Carta del Prelado del Opus Dei (mayo'11)

Carta del Prelado (mayo 2011)
La carta de Mons. Javier Echeverría transmite la triple alegría con que ha iniciado mayo: la celebración del tiempo pascual, la beatificación de Juan Pablo II y el inicio del mes dedicado a la Virgen.

04 de mayo de 2011

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Todavía sentimos —y sentiremos siempre— el eco de la alegría de la Iglesia: surrexit Dominus vere et apparuit Simoni[1]: el Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón. Con esta exclamación llena de gozo sobrenatural y humano, los Apóstoles reciben en el Cenáculo de Jerusalén, al final del día de la primera Pascua cristiana, a dos discípulos que con urgencia regresaban, en medio de la noche, desde Emaús. Cleofás y su compañero les comunicaron que Jesús se les había mostrado vivo en el camino hacia aquella aldea e incluso se había sentado con ellos a la mesa.

¡Qué comprensible nos resulta el asombro de aquellos hombres, testigos de la muerte ignominiosa del Maestro! También porque no habían dado fe al anuncio de las santas mujeres que a primera hora de la mañana, junto al sepulcro vacío del Señor, habían recibido este extraordinario anuncio: no tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán[2]. Sin embargo —¡qué admirablemente cercano es Dios!—, era tan grande el deseo de consolar a los suyos, de devolverles la fe y la alegría, que Jesucristo no esperó a que se reunieran en Galilea. Esa misma noche entró en la sala donde se hallaban reunidos con las puertas cerradas por temor a los judíos[3], y les saludó: la paz esté con vosotros. Los discípulos se llenaron de espanto y de miedo —anota San Lucas—, pensando que veían un espíritu. Y les dijo: ¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy Yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que Yo tengo[4]. Luego les pidió algo de comer, para que se convencieran firmemente de que en verdad era Él, el Maestro bueno, triunfador sobre el demonio y sobre el pecado, que había roto las cadenas de la muerte.

Ha transcurrido la primera semana de Pascua y la Iglesia no cesa de meditar gozosamente, una vez y otra, los textos evangélicos que nos hablan de la resurrección de Jesús. Lo hace con agradecimiento y con profunda conmoción, llena de fe en la victoria de su Señor. Se trata de un acontecimiento singular y único en la historia de la humanidad; un evento que nos muestra, al mismo tiempo, el modelo ejemplar de la resurrección universal del último día. Por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo y hechos partícipes de su muerte y de su resurrección. Muertos al pecado y resucitados a la vida de la gracia, caminamos ya con una vida nueva, mientras esperamos la renovación completa de nuestro ser. Porque, como escribe San Pablo, si hemos sido injertados en Él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya[5].

Una vez más se alza nuestra maravilla y respeto ante la omnipotencia y la misericordia de Dios. La resurrección de Cristo no se quedó en una vuelta a la vida anterior, como sucedió con Lázaro, con la hija de Jairo o con el hijo de la viuda de Naín, a quienes el Señor llamó de la muerte física prolongando unos años su existencia terrena para volver luego a morir. La resurrección de Nuestro Señor fue algo radicalmente distinto. «Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre. Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es (…) un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»[6].

En la historia del mundo, el anuncio de la resurrección de Cristo es la buena nueva por excelencia. Para dar testimonio de ese hecho, los Apóstoles se dispersaron por la tierra, después de superar todos sus temores; los mártires fueron fuertes ante toda clase de tormentos y ante la misma muerte; muchos confesores y vírgenes dejaron de lado las ambiciones y las comodidades de aquí abajo, para aspirar con todas sus energías a los bienes eternos; e innumerables cristianos corrientes, a lo largo de los siglos, han sabido alzar su mirada al Cielo, mientras trabajaban con rectitud y amor a Dios y a los hombres en las cosas de la tierra.

El carácter peculiar de la resurrección de Cristo reside en que su Humanidad Santísima, reunidos de nuevo el alma y el cuerpo, ha sido completamente transfigurada en la gloria de Dios Padre por la virtud del Espíritu Santo, como claramente se percibe en los relatos de las apariciones a sus discípulos, sin dejar por eso de ser una humanidad verdadera. Encierra algo que ciertamente rebasa nuestra experiencia. Ese hecho histórico, fundado en el testimonio de testigos plenamente creíbles, constituye, al mismo tiempo, el objeto fundamental de la fe sobrenatural. Como afirmó ya San Agustín, «no es una cosa grande creer que Cristo murió (…). Todos creen que Cristo murió. La fe de los cristianos consiste en la resurrección de Cristo. Tenemos por grande creer que Cristo resucitó»[7].

