de adopción, conserva a sus 91 años una vitalidad asombrosa, vive en el convento colegio de los Padres Agustinos de Zaragoza, y recuerda su participación directa durante los 15 años de trabajo en Roma en 19 beatificaciones y 14 canonizaciones. Tras su jubilación culminaron en beatificación 106 casos en los que había participado y lograron la canonización al menos 19 beatos.

El padre Rafael Pérez es un experto de reconocido prestigio mundial, conocido también por su gran capacidad de trabajo y un rigor máximo a la hora de sopesar pros y contras de los candidatos a los altares. Ha sido durante diez años promotor general de la fe, lo que antes se conocía como «abogado del diablo». Cuenta que las dificultades que presentó en los diversos procesos llenan diez grandes volúmenes. «Sin embargo -matiza-, prefiero hablar de “abogado de Dios”, ya que las objeciones que formulo, más que poner impedimentos al camino de los santos hacia los altares, pretenden otorgar credibilidad y garantías a las causas».

Entre los numerosos españoles que ha contribuido a llevar a los altares figuran varios muy vinculados a Aragón. Son los casos de Teresa de Jesús Jornet Ibars, que fundó en Barbastro las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. También ha trabajado en las causas del obispo Polanco, de la madre Rafols, fundadora de las Anas; de la madre Genoveva Torres, fundadora de las Angélicas, de especial raigambre en Zaragoza. Asimismo, ha intervenido en el proceso del hermano de La Salle Adolfo Lanzuela y en los últimos años en el del fundador del Opus Dei.

Pregunta.-Cuál es la seriedad con que se realiza el trabajo en la Congregación para las Causas de los Santos?

Respuesta.-No tiene sentido dudar de la seriedad y profesionalidad del trabajo de la congregación: se aquilata hasta la última dificultad que pueda presentarse en relación con cualquier causa. Y mientras no se resuelva, no tiene lugar el siguiente paso. Además, el personal de la congregación es muy serio y lo más competente posible.

P.-Para proceder a una beatificación o canonización, ¿qué grado de certeza es necesario obtener sobre la santidad del candidato?

R.-Una certeza moral seria, con exclusión de cualquier duda fundada. Después, Dios da su señal por medio del milagro atribuido al siervo de Dios.

P.-¿Pueden darse algún tipo de presiones a favor o en contra de una causa determinada?

R.-No se hace caso de ningún tipo de presiones. Sería casi imposible e ineficaz que las hubiera, porque en cada uno de los distintos pasos de una causa intervienen muchas personas.

P.-Por qué hay causas que van más rápidas que otras?

R.-Por dos motivos, intrínseco y extrínseco. El intrínseco se refiere a la figura del siervo de Dios, y por este motivo unas causas son más complicadas y otras más sencillas, según la calidad y la cantidad de las pruebas, tanto testigos como documentos. El segundo, el extrínseco, depende de los postuladores: una causa va adelante cuando los postuladores saben bien su trabajo y le dedican mucho tiempo, todo el que requiere cada causa, y, finalmente, la competencia técnica de los tribunales y que se hayan observado todas las normas procesales.

P.-Es tan importante el trabajo de la postulación?

R.-Ciertamente. Si unas causas van lentamente se debe a que los que las promueven no ponen un verdadero interés, o a que los postuladores llevan más causas de las que pueden. Aunque también puede ser por falta de competencia de unos u otros. Una vez que las causas han sido instruidas y entran en la congregación, se requiere un serio trabajo de la postulación para que puedan ser estudiadas por los organismos competentes. Cuando las causas ya están preparadas para ser examinadas y discutidas, siguen un justo orden cronológico en cada uno de los pasos por los que tienen que pasar en la congregación. Le pondré dos ejemplos que se dieron en España. Al comenzar mi trabajo como promotor general de la fe me encontré una causa que no tenía ni postulador -porque había fallecido- ni fondos para financiar sus gastos. Se lo comuniqué al obispo de la diócesis y, después de insistirle bastante, se consiguió que una orden religiosa se hiciese cargo de la causa y así prosperó. El otro se refiere a una causa bellísima, que puede hacer un inmenso bien. Estábamos dando aún los primeros pasos, cuando recibí una carta de sus promotores diciendo que la abandonaban. A mí me dio mucha pena y así se lo dije a los interesados: en aquel caso no era por falta de medios, sino por falta de amor a su fundador.

P.-Frecuentemente se escucha que la marcha de una causa depende de la capacidad económica de la postulación. ¿Qué hay de verdad en esto?

R.-Yo suelo decir que el dinero no conseguirá nunca hacer un santo. Sin recursos no es posible llevar una causa adelante, porque los que trabajan en ella no son ángeles. Oficiales de la congregación, traductores, consultores, abogados, médicos, impresores, etcétera, han de percibir un justo salario. Cuando se habla de esto se hace con un matiz tendencioso, muy alejado de la realidad, porque una causa de canonización cuesta mucho menos de lo que se imagina. Además, cuando hay verdadero interés por parte de los que las promueven, se obtienen los medios económicos necesarios sin gran dificultad. Recuerdo con cariño la beatificación de sor Ángela de la Cruz, fundadora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, que hizo el Papa en Sevilla en 1982. Se trataba de una de las congregaciones religiosas más pobres, pero no tuvieron dificultad para conseguir los medios necesarios. Es evidente que aquellas buenas religiosas no sacaron adelante la causa de su fundadora con dinero, sino con el amor que le tenían.

