Carta del Prelado [febrero 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Tengo la alegría de comunicaros que el Santo Padre me recibió en audiencia hace dos días, el 30 de enero. Como en otras ocasiones, acudí a ese encuentro acompañado de vuestra oración. Al expresarle los deseos de fidelidad a Dios como cristianos, de los fieles y Cooperadores de la Prelatura, le aseguré una vez más la constante oración de todas y de todos por su Persona y sus intenciones. El Papa, como siempre, se mostró muy afectuoso: agradeció el servicio que la Obra presta a la Iglesia y me encargó que transmitiera su bendición a los fieles y a las labores apostólicas en el mundo entero.

Secundemos siempre las enseñanzas de su magisterio, con el afán de ofrecer nuestra ayuda total a la Santa Madre Iglesia. Vivamos a diario la realidad del Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam: quered mucho al Romano Pontífice, y secundemos la preparación para el Año de la fe que proclamará dentro de algunos meses, para crecer en esta virtud y llegarnos a muchas gentes.

La semana anterior, con la fiesta de la conversión de san Pablo, finalizó el octavario por la unidad de los cristianos. Demos gracias a Dios por los progresos que poco a poco, bajo la guía del Espíritu Santo, se están cumpliendo en esa dirección, y pidamos al Paráclito que su gracia se manifieste cada vez con mayor eficacia: que mueva los corazones de los que se honran con el nombre de cristianos a fin de que se cumpla el anhelo de Jesús en la Última Cena: ut omnes unum sint, sicut tu, Pater, in me et ego in te![1]: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y Yo en ti.

En la Obra rezamos cada día esta oración pro unitate apostolatus: así lo dispuso san Josemaría en los comienzos mismos del Opus Dei. Y, a lo largo de los años, nos insistió en la importancia de esta plegaria, instándonos a rezarla porque la vivamos. Nuestro Padre deseaba ardientemente que la súplica por la unidad de todos los que creen en Cristo —más aún, de todos los hombres— fuera respaldada por el empeño de hacerla realidad, ante todo, en la propia vida.

Nuestros hermanos en la fe, los primeros cristianos, nos han dejado una enseñanza clara: perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones[2]. Muchas veces nos hemos detenido en este resumen de la historia de la Iglesia primitiva: un texto al que recurría frecuentemente nuestro Padre, hasta el punto de que lo quiso grabar en el friso de uno de los primeros oratorios de la Obra; y del mismo modo procedió en el del Pensionato, en Roma, cuando dispuso que se pintaran esas palabras en la pared. Afirmaba siempre que el espíritu del Opus Dei es espíritu de primitiva cristiandad[3]; y nos impulsaba a que, en todo momento, tratásemos de comportarnos con la coherencia de conducta de quienes abrieron el camino de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI, al comentar las características que definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén, como lugar de unidad y de amor[4], ha puesto en resalte que san Lucas no se limita a describir una situación ya pasada, sino que nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia[5]. Efectivamente, la fidelidad a la doctrina de los Apóstoles; la unión de almas y de corazones; la celebración de la Sagrada Eucaristía y la asiduidad en la oración constituyen los pilares de la auténtica vida cristiana, necesarios para que la Iglesia cumpla plenamente su misión en el mundo.

En este contexto de la plegaria por la unidad, deseo referirme concretamente a la caridad que unía a aquellas mujeres y a aquellos hombres. Como refiere también san Lucas, la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma[6].

La unión de los cristianos es don del Espíritu Santo, que hemos de implorar con una oración asidua. Pero esa plegaria ha de estar sazonada por la caridad. Convenzámonos, como afirma el Santo Padre, de que nuestra búsqueda de unidad se puede realizar de manera realista si el cambio se da ante todo en nosotros mismos y si dejamos que Dios actúe, si nos dejamos transformar a imagen de Cristo, si entramos en la vida nueva en Cristo, que es la verdadera victoria. La unidad visible de todos los cristianos siempre es una obra que viene de lo alto, de Dios, una obra que requiere la humildad de reconocer nuestra debilidad y de acoger el don (…). La unidad que viene de Dios exige, por lo tanto, nuestro compromiso diario de abrirnos los unos a los otros en la caridad[7].

Predicó san Agustín que «la soberbia engendra división, mientras que la caridad es madre de la unidad»[8]. Hemos de tener conciencia de que cada uno lleva dentro de sí el riesgo de la disolución, porque todos arrastramos la tendencia a encumbrar el propio yo, que se alza como el mayor enemigo de la unidad. No sería, por tanto, instrumento bueno quien pensase egoístamente en sí mismo, quien se dejase dominar por el orgullo, quien no intentara desterrar las propias personales miserias. Por el contrario, la caridad sincera, sin fingimiento, como recomienda san Pablo[9], estrecha el lazo que mantiene y asegura la fraternidad de personas muy distintas entre sí, sin menoscabar la legítima diversidad de ideas y actuaciones temporales. Por eso, el ruego sincero por la unidad de los cristianos ha de ir acompañado por el ejercicio concreto de la humildad y de la caridad. Lograr esta unidad y hacer que permanezca —explicaba nuestro Fundador— es tarea difícil, que se alimenta de actos de humildad, de renuncias, de silencios, de saber escuchar y comprender, de saber noblemente interesarse por el bien del prójimo, de saber disculpar siempre que haga falta: de saber amar verdaderamente, con obras[10].

En un cristiano, el trato con todos los que encuentra en su camino no se reduce nunca a mera cortesía o a buena educación, sino que expresa la manifestación del Amor, con mayúscula, que Dios mismo derrama en nuestros corazones. Por eso, la caridad, el cariño, no se queda solamente en unos sentimientos, aunque éstos intervengan con fuerza en nuestras actuaciones, pues no somos sólo espíritu, sino hombres o mujeres de carne y hueso. Sin embargo, todos necesitamos purificar los sentimientos; de otro modo, lo que quizá comenzó como un amor altruista corre el riesgo de convertirse en fruto del egoísmo, en búsqueda de la propia excelencia, en satisfacción desorbitada del propio yo.

En la encíclica Deus caritas est, Benedicto XVI explica que los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor[11]. Se deben purificar, lograr que maduren mediante la abnegación; sólo así el sentimiento se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra[12].

No hay más modelo que Jesucristo. Por eso, la caridad cristiana consiste en amar como Él nos ha amado: hasta la entrega completa de su ser al Padre, por amor y para nuestra salvación. Nos lo legó como testamento en la Última Cena: un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros[13]. En aquellas primitivas comunidades cristianas se dio cuerpo a este mandamiento nuevo, hasta el punto de que los paganos comentaban asombrados: «¡Mirad cómo se aman!»[14].

La verdadera caridad cristiana, participación de la que rebosaba del corazón del Verbo encarnado, va empapada por el sacrificio; no busca la afirmación personal, sino el bien de los otros; y se configura como una tarea que nunca cabe considerar concluida: necesitamos aprender a querer, fijándonos en el ejemplo de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los santos que más han amado a Dios y al prójimo. Sintamos la responsabilidad de comenzar y recomenzar en cada jornada, muchas veces al día, con detalles pequeños de servicio y de entrega a los demás —a veces en cosas de más importancia— que los otros quizá no descubren, pero que no pasan inadvertidos a la mirada de nuestro Padre Dios. Recordemos la insistencia con que nuestro Padre nos dirigía aquellas palabras del profeta: discite benefacere[15], aprended a hacer el bien, aprendamos a acabar bien lo que nos ocupe.

Y al conducirnos de este modo, se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esa otra persona, no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo[16].

Este modo de comportarse requiere ciertamente —no me importa repetirlo— que nos esforcemos por dejar de lado nuestro yo, olvidándonos de nosotros mismos. Caridad y humildad van estrechamente unidas; y su fruto maduro es la unidad. Cuando sinceramente nos consideramos nada; cuando comprendemos que, sin el auxilio divino, la más débil y flaca de las criaturas sería mejor que nosotros; cuando nos vemos capaces de todos los errores y de todos los horrores; cuando nos sabemos pecadores aunque peleemos con empeño para apartarnos de tantas infidelidades, ¿cómo vamos a pensar mal de los demás?, ¿cómo se podrá alimentar en el corazón el fanatismo, la intolerancia, la altanería?

La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad[17].

La caridad, como toda virtud, ha de ejercitarse con orden. Por eso, sin discriminar a nadie, se dirigirá en primer lugar a quienes tenemos alrededor: la propia familia, los amigos, los compañeros de profesión, los vecinos y conocidos… De esta manera, contribuimos a que se vuelva más sólida la unidad de la Iglesia y colaboramos —apoyados en la oración— a que se produzca la ansiada unión de todos los cristianos. ¿Cómo tratamos a las personas que Dios ha puesto junto a nosotros? ¿Qué detalles concretos, cotidianos, de servicio alegre, referimos a cada uno? ¿Nos empeñamos para que en el hogar, en el ambiente de trabajo, en el círculo de amistades que frecuentamos, se manifieste el buen olor de Cristo[18] de la sincera amistad, de un cariño humano empapado de amor a Dios?

El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo —escribió san Josemaría, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?[19].

El Señor pide que realicemos una siembra de comprensión y disculpa en los distintos ambientes de la sociedad. A esto llama a cada cristiano, eso espera de los hombres. Es posible esta siembra si nos mueve la caridad de Cristo, que sabe volver compatibles las diferencias de carácter, de educación, de cultura, en la unidad del Cuerpo místico, sin que nada la rompa. El Apóstol no rechaza la diversidad: cada uno tiene de Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra (cfr. 1 Cor 7, 7). Pero esas diferencias han de estar al servicio del bien de la Iglesia. Yo me siento movido ahora a pedir al Señor —escribe san Josemaría— (…) que no permita que en su Iglesia la falta de amor encizañe a las almas. La caridad es la sal del apostolado de los cristianos; si pierde el sabor, ¿cómo podremos presentarnos ante el mundo y explicar, con la cabeza alta, aquí está Cristo?[20].

Dentro de dos semanas, el 14 de febrero, conmemoraremos en la Obra el aniversario de la extensión de la labor apostólica a las mujeres, en 1930, y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en 1943. Nuestro Padre consideró que esa coincidencia de fechas, en años distintos, era una manifestación de la Providencia divina, que deseaba subrayar con fuerza la unidad del Opus Dei. Agradezcamos este don divino, que cada una y cada uno de nosotros debe fomentar y defender, ante todo, en nuestra propia vida, y también a nuestro alrededor.

Recemos por todos los Pastores de la Iglesia, para que todos, con Pedro, Cabeza visible del Cuerpo místico, vayamos a Jesús por María. No cesemos de clamar al Espíritu Santo por la incorporación plena de los cristianos y de la humanidad entera en la unidad de la Iglesia Católica, de modo que se cumplan las palabras de Nuestro Señor: tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor[21].

No quiero terminar sin un recuerdo explícito del queridísimo don Álvaro, que el día 19 celebraba su santo. De su respuesta a Dios podemos aprender, entre tantas cosas, a cuidar con esmero esta familia sobrenatural a la que el Señor nos ha llamado —la Iglesia, la Obra—, gastándonos gustosamente en este empeño, como el primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei.

Como siempre, acompañadme en mis intenciones; concretamente, de manera especial, rezad por los hijos míos, Agregados de la Prelatura, que ordenaré de diáconos el próximo día 18.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2012.

[1] Jn 17, 21.

[2] Hch 2, 42.

[3] San Josemaría, Notas de la predicación, 23-IV-1963.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 19-I-2011.

[5] Ibid.

[6] Hch 4, 32.

[7] Benedicto XVI, Alocución en el Ángelus, 22-I-2012.

[8] San Agustín, Sermón 46, 18 (PL 38, 280).

[9] Cfr. 2 Cor 6, 6.

[10] San Josemaría, Notas de la predicación, año 1972.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 17.

[12] Ibid.

[13] Jn 13, 34-35.

[14] Tertuliano, Apologético 39, 7 (CCL 1, 151).

[15] Is 1, 17.

[16] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 18.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 233.

[18] 2 Cor 2, 15.

[19] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.

[20] Ibid., n. 234.

[21] Jn 10, 16.

Carta del Prelado [enero 2012]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Cantando ayer el Te Deum en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia, dábamos gracias a la Trinidad Beatísima por los beneficios que nos ha concedido en el año que acaba de transcurrir. Me sentí muy unido al Papa y a toda la Iglesia, especialmente a cada una y a cada uno de vosotros, y a los innumerables Cooperadores y amigos de la Prelatura. He visto y he oído cómo nuestro Padre rezaba este himno, con hambre de unirse al canto de alabanza que toda la creación rinde a Dios. Todas las mañanas, después de celebrar la Santa Misa y mientras se quitaba los ornamentos sacerdotales, lo recitaba con inmensa devoción, bien unido a sus hijas y a sus hijos.

En estos días de Navidad, y siempre, es lógico que se alce con más intensidad al Cielo nuestra acción de gracias, en primer lugar, por la encarnación y el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Este don es el fundamento perenne de nuestra gratitud, de nuestra alabanza, de nuestra adoración, a un Dios que no cesa de amarnos con locura y que nos lo manifiesta sin interrupción.

El comienzo del año nuevo nos debe ayudar a tener más presente esta prueba del amor divino. Los Padres de la Iglesia y todos los santos, en las diversas épocas de la historia, se han llenado de admiración al considerar que, con el nacimiento de Cristo, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Inmenso se ha hecho pequeño asumiendo nuestra limitada condición humana. «¿Qué mayor gracia pudo concedernos Dios?», se pregunta san Agustín. «Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia».

Nuestro asombro y nuestro agradecimiento aumenta aún más si consideramos que Dios no nos ha dado solamente este regalo por un tiempo o para un momento determinado, sino para siempre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia.

A la luz del amoroso designio divino con la humanidad entera y con cada uno, adquieren su verdadero relieve los acontecimientos del año que acaba de concluir: la salud y la enfermedad, los éxitos y los fracasos, los acontecimientos felices y los dolorosos, lo que consideramos bueno y lo que nos pareció menos bueno… Qué bien lo expresó nuestro Fundador en aquel punto de Camino, cuando exhorta a levantar el corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.

Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…

Dale gracias por todo, porque todo es bueno.

Es cierto que en el mundo abundan los dramas y sufrimientos: catástrofes naturales que arrebatan la vida a millares de personas, focos de guerra y violencia en muchos lugares, enfermedades y carencia de bienes de primera necesidad en innumerables puntos de la tierra, divisiones y rencillas en las familias y entre los pueblos… A todo esto hay que añadir ahora la profunda crisis económica que afecta a muchos países, con tantos hombres y mujeres en paro forzoso.

Sin embargo, aunque la razón no llegue a entender el porqué de estas situaciones, la fe nos asegura que este tiempo nuestro encierra ya, de forma definitiva e imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador (…). La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vidas cotidiana? ¿No es una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano —también en los momentos difíciles y duros— está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?.

Hagamos memoria, hijas e hijos míos, de los innumerables beneficios recibidos en los meses que acaban de transcurrir. Podemos meditarlos en la intimidad de la oración. A pesar de nuestra poquedad personal, ha sido un año más de fidelidad a nuestra vocación cristiana en la Iglesia, siguiendo el espíritu de la Obra. Y podemos enumerar otros muchos beneficios: los frutos espirituales de un trabajo ofrecido a Dios y realizado con espíritu de servicio a las almas; las personas que, gracias al ejemplo y a la palabra apostólica de los hijos de Dios, se han acercado con intimidad al Señor o lo han descubierto en la trama de su existencia ordinaria; el comienzo de la labor apostólica estable de fieles de la Prelatura en nuevos países y su consolidación en otros; la llamada divina a servirle en el Opus Dei que el Señor ha dirigido a muchas personas en el mundo entero; la profunda remoción interior, las conversiones y vocaciones de entrega total, siguiendo los más variados caminos espirituales, que Dios ha suscitado en la Iglesia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en el mes de agosto… Y tantos otros beneficios en la vida personal, familiar y social, que toca a cada uno descubrir y agradecer.

Ante este panorama sin fronteras, podemos hacer nuestra la oración que san Josemaría rezó innumerables veces, especialmente en los últimos años de su existencia terrena: Sancte Pater, omnipotens, æterne et misericors Deus, Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis etiam ignotis; Padre Santo, omnipotente, eterno y misericordioso Dios: por la intercesión de la bienaventurada Virgen María te doy gracias por todos tus beneficios, también los desconocidos. Porque, efectivamente, son más los beneficios que nos han pasado inadvertidos que los que conocemos. ¿Quién podría contar las veces que el Señor, con su paternal providencia, nos ha librado de peligros del alma y del cuerpo? ¿Quién sería capaz de enumerar las gracias que la Santísima Virgen nos ha conseguido en estos meses?

Por eso, es natural y sobrenaturalmente lógico que tratemos de mantener una constante actitud de agradecimiento. Como exhortaba san Josemaría al comienzo de un nuevo año: Ut in gratiarum semper actione maneamus! Que estemos siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles.

Dirijamos ahora la mirada al año que comienza. ¡Cuántos beneficios nos otorgará el Señor, si lo recorremos de la mano de Santa María! Se lo pedimos a nuestra Madre en esta fecha en la que la Iglesia conmemora solemnemente su Maternidad divina.

Las fiestas de estas semanas nos impulsan a empaparnos del clima de la primera Navidad. Ante el belén, imaginando los detalles de cariño de María y José con el Recién Nacido, habremos examinado cómo es nuestro trato con los demás: nuestra propia familia, los amigos, los colegas, y todas las personas que Dios —de un modo u otro— va poniendo a nuestro lado. Para todos hemos de ser luminarias que lleven a Cristo, como deseaba el Papa al reflexionar sobre las luces que adornan el árbol de Navidad. Que cada uno de nosotros —decía— aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad —concluía el Santo Padre— es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura.

Apliquemos estas consideraciones a la existencia cotidiana, tan rica de oportunidades de entrega a Dios y a los demás. Es cierto que somos y nos sentimos poca cosa; por eso mismo, os transmito la invitación de nuestro Fundador a volvernos voluntariamente pequeños delante de Dios, para que nuestro Padre celestial y nuestra Madre la Virgen se ocupen con especial esmero de cada uno. Esta decisión comporta el deseo de renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.

El trato de los hijos pequeños con sus padres —su abandono en ellos, su confianza, sus audaces peticiones— nos sirve de modelo para nuestras relaciones con Dios. Es la actitud fundamental del cristiano, que, renovada un día y otro, jornada tras jornada, nos asegura que andamos por la senda justa, independientemente de los éxitos o fracasos que puedan presentarse. ¿Nos detenemos con frecuencia a pensar si estamos caminando con el Señor? ¿Le dejamos que nos acompañe a toda hora? ¿Cómo le hablamos de lo que se nos presenta en cada momento?

¿Quién va a ser mejor Maestra que la Santísima Virgen? Al escuchar el anuncio de san Gabriel, se abandonó plenamente a la Voluntad divina —fiat mihi secundum verbum tuum!—, y creyó firmemente que se cumplirían las cosas que se te han dicho de parte del Señor, como proclamó santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo. Luego, en Caná, dirigió a su Hijo una petición llena de fe, intercediendo por las necesidades de los esposos —no tienen vino— y recomendó a los sirvientes cumplir exactamente lo que les indicara el Señor: haced lo que Él os diga. Miremos más a la Virgen, invoquémosla más.

Dentro de pocas fechas, el 9 de enero, se cumplen ciento diez años del nacimiento de san Josemaría. Aprovechemos este aniversario para acudir con fe a su intercesión, pidiendo por la Iglesia y la humanidad. Llevadle de modo especial las necesidades de la Obra, de sus hijas y de sus hijos en el mundo entero, y seguid rezando por mis intenciones. Todas y todos estáis constantemente presentes en mi oración; especialmente los que pasan por momentos de mayor sufrimiento físico o espiritual. Con palabras de san Pablo, os aseguro que es justo que yo sienta esto por cada uno de vosotros, ya que os tengo en el corazón (…). Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús.

Me parece también muy oportuno que recordemos el empuje sobrenatural y humano, el optimismo nacido de la fe, que san Josemaría transmitió a sus hijos en la Carta Circular del 9 de enero de 1939, un año después de su llegada a Burgos, pensando en el incremento de la labor apostólica de la Obra al concluir la guerra civil española, cuyo fin era ya inminente.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución de parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita Caridad.

Con la fuerza de nuestro Padre, y en su nombre, os pido que afinemos en la filiación y en la fraternidad. Si no cuidásemos a fondo estos pilares de nuestra familia sobrenatural, se provocarían grietas en la estructura de la Obra, a las que ninguno debe quitar importancia. Os digo lo que también nos comunicó en los años 50: que recemos el oremus pro unitate apostolatus, porque lo vivamos sin solución de continuidad.

Con todo cariño, deseándoos los mejores regalos del Cielo en este nuevo año, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2012.

San Agustín, Sermón 185 (PL 38, 999).

Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-XII-2011.

San Josemaría, Camino, n. 268.

Benedicto XVI, Homilía en las I Vísperas de la solemnidad de María, Madre de Dios, 31-XII-2010.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 15-IX-1971.

San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

Benedicto XVI, 7-XII-2011.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 143.

Lc 1, 38 y 45.

Jn 2, 3 y 5.

Flp 1, 7-8.

San Josemaría, Carta Circular, Burgos, 9-I-1939; en A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei”, II, p. 380.

Carta del Prelado [diciembre 2011]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos entrado en el Adviento, que nos trae una llamada a renovar nuestra esperanza: no una esperanza efímera, pasajera, sino una confianza segura, porque proviene de Dios. Esta expectativa gozosa, tan característica de las semanas que preceden a la Navidad, es la actitud fundamental del cristiano que desea vivir con fruto el renovado encuentro con Aquel que viene a poner su morada entre nosotros: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre[1].

El domingo pasado, en la primera lectura de la Misa, leíamos unas palabras de Isaías, dolido ante la situación del pueblo elegido. Aquellos hombres y mujeres habían endurecido sus corazones y se habían apartado de Dios, y el profeta se dirige al Señor pidiéndole que los convierta: vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus de tu heredad (…). Ojalá rasgaras los cielos y bajases. Ante ti se estremecerían las montañas[2]. Este clamor, de una forma u otra, resuena con frecuencia a lo largo de estas semanas; y también nosotros, atentos a la voz de la Iglesia, repetimos con sinceridad: veni, Domine, et noli tardare. Relaxa facinora plebi tuæ[3]; ven, Señor, y no tardes; desata las duras cargas que pesan sobre tu pueblo. La liturgia nos asegura: pronto llegará el Señor que domina los pueblos, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros[4]. Y así es: el Señor viene para reducir a la impotencia la obra del mal y todo lo que todavía puede mantenernos alejados de Dios, para devolvernos al antiguo esplendor y a la primitiva paternidad[5].

¿Cuántas veces hemos invocado ya, con el corazón o con los labios: veni, Domine Iesu[6]? Paladeemos esa frase de la Escritura, que la liturgia aplica a la expectación del nacimiento de Cristo: destilad, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al Salvador[7]. El firmamento se rasgó hace veinte siglos para la llegada del Redentor al mundo, y constantemente sucede cada día, cuando Jesús se nos acerca con su presencia sacramental en la Sagrada Eucaristía. A cada una, a cada uno, corresponde, por tanto, abrir el corazón de par en par, para que se empape de ese rocío divino que quiere volvernos eficaces. Por eso, la mejor manera de prepararnos para la venida espiritual de Jesucristo en la Navidad próxima, consiste en disponer bien nuestras almas y nuestros cuerpos para recibirle con nuevo fervor cada día en la Sagrada Comunión. ¿Cómo vas desgranando estas jornadas? ¿Cómo deseas que la humanidad acoja al Señor? ¿Aprovechas las luces y los adornos callejeros, para pedir que Dios tenga la respuesta que se merece de sus criaturas?

Nuestro Padre nos impulsaba a aprovechar estas semanas para construir con el corazón un Belén para nuestro Dios. ¿Os acordáis de cuando erais pequeños? ¡Con qué ilusión sabíamos preparar el Nacimiento, con sus montañas de corcho, sus casas minúsculas, y todas esas figurillas alrededor del pesebre donde Dios quiso nacer![8]. Y se detenía en una consideración que se puede aplicar a todos los fieles: sé bien que, cuanto más tiempo pasa, por aquello de que el Opus Dei es para cristianos adultos que por amor de Dios se saben hacer niños, mis hijas y mis hijos van siendo cada día más pequeños. Con mayor ilusión, pues, que en nuestros años de infancia, habremos preparado el portal de Belén en la intimidad de nuestra alma[9].

Al meditar en el acontecimiento extraordinario que conmemoramos, el Papa invita a pensar que el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Belén es, a la vez, inmensamente más grande y —desde el punto de vista del mundo— más humilde que lo que la palabra profética permitía intuir[10]. Isaías y todos los profetas sólo atisbaron lo que sucedería en la Navidad. El cumplimiento de aquella palabra guarda una fuerza más grande, inconmensurable, porque, con la encarnación y el nacimiento del Verbo, ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos: ha “descendido” realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí[11]. Por otra parte, todo se ha desarrollado con la más profunda humildad: ese Dios sapientísimo, todopoderoso y eterno, se nos ofrece como niño recién nacido, inerme, necesitado de unos brazos humanos que le den abrigo y de unos corazones que le amen de verdad. Como María y José en la noche de Belén, así hemos de comportarnos nosotros en el silencio de la oración, de nuestra presencia de Dios en la jornada y al recibirle sacramentalmente en la Eucaristía. El mismo hecho de poner el belén en nuestros hogares expresa nuestra espera, que Dios se acerca a nosotros (…), pero también es expresión de la acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana en la pobreza y en la sencillez[12].

Estamos también preparando la fiesta de la Inmaculada, ya inminente. Nuestro corazón de hijos se llena de gozo especialmente en esta solemnidad, porque en la Virgen Santísima vemos reflejadas la grandeza y la humildad con que su Hijo bajó a la tierra. Grandeza de María, la Purísima, la Toda Santa, la criatura más excelsa. Tan grande es su dignidad, que el pueblo cristiano la aclama diciendo: ¡más que Tú, sólo Dios! Y humildad suma de la Virgen nazarena, pues habiendo sido elegida desde la eternidad para ser Madre de Dios, se considera y se llama a sí misma esclava del Señor. ¡Cuántas lecciones, hijas e hijos míos, hemos de aprender con continuidad de nuestra Madre, y concretamente ahora, en los días que preceden a su fiesta! Pidámosle que no las olvidemos, que las pongamos en práctica.

Me viene a la memoria que, justamente en estos días de 1931 —han transcurrido ochenta años—, san Josemaría redactó unas consideraciones sobre los misterios del Rosario, que desde entonces han ayudado a innumerables personas a meterse por caminos de contemplación. Os sugiero que, en estas fechas, os esforcéis por cumplir con más pausa y atención esta devoción mariana. En una ocasión, respondiendo a una pregunta, nuestro Padre explicaba: el Rosario es una oración muy grata a María Santísima, que está enraizada en la vida de los católicos desde hace muchos siglos. A la vez, es una meditación de los misterios de la vida del Señor y de su Madre. Por lo tanto, lo recomiendo con todo mi corazón, también como una oración que puede hacerse en familia, aunque no debéis obligar a vuestros hijos pequeños a rezarlo (…). Si quieren venir con los demás, que vengan; si no, dejadlos estar, que ya vendrán. Tiene que ser algo voluntario[13].

Por su gran respeto a la libertad de las almas, nuestro Fundador añadía que en esto —como en todas las prácticas de piedad— cada uno debe seguir su propio camino. Y agregaba: he aconsejado un modo de rezarlo, pero a nadie le digo que ésta ha de ser necesariamente
su manera concreta de hacerlo, porque puede haber otras mil formas diversas. Las almas, aunque son similares, tienen cada una su propio camino. Sigue el que quieras, en el rezo del Rosario y en todo lo demás. Procura, si te interesa, meditar un poquito las oraciones que componen el Rosario, y que han sido puestas por la Iglesia. Reza tranquilamente los Padrenuestros y las Avemarías. Si te distraes, vuelve como puedas. Y si te has distraído todo el tiempo, lo has rezado también: has estado haciendo una gran serenata en honor de la Madre de Dios
[14].

