Rastro de luz – Camino n.28

Camino 28. El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. -Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares. ¿Ansia de hijos?… Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne.
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EDICIÓN CRÍTICA
El origen redaccional del punto está en una anotación del Cuaderno V, nº 457, de fecha 7-XII-1931 [1]. San Josemaría describe uno de sus paseos –por la Castellana, al final de la tarde–, que en aquella época eran su modo de trato con estudiantes universitarios:

«Anoche hablamos por teléfono con Adolfo [2] y quedamos en encontrarnos a las ocho y cuarto en la marquesina central del metro en la puerta del Sol. Fui con Pepe R. y allí vino también Adolfo con un señor. Paseamos por la Castellana, donde no había nadie. Me acompañaron a casa.

Ese señor, que vino con Adolfo, ya no es joven. (Yo llamo jóvenes a los que no han hecho los treinta.) Pero tampoco, en justicia, puede llamársele exjoven. Me gustó: le recomendé el confesonario de D. Norberto. Hablamos de muchas cosas espirituales».

En esa conversación se forjó el futuro punto de Camino:

«Explané las siguientes ideas: Que el matrimonio es para la clase de tropa, no para el estado mayor de Cristo. Por eso, mientras comer es una exigencia etc.».

Hasta aquí, el texto que está en la base, casi literal, del punto 28. Pero en éste no se recoge el final de aquella conversación, que me parece del máximo interés. Helo aquí:

«¡Bendito sea mi celibato!», terminé. «¿El celibato eclesiástico?», me preguntaron. –«No –contesté– el mío».

San Josemaría quiere exponer de forma incisiva la doctrina tradicional de la Iglesia, sobre la que se pronunció el Concilio de Trento: que el celibato apostólico, es objetivamente superior al matrimonio [3]. Pienso, con todo, que San Josemaría tiene una peculiar forma de entender esa superioridad objetiva del celibato.

Por eso me ha parecido interesante transcribir el final de aquella conversación de hace casi setenta años. No es la realidad institucional y codificada lo que él bendice y agradece, sino el don: la realidad personal, vocacional del celibato –¡el mío!–, que puede recibirse en los distintos estados de la vida, y que San Josemaría concebía como disponibilidad abierta a todos los planes de Dios.

El hombre casado –cristianamente casado–, por la naturaleza de su situación, tiene una disponibilidad no subjetivamente, pero sí objetivamente condicionada. Y ambos, celibato y matrimonio, pueden ser vocación –«así, vocación»– a la plenitud de vida cristiana, y un hombre o una mujer casados son capaces de alcanzar grados de santidad y entrega a Dios que no alcanza un célibe.

«Personas singulares». No, claro está, en el sentido de «extraordinarias o eminentes», sino de «individuales»: de cada persona concreta, contrapuesta a la «especie», de la que acaba de hablar, que es la que está obligada. Es un sencillo recordatorio de la doctrina humana y cristiana sobre el tema.

San Josemaría se sirve de un símil militar. La expresión «clase de tropa» [4] cobra con alguna frecuencia en el lenguaje coloquial un sentido peyorativo. Sacada del contexto de Camino, podría entenderse como minusvaloración del matrimonio. Era el motivo de una pregunta de Jacques Guillemé-Brûlon al Autor en una entrevista publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966: «¿Puede verse ahí una apreciación peyorativa del matrimonio, que iría contra el deseo de la Obra de inscribirse en las realidades vivas del mundo moderno?» [5].

Es evidente que, en la pluma de San Josemaría , no tiene tinte peyorativo ni encierra ninguna ofensa para los que van al matrimonio: el punto 27 es la más clara hermenéutica del punto 28.

Es interesante en este sentido el comentario del Prof. Jiménez Vargas, que asistía a los cursos de formación que impartía San Josemaría en aquellos años y en los que empleaba ese símil:

«al decir que el matrimonio es para la clase de tropa se puede asegurar que entusiasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenía gracia cuando se le oía directamente» [6].