Modelos de la Iglesia

P.-Se ha dicho que es bueno dejar pasar tiempo antes de canonizar a una persona para poder juzgarle con perspectiva histórica: ¿Qué piensa de esto?

R.-No estoy de acuerdo; cuanto menos se tarde, mejor. Los santos son modelos que presenta la Iglesia a sus fieles. Es evidente que para los hombres y mujeres de nuestro tiempo no es un modelo igualmente válido una persona del siglo XII que uno de nuestros contemporáneos, cuya vida podemos conocer al detalle. Un santo de hoy es un modelo que vivió en un mundo como el nuestro, que tuvo las ocasiones de practicar el bien que tenemos nosotros, que encontró en la vida las dificultades y tentaciones que encontramos nosotros. Esta semejanza nos anima a imitarles y a invocarles con más fervor y confianza.

P.-El actual Pontífice ha beatificado y canonizado a muchas personas, hasta el punto de despertar algunas críticas. ¿Para qué sirve proclamar un santo?

R.-Hoy los santos hacen más falta que nunca. Cuantos más sean reconocidos, mejor. Los que son declarados santos por la Iglesia son, en primer lugar, una glorificación de Dios y, después, modelos para imitar e intercesores ante el Señor. Alegrémonos de que el Santo Padre celebre con frecuencia beatificaciones y canonizaciones. Estas ceremonias muestran una gran variedad de personas virtuosas, propuestas al pueblo de Dios como modelo de imitación; casi tan variadas como es la diversificación de profesiones de vida de los fieles de nuestros días. También hemos de alegrarnos por esa multiplicación de intercesores ante el Señor, que comprenden nuestras necesidades -!tan semejantes a las que padecieron en vida!- y abogan para remediarlas.

Causas españolas

P.-Después de su jubilación como promotor general de la fe en la congregación, ¿ha seguido trabajando en causas de beatificación y canonización?

R.-Sí, desde 1976 he intervenido en la instrucción de algunas causas españolas. Fui juez delegado del tribunal que instruyó el proceso de la sierva de Dios Genoveva Torres, fundadora de la congregación del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (las Angélicas), y desempeñé la misma función en el proceso sobre una curación atribuida a la sierva de Dios María Rodríguez Sopeña, fundadora del Instituto de las Damas Catequistas. De 1981 a 1984 intervine como juez delegado, en el proceso madrileño sobre las virtudes del siervo de Dios José María Escrivá de Balaguer, y de 1987 a 1990, en el del siervo de Dios Adolfo Lanzuela Martínez, de la congregación de los hermanos de La Salle. Presté también mí colaboración en varios procesos de curaciones milagrosas, como el de la madre Petra Pérez Florido, fundadora de las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña, y ayudé a la familia madrileña González Barros para iniciar la causa de canonización de su hija Alexia González Barros, de 14 años.

P.-Quién le eligió como juez para instruir la causa de monseñor Escrivá de Balaguer?

R.-El arzobispo de Madrid. Todos los procesos los preside, como juez ordinario, el obispo del lugar. Cuando llegó el momento de instruir el proceso madrileño de monseñor Escrivá de Balaguer, me nombró juez delegado -como a todas las personas que iban a intervenir- el cardenal Vicente Enrique y Tarancón que, como digo, fue el juez ordinario hasta su jubilación. Cuando el cardenal Ángel Suquía fue nombrado su sucesor, se estaba ya acabando la instrucción y consideró oportuno confirmarme en el encargo.

P.-La causa del fundador del Opus Dei ha marchado a buen paso. ¿A qué ha sido debido?

R.-En primer lugar, al relieve universal de su figura. Y, en segundo lugar, a que ha habido personas -el actor y los postuladores- que la han sabido llevar, facilitando en cada momento la documentación precisa.

P.-¿Todas las personas que manifiestan su interés en declarar en un proceso son escuchadas por el tribunal?

R-Los tribunales escuchan sólo a personas fiables. Por eso, en primer lugar se juzga que los testigos sean fidedignos. Esto supuesto, se debe oír a las personas que muestran interés; también si son adversas, ya que se les cita expresamente en el edicto que se hace público al comienzo de la causa. En cambio, no hay que llamar a los «enemigos» de la causa o del siervo de Dios, que no buscan que resplandezca la verdad, sino que únicamente desean el mal, que actúan por pasión o pretenden que se les oiga sólo para hacer daño. A los «enemigos» se les reconoce fácilmente porque refieren únicamente lo desfavorable y silencian todo lo que podría ser favorable. Para seleccionar los testigos favorables hay que hacer una selección según la intimidad del trato que han tenido con el siervo de Dios, el período de tiempo en que lo trataron u otras circunstancias, hasta conseguir una buena documentación de toda su vida.