Durante el Adviento, se nos vuelven presentes, con viveza, los misterios gozosos del Rosario; sobre todo en la última semana, cuando la liturgia intensifica la preparación inmediata para la Navidad. Esmerémonos en contemplarlos con especial empeño. Para ayudarme y ayudaros, os transcribo uno de los comentarios de nuestro Padre a estas escenas.

Recordad los misterios gozosos: nos admiramos de aquella humildad de Jesús, que semetipsum exinanivit formam servi accipiens: que se anonadó a Sí mismo tomando forma de siervo, tomando carne como la nuestra. Sin el pecado, pero igual a la nuestra. Humildad que le hace estar, como los demás, el tiempo necesario en el seno de la Madre.

Contemplamos a la Madre, que se humilla y va por las montañas de Judea a ver a su prima, Santa Isabel. Contemplamos…, y nos conmueve, aquella escena encantadora donde se compone el Magnificat.

Luego nace Jesús: como nosotros, sólo que con mayor pobreza: fuera de su casa, en un rincón. Non erat eis locus in diversorio: no hubo para ellos lugar en la posada. Siendo de la estirpe real de David, el Señor quiso nacer pobre y vivir pobre. Y cuando hace que los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, cuenten la historia de los antepasados de Jesús, en el relato aparecen unas cuantas mujeres, que no son precisamente un modelo de virtudes; alguna de ellas, ni mucho menos. Para que tengamos nosotros amor y comprensión y, a través de Jesús, sepamos disculpar a las gentes.

A continuación vemos cómo la Santísima Virgen va al Templo a purificarse: cuando más pura que Ella, sólo es Dios. ¡Modelo de humildad! Y nosotros, llenos de soberbia…

Al final, después de estas escenas de humildad, se nos desborda el alma en generosidad, para ocuparnos de las cosas de Dios, como hizo el Niño —cuando lo encuentran en el Templo, después de buscarle tres días—, que ése es el tema del último misterio: ¿no sabéis que me he de ocupar en las cosas que son de mi Padre del Cielo?[15].

La novena de la Inmaculada constituye una muestra de cariño filial a Nuestra Señora. Sin embargo, no olvidemos que es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. La Virgen, en efecto, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros (…). ¿Y qué nos dice María? Nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su “mensaje” no es otro sino Jesús, que es toda su vida. Gracias a Él y por Él, María es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, también Ella, su Madre, fue preservada del pecado por nosotros, por todos, como anticipación de la salvación de Dios para cada hombre[16].

De este modo, al recorrer con intensidad, personalmente, la novena de la Inmaculada, nos preparamos muy bien para la Navidad. Además —y la experiencia lo demuestra ampliamente— nos ofrece una ocasión más de realizar un constante apostolado personal. La Virgen siempre atrae a las almas y las conduce a Jesús. Tratemos de unir sólidamente estos dos aspectos —trato con Nuestra Señora y afán apostólico—, ahora y a lo largo de toda nuestra existencia. Meditemos unas palabras de nuestro Padre, que contienen una fuerza extraordinaria y suponen un desafío para nuestra respuesta cotidiana. El mundo es como una gran boca sedienta, con sed de Cristo, y nosotros, los cristianos, somos el agua que ha de apagar su sed. Nos espera. El día de mañana, ¿dónde estarás para prender ese fuego y ese amor de Cristo? Si no tienes ahora hambre de proselitismo, mala señal. Somos lodo de la tierra, pero —en las manos del Divino Maestro— daremos luz a los ojos de los hombres, que están ciegos y no ven el resplandor de la verdad[17].

En el mes que acaba de transcurrir, se ha comenzado la labor apostólica estable de la Prelatura en Sri Lanka. Demos muchas gracias a Dios porque, el mismo día de la llegada de vuestros hermanos, se pudo quedar reservado el Santísimo Sacramento en el oratorio del nuevo Centro: ¡un Sagrario más en esas tierras inmensas de Asia! A la Virgen Inmaculada encomiendo estos comienzos y la expansión apostólica que, con su intercesión, tratamos de llevar a cabo en tantos lugares.

Hijas e hijos míos: las almas nos esperan, te esperan. Vivamos con ansias de amar, cada día, el Sacrificio del Calvario. En 1937, nuestro Padre pudo celebrar por primera vez la Santa Misa con todos los ornamentos, el 3 de diciembre, tras los meses de persecución religiosa en España. Le he escuchado mencionar con grandísimo agradecimiento todas las facilidades que le dio el sacerdote de Andorra, a quien encomendó al Señor cotidianamente.

Seguid rezando por la Persona e intenciones del Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los frutos espirituales de su reciente viaje a África. Y no os olvidéis de uniros a mis peticiones al Señor, que —como tantas veces os he dicho— son muchas y encaminadas a dar a Dios toda la gloria.

Con todo cariño, os bendice

                                                                          vuestro Padre

                                                                           + Javier

Roma, 1 de diciembre de 2011.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 22-XII-2010.

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento, Primera lectura (B) (Is 63, 17-19).

[3] Liturgia de las Horas, Domingo I de Adviento, Ad Nonam, Responsorio breve.

[4] Misal Romano, 21 de diciembre, Antífona de entrada (cfr. Is 7, 14; 8, 10).

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 22-XII-2010.

[6] Ap 22, 20.

[7] Misal Romano, Domingo IV de Adviento, Antífona de entrada (Is 45, 8).

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1973.

[9] Ibid.

[10] Benedicto XVI, Homilía en la Natividad del Señor,
24-XII-2010.

[11] Ibid.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 22-XII-2010.

[13] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 17-XI-1972.

[14] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-X-1972.

[15] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 16-XI-1967.

[16] Benedicto XVI, Discurso ante la imagen de la Inmaculada, 8-XII-2010.

[17] San Josemaría, Notas de una meditación, 24-X-1942.

Carta del Prelado del Opus Dei [Noviembre 2011]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Con el mes de noviembre, la Iglesia nos invita a levantar la mirada más allá del horizonte terreno. La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos y, mañana, la conmemoración de los fieles difuntos, nos hablan de que Dios nos ha creado para servirle y alabarle en la tierra y gozar de Él eternamente en el Cielo. La vida terrena, por larga que sea, se queda en un brevísimo instante en comparación con la eternidad. Enseña uno de los salmos: ¡el hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio. Pero la misericordia del Señor dura desde siempre y para siempre con los que le temen[1]. Muchas veces he oído comentar estas palabras a nuestro Padre, coronándolas con el vultum tuum, Domine, requiram![2].

Lo único definitivo, lo que de verdad vale la pena, es llegar a la casa del Padre, donde Jesucristo ha ido para prepararnos una morada[3]. Lo saben bien las almas bienaventuradas que ya gozan de la visión beatífica en el Cielo; y ansían llegar allí las que se purifican en el Purgatorio antes de ser admitidas en la gloria.

Estas conmemoraciones litúrgicas, y todo el mes que comenzamos, constituyen una buena ocasión para hacer un examen de conciencia más profundo, reavivando las ansias de Dios y rectificando lo que haya que rectificar. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?[4]. Estas preguntas de Nuestro Señor deberían estar muy presentes en nuestras jornadas e iluminar todo nuestro actuar. Porque, ¿qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre? (…).

Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre[5].

Una mirada al mundo nos mueve a considerar con dolor que son muchos —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos— los que recorren las sendas terrenas sin apenas considerar su destino eterno. Otras inquietudes y necesidades ocupan casi por completo su horizonte vital; y, a veces sin culpa propia, desconocen la dignidad a la que Dios los llama, la felicidad sin término a que los convoca. Tú y yo, cada cristiano consciente de la grandeza de su vocación, no puede permanecer indiferente ante la suerte de esas muchedumbres que no conocen a Dios o lo ponen entre paréntesis. Ante esta realidad, no caben pesimismos. Hemos de rogar al Señor que nos llene de su celo y que seamos conscientes de que, con la oración y la mortificación, nos acercamos hasta el último rincón del planeta. ¿Queremos a toda la humanidad? ¿Cómo reaccionamos ante las noticias de países lejanos?

En la Carta apostólica publicada días atrás, convocando un año de la fe para dentro de algunos meses, Benedicto XVI reafirma esta responsabilidad fundamental de los fieles católicos. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cfr. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cfr. Jn 4, 14)[6]. El pensamiento de la Comunión de los santos, tan vivo en las próximas semanas, nos impulsará a pedir a la tercera Persona de la Santísima Trinidad que acreciente en cada uno el deseo de acercarle muchas almas. Ure igne Sancti Spiritus!, clamamos con la invocación que tanto removía a nuestro Padre. ¡Quémanos, Señor, con el fuego del Espíritu Santo! Que tu acción en nuestras almas —luz en la inteligencia, decisiones operativas en la voluntad, fortaleza en el corazón— nos impulse a un apostolado constante, aprovechando todas las ocasiones —y sabiendo crear ocasiones nuevas— para ayudar a que se acerquen a Dios las gentes con quienes nos encontremos.

Hemos de empeñarnos diariamente en la tarea apostólica con renovado ardor. Debemos descubrir de nuevo —prosigue el Papa— el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y con el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cfr. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna” (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: “La obra de Dios es ésta: que creáis en el que Él ha enviado” (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación[7].

Fijémonos, como siempre, en la figura amabilísima del Redentor. Es preciso creer en Él, nuestro Dios y Salvador, que quiere llevarnos a la gloria de Dios Padre con la asistencia del Espíritu Santo. Tan intensamente lo desea, que en una ocasión manifestó a sus discípulos: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?[8]; he venido a prender fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?

Estas palabras espolearon el alma de san Josemaría desde muy joven. Durante años, me encendía en amor de Dios la consideración del afán de Jesús por incendiar el mundo con su fuego. Y no podía contener dentro de mí aquel hervor que se abría impetuosamente en mi alma y que, expresándose en las palabras mismas del Maestro, salía a gritos de mi boca: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?… Ecce ego quia vocasti me (Lc 12, 49; 1 Re 3, 9); he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?… Aquí estoy, porque me has llamado[9]. Y añadía que, para su alma, esas palabras eran un acicate: que lo sean también para vosotros; que no estéis nunca apagados; que os sepáis portadores de fuego divino, de luz divina, de calor de cielo, de amor de Dios, en todos los ambientes de la tierra[10].

Pidamos al Paráclito que encienda nuestros corazones; que nos haga experimentar, con Cristo, el celo por la salvación de todos. Aquel ignem veni mittere in terram!, he venido a la tierra a pegarle fuego, nos debe quemar el alma. Y hemos de estar decididos, absolutamente decididos, a decir al Señor: ecce ego quia vocasti me! (1 Sam 3, 8), ¡aquí me tienes!, porque me has llamado a ser cristiano. ¿Padre de familia? Padre de familia. ¿Hijo de familia? Hijo de familia. ¿Madre de familia? Madre de familia. Pero pegando fuego a todo lo que toquéis. Si no prendéis fuego a lo que tenéis alrededor, vosotros mismos os quemaréis tontamente, para dejar sólo unas cenizas, en lugar de una brasa de luz y calor[11].

El apostolado, gozoso deber para los cristianos, nos impulsa a continuar la mi
sión de Cristo que lleva a cabo la Iglesia, cada uno desde su situación en el Cuerpo místico. El buen ejemplo, siempre fundamental, tiene particular importancia en los momentos actuales. Puede haber personas alejadas de Dios, o de la práctica religiosa, que no admitan una conversación de contenido sobrenatural o simplemente espiritual. Pero el testimonio de una conducta recta —en la vida personal, familiar, profesional, social— no pasa nunca inadvertido. Esas mujeres y esos hombres, aunque quizá no lo reconozcan abiertamente, con frecuencia se interrogan en su corazón por las razones de esa conducta; y así comienzan ya a abrirse a la luz del Señor. Con su misma existencia en el mundo —escribe el Papa—, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó[12]. En este sentido, como sugiere Benedicto XVI, el estudio o repaso del Catecismo de la Iglesia Católica adquiere una importancia particular: para conocer mejor la fe y sus consecuencias, y comunicarlas a otros. No dejemos de acudir a esa fuente y de recomendarlo a quienes tratamos.

La fe no se agota en el conocimiento de las verdades contenidas en el depósito de la revelación, sino que requiere, por su propio dinamismo, manifestarse exteriormente. Como enseña san Pablo, la fe per caritatem operatur[13], actúa por medio de la caridad; y la caridad se muestra en hechos concretos de servicio a los demás, de atención, de interés por sus cosas, comenzando por los más cercanos. La primera manifestación se traduce en desear lo mismo que quiere Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad[14]. En una palabra, comunicar la fe recibida. Es el objetivo que el Papa señala en su reciente carta apostólica, pues sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no parece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y de los valores inspirados por ella, hoy no aparece que sea así en vastos sectores de la sociedad[15].

Durante toda su vida, san Josemaría predicó la necesidad de empapar con la fe los pensamientos, las palabras y las obras. Insistía en que, al entrar en contacto con otras personas, deberíamos plantearnos enseguida el modo de ayudarles a acercarse a Dios. Solía poner una comparación. ¿Os fijáis en cómo hay en los hombres todos —también en ti y en mí— como un prejuicio psíquico, una especie de psicosis profesional? Cuando un médico ve por la calle a otra persona que pasa, sin darse cuenta piensa: “esa persona anda mal del hígado”. Y si la mira un sastre, comenta: “¡qué mal vestido, o qué bien, qué buen corte!”. Y el zapatero se fija en los zapatos… Y tú y yo, hijos de Dios, dedicados a servir a los demás en el mundo, por amor del Señor, cuando contemplamos a las gentes, tenemos que pensar en las almas: he aquí un alma —hemos de decirnos—, un alma que hay que ayudar, un alma a la que se debe comprender, un alma con la que hemos de convivir, un alma que hay que salvar[16].

Es lógica esta manera de proceder, porque quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla[17]. Así se han comportado los seguidores fieles del Señor en todas las épocas. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —predicaba san Gregorio Magno—, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos»[18].