Quizá nos preguntamos alguna vez por qué Jesús no se manifestó resucitado a todo el mundo, de modo que todos creyeran en Él. Benedicto XVI señala que «en la historia de todo lo que tiene vida, los comienzos de las novedades son pequeños, casi invisibles; pueden pasar inadvertidos. El Señor mismo dijo que el “Reino de los cielos” en este mundo es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas (cfr. Mt 13, 31). Pero lleva en sí la potencialidad infinita de Dios[8]. Y concluye que así ha entrado la resurrección en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todo [el mundo] estaba esperando»[9].

Con el transcurrir de los siglos, la fe en la resurrección del Señor se ha ido extendiendo por la tierra; ha echado raíces en nuevas culturas, en diversas civilizaciones, sirviéndose de la colaboración de los creyentes, miembros del Cuerpo místico que peregrina en la tierra. Ahora —como con tanta fuerza nos insistió San Josemaría— nos toca a ti y a mí, a todos los cristianos, dar testimonio de Cristo con nuestra conducta y con nuestras palabras.

«La buena nueva de la Pascua requiere la labor de testigos entusiastas y valientes. Todo discípulo de Cristo, también cada uno de nosotros, está llamado a ser testigo. Éste es el mandato preciso, comprometedor y apasionante del Señor resucitado. La “noticia” de la vida nueva en Cristo debe resplandecer en la vida del cristiano, debe estar viva y activa en quien la comunica, y ha de ser realmente capaz de cambiar el corazón, toda la existencia»[10]. ¿Alimentamos a diario una fe firme, robusta, en el triunfo del Señor? La conciencia de que Cristo en verdad ha resucitado, ¿nos colma de seguridad en nuestro camino? ¿Cómo luchamos por descubrirle constantemente a nuestro lado, en todas las encrucijadas de nuestro andar terreno?

Por todo esto, «el tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

»No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos»[11].

Jesucristo, además de hallarse en la gloria del Padre, sigue presente en la Iglesia —de modo especial en la Eucaristía— y, por la gracia, en el corazón de cada cristiano. Por el Bautismo hemos recibido la vida nueva que el Señor posee en plenitud; los demás sacramentos van perfeccionando más y más esa existencia sobrenatural. Sólo con la resurrección de la carne se cumplirá plenamente en los miembros del Cuerpo místico la plena glorificación de que ahora goza nuestra Cabeza, Jesús, y su Santísima Madre, Madre nuestra también. Sin embargo —como señala nuestro Fundador— ya ahora «la fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa»[12]. Ojalá salga de nuestras almas, de modo constante, una acción de gracias por sabernos hijos de Dios Padre, en Jesucristo, por el Espíritu Santo.

Ese anticipo de la gloria final brilla con luces más intensas en el rastro dejado por los santos, especialmente por aquellos que la Iglesia nos presenta como ejemplo de virtudes y ofrece a nuestra veneración. Lógicamente nos alegramos ante el triunfo final de esos hermanos y hermanas nuestros. Alegría inmensa que surge especialmente hoy, 1 de mayo, por la beatificación del queridísimo Juan Pablo II. Aunque la gran mayoría de vosotros no haya podido venir a Roma para participar en esta celebración, todos os sentís —nos sentimos— muy unidos espiritualmente a esta gran fiesta de la Iglesia entera.

Hemos conocido a este gran Pontífice, que gastó su vida generosamente por las almas hasta sus últimos momentos en la tierra. Hemos sido testigos de la hondura de su fe, de la seguridad de su esperanza, del ardor de su caridad, que abrazaba a todos y a cada uno. En el Opus Dei, además, como os he recordado en varias ocasiones, guardamos una gran deuda de gratitud con el nuevo Beato; sobre todo porque Juan Pablo II fue el instrumento del que se sirvió el Señor para concedernos la forma jurídica definitiva de la Obra y la canonización de San Josemaría. Resulta muy natural, pues, que nos gocemos especialmente por su elevación a los altares y agradezcamos a Dios el don que concede a la Iglesia. Yo mismo, el día 3, celebraré una solemne Misa de acción de gracias. Uníos con más intensidad —si cabe— a mi Misa en esa fecha, pidiendo por todas las intenciones que presentaré a Nuestro Señor por intercesión del nuevo Beato.