P.-¿Cuántos testigos declararon en la causa de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Cuántos de ellos eran del Opus Dei?

R.-En el proceso madrileño se recogieron las declaraciones de 66 testigos, de los cuales 30 eran fieles de la prelatura y 9 habían sido miembros del Opus Dei durante algún tiempo. Todos éstos testigos conocieron y trataron a monseñor Escrivá en diferentes periodos de su vida. En el proceso romano se oyeron a unos treinta testigos más.

P.-¿Los testigos hablaban de lo que conocían?

R.-Todos, tanto favorables como contrarios, eran testigos directos, oculares, y declararon de lo que habían visto, aunque también referían lo oído o leído. Además, su testimonio cubre toda la vida de monseñor Escrivá. Escuchar a más testigos sólo hubiera dado lugar a repeticiones de lo ya sabido. De todas maneras, en la instrucción de un proceso de canonización se hace especial hincapié en los 10 ó 15 últimos años de la vida.

Máximo rigor

P.-Que la causa del fundador del Opus Dei haya sido instruida a buen paso, ¿ha sido en detrimento del rigor del proceso?

R.-No. La causa se ha llevado adelante con extremado rigor. Las leyes actuales permiten que una causa llegue a su término en menos tiempo que antes porque desde el año 1969, en el pontificado de Pablo VI, y posteriormente desde 1983, tras la promulgación de la constitución apostólica «Divinus perfectionis Magister» por el actual Papa Juan Pablo II, se simplificaron algunos procedimientos administrativos. Pero en ningún momento se pretendió disminuir la seriedad de los juicios, que ha sido la norma en la Congregación para las Causas de los Santos desde que fueron regulados los procesos en el siglo XVII. En esta causa de beatificación no ha habido ninguna dispensa de los requisitos establecidos. En el proceso de Madrid, que yo dirigí, se interrogó a los testigos con todo cuidado, siguiendo estrictamente el exhaustivo interrogatorio que había enviado la congregación. Además, conmigo intervinieron, en distintos momentos, hasta cuatro cojueces, dos promotores de justicia y cuatro notarios actuarios. Todos ellos sacerdotes muy rectos y sumamente competentes. Tuvimos más de seiscientas sesiones, un número que se sale de lo ordinario. El proceso romano se instruyó igualmente sin prisas. Y también con pausa -aunque sin perder tiempo- se llevó a cabo el estudio dentro de la congregación, cumpliéndose todas las etapas señaladas. El poco tiempo que ha pasado desde la declaración de la heroicidad de las virtudes hasta la beatificación ha sido debido a que, inmediatamente después de aquel decreto, se pudo presentar un milagro atribuido a su intercesión, pues estaba ya instruido el proceso correspondiente.

P.-Ahora, próximos a la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer, usted, que conoce bien su figura, ¿qué destaca de su personalidad?

R.-Me atrevería a decir que es una figura gigante y señera de la Iglesia del siglo XX, un apóstol infatigable, el precursor por antonomasia de la santidad universal: la meta inculcada a todos en el Concilio Vaticano II. Ciertamente no ha sido el «inventor» de esta doctrina, que es del mismo Cristo, ni el único que la ha recordado, pues ya San Agustín en el siglo V la predicaba a sus fieles: «Este precepto -“si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo”- no se refiere sólo a las vírgenes, con exclusión de las casadas, o a las viudas, excluyendo a las que viven en matrimonio, o a los monjes y no a los casados, o a los clérigos, con exclusión de los laicos; toda la Iglesia, todo el cuerpo místico y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su función propia y específica, debe seguir a Cristo». También San Francisco de Sales, en el siglo XVII, y otros santos, en momentos diversos de la historia, han escrito cosas semejantes. El fundador del Opus Dei fue el primero que la propuso como tema fundamental y central de su apostolado y de su enseñanza, la desarrolló en sus abundantes escritos y predicó este mensaje a los cuatro vientos. En sus muchos viajes por Europa y América insistió en que la vida del cristiano no debe ser floja, desganada o tibia, plagada de caídas y recaídas, sino entusiasta, fervorosa, alegre, pletórica de vida, de enamorado de Cristo. Y esto para toda clase de fieles cristianos. Todos, absolutamente todos, deben aspirar y esforzarse por seguir de cerca a Cristo, por ser santos. Y quien así predicaba fue por delante con su vida, con su ejemplo de hombre enamorado de Dios y fiel a la Iglesia.

P.-¿Qué interés tiene para toda la Iglesia su canonización?

R.-Lo único que hemos buscado todos cuantos hemos intervenido en la causa de monseñor Escrivá de Balaguer ha sido la gloria de Dios y el bien de las almas: justamente lo que constituye el fin de la Iglesia. No creo que sea exagerado afirmar que el venerable siervo de Dios José María Escrivá de Balaguer, con la institución por él fundada, con su vida ejemplar y con sus escritos, ha inyectado una fuerte dosis de ansías de santidad y de vitalidad espiritual en el pueblo de Dios en pleno siglo XX. Estoy seguro de que su ya próxima beatificación servirá para que, Dios mediante, este influjo benéfico se multiplique.