Pensemos que, a pesar del clima de dejadez y relativismo, en el corazón de todos hay un hambre de eternidad que sólo Dios puede satisfacer. Esta realidad puede constituir un firme punto de apoyo para renovar diariamente el afán apostólico, sabiendo que el Señor desea servirse de los cristianos, de ti y de mí, como instrumentos para llevar al Cielo a otros. Aunque nos veamos y seamos realmente poca cosa, nos hemos de encender en el deseo y en la realidad de llevar la luz de Cristo, el afán de Cristo, los dolores y la salvación de Cristo, a tantas almas de colegas, de amigos, de parientes, de conocidos, de desconocidos —sean cualesquiera sus opiniones en cosas de la tierra—, para darles a todos un buen abrazo fraterno. Entonces seremos rubí encendido, y dejaremos de ser esta nada, este carbón pobre y miserable, para ser voz de Dios, luz de Dios, ¡fuego de Pentecostés![19].

En los días pasados, he estado en Pamplona para presidir la investidura de algunos doctorados honoris causa por la Universidad de Navarra. Luego, en Madrid, he tenido reuniones con millares de fieles de la Prelatura, cooperadores y amigos. He pedido a la Trinidad Santísima que renueve en todos el afán apostólico, colaborando en la nueva evangelización de la sociedad con su apostolado personal de amistad y confidencia, y también promoviendo actividades formativas que lleven el mensaje de Cristo a todos los ambientes.

Antes de terminar, os pido oraciones por los treinta y cinco hermanos vuestros que recibirán la ordenación diaconal el próximo día 5, en Roma. Pedid para ellos, y para todos los ministros de la Iglesia, un corazón a la medida del Corazón de Cristo.

Sigamos muy unidos al Romano Pontífice y en comunión con los Obispos diocesanos. Agradezcamos al Señor los frutos espirituales que otorga a la Iglesia mediante la labor apostólica de los fieles de la Obra. Lo haremos especialmente el próximo día 28, aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Que nuestro reconocimiento llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen.

Con todo cariño, os bendice

                                                                                      vuestro Padre

                                                                                      + Javier

 

Roma, 1 de noviembre de 2011.

[1] Sal 102 [103] 15-17.

[2] Cfr. Sal 26 [27] 8.

[3] Cfr. Jn 14, 2-3.

[4] Mt 16, 26.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 200.

[6] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 3.

[7] Ibid.

[8] Lc 12, 49 (Vg).

[9] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 9.

[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-II-1975.

[11] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-II-1975.

[12] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 6.

[13] Gal 5, 6.

[14] 1 Tm 2, 4.

[15] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 2.

[16] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-II-1963.

[17] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.

[18] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, I, 6, 6 (PL 76, 1098).

[19] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 2-VI-1974.

Carta Pastoral 2 0ctubre 2011

SUMARIO

FORMACIÓN PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Como los primeros cristianos
Necesidad e importancia de la formación
Libertad, docilidad, sentido de responsabilidad

FORMACIÓN HUMANA
Templanza
Fortaleza
Tono humano
El tono humano de los ministros sagrados

FORMACIÓN ESPIRITUAL
Identificarse con Jesucristo
Los medios
El Sacramento de la Reconciliación
Espíritu de iniciativa y docilidad
Humildad y prudencia al impartir la dirección espiritual
La formación litúrgica
La liturgia de la Palabra
La liturgia eucarística

FORMACIÓN EN LA DOCTRINA CATÓLICA
Fidelidad al Magisterio y libertad en lo opinable

FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO
Apostolado personal de amistad y confidencia
Apostolado de la familia y con la juventud
Apostolado y cultura

FORMACIÓN PROFESIONAL
Trabajo y unidad de vida
Rectitud de intención
Espontaneidad apostólica

* * *

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

1. Desde el mandato apostólico recibido del Señor (cfr. Mt 28, 19-20), la Iglesia no ha cesado de evangelizar. Muchos frutos vinieron en el transcurso de los siglos: por la gracia de Dios, también la Obra y cada uno de sus fieles. Como en otras épocas, también ahora se está desarrollando en muchos ambientes un fuerte proceso de descristianización que lleva consigo pérdidas muy graves para la humanidad. Dios ha enviado siempre a la Iglesia santos que, con su palabra y con su ejemplo, han sabido reconducir las almas a Cristo. Como ha escrito el Papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza, el cristianismo no es solamente una “buena noticia”, una comunicación de contenidos, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida.

Me detengo ahora en algunos aspectos de esa formación para nuestra vida espiritual y para tomar parte en la “nueva evangelización”, como la definió el beato Juan Pablo II.

En 1985, el primer sucesor de nuestro Padre nos dirigió una carta pastoral, moviéndonos a participar muy activamente en este apostolado, insistiendo en la necesidad de esmerarnos en la formación personal y en la extensión de esa labor a las almas.

También Benedicto XVI guía ahora a los cristianos por estas mismas sendas. La reciente creación del Pontificio Consejo para la promoción de la nueva evangelización es una muestra de ese interés. Todos nos sentimos interpelados por sus palabras en la reciente Jornada Mundial de la Juventud, cuando animaba a los jóvenes a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios.

2. Como la Obra ha venido al mundo precisamente para recordar la llamada universal a la santidad y al apostolado, san Josemaría afirmaba que la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos.

En Pentecostés, el Paráclito impulsó a los Apóstoles y a los demás discípulos a evangelizar, reavivando en sus mentes las enseñanzas de Jesucristo. Basta leer los escritos del Nuevo Testamento, para comprobar cómo una de las primeras ocupaciones de los Doce era plantar la semilla de la fe y alimentarla con sus enseñanzas, de palabra y por carta. La paciente labor de formación que el Señor realizó con los Apóstoles durante tres años, prolongada sin pausas por ellos y sus colaboradores, con la asistencia del Espíritu Santo, transformó el mundo antiguo hasta hacerlo cristiano.

3. San Josemaría impulsó a todos a adquirir y a mejorar constantemente la propia formación cristiana, presupuesto indispensable para crecer en intimidad con Jesucristo y darle a conocer a otras almas. Discite benefacere (Is 1, 17), aprended a hacer el bien, repetía con palabras del profeta Isaías; porque es inútil que una doctrina sea maravillosa y salvadora, si no hay hombres capacitados que la lleven a la práctica. Desde sus primeros pasos como sacerdote, dedicó muchas energías a formar doctrinalmente a las personas que se acercaban a su labor pastoral; luego, con el desarrollo del Opus Dei, intensificó esa dedicación y dispuso los medios necesarios para dar continuidad a la tarea formativa; en primer lugar de sus hijos, pero también de las innumerables personas —hombres y mujeres, jóvenes y gente madura, sanos y enfermos—, que se mostraban dispuestos a acoger en sus almas ese mensaje.

Nuestro Padre consideraba cinco aspectos de la formación: humano, espiritual, doctrinal-religioso, apostólico y profesional. Afirmaba que un hombre, una mujer, se va haciendo poco a poco, y nunca llega a hacerse del todo, a realizar en sí mismo toda la perfección humana de que la naturaleza es capaz. En un aspecto determinado, puede incluso llegar a ser el mejor, en relación con todos los demás, y quizá a ser insuperable en esa actividad concreta natural. Sin embargo, como cristiano su crecimiento no tiene límites.

En lo humano, si nos examinamos con sinceridad, descubrimos enseguida que precisamos perfeccionar nuestro carácter, nuestro modo de ser, adquiriendo y mejorando las virtudes humanas que constituyen el soporte de las sobrenaturales. Lo mismo ocurre en la formación espiritual, pues siempre existe la posibilidad de progresar en las virtudes cristianas, especialmente en la caridad, que es la esencia de la perfección.

En el aspecto doctrinal-religioso, también nuestro conocimiento de Dios y de la doctrina revelada puede y debe crecer: para conformar mejor con los misterios de la fe nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestro corazón, y asimilarlos con mayor profundidad.

El apostolado, a su vez, es un mar sin orillas, y se requiere preparación para anunciar el amor de Cristo en nuevos ambientes y en más países. Éste era el programa de san Josemaría desde los comienzos, como aparece en un autógrafo de los primeros años de la Obra: conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios. El prestigio profesional viene a ser el anzuelo de pescador de hombres, para extender el reinado de Cristo —presente ya en su Iglesia— en la sociedad.

El panorama es tan vasto que jamás podremos decir: ¡ya estoy formado! Nosotros nunca decimos basta. Nuestra formación no termina nunca: todo lo que habéis recibido hasta ahora —explicaba nuestro Padre— es fundamento para lo que vendrá después.

4. La identificación con Jesucristo requiere la libre cooperación humana: «El que te hizo sin ti, no te justifica sin ti». Esta correspondencia personal juega un papel imprescindible, pero donde no alcanza la criatura llega la gracia de Dios. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor. Origen del amor: sólo los seres libres están en condiciones de amar y ser felices. Difícilmente crece el amor donde impera la coacción. Y no hay fidelidad sin la decisión libre y firme de identificarse con la Voluntad de Dios.

La Iglesia posee el remedio para curar la debilidad humana, consecuencia del pecado, que se manifiesta —entre otras cosas— en la disminución de libertad interior. Ese remedio, la gracia divina, no sólo sana la libertad natural, sino que la eleva a una libertad nueva y más alta. Jesucristo, en efecto, nos ha arrancado de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Rm 8, 21). Por eso —exhorta el Apóstol—, manteneos firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre (Gal 5, 1).

¿Quieres tú pensar —invita san Josemaría— (…) si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí?. La decisión personal de nuestra respuesta a la llamada de Dios, en la Iglesia y en la Obra, es precisamente la razón de nuestra perseverancia. Más aún, esa libertad se realiza en plenitud, alcanza todo su sentido, sólo mediante la entrega amorosa a la Voluntad de Dios, como hizo Jesús.

La libertad personal —que defiendo y defenderé siempre con todas mis fuerzas— me lleva a demandar con convencida seguridad, consciente también de mi propia flaqueza: ¿qué esperas de mí, Señor, para que yo voluntariamente lo cumpla?. Y añade nuestro Padre: nos responde el mismo Cristo: veritas liberabit vos (Jn 8, 32); la verdad os hará libres. ¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre.

5. Al incorporarse al Opus Dei, cada uno acepta libremente el compromiso de formarse para dar cumplimiento a la misión de la Obra en el seno de la Iglesia, y acude, por eso, con agradecimiento a los medios específicos de formación que estableció san Josemaría, fiel al querer divino.

Ponderemos seriamente y con frecuencia la obligación de formarnos bien doctrinalmente, obligación de prepararnos para que entiendan; para que, además, sepan después expresarse los que nos escuchan. De ahí la necesidad de acudir a los medios de formación dispuestos a aprovecharlos a fondo.

Como señalaba Juan Pablo II, «algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en la labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente como “auto-formación”. Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás».

6. En el aspecto humano, la formación tiende a fortalecer las virtudes y contribuye a la configuración del carácter: el Señor nos quiere muy humanos y muy divinos, con los ojos puestos en Él, que es perfecto Dios y perfecto hombre.

El edificio de la santidad se asienta sobre bases humanas: la gracia presupone la naturaleza. Por eso el Concilio Vaticano II recomienda a los fieles laicos que tengan en sumo aprecio aquellas virtudes «que se refieren a las relaciones sociales, esto es, la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, los buenos sentimientos, la fortaleza de alma, sin las cuales no puede darse una auténtica vida cristiana».

Una sólida personalidad se construye en la familia, en la escuela, en el lugar de trabajo, en las relaciones de amistad, en las variadas situaciones de la existencia. Se necesita, además, aprender a conducirse con nobleza y rectitud. De este modo, se mejora el carácter como base para fortalecer la fe ante las dificultades internas o externas. No faltan hombres y mujeres que quizá no han tenido ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales.

Actualmente se hace más necesario redescubrir el valor y la necesidad de las virtudes humanas, pues algunos las consideran en oposición a la libertad, a la espontaneidad, a lo que piensan equivocadamente que es “auténtico” en el hombre. Olvidan, quizá, que esas perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad facilitan actuar bien, con rectitud, y hacen que la convivencia social sea justa, pacífica, amable.

Aunque el ambiente que se respire en algunas partes dificulte captar estos valores, no por eso las virtudes humanas dejan de resultar atractivas. Ante los múltiples reclamos que no llenan el corazón, la persona humana termina por buscar algo que merezca realmente la pena. Por eso, a los cristianos se nos presenta la gran labor de mostrar, primero con el propio ejemplo, la belleza de una vida virtuosa, es decir, plenamente humana, una vida feliz.

En la actualidad se nos muestran especialmente relevantes la templanza y la fortaleza.

7. Templanza es señorío. Señorío que se logra cuando se advierte que no todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Resulta más cómodo dejarse arrastrar por los impulsos que llaman naturales; pero al final de ese camino se encuentra la tristeza, el aislamiento en la propia miseria.

Esta virtud introduce orden y medida en el deseo, dominio firme y moderado de la razón sobre las pasiones. Su ejercicio no se reduce a una pura negación, que sería una caricatura de esta virtud. Tiende a que el bien deleitable y la atracción que suscita se integren armónicamente en la madurez global de la persona, en la salud del alma. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata.

La experiencia revela que la intemperancia dificulta el juicio para determinar lo verdaderamente bueno. ¡Qué pena causan aquellos en los que el placer se convierte en el criterio de sus decisiones! La persona destemplada se deja guiar por las múltiples sensaciones que el ambiente le despierta. Y, dejando de lado la verdad de las cosas y buscando la felicidad en experiencias fugaces —que, por ser pasajeras y sensibles, nunca satisfacen del todo, sino que inquietan y desestabilizan—, hacen entrar a la criatura en una espiral auto-destructiva. Por el contrario, la templanza confiere serenidad y reposo; no acalla ni niega los buenos deseos y nobles pasiones, sino que vuelve al hombre dueño de sí.