Además, comenzamos el mes de mayo. En estas semanas, la Iglesia nos invita a honrar especialmente a Santa María. Os sugiero que acudáis a la intercesión de nuestro Padre y de Juan Pablo II; pidámosles que nos obtengan —en estos días que siguen inmediatamente a la beatificación del Papa— la gracia de querer y venerar con todas nuestras fuerzas a la Madre de Dios. Karol Wojtyla, desde muy joven, se ofreció enteramente a Ella, como expresa el lema que inscribió en su escudo episcopal: Totus Tuus. También San Josemaría deseaba ser súbdito absolutamente fiel de la Reina del cielo. El 28 de diciembre de 1931, comentando la costumbre de una de las comunidades de religiosas del Patronato de Santa Isabel en la fiesta de los Santos Inocentes, escribió: «Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado»[13].

También nosotros, que somos —queremos ser— completamente del Señor, hemos de caminar por esa senda mariana que San Josemaría nos legó en herencia. «Si en algo quiero que me imitéis —decía—, es en el amor que tengo a la Virgen»[14]. Este mes nos brinda una ocasión estupenda para fomentar la devoción mariana, mediante la tradicional Romería de mayo. Invitemos a nuestros amigos y conocidos a visitar en estos días alguna ermita o santuario de la Virgen, rezando y contemplando los misterios del Rosario. Les haremos un gran bien espiritual, porque «a Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[15]. Acudid a esa cita con la devoción con que nuestro Padre fue a Sonsoles. Además, como nos sugirió años más tarde en la novena ante la Virgen de Guadalupe, en México, llevemos a nuestra Madre muchas rosas pequeñas, las del acontecer cotidiano.

El 14 de mayo, víspera del cuarto domingo de Pascua —llamado también del Buen Pastor, por razón del Evangelio de la Misa—, conferiré la ordenación sacerdotal a 35 diáconos, hermanos vuestros. Como siempre en estas ocasiones, os pido que estemos todos muy unidos en la oración y en el ofrecimiento de algún sacrificio por los nuevos presbíteros y por los sacerdotes del mundo entero. Tened especialmente presentes en vuestras plegarias al Papa y a todos los Obispos, para que imitemos siempre al Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas[16].

Una vez finalizada la Semana Santa, he hecho un viaje rápido a Eslovenia y a Croacia. En Liubliana y en Zagreb me he reunido con los fieles de la Prelatura y con otras muchas personas que se benefician del espíritu del Opus Dei. Doy gracias a Dios porque el trabajo apostólico de mis hijas y de mis hijos va echando raíces firmes en esos dos países, por los que tanto rezó nuestro Padre: difícil me resulta describiros cómo amó a todas las tierras, más aún a las que atravesaban dificultades de cualquier género.

Vuelvo al comienzo de estas líneas. Surrexit Dominus vere! «Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cfr. Ap 21, 1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos»[17]. Escondido bajo las apariencias del pan y del vino, de un modo sacramental, se ha quedado en la Sagrada Eucaristía, para escuchar nuestros ruegos, para consolarnos y llenarnos de fortaleza. No nos apartemos de su compañía, llevémosle a muchas otras personas, para que también ellos y ellas —perdonad el inciso: ¡con qué gratitud recordaba don Álvaro su primera Comunión!— experimenten la alegría de estar con Cristo, de acompañar a Cristo, de vivir en Cristo. Son tantas las fechas de recuerdos de la historia de la Obra, que no puedo detenerme: ¡se nota cómo nos ha cuidado Santa María! Démosle gracias.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de mayo de 2011.

[1] Lc 24, 34.

[2] Mt 28, 10.

[3] Cfr. Jn 20, 19.

[4] Lc 24, 36-39.

[5] Rm 6, 5.

[6] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II, p. 284.

[7] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 120, 6 (CCL 40, 1791).

[8] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II, p. 288.

[9] Ibid.

[10] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 7-IV-2010.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[12] Ibid., n. 103.

[13] San Josemaría, Apuntes íntimos (28-XII-1931) n. 517 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, I, p. 413).

[14] San Josemaría, año 1954.