San Josemaría contestó concisamente al periodista francés [7]. Más detenidamente se expresaba dos años después en una entrevista concedida a una periodista española, que le hacía una pregunta similar: cómo se conciliaban los dos aspectos de «vocación» y «clase de tropa». He aquí la respuesta:

«En el espíritu y en la vida del Opus Dei no ha habido nunca ningún impedimento para conciliar estos dos aspectos. […]

Cuando yo escribía aquellas frases, allá por los años treinta, en el ambiente católico –en la vida pastoral concreta– se tendía a promover la búsqueda de la perfección cristiana entre los jóvenes haciéndoles apreciar sólo el valor sobrenatural de la virginidad, dejando en la sombra el valor del matrimonio cristiano como otro camino de santidad. […]

En el Opus Dei hemos procedido siempre de otro modo, y –dejando muy clara la razón de ser y la excelencia del celibato apostólico– hemos señalado el matrimonio como camino divino en la tierra. […]

Cuando yo escribía que el matrimonio es para la clase de tropa, no hacía más que describir lo que ha sucedido siempre en la Iglesia. Sabéis que los obispos –que forman el Colegio Episcopal, que tiene como cabeza al Papa, y gobiernan con él toda la Iglesia– son elegidos entre los que viven el celibato: lo mismo en las Iglesias orientales, donde se admiten los presbíteros casados.

Además es fácil de comprender y de comprobar que los célibes tienen de hecho mayor libertad de corazón y de movimiento, para dedicarse establemente a dirigir y sostener empresas apostólicas, también en el apostolado seglar. Esto no quiere decir que los demás seglares no puedan hacer o no hagan de hecho un apostolado espléndido y de primera importancia: quiere decir sólo que hay diversidad de funciones, diversas dedicaciones en puestos de diversa responsabilidad.

En un ejército –y sólo eso quería expresar la comparación– la tropa es tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es –siempre y sólo– hacer la voluntad de Dios.

Por eso, un cristiano que procura santificarse en el estado matrimonial, y es consciente de la grandeza de su propia vocación, espontáneamente siente una especial veneración y un profundo cariño hacia los que son llamados al celibato apostólico; y cuando alguno de sus hijos, por la gracia del Señor, emprende ese camino, se alegra sinceramente. Y llega a amar aún más su propia vocación matrimonial, que le ha permitido ofrecer a Jesucristo –el gran Amor de todos, célibes o casados– los frutos del amor humano» [8].
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[1] Va seguida del que sería p/427.

[2] Adolfo Gómez Ruiz (1909-1956), estudiante de Medicina, conoció al Autor hacia 1930, y se dirigió espiritualmente con San Josemaría, participando de sus afanes apostólicos. Fue quien presentó a Juan Jiménez Vargas al Fundador del Opus Dei.

Militante político activo, tomó parte en la intentona del General Sanjurjo, de agosto de 1932. Fue detenido e ingresó en la cárcel Modelo, de Madrid, siendo atendido sacerdotalmente por San Josemaría. Posteriormente fue deportado a África. Todas estas peripecias le alejaron del trato con San Josemaría, al que siempre estimó en gran medida.

[3] La doctrina censurada en el Concilio (sess 24, can 10; DS 1810) es ésta: «que el estado conyugal debe anteponerse al estado de virginidad o de celibato, y que no es mejor y más perfecto permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio [cf. Mt. 19, 11 s; 1 Co. 7, 25 s, 38 y 40]».

[4] «Nombre genérico de los individuos de tropa que forman los escalones inferiores de los Ejércitos de tierra y aire y del Cuerpo de Infantería de Marina» (DRAE, voz «clase», ed 1992).

[5] Entrevista concedida a Jacques Guillemé-Brûlon, publicada en Le Figaro (París), el 16-V-1966; Conversaciones, 45.

[6] Juan Jiménez Vargas, Relatos testimoniales, II, pg 24.

[7] Se lee en Conversaciones:

«Le aconsejo leer el número anterior de Camino, donde se dice que el matrimonio es una vocación divina. No era nada frecuente oír afirmaciones como ésa en los alrededores de 1935. Sacar las consecuencias de las que usted habla, es no entender mis palabras. Con esa metáfora quería recoger lo que ha enseñado siempre la Iglesia sobre la excelencia y el valor sobrenatural del celibato apostólico. Y recordar al mismo tiempo a todos los cristianos que, en palabras de San Pablo, deben sentirse milites Christi, soldados de Cristo, miembros de ese Pueblo de Dios que realiza en la tierra una lucha divina de comprensión, de santidad y de paz. Hay en todo el mundo muchos miles de matrimonios que pertenecen al Opus Dei, o que viven según su espíritu, sabiendo bien que un soldado puede ser condecorado en la misma batalla en la que el general huyó vergonzosamente»

(Conversaciones, 45).

[8] La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, entrevista realizada al Autor por Pilar Salcedo en 1968, publicada en Telva (Madrid) el 1-II-1968; Conversaciones, 92; la cursiva es del original.




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