En este campo adquieren una especial responsabilidad los Supernumerarios, con su empeño en crear hogares cristianos. San Josemaría comentaba que los padres deben enseñar a sus hijos a vivir con sobriedad (…). Es difícil, pero hay que ser valiente: tened valor para educar en la austeridad. El modo más eficaz de transmitir este enfoque, sobre todo a los niños pequeños, es el ejemplo, pues sólo entenderán la belleza de la virtud cuando contemplen cómo renunciáis a un capricho por amor de ellos, o sacrificáis vuestro propio descanso por atenderles, por acompañarles, por cumplir vuestra misión de padres. Ayudadles a administrar lo que usan: les haréis un gran bien. Insisto: si cuidáis la templanza en vuestros hogares, el Señor premiará vuestra abnegación y sacrificio de madres y padres; y surgirán vocaciones de dedicación a Dios en el seno de vuestra propia casa.

8. En ocasiones experimentamos dentro de nosotros una cierta resistencia al esfuerzo, a lo que implica trabajo, sacrificio, abnegación. La fortaleza «asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso de la muerte, y de afrontar las pruebas y las persecuciones».

Luchemos para adquirir hábitos de vencimiento en detalles pequeños: cumplir un horario, cuidar el orden material, no ceder a los caprichos, dominar enfados, acabar tareas, etc. Podremos responder así con más prontitud a las exigencias de nuestra vocación cristiana. Además, la fortaleza nos conducirá a la buena paciencia, a sufrir sin hacerlo pesar a los demás, a sobrellevar las contrariedades que se derivan de nuestras propias limitaciones y defectos, del cansancio, del carácter ajeno, de las injusticias, de la falta de medios. Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla.

Ciertamente, se requiere firmeza para emprender a diario la tarea de la propia santificación y del apostolado en medio del mundo. Surgirán quizá obstáculos, pero la persona movida por la fuerza de Dios —quoniam tu es fortitudo mea (Sal 30 [31] 5), porque Tú eres, Señor, mi fortaleza— no teme actuar, proclamar y defender su fe, también cuando esto suponga ir contracorriente. Volvamos de nuevo los ojos a los primeros cristianos: ellos encontraron numerosas dificultades, pues la doctrina de Cristo aparecía —entonces como ahora— un signo de contradicción (Lc 2, 34). El mundo de hoy necesita mujeres y hombres que ofrezcan en su conducta cotidiana el testimonio silencioso y heroico de tantos cristianos que viven el Evangelio sin componendas, cumpliendo su deber.

9. El afán por cultivar las virtudes humanas colaborará a que se respire el bonus odor Christi (cfr. 2 Cor 2, 15), el buen aroma de Cristo. En este contexto, se demuestra especialmente importante el “tono humano”, el comportamiento cordial y respetuoso en las relaciones con los demás. Fomentémoslo en el seno de la familia, en el lugar de trabajo, en los momentos dedicados al entretenimiento, al deporte, al descanso, aunque no pocas veces se precise también en eso ir contracorriente. No tengamos miedo si, en ocasiones, nuestra sencilla naturalidad cristiana choca con el ambiente, porque —como nos enseñó san Josemaría— ésa es entonces la naturalidad que el Señor nos pide.

Hoy se alza imperiosa la necesidad de cuidar el tono humano y de promoverlo a nuestro alrededor. Con frecuencia, en la familia y en la sociedad se descuidan esas manifestaciones de delicadeza en la conducta, en aras de una falsa naturalidad. Existen abundantes maneras de contribuir a la formación en este terreno. Lo primero, como siempre, es el ejemplo, aunque resultará también conveniente insistir mediante conversaciones personales y charlas a grupos de personas. El respeto en el trato mutuo se manifiesta en el modo de vestir digno y honesto, en los temas de conversaciones y tertulias, en la promoción de un espíritu de servicio alegre, dentro del hogar, de la escuela, de los lugares de diversión o descanso; en la atención material de los hogares y en el cuidado de las cosas pequeñas.

Particular importancia reviste el interés por adquirir y fomentar un serio nivel cultural, adecuado a las circunstancias de cada uno, en función de los estudios realizados, del ambiente social, de los gustos y aficiones personales. Me limitaré a recordaros que aquí juegan un papel importante las lecturas y el buen aprovechamiento del tiempo dedicado al oportuno descanso.

10. En los Centros del Opus Dei y en las labores apostólicas alentadas por fieles de la Prelatura, se procura que los jóvenes se acostumbren a pensar en los demás, con generosidad, con afanes de servicio. Animemos positivamente a que se forjen un ideal de vida que no les encierre en límites raquíticos, cómodos o egoístas. Recordemos cómo san Josemaría impulsaba a fomentar en ellas y en ellos todas sus ambiciones nobles, sobrenaturalizándolas.

Si cultivan esas ambiciones nobles, con espíritu de superación y sacrificio, aparecerá más hacedero y sencillo el aprecio de la trascendencia y el relieve sobrenatural de esos esfuerzos; y más fácilmente se ayudará a que avancen en su vida interior y lleguen a ser instrumentos idóneos en las manos de Cristo, en servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Muchas chicas y muchos chicos jóvenes —decía Juan Pablo II en una ocasión— «son exigentes en lo que atañe al sentido y al modelo de su vida y desean librarse de la confusión religiosa y moral. Ayudadles en esta empresa. En efecto, las nuevas generaciones están abiertas y son sensibles a los valores religiosos, aunque a veces sea de modo inconsciente. Intuyen que el relativismo religioso y moral no da la felicidad y que la libertad sin la verdad es vana e ilusoria». La criatura que se conforma con horizontes reducidos, muy difícilmente llegará a adquirir una verdadera formación humana y cristiana. No dejemos de alentar a los jóvenes para que sepan enfrentarse con los problemas de este mundo.

11. Para los sacerdotes también se revela imprescindible el ejercicio de las virtudes humanas, por la naturaleza misma del ministerio pastoral. Los presbíteros desarrollan su labor en medio del mundo, en contacto inmediato con toda clase de personas, que —como puntualizó don Álvaro— «suelen ser jueces inexorables del sacerdote, y se fijan ante todo en su modo de proceder como hombre».

Un sacerdote afable, educado, disponible para dedicar su tiempo a los demás, sabe presentarse bien y hacer agradable la lucha del cristiano.

Ninguna circunstancia apartó a san Josemaría de la elevada idea que tenía del sacerdote. Aunque, por una parte, debe hacerse todo para todos para llegar a todos (cfr. 1 Cor 9, 19), por otra, no ha de olvidar que es representante de Jesucristo entre los hombres. Por tanto, es lógico que deba esforzarse —dentro de sus limitaciones personales— para que los demás fieles descubran, a través de su comportamiento personal, el rostro del Señor. Conservan toda su actualidad las recomendaciones que nuestro Fundador dirigía a los clérigos, instándoles a cuidar la corrección en el modo de vestir, para que la gente estuviera en condiciones de reconocerles como ministros de Cristo, como dispensadores de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4, 1).

El sacerdocio abarca toda la existencia del presbítero. Precisamente por esto, porque ha de aparecer real y constantemente disponible, se le ha de reconocer fácilmente, y el traje sacerdotal —la sotana o el clergyman— lo distingue de modo claro. En la sociedad actual —muy ligada a la cultura de la imagen y, a la vez, quizá alejada de Dios—, la vestimenta sacerdotal no pasa inadvertida. Por eso, los sacerdotes de la Prelatura que ejercen su ministerio pastoral en una iglesia, llevan habitualmente el traje talar en el templo, y también en nuestros Centros. De los países donde hay otras costumbres —comentaba nuestro Padre—, no digo nada. Haremos siempre lo que disponga la Iglesia. Sin embargo, dentro de casa llevaremos la sotana: los que hablan de libertad deben, al menos, respetar nuestra libertad de vestir en casa.

12. Esta faceta ha de ocupar «un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la Voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia».

El Papa Benedicto XVI ha recordado que el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. La vida de unión con Cristo, la búsqueda de la santidad, se nutre de auxilios espirituales: conocimiento de la doctrina católica, vida litúrgica y sacramental, acompañamiento espiritual.

13. Con la acción del Espíritu Santo, los modos de seguir a Jesucristo dentro de la Iglesia son innumerables. Así lo anotaba nuestro Padre, cuando escribía: habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas. —Y, también, tan conformes unos con otros como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo.

El Opus Dei, además de las prácticas de piedad —todas tradicionales en la Iglesia— que recomienda a sus fieles o a quienes se acercan a las labores apostólicas, transmite un espíritu, para afrontar y dar sentido a la propia vida, fundamentándola en la filiación divina en Cristo. El eje —el quicio— sobre el que gira toda la labor de santificación, propia y ajena, es el trabajo profesional realizado del mejor modo posible, en unión con Jesucristo y con el deseo de servir a los demás.

Esta ayuda espiritual facilita la unidad de vida, porque los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, aprenden a tomar ocasión de las situaciones concretas en que se encuentran, para convertirlas en ocasión y medio de santidad y de apostolado, actuando siempre con la más plena libertad personal en las cuestiones profesionales, familiares, sociales, políticas, etc., que la Iglesia deja a la personal decisión de los católicos.

En este sentido, san Josemaría explicaba que es imposible establecer una diferencia entre trabajo y contemplación: no se puede decir hasta aquí se reza, y hasta aquí se trabaja. Se continúa siempre rezando, contemplando en la presencia de Dios. Siendo hombres de acción en apariencia, vamos a parar a donde fueron a parar los místicos más altos: volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance, hasta el corazón de Dios. ¿Cómo no descubrir un eco de estas enseñanzas en las palabras del Papa Juan Pablo II, dirigidas en Castelgandolfo a fieles del Opus Dei? «Vivir unidos a Dios en el mundo, en cualquier situación, tratando de mejorarse a sí mismos con la ayuda de la gracia y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la vida. ¿Y qué hay más bello y más entusiasmante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla».

14. La unión del trabajo con la lucha ascética, la contemplación y el ejercicio de la misión apostólica, requiere una honda preparación: por eso, el Opus Dei nos ofrece un amplio abanico de recursos de formación personales y colectivos. Entre los personales, uno reviste especial importancia: es la charla fraterna, que llamamos también Confidencia precisamente por su carácter interpersonal lleno de confianza.

Es una conversación de dirección espiritual, que se sitúa en el contexto del servicio fraterno, para vivir a fondo, con libertad y responsabilidad, el encuentro cotidiano con Cristo en medio del mundo. Ya en las páginas del Nuevo Testamento encontramos cómo el Señor quiso servirse de la mediación de hombres y mujeres para encaminar las almas hacia la meta de la santidad. Cuando llama a san Pablo en el camino de Damasco, le pide que acuda a otro hombre, Ananías, que le comunicará lo que ha de saber acerca del nuevo camino que está a punto de emprender (cfr. Hch 9, 6-18; 22, 10-15). Luego irá a Jerusalén videre Petrum, para ver a Pedro y aprender de él muchos aspectos de la doctrina y de la vida cristianas (cfr. Gal 1, 18). De hecho, la dirección espiritual es una tradición cuyo espíritu se remonta a los primeros pasos de la Iglesia.

En el Opus Dei, esa ayuda espiritual tiende a facilitar que las personas asimilen con fidelidad el espíritu que nuestro Fundador recibió de Dios y nos transmitió, y que ha sido propuesto por la Iglesia como un camino de santidad.

15. San Josemaría explicaba que, en la Obra, la dirección espiritual personal se realiza in actu, es decir, en el momento en que se tiene esa conversación. Esa atención se sitúa en el ámbito del consejo para ayudar a progresar en la vida cristiana. Nuestro Padre comparaba alguna vez la dirección espiritual a la tarea de un hermano, que se preocupa por la marcha de los hermanos más jóvenes; de un amigo o una amiga leales, movidos por el deseo de invitar a otros a ser mejores cristianos. En definitiva, la Confidencia es una conversación entre hermanos, y no la de un súbdito con su superior. Los que atienden esas charlas fraternas actúan con una delicadeza extraordinaria, fruto de la preocupación exclusiva por la vida interior y las tareas apostólicas de sus hermanos, sin pretender jamás influir en los asuntos temporales —de carácter profesional, social, cultural, político, etc.— de cada uno.

En la Obra, la separación entre el ejercicio de la jurisdicción y la dirección espiritual se asegura en la práctica, entre otras cosas, por el hecho de que precisamente quienes reciben charlas de dirección espiritual —los Directores locales y algunos otros fieles especialmente preparados, y los sacerdotes al celebrar el sacramento de la Penitencia— no tienen ninguna potestad de gobierno sobre las personas que atienden. El Régimen local, en lo que comporta de capacidad de gobierno, no se refiere a las personas, sino sólo a la organización de los Centros y de las actividades apostólicas; la función de los Directores locales, en lo que se refiere a sus hermanos, es de consejo fraterno. No coinciden en un mismo sujeto, por lo tanto, las funciones de jurisdicción y de ayuda espiritual. En la Prelatura, la única base de la autoridad de gobierno sobre las personas es la jurisdicción, que reside sólo en el Prelado y en sus Vicarios.

¿Qué ofrece, pues, el Opus Dei? Fundamentalmente, una dirección espiritual a sus fieles y a las demás personas que la pidan. Los fieles de la Prelatura, porque aspiramos a nuestra santificación personal y a realizar la misión del Opus Dei en la Iglesia, no tenemos inconveniente, de ordinario, en hablar con quienes nos indican los Directores —aunque sea alguien más joven—, siempre con plena libertad y con fe en la gracia divina, que se sirve de instrumentos humanos. La charla fraterna no es una cuenta de conciencia. Si en esa dirección espiritual se nos pregunta algo —y, en ocasiones, puede ser bueno y hasta necesario que nos pregunten—, procederán con mucha delicadeza, porque nadie está obligado, concretamente, a decir en la Confidencia lo que es materia de confesión.

Todo lo que os menciono, hijas e hijos míos, os parecerá obvio, pero he deseado recogerlo en el contexto actual de la sociedad, que manifiesta una particular sensibilidad por el respeto a la intimidad de las personas, aunque también abundan, en ciertos ambientes, la falta de pudor y de respeto a la vida privada de los demás. A todos nos explicaron, al poco de conocer la Obra, que no se nos ocurría, ni se nos ocurre, llamar “mi director espiritual” a quien nos escucha, sencillamente porque, repito, no se da ese personalismo en la Obra, ni se ha dado nunca. El que recibe una Confidencia transmite el espíritu del Opus Dei sin añadiduras: quien tiene el encargo de ofrecer esa ayuda desaparece para poner a las almas frente al Señor, dentro de las características de nuestro camino. Un camino, decía nuestro Padre, el de la Obra, que es muy ancho. Se puede ir por la derecha o por la izquierda; a caballo, en bicicleta; de rodillas, a cuatro patas como cuando erais niños; y también por la cuneta, siempre que no se salga del camino.