[15] San Josemaría, Camino, n. 495.

[16] Cfr. Jn 10, 1-18.

[17] Benedicto XVI, Mensaje urbi et orbi, 24-IV-2011.

Carta del Prelado del Opus Dei (abril'11)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Amemos siempre, también en la Cuaresma, la inmensa riqueza que la Iglesia nos ofrece con la Palabra de Dios, pues nos impulsa a renovar las energías del alma para proseguir con ritmo el camino de la Pascua. «Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente —ha escrito el Papa—, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo»[1].

En este caminar nos guía Nuestro Señor Jesucristo. Más aún, Él mismo nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida[2]. San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio de San Juan, escribe: «No se te dice: “Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida”; no, ciertamente. ¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que has llegado a despertarte. Levántate, pues, y camina»[3].

La segunda parte de la Cuaresma nos presenta un buen momento para repasar los propósitos que nos habíamos formulado al comenzar estas semanas y para reavivar los deseos sinceros de llegar bien preparados a la Semana Santa y a la Pascua. Quizá cabe servirse, como hilo conductor, de los textos del Evangelio que leeremos los próximos domingos en la Misa, como Benedicto XVI señala en su Mensaje de este año. También puede resultar útil detenernos con intensidad en otros aniversarios y acontecimientos de estos días, como el sexto aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, mañana 2 de abril, y su beatificación, el próximo 1 de mayo.

El aniversario del tránsito de Juan Pablo II trae a nuestra memoria el ejemplo de fidelidad a Dios que el Santo Padre ofreció a la Iglesia y al mundo. La profunda impresión que causó su muerte santa en el mundo entero, así como la extraordinaria afluencia de personas de todas las edades, especialmente jóvenes, que en aquellos días se trasladaron a Roma para acompañar sus sagrados restos mortales, constituyeron una señal clara de que la fe palpita en muchísima gente, aunque a veces se halle oculta bajo una capa de acostumbramiento, de rutina, e incluso de pecado. Pero basta el soplo del Espíritu Santo —como sucedió en aquellas inolvidables jornadas de abril de 2005—, para que muchas almas experimenten una profunda conversión y se acerquen de nuevo a Dios.

Esa misma reacción sobrenatural volvió a repetirse, poco después, con motivo de la elección del Papa Benedicto XVI, el día 19 de abril. Entonces fuimos testigos emocionados, convencidos y agradecidos de lo que el Santo Padre afirmó con fuerza en la Misa de comienzo de su ministerio petrino: «¡La Iglesia está« viva»! Efectivamente, no es posible que fenezca —aunque en ocasiones parezca que se tambalea— porque está asistida por el Paráclito y su Cabeza es Jesucristo, resucitado y glorioso, Rey de la entera creación.

Esta certeza, que proviene de la fe, se alza perennemente como roca inconmovible de nuestra esperanza y de nuestro optimismo sobrenatural. «Nuestro Padre Dios —ese Padre amoroso, que nos cuida como a la niña de sus ojos (Dt 32, 10), según recoge la Escritura con expresión gráfica para que lo entendamos— no cesa de santificar, por el Espíritu Santo, a la Iglesia fundada por su Hijo amadísimo»[4]. Son palabras de San Josemaría que nos colman de consuelo y de seguridad en medio de los obstáculos que, en tantos órdenes de la existencia, se interponen en el peregrinar del Pueblo de Dios. «Tened confianza», proseguía: «La Santa Iglesia es incorruptible (…). Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística —clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos— que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre»[5].

Pienso que la próxima beatificación de Juan Pablo II constituye una señal más de la santidad del Cuerpo místico de Cristo, de la fuerza renovadora del Paráclito, de la misericordia de Dios Padre: en definitiva, del amor de la Trinidad Santísima, que nunca abandona a la Iglesia. Y estoy convencido —así se lo pido a Dios— de que la elevación a los altares de este santo Pontífice nuevamente provocará en el mundo y en la Iglesia una oleada de fe y de amor, de gratitud a Nuestro Señor, de adhesión llena de confianza a la Iglesia, nuestra Madre. Me removió siempre que Juan Pablo II, al hablar de la fidelidad, utilizando modos parecidos a los que se encuentran en la predicación de San Josemaría, afirmara que requisito indispensable de esa lealtad es “la continuidad” a lo largo de los años.

