Aprender de los que nada tienen

Mi nombre es Héctor Piñeiro López y, como oficial de la Armada Española, he tenido oportunidad de estar en ciudades y países tan distintos como S. Petersburgo, Somalia o la India. Haber estado en países de culturas tan distintas me ha permitido ver “en vivo y en directo” lo que supone la fe para los cristianos en los diferentes sitios en que Dios les ha puesto.

Una de las experiencias que más me ha impresionado, ha sido en una de mis últimas navegaciones, en la que encontramos en el Mediterráneo una embarcación a la deriva con 114 inmigrantes, que llevaban en esa situación 3 ó 4 días.

Al encontrarse además sin motor y sin alimentos, cumpliendo la Normativa Marítima SOLAS (Safety of Life at Sea), acogimos a los 114 inmigrantes a bordo durante 6 días (entre el 11 y el16 de julio de 2011), en espera de que pudiéramos dejarlos en algún país que les acogiera.

Estos inmigrantes procedían de diferentes países de África Occidental (Malí, Níger, Nigeria, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea-Bissau), y todos ellos huían de Libia en busca de unfuturo mejor ante el empeoramiento de la situación por la inminente caída del Régimen de Gadafi en ese mes.

Los días de convivencia a bordo de nuestra fragata con los inmigrantes fue una experiencia difícil de olvidar para todos los que convivimos con ellos durante aquellos 6 días. Compartimos lo que podíamos ofrecerles (comida, ropa, medicamentos) pues tardaríamos tiempo en aprovisionarnos. Todos lo hicimos encantados y de buena gana. Fue para mí una lección de que, al dar a los demás, también uno sale ganando.

Todos éramos conscientes de lo delicado de su situación, ya que muchos de ellos habían perdido familiares durante la huída de Libia: algunas mujeres perdieron a sus maridos, algunos maridos a sus mujeres y otros no sabían nada de sus familiares que tuvieron que quedarse en Libia.

Además, en su huída, habían invertido todo lo que tenían y se encontraban con un futuro incierto. A pesar de lo dramático de su situación, era frecuente verles reírse, jugar y cantar canciones de sus países de origen: se les veía habitualmente alegres. Yo me preguntaba cuántas cosas necesitamos para ser felices.

¿Cómo tenían esa actitud positiva ante la vida en esas condiciones tan extremas? La respuesta la obtuvimos a la mañana siguiente al amanecer, en una escena que nunca olvidaré.

Esa mañana del día 12 de julio, pudimos ver cómo muchos de los inmigrantes (cristianos) nada más levantarse hacían su “oración de la mañana”.  Uno de ellos se puso en pie y empezó a hacer su oración en voz alta.  En esa oración, en inglés, daba gracias a Dios por haber conservado sus vidas y con mucha fuerza decía en voz alta “Dios mío estamos en tus manos, no nos abandones, eres lo único que tenemos”.

Pocas veces he visto una oración tan impresionante en la que se ponía de manifiesto que aquellas personas acudían a Dios como lo único que tenían en sus vidas.  Lo más importante de su día eran sus ratos de oración. Pude ver que en lo único que cada uno conservaba (una pequeña bolsa), junto a objetos imprescindibles, no faltaba el Evangelio en los cristianos y el Corán en  el caso de los musulmanes, que también hacían sus plegarias, con llamativo recogimiento, varias veces al día.

Desde entones todos comprendimos de donde sacaban esa alegría y ese optimismo  estas personas con una situación humana tan complicada. Una confianza y un abandono en Dios que fue una auténtica lección para todos nosotros.




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