16. Además de la charla fraterna, acudimos —de ordinario, semanalmente— a un sacerdote para recibir la ayuda espiritual que está unida a la Confesión sacramental. Como es bien comprensible, nos ayudan los confesores que se designan para los distintos Centros, que se han ordenado para servir en primer lugar a sus hermanas y hermanos, con total disponibilidad, y —porque conocen y viven el mismo espíritu— tienen una específica preparación para orientarnos, nunca para mandar. De modo análogo se comporta quien suele acudir al médico de familia, cuando lo hay, en lugar de ir a un desconocido.

A la vez, como siempre dejó muy claro san Josemaría, los fieles de la Prelatura, al igual que todos los católicos, gozan de plena libertad para confesarse o hablar con cualquier sacerdote que tenga facultades ministeriales: os sorprenderá que os recuerde esta verdad tan clara, pero me interesa mencionarla porque quizá podría ser menos conocida por quienes nada saben del Opus Dei o del espíritu de libertad propio de los seguidores de Jesucristo. Además, nuestro Padre estableció que habitualmente sean personas distintas quienes nos atiendan en la charla fraterna y en la Confesión.

17. La dirección espiritual requiere, en las personas que la reciben, el deseo de progresar en el seguimiento de Cristo. Son ellas las primeras interesadas en buscar ese impulso con la frecuencia oportuna, abriendo el corazón con sinceridad, de modo que les puedan sugerir metas, señalar posibles desviaciones, alentar en momentos de dificultad, facilitar consuelo y comprensión. Por eso, se mueven con espíritu de iniciativa y de responsabilidad. El consejo de otro cristiano y especialmente —en cuestiones morales o de fe— el consejo del sacerdote, es una ayuda poderosa para reconocer lo que Dios nos pide en una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a Dios de nuestras decisiones.

Al acudir a la dirección espiritual, para secundar la acción del Espíritu Santo y crecer espiritualmente e identificarnos con Cristo, debemos cultivar las virtudes de la sinceridad y de la docilidad, que resumen la actitud del alma creyente ante el Paráclito. Así describía esta recomendación san Josemaría, dirigiéndose a todos los fieles, de la Obra o no. Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.

En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga.

Y, haciendo eco a la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de los autores espirituales, apoyado en la experiencia de muchos años de práctica pastoral, insistía: si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder; en cambio, si se le arroja fuera inmediatamente, todo sale bien, somos felices, la vida marcha rectamente: seamos siempre salvajemente sinceros, pero con prudente educación.

El Señor vuelca su gracia abundantemente sobre la humildad de quienes reciben con visión sobrenatural los consejos de la dirección espiritual, viendo en esa ayuda la voz del Espíritu Santo. Sólo una efectiva docilidad de corazón y de mente hace posible el progreso en el camino de la santidad, ya que el Paráclito, con sus inspiraciones y con los consejos de quienes nos atienden, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rm 8, 14).

18. Me detengo ahora en las disposiciones de quien asiste a otros en la dirección espiritual. Resalta, en primer lugar, la de querer a los demás como son, buscando exclusivamente su bien. Así, su actitud será siempre positiva, optimista y alentadora. Además, deberá también fomentar en sí mismo la virtud de la humildad, para no perder de vista que sólo es un instrumento (cfr. Hch 9, 15), del que el Señor desea servirse para la santificación de las almas.

Por otra parte, se esmerará en prepararse lo mejor posible para ejercitar su tarea, conocer los principios fundamentales de la vida espiritual que de ordinario recorren las almas, y dudar prudentemente —es decir, no fiarse exclusivamente de su criterio— si se presentan situaciones especiales. En estos casos, además de rezar más, pedirá más luces al Espíritu Santo, para estudiar y enfocar el asunto. Si es necesario, de acuerdo con las enseñanzas de la Moral, se puede hacer una consulta a personas más doctas, presentándola como un caso hipotético y modificando las circunstancias, de manera que —para guardar rigurosamente el silencio de oficio— quede completamente a salvo la identidad de quien se trate, y siempre con la debida prudencia.

En la Obra, desde siempre, conocíamos y aceptábamos expresamente que la persona con quien se habla fraternalmente pueda consultar al Director pertinente, cuando lo considere oportuno para ayudar mejor al interesado. Con el fin de que quede aún más de manifiesto el espíritu de libertad y de confianza en esas situaciones —que no serán ni habituales ni frecuentes—, la persona que recibe la charla fraterna plantea al interesado si desea pedir consejo él mismo a un Director o si prefiere que lo haga el que escucha su Confidencia. Es una manera de proceder que refuerza las medidas de delicadeza y de prudencia vividas desde el principio.

A la vez, todos cuentan con la libertad de acudir directamente al Padre o a un Director Regional o de la Delegación, para hablar de la propia vida interior. Esto nos ofrece la garantía, a quienes acudimos a la dirección espiritual en el Opus Dei, de que vamos a recibir lo que necesitamos y deseamos: el espíritu que nos transmitió san Josemaría, sin añadiduras ni modificaciones. Al mismo tiempo, ni de lejos se lesiona el deber de mantener el secreto natural, que se guarda con el máximo cuidado y severidad: una persona que no fuera ejemplar en este punto, carecería de una disposición fundamental para impartir dirección espiritual.

Quienes atienden a otros, procuran fomentar en todo momento la libertad interior de esas almas, para que respondan voluntariamente a los requerimientos del amor de Dios. La dirección espiritual se ofrece, por tanto, sin uniformar a los fieles del Opus Dei; eso sería ilógico y una falta de naturalidad. La Obra nos quiere libérrimos y diversos. Pero nos quiere ciudadanos católicos responsables y consecuentes, de forma que el cerebro y el corazón de cada uno de nosotros no vayan dispares, cada uno por su lado, sino concordes y firmes, para hacer en todo momento lo que se ve con claridad que hay que hacer, sin dejarse arrastrar —por falta de personalidad y de lealtad a la conciencia— por tendencias o modas pasajeras. Lógicamente, han de hablar con la fortaleza necesaria para estimularles a caminar por la senda que Dios les marca; pero también con suavidad extrema, porque no son ni se sienten dueños, sino servidores de las almas: fortiter in re, suaviter in modo. En efecto, la prudencia exige que, siempre que la situación lo requiera, se emplee la medicina, totalmente y sin paliativos, después de dejar al descubierto la llaga (…). En primer lugar hemos de proceder así con nosotros mismos, y con quienes, por motivos de justicia o de caridad, tenemos obligación de ayudar.

No ha de ser rémora en este encargo el pensamiento de que también uno mismo debe mejorar en ese punto concreto. ¿Acaso no cura un médico que esté enfermo, aun cuando el trastorno que le aqueja sea crónico?; ¿le impedirá su enfermedad prescribir a otros enfermos la receta adecuada? Claro que no: para curar, le basta poseer la ciencia oportuna y ponerla en práctica, con el mismo interés con el que combate su propia dolencia.

19. Dentro de la formación espiritual, muy unida a la formación doctrinal-religiosa, se sitúa el amor por la sagrada liturgia de la Iglesia en la que —de modo eminente en la Santa Misa— se realiza la obra de nuestra Redención. La Santa Misa nos sitúa (…) ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano.

El mensaje cristiano es performativo. Es decir, el Evangelio, y la liturgia que lo trae a nuestra existencia, no es solamente una comunicación de realidades que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida.

Nadie con sentido común y sentido sobrenatural puede pensar que la liturgia es “cosa de clérigos”; o que los clérigos “celebran” y el pueblo simplemente “asiste”. Bien lejos de semejante concepción, san Josemaría impulsaba la participación de todos: desde la comprensión de la conexión íntima entre liturgia de la Palabra y liturgia eucarística, o de la dimensión esencial de la adoración en la celebración, hasta detalles concretos como el uso del misal de fieles, para facilitar su participación: primero desde el corazón y después con las palabras y los gestos previstos. Recuerdo haber oído que, ya en los años treinta del siglo pasado, para dar más vigor a esa enseñanza, quiso que se dialogara la Misa, con una respuesta en voz alta, a las oraciones que pronunciaba el sacerdote. Entonces no era habitual: faltaban treinta años hasta el Concilio Vaticano II.

20. Toda la historia de la salvación, y la liturgia que la celebra y hace presente, está caracterizada por la iniciativa de Dios que nos convoca y espera de cada uno de nosotros una respuesta actual, con un amor que luego informe toda la jornada, con ánimo de que el Sacrificio del altar se prolongue a lo largo de las veinticuatro horas.

La celebración de la Palabra en la Santa Misa es un verdadero diálogo que exige una contestación delicada: es Dios que habla a su pueblo y éste hace suya esta palabra divina por medio del silencio, del canto, etc.; se adhiere a ese anuncio profesando su fe en el Credo, y lleno de confianza acude con sus peticiones al Señor. En las lecturas, el Paráclito habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. La posibilidad de que se hagan realidad en nuestra vida, depende de la gracia divina, pero también de la preparación y fervor de quien las lee y las medita, de quien las escucha. «Por las santas Escrituras, en efecto, somos conducidos a cumplir acciones virtuosas y a la pura contemplación».

Aquí se nos presenta un punto bien concreto de examen y de mejora. ¿Qué fruto sacamos de esas lecturas cada día, en la Santa Misa? ¿Saboreamos los instantes de silencio previstos después del Evangelio, para aplicarnos la predicación del Señor? He recordado que «muchos hemos sido testigos de cómo san Josemaría se metía a fondo en las lecturas de la Misa; se le notaba hasta en el tono de la voz. Se repetía, con repetida frecuencia, un hecho: después del Santo Sacrificio, tomaba nota de las frases que le habían herido más profundamente, para llevarlas a la oración personal. Así se enriquecía constantemente su alma y su predicación. Tratemos nosotros de imitar a tan buen maestro. Dios se nos ha revelado para que le conozcamos más y mejor, y para que le demos a conocer, con naturalidad, sin respetos humanos».

21. En esta parte de la Santa Misa, el sacerdote no se dirige principalmente a los fieles reunidos. De hecho, la orientación espiritual e interior de todos, del sacerdote y de los fieles, es versus Deum per Iesum Christum, hacia Dios por medio de Jesucristo. En la liturgia eucarística, sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la oración miran en la misma dirección, hacia una imagen de Cristo en el ábside, o hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión. ¡Cómo nos ayuda a vivir esta adoración común, este salir al encuentro del Señor que viene, y poner nuestros ojos en la cruz del altar!

22. En el Sacrificio del altar son necesarias la obediencia y la piedad, íntimamente unidas: son también requisitos fundamentales para que la liturgia sea fuente y cumbre de la vida de la Iglesia y de cada cristiano. Obediencia, en primer lugar, porque «las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que Él (cfr. Flp 2, 5); conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón». He aquí un fundamento profundo de por qué hemos de obedecer, de amar, cada palabra, cada gesto, cada rúbrica, pues hacen llegar el don de Dios, nos ayudan a ser alter Christus, ipse Christus.

El Concilio Vaticano II ha recordado que la plena eficacia de la liturgia depende también de que cada uno, sacerdote o fiel, ponga el alma en consonancia con la voz. Y Benedicto XVI explicaba que en las ceremonias, la vox, las palabras preceden a nuestra mente. De ordinario no sucede así. Primero se debe pensar y luego el pensamiento se convierte en palabra. Pero aquí la palabra viene antes. La sagrada liturgia nos da las palabras; nosotros debemos entrar en estas palabras, encontrar la concordia con esta realidad que nos precede (…). Ésta es la primera condición: nosotros mismos debemos interiorizar la estructura, las palabras de la liturgia, la palabra de Dios. Así nuestro celebrar es realmente celebrar “con” la Iglesia: nuestro corazón se ha ensanchado y no hacemos algo, sino que estamos “con” la Iglesia en coloquio con Dios.

En la vida de san Josemaría se funden de modo admirable piedad y obediencia, y constituyen un ejemplo de algo muy real: de ninguna forma podremos manifestar mejor nuestro máximo interés y amor por el Santo Sacrificio, que guardando esmeradamente hasta la más pequeña de las ceremonias prescritas por la sabiduría de la Iglesia.

Y, además del Amor, debe urgirnos la “necesidad” de parecernos a Jesucristo, no solamente en el interior, sino también en lo exterior, moviéndonos —en los amplios espacios del altar cristiano— con aquel ritmo y armonía de la santidad obediente, que se identifica con la voluntad de la Esposa de Cristo, es decir, con la Voluntad del mismo Cristo.

Me gustaría que estas brevísimas consideraciones acerca de la estructura de la Santa Misa nos ayudasen a todos a fomentar el interés por la liturgia, alimento y parte necesaria de la vida espiritual. Cómo no recordar que nuestro Fundador, ya en el lejano 1930, escribió que todos en la Obra han de tener especial empeño en seguir, con todo interés, todas y cada una de las disposiciones litúrgicas, aun de las que parezcan poco o nada importantes. El que ama no pierde un detalle. Lo he visto: esas pequeñeces son una cosa muy grande: amor. Y obedecer al Papa, hasta en lo mínimo, es amarle. Y amar al Padre Santo es amar a Cristo y a su Madre, a nuestra Madre Santísima, María. Y nosotros sólo aspiramos a eso: porque les amamos, queremos que omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam.

23. Quien ama sinceramente a Dios, se siente impulsado a conocerle cada vez más y mejor; no se conforma con un trato superficial; busca comprender con mayor profundidad todo lo que a Él se refiere. El afán por adquirir la ciencia teológica —la buena y firme doctrina cristiana— está movido, en primer término, por el deseo de conocer y amar a Dios. A la vez, es también consecuencia de la preocupación general del alma fiel por alcanzar la más profunda significación de este mundo, que es hechura del Creador. Por eso, la formación que el Opus Dei proporciona a sus fieles —considerada desde la perspectiva doctrinal-religiosa— se dirige a que adquiramos la doctrina de la Iglesia y profundicemos en su conocimiento.