Mientras tanto, como os he sugerido al comenzar estas líneas, preparémonos para la Pascua, considerando en nuestra oración personal los textos evangélicos que la liturgia nos presenta en estas semanas. Por eso, miremos con valentía si hemos acompañado y acompañamos de cerca a Jesucristo, si le escuchamos y nos aplicamos lo que nos dice, si deseamos no dejarle nunca solo.

El próximo domingo, IV de Cuaresma, leeremos la escena de la curación del ciego de nacimiento, en la que Jesucristo se manifiesta como Luz del mundo. Poniendo en sus ojos un poco de lodo, hecho con polvo de la tierra y su saliva divina, le dijo: anda, lávate en la piscina de Siloé, que significa: “Enviado”. Entonces fue, se lavó y volvió con vista[6]. Luego, el evangelista narra el diálogo entre Jesús y aquel hombre. Todos y cada uno hemos de considerar como dirigida personalmente a nosotros esta interrogación del Señor al ciego: ¿crees tú en el Hijo del hombre?[7]. ¿Crees de verdad, de verdad —no sólo con la inteligencia, sino con el corazón y la voluntad, con todo tu ser— que Jesucristo es tu Salvador, que es el Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado por ti, por mí? Esta confesión de fe —que renovaremos solemnemente en la Vigilia Pascual— compromete mucho, afecta a toda nuestra existencia, sin dejar ningún resquicio a proyectos egoístas, a encerramientos en el propio yo. Luchemos para saber prescindir con prontitud y alegría de aquellos planes que, aunque estén muy bien pensados, no encuentran cabida en el Plan —así, con mayúscula— que Dios nos señala a cada uno. Busquemos con empeño los modos de ayudar a que otras personas abran los ojos a la luz de Dios; y supliquemos al Señor, con humildad, la gracia de la fe para nosotros mismos y para los demás.

En el siguiente domingo, V de Cuaresma, escucharemos el pasaje de la resurrección de Lázaro. Jesús realiza un milagro impresionante y manifiesta de modo elocuente su divinidad, porque ¿quién puede devolver la vida a un difunto de varios días, sino sólo Dios? El Maestro nos interpela como a Marta, la hermana de Lázaro: Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?[8]. Aquella mujer, a pesar de las pruebas evidentes y sensibles —que le resultan costosas— de la muerte del hermano, no duda en confesar su fe en el Dios de la vida y de la muerte: sí, Señor, le contestó. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo[9]. Y se obró el milagro. Milagros que también se repetirán en nuestra vida y en la de tantas otras personas a las que deseamos acompañar hasta Jesús, si no nos falta la fe, como aseguraba San Josemaría: «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: “iam fœtet, quatriduanus est enim” —hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús.

»Si oyes la inspiración de Dios y la sigues —”Lazare, veni foras!” —¡Lázaro, sal afuera!—, volverás a la Vida»[10].

Nuestro Fundador, con la perspicacia que Dios le concedió para penetrar en el sentido espiritual de la Sagrada Escritura, invitó con frecuencia a profundizar en esta escena; y, predicando a un pequeño grupo de personas, en 1964, nos decía: «Al pensar en la alegría de aquella familia, de aquellos testigos del milagro; al pensar en la alegría del mismo Jesús, con su Corazón rebosante de gozo por la felicidad de los otros —de modo análogo a como supo llorar al ver las lágrimas de Marta y de María—, me ha venido a la cabeza esa jaculatoria que con tanta frecuencia repetimos: omnia in bonum! (cfr. Rm 8, 28), todo lo que sucede es para bien. También el sufrimiento, mientras no procuremos mantenerlo tontamente, o no nos lo inventemos con complicaciones de nuestra imaginación. Ocurra lo que ocurra en nuestra vida, si nos abandonamos en las manos del Señor, sacaremos paz y fuerza, porque la gracia divina nos convierte en instrumentos eficaces»[11].