Con el mismo horizonte —mirando a Dios y al mundo—, el beato Juan Pablo II señaló la necesidad actual de la formación en la doctrina católica. «Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de “dar razón de la esperanza” que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy».

Desde los comienzos del Opus Dei, y aun antes, san Josemaría mostró un especial interés para que las personas a quienes atendía espiritualmente profundizasen en su formación doctrinal-religiosa, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico, de la fe.

24. Como escribía san Gregorio Magno, «muy inútil es la piedad si falta la discreción de la ciencia», y «nada es la ciencia si no tiene la utilidad de la piedad». Nuestro Fundador insistió en que el estudio de la doctrina estuviera acompañado por una sincera vida espiritual, por el trato íntimo con Jesucristo en la oración y en los sacramentos, por una devoción filial a la Virgen Santísima. Enseñaba que la verdad es siempre, en cierto modo, algo sagrado: don de Dios, luz divina que nos encamina hacia Aquel que es la Luz por esencia. Y esto sucede especialmente cuando la verdad se considera en el orden sobrenatural: hay pues que tratarla con respeto, con amor (…). Más aún: estamos persuadidos de que esa verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo.

Vale la pena el esfuerzo de la Prelatura para asegurar a todos sus fieles y a otras muchas personas una seria preparación doctrinal; más aún en momentos, como los actuales, en los que esa necesidad se observa de modo más perentorio. Resalta como gozosa realidad la afirmación de nuestro Fundador muchos años atrás: la Obra entera equivale a una gran catequesis, hecha de forma viva, sencilla y directa en las entrañas de la sociedad civil.

25. La formación doctrinal abarca todos los campos: desde la filosofía a la teología y al derecho canónico, etc. Mediante esta preparación —que en el caso de los Numerarios y las Numerarias, y de muchos Agregados y Agregadas, cubre los programas que se cursan en las universidades pontificias— se contribuye a que en todos los estratos de la sociedad haya personas decididas a dar un testimonio vivo del Evangelio, con la palabra y con las obras: siempre dispuestos —como escribe san Pedro— a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza (1 Pe 3, 15).

De acuerdo con las repetidas directrices del Magisterio, en la explicación de las diferentes materias filosóficas y teológicas, tiene una especial relevancia la doctrina del Doctor común de la Iglesia. Se cumple así la recomendación del Concilio Vaticano II y de varios Romanos Pontífices: «Profundizar en los misterios de la fe y descubrir su mutua conexión (…) bajo el magisterio de Santo Tomás».

San Josemaría se atuvo a esta línea y así lo recordó a los profesores y profesoras encargados de los Estudios generales de la Prelatura. Al mismo tiempo, con una mentalidad abierta al progreso de la ciencia teológica, explicaba que de esa recomendación no se puede concluir que debamos limitarnos a asimilar y a repetir todas y solamente las enseñanzas de Santo Tomás.

Se trata de algo muy distinto: debemos ciertamente cultivar la doctrina del Doctor Angélico, pero del mismo modo que él la cultivaría hoy si viviese. Por eso, algunas veces habrá que llevar a término lo que él mismo sólo pudo comenzar; y por eso también, hacemos nuestros todos los hallazgos de otros autores, que respondan a la verdad.

Os acabo de recordar, con palabras de nuestro Padre, una característica esencial del espíritu del Opus Dei: que corporativamente no tenemos otra doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que él rechaza. Creemos firmemente todo cuanto propone como verdad de fe, y hacemos también nuestro todo lo que es de doctrina católica. Y dentro de esa doctrina amplia, cada uno de nosotros forma su criterio personal. Los Estatutos de la Prelatura establecen la prohibición de que el Opus Dei —como dijo nuestro Fundador— cree o adopte una particular escuela filosófica o teológica. Esto, además del amor a la libertad, expresa un hecho eclesiológico fundamental: que los miembros de la Prelatura son comunes fieles cristianos o, en su caso, comunes sacerdotes seculares, con idénticos ámbitos de libertad de opinión que los demás católicos.

26. El conocimiento profundo de las verdades religiosas fundamentales, así como de los aspectos éticos y morales que se relacionan más de cerca con el ejercicio del propio trabajo, es importante también para hacer una amplia labor apostólica en el ambiente profesional en el que cada uno se desenvuelve. La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16).

Ciertamente abundan las personas de corazón grande, capaces de enamorarse de Dios, a las que falta la luz de la doctrina que oriente y dé sentido a sus vidas. Y a los cristianos incumbe el deber y el gozo de proporcionársela. Un pasaje del Nuevo Testamento lo ilustra claramente. Cumpliendo un mandato del Espíritu Santo, el diácono Felipe se dirigió al camino que conducía a Gaza. Por allí transitaba una carroza en la que un alto personaje, ministro de la reina de Etiopía, regresaba a su país después de haber adorado a Dios en Jerusalén. Corrió Felipe a su lado y oyó que leía al profeta Isaías. Entonces le dijo: —¿Entiendes lo que lees? Él respondió: —¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien? Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él (Hch 8, 30-31).

Es tarea de los católicos anunciar, con paz y perseverancia, la buena nueva de Jesús, obviar la ignorancia religiosa por medio de la difusión de la doctrina revelada. El apostolado cristiano —y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales— es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.

Debemos propagar ardientemente la Verdad de Cristo, hacer que otros participen del tesoro que hemos recibido, de modo que experimenten que nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él.

27. En el Decreto sobre el apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II enseña que «el apostolado solamente puede conseguir su plena eficacia con una formación multiforme y completa. La exigen no sólo el continuo progreso espiritual y doctrinal del mismo seglar, sino también las diversas circunstancias de cosas, de personas y de deberes a los que tiene que acomodar su actividad (…). Además de la formación común a todos los cristianos, no pocas formas del apostolado, por la variedad de personas y de ambientes, requieren una formación específica y peculiar».

En los últimos años, este afán de almas ha requerido más vigor, para contrarrestar el secularismo que ha avanzado a grandes pasos, hasta adquirir carta de ciudadanía en países tradicionalmente cristianos. Volver a impregnar con el espíritu de Cristo las raíces de esas naciones es precisamente el objetivo de la nueva evangelización. En la Prelatura, esa labor se resume en orientar y estimular a cada persona, para que realice la misión evangelizadora recibida en el Bautismo, con el espíritu y los medios específicos del Opus Dei, a través del apostolado de amistad y confidencia.

Juan Pablo II insistía en que el mundo «reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida, en comunión con la cruz y la resurrección de Cristo, resplandezca la belleza del Evangelio (…). Todo bautizado, en cuanto testigo de Cristo, ha de adquirir la formación apropiada a su situación, para que la fe no sólo no se agoste por falta de cuidado en un medio tan hostil como es el ambiente secularista, sino para sostener e impulsar el testimonio evangelizador».

28. Nuestro Señor ha venido a esta tierra para que todas las almas alcancen la vida eterna, y quiere contar también con sus discípulos: ut eatis, que vayáis —nos repite a los cristianos, como a los Apóstoles— y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (cfr. Jn 15, 16). Por tanto, hijas e hijos míos, hemos de llevar su doctrina por los más diversos ambientes, ya que nos interesan todas las almas para el Señor. Pero resulta lógico comenzar por quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros.

En la Prelatura del Opus Dei, como os decía, damos prioridad a lo que san Josemaría llamaba apostolado de amistad y confidencia: un trato personal en el que un corazón vierte en otro su conocimiento y su amor a Cristo, facilitando que se abra a los suaves impulsos de la gracia.

La amistad supone —y al mismo tiempo crea— comunión de sentimientos y de afanes. Pero «donde principalmente se realiza esa comunicación es en la convivencia (…); de aquí que el convivir sea propio de la amistad». Con ese trato, se emprende el primer paso del camino de la amistad. Por tanto, nos da alegría aprovechar las ocasiones que la labor profesional y social nos brindan de conocer a nuevos amigos, con el deseo de ayudarles y, también, de aprender de ellos: la amistad es esencialmente mutua. Nuestro Padre nos animaba a conducirnos como Cristo que pasa al lado de la gente, por el sendero de la vida cotidiana. El Señor quiere servirse de nosotros —de nuestro trato con los hombres, de esta capacidad nuestra, que nos ha dado Él, de querer y de hacernos querer—, para seguir haciéndose Él amigos en la tierra.

Entre las características de este modo de servir, destaca la necesidad de saber adaptarse a la capacidad y a la mentalidad de cada uno, de modo que entiendan lo que escuchan. San Josemaría llamaba don de lenguas a este esfuerzo por hacerse entender, que brota como fruto de la gracia, de la oración y de la preparación personal, para que la doctrina de la Iglesia resuene con tonalidades nuevas en los oídos de las personas. Hay que repetir lo mismo, pero de modos diversos. Es la forma lo que debe ser siempre nuevo, distinto; no la doctrina.

Se trata de imitar a Jesús, que exponía las más altas enseñanzas por medio de parábolas, de comparaciones que todos —cada uno a su nivel— estaban en condiciones de entender. Fomentemos el deseo de exponer las verdades cristianas de forma atractiva: que vuestra palabra sea siempre grata, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene (Col 4, 6). No se trata de una formalidad, o de mostrarnos eruditos, sino de hablar con contenido, buscando la gloria de Dios y el bien de las almas.

29. En este contexto, el conocimiento profundo de la Sagrada Escritura —del Antiguo y del Nuevo Testamento—, fruto de una lectura asidua y de una meditación atenta, resulta de una importancia fundamental. Lo ha recordado recientemente el Papa Benedicto XVI, en la Exhortación apostólica Verbum Domini sobre la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia. Allí, entre otros grandes santos a quienes el Señor concedió luces especiales para ahondar en el sentido espiritual de la Biblia, el Papa afirma que uno de esos rayos de luz se manifiesta en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad.

El Romano Pontífice escribe que un momento importante de la animación pastoral de la Iglesia en el que se puede redescubrir adecuadamente el puesto central de la Palabra de Dios es la catequesis, que, en sus diversas formas y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo de Dios. Y muestra cómo el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús, descrito por el evangelista Lucas (cfr. Lc 24, 13-35), representa en cierto sentido el modelo de una catequesis en cuyo centro está la “explicación de las Escrituras”, que sólo Cristo es capaz de dar (cfr. Lc 24, 27-28), mostrando en sí mismo su cumplimiento. De este modo, renace la esperanza más fuerte que cualquier fracaso, y hace de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles del Resucitado. ¿No os traen a la memoria estas palabras la afirmación gozosa de nuestro Padre cuando predicaba que, ahora, Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra?

Recordad cómo nos transmitió las enseñanzas de este pasaje de san Lucas. Comentaba que toda la vida de Cristo es un modelo divino que debemos imitar, pero lo que nos cuenta el evangelista de la escena de Emaús nos pertenece muy especialmente. De esa escena evangélica se sirvió también para hablarnos del apostolado personal de amistad y confidencia. Ponía hincapié en una característica importante: es preciso tomar la iniciativa, salir al encuentro de las personas para ofrecerles nuestra amistad y ayudarlas en su búsqueda de Dios, con un respeto y defensa de la intimidad y de la libertad de todos.

En el camino de Emaús, el Resucitado va en busca de dos discípulos que regresaban a sus casas, desanimados por los acontecimientos dolorosos que habían presenciado: la Pasión y Muerte de su Señor. Ese gesto de Jesús nos enseña que la amistad lleva a participar en las alegrías y en las penas de nuestros amigos, a que seamos solidarios y les dediquemos tiempo. Jesús camina junto a aquellos dos hombres, que han perdido casi toda esperanza, de modo que la vida comienza a parecerles sin sentido. Comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en Él. De igual modo hemos de compartir las preocupaciones, las ilusiones, las dificultades de quienes tratamos, siendo uno más entre nuestros compañeros de oficio o profesión, sin que nos separe de ellos ninguna barrera: una estupenda característica del espíritu de la Obra, que no saca a nadie de su sitio y que nos invita a estar en el mundo sin ser mundanos.

Así hemos de conducirnos en el ambiente en que nos movemos, sin perder de vista que —si somos fieles— Jesucristo actúa en nosotros, y desea servirse de nuestro ejemplo y de nuestra palabra para llegar a otras personas, al tiempo que ellas nos enriquecen con su amistad. Nada más lógico que los verdaderos amigos se comuniquen entre sí sus alegrías y sus penas, su quehacer y, desde luego, el tesoro mayor que posee un cristiano: precisamente, la vida de Cristo. Les hablaremos de Dios, del gozo de tenerlo en nuestra alma en gracia, del valor inmenso que sólo Él puede conferir a una existencia humana.

Actuando así, los cristianos cooperan eficazmente en la misión evangelizadora de la Iglesia, metiendo a Cristo en el corazón y en el alma de sus conocidos, para contribuir a alzar la Cruz en la cima de todas las actividades humanas.

30. Son muchas las actividades que contribuyen a fortalecer la extensión del reino de Dios. Sin embargo, algunas tienen objetivamente una trascendencia mayor, según las necesidades de cada época y de cada lugar. La familia, la formación de la juventud, el mundo de la cultura, plantean, en gran parte, el reto de la nueva evangelización a la que impulsa el Santo Padre.

La familia necesita urgentemente que se reafirme su humus originario, querido por Dios en la creación, que desgraciadamente las costumbres y las leyes civiles de muchos países se empeñan en pervertir. Es una tarea de importancia capital, en la que los católicos coincidimos con personas de otras creencias, o sin religión alguna, conscientes de que la promoción de la familia —comunión de amor entre un hombre y una mujer, indisoluble y abierta a la vida— construye una columna insustituible para la recta ordenación de la sociedad, y un fundamento importante para que los hombres alcancen la madurez y la felicidad. Además de lo que podamos contribuir en colaboración con otras gentes, personalmente se puede ayudar, por ejemplo, a que los cónyuges se perdonen mutuamente y entiendan mejor que su vida es entrega al otro; y, si se trata de un matrimonio cristiano, a que comprendan que participan en un misterio: en la unión de Cristo con su Iglesia. Esa fidelidad de ambos, manifestación del amor verdadero con el paso del tiempo, traza también el camino para llegar al Cielo.