El Domingo de Ramos, al final de la Cuaresma, inaugura la Semana Santa: es como el pórtico que nos introduce en esos días decisivos para la historia de la salvación. El Jueves Santo, por la mañana, el Obispo concelebra la Santa Misa rodeado de sus sacerdotes y con la asistencia de una buena porción del Pueblo de Dios. En el curso de esa Misa, se bendicen los Santos Óleos que servirán para consagrar altares, para ungir a los catecúmenos —que, al recibir el Bautismo, serán como altares dedicados al servicio de Dios— y para administrar el sacramento de la Unción de los enfermos. También se consagra el crisma, materia del sacramento de la Confirmación, que otorga la mayoría de edad en Cristo a los bautizados. En el curso de esa ceremonia, los presbíteros renuevan las promesas sacerdotales que pronunciaron el día de su ordenación. Todos los miembros del Pueblo sacerdotal, ministros y fieles laicos, se dan cita ideal en esa celebración litúrgica. ¡Qué buen momento, para intensificar nuestra plegaria a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, para que haya muchos sacerdotes santos y para que también los cristianos seglares —hombres y mujeres— aspiren seriamente a la santidad, cada uno en el propio estado!

Por la tarde, durante la Misa in Cena Domini, conmemoraremos especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. El hoy de la renovación sacramental del Misterio pascual, el hoy de la Cruz —que el Señor anticipó en la Última Cena—, se hace presente en cada celebración eucarística y, con un relieve particular, el Jueves Santo. Asombrémonos ante la actualidad perenne del Sacrificio del Calvario, de modo especial en la Misa in Cena Domini. Este día, antes de realizar la Consagración, el Canon Romano pone en boca del sacerdote unas palabras propias de esta solemnidad: el cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó el pan en sus santas y venerables manos…[12].

Roguemos a la Trinidad Santísima que no nos pase nunca inadvertido este exceso de amor por parte de Jesucristo. No sólo ha entregado una vez su vida en la Cruz, sino que ha querido instituir la Sagrada Eucaristía y el sacerdocio para que, siempre y en todo lugar, hasta el momento de su venida gloriosa al fin de los tiempos, podamos entrar en contacto vivo y verdadero con su Sacrificio redentor. Pongámonos «en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente —escribía en su última encíclica Juan Pablo II—, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida»[13].

La Misa vespertina del Jueves Santo nos introduce en la memoria de la pasión y muerte de Nuestro Señor, al día siguiente. «Existe una conexión inseparable entre la Última Cena y la muerte de Jesús. En la primera, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre, o sea, su existencia terrena, se entrega a sí mismo, anticipando su muerte y transformándola en acto de amor»[14]. Al adorar ese día la Santa Cruz, digamos a nuestro Redentor un ¡gracias! sincero, que, acompañado del deseo de serle muy fieles, nos impulse a seguir caminando con perseverancia y alegría por la senda de la santidad.

Llegamos así a la víspera de la Resurrección. En espera del triunfo definitivo del Señor, el Sábado Santo se presenta como una jornada de silencio y recogimiento. Los altares están desnudos, no hay ninguna ceremonia litúrgica; notamos incluso la ausencia del Santísimo Sacramento, que se reserva en un lugar apartado por si fuera necesario administrar la Comunión a modo de viático. Este año coincide con el 23 de abril, aniversario de la Primera Comunión y de la Confirmación de San Josemaría.

Estas circunstancias —no poder celebrar el Sacrificio eucarístico— me traen a la memoria que el día de las bodas de oro sacerdotales de nuestro Fundador, la divina Providencia dispuso que no pudiera celebrar la Santa Misa, pues era Viernes Santo. Sin embargo, como siempre, toda su jornada fue una Misa —quizá con más intensidad de lo habitual— por su unión estrechísima al Sacrificio de la Cruz. Os invito a acudir a su intercesión para que, en esos días del Triduo Santo, permanezcamos especialmente unidos al Holocausto de Nuestro Señor, tratando de asociarnos con mucha intensidad a su entrega por nosotros.

Por fin, en la Vigilia Pascual, «al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos “del agua y del Espíritu Santo”, y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la gracia para ser sus discípulos»[15].

Y vuelvo a lo de siempre: rezad por mis intenciones. En estas últimas semanas, como ya os comuniqué, un lugar de primera importancia lo ocupan las consecuencias del terremoto en el Japón y los conflictos bélicos en diversas partes del mundo, especialmente en Costa de Marfil y en Libia. Acudamos a Nuestra Señora, Reina de la paz, invocándola con fe en las letanías del Rosario. Y continuemos muy unidos al Santo Padre, de modo especial el 19 de abril, aniversario de su elección a la Cátedra de Pedro. Pedid también por mí, que el día 20 comienzo un nuevo año de mi servicio pastoral a la Iglesia como Prelado del Opus Dei.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2011 [1] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2011, 4-XI-2010, n. 3.

[2] Jn 14, 6.

[3] Liturgia de las Horas, Segunda lectura del IV Domingo de Cuaresma (San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 34, 9: CCL 36, 316).

[4] San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

[5] Ibid.

[6] Jn 9, 6-7.

[7] Ibid., 35.

[8] Jn 11, 25-26.

[9] Ibid., 27.

[10] San Josemaría, Camino, n. 719.

[11] San Josemaría, Notas de una meditación, 22-VII-1964.

[12] Misal Romano, Plegaria eucarística I, Oración Qui pridie propia de la Misa vespertina del Jueves Santo.

[13] Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 11.

[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 31-III-2010.

[15] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2011, 4-XI-2010, n. 2.

El Prelado del Opus Dei pide oraciones por Japón

El Prelado del Opus Dei pide oraciones por Japón
Reproducimos una palabras de Mons. Javier Echevarría, que en estos días está haciendo un curso de retiro espiritual, sobre el trágico seísmo en Japón.

16 de marzo de 2011
Desde que recibí la primera noticia del terremoto en la queridísima tierra de Japón, el viernes de la semana pasada a primera hora, no he cesado de rezar y de pedir oraciones por los habitantes de aquel país, uniéndome de corazón al dolor de todas las familias y de cada persona, participando en la pena que lleva consigo esta desgracia.

He ofrecido sufragios por las víctimas, rogando también al Señor que ellas intercedan para que sea mínimo el número de fallecidos y para que se pueda prestar toda la asistencia espiritual y humana a quienes lo necesiten. Me siento totalmente unido, con los fieles de la Prelatura del Opus Dei, a los trabajos que se están llevando a cabo para auxiliar a todas las personas y familias que lo necesiten. Por eso, he pedido a los hombres y a las mujeres de la Prelatura que se encuentran en esa tierra que, bien unidos a sus conciudadanos,además de rezar y de ofrecer sacrificios por la situación actual, no dejen de colaborar en la medida que esté a su alcance en todas las actividades para acudir en auxilio de quienes se encuentren afectados por el seísmo.

Estoy especialmente muy unido, como los demás fieles de la Prelatura, a las plegarias del Santo Padre y a cuanto hayan dispuesto los Obispos de Japón, también para que todo el pueblo de ese país entienda de una manera más inmediata que la Iglesia Católica participa y quiere ayudar en todo lo que afecta al pueblo japonés.

Carta del Prelado del Opus Dei (marzo'11)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

«Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento». Palabras de especial actualidad siempre, y más aún en las próximas semanas, pues dentro de ocho días comienza la Cuaresma. En la liturgia del Miércoles de Ceniza, con frase de San Pablo, la Iglesia nos exhorta, con afecto e interés: no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice: en el tiempo favorable te escuché. Y en el día de la salvación te ayudé. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Continuar leyendo “Carta del Prelado del Opus Dei (marzo'11)”

Carta del Prelado del Opus Dei (feb'11)

“La cercanía de Dios lleva consigo, necesariamente, la cercanía a los demás, vecinos o lejanos”. Es una de las conclusiones que propone el Prelado del Opus Dei en su carta mensual de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Con gran alegría, como innumerables hijos de la Iglesia y tantas otras personas del mundo entero, hemos recibido la noticia de la próxima beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II, el próximo día 1 de mayo. Esa fecha, memoria litúrgica de San José Artesano, coincide este año con el Domingo II de Pascua, dedicado a la Misericordia divina, de la que aquel inolvidable Pontífice era tan devoto.

Me venía al pensamiento que el mejor modo de dar gracias a la Trinidad, por este nuevo don a la Iglesia y a la humanidad, se resume en reemprender con nuevo impulso, llenos de gozo, el camino de la santificación en las circunstancias ordinarias de la vida, que hemos aprendido de San Josemaría y que Juan Pablo II, en la Carta apostólica dedicada al nuevo milenio, indicó como el principal desafío dirigido a todos los cristianos sin excepción. «Este ideal de perfección —advertía— no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (…). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección». Y lo mismo manifestó en la Bula de canonización de nuestro Padre, definiéndole como «el santo de la vida ordinaria». Continuar leyendo “Carta del Prelado del Opus Dei (feb'11)”