La labor apostólica con la juventud constituirá siempre un reto vital para el mundo y para la Iglesia, porque en esos años se forjan quienes enderezarán el rumbo de la sociedad y la harán avanzar por las sendas trazadas por el Creador y Redentor.

En este ámbito, cobra especial relieve el apostolado de la diversión y el buen uso del tiempo libre. Me limito a recordaros lo que os escribí en 2002: que es preciso llenar de contenido cristiano «las costumbres, las leyes, la moda, los medios de comunicación, las expresiones artísticas. Aspectos todos que laten en el corazón de la batalla para la nueva evangelización de la sociedad, a la que el Santo Padre convoca sin tregua a los cristianos».

31. El amplio mundo del pensamiento y de la cultura, de las ciencias, las letras y la técnica, sigue demostrándose como un área privilegiada que es preciso iluminar con las luces del Evangelio. «Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos».

Los apostolados de la Obra son un mar sin orillas. Queremos abrir los brazos de par en par a cada persona, como Cristo en la Cruz. De ahí nuestro empeño por llegar a los que están más lejos de Dios, como nos enseñó san Josemaría, que amaba —siempre lo repitió— el apostolado ad fidem. Nuestro Padre nos alentaba a tener especial empeño en el apostolado ad gentes, con los gentiles (…). Primero —repetiré lo de siempre—, con una amistad sincera, leal, humanamente buena. Tomando ocasión de las múltiples relaciones que se originan en el ejercicio de la labor profesional, en un mundo caracterizado por la globalidad, resultará fácil dialogar con personas de otras confesiones y creencias, o con gentes sin religión alguna, con el deseo de suscitar en ellas el deseo de conocer mejor a Dios. Ayudaremos incluso a quienes muestren una actitud negativa frente a la Iglesia católica, si procuramos tratarles con mansedumbre, paciencia, comprensión y cariño.

Considero importante sobre todo —decía Benedicto XVI en un discurso a la Curia Romana— el hecho de que también las personas que se declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos, aunque no puedan creer en concreto que Dios se ocupa de nosotros.

Aunque en iniciativas de este tipo participen especialmente sólo algunos, sentimos el deber de apoyarlas con nuestra oración. Porque cada uno de nosotros, hijos de Dios en la Iglesia santa, sólo quiere vivir para llevar el nombre del Señor a todos los pueblos y a todas las culturas, hasta los últimos rincones de la tierra (cfr. Hch 9, 15).

32. Al constituir el trabajo ordinario, según el espíritu del Opus Dei, el quicio de la santificación personal y el marco habitual de la labor apostólica de sus fieles, se comprende que en la Prelatura se fomente la buena preparación profesional. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros.

En tiempos recientes, el Magisterio de la Iglesia ha abordado el tema del trabajo —y todos leemos esa enseñanza pensando en la predicación de san Josemaría, desde 1928— como ámbito para la búsqueda de la santidad por parte de los fieles laicos. Ha insistido en «la formación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo».

33. En la homilía Amar al mundo apasionadamente, san Josemaría insistió en la importancia de la unidad de vida en el cristiano, que armoniza la piedad, el trabajo y el apostolado. Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr. Gn 1, 7 y ss). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios.

Por el contrario, debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (…).

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.

La formación que proporciona la Prelatura tiende a fomentar el necesario espíritu sobrenatural, para que cada uno se empeñe en realizar el trabajo con la mayor perfección humana posible y con afán de servicio, convirtiéndolo en instrumento de santidad y de apostolado. Para eso, hemos de esforzarnos por alcanzar el necesario prestigio profesional entre nuestros compañeros, que se adquiere con el empeño y la dedicación a lo largo de los años. Cada uno recibe esta formación específica como los demás ciudadanos: en las universidades, en las escuelas técnicas, en los talleres, etc., donde realiza sus estudios o aprende un oficio. El espíritu de la Obra nos impulsa a conservar y a mejorar con constancia esa preparación. Todos nos sabemos libérrimos, tanto en el momento de elegir la profesión como al ejercitarla. La Obra sólo enseña el modo de santificarse en esas tareas, sin inmiscuirse en las opciones laborales de cada uno.

No importa el tipo de tarea que se lleve a cabo, siempre que sea honrada: ¿qué es más importante: ser catedrático en la Sorbona o hacer los trabajos de la casa? Te diré que si tú eres santa, porque te estás santificando en el trabajo, eso es lo más importante. Y añadía en otro momento: cuando, refiriéndome a las mujeres de la limpieza que trabajan en la Universidad de Navarra, afirmo que no sé si su trabajo es tan importante o más que el de la Junta de Gobierno, no hago comedia: repito sencillamente lo que he pensado siempre. La tarea de una de esas mujeres que acude con alegría y lo hace todo por amor, puede ser heroica, nada vulgar, y desde luego más eficaz que la de un gran investigador que sólo piense en publicar sus estudios. Insisto, ¿qué vale más?: depende del amor y del sacrificio con que se realiza el propio trabajo, pero con un sacrificio gustoso, alegre, voluntario; en caso contrario, es mejor que no se haga.

A todos los católicos compete el deber de hacer cuanto esté en su mano para que Cristo reine efectivamente en la sociedad, y estas ansias santas se manifiestan también procurando adquirir el necesario prestigio profesional, candelero para que brille la luz de Cristo (cfr. Mc 4, 21).

Los estudiantes, por su parte, han de sentir el deber de obtener buenas calificaciones. No me olvidéis aquella consideración que san Josemaría escribió en Camino, que ha servido de guía a tantas generaciones de jóvenes en el mundo entero: una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración.

34. Al mismo tiempo que cuidamos la preparación profesional, recordemos con responsabilidad que la ocupación laboral —cualquiera— nos traza siempre un medio para alcanzar la santidad y atender el apostolado. Es muy necesario no perder este punto de mira en los momentos actuales, porque en la sociedad de hoy, altamente competitiva, resulta fácil poner la profesión en la primera línea de los afanes, por encima de los otros deberes con Dios, con la propia familia y con las demás personas. Os insisto, con nuestro Padre: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar.

Los hijos de Dios en su Opus Dei no vemos jamás en nuestro trabajo profesional algo relacionado con el egoísmo, la vanidad o la soberbia: vemos solamente una posibilidad de servir a todos los hombres por amor a Dios. Por eso, añadía: un buen índice de la rectitud de intención, con la que debéis realizar vuestro trabajo profesional, es precisamente el modo en que aprovecháis las relaciones sociales o de amistad, que nacen al desempeñar la profesión, para acercar a Dios esas almas: llegando, en su caso, si se ven las oportunas circunstancias, a plantearles el problema de su vocación.

En el marco de la preparación profesional, hemos de tender necesariamente a conocer bien aquellos temas de la doctrina católica más relacionados con el ámbito de la propia profesión, o que gozan de especial actualidad en el país; quizá distintos de un lugar a otro, pero algunos con vigencia en todas partes; por ejemplo, los relacionados con el matrimonio y la familia, la educación, el “evangelio de la vida”, la bioética, la justicia y la caridad en las relaciones laborales… Por eso, el ejemplo de rectitud en el cumplimiento de los deberes profesionales, familiares y sociales constituye un testimonio fehaciente que todos hemos de dar. «Como consecuencia de vuestra rectitud humana y cristiana —os he escrito—, nacerán además —en los ambientes en los que os desenvolvéis— muchas iniciativas directamente encaminadas a resolver concretos problemas sociales, en noble y fraterna colaboración con otros hombres y mujeres de buena voluntad. Alzo en estos momentos mi corazón en acción de gracias a Nuestro Señor, porque alrededor de la Prelatura, con la ayuda de tantos Cooperadores, católicos y no católicos, florecen abundantes realidades de solidaridad que contribuyen a implantar la justicia y la paz sobre la tierra, llevando a decenas de millares de personas —como decía nuestro Padre— el bálsamo fuerte y pacífico del amor (Es Cristo que pasa, n. 183)».

35. Hijas e hijos míos, he querido poner de nuevo ante vuestros ojos que la única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia, como Ella quiere ser servida, dentro de la específica vocación que el Señor nos ha dado. Y con alguna frecuencia, san Josemaría se refirió al Opus Dei diciendo que es una desorganización organizada, porque el modo propio de colaborar en la misión de la Iglesia, querido por Dios, consiste en proporcionar formación a las personas, en los diversos aspectos. Se puede afirmar que la Prelatura del Opus Dei gasta todas sus energías en esta tarea, en esta catequesis. Luego, vosotras, vosotros, singularmente, con el bagaje de la preparación recibida y asimilada, con libertad y responsabilidad personales, procuráis infundir la linfa del espíritu cristiano en el torrente circulatorio de la sociedad.

Respondiendo a la pregunta de un periodista sobre este aspecto tan característico de la Obra, nuestro Padre explicaba que concedemos una importancia primaria y fundamental a la espontaneidad apostólica de la persona, a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno.

Antes de concluir, vuelvo a lo fundamental: esforcémonos día tras día en nuestra dedicación cristiana a Dios y a los demás. Esmerémonos por ser mujeres y hombres fidelísimos al Romano Pontífice, rezando con continuidad por su persona e intenciones; vivamos una afectiva y efectiva unión con los Obispos y todos los fieles católicos. Llenémonos de optimismo y de gratitud al Señor, al participar en la nueva evangelización. Recurramos a la intercesión de la Santísima Virgen, Reina del mundo y Madre de la Iglesia, para que nos obtenga del Cielo las gracias necesarias.

Como es natural, ponemos como especial intercesor de toda esta labor formativa a san Josemaría, que con su vida y enseñanzas ha dejado bien plasmado el espíritu recibido de Dios el 2 de octubre de 1928, para que sus hijas e hijos, y muchas otras personas, podamos recorrer todos los senderos de la tierra, haciéndolos divinos con la gracia del Espíritu Santo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 2 de octubre de 2011.

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Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 2.

Cfr. Benedicto XVI, Litt. apost. Ubicumque et semper, 21-IX-2010.

Benedicto XVI, Homilía en la Misa conclusiva de la Jornada Mundial de la Juventud, 21-VIII-2011.

San Josemaría, Conversaciones, n. 24.

San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 19.

San Josemaría, Carta 24-III-1931, n. 9.

San Josemaría, Camino, n. 372.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 18-VI-1972.

San Agustín, Sermón, 169, 13 (PL 38, 923).

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1963.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 24.

Ibid., n. 26.

Ibid.

San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 28.

Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 63.

Símbolo Atanasiano.

Concilio Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 4.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 74.

Ibid., n. 84.

Ibid.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 28-XI-1972.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1808.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 77.

Benedicto XVI, Alocución en el Ángelus, 28-X-2007.

Cfr. San Josemaría, Camino, n. 380.

Juan Pablo II, Discurso a un grupo de obispos en visita ad limina, 18-XI-1999.

Don Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Rialp, Madrid, 6ª ed. 1990, p. 24.

San Josemaría, Carta 8-VIII-1956, n. 47.

Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 60.

Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 64.

San Josemaría, Camino, n. 947.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.

Juan Pablo II, Homilía, 19-VIII-1979.

Cfr. Juan Pablo II, Const. apost. Ut sit, 28-XI-1982.

Cfr. San Josemaría, La Abadesa de las Huelgas. Estudio teológico jurídico, Rialp, Madrid 1974, 3ª ed., p. 153. Recientemente, la Congregación para el Clero ha publicado el documento El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina, 9-III-2011, donde se habla explícitamente de que también «fieles laicos bien formados (…) realizan este servicio de consejo en el camino de la santidad» (n. 65).

San Josemaría, Notas de una meditación, 31-XII-1970.

San Josemaría, Conversaciones, n. 93.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 15.

Ibid., n. 188.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 135.

San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 35.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 157.

Ibid., n. 161.

Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 2.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87.

Cfr. Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 2.

Cfr. Ordenación General del Misal Romano, n. 55.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.

San Juan Damasceno, Exposición sobre la fe ortodoxa, IV, 17 (PG 94, 1175).

Vivir la Santa Misa, Rialp, Madrid 2010, pp. 65-66.

Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Opera omnia, vol. XI, Prefacio.

Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos, Instr. Redemptionis sacramentum, 25-III-2004, n. 5.

Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 11.

Benedicto XVI, Encuentro con sacerdotes de la diócesis de Albano, 31-VIII-2006.

San Josemaría, Forja, n. 833.

San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 110 (17-XI-1930). Cit. por don Álvaro del Portillo, Carta, 15-X-1991.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 10.

Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 60.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 10.

San Gregorio Magno, Moralia, I, 32, 45 (PL 75, 517).

Ibid.

San Josemaría, Carta 24-X-1965, nn. 24-25.

San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 47.

Concilio Vaticano II, Decr. Optatam totius, n. 16; cfr. Pío XII, Discurso, 24-VI-1939; Pablo VI, Discurso, 12-III-1964; Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, 14-IX-1998, nn. 43 ss.

San Josemaría, Carta 9-I-1951, n. 22.

San Josemaría, Carta 14-II-1964, n. 1.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-IV-1961.

Cfr. Codex Iuris particularis seu Statuta Prælaturæ Sanctæ Crucis et Operis Dei, n. 109.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 10.

Ibid., n. 149.

Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del ministerio petrino, 24-IV-2005.

Concilio Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 28.

Cfr. Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 29; Discursos del 19-X-2006, 11-VI-2007, 12-III-2010, 24-IX-2011, entre otros.

Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, n. 49.

Santo Tomás de Aquino, Exposición de la Ética a Nicómaco, IX, 14.

San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 75.

San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 71.

Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

Ibid., n. 74.

Ibid.

San Josemaría, Amigos de Dios, n. 314.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, abril de 1951.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

Carta, 28-XI-2002, n. 11.

Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, n. 50.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 15-IV-1973.

Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 21-XII-2009.

San Josemaría, Camino, n. 334.

Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 24.

San Josemaría, Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967 (en Conversaciones, n. 114).

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-VIII-1961.

San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-IV-1969.

San Josemaría, Camino, n. 335.

San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 18.

Ibid., n. 31.

Carta, 1-VI-1999.

San Josemaría, Carta 31-V-1943, n. 1.

San Josemaría, Conversaciones, n